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18/2/11

La ola de Hokusai

Estos días de temporal las olas me apartaron de la mesa de trabajo y pasé más de un rato, y hasta un rato largo cuando se fue la luz, pasmando por la ventana mientras el océano rompía en el espolón del muelle y lo cabalgaba con una tormenta blanca que reventaba en manos de agua. Espigué fotos de esas olas en estos finisterres por las webs de algunos periódicos:

A Guarda

Ribeira

Camariñas

A Coruña




Y recordé la gran ola de Hokusai:


La tenía Claude Debussy en su estudio y le rindió tributo en La Mer (1905). Monet también tenía una copia. A Van Gogh le encantaba y en las Cartas a Theo evoca imágenes que son puro Hokusai o comenta sus obras: Como tú dices, 'las olas tienen garras y las barcas están atrapadas en ellas'. ¡Puedes sentirlo! Hakusai pinto su gran ola cuando tenía 70 años, pero no se conserva el original creado por su mano, sólo reproducciones, grabados en madera, y muy pocos de calidad óptima. En realidad, Hokusai ya había dejado de pintar, pero el destino le obligó a coger el pincel otra vez.

Katsushika Hokusai nació en 1760 y aun adolescente ya era un diseñador de estampas profesional. Durante cincuenta años se ganó la vida con pinturas, dibujos e ilustraciones de los más variados temas del universo ukiyo-e -el mundo flotante o el mundo que fluye-, una cultura sensual preñada de hedonismo y de un sentimiento de fugacidad, como destila un texto de 1661: Sólo vivimos para el instante en que admiramos el esplendor del claro de luna, la nieve, la flor del cerezo y las hojas multicolores del arce... Hokusai pintó flores, pájaros,


escenas de la vida cotidiana, de los trabajos y los días,


fantasías eróticas, como el sueño de la mujer del pescador, que me trae a la memoria Possession (1981) de Zulawski,


y olas.


A los 70 años, los cuadernos de Hokusai recogen miles de obras que eran su legado y decide que era tiempo de descansar. Le cede su nombre -la firma- a su discípulo favorito y se retira. En adelante se llamará Iitsu. Entonces sobreviene la catástrofe. Su mujer muere y el nieto le dilapida los ahorros de toda una vida en el juego. Hokusai y su hija tuvieron que dejar su casa y encontraron asilo en un templo. Y en la pobreza recupera la energía que imaginaba consumida y vuelve a pintar poseído por un arrebato inesperado.

Para salir de la miseria decide con su editor -que se quedará con la mayor parte de los beneficios- pintar una serie de vistas del Monte Fuji, postales de una imagen sagrada que encontrarían su nicho de mercado en los peregrinos, en fin, en el turismo religioso. Una de esas vistas será La gran ola o bien, como figura en el grabado, Olas frente a la costa de Kanagawa. Se imprimieron miles de copias. Como si de viejo. Hokusai cogiera la ola buena.


Una ola a punto de romper, tras haber alcanzado el clímax y justo al borde del caos, sobre unas frágiles embarcaciones con el Monte Fuji al fondo, dotando a la pintura de una impresión de profundidad y, al tiempo, enmascarado él mismo como una última ola lejana. Los científicos que estudian la mecánica de fluidos creen que se trata de la representación de una ola real, más concretamente de "una ola piramidal extrema en pleno volteo", incluso han fotografiado olas así en la misma bahía de Tokio. Esas embarcaciones se utilizaban para transportar capturas a la lonja de Edo, la antigua Tokio. Por la línea de nieve del Monte Fuji, se supone que estamos a comienzos de la primavera -y de la temporada del bonito-, y llevan el primer bonito del año, muy cotizado; una mercancía muy valiosa por la que valía la pena correr un gran riesgo. Os recomiendo que veáis la pieza dedicada a La gran ola de Hokusai de la estupenda serie de la BBC La vida privada de las obras maestras, una delicia.

En uno de los cuadernos de Hokusai puede leerse: Desde los seis años he tenido afición a copiar cosas, y desde los cincuenta mis dibujos se han publicado frecuentemente, pero nada de lo que dibujé antes de los setenta es digno de atención. A los setenta y tres empecé a ser capaz de comprender cómo crecen las plantas y los árboles, y la estructura de los pájaros, animales, insectos y peces. A este paso, para los ochenta años, espero haber progresado en este oficio, y a los noventa ser capaz de ver mejor cuál es el principio subyacente de las cosas. Así, cuando llegue a los cien años, habré alcanzado un estado divino en mi arte, y a los ciento diez, cada punto, cada pincelada, parecerán que tuvieran vida propia. Aquellos de ustedes que vivan lo suficiente sean testigos de que estas palabras mías no acaben siendo falsas. Y firma: antes conocido como Hokusai, ahora Iitsu, 76 años de edad. Un anciano loco por la pintura.

A los 80 años lo invitaron a pintar olas en Obuse, a 240 kms. de Tokio. Hizo el camino a pie para cumplir el encargo. Pintó una ola macho y una ola hembra -fuerzas opuestas pero complementarias- en el techo de la carroza de un festival. En esas olas, muchos de los habitantes de Obuse vieron el mar por primera vez.

Autorretrato de Hokusai a los 83 años

En la frontera de los noventa años, ya en su lecho de muerte, cuenta la leyenda que dijo: Si el cielo me concediera otros diez años de vida, aun sólo cinco..., podría convertirme en un verdadero artista. Quizá soñaba con pintar una última ola. Una ola perfecta. La ola de Hokusai.

27/4/10

Hilos de tiempo

Después de bañarnos en el Con de Agosto y mientras nos secábamos al sol sobre "nuestra roca", Ángeles saca un libro de la bolsa, ¿quién es éste? Cees Nooteboom, le digo, deletreándolo -vete a saber cómo se pronuncia en su idioma-, un escritor viajero, el holandés errante se podría decir, que ahora tiene casi ochenta años y escribió este libro -El desvío a Santiago- hace casi veinte. Ella se dejó en casa el suyo, Las ilusiones perdidas de Balzac que vuelve a leer, y sigue preguntando sobre el de Cees Nooteboom. El tipo viaja de un lado a otro, desviándose del camino de Santiago, visita iglesias y museos. Me suena, dice Ángeles. Lo dice por nosotros. Recuerdo que hace año y medio nos hicimos una ruta por el románico segoviano y junto a la iglesia de Duratón:




Mientras hacía la última foto allí, Ángeles comentó: Para ser ateos, mira que visitamos iglesias. Si creyéramos, le digo, quizá no veríamos tantas. Ya nos íbamos hacia el coche cuando Ángeles se volvió hacia la iglesia una última vez: Vemos iglesias porque otros creyeron. Y seguimos la ruta.


Cees Nooteboom en el claustro
del Convento de San Marcos (León)


En el Con de Agosto recordé aquel viaje mientras le hablaba de Cees Nooteboom del que hasta hace un par de meses no había leído nada, hasta que compré una edición de bolsillo de El desvío a Santiago que tengo a mano y lo voy leyendo de a pocos. Entonces busqué un fragmento que había subrayado y se lo leí:

La iglesia [del monasterio de Veruela, en Soria] está vacía, las enormes columnas se alzan rectas sin basa desde el suelo pavimentado, la posición del sol lanza un extraño y estático charco de luz a través del rosetón un poco fantasmal en alguna parte a la derecha de la iglesia. Me oigo andar. Este espacio deforma no sólo el aire, sino también el sonido de mis pasos: son los pasos de alguien que anda por una iglesia. Incluso cuando de estas experiencias apartas lo que tú mismo no crees, siempre queda eso tan imponderable que es que otros sí creen en este espacio, y, sobre todo, que han creído en él.

Ángeles calla. Como si dijera "mira por dónde". Y luego me pide otro fragmento. Le leo una página sobre Las meninas que termina así:

Este enigma fue construido para mantenerme apartado de él y, por consiguiente, persuadirme a entrar. Una construcción, efectivamente. Y no puedes meterte en él. Pero aun así, si has salido del cuadro hacia fuera (...) sientes los espesos hilos de una invisible telaraña a tu alrededor que ha tejido un hombre para ti hace trescientos años.

Pero quizá sean las páginas que Cees Nooteboom le dedica a Zurbarán las que destilan el amor de toda una vida:

Zurbarán no pintaba monjes, pintaba hábitos, pintaba tejidos. Hokusai pintaba cada día un león y esperaba dibujar algún día el león perfecto. (...) Lo que Zurbarán estudiaba, cuadro tras cuadro, era la materia, la plasticidad (pliegues) de la materia, los colores primarios. Si se sumara, debe de haber pintado infinitos metros de blanco y negro, probablemente unos cuantos metros cuadrados por cuadro. Pintó todos los enigmas de luz y sombra posibles, todos los desplazamientos del ángulo de luz y su incidencia en el tejido; y si yo ahora aparto con brutalidad las representaciones que el 'artesano' Zurbarán debió entregar, de lo que en realidad hizo, entonces queda lo siguiente: un ensayo sobre la relación de luz, color y tejido como no podríamos tener otro hasta Cézanne. (...) Un estudio que tomaba una forma tan intensa que se podría hablar de mística. Y aquí aparece la paradoja, que no es la representación -aunque ésta represente una experiencia mística- la que evoca la idea de mística, sino los dos metros cuadrados de blanco o negro, por los que se desliza el ojo...

Volvemos a casa y los pasos junto al mar suenan ahora como si recorriéramos una iglesia, un tejido místico que atrapara las miradas, una construcción enigmática de hilos de tiempo.