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9/5/10

El paraíso de John Ford



Si me fuera dado ver una película antes de irme de este mundo, elegiría sin dudarlo El hombre tranquilo. No se me ocurre una manera mejor de despedirme que ver El hombre tranquilo en compañía de los que quiero. Desde luego es la película favorita de Ángeles y solemos verla el día de su cumpleaños, y es una de las películas que más le gustan a nuestro hijo. Digamos que El hombre tranquilo es, más que ninguna otra, nuestra película. Cada diez años cambiaría mi lista de películas favoritas aunque El hombre tranquilo sería de aquéllas que no faltarían nunca en un lugar de privilegio, pero si se trata de la última película que viera, entonces dejadme volver a Innisfree con la pelirroja Mary Kate, con Sean Thornton, el hombre de pocas palabras -The quiet man- que cultivaba rosas y con Michaeleen Oge Flynn. Creo que así queda claro lo que El hombre tranquilo representa para uno.

Maureen O'Hara, la Mary Kate
de
El hombre tranquilo

Dentro de un mes, el seis de junio se cumplirán cincuenta y nueve años del comienzo de rodaje de El hombre tranquilo. John Ford tenía 55 años. Llevaba casi veinte años incubando la película, pero hubiese sido una película completamente diferente si la hubiese rodado en los años treinta. En los cincuenta, el cine de Ford destilaba melancolía, irremediablemente había llegado la hora del crepúsculo y el cineasta que amaba las rosas empezaba a decir adiós. Y para despedirse necesitaba volver a casa. Pero como Ford era un cineasta, se inventó un hogar a su medida, una Ítaca, un paraíso: el Innisfree de Ford sólo existe en El hombre tranquilo. Era su "capricho irlandés": Ahora me levantaré y me iré, me iré a Innisfree, así empieza el poema de W. B. Yeats, y termina: Lo siento en lo hondo de mi corazón. Cuando vemos El hombre tranquilo contemplamos la visión de un poeta que recupera el tiempo de los orígenes, el ensueño de un artista que trata de registrar con su cámara la belleza de lo perdido.


John Ford bajo la lluvia

John Ford quería rodar The quiet man desde que leyó el relato de Maurice Walsh publicado el 11 de febrero de 1933 en el Saturday Evening Post. Tres años después el cineasta pactó con el autor del relato una opción de compra con vistas a la adaptación cinematográfica. En octubre de 1944 Ford se presenta en la RKO donde Maureen O'Hara rodaba con Frank Borzage, Los piratas del Mar Caribe (The Spanish Main, 1945), pero, desastrado como iba, el vigilante no lo dejó pasar y, aunque le director protestó, tuvo que volver al día siguiente. Eso sí, para entonces la RKO había extendido una alfombra roja desde la entrada de los estudios hasta el plató donde trabajaba Maureen O'Hara.

Fotograma de Los piratas del mar Caribe,
en el centro, Maureen O'Hara en el papel de
Francisca de Guzmán y Argandora
.

En cuanto la tuvo delante le espetó que iba a rodar una película en Irlanda que se titulaba The quiet man y quería que ella la protagonizase. Ya habían hecho juntos Qué verde era mi valle y Maureen O'Hara llegaría a rodar cinco películas con Ford -además de las citadas, Río Grande, Cuna de héroes y Escrito bajo el sol-. A partir de aquel día y durante siete años, Maureen O'Hara acompañará a Ford en el yate Araner durante los fines de semana, salvo cuando el trabajo en sus respectivas películas se lo impedía: ella le contaba hasta el mínimo detalle y de principio a fin su vida en Irlanda -había nacido allí y se había formado en el Abbey Theater de Dublín desde los 14 años- y el director se embebía de todo lo que no había vivido en carne propia. Maureen O'Hara contará que John Ford ponía discos de música irlandesa y le dictaba notas sobre The quiet man mientras mordisqueba su pañuelo -como cuando se rodaba una escena-, unas notas que ella tomaba con taquigrafía y luego pasaba a máquina. Ninguna otra película de Ford fue preparada con tanta dedicación, sobra decir que The quiet man era más que una película, era una odisea de los orígenes, donde la imaginación cuajaba en el crisol de la memoria. Ford rodará la película en los lugares donde nacieron sus padres, el protagonista se llama Sean -el nombre de pila del propio cineasta- y se apellida Thornton -como unos primos de Ford en la tierra de sus ancestros-, el correveidile de Will Danaher se apellida Feeney como el propio Ford, la protagonista se llama Mary Kate, el nombre que le iban a poner a Maureen sus padres y, además, remite a Katherine Hepburn, el amor de Ford. Con la Hepburn y la esposa de Ford, Mauren O'Hara cierra el triángulo de mujeres que más hondamente conmovieron el corazón del cineasta.


Frank Nugent -el guionista de Fort Apache, Tres padrinos, La legión invencible, Wagon Master o Centauros del desierto, por señalar sólo algunos de los filmes de Ford- escribió el guión de El hombre tranquilo durante diez semanas entre marzo y mayo de 1951. Antes, Ford le había encargado la adaptación a Richard Lewellyn, el autor de Qué verde era mi valle, que la terminó a principios de 1951. Pero el director decidió minimizar los aspectos políticos del relato original y que las motivaciones que impulsan al protagonista a regresar a Innisfree sean estrictamente personales. Ford necesitaba traer el material a su terreno mítico y enfocarlo con una mirada propia. El sentimiento de culpa que arrastra Sean Thornton también fue una incorporación del director y Frank Nugent. Bajo la piel de un cuento romántico sobre el regreso al hogar, de una comedia sobre la guerra de sexos, fluye una corriente oculta. En los casi veinte años transcurridos desde que había leído el relato, John Ford había rodado la quiebra -y el lado oscuro- del sueño americano, la guerra y la violencia fundacional. Había llegado el momento de exorcizar sus fantasmas y a eso se entregará el cineasta en el resto de su filmografía. The quiet man representa, en ese sentido, una suerte de reverso de Qué verde era mi valle, es la historia de un guerrero que vuelve a casa y no quiere volver a empuñar las armas, quiere emplear las manos en cultivar rosas y restaurar los muros del paraíso -un jardín- perdido. Como quien vuelve a casa para rescatar la inocencia de una infancia soñada -e irrecuperable-. Melancolía y pérdida laten en The Isle of Innisfree, la canción que canta Mary Kate, que desprende la saudade de las historias que le contaba a Sean su madre. El hombre tranquilo es la historia de un hombre que vuelve a la casa donde nació, después de un largo exilio, para recuperar un mundo perdido y que ya sólo vive en la memoria de las palabras de su madre. Y aun más, recordad la escena en que Michaeleen Flynn detiene el carruaje sobre el puente de piedra, cabe suponer que a petición de Sean Thornton, y éste se apea para contemplar el lugar donde nació: Blanca Mañana e Inisfree aparecen como una emanación de la voz en off de su madre, como si fueran las palabras de su madre las que materializaran el sueño de Sean. Así que definir El hombre tranquilo como un filme lírico es casi una redundancia.


El 22 de febrero de 1951, enviaron a Frank Nugent de parte de Ford algunos libros para que se rodease de la atmósfera irlandesa con vistas a la escritura del guión de El hombre tranquilo, por ejemplo Mil años de poesía irlandesa, Land de Liam O'Flaherty, Family and Community in Ireland... Cuenta Frank Nugent que Ford trabajaba muy de cerca con los guionistas y que tenía un maravilloso oído para el diálogo. Las sesiones de escritura eran cortas, unas horas por la mañana y otras por la tarde. Una vez que Ford daba el visto bueno a una escena, el guionista ya podía olvidarse de ella. Nunca cambiaba de opinión, lo que en palabras de Frank Nugent -y qué razón tiene- es algo maravilloso para el guionista. Creo que ya conté aquí alguna vez que Ford les pedía a sus guionistas que incluyeran en el guión pequeñas biografías de los personajes, a modo de ejemplo veamos la que escribió Nugent para Sean Thornton en el guión de El hombre tranquilo:

(SEAN THORNTON tiene casi cuarenta años, es un hombre fuerte, de caminar ligero, con una sonrisa a flor de labios y el don de saber mantenerse en silencio. Su biografía puede contarse con pocas palabras. Nacido en Innisfree, su padre murió cuando tenía cuatro años. Un tío de América mandó llamar a su madre y a él. Ella murió cuando él tenía doce años. A partir de ese momento, tuvo que buscarse la vida por sí solo -repartidor de periódicos, barrendero, obrero de la construcción, fogonero, trabajador en una fundición, boxeador, casi campeón-, y luego mata a un rival en el cuadrilátero. Una muerte distinta de las que causó Sean mientras combatía en la guerra. Así que Tornado Thorn colgó los guantes de boxeador, reunió sus bolsas por los combates y pensó con melancolía en los recuerdos algo idealizados que le contaba su madre de su nativa Innisfree. Ahora regresa a Irlanda un hombre tranquilo [callado, pacífico] que desea olvidarse de todas las guerras del espíritu humano.)

El peso del pasado gravita sobre los personajes de Ford y parecen respirar a través de una bolsa de silencio. Diríase que el centro de gravedad de sus películas lo encontramos en las historias que sus personajes llevan a cuestas: culpas, sueños, mitos. En El hombre tranquilo, el pasado persigue a Sean hasta Innisfree. Por eso, resultaba esencial para el cineasta explorar las vidas de los seres que iba a mostrar en la pantalla. Y le pedía a los guionistas que le contaran la historia que cada personaje tenía a sus espaldas. Frank Nugent advierte que, después de terminar el guión, la película es de Ford y que el guionista lo que debe hacer es quitarse de en medio. Luego el cineasta seguirá el guión a su manera y de forma variable, unas veces improvisará más y otras menos, en algunas películas cortará páginas del guión y en otras cortará fragmentos, y, desde luego, incluirá canciones y algunas réplicas memorables, o dejará que sea algún actor como el magnífico Barry Fitzgerald quien, encarnando a Michaeleen Flynn y ante la cama destrozada tras la noche de bodas, improvise y exclame: Impetuoso, homérico. Entre los momentos no previstos en el guión que Ford incluyó durante el rodaje cabe señalar la canción que cantan en el pub de Pat Cohan en honor de Sean Thornton y la que canta Mary Kate con la espineta durante la visita de Michaeleen en funciones de casamentero; el lanzamiento de Mary Kate sobre la cama durante la noche de bodas, la canción Mush, Mush, Mush de Michaeleen y compañía al día siguiente de la boda; también resulta significativo el cambio de la confesión de Mary Kate con el padre Lonergan, que en el guión figuraba en el confesionario, y que en la película acontece en el río, donde el cura la escucha exaltado ante la posibilidad de pescar un salmón mítico. Entre los fragmentos que se cayeron en la sala de montaje vale la pena recordar la segunda parte de la escena que continuaba tras aquel momento en que, durante la persecución de Sean y Mary Kate que se le habían escapado en un tándem durante el cortejo, el caballo del carruaje de Michaeleen frena de golpe delante del pub; pues bien, en la película Michaeleen admira el sentido común del caballo, baja del carruaje y se dispone a entrar en el pub, y nos vamos con Sean y Mary, pero Ford había rodado cómo Michaeleen llamaba a la puerta, Pat Cohan se asomaba a la ventana y le advertía que era domingo, y Michaeleen le espetaba que ya lo sabía, pero el caballo no. Y no podemos dejar de señalar que la inolvidable escena en la que Sean trae a rastras a Mary Kate desde la estación de Castletown hasta Innisfree fue fruto de los ensayos en solitario entre John Wayne y Maureen O'Hara que hizo muy feliz a Ford; el director se limitó a incluir aquella réplica de la mujer que le tiende un palo a Sean Thornton: Señor, aquí tiene una vara para darle a la encantadora dama.

John Ford

Cuando empezó el rodaje en Irlanda, John Ford contaba con su primo Michael Killanin que le ayudaba en la producción y el legendario miembro del IRA Ernie O'Malley que le echaba una mano en la dirección de escenas corales con la figuración, se sentía en casa y un aire de familia circulaba delante y detrás de la cámara. Gracias al rodaje de El hombre tranquilo llegó a Cong, el Innisfree de la película, la electricidad. Una intrusión del progreso que, pongamos por caso, Mary Kate no consentiría, como cuando rechaza la sugerencia de Sean Thornton de comprar un tractor porque huelen mal. Así como el tiempo quebrantaba la geografía de la infancia de Huw en Qué verde era mi valle, el tiempo se suspende en El hombre tranquilo para que el protagonista pueda recuperar la infancia perdida y aun corregir las erosiones de los años transcurridos para convertir su sueño en realidad. De la fricción entre sueño y realidad emergen el drama y la comedia que enhebran la película. La realidad distorsiona la mirada preñada de melancolía de Sean Thornton, una visión fermentada en las palabras y los sueños de su madre que transfigura el mundo que ve en el paraíso, donde es posible recuperar el hogar perdido. Una distorsión que empieza por la propia Mary Kate, a la vez sueño -¿Es real o estoy soñando? se pregunta Sean la primera vez que la ve; Es un espejismo provocado por la sed, cree Michaeleen Flynn- y una mujer muy real, preocupada por la dote. No habla por hablar Michaeleen cuando le advierte a Sean que Mary Kate es una pelirroja con todas las consecuencias.


Pero las cosas aún son más complejas porque en la dote de Mary Kate hay trescientos años de sueños felices. Digamos que el drama y la comedia de esta historia de amor contada reposadamente con humor que es El hombre tranquilo surgen de un problema compartido por los protagonistas: ambos personajes se muestran ciegos respecto a la visión -a los sueños- del otro. Las mismas miradas que se incendian de deseo al encontrarse son incapaces de comprender los significados de las cosas que cifran los sueños fermentados en el curso del tiempo, es decir, de las cosas en las que pesa el pasado: Mary Kate no comprende el empeño de Sean en cultivar rosas -que cifran el sueño de Blanca mañana que aprendió de los labios de su madre- y Sean no comprende el valor (de los cachivaches) de la dote de Mary Kate -Desde que era niña soñé con estar rodeada de mis cosas-. Cuando Sean Thornton monta la farsa de arrastrar a Mary Kate para traerla de vuelta a casa, era la forma de demostrarle que ha comprendido el significado de sus sueños y cuánto le importa. Una escena que aparece cifrada ya en aquélla donde Mary Kate le reprocha a Sean que cultive rosas y no patatas, y acaban reconciliándose cuando él le tiende una florecilla silvestre y ella, conmovida, la coge en sus manos y se la lleva al corazón. Qué no le daría Sean a Mary Kate, sentimos nosotros. De alguna forma, en ese plano improvisado por Ford durante el rodaje -el plano favorito (de todos los de Ford) de Tag Gallagher-palpamos la corriente de amor que atraviesa a Sean y May Kate, y que sólo un poeta es capaz de comunicar con tal sencillez y elocuencia.


Las seis semanas de rodaje de Ford en Irlanda no fueron un camino de rosas. El productor Herbert Yates no paró de incordiar, tampoco la lluvia que trajo de cabeza a los directores de fotografía Winton C. Hoch y Archie Stout -a cargo de la segunda unidad-, y Ford, a causa del acoso del productor, del rechazo de Maureen O'Hara -que le paró los pies- y de la tensa relación con su hijo Pat -herido por el abandono del cineasta-, cayó en un estado depresivo y se metió en la cama. Allí lo encontró John Wayne, el cineasta estaba convencido de que su película soñada acabaría en desastre. Para evitar que el rodaje se detuviera, el actor se ofreció a rodar parte de la secuencia de la carrera de caballos. Ford aceptó, pero al día siguiente ya estaba en pie, y rodando: ¡qué bien lo conocía John Wayne! Como señala Simone Weil, contar la vida de los grandes hombres al margen de sus obras lleva inevitablemente a subrayar su mezquindad, porque es en sus obras donde ellos han puesto lo mejor de sí mismos. Al final del rodaje en Irlanda, el cineasta dirigió unas palabras a su gente, encantado de estar en compañía de su familia y de tantos amigos íntimos como John Wayne, Victor Mclaglen, Ward Bond y... Maureen O'Hara. Les confesó que El hombre tranquilo sería la forma perfecta de terminar su carrera. En cuanto acabó de rodar la última toma el 14 de julio con una mezcla de euforia y abatimiento que lo embargaba, agarró una curda monumental. Tuvo que esperar unos días para volver a Hollywood donde rodó los interiores en estudio y acabó el revelado de la película el 3 de agosto. El hombre tranquilo se estrenó un año después, el 21 de agosto de 1952, en Nueva York. Al año siguiente, se le concedieron dos óscares: a la mejor fotografía y al mejor director.

De izda. a dcha., Francis Ford, John Wayne,
Victor McLaglen, John Ford,
y delante Barry Fitzgerald
durante el rodaje de
El hombre tranquilo

Para Ford, el edén de ficción desplegado en El hombre tranquilo era un territorio propicio para la comicidad. Por otro lado, el humor bendice -y permite perdonar de cara a la censura de la época- las continuas alusiones sexuales que enhebran la película, como lo que le dice Mary Kate a Sean al oído -que, claro es, no escuchamos- pero que sabemos de sobra cómo interpretar. El lirismo con que la mirada de Ford destila la historia de amor de Sean y Mary Kate matiza cualquier exceso y corrige una posible deriva hacia la farsa; aun en la secuencia en la que Sean arrastra a Mary Kate de vuelta a Innisfree y en la de la pelea que recorre el pueblo, deviene una "comedia" a la que Sean se presta para demostrarle a Mary Kate cuánto significa para él, una "comedia" que revela un cambio de percepción del protagonista sobre lo que significa amar en Innisfree, que, como ya le habían anticipado no es ningún paraíso, o mejor, no es el paraíso que Sean soñó desde América. Humor y poesía se conjugan en el arte de John Ford, y El hombre tranquilo representa un ejemplo canónico. La conspiración que concluye en la boda de Sean y Mary Kate, y la presión de la comunidad que empuja a los amantes hacia los brazos del otro mientras corrigen los errores de visión respectivos puede contemplarse como un cuento de hadas para adultos que, como en la pelea del clímax, se divierten como niños. Un cuento de hadas contado con ritmo reposado, en palabras de Lindsay Anderson, como un pintor que se tomase su tiempo para vivir el lienzo más que pintarlo.


En El hombre tranquilo, las miradas, las visiones y los sueños devienen hilos cardinales del tejido de la película, un filme que había que componer como si de una pieza musical se tratara. Si decantamos la esencia de El hombre tranquilo nos quedaríamos con las miradas y la música. La puesta en escena y la construcción misma de la película parecen cristalizar, más que un guión, una partitura donde uno imagina anotaciones tímbricas y tonales conjugadas con los movimientos de los actores y las manchas de luz y sombra. Hasta el punto de que Ford, heredero del cine de Murnau, nos cuenta los momentos primordiales la historia de amor de Sean y Mary Kate a través de miradas, puro movimiento y música, más aún, coreografía el deseo como si de una danza se tratara, o mejor, nos cuenta que el amor es un ballet arrebatado en el que la naturaleza misma -con sus cuatro elementos- conspira para que los amantes se encuentren, porque como escribió John Donne, un corazón es tan poquita cosa cuando cae en las manos del amor...


Recordad aquellos momentos de Sean y Mary Kate después de haberse fugado de Michaeleen rompiendo las reglas del cortejo. Mary Kate se quita las medias y cruza el río a todo correr, obligando a Sean a seguirla, luego se sienta en un muro y se pone los zapatos, vuelve a correr por los campos y Ford la contempla en planos generales para mostrarnos hasta qué punto el deseo la desborda, luego espera la llegada de Sean y echan a andar juntos acompasando los pasos. Y llegan al viejo cementerio cogidos de la mano y se acercan hasta un primer plano en el que compartimos la intimidad de los amantes. Estamos presenciando una historia de amor coreografiada por un poeta romántico. Sean y Mary Kate acaban fundiéndose en un abrazo, se besan y estalla la tormenta y el viento sopla como si respondiera a la llamada de la pasión, los árboles se doblan arrebatados por el deseo. Maty Kate empieza a musitar una plegaria y sale de campo por la derecha del encuadre. Sean la sigue. Estallan los relámpagos. Mary Kate se cobija en el pecho de Sean. Resuenan los truenos. Ella se refugia en las ruinas de una iglesia. Empieza a llover. Agua, fuego, aire y tierra no hacen más que traducir aquello que nunca podrían decir con palabras. Sean se quita la chaqueta y se la pone a Mary Kate por los hombros. Estalla otro relámpago. Ella se abraza a Sean. Estan empapados. Se besan. Las ropas mojadas transparentan sus cuerpos. Vuelven a besarse.



Parece que la tormenta se calma. La naturaleza se remansa. Llueve mansamente. Mary Kate oculta su rostro en el pecho de Sean como si quisiera fundirse con él, desaparecer en él. Como si la escuchara, un travelling lento y breve nos acerca a ellos. Y funde a negro. Pura música. Puro cine. Homérico, dice Ángeles.

Cuentan que Ford mandó repetir el beso bajo la lluvia una y otra vez. No diré más. Sólo añadiré que escribir sobre El hombre tranquilo hubiera justificado abrir esta escuela y que, parafraseando a Ford, sería la forma perfecta de cerrarla. Los dioses del cine nos fueron propicios y John Ford no terminó su obra con El hombre tranquilo, aún nos dio obras maestras como, por citar una sola, Centauros del desierto. Así que quizá los dioses del cine le sean propicios a esta escuela, aunque sólo sea por escribir sobre aquellos filmes de Ford que no hemos traído por aquí. Cuando uno contempla la película una vez más -ya no sé cuantas van, ¿veinte? ¿treinta?- advierte sombras y tristeza, y escucha un río de melancolía -una de las acepciones de tenebrae, el tenebrismo con que Ford pinta la historia de Sean y Mary Kate- bajo la superficie de Innisfree. Y no podría ser de otra manera. Como los mejores poemas de Stevenson, también El hombre tranquilo es un poema del adiós. Aunque a uno le cuesta despedirse de la película, porque es de esas obras que nunca acaba de decir todo lo que tiene que decir por más veces que uno la contemple. Por eso nunca faltarán razones en esta escuela para volver a transitar el paraíso de John Ford.

7/11/09

Flores del desierto

No me hace falta subir a los desvanes de la memoria para ver Pasión de los fuertes. Me basta cerrar los ojos. Siempre está ahí. Intacta, como el primer día. Como hace casi medio siglo en aquella sesión infantil del Teatro Principal de Tui. Aún hoy (sea el hoy que sea), cuando paso por delante de la fachada, escucho la voz de Chihuahua cantando en el saloon de Doc Hollyday y la de Wyatt Earp preguntándole a Mac si se enamoró alguna vez y los disparos en el OK Corral, atrapados en las ruinas de un lugar sagrado que un día albergó también las primeras imágenes cinematográficas proyectadas en Tui entre el 13 y el 17 de mayo de 1897. Cierro los ojos y empieza Pasión de los fuertes.


En estos últimos meses más de una vez el maestro me espetó: cuándo te metes con Pasión de los fuertes. Ayer buscaba Las zapatillas rojas pero vete a saber dónde se metió la maravillosa película de Michel Powell y Emeric Pressburger que se acaba de presentar en Nueva York recién restaurada fotograma a fotograma por la World Cinema Foundation, promovida por Martin Scorsese. Entonces llamó el maestro para comentar unas fotos de dornas que le había enviado y me contó que acaba de ver Pasión de los fuertes, la película más japonesa de Ford.


Seguro que Kurosawa le dio una vuelta a esta película, me dice el maestro. Seguro que más de una, le digo. Se ríe. Nos reímos. Cuando nos despedimos casi me dan ganas de llamarle y quedar para ver juntos Pasión de los fuertes. En fin, hoy queríamos celebrar la lluvia, las nubes espesas y plomizas, el viento furioso, los turbiones que azotaban el Con de Agosto y el terco resplandor con que el sol atravesaba las rendijas de los nimbos y dejaba un charco de luz casi sólido en el horizonte, y vimos Pasión de los fuertes, el primer western que rodó John Ford tras la 2ª guerra mundial. Mi primer western. Y, sobre todo, mi primer John Ford.


En 1946 Lindsay Anderson tenía 23 años y vio en el Odeon de Leicester Square My Darling Clementine (o sea, Pasión de los fuertes). Se sintió conmovido y concernido de una manera tan poderosa e íntima como nunca con ninguna película. Una rara poesía emanaba del filme de John Ford y la poesía resulta indefinible (por definición), pero el joven cinéfilo y futuro cineasta se vio impulsado a definirla: "De esta forma comencé a vislumbrar en qué consiste, después de todo, la esencia del cine: en el lenguaje del estilo". Total que casi volvemos a empezar: qué es el estilo. Uno, a estas alturas, casi se queda con la rara poesía que emana de Pasión de los fuertes. Pero el caso es que aquel día de 1946, la contemplación del filme de Ford convirtió a Lindsay Anderson en un rendido fordiano y representó el germen de sucesivas cartas en su filmografía que acabaron componiendo ese volumen titulado About John Ford que apareció en 1981 y aquí -Sobre John Ford- veinte años después. Me hubiera gustado acordarme de todo esto hace unas semanas ante la fachada del Odeon de Leicester Square, pero es lo que tiene llevar una cámara con uno: registrar, con frecuencia, estorba el recordar.

John Ford

Tras la 2ª guerra mundial, John Ford ahondó su visión pesimista y sombría sobre el mundo, y sus películas cobraron un aliento elegíaco donde ya casi no quedaba margen para la esperanza, hasta el punto en que se convirtió definitivamente en el poeta de los orígenes, de los vínculos primordiales y de las comunidades fundacionales. En definitiva, John Ford se entregó a cantar lo que se perdía, lo que se había perdido, y alguna vez a imaginar en un cuento cómo sería volver a casa, enamorarse y redimir la culpa cultivando rosas. Pero la única película que deseaba hacer con toda su alma desde hacía diez años, El hombre tranquilo, ningún estudio la quería producir, así que tuvo que esperar. Una razón más, por si le faltara alguna, para detestar el regreso al sistema de los estudios. Así que constituyó con Merian C. Cooper -el de King Kong- el 2 de enero de 1946 una reestructurada (y reactivada) productora, la Argosy, y, mientras encontraban una ventana financiera producir sus propios proyectos, barajó con Darryl Zanuck una nueva película con la Fox.

John Ford en Monument Valley

Cuando Ford no estaba rodando o navegando a bordo del Araner, se metía en la cama. Su cama era su despacho, su biblioteca, su sala de estar, donde recibir a los amigos, beber y fumar. Pero donde realmente se sentía vivo era rodando películas en Monument Valley, en el territorio de sus amigos navajos, y cada día, tras muchas horas de intenso trabajo, en torno a un fuego de campaña y bajo las estrellas, en medio del desierto, cantar, bailar, jugar a las cartas y contar historias. Monument Valley era el reino de Ford. Y en 1946, después de siete años, volvió allí para rodar el remake de un filme de Allan Dwan -Frontier Marshall- contemporáneo de La diligencia sobre el legendario duelo del OK Corral: My Darling Clementine.


El guión de My Darling Clementine lo firmaron Winston Miller -el guionista principal- y el productor Samuel G. Engel, uno de los miembros de la Field Photo, la compañía con la que Ford rodó sus documentales sobre la 2ª guerra mundial. Engel luchó por colarse en los créditos como guionista -reescribió unos cuantos cambios menores en el guión durante el rodaje-, porque en una película de John Ford aparecer como productor no significa nada: "Todo el mundo sabe que el productor es él". Parece ser que Darryl Zanuck insistió en que la película terminara con el final que conocemos: la despedida entre Wyatt Earp y Clementine Carter. De todas formas, Ford se encargó de editar el guión cortando mucho diálogo mientras rodaba, acentuando el laconismo del protagonista: le bastaba que un actor diera un paso atrás y una mirada para proyectar más elocuencia que media página de frases. Pero, a qué negarlo, Pasión de los fuertes no es una película memorable gracias a su guión. Es una obra maestra gracias a la dirección de John Ford y a la rara poesía que destila la textura de cada una de sus escenas (y de sus planos japoneses), y a que los directores de fotografía que trabajaban con él -en este caso, Joe MacDonald- sabían que el tuerto veía más con un ojo que la mayoría con dos, y querían ganarse los galones:


¿alguna vez ha resultado más monumental Monument Valley? ¿alguna vez se han contemplado cielos tan distintos, tan irrepetibles, tan bellos?, ¿alguna vez han cobrado visos tan escultóricos las cercas, las columnas de los porches, los cactus?, ¿alguna vez se ha respirado con tal hondura el polvo pero también el aire transparente del desierto?, ¿alguna vez ha resultado más triste la lluvia que cae sobre el cadáver del hermano pequeño de los Earp o cuando Wyatt, solo, se aleja tras haber aceptado el cargo de sheriff de Tombstone?... Pasión de los fuertes se rodó entre abril y junio de 1946 en un Tombstone levantado por James Basevi y Lyle Wheeler junto a Monument Valley.


Después de haberla visto tantas veces, a quién le importa el duelo del OK Corral. Y eso que resulta admirable su concepción, esas vastas extensiones de cielo conjugadas con el silencio y el polvo, y la música del viento, los caballos, los pasos, los disparos... Hay que agradecerle a Zanuck que no enturbiara la secuencia con el score. Pero si vemos una y otra vez Pasión de los fuertes no es por la trama que enfrenta a los Earp con los Clanton. Son las formas. las figuras, los movimientos, los que nos conmueven. Dicho de otra forma, son las texturas la trama que nos importa. La peripecia deviene un pretexto para que John Ford despliegue su gama de tonalidades, de colores emocionales, de estados de ánimo para embalsamar la mirada de un mundo que surgiera ante nosotros por primera vez en los confines del mundo (o fuera del mundo), desde la más remota memoria, allí donde el rito trasforma el jardín salvaje en un hogar para una familia de pioneros. Por eso Pasión de los fuertes es una película sobre ceremonias entre paréntesis, los del caos (sin ley) y la violencia (de la ley).


Volvemos a Pasión de los fuertes para contemplar ese paseo matutino de Wyatt (Henry Fonda) y Clementine (Cathy Downs) bajo los porches mientras suena el himno favorito de Ford, Shall We Gather at the River, para verlos bailar Oh, Dem Golden Slippers (que ya Fonda había bailado en El joven Lincoln), para ver a Wyatt balanceándose en la silla mientras apoya alternativamente los pies en la columna (una escena que Ford le sugirió a Fonda durante el rodaje),


para ver cómo lo perfuman en la barbería con aroma de violetas y cómo Clementine aspira el aire fresco y cree percibir la fragancia de las flores del desierto, y Wyatt: "Soy yo... Es el barbero" (otra de las improvisaciones de Ford). O para deleitarnos una vez más con aquel breve diálogo entre el sheriff y el barman: "Mac -pregunta Wyat-, ¿te has enamorado alguna vez?", "No -responde Mac-. Toda mi vida he sido camarero" (sí, en efecto, otra improvisación de Ford). Y cómo no, vemos Pasión de los fuertes para disfrutar del episodio que podríamos titular Shakespeare en Tombstone (que ya traje por esta escuela). Visitas a la barbería, paseo, inauguración de una iglesia, baile, teatro, partidas de póquer, copas, almuerzos y cenas: desvíos, digresiones y derivas que trascienden el universo genérico e incriben la película en la modernidad cinematográfica.


Ceremonias que conjuran la violencia fundadora y la devastación que acecha, basta recordar que el enfrentamiento entre los Clanton y los Earp acaba con aquéllos y con dos de éstos y conviene no olvidar que esta película se rueda cuando aún no ha transcurrido un año desde el final de la 2ª guerra mundial. Y tenemos que darnos con un canto en los dientes si esas digresiones rituales sobrevivieron a la impaciencia (dramática) del guionista (rigorista) que Zanuck llevaba dentro ante el "estilo reposado" de Ford (donde, justamente, la violencia irrumpía como un latigazo, como un espasmo brutal) . Una impaciencia que le llevó a cortar diez minutos de la película: toques de comedia, matices en la composición de los personajes (en particular el de Linda Darnell, qué pena) y engarces sutiles entre escenas. También añadió algunas escenas, como la de Wyatt junto a la tumba de su hermano pequeño. A Ford le dolieron los cortes. Y los días de trabajo en armonía con Zanuck se acabaron.


Y nos duelen a nosotros los cortes porque volvemos a Pasión de los fuertes por razones que no conmovían a Zanuck pero que eran la razón de ser del arte de Ford -mirada atenta, distancia justa, presencia memoriosa-, aunque sólo fuera por recuperar el perfume de los orígenes, por obra de la alquimia (y de la química), una ficción con que cristalizar la memoria de un tiempo perdido en la frontera de un jardín salvaje, donde plantar una casa y aspirar la fragancia de las flores del desierto.