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19/3/17

La isla de Ella Garth


En los ríos del cine no quise olvidarme de Río salvaje (1960), de Elia Kazan. Desde entonces la habré visto cada año y cada vez me gusta más. Era la película favorita de Kazan. Casi estoy por asegurar que es su mejor película.


El cineasta le confesó a Michel Ciment que sudó tinta para contar con sencillez aquella historia que llevaba veinte y cinco años devanando; escribió tres versiones del guión en solitario y otras seis en compañía de otros (guionistas) como Ben Maddow, Calder Willigham y Paul Osborn (el único que aparece acreditado en Wild River, el guionista que había adaptado para Kazan Al este del Edén, la novela de Steinbeck).


De las versiones propias del guión -cuenta Kazan en sus memorias- quedó la idea primordial de la mujer que se negaba a vender y abandonar su isla, aun cuando iba a quedar sumergida por efecto de los pantanos construidos durante la administración Roosevelt para controlar las crecidas catastróficas del río Tennessee. Wild River empieza con imágenes -documentales- en blanco y negro de una crecida rodadas por Pare Lorentz para El río (1930), una película que termina contando cómo el proyecto gubernamental de la Tennessee Valley Authority quería remediar el problema, y justamente Chuck Glover (Montgomery Clift), el protagonista de la película de Kazan, es un funcionario de ese organismo encargado de convencer a la tozuda propietaria o si no sacarla de allí a la fuerza.


Wild River quería ser -en su origen- un elogio del New Deal y fue -es, en fin- una elegía a un mundo perdido, la tierra donde arraiga aquella mujer (encarnada de forma memorable por la magnífica Jo Van Fleet), la isla de Ella Garth.


Tan memorable como la encarnación, por una espléndida Lee Remick, de la nieta, Carol, una joven viuda que con su deseo desatado resucita a Chuck Glover de su hibernación emocional (un letargo cuyas razones la película evita desvelar, y la propia parálisis del rostro de Montgomery Clift deviene una máscara de motivos velados, ocultos en el pasado).


Lograremos dominar el río entero, le dice Chuck a la vieja Ella. Pues a mí me gusta lo salvaje, como la naturaleza dispuso. Ya hay suficientes pantanos poniendo barreras (corte a PP de Carol), domando naturalezas, privándolas de sus deseos y necesidades naturales. (Corte a Ella). Yo me opongo a los pantanos de cualquier clase.


Luego Ella lleva a Chuck hasta el pequeño camposanto con las tumbas familiares.


Duelen esos árboles talados, esa casa ardiendo, la vieja mecedora... Duelen en el alma, las almas de las cosas inmoladas de tantas almas perdidas.


Wild River, iluminada por Ellsworth Fredericks, nos hace sentir a la vez el arraigo y la fragilidad de los seres, qué poquita cosa somos desarraigados...


Cada plano desprende un amor por la tierra donde resuena la memoria de aquéllos que con el mismo fervor filmaron Griffith, Ford, Borzage o Vidor.


En Wild River descubrimos a Barbara Loden en un pequeño papel, como Betty Jackson, una funcionaria de la Tennessee Valley Authority. Poco después del rodaje, la actriz encuentra el germen de Wanda, una película admirable que iluminará también esta escuela cualquier domingo.

20/1/11

El río y los ríos

Con o sin razón soy de río, tal como otra gente es de mar, escribió el poeta Carlos Casanova. Lo mismo digo; que este finisterre atlántico me haya adoptado en lo que va de siglo se lo debo a Ángeles, una mujer de mar. Me gustan los ríos; cuando era un niño, deletrear sus nombres era casi un ejercicio de geografía fantástica: Brahmaputra, Orinoco, Azul, Limpopo, Volga, Zambeze, Amu Daria, Mississippi, Mekong, Colorado, Amarillo, Nilo...

Fotografía de Ansel Adams

Y me gusta que el río haya servido como metáfora de la vida y de los relatos. Y las ciudades con río, o con ríos: Nueva York, Roma, París, Florencia, Lisboa... Y las escenas de río, en The Naked Spur (1953) -aquí Colorado Jim- de Antonhy Mann o en Wagon Master (1950) de John Ford.

Wagon Master de John Ford

Me gustan las películas de ríos, sublimes como L'Atalante (1934) de Jean Vigo, oníricas como La noche del cazador (1955) de Charles Laughton; excesivas y lisérgicas como Apocalypse Now (1979) de Coppola; leves y serenas como Steamboat Round the Bend (1935) de John Ford, con fotografía de uno de sus operadores preferidos, George Schneiderman; casi íntimas como Une partie de campagne (1936) de Jean Renoir, que conjuga con encanto los efectos de realidad (de lo documental) en clave de teatro de los afectos (de la ficción);

Une partie de campagne de Jean Renoir


o épicas como The Big Sky (1952) de Howard Hawks, que aquí se tituló Río de sangre, una aventura en un barco río arriba por el Missouri, filmada en exteriores con ingredientes de un convincente verismo y en un hermoso blanco y negro por Russell Harlan, que me hubiera encantado ver de niño.

The Big Sky de Howard Hawks

Y me gustan las películas que llevan la palabra río en el título original, el river, la mayoría. Dos de las mejores se titulan así, The river, sin más. El río.

The River de Pare Lorentz

Como The river (1938), una película sobre las inundaciones del Mississippi en 1937, un poema cinematográfico que me recuerda las inundaciones del río Miño -mi río- a su paso por el Arrabal en Tui, donde desembocaba el río Tripes, un espectáculo -riadas o cheas le decían- que, durante los años de mi infancia, podía arrebatarme horas la mirada, abismada en tanta agua, con los vecinos del Arrabal en barcas de hechuras afiladas, navegando por las callejas y entrando en sus casa por la ventanas de la primera planta, cuando la había, en aquel paisaje de diluvio, una escena primordial de la memoria a la que también me remite la majestuosa puesta en escena con visos mitológicos de la inundación en Eleni (2004) de Theo Angelopoulos;

Eleni de Theo Angelopoulos

The River de Pare Lorentz

en fin, The River, un "clásico" del cine documental, obra de Pare Lorentz, un escritor y cineasta del grupo Frontier Film formado en Nueva York a mediados del los 30  en el que también se habían integrado Paul Strand, Leo Hurwitz, Herbert Kline o Ralph Steiner, dedicados a la producción de documentales con la idea de hacer películas como herramienta de lucha política -eran comunistas o próximos, o sea, compañeros de viaje-, pero que dejaron muestras del mejor cine -sin adjetivos- de su tiempo.

El río de Jean Renoir

Como The River (1951) -El río-, una obra maestra -maravillosa, bellísima, imprescindible- de Jean Renoir, donde la ficción y el documental afluyen a la corriente del río (Ganges), como la vida y la muerte, una corriente ante la que cualquier relato, cualquier representación, deviene prueba palpable de la fragilidad de las formas -abocadas a una derrota presentida- en el aquel de aprehender el delicado misterio de la existencia, como el relato destilado por la película que comienza con estas palabras: Esta es la historia de mi primer amor, en ella se cuenta lo que es crecer a orillas de un río salvaje, aunque el primer amor debe ser igual en todas partes. Ya estoy escuchando al amigo Diomedes Díaz: "A qué estás esperando para escribir sobre El río, y no me vengas con evasivas -¿Sobre cuál de los ríos?-, que te conozco".  

Río Rojo de Howard Hawks

Y, claro, me gustan mucho  Río Rojo (1948) y Río Bravo (1959), ambas de Howard Hawks, que también rodó Río Lobo (1970), y se merece el título de cineasta de los ríos; Río Grande (1950) de John  Ford,  House of the River de Fritz Lang, Bend of the River (1952) -aquí, Horizontes lejanos- de Anthony Mann. No quiero olvidarme de  Río sin retorno (1954) de Otto Preminger, de Wild River (1960) de Elia Kazan, Río Conchos (1964) de Gordon Douglas, Río abajo (1984) de Borau y The River (1997) de Tsai Ming-Liang. De este siglo me quedo con Mystic River (2003) de Clint Eastwood -aquí enterramos nuestros pecados y lavamos nuestras conciencias-, y Frozen River (2008) de Courtney Hunt.

Bend of the River de Anthony Mann

Algunas películas las habré olvidado sin querer, pero de éstas quise acordarme: prueban que a los ríos les sienta bien el cine. Y al cine le sienta bien el river, el río y los ríos.

21/9/09

El seductor

Si hay algún concepto esquivo, equívoco y movedizo es el de "película documental". Ni siquiera cumple una función descriptiva y, de paso, resulta improductivo. Vale la pena apuntar que hoy día se habla incluso de "documental de animación", ya ni siquiera la captura de la imagen (y el tiempo) de lo preexistente en el mundo (viviente) es condición sine qua non de lo documental. En fin, se trata de un concepto de adscripción rutinaria y propio de una catalogación fílmica caduca. Cada vez que decimos que tal filme es una película documental, a continuación hay que precisar, es un documental pero no un documental como tal o cual sino más bien como éste o aquél. Ya lo decía Godard, toda película de ficción es un documento de un rodaje, y toda película documental es una ficción en la medida en que deviene la producción de una mirada. Otra cosa es lo que documente, pero el cine no puede sino documentar. Confieso una cierta debilidad por aquella definición de John Grierson -el documental como tratamiento creativo de la realidad-,

John Grierson

pero vale tanto para un roto como para un descosido. Además, el filósofo Ricardo Costas seguro que nos sacaría los colores a propósito de eso tan pantanoso que llamamos "la realidad", por más que los franceses hayan preferido en los últimos tiempos "cine de lo real" a documental. En realidad, valga la redundancia, cuanto mejor es una película (documental) menos nos dice de ella el concepto (documental). Pongamos por caso, Innisfree (1990) de José Luís Guerín, El sol del membrillo (1992)de Víctor Erice o Cravan vs. Cravan (2002) de Isaki Lacuesta. Por no hablar de O quarto da Vanda (2002) de Pedro Costa, de Sans soleil (1982) de Chris Marker, o de Of Time and the City (2008) de Terence Davies, que traje por esta escuela. Y lo de documental resulta completamente inoperante ante la obra del cineasta que el propio Grierson consideró el padre del documental cinematográfico y cuya definición nació de una de sus películas, Moana (1926). Obviamente, hablamos de Robert Flaherty, uno de los grandes cineastas de la historia.

Robert Flaherty

Y le hubiera bastado su primera película, Nanook el esquimal (1922), para alcanzar un lugar imperecedero en nuestra memoria, pero además hizo Hombre de Arán (1934), la película más gallega de la historia, eso sí hecha por un tipo que había nacido en Iron Mountain, Michigan, en 1884, rodada en las islas del occidente de Irlanda y producida por la Gaumont. Por lo demás, gallega de pura cepa, de puro finisterre, de puro atlántica. Quizá si Manolo González en su periplo argentino hace veinte años hubiera encontrado Mariñeiros (1936), la película perdida del gran fotógrafo Xosé Suárez, quizá... Quién sabe.



Fotografías de Xosé Suárez
de la serie
Mariñeiros, c. 1934

Pero a falta de Mariñeiros, y dejando a salvo Percebeiros (1998) de Paco Cuesta, nos quedamos con Hombre de Arán.


Robert Flaherty escuchó hablar de las islas de Arán (Inis Mór, Inis Oírr e Inis Meáin), frente a la bahía de Galway, a un isleño, emigrante en EEUU, mientras venía en el barco que lo traía a Inglaterra invitado por John Grierson a comienzos de los años 30, como parte de una estrategia destinada a consolidar el movimiento documentalista británico y a garantizarle una resonancia internacional al integrar al autor de Nanook, al padre del documental.

John M. Synge

Luego leería Las islas Arán (1907) de John M. Synge, el dramaturgo irlandés que había frecuentado las islas entre 1898 y 1902, y había vivido en Inis Meáin varios meses al año, una experiencia que le inspirarán tres obras de teatro -Jinetes hacia el mar (1904), por ejemplo- y que plasmará en su única obra narrativa, que publicó dos años antes de que muriera a los 38 años.

Araneses fotografiados
por John M. Synge


El cineasta recorrió las islas de Arán por primera vez en noviembre de 1931, visitó la casa de Synge y comprobó personalmente las historias que había escuchado (el aislamiento, la cultura gaélica, la dureza -piedra, mar, viento- y la belleza) y, lo que era más importante, descubrió la pervivencia de una cierta pureza en la relación de los isleños con el mar, un cierto primitivismo en el vínculo esencial del hombre con la naturaleza, en definitiva, las huellas del mundo primordial, el tema que inspiró a Robert Flaherty toda su vida. Fueron justamente los nutrientes de la inspiración del director los que acabaron por quebrar la relación con John Grierson y el movimiento documentalista británico. A Flaherty le movía la capacidad del cine para documentar y revelar la poesía -telúrica- del encuentro desnudo del hombre con los elementos. A Grierson y a los documentalistas británicos de los años 30 les interesaba dar cuenta de las condiciones sociales y económicas en que se desarrollaba la actividad productiva. Los separaba una mirada sobre el mundo: la de Grierson y compañía, sobre el presente; la de Flaherty, sobre el tiempo de los orígenes.

En un manual ya clásico sobre la dirección de documentales, Michael Rabiger asegura que la calidad de un documental es directamente proporcional a la calidad de las relaciones forjadas entre el cineasta y las personas reales que registra su cámara antes del rodaje. Y tiene toda la razón, sólo que ese mismo aserto podría aplicarse con frecuencia al cine de ficción, aunque el término "calidad" signifique algo distinto en cada caso. Y, desde luego, si alguien fundaba sus películas sobre las relaciones personales, sobre los vínculos emocionales entre el director y las presencias que cobraban vida en la pantalla, ése era Robert Flaherty.


El cineasta, su mujer -Frances Flaherty- y un reducido equipo pasaron dos años en las islas de Arán, montaron un laboratorio cinematográfico en un caserón y... esperaron. Y esperaron. Esperaron el tiempo necesario para que la película de Flaherty fuera también la película de los araneses, para que los isleños compartieran la aventura de la filmación, en definitiva, para que Hombre de Aran acabara siendo su película. Así que el cineasta se pasaba mucho tiempo charlando con los isleños, bebiendo con ellos (a Flaherty le gustaba el güisqui, mucho), fumando con ellos (a Flaherty le gustaba fumar, mucho), escuchando sus canciones, sus historias. Frances solía moverse por la isla haciendo fotos de los hombres, las mujeres, los niños, las familias, los trabajos y los días. Robert tomaba notas en su diario y estudiaba con su mujer el material fotográfico hasta componer un listado de escenas y un casting para la familia protagonista alrededor de la que cuajará la estructura de la película.

La familia protagonista de Hombre de Arán.

Pero a Flaherty no le interesaba tanto documentar el presente de los isleños, el contexto socio-económico de las gentes de Arán, sino el alma de los araneses, no lo que eran, sino quiénes eran, ellos y su memoria. Una memoria del encuentro originario del hombre y las fuerzas de la naturaleza, de los araneses con el mar. Así que Flaherty se trajo a las islas a un experto que le enseñara las artes de pesca de sus ancestros y que ellos sólo conocían de oídas. Y la memoria del tiempo perdido volvió a inscribirse en los gestos de los araneses, y aprendieron las artes olvidadas, y se enfrentaron a la pesca del tiburón gigante con cabos y arpones como los abuelos de sus abuelos, a bordo de los curraghs, las frágiles embarcaciones tradicionales con casco de lona y alquitrán. Literalmente, se jugaron la vida por su película.


Hombre de Arán se articula en torno a la lucha del hombre con los elementos. El mar está presente casi en cada plano de la película, con sus olas como montañas estallando contra los acantilados cortados a pico, dejando una estela de rociones, amenazando con despedazar las embarcaciones y arrastrar a los hombres. A modo de preludio, en Hombre de Arán asistimos a la puesta en escena de la dependencia del mar por parte de los isleños desde que nacen: no por azar la primera escena nos muestra al niño capturando un cangrejo y guardándolo en su boina de lana, lo utilizará más adelante como cebo para pescar; no por azar Flaherty nos muestra a la madre y al hijo con la mirada prendida de la marea donde faena el padre;


no por azar, desde las primeras escenas sentimos el poder del mar, el filo en que se decide la vida (y la muerte) de los araneses, basta contemplar la fragilidad de las embarcaciones, el peligro que representa no ya la navegación sino ponerla en tierra (es un decir, en aquellos afilados arrecifes), esa costosa y arriesgada recuperación de los aparejos, la majestad de los elementos y la poquedad de los hombres, como esa familia amenazada por las rompientes, como ese niño que pesca colgado de los acantilados,


como esa lucha titánica que representa cultivar una tierra casi inexistente: triturar los peñascos, recolectar la tierra entre las grietas y abonarla con algas en los bancales de piedra caliza para crear un suelo fértil donde plantar las preciadas patatas.


Casi la mitad del metraje de Hombre de Arán lo ocupa la pesca del tiburón gigante (del que también extraen el aceite para las lámparas), un logro entre los paréntesis de dos fracasos, el último conjugado con el temporal que a punto está de costarle la vida a los pescadores que logran salvarse pero pierden el curragh, cuyo esqueleto se despedaza con los cantiles arrastrado por la marejada ante la mirada afligida de la familia protagonista. Resulta revelador comparar la escena de la pesca del tiburón en Hombre de Arán con la pesca del atún en Stromboli (1949) de Roberto Rossellini. Allí donde Flaherty subraya la lucha, Rossellini enfatiza la espera.


Cabe imaginar a Robert y Frances Flaherty proyectándole a los araneses las escenas recién rodadas y reveladas, comprometiéndolos en la mirada sobre su mundo y en su representación en la pantalla, en la contemplación de la encrucijada esencial -el espectáculo de la lucha por la vida-, en la más primitiva caligrafía de la existencia; cultivando la complicidad de las gentes en las que el cineasta remansaba su mirada. Pocas veces el viento, el mar, el fuego y la tierra alcanzaron una más táctil conjugación poética con los hombres sobre una pantalla, quizá sólo en el desgarro de The Plow that Broke the Plains (1936) y en The River (1937) de Pare Lorentz. Al documentalista inglés Paul Rotha le pareció reaccionario el retorno a lo heroico que promovía Hombre de Arán. Desde luego, no entendió -o no compartió- la calidad de las relaciones que habían cuajado Robert y Frances Flaherty con los isleños.

Robert y Frances Flaherty

Porque es de esas relaciones de lo que habla Hombre de Aran, ésa es la otra película que vivimos en la representación cinematográfica que contemplamos en la pantalla. En sus memorias, Frances Flaherty recordó cómo los araneses se habían puesto a disposición de la película y cómo compartían los problemas de la filmación: Robert los había conquistado.


Desde el primer momento, Robert Flaherty dibuja con sus movimientos de cámara cómo el mar se enseñorea de aquellos confines, un reino en el que el hombre apenas está de paso, pero que.mientras tanto, afronta (y asume) el aquel de sobrevivir sabiendo que el mar siempre tiene la última palabra. Ahí radica el tiempo de los orígenes que Flaherty documenta como si acariciara el misterio primordial de la existencia. Desde Nanook, y probablemente como nunca después de Hombre de Arán, Flaherty encontró en las islas al hombre que encarnaba su poética, aquella que remite a los orígenes, al tiempo cifrado en el álgebra de los elementos, al margen de los calendarios. El tema de un cineasta y de un poeta. Pero que sólo pudo plasmarlo quien era también un seductor.

Robert Flaherty

27/4/09

La furia

Fotografía de Ben Shahn en 1935


¿Cómo se filma la pobreza? ¿Cómo se filma a los pobres? ¿Como se filma a quienes sólo poseen su imagen y nada más que su imagen? ¿Es posible una imagen justa de la pobreza? ¿O sólo es una imagen, una mercancía?



Esta mujer se llamaba Florence Owens Thompson. La fotografió Dorothea Lange en 1936 en Nipomo, California. Según contó la propia Lange tenía 32 años: Acababa de vender las llantas de su coche para comprar alimentos. Ahí estaba sentada reposando en la tienda con sus niños abrazados a ella y parecía saber que mi fotografía podía ayudarla y entonces me ayudó. Había una cierta equidad en esto.


Dorothea Lange en faena

Duele escribir la palabra equidad tratándose de un intercambio entre una artista y una modelo que no tiene nada más que su propia pobreza, una pobreza que seduce a la cámara -permítasenos la metonimia-. Cuando menos, se trata de un intercambio desigual. Como sea, la fotografía de Dorothea Lange se convirtió en el icono de una época, y aun de la fotografía del siglo XX.

Con el tiempo también se supo la verdadera historia tras la fotografía. En efecto, la mujer se llamaba Florence Owens Thompson, era una india cherokee que había nacido en 1903, se casó a los diecisiete años y tuvo seis hijos en menos de diez años, anduvo de un lado a otro con ellos, buscándose la vida. Hacia 1934 se fue a vivir con un carnicero con el que tuvo tres hijos más. En 1936, el carnicero, que se había quedado sin trabajo, Florence y los niños subieron a un Hudson sedán y se fueron a buscar trabajo en las explotaciones agrícolas del norte. Cerca de Nipomo se rompió el radiador. El carnicero y los niños mayores se fueron a buscar ayuda. Cuando volvieron, Florence les contó que una mujer había estado haciendo fotos. Según uno de sus hijos, siempre se sintió estafada por aquella mujer que se había aprovechado de su penuria. Tampoco era cierto que hubieran tenido que vender las llantas, ¡si eran las únicas que tenían! Pasaron los años. En 1983, a Florence le detectaron un cáncer y un hijo, aprovechándose de que la foto de su madre era un icono, promovió una campaña de ayuda económica para ella a través de un periódico y consiguió reunir treinta y cinco mil dólares. En una entrevista, Florence aseguró que lo que más le ofendía de la foto que "le robaron" fue que la fotógrafa ni siquiera le preguntó su nombre. Murió en septiembre de 1983. En la lápida se lee: "Madre emigrante. La leyenda de la fortaleza americana". Un icono del siglo XX. Entre la historia y la leyenda, ya se sabe.



Walker Evans, 1937



Ben Shahn por Walker Evans


Quién sabe si la crisis económica que vive el mundo tendrá un corpus de imágenes como la aquélla con la que se la compara, la del 29 del siglo pasado, que causó la hasta ahora conocida como la Gran Depresión. Entre 1935 y 1939, Dorothea Lange, Walker Evans, Ben Shahn, Russell Lee, John Vachon, Jack Delano, Arthur Rothstein... fotografiaron a quienes lo habían perdido y se habían echado a las carreteras de USA en busca de un trabajo, de un hogar, de una esperanza.


Walker Evans. Bud Fields y familia.
Hale County, Alabama. 1936


James Agee y Walker Evans documentaron la pobreza de los campesinos en Alabama, el profundo Sur, durante el verano de 1936, en un libro único Elogiemos ahora a hombres famosos que no se publicó hasta 1941 y pasó sin pena ni gloria, con el tiempo se convirtió en un libro de culto sobre la pobreza embalsamada por el arte.


James Agee, 1936


Agee escribió este preámbulo para el libro con Walker Evans: Me parece curioso, por no decir obsceno y absolutamente aterrador, que a una asociación de seres humanos reunidos por la necesidad, el azar y el provecho en una compañía, un órgano del periodismo, se le ocurriera hurgar íntimamente en las vidas de un grupo de seres humanos indefensos y lastimosamente perjudicados, una familia del campo, ignorante y desvalida, con el propósito de exhibir la desnudez, desventaja y humillación de estas vidas ante otro grupo de seres humanos, en nombre de la ciencia, del "periodismo honesto" (...) Todo esto, repito, me parece curioso, obsceno, aterrador e insondablemente misterioso. Hacia el final del preámbulo, que constituye una de las más sinceros y descarnados descargos de conciencia y que no debe saltarse bajo ningún concepto si uno se adentra en este libro, Agee implora al lector: por el amor de Dios, no piensen en él [libro] como Arte. Todas las furias de la tierra han sido absorbidas con el tiempo como arte, o como religión, o como autoridad en una u otra forma. El golpe más letal que puede asestar el enemigo del alma humana es honrar a la furia. Agee sabía que no había equidad posible, que sólo cabía hasta donde fuera posible pedir perdón. Y sostener la esperanza. Y, en definitiva, respaldar las políticas liberales -aquí les llamaríamos socialdemócratas- del new deal rooseveltiano, ése era el programa ideológico que promovió la fotografía documental americana de los años 30.


Walker Evans. Floyd y Lucille Burroughs.
Hale County, Alabama 1936

Walter Benjamin, al que le encantaba la fotografía, veía sin embargo en las palabras la salvación de la imagen y pensaba que un subtítulo correcto bajo una imagen podría rescatarla de las rapiñas del amaneramiento y conferirle un valor de uso revolucionario. En ese sentido, el texto de James Agee para Elogiemos ahora a hombres famosos no sería más que un largo subtítulo que mostraba el camino para una "correcta" lectura de las fotografías.




Conferirle a las palabras la misión salvadora de las fotografías suponía admitir una certeza que el propio Benjamin había certificado ya en 1934 al advertir que la cámara ha logrado transformar la más abyecta pobreza, encarándola de una manera estilizada, técnicamente perfecta, en objeto de regocijo [estético]. Dicho de otra forma, la pobreza es tremendamente fotogénica y resulta propensa al regodeo por el aquel de la belleza. Más aún, el tiempo se encarga de despojar a la fotografía de la carga histórica -documental, moral- para conservar inmarcesible el aquel de revelar la belleza. Es inútil pedirle a una fotografía que hable, incluso que hable nuestra conciencia al contemplarla. Eso no significa que la fotografía sea inútil, significa que trabaja dentro de nosotros por caminos imposibles de trazar. Como cualquier otra imagen que nos afecte, aunque no sepamos exactamente cómo.


Fotografía de Ben Shahn


Tengo aquí al lado Sobre la fotografía, el libro de Susan Sontag. Compruebo que lo compré en la librería Michelena de Pontevedra el 2 de enero de 1986, casi cincuenta años después de que Dorothea Lange y Walker Evans (y tantos otros) hicieran las famosas fotografías. Recuerdo que lo leí como si me expusiera a una luz dolorosa. Subrayé muchos párrafos. Por ejemplo éste de la página 122: Contrariamente a lo que sugieren las declaraciones del humanismo a favor de la fotografía, la capacidad de la cámara para transformar la realidad en algo bello deriva de su relativa incapacidad como medio para comunicar la verdad. Si el humanismo se ha transformado en la ideología dominante entre los fotógrafos profesionales ambiciosos -desplazando las justificaciones formalistas de su busca de la belleza- es porque enmascara la confusión sobre la verdad y la belleza que subyacen a la empresa fotográfica.


Pare Lorentz por Dorothea Lange



Ralph Steiner y Pare Lorentz


La misma confusión es atribuible a los filmes de la productora -militante- neoyorquina Frontier Films que dio cobijo a los trabajos de Paul Strand, Pare Lorentz, Ralph Steiner, Herbert Kline o Leo Hurwitz. Los hermosos filmes de Pare Lorentz y Ralph Steiner, El arado que destruyó las llanuras (1936) y El río (1937) se siguen proyectando, ahora incluso en los museos, por la belleza -desoladora sí, pero belleza al fin y al cabo- que desprenden sus imágenes. Unas imágenes incapaces de sustraerse a su destino, no ya especular -que el tiempo acaba por triturar-, sino espectacular.


Fotograma de El arado que destruyó las llanuras

Y mira por dónde yo de lo que quería hablar era de Las uvas de la ira (1940), la película de John Ford sobre la novela de John Steinbeck cuyas imágenes -de Gregg Toland- son deudoras de las fotografías de la Gran Depresión. De los fotógrafos que nos revelaron para siempre que la pobreza es bella. Ellos, que querían mostrar la Historia. Y la furia.

Mañana será, os dejo la primera imagen del film, como una promesa.