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13/4/10

El rastro de la memoria


Esta imagen pertenece a una serie de fotografías que lleva por título The Oddment Rooms, una serie que forma parte de Unfolding the 'Aryan papers' -algo así como Desplegando los 'papeles arios', o figuradamente Hojeando los 'papeles arios'-, una videoinstalación de las hermanas Jane y Louise Wilson que puede verse en una galería madrileña. Fueron esos Aryan papers los que llamaron mi atención, depués de la fotografía, claro. Si no llega a ser por esos papers, hubiera recortado la foto y quizá ni siquiera habría leído la reseña que la acompañaba, publicada el sábado pasado en un suplemento cultural. Hace unos meses escribí a propósito de los archivos de Kubrick y de las películas que nunca fueron entre las casi mil cajas de una obsesiva documentación conservadas ahora en la University of the Arts de Londres. Una de esas películas era The Aryan Papers, la adaptación de la novela de Louis Begley Wartime Lies -o sea, "Mentiras en tiempos de guerra"-, un proyecto que Kubrick abortó en 1993 cuando Spielberg rodó La lista de Schindler.


Kubrick llevaba mucho tiempo -obsesionado, cómo si no- con la idea de hacer una película sobre el Holocausto. Barajó la posibilidad de filmar una historia ambientada en la industria alemana del cine dirigida por Goebbels durante el Tercer Reich. En los 80 le encargó a su cuñado y productor Jan Harlan que le pidiese a Isaac Bashevis Singer que escribiera un tratamiento sobre el tema, una sugerencia que el escritor declinó con la disculpa de que no sabía nada sobre el tema, o sea, que no tenía una experiencia directa del Holocausto. Kubrick siguió documentándose -bueno era él- hasta que dio con la novela de Louis Begley en 1991. Dos años después, cuando abandonó el proyecto no sólo había reunido una cantidad ingente de documentación, fotografías, dibujos y notas en decenas de 'cajas perfectas', no sólo había un guión, sino que ya había decidido las localizaciones en Bratislava y Brno, y había contratado a Edgar Reitz -director de la gran serie para televisión Heimat (1984)- como director de arte. Pero había más. Kubrick había elegido a la actriz holandesa Johanna ter Steege para encarnar a Tanya, la joven mujer polaca y judía que ayuda a un niño, su sobrino Maciek, a escapar del gueto de Varsovia.

Johanna ter Steege

Para Kubrick, Johanna ter Steege no sólo era la actriz perfecta para el papel, era también la mejor actriz que hubiera conocido. Mantuvieron muchas conversaciones y le hizo múltiples pruebas de cámara durante la pre-producción de The Aryan Papers. Johanna ter Steege se entregó a la preparación del papel de Tanya, obviamente era el gran papel, un regalo para una actriz que no había cumplido los treinta años por aquellas fechas. Esperaba sin aceptar otros papeles y guardando el secreto sobre el proyecto. Cada cierto tiempo le comunicaban que el rodaje se había pospuesto. Después de siete meses de espera, Harlan le llamó para anunciarle que Kubrick había decidido renunciar a la película. La actriz se pasó dos días en cama, incapaz de asimilar el desencanto que probablemente vivió como algo parecido al repudio. Nunca volvió a hablar de la película. Hasta que las hermanas Wilson encontraron en los archivos de Kubrick las cajas de The Aryan Papers y en ellas las pruebas de vestuario de Johanna ter Steege para el papel de Tanya y se pusieron en contacto con ella.


Porque pensaban que aquellos papeles reclamaban una nueva lectura, invitaban a ser hojeados de otra forma:

Lo que nos intrigaba -cuentan las Wilson- era desvelar otra historia, la de Johanna. Queríamos que la actriz hablara de su historia, de su experiencia con Kubrick. También de la decepción y del rechazo.

Una de las piezas de Unfolding the 'Aryan Papers' es un vídeo de 17 minutos en el que las hermanas Wilson Con el material fotografiado y filmado por Kubrick para las pruebas de la actriz, metraje nuevo filmado por ellas mismas y la voz de Johanna ter Steege, la única que se escucha, mientras recuerda su trabajo con Kubrick y lee fragmentos -del guión- del personaje que iba a encarnar y que de hecho encarna aquí de viva voz.

La película -continúan las Wilson- es sobre el proceso de llegar a ser, sobre una película que nunca se hizo y un personaje que nunca llegó a existir.

Así que el personaje de Unfolding the 'Aryan papers' deviene una encarnación mestiza de Johanna, la actriz, y Tanya, el personaje al que ella daría vida.


Johanna ter Steege

La videoinstalación de las hermanas Wilson anima el material de archivo de Kubrick convirtiéndolo en un lugar de encuentro entre la memoria -de Johanna der Steege- y la presencia de quienes la habitan, o sea de los -espectadores o visitantes o transeúntes- que deambulen entre las imágenes que la componen, Como esas fotografías de la serie The Oddment Rooms tomadas en la librería anticuaria Maggs de Londres, un verdadero hospital de primeras y segundas ediciones, porque esos libros entre los que se mueve esa mujer con un vestuario de los años 50, son ediciones mutiladas, que aguardan por las páginas que les faltan. Un desgarro que cobra visos metafóricos en la obra de las Wilson hojeando los Aryan Papers a través de las imágenes y la voz de Johanna ter Steege, una sensibilidad herida que busca reparación en las palabras que evocan una experiencia que no fue, pero cuya ausencia nutre el rastro de la memoria incesante.


La videoinstalación se puede visitar hasta el 22 de mayo en la galería Helga de Alvear, en Madrid. Como pasaremos unos días allí poco antes de que la clausuren creo que podremos verla. Por mí no va a quedar. En fin, ya os contaré si encuentro en la obra de las hermanas Wilson todo lo que desde aquí me sugiere.

Os agradezco muchísimo los ánimos.

23/10/09

La caja perfecta


Hace unos meses tomé unas notas a propósito de Kubrick después de un viaje de casi cien kms. con el maestro (de Dios, no Kubrick, claro) charlando sobre Barry Lyndon (1975). En fin, hablando con el maestro de otro maestro. Cuando se estrenó 2001: una odisea del espacio (1968) en Tui (en el cine Yut), yo tenía catorce años y estaba en los Maristas (quería ser misionero).


El cine tenía prestigio entre los hermanos maristas (promovieron más o menos por esas fechas la fundación del Cine-Club) y uno de ellos, que se había diplomado en Historia del Cine en Valladolid, nos impartió un curso y, aprovechando el estreno de la película de Kubrick, nos llevaron al cine y, luego... cine-forum. Fue el primer cine-forum al que asistí. Lo del cine-forum no tiene mucho interés, lo decisivo fue que 2001 fue toda una experiencia. Y claro, el prólogo me parece una de las mejores secuencias jamás filmadas, aún hoy resulta fascinante ese encadenado entre el hueso girando en el aire y las naves espaciales: un millón de años de evolución en una fracción de segundo. Una de las más bellas elipsis de la historia del cine.


Con los años, 2001 fue perdiendo la fascinación que me había encandilado a mis catorce años, pero ese prólogo sigue intacto como la primera vez. Así que 2001 y Kubrick están vinculados en mi memoria al descubrimiento de que el cine era, además, un arte que tenía una historia, que era un tema serio y que formaba parte del debate cultural. Y desde luego hay que admitir que los maristas eligieron una película que daba juego a la hora de debatir, claro que lo importante era el fondo, el tema, el mensaje. En fin, el monolito monopolizaba el cine-forum y, para mi sorpresa, a nadie parecía importarle la danza del hueso y la nave espacial. O sea que ese día descubrí al sospechoso formalista que había en mí. Y así hasta hoy porque he de confesar que del cine de Kubrick me fue quedando un poso, no de cine, sino de escenas, de trozos de películas, algo así como un libro de imágenes, antes que una filmografía. Si tuviera que quedarme con una película, sería con Atraco perfecto (1955). De las demás, con escenas (inolvidables, eso sí), como el suntuoso movimiento de cámara en el laberinto nevado de El resplandor (1980) -si no recuerdo mal fue la primera vez que se utilizó la steadycam en una película, o una de las primeras (o aquélla que abrió la veda, creo que con efectos más dañinos que benéficos)-;


de La chaqueta metálica (1987), Lolita (1962), Espartaco (1960)... Kubrick es un cineasta de un indudable poderío visual, de un perfeccionismo obsesivo y de un insobornable amor al cine. Pero la fascinación que me produjeron sus películas no ha resistido el paso del tiempo. Incluso aquéllas que me perturbaron como La naranja mecánica (1971). En los setenta y ochenta, cada vez que Kubrick estrenaba una película era un acontecimiento, pero rara vez vuelvo a ver sus películas y cuando vuelvo a ver alguna puedo disfrutar de esta o aquella secuencia, de tal o cual plano, pero sentir, lo que se dice sentir... La fascinación que sus películas me producen en algunos tramos, en ciertos momentos, no es suficiente para anular la distancia con el mundo representado en la pantalla. Como si las películas de Kubrick, en mi memoria de espectador, tuvieran fecha de caducidad. Experimento una fruición visual pero no emocional. Y es una lástima. Con el tiempo incluso empezó a resultarme un cineasta distante y antipático, y su última película -Eyes Wide Shut (1999)-, salvo un par de escena -o sea, otra vez lo mismo- no sirvió para remediarlo, sino todo lo contrario.


Total, que había tomado unas notas a propósito de Kubrick, pero vete a saber dónde las guardé. Entonces me acordé de que este verano, quizá el 1 de agosto, volvía de la compra cuando escuché la voz de Ángeles: "Ven a ver esto, seguro que te va a gustar". Y obedecí. Estaba viendo un documental títulado Las cajas de Kubrick. Y he de reconocer que me enterneció (Ángeles, claro, pero también Kubrick). La película es obra del periodista inglés Jon Johnson por encargo de la familia Kubrick. El periodista nunca conoció a Kubrick personalmente, pero el cineasta se interesó por un reportaje que Johnson realizó en 1996, Hotel Auschwitz. Como siempre que a Kubrick le interesaba algo, escribió el memo correspondiente para que el asistente se encargara de establecer el contacto con vistas a obtener una copia. Dos años después de la muerte de Kubrick, el mismo asistente volvió a contactarlo porque la familia del cineasta quería hacerle un encargo especial: que investigara y clasificara el material que Kubrick había guardado a lo largo de sus cuarenta años de carrera en casi 1000 cajas. Las casi 1000 cajas del archivo de Kubrick.


Documentación, guiones, fotos, cartas, dibujos, planos, maquetas... de las películas que realizó y de las que no llegó a realizar. Las casi 1000 cajas constituían la puerta a la cocina de Kubrick, a la intimidad del taller de un artista, de un cineasta, de un hombre. Lo único que no encontró Johnson en las cajas fueron las tomas desechadas de sus películas que Kubrick ordenaba icinenar tras disponer del final cut. Las cajas constituyen la prueba definitiva -por si hiciera falta alguna- del obsesivo perfeccionismo del cineasta, de la atención exhaustiva acerca de cada detalle, de cómo encargaba fotografiar toda una calle de Londres tramo a tramo para tenerla sobre un panel y estudiar al milímetro la localización perfecta para una escena o un plano. Basta un ejemplo para hacerse una idea de la enciclopédica preparación con que Kubrick abordaba la producción de una película: abandonó la adaptación de Wartime Lies, la novela de Louis Begley sobre el Holocausto porque Spielberg hizo La lista de Schindler; Spielberg empleó dos años en hacer la película, el mismo tiempo que llevaba Kubrick preparándose. Por no hablar del proyecto sobre Napoleón con el que llevaba treinta años y sobre el que había reunido 18.000 libros, hasta el punto de elaborar un fichero donde se podía seguir el día a día del emperador.


Es digno de ver cada memo perfectamente formateado con fecha y hora sobre los asuntos más dispares, las cartas que recibía clasificadas por los países de procedencia, los resúmenes de libros... Kubrick no entendía eso de las vacaciones, no sabía qué era eso de desconectar (tampoco desconectaba los ordenadores, faltaría más). Llamaba a quien fuera a cualquier hora y hablaba durante horas. Temía que se acabara el material de papelería que le gustaba y compraba cantidades industriales, no fuera a ser que dejaran de fabricarlo. Y siempre en la misma papelería. Y siempre pagaba en efectivo.


Nos gustó (y conmovió) ver a Kubrick grabar un mensaje de agradecimiento por el Premio D. W. Griffith que le había concedido el Sindicato de Directores de América en 1999: Todo aquel que haya tenido el privilegio de dirigir una película sabe que, aun siendo como intentar escribir "Guerra y paz" en un coche de choque, cuando funciona, entonces no existe nada en la vida que me haga más feliz. Era como escuchar las últimas palabras de un hombre -Kubrick murió unos meses después- que sólo concebía la vida filmando o preparándose para filmar películas (¡ay!) perfectas.


Johnson empleó cinco años en examinar e inventariar las cajas de Kubrick. El documental se cierra con las cajas perfectamente etiquetadas que desaparecen perfectamente estibadas en una sala esterilizada y en idóneas condiciones atmosféricas de conservación en la University of Arts de Londres adonde fueron donadas por la familia. Mira, exclamó Ángeles, como en 2001. Efectivamente, la sala parecía un decorado de 2001. Y allí permanencen desde marzo de 2007.


Pero lo que me conquistó de Kubrick fue que le irritaba lo difícil que resultaba abrir las cajas cuando estaban llenas de material. Así que, ni corto ni perezoso, se entregó al aquel de diseñar una caja que tuviera las dimensiones idóneas para archivar y para consultar lo archivado. E hizo que se la fabricaran. Y el fabricante tuvo que admitirlo, nunca había visto una caja tan bien pensada. Era la caja perfecta.