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24/3/19

Pasos por el pasado


Os voy a hablar de Woman on the Run, una joyita negra de 1950 dirigida por Norman Foster.


Que podamos verla a estas alturas tiene un aquel de historia detectivesca que conjuga porfía, catástrofe y rescate inesperado con su puntito pirata. Eddie Muller (fundador y presidente de la Fundación Film Noir) y Gwen Deglise (programadora de la Cinemateca Americana) se enteraron por casualidad del contrato firmado entre Fidelity Pictures, la productora de Woman on the Run, y la Universal, que había distribuido la película en 1950, donde se estipulaba que, en caso de no renovarse el acuerdo de distribución, el estudio debía conservar una copia de archivo de la película, cuya propiedad recuperaría la productora. Eddie Muller y Gwen Deglise encontraron la copia de Woman on the Run en los archivos de la Universal. Como Fidelity Pictures hacía mucho tiempo que no existía, la Universal no había considerado digitalizarla. Que se supiera era la última copia superviviente.


Hacía mucho tiempo que Anita Monga, la programadora del Castro Theater, quería mostrar la película de Norman Foster, que llevaba más de cincuenta años sin verse, pero hasta entonces la Universal se negaba a prestarla. Finalmente,  Woman on the Run  se proyecta en el Festival de Cine Negro de San Francisco en 2003 (compartiendo cartel con The Lady From Shanghai, como veremos una compañía muy bien elegida), y Eddie Muller aprovecha para hacer una copia pirata en vídeo, eso sí, con las mejores intenciones. Cinco años después la copia de archivo de Woman on the Run arde en un incendio en la Universal que destruyó parte de las instalaciones y afectó a la cámara donde se almacenaban las copias en 35 mm.


Gwen Deglise y Eddie Muller emprendieron una búsqueda exhaustiva por todo el mundo hasta encontrar latas con negativos de la película en el British Film Institute. Y al fin pudo restaurarse Woman on the run por la UCLA Film & Television Archive... gracias a la copia pirata en vídeo, que sirvió de guía para la reconstrucción. Eddie Muller está convencido de que si hubiese sido dirigida por Raoul Walsh, Don Siegel o Joseph H. Lewis ya habría sido redescubierta hace décadas y presentada como una obra maestra menor del noir.


¿Entonces quién era Norman Foster? Un director que tuvo la gran (mala) suerte de ser un "protegido" de Orson Welles y acabó siendo poco más que una nota a pie de página en la biografía del genio de Kenosha. Cuando Welles lo "descubrió", Foster ya había dirigido quince películas; de ellas, seis de la serie dedicada al personaje de Míster Moto y otras tantas de la serie Charle Chan. Eran grandes amigos, pero lo más importante para el caso: Welles sabía que Foster era un director con todas la letras, un realizador con oficio, habituado a manejarse con presupuestos y planes de trabajo muy ajustados, por eso le encarga My Friend Bonito, el episodio mejicano del inconcluso proyecto "panamericano" It's All True, a partir de una historia de Robert Flaherty. Welles quedó encantado con las escenas filmadas por Foster con el director de fotografía Floyd Crosby (el mismo de la sublime Tabú, de Murnau): No he visto nada más hermoso en mi vida, le telegrafió.

Norman Foster, agachado junto a la cámara, 
en el rodaje de Journey Into Fear.

Corría el mes de octubre de 1941 y Welles, como siempre, tiene varias películas entre manos: está rodando The Magnificent Ambersons, prepara Journey Into Fear (Estambul, 1943) y ya tiene previsto viajar a Brasil en febrero de 1942 para filmar el carnaval de Río, así que decide interrumpir el rodaje de My Friend Bonito (nunca se acabará) y encargarle a Foster dirigir Journey Into Fear, motivo cardinal del ninguneo: se consideró que había dirigido Journey Into Fear al dictado de su "mentor".


De nada sirvió, por lo visto, el testimonio del propio Welles, tal como se lo contó a Bogdanovich:
Yo la produje, y Joseph Cotten y yo escribimos el guión, basado en la novela de Eric Ambler. El director fue Norman Foster, que era un gran amigo mío. 

Algo parecido sucedió con Carol Reed a propósito de El tercer hombre. Para más inri, un arquitecto muy famoso se llama como él, así que si tecleas Norman Foster en un buscador tienes que fijarte bien para encontrar al cineasta. Seguro que aprendió mucho de Welles, pero a la vista de un filme como Woman on the Run no cabe obviar su innegable talento como director.


Es hora entonces de volver a la desaparecida Fidelity Pictures, la productora de nuestra joyita noir (entre sus créditos figuran también dos filmes de Fritz Lang, House of the River y Rancho Notorious, y Montana Belle, de Allan Dwan). ¿De dónde sale esa compañía independiente? Pues de la actriz protagonista, Ann Sheridan, la Eleanor de la película. Harta de los papeles decepcionantes que le asignaban en la Warner -aunque la recordamos en buenas películas, como They Drive by Night (1940), y hasta en muy buenas, como Silver River (1948), las dos de Raoul Walsh-, compra su libertad, rueda para la Fox como freelance la  estupenda I Was a Male War Bride (1949), de Howard Hawks, y monta Fidelity Pictures con el productor Howard Welsch para poder decidir sobre su carrera y elegir qué películas hacer. Para empezar, Woman on the Run. Eddie Muller sospecha que fue la propia Ann Sheridan quien eligió a Norman Foster para dirigirla.


Howard Welsch se encarga de poner en pie el proyecto. En 1949, compra un relato de Sylvia Tate publicado el mes de abril del año anterior en la revista American. Su título: Man on the Run, y con ese título Norman Foster y Alan Campbell (el marido de Dorothy Parker) escriben el guión y se rueda la película, y sólo en junio de 1950, terminado el rodaje, se cambia por Woman on the Run.


Foster y Campbell cambian la localización de la trama (Nueva Orleáns por San Francisco) pero respetan la premisa del relato de Sylvia Tate: Frank/ Ross Elliott, el marido de Eleanor, es un pintor fracasado que trabaja como escaparatista, esculpiendo maniquíes; forman un matrimonio en fase terminal. Por azar, Frank presencia el asesinato de un testigo clave en un juicio contra una banda de gánsteres. Y se salva por los pelos cuando el asesino le dispara antes de largarse. Ante la perspectiva nada apetecible de convertirse en un testigo valioso para la policía y, por lo tanto, objetivo prioritario de los gánsteres, Frank desaparece. Ahora policía y gánsteres lo buscan. Eleanor quiere ayudarlo, aun convencida de que ya no la quiere (de que en realidad huye de ella), pero no sabe cómo ni dónde encontrarlo. "Frank no ha hecho nada malo", argumenta Eleanor, a lo que el veterano inspector responde: "Oh, sí, lo ha hecho. Estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado ”. Sobra decir: una situación clásica del cine negro.


A partir de la premisa, Foster y Campbell introducen cambios significativos. En el relato, el policía se enamoraba de Eleanor mientras buscan a Frank, seguidos a su vez por los gánsteres que también quieren localizarlo. En la película, los gánsteres (el jefe y dos esbirros) se condensan en el periodista de sucesos Dan Legget/Dennis O'Keefe y -lo más importante- se trabaja su relación con Eleanor: se gana su confianza y, en el curso de la búsqueda, ese vínculo va cobrando visos de enamoramiento. Cuando llevamos poco más de media hora de película, descubrimos que Dan es el asesino que disparó contra Frank, testigo involuntario de la escena que desencadena la trama. Pero Eleanor no lo sabe y, para más inri, cada vez confía más en él (de quien menos debía fiarse): la línea de suspense se refuerza de ahí en adelante hasta el clímax, al convertirse la protagonista en cómplice involuntaria del asesino; un asesino que debe matar a Frank, pero también se encariña con su mujer. La investigación policial dirigida por el inspector Ferris/Robert Keith cumple en la película una función secundaria, complicada porque Eleanor y Dan (aunque por motivos antagónicos) procuran esquivar su vigilancia para llegar hasta el desaparecido.


Hasta aquí las líneas que tejen la trama del guión de Woman on the Run, que entonces aún se titulaba Man on the Run. En realidad hay otro guión (dentro del guión), el verdadero guión que despertó el deseo de palabrear esta joyita noir. Pero antes unas notas sobre los diálogos y el rodaje. Probablemente el humor agrio que destilan los diálogos se debe a Alan Campbell (aunque no falta quien sospecha la mano de Dorothy Parker; se habían casado en 1934, se divorciaron en 1947 y se volvieron a casar justo cuando Woman on the Run quedó enlatada; habían escrito juntos varios guiones, pongamos por caso A Star Is Born, de Wellman). Al parecer no hubo un guión definitivo, por lo menos no en cuanto a los diálogos, y la propia Ann Sheridan reescribió buena parte de sus líneas e hicieron lo propio Dennis O'Keefe (había reescrito sin acreditar T-Men, de Anthony Mann, que había protagonizado) y Robert Keith (ya había escrito teatro a finales de los 20 y estrenado en Broadway, y la Universal lo contrató para escribir guiones y diálogos a comienzos del sonoro).


Foster rodó tres semanas en San Francisco. El director de fotografía Hal Mohr (entre otras, de la citada Rancho Notorious y de una joya noir como Underworld, de Samuel Fuller) había nacido en San Francisco y ya de niño se había construido su propia cámara, y muy joven había filmado documentales en la ciudad en fechas tan tempranas como 1912, así que estaba sobradamente familiarizado con la luz y las localizaciones de San Francisco y resultaba muy adecuado para el rodaje en exteriores que convierte la ciudad en un personaje más de Woman on the Run, desde su apertura en Bunker Hill hasta el clímax en el muelle de Santa Mónica, con la montaña rusa de Ocean Park donde su maestro Welles había rodado The Lady from Shanghai; un clímax resuelto de forma brillante por Foster al filmarlo desde el punto de vista de Eleanor (atrapada en el vértigo emocional de la montaña rusa), cuando ya sabe que Dan es el asesino y va a matar a su marido (la cara de la anagnórisis, el reconocimiento del error), justo cuando ha descubierto que estaba equivocada (al leer el verdadero guión) y quería desesperadamente salvarlo (la cruz de la anagnórisis).


Hablemos entonces de ese dichoso verdadero guión.  Eleanor recibe una carta de Frank (con una cita secreta), pero escrita de tal forma (por si cayera en otras manos) que sólo ella puede entender. Pero no la entiende. No consigue descifrarla. O sea, no puede leerla. Pero sólo ella podría, porque la clave (de lectura) no es otra que la memoria común (de la historia de amor) con su marido. Woman on the Run deviene entonces un itinerario emocional con esa carta como guión en pantalla de una revelación que Eleanor experimenta (como un renacimiento) cuando al fin consigue leerla, pero también un mapa de la memoria que la lleva a dar pasos por el pasado (sin flashbacks) de su relación con Frank. Para Eleanor, leer es recordar. Y actuar (los actores son lectores que actúan lo leído, anota Piglia en El último lector). Ésa es la función de todo guión, y el objetivo último de la carta de Frank, el mensaje cifrado en la cita secreta.


La idea subyacente consiste en reconstruir el rompecabezas de su relación y su lectura lleva a Eleanor por los lugares donde fueron felices. Woman on the Run cobra visos, entonces, de topografía amorosa, donde habita la memoria de lo perdido y quizá la posibilidad de avivar las brasas de una pasión. En definitiva Frank se juega todo a la competencia lectora de Eleanor, a que sepa leer (o sea, encontrar el sentido que se esconde en lo literal), aunque eso sólo lo descubriremos, ella y nosotros, llegado el momento, pero se trata de una lectura peligrosa, aunque eso lo sabremos nosotros antes, de ahí el suspense, y ella demasiado tarde, porque va a compartir sus descubrimientos con Dan, que también se ve afectado por la carta en una vertiente íntima, porque su lectura reanima el amor por Frank de la mujer de la que se está enamorando. Mientras Eleanor lee, camina y recuerda (sólo los pensamientos que tenemos caminando valen algo, decía Nietzsche): caminar, una forma de leer; leer, una forma de (re)enamorarse.


El viaje interior de Eleanor transita entre la atracción por Dan, convencida además de que Frank no la quiere y que la huida (de los gánsteres y la policía) es un pretexto para huir de ella, y la inesperada catarsis de una relación amorosa que el verdadero guión desentierra y resucita. En el desvelamiento de ese viaje interior cumple una función decisiva el montaje (de Otto Ludwig), con un espléndido uso del corte para mostrar las reacciones de Eleanor (soberbia, Ann Sheridan) a medida que lee el pasado en el presente, descubriendo un Frank que desconocía; descubriendo, al fin, que la carta es una carta de amor.


En apenas 77', Woman on the run consigue destilar la impresión de toda una vida y cada personaje, aunque sólo aparezca en una escena, deja su huella. Fue un fracaso de público (de ahí que se olvidaran de ella en los archivos de la Universal) y no sirvió para relanzar la carrera de Ann Sheridan (tres años después rueda Appointment in Honduras, de Jacques Tourneur, otra película tan memorable como olvidada). Que haya llegado hasta nosotros y podamos disfrutarla casi podemos considerarlo un milagro de los dioses lares del cine. Y así celebramos los pasos por el pasado de una actriz que quizá no consiguió (re)enamorarse de un Hollywood que no hizo nada por merecerla.

21/3/15

Un cuento de la vieja frontera


Ningún otro cineasta (de los pioneros) profesó el amor por el cine de forma tan vehemente como Fritz Lang (uno de sus inventores).
El cine es un vicio. Lo amo íntimamente.
Cada película de Lang, una historia de amor. No imaginaba rodar una película sino con el corazón. Llamar con el corazón para abrir los ojos, su poética. Un romántico, Lang.

la conversación con Godard (otro romántico) 
para la serie Cineastas de nuestro tiempo.

Veo una vez más Rancho Notorious (1952). Una película (desesperadamente) romántica.


Quizá la vez que más me haya gustado después de la primera vez hace ya tanto. O sea, me sigue gustando mucho. (Sobra decir que las imágenes que amojonan esta entrada -tan deslucidas las más- deben verse apenas como rastros para despertar -si acaso- la memoria de la belleza que cobijan los fotogramas de Rancho Notorious.)


Un noir con visos de western onírico y fantasmal. O viceversa. Un lang por el derecho y por el revés. Por temas, formas y motivos, un lang de todas todas. Empezando por esa mano. Esa garra.


Un crisol de figuras langianas. Odio, crimen, venganza (como desgrana The Legend of Chuck-a-Luck, la canción que escuchamos mientras pasan los créditos al comienzo de la película). El broche maldito. El destino. La justicia. La caza del hombre. Ese rápido encadenado entre la mano (garra) de Beth y Kinch (su asesino), que se lava los arañazos del rostro en el agua de un riachuelo.


El plano del espejo roto durante el tiroteo de la barbería.


Una organización secreta. Altar Kane (Marlene Dietrich), una femme fatale langiana a más no poder (aunque con ecos de su Frenchy en Destry Rides Again -aquí Arizona- de George Marshall).


Altar Kane, una Mabuse que pierde el control de su vida por amor. (La encubridora del título español.) Ese rancho (el Chuck-a-Luck) donde Altar Kane mueve y sujeta todos los hilos (donde todos los hilos conducen a ella), y nos remite a otro de los filmes mudos de Lang, Las arañas. Un mito de la frontera, Altar Kane, como la propia Marlene Dietrich, un mito del cine -un sueño de luz- revelado por Sternberg.


Una película de umbrales -puertas, ventanas, marcos- que montan un teatro para el tránsito -y el trabajo- de la mirada. Ver y ser visto, y aun la porfía por desentrañar con la mirada, deviene la matriz de la puesta en escena en Rancho Notorious.


Miradas que trazan triángulos de amor y culpa. Miradas cautivas de un pasado mítico que se cruzan con aquella mirada prendida de un crimen, con fiebre de venganza. El círculo fatal: Vern (Arthur Kennedy) contemplando a su chica muerta al principio y a Altar Kane al final.


Un filme de la frontera -iluminado por Hal Mohr (el director de fotografía de Destry Rides Again)- que refulge de rojos, un espejo donde se mira Johnny Guitar (1954) de Nicholas Ray, y emparentado también en nocturnidad con Una pistola al amanecer (1956) de Jacques Tourneur.


Quienes ningunean Rancho Notorious mencionan los fondos pintados y cosas así, en fin, sus pecados contra el naturalismo. Hay cegueras que no las remedia el oculista. Uno casi estaría por decir que si no te gusta Rancho Notorious (o El tigre de Esnapur o La tumba india) es que -en realidad- no te gusta Lang.


Godard apuntó que la puesta en escena de Lang es de una precisión que roza la abstracción. Una abstracción que dota a la película de un aire fantástico preñado de un romanticismo arrebatado y febril.


El paso (y el peso) del tiempo.
Me gustaría que te fueras y volvieras hace diez años,
 le dice Altar a Vern.
El tiempo nos ha unido y el tiempo ata más que una cuerda,
le dice Frenchy (Mel Ferrer) a Altar.

Fritz Lang con Marlene Dietrich en 1935.
¿Hace falta decir que Lang rodó Rancho Notorious 
para Marlene, por amor a Marlene, 
para filmar su amor por Marlene?
¿Decir que Lang es Vern y es Frenchy 
y cuantos aman a Altar en Rancho Notorious?

Los personajes no son lo que son. Son lo que han sido (lo que han hecho y lo que les ha ocurrido). Todos los personajes -así se desprende de la puesta en escena de Lang- atraviesan el filme dominados por fuerzas cuyo origen, significado y profundidad jamás comprenden.


La regla de oro del Chuck-A-Luck: las preguntas sobre el pasado, prohibidas. Un pozo de la memoria cegado. Pero, ya se sabe, el pasado nunca pasa, ni siquiera es pasado. O, si se quiere, el tiempo pasa, pero pesa.


Ya sabéis cuánto nos gustan (a nuestro hijo también) las películas donde los objetos (Pasión de los fuertes, de Ford, o Río rojo, de Hawks) amojonan el trayecto de una película, como el broche que Vern le regala a su amada al comienzo de Rancho Notorious -el broche ausente en el cuerpo yacente de Beth- y que descubre en el pecho de Altar en el curso de una canción.


Una canción que ha despertado mundos subjetivos (de un tiempo mítico) al compás de las obsesiones de cada cual. Altar va dirigiendo cada verso a un personaje: un chico tiene buenas intenciones /  pero no mandes a un chiquillo / hacer el trabajo de un hombre... Hasta cautiva a Vern. Entonces se quita el chal y lo enlaza al cuello de Frenchy, y deja a la vista el broche de Beth.


(Cómo no recordar otro objeto langiano: la flecha en la boina de Joan Bennett en Man Hunt, que hilvana su ausencia -y su memoria- en el filme.)


Lang nos pone en el sitio justo para comprender las razones que empujan a Vern por el camino de la venganza, pero también para percibir la ceguera de su odio y comprender -mientras la contemplamos- cuánta destrucción engendra el odio: sobre el destinatario y sobre quien lo experimenta. Vern no puede recuperar a Beth y pierde a Altar: no recupera lo perdido y pierde lo que podría tener.


Vemos el beso de Vern y Beth como verá Vern el de Altar y Frenchy en el rancho notorious.  Crear una escena que tendrá su culminación cien escenas más adelante, le contaba Lang a Godard en El dinosaurio y el bebé.


La película empieza con un final feliz, después de eso no hay nada que contar. Y así es, porque lo que se va a contar quedará suspendido sobre una herida en el corazón, una hendidura en el tiempo que ya nada podrá suturar. Una herida que devora la trama como un agujero negro. Rancho Notorious es la historia de lo que no pudo ser.


Escuchad la leyenda del Chuck-a-Luck, un recuerdo de años pasados devanando un cuento sobre la vieja frontera...  dice la canción The Legend of Chuck-a-Luck que escuchamos al comienzo y al final de la película.(Un aquel de cuento resuena en el tejido de las imágenes de los filmes de Lang.)  Chuck-A-Luck  era el título que prefería el cineasta. Le dijeron que el público no lo entendería; ¡pues anda que Rancho Notorious!

En Uruguay 
(no sé si en algún país más) 
se tituló El refugio.

Tanto Lang como su guionista Daniel Taradash se atribuyeron la idea de pespuntar la película como si de un romance se tratara, El guionista recordaba así su trabajo con el cineasta en Rancho Notorious:
Era un fanático del Oeste americano, tenía una biblioteca maravillosa sobre el tema. (...) Con Fritz Lang aprendí más sobre escritura de guiones que con ninguna otra persona. (...) Aprendí cómo se coreografía un guión.
Lang revisaba cada día el trabajo de Taradash y preparó a su lado, sobre las páginas que le iba pasando el guionista, la planificación de la película, el guión de trabajo del director. La mejor de las escuelas posibles.


Ken Darby, el autor de la canción, se refirió a Rancho Notorious como un cantar de gesta del viejo Oeste. El cantar de la frontera de Lang. Un canción de amor para Marlene Dietrich.