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5/7/15

Un recuerdo de sol


El Museo d'Orsay preparaba una exposición sobre los años de juventud de Cézanne y Virginie Herbin, responsable de la sección de audiovisuales, les encargó una película sobre el pintor a Danièle Huillet y Jean-Marie Straub. Y les dio carta blanca. 


Hacía tiempo que los Straub acariciaban un proyecto sobre Cézanne; como siempre trabajaban a partir de un texto, eligieron el Cézanne de Joachim Gasquet (editado aquí por Gadir hace diez años -Cézanne. Lo que vi y lo que me dijo-, en una traducción de Carlos Manzano) para componer la conversación que escuchamos en la película -el pintor en la voz de Danièle Huillet, y Gasquet en la de Jean-Marie Straub-, y le encargaron la fotografía al gran Henri Alekan. El cortometraje (unos 50') se articula en torno a alguna fotografía de Cézanne, algunos de sus cuadros, vistas de la montaña Sainte-Victoire, fragmentos de Madame Bovary, de Renoir, y de La muerte de Empedocles, de los Straub -a partir del texto de Hölderlin-, y el off de la conversación. 

Primera página del texto trabajado 
por Huillet y Straub en Cézanne.

El título del filme (de 1989) reza Cézanne - Dialogue avec Joachim Gasquet. Al Museo d'Orsay no le gustó nada, pero nada nada, la película, y la rechazó, y Virginie Herbin, la responsable del encargo, dimitió. Claro, no tenía nada que ver con un documental al uso sobre un pintor; era cualquier cosa menos un biopic espectacular (ni siquiera lo que se dice entretenido, ¡ah, el entretenimiento!), y además partía de un testimonio sobre Cézanne que los expertos consideraban poco fiable, o sea, unas memorias -las de Gasquet- con demasiada inventiva (y bien mirado, ¿qué va a hacer la memoria sino inventar?). En fin, repudiaron el Cézanne, y ni pensar en ocupar el pupitre en la escuela, para mirar y escuchar la lección de pintura (y de cine) que, con franciscana sencillez, Huillet y Straub  habían dispuesto para los espectadores. Se ve que la directiva del Museo d'Orsay estaba en las antípodas de gente como Daney, para quien Danièle y Jean-Marie eran los maestros que nos gustaría tener, y avisaba:
Para aprender es necesario ir a la escuela. No tanto a la escuela de la vida, sino más bien al cine como escuela.

Ante la Sainte-Victoire, Cézanne dijo una vez:
Contemplad esa montaña. Antes era de fuego.





En otro momento de la película escuchamos a Cézanne en la voz de Danièle Huillet:
No somos sino un poco de calor almacenado, organizado, un recuerdo de sol, un poco de fósforo que arde en las meninges del mundo. 
No recuerdo quién dijo que Cézanne es pegar su ojo a la cosa hasta el punto de fundirnos en ella. Otras veces siente uno como si llevara la cosa tan lejos en el tiempo que sólo pudiera ser recordada, mirada de memoria. De una memoria mineral. Y quién sabe, quizá así volver a ser sol.

6/2/10

Algo más fuerte que la memoria


A media tarde, mi madre recogía un cesto de fruta, se sentaba a la sombra y empezaba a pelar las pavías y los pexegos. A medida que los pelaba, nos los iba tendiendo al tiempo que nos desgranaba los últimos episodios de la novela familiar, amojonada con periódicas digresiones de la historia parroquial (entierros, bodas y bautizos; agonías, noviazgos y embarazos; enfermedades, divorcios y esterilidades). Era uno de los rituales de agosto. Era su manera de anudar los lazos con el lugar donde yo había nacido, de suturar la distancia y la ausencia con los relatos, de abonar el árbol de la memoria. Por eso, los recuerdos de aquellos días puedo morderlos, me dejan los dedos pegajosos y me saben a pavías. Y aquellas historias, casi siempre tristes, son tiernas, dulces y jugosas. Como los pexegos. Alguna vez una ligera brisa movía las hojas de los frutales, entonces mi madre callaba y era como si un espíritu nos acariciara y nos reuniera en el rito memorioso. Sería el soplo de Mnemosyne, digo yo.

Cada vez que recorro un mercado, y hoy fue uno de esos días, busco sin querer en los puestos de fruta el aroma de la infancia. La casa donde nací tenía debajo una bodega fresca donde se alineaban las pipas de vino, en uno de los extremos había una viga donde se colgaba el cerdo boca abajo, abierto en canal y vaciado al final del día de la matanza, con unas cañas separando las patas y las carnes para que se curara; en el otro extremo había una tarima donde se esparcían las manzanas iluminadas apenas por un estrecho ventanuco abierto en la gruesa pared de piedra. Manzanas de San Juan, rojas con vetas verdes y doradas; y manzanas malladas, amarillas con manchas rugosas y pecas oscuras. Solía bajar a la bodega después de comer, subía a la tarima con un libro, me sentaba cerca del ventanuco y me tomaba mi tiempo para elegir qué manzana iba a comer. Dilatando la espera del goce del primer mordisco. Y comérmela leyendo un episodio de las aventuras de Edmundo Dantés.

Alguna vez he creído reconocer el perfume de las manzanas de San Juan en el puesto de alguna viejita que trae los tomates, las lechugas y las frutas de su huerta. Pero no he vuelto a encontrarlas desde que el manzano se secó hace ya muchos años. Tampoco las manzanas malladas desde que un huracán partió el tronco del árbol que las daba. (Y los frutales de las pavías y de los pexegos no sobrevivieron a una helada de hace cuatro años.) Así que me acerco al puesto de la viejita, cojo una de las manzanas pero me basta verlas para saber que no son aquéllas que perfumaban la bodega en los veranos de mi infancia, aun así me llevo unas cuantas y saben mejor que toda esa fruta industrial que no sabe a nada, que ya no se como por placer, sino por cuestiones meramente higiénicas. A medida que pasa el tiempo empiezo a dudar de aquellos sabores, de aquellos colores, de aquellos aromas que enhebran la memoria de un lugar perdido y a figurarse que tan sólo los ha imaginado.



Entonces uno se encuentra ante uno de los bodegones de Cézanne en el MoMA de Nueva York y descubre que no, que uno recuerda lo que el maestro de Aix también vio, porque sólo de lo verdadero puede emerger una belleza tal que nos conmueve hasta las lágrimas. Cézanne pintó mis manzanas y mis pavías y mis pexegos antes de que desaparecieran y salvó mi memoria de la infancia. Recordé aquel día en el MoMA mientras leía el libro de Joachim Gasquet, Cézanne. Lo que vi y lo que me dijo a la vuelta del mercado:

A las flores he renunciado. Se marchitan enseguida. La fruta es más fiel. Le gusta que la retraten. Esta ahí como pidiéndote perdón por descolorarse. Su idea se exhala con su perfume. Viene hasta nosotros con todos sus olores, nos habla de los campos que ha abandonado, de la lluvia que los ha alimentado, de las auroras que espiaba. Al delimitar con pinceladas pulposas la piel de un hermoso melocotón, la melancolía de una vieja manzana, vislumbro en los reflejos que intercambian la misma sombra tibia de renuncia, el mismo amor del sol, el mismo recuerdo del rocío, un frescor...

Tenía razón Iván Turguenev, hay que apresar los momentos felices con algo más fuerte que la memoria.