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27/9/20

El bolígrafo


Cada vez que un/a guionista colabora con un/a director/a (o viceversa) en un guión se trama una relación que puede cobrar visos diferentes y ser rememorada con sentimientos marcadamente distintos por uno/a y otro/a. En todo caso, pasarse horas juntos día tras día (y semana tras semana) en un café, un despacho, la habitación de un hotel, a la sombra de un árbol o en un cuarto de trabajo puede propiciar una experiencia que oscila entre una íntima sintonía y un trance insoportable (y hasta acontece que arranque como lo primero y acabe como lo segundo, y aun viceversa, pero uno nunca lo vivió). 

Seguro que esas manchas de sangre en la guía telefónica 
no figuran en el guión de Year of the Dragon
pero llevan la firma de Michael Cimino, 
un cineasta obsesivo con los detalles; flaubertiano, diríamos.

Uno de estos días leí un artículo de Oliver Stone sobre su colaboración con Michael Cimino -el director más napoleónico con el que haya trabajado, decía- para escribir el guión de Year of the Dragon (1985), titulada aquí Manhattan sur. Recordaba que disfrutó mucho con la investigación; fueron a Chinatown y celebraron mil banquetes con mafiosos chinos. En cuanto al guión propiamente dicho, Cimino hablaba y Stone escribía. Banquetes con mafiosos chinos aparte, no era muy distinta la relación de Hitchcock con sus guionistas. 

Ernest Lehman y Alfred Hitchcoch 
a vueltas con el guión de North by Northwest (1959). 

Don Alfredo no escribía una línea jamás; si llegado el momento había que reescribir encima de la fecha -o en el curso- del rodaje siempre podía contar con Alma Reville, su script doctor de cabecera. 

Alma Reville y Alfred Hitchcok 
con el guion de Marnie (1964) mediante.

No muy distinta tampoco a la relación de Billy Wilder con Raymond Chandler. Wilder, paseando o tumbado en el sofá, hablaba y azotaba el aire o las persianas del despacho con la fusta y Chandler se subía por las paredes.

Raymond Chandler, sentado, en un plano de 
Double Indemnity (1944), que escribió con Billy Wilder.

A propósito del trabajo con Budd Schulberg en el guión de A Face in the Crowd (1957), Elia Kazan le contó a Jeff Young:

Trabajé codo con codo con él en la concepción y la ordenación de las escenas, pero jamás escribí ni una palabra. Mi contribución no tomó forma de lenguaje verbal, de diálogo, sino de lenguaje cinematográfico. (...) Trabajamos juntos en el movimiento básico de la historia; lo que se suele llamar continuidad. Luego desaparecí y Budd escribió un primer borrador completo.

Dicho de otra forma: el guionista escribe el guión y el director escribe la película, una escritura (fílmica) que cuaja a través de la puesta en escena y del montaje. Continúa Kazan:

Afortunadamente, he mantenido buenas relaciones con los autores. Los he protegido. Jamás he cogido el bolígrafo. Esto es muy importante. No emborronarles sus escritos. El director no debe restar importancia a la identidad del guionista como autor. Debes intentar sacar lo mejor de los guionistas liberándolos. Que se enfrasquen en los problemas reales, en lugar de empeñarse en gustarte a ti. Soy muy firme e insistente, de modo que tengo que ser especialmente considerado y no decir jamás: Hazlo a mi manera

(Sobra decir que las negritas son mías.) Kazan tenía presente que los guionistas están en guardia contra el director que escribe. Y no les faltan motivos. La verdad es que a uno más de una vez le entraron ganas de decirle a un/a director/a (y no precisamente de una galaxia muy lejana -y no necesariamente por guiones míos, que también-): Deja el bolígrafo, no emborrones el guión y dedícate a escribir bien la película, que bastante trabajo tienes con ocuparte de la puesta en escena. Hazle caso a Kazan

Fotograma de A Face in the Crowd.

Y hablando de bolígrafos...

¿Sabéis que la marca Bic se le debe a Raymond Savignac, el autor de espléndidos carteles de las películas de Bresson?


13/8/12

Doce cuerdas



1. Tengo esta fotografía de Ramón Masats en mi rincón. Era 1961 en Madrid. Apareció hace cincuenta años en Neutral Corner, un libro con textos de Ignacio Aldecoa iluminados por las fotografías de Masats (o viceversa), como Un minuto de paz -el descanso entre round y round de un combate-, una maravilla de relato en menos de cuarenta líneas. Esa fotografía no sé si es una metáfora (de lo que uno hace) o un retrato (de lo que uno es). Es sabido que el boxeador -como quien escribe- combate con su sombra: el Otro no es más que su sombra encarnada. Esa fotografía cuenta una historia de perdedores. Un cuento de doce cuerdas.


2. Como La ley del pendulo de Aldecoa (en Neutral Corner), en apenas veintitrés líneas:

  Bajaban los sacos con un cabrestante. La escotilla portalaba un cielo azul de verano, inhóspito como una gran sala vacía. En la bodega los estibadores, formando corro, abrían cancha al redón descendente. Urgidos por el capataz se abalanzaban sobre los sacos y los apilaban ordenada y rápidamente.
  –Saco... estribor... arriba... Iuú...
  Sentían el polvillo del trigo en los pulmones y carraspeaban de vez en cuando. Las manos se endurecían en la faena, se musculaban y tomaban fuerza.
  –Saco... babor... arriba... Iuú...
  Al ocaso entraba el segundo turno. En el ocaso, antes de que las luces del barco feriaran el trabajo, los estibadores miraban al cielo acuario como si fueran a emerger hacia el infinito.
  Los estibadores se prestaban los chalecos de cuero y andrajos. Se despedían.
  –¿Te entrenas?
  –¿Te parece poco entrenamiento éste?
  –A ver lo que haces en el próximo...
  –Lo que se pueda.
  –A ver cuando empiezas a ganar dinero y dejas esto.
  –En seguida.
  En el gimnasio penduleaba el saco de entrenamiento. El boxeador obedecía la voz del capataz.
  –Saco... izquierda... derecha... arriba... abajo... Sigue... Para...
  En los barcos y en los gimnasios se iba aprendiendo a vivir: fuerza, velocidad, pegada... Un poco más lejos el dinero... y entretanto de saco a saco como única esperanza.


3. De pequeño sangraba por la nariz cada dos por tres. Por amorrarme en tierra después de que el caballo me descabalgara (por sacarlo del prado antes de tiempo), por un encontronazo jugando al fútbol o por un moquete de mi madre. Mi padre trabajaba de chofer de un autobús y un día me encontró en una de ésas al volver de la línea. Comentó que, de seguir así, mejor me quitaban el tabique nasal, como a los boxeadores. Unos meses después en Vigo hizo que le tocara la nariz a Panchito, un negro de metro noventa y cien kilos de peso. Debía tener más de cincuenta años y trabajaba cargando bultos en las bacas de los autobuses. Empuja fuerte, dijo mi padre. Y el dedo aplastó sin esfuerzo la nariz de Panchito. No tenía tabique nasal, había sido boxeador de joven y luego sparring muchos años. Sparring fue la primera palabra que aprendí del vocabulario del boxeo. Luego vinieron uppercut y crochet. Y cuadrilátero. Y round. Y k.o. Y besar la lona. Y las historias de los grandes boxeadores: Joe Louis, Rocky Marciano, Sugar Ray Robinson... Y los héroes de mi padre (que heredé): José Legrá y Cassius Clay (cuando aún no era Muhammad Alí). Para mi padre, el boxeo era esgrima -manos rápidas y pies ligeros-, caligrafía de fintas, una danza pespuntada por golpes esenciales, exactos, casi invisibles; el boxeo era, en una palabra, estilo. Para mi padre, Cassius Clay no era un boxeador, era el boxeo. El boxeo que le gustaba, claro.


4. Como no teníamos televisión, veía el boxeo por la radio. Sólo años después empecé a ver combates por la televisión (recuerdo como si fuera ayer cuando José Legrá ganó titulo mundial del peso pluma en julio de 1968) y aún más tarde las viejas -y legendarias- peleas grabadas, cuando ya -sólo- eran historia. En realidad, el boxeo pertenece en buena medida al dominio de la narración oral; los grandes combates no se vieron (con los ojos), se contaron de viva voz. Más de ochenta mil personas presenciaron aquella legendaria pelea de Dempsey contra Firpo; la presenciaron, porque la mayoria de los espectadores apenas podía avistar el cuadrilátero y vislumbrar a los boxeadores; y millones lo vieron por la radio, una de las primeras grandes -e históricas- retransmisiones, como evoca Cortázar en El noble arte, un relato incluido, no en Último round -que también podría ser-, sino en el tomo II de La vuelta al día en ochenta mundos.

Litografía de George Bellows (1923-24)
sobre una de las imágenes señeras de la historia del boxeo.
Dempsey-Firpo, 14 de septiembre de 1923 en Nueva York: 
primer round, un golpe de Firpo saca del ring a Dempsey 
¡durante 17 segundos! 
Dempsey ganó el combate en el siguiente round. 

5. A ver -lo que se dice ver con los ojos- el boxeo, o mejor, a mirar el boxeo, empecé con las películas. Quizá fue aquel inolvidable ciclo de cine de boxeo que pasaron por televisión -si no recuerdo mal presentado por Alfonso Sánchez (y que vi en la casa de Felis junto al río)- el que completó el trabajo de iniciación que había empezado mi padre. Películas como El ídolo de barro y Más dura será la caída de Mark Robson, Nadie puede vencerme (como se tituló aquí The set-up, creo que también como Tongo) de Robert Wise, Kid Galahad  de Michael Curtiz, Cuerpo y Alma de Robert Rossen (con guión de Abraham Polonsky).


Pero sobre todo Marcado por el odio, también de Robert Wise y con guión de Ernest Lehman, una película del año que nací. No es que fuera muy buena (creo que Cuerpo y almaThe set-up son mejores películas), pero me atrapó aquella historia -una ficción sobre un boxeador real- en la que Paul Newman encarnaba a Rocky Graziano; bueno, lo que me atrapó de verdad fue Pier Angeli, me enamoré de ella perdidamente.


En todas aquellas películas me gustaban mucho las escenas en las que la gente del barrio del boxeador protagonista -o los padres o su novia- escuchan por la radio las peleas decisivas, como la madre de Rocky Graziano y Norma (Pier Angeli, su chica) en Marcado por el odio. Yo también veía y vivía así los combates por la radio.


6. Debía tener quince años cuando encontré en una librería de Tui, Marcado por el odio -en la colección Reno-, la autobiografía de Rocky Graziano en las que se basaba la película que tanto me había gustado. Lo devoré en dos o tres sentadas y durante unos días no dejé de dar la matraca en casa con el libro (como ya la había dado con la película). Lo normal era que lo hubiese leído mi padre -le gustaba leer en la cama antes de dormir-, pero vete a saber por qué, fue mi madre quien -interesada por lo que me había escuchado del libro y de la película- una noche empezó a leerlo. (Ahora viene a cuento un inciso: mi madre apenas leía, siempre la recuerdo con las manos ocupadas, cosiendo o -en fechas señaladas- haciendo magdalenas y leche frita; quizá por eso le gustaban tanto las radionovelas, que no le ocupaban las manos.) Y lo siguió leyendo. Y hubo algún día que me confesó que había llorado. Y aun le robó tiempo a la costura y se recluyó en su habitación -donde viví en la cuna mis primeras semanas- y me pidió que dijera a quien preguntara por ella que se había ido a Tui a comprar unos hilos para terminar el libro sin interrupciones. Fue el único libro que compartí con ella. El valor de las memorias de Rocky Graziano (no he vuelto a leerlas, no quiero volver a leerlas) reside en esas horas, cuando por una vez fui el guardián del placer de mi madre. Un placer secreto y prohibido: así lo vivió ella. Nunca le he recordado aquel día. Nunca sabrá cuánto significó para mí. Nunca sabré si ella lo recuerda, si lo sabe.

Muhammad Alí en 1966. (Fotografía de Thomas Hoepker.)

7. Cuando Cassius Clay ya era Muhammad Alí, se negó a incorporarse al ejercito de EEUU y a combatir en  la guerra de Vietnam. Lo desposeyeron del título mundial de los pesados y lo condenaron a cinco años de cárcel. Era 1967, yo no había cumplido los trece años y cuando leí la noticia en el Faro de Vigo me convertí en un anti-americano, y empecé a seguir los avatares del la guerra del Vietnam (del lado de Ho Chi Minh y el ejército del Vietcong, por supuesto). El 8 de marzo de 1971 se celebró el combate entre Alí y Joe Frazier. La pelea duró los quince asaltos y justo en el último un gancho de izquierda de Frazier mandó a Alí a la lona.

Alí vs. Frazier, Nueva York, 1971. 
(Fotografía de David Kennerly.)

Alí volvió a ponerse en pie, pero Frazier ganó la pelea a los puntos. Creo que aquel golpe me dolió a mí más que a Alí. No se lo perdoné. A Frazier, quiero decir. Hasta una semana antes de su muerte el pasado noviembre después de ver Facing Alí (como me había recomendado Cheché Carmona).


8. En Facing Ali, un documental de Peter McCormack estrenado en 2009, los boxeadores que pelearon contra Alí evocan aquel momentos cardinal de sus vidas, el día que se enfrentaron con el más grande -como el propio Alí se definía (tan grande que le resultaba imposible ser humilde)-, y en el caso de Frazier hasta tres veces. De alguna forma, pelear con Alí los hizo inmortales: ese Alí bailarín que ahora padece Parkinson, ese Alí parlanchín que ya no puede hablar. Facing Alí acaba con unas palabras de George Foreman: Cuando veo a Alí hoy en día, veo a un héroe. (...) Y  los héroes da igual que pierdan un brazo o una pierna, siguen siendo hermosos por lo que hicieron. Tenía razón Cheché, esas mismas palabras las podría haber recitado Homero. A mi padre le hubiera gustado escucharlas.

Fotografía de Ramón Masats 
(en Neutral Corner)

9. Al boxeo le sentó bien el cine y la fotografía y la literatura. Aldecoa admiraba Por un bistec de Jack London (mete toda la vida de un viejo púgil sonado en un combate de diecisiete páginas) y uno admira su Young Sánchez (que llevó al cine Mario Camus) de su libro El corazón y otros frutos amargos -¡cuánto me gustó siempre este título para un libro de cuentos (o de poemas)!-, que se abre con unas líneas de Vachel Lindsay: Del este al oeste, por toda la ciudad  se oye un solo grito: el puente de Londres ha caído  y... John L. Sullivan ha puesto k.o. a Jake Kilrain. Un cuento que destila un tiempo de derrota y presagios de sueños rotos. Como destila culpa Toro salvaje, donde el boxeo deviene un camino -un calvario- de expiación.


Y sí, quizá debería hablar de esta obra maestra de Scorsese -con guión de Paul Schrader y Mardik Martin a partir de la autobiografía de Jale La Motta (escrita por Paul Savage)-, sin duda una de las grandes películas sobre el boxeo; bueno, una de las grandes películas, sin más.

Scorsese dirige a Robert de Niro en Toro salvaje

A Scorsese el boxeo le interesaba más bien poco, pero la ecuación culpa-redención la había mamado desde niño y la vivía en carne propia en aquellos años en que se resistía a rodar Toro salvaje (1980), hasta que tocó fondo y resucitó yéndose con Robert de Niro a una isla para escribir el guión definitivo de la película a partir de la versión de Paul Schrader, que había aportado la estructura circular con el tejido de flashbacks y el memorable monólogo de Jake La Motta en la celda. Pero una de las decisiones cruciales de Schrader tuvo que ver con lo que elidió, sobre todo al cercenar los capítulos formativos del boxeador (entre ellos su paso por el correccional donde coincidió -mira por dónde- con Rocky Graziano), privándole así de atenuantes y volviéndolo más opaco; como vio muy bien Scorsese -sabía de lo que hablaba (como Schrader)-, la culpa de La Motta no se originaba en unas circunstancia vitales concretas, sino que germinaba en un magma íntimo mucho más profundo; por así decir, de esa culpa no te libras, la llevas contigo mientras vivas, como una condena. Llegados a este punto quizá vendría a cuento Kafka, pero hoy no quiero hablar de Toro salvaje, porque mi película favorita sobre el mundo del boxeo es Fat City.


10. Si John Huston no hubiese rodado Los muertos, no tendría duda alguna en considerar Fat City como la cumbre de su cine, un poema elegíaco para cobijar a cuantos perdedores transitaron por sus películas. Fat City se estrenó hace cuarenta años en el festival de Cannes y los periodistas recibieron a Huston puestos en pie y aplaudiendo. Mientras se preparaba el rodaje, Huston se reunía cada mañana en su habitación de un motel de Stockton (California) -donde transcurre Fat City- con Richard Sylbert, el diseñador de producción, y Conrad Hall, el director de fotografía, para conocer su visión de la película. Sylbert creía que el guión de Fat City -escrito por Leonard Gardner a partir de su propia novela (la mejor que haya leído sobre el mundo del boxeo)- hablaba de la vida que se va por el desagüe antes de que a uno le dé tiempo de poner el tapón. No les hizo falta hablar nada más para saber que ésa era la película que querían hacer.

Huston boxea con Stacy Keach en el rodaje de Fat City

Fat City habla de un mundo donde hasta las (escasas) victorias son estaciones de paso hacia la derrota irremediable -o mejor, hasta las victorias saben ya a derrota-, de unos seres tan cautivos de sus sueños que no ven lo que les espera ni cuando tienen el espejo de su fracaso delante de los ojos, por eso el joven boxeador Ernie Munger (Jeff Bridges) es incapaz de aprender la viva lección -de la derrota que le aguarda- encarnada en el púgil Billy Tully (Stacy Keach); en realidad, el mismo personaje: Ernie es Billy de joven y Billy es un Ernie acabado, dos momentos de un naufragio existencial, fantasmas de sueños rotos, de un tiempo perdido; en la frontera de la desesperanza, en la tierra hostil de la otra América. Y la mirada de Huston trasfigura los trazos de un documento en destellos líricos, la economía en elocuencia (como ese inadjetivable plano de apertura de algo más de dos minutos que lo cuenta todo de Billy Tully),


y la concisión en profundidad (como esa memorable secuencia final de miradas cosidas con silencios).


Si no existiera una película como Los muertos, veríamos Fat Ciy como el testamento del cineasta.

Fotografía de John Ranard 
(en On Boxing de Joyce Carol Oates)

11. La semana pasada encontré en una (más bien la única) librería de Pobra do Caramiñal Del boxeo de Joyce Carol Oates en una  edición de bolsillo. Llevaba tiempo con ganas de leerlo (desde que me lo recomendara Cheché). Y fue este libro el que finalmente me puso contra las cuerdas para escribir aquí on boxing. Porque ve las doce cuerdas con una mirada que comparto. Para empezar discrepa de la visión del boxeo como deporte, al fin y al cabo el deporte tiene que ver con el juego, y se juega al tenis, pongamos por caso, pero no se juega al boxeo. Para Joyce Carol Oates, el cuadrilátero de boxeo es una especie de altar, uno de esos espacios legendarios donde las leyes de la nación quedan suspendidas cuerdas adentro, en el transcurso de un asalto de tres minutos oficialmente regulado, un hombre puede morir a manos de su contrincante, pero no puede ser legalmente asesinado. El boxeo habita un espacio sagrado y depredador de la civilización. En último término, el boxeo remite a un rito expiatorio, a una ceremonia primitiva o, por así decir, a un teatro trágico primordial. Un brillante combate de boxeo, vertiginoso en sus movimientos, en el que las cosas suceden a una velocidad mucho mayor de la que la mente es capaz de absorber, puede tener la fuerza que Emily Dickinson le atribuía a la gran poesía: sabes que es grande cuando te vuela la cabeza. Busqué la frase de Emily Dickinson en una de sus cartas: Si leo un libro y se me enfría tanto el cuerpo que ningún fuego puede calentarme sé que eso es poesía. Si tengo la sensación de que se me vuela la tapa de lo sesos, sé que eso es poesía. Son para mí las únicas maneras de saberlo. ¿Existe alguna otra manera?

Fotografía de John Ranard (en On Boxing)

Cada episodio del libro de Joyce Carol Oates se abre con una o varias citas, buena parte de boxeadores. Me quedo con ésta de Barry McGuigan, campeón del peso pluma, cuando le preguntaron por qué se había hecho boxeador: No puedo ser poeta. No sé contar historias... Irlandés tenía que ser.

Fotografía de Ramón Masats (en Neutral Corner)

12. La última cuerda de este cuadrilátero no podría ser sino un epitafio. Epitafio de un boxeador, claro. De Aldecoa, por supuesto.


                                             Nosotros, sus agradecidos contrarios, erigimos esta
                                             estatua a Apis, un boxeador considerado, que ni
                                             cuando nos fajábamos nos hacía daño.
                                                                         Lucilius, Epitafio de un boxeador

  Pasaban las nubes de tormenta con su gorgojo tronador dentro; pasaban sobre el cementerio, agrio y cuaresmal de luz morada. Altos cipreses, hemiciclos mortuorios, taxis en la avenida, un fulgor diamantino en los lejos del sudoeste, urdimbres de coronas pudriéndose, colgado como trapos viejos de las ventanas de los muertos y de las cruces de los panteones.
  Los acompañantes formaban un grupo friolero contemplando el trabajo de los enterradores. Eran pocos y se hablaban en voz baja.
  Abrieron el ataúd antes de meterlo en el nicho. Las monjas del hospital no habían logrado cruzar piadosamente las manos del excampeón, que conservaba la guardia cambiada con el brazo derecho caído según su estilo. Eso le quedaba. Todo lo demás fue miseria hasta su muerte, y la Federación pagó el entierro.
  Un periodista joven tuvo que ser reconvenido por su director. Había escrito: «Cuando abrieron la caja, el excampeón parecía totalmente K.O.».
  Los muertos deben ser respetados, pero era un buen epitafio.

28/5/10

Un cum histórico-temporal

Entre los cuatro y los doce años la casa del maestro de Areas fue mi segunda casa, estaba cerca de la nuestra y su mujer era la madrina de mi madre y de mi tía -que se llama como ella, Sofía-. En realidad, ya no era el maestro (de escuela) de la parroquia cuando yo lo conocí, aunque, mientras vivió, los vecinos de Areas siempre se refirieron a él como el maestro. Se había retirado a causa de una sordera y se pasaba las horas en el banco de carpintero haciendo muebles para la casa: un aparador, una cómoda, una mesa para el comedor y sus sillas, una librería, un buró... Cuánto me gustaba el buró, su cierre de tablillas articuladas, sus cajones, sus cajoncitos, sus casillas. En el banco de carpintero aprendí palabras como escofina, berbiquí, garlopa, formón, gubia... El maestro tenía tres hijas: Ofelia Victoria, María Evangelina de los Ángeles y Clara Eugenia. Y un hijo al que bautizó como él, José, o sea, Pepe. La pequeña era Clara, o Clarita como la llamé siempre, o Clariña como la llama mi madre. Fue Clara la que me bautizó antes que nadie, no con mi nombre, sino con el nombre con que me conocieron todos desde niño; en la parroquia -además de la familia- y en Tui aún hay quien me llama así.

El maestro había diseñado la casa, con una escalera interior con pasamanos de madera, que acababa en un rellano con un gran reloj de números romanos. Tenía muchas habitaciones, un cuarto de baño orientado a poniente -el primer cuarto de baño que vi en mi vida-, llena de rincones -un paraíso para el niño que era-, solana, balcón y dos palmeras delante de la fachada que presidían el jardín. En casi todas las habitaciones había alguna imagen religiosa, algunas de cincuenta centímetros, como un San José y una Virgen Milagrosa, y un Niño Jesús de unos treinta centímetros con sus órganos sexuales perfectamente moldeados, echado sobre un lecho de paja en una cunita de mimbre. Como había aprendido lo mío de artes escénicas en las funciones del Santo Encuentro, el Desenclavo y el Santo Entierro -me fascinaba el "teatro sacro"-, aprovechaba para organizar procesiones y "obligaba" a las tres hermanas, las hijas del maestro, a cargar a hombros las imágenes y a recorrer el jardín y la finca y acabar subiendo la escalera empinada, mientras entonaban cánticos fervorosos. Nunca se negaron a colaborar en aquellas funciones que colmaban al director de escena que uno llevaba dentro.

La casa del maestro fue la primera casa con libros que frecuenté, pero cuando se refería a alguno lo denominaba "tratado", un tratado de Calderón, de Lope, de Cervantes, de Tirso o de Julio Verne. Tratados. En aquel buró leí un libro fascinante cuando tenía ocho años, se titulaba Países y Mares de Joaquín Pla Cargol: era un libro manuscrito, es decir, cada capítulo -"La Habana", "Brasil", "Buenos Aires", "A San Francisco en aeroplano", "Camino de la India"...- estaba impreso con una cursiva diferente "para familiarizar al niño en descifrar difíciles caracteres de escritura", explicaba el autor en una nota preliminar.


Fui muy feliz leyéndolo y podéis imaginar el vuelco que me dio el corazón cuando treinta años después, encontré un ejemplar en una librería de viejo de la calle de la Amargura de A Coruña, editado por Dalmáu Carles Pla en 1931.


Las tres hermanas -Ofelia, Maruja y Clarita- fueron las primeras mujeres a las que vi fumar. Y yo era el guardían de su secreto. Ellas se escondían para fumar en una habitación de arriba, porque el maestro nunca les consentiría semejante hábito, y yo vigilaba para avisarlas si él aparecía en la escalera. Fumaban chéster sin filtro. Hablo de 1959, 1960, 1961... Las dos hermanas mayores ya eran maestras con plaza -todos los hermanos acabarían ejerciendo en la escuela pública-pero nunca fumaron delante de su padre. Fue también la primera casa con tocadiscos, allí escuché por primera vez a Bach y a Mozart y el Nessum dorma; cada vez que escucho el aria de Turandot vuelvo a la casa de las palmeras y a aquel cuarto con el buró. Y de las primeras casas de la parroquia con televisión y adonde acudía de noche a ver las películas presentadas por Alfonso Sánchez, allí vi, por ejemplo, Marcado por el odio (1956) de Robert Wise -con guión del gran Ernest Lehman- y me enamoré de Pier Angeli.


En aquel buró, Clarita me daba clases. Mi madre nunca quiso que fuera a la escuela, le repugnaba la sola idea de imaginarme con el brazo en alto cantando el Cara al sol a primera hora de la mañana. Así que mi madre me enseñó a leer y escribir y las cuentas, y luego buscó a un maestro que me diera clases particulares. Se llama don Olimpio, y aún hoy, cuando imparto alguna clase, no hago otra cosa que imitarlo, pero esa es otra historia. Cuando don Olimpio se fue de Tui, yo empezaba cuarto de bachillerato, entonces Clarita me dió clase de literatura -gracias a ella leí el Lazarillo-, de historia y de latín. Recuerdo como si fuera ayer, el día en que escribió en la hoja de una libreta

Cum esset Caesar in Gallia citeriore essentque conlocatae legiones in hibernis

y me explicó lo que era un cum histórico-temporal.

20/11/09

El dolor


Ordenando viejas carpetas con el vano aquel de tirar con la mayoría y hacer sitio, encontré una con los materiales preparatorios para una clase en la EIS de hace trece años a propósito de una película de aquellas fechas, Secretos y mentiras (1996) de Mike Leigh. La vi varias veces, incluso llegué a desglosar sus 107 escenas y a trazar un diagrama donde se visualizaba la constelación de personajes y conflictos, y la geometría de los afectos que se conjugaban en la película. Ya se puede creer cuánto me había gustado Secretos y mentiras. Hemos vuelto a verla. Y sigue siendo -en palabras del añorado Ángel Fernández-Santos (El País el 28 de octubre de 1996)- una obra con uno de los guiones más rigurosos, penetrantes y libres que se han escrito para el cine reciente, y añado ahora, en los últimos treinta años. Sólo que no existe un autor del guión. Y si uno, que vive de escribir guiones desde hace más de diez años, trae aquí a menudo películas cuyos guiones no pueden adjudicarse a la figura tradicional del guionista no es porque reniegue de la profesión, sino porque el cine se resiste muchas veces, se ha resistido siempre, a encorsetar las funciones, y a menudo se aventura a romper las costuras de los oficios para devenir una productiva con-fusión de competencias profesionales, de talento y entrega sin reservas en el aquel de hacer simplemente cine. Cada película valiosa reinventa el cine. Y el aquel de escribir guiones. Y de dirigir. Cada película que realmente importa se hace como si fuera la primera película del mundo. Y digamos que, si bien vivo de escribir guiones, no imagino mi vida sin el cine, ni sin otras cosas, pero desde luego no sin el cine. De cualquier cine con tal de que me traspase. Y uno se deja hacer y lo han traspasado de todas las maneras posibles desde la pantalla. Simplemente hay que ver sin prejuzgar que el cine sea esto o lo otro, que el cine se deba hacer así o asado, que el cine deba contar o no una historia y de qué manera. Hasta la historia del cine no se puede contar realmente si no la contamos entera, es decir, si no contamos también las historias huérfanas, las historias secretas, las historias olvidadas. Si tan grande es el cine para qué volverlo pequeño con tantos prejuicios, silencios y omisiones. Hasta el punto de que esta escuela representa también un intento de documentar (y recuperar) la biodiversidad del cine; de la poliédrica, polimorfa y polisémica naturaleza (y experiencia) del cine; de los multiformes, plurales y heterogéneos amores cinéfilos; de cada película única que nos enseña a contemplar el mundo como si lo viéramos por primera vez.

Hitchcok y Truffaut

Pocos libros han hecho tanto daño como El cine según Hitchcock de François Truffaut. Un libro que uno (y tantos) leímos con devoción. Un libro de reclinatorio, vamos. La primera vez que lo leí acabó tan subrayado que tuve que comprar otro ejemplar porque resultaba casi ilegible. Era aquella edición de bolsillo en Alianza. Aquel primer ejemplar manoseado se cae a pedazos y reposa en un anaquel como una memoria sobre la que se va depositando el polvo, el terciopelo del tiempo sobre las cosas, que decía Huysmans. Luego, a principios de los noventa, Akal publicó la versión con ilustraciones y en tapa dura. A esas alturas ya nos lo sabíamos de memoria. Qué gozada. Se trata de un libro que entroniza a Hitchcock como autor, pero un autor tan autor que si por él fuera no rodaría las películas porque éstas ya existen en su cabeza antes de rodarlas y para qué pronunciar aquello de ¡acción! Ojalá existiera una máquina que permitiera introducirle el guión por un extremo y que la película saliera por el otro rodada, montada y enlatada. Luego leímos Hitchcock & Selznick de Leonard J. Leff, y algunos guiones de sus películas -el de Vértigo, por ejemplo-,


Hitchcok dirige a Kim Novak en Vértigo

y las entrevistas con guionistas que trabajaron con él -Charles Bennett en 39 escalones o Ernest Lehman en Con la muerte en los talones, pongamos por caso-, el libro de Evan Hunter, Hitch y yo, a propósito de su colaboración en Los pájaros, y las biografías de Hitchcock a cargo de Donald Spoto o Patrick McGilligan, y entonces salta a la vista que Hitchcock mentía como un bellaco, por otro lado, como Ford, Hawks y tantos directores, al fin y al cabo es su oficio: contar verdades por medio de las mentiras. Además, qué sería de Hitchcock sin sus actrices, sin sus rubias, sin Tippi Hedren o Grace Kelly, quién se puede creer que renunciaría a ellas por una máquina que fabricara películas. Qué mejor que haber tocado el cielo de la autoría modelando rubias. Porque, obviamente, quién va a dudar que Hitchcock era, es, un autor. Sólo que la autoría de un cineasta se manifiesta a través de procedimientos de muy distinta naturaleza a la que lleva aparejada un pintor, un novelista o un poeta. Dicho de otro modo, ninguna de las películas de Hitchcok existirían sin el trabajo de los guionistas, pero cualquiera de los guiones que rodó Hitchcock hubieran resultado películas completamente diferentes en manos de otro director. Sobre todo aquellas que no pasarían la prueba de los analistas de guión, aquéllas que inventan formas fílmicas, aquéllas que germinan en el crisol de lo misterioso, como Vértigo,


a la que alguna vez tendremos que acoger aquí como se merece. En definitiva, no existe una traducción automática entre el guión y la película definitiva. Lo que existe entre el papel y la pantalla es un proceso alquímico en el que se conjuga una mirada y múltiples talentos. Las películas de Hitchcock no existían en su cabeza, como no existen en la cabeza de ningún director, sino que se fraguan en jornadas candentes donde el imprevisible azar es un factor inevitable. Aquella máquina con la que soñaba Hitchcock y el guión perfecto no son más que plegarias para conjurar lo inesperado, o redes de seguridad por si lo milagroso, que anhelan todos los cineastas, finalmente no acontece.

Pero a veces los cineastas rehúsan las redes de seguridad y se arriesgan al fracaso de cara y por derecho. Es el caso de Secretos y mentiras cuyo guión lo firma Mike Leigh pero en realidad no lo escribió. O no lo escribió él solo. Y entonces, ¿quién escribió el guión de la película? Todo a su tiempo. Mike Leigh se formó como actor en la Real Academia de Arte Dramático y en la Escuela de Cine de Londres. En 1965 escribe y dirige su primera obra de teatro, The box play, y en 1971 su primera película, Bleak Moments. Pertenece a la generación de Stephen Frears o Ken Loach que empiezan a trabajar en la televisión en 1970. Leigh dirige para la BBC unos nueve telefilmes con una mirada crítica e irónica sobre la vida cotidiana de los trabajadores, en particular los rodados en la era Thatcher. (Tele)filmes que se inscriben en la tradición del cine realista inglés que cuajó en los años 30 con la escuela documentalista y después con la comedia Ealing.

Mike Leigh

En 1989 monta la productora Thin Man Films y en los noventa el director se forja un lugar en el planeta cinematográfico con un estilo personal gracias, sobre todo a dos películas: Naked (1993) y Secretos y mentiras -Palma de Oro en Cannes, premio al Mejor Director y a la Mejor Actriz (Blenda Blethyn)-. En 2002 llegaría Todo o nada, otra gran película, y en 2004 El secreto de Vera Drake. Su última película Happy-Go-Lucky (2008), puede parecer que se aparta del calvario que atraviesan sus personajes en sus películas más conocidas, pero en realidad simplemente hay una variación tonal, esta última resulta más luminosa pero no deja de alimentarse de una buena dosis de aflicción sumergida. Los personajes de las películas de Leigh como Secretos y mentiras y Todo o nada viven al borde de la agonía y los consume la pesadumbre pero siempre encuentran una última reserva de coraje para mantenerse en pie, para seguir adelante, para vivir con dignidad, les basta un resquicio, un tibio rayo de sol, la mínima oportunidad para arañar el mundo y hacerse un sitio. Los personajes de Leigh pueden estar vencidos pero son resistentes natos y acaban encarnando la esperanza donde menos se la esperaba.

Mike Leigh

Las películas de Mike Leigh te avecinan con quienes te quedarías lo menos posible, te obliga a estar con ellos y al final te despedirías con un abrazo de cada uno. Las películas de Mike Leigh emergen de un cuerpo a cuerpo con los actores a partir de un personaje que el director tiene en la cabeza. Y lo de tener en la cabeza una vez más es un decir: Pido a los actores que participen en algo que ni yo mismo puedo definir, confiesa Leigh. Trabaja con los actores durante semanas o meses hasta conseguir que cada actor sea determinado personaje. Este trabajo resulta, según los actores, inevitablemente doloroso. David Thewlis, actor protagonista de Naked cuenta que durante la primera semana estuvo charlando con Leigh, los dos solos. Traen cafés, fumas y le das una lista de personas que conoces de tu sexo y edad, naturalmente de las personas que conoces bien. Y hablas largo y tendido de ellos. En algún momento mencionas a alguien que no has visto hace años. Mike va tomando notas en un cuaderno que tú no puedes ver. En determinado momento empieza a eliminar personas de la lista en tu presencia. Finalmente escoge un personaje, es un momento decisivo, porque sabes que ése será el tipo del que no te vas a poder separar en los próximos seis meses. (...) En los meses siguientes te conviertes en él. Construyes toda su vida detalle a detalle. Luego empiezas los ensayos por bloques. Primero con dos actores, luego con otros dos más. Mike va y viene con una serie de escenas a medida que ensayamos.

Cynthia (Brenda Blethyn)
en
Secretos y mentiras

Secretos y mentiras parte de una serie de conversaciones de Mike Leigh con parejas de amigos sobre los problemas de la adopción que más tarde remitirán a cuestiones de filiación e identidad. El director diseñó con los actores el lugar que ocuparían en la constelación dramática del filme: Maurice y Mónica, una pareja acomodada sin hijos, al borde de la ruptura; Maurice se siente culpable por el distanciamiento respecto a su hermana mayor Cynthia que lo crió como si fuera su madre; Cynthia, obrera en una fábrica, vive modestamente y se lleva fatal con su hija Roxanne que trabaja de basurera, fruto de un ligue durante unas vacaciones en Benidorm; y Hortense, óptica, profesional independiente que busca a su madre biológica. Cada personaje ilumina una faceta del tema de la filiación y la identidad: la hija que busca a su madre, la hija que no sabe quién es su padre, los padres amargados por no poder tener hijos.



Mike Leigh despliega el melodrama mediante la sucesión de combinaciones binarias o ternarias de los personajes hasta la confrontación colectiva final en la que eclosionan los secretos y las mentiras en una catarsis liberadora (y purificadora). Secretos y mentiras cuajó durante un proceso en el que el director, los actores y el equipo técnico fueron componiendo la película momento a momento en un embrujado intercambio de ideas. Un proceso decantado y ordenado por Mike Leigh que condensa el caudal de inventiva en una síntesis que conjuga documento y drama, comedia y melodrama. Secretos y mentiras es una película con una admirable estructura de combustión lenta que conduce y trenza sin desmayo las cinco líneas narrativas mediante un trabajo de ida y vuelta entre la improvisación y el texto, un método de raíz escénica que de la mano de Mike Leigh deviene cine puro.


Hay dos momentos extraordinarios en Secretos y mentiras que dan la medida de los riesgos tanto actorales como de construcción (o sea, de dirección) que acechaban en la película. El primero acontece durante el primer encuentro entre Hortense y Cynthia, más o menos cuando ha transcurrido una hora. La escena del bar resuelta en dos planos fijos, como todos los de la película, dura doce minutos. Un plano general y luego un plano medio frontal de las dos mujeres sentadas una al lado de la otra, despliega una tal combinación de contención y exceso, de humor y dolor, de belleza y audacia que constituye un milagro cinematográfico. El clímax de la película, la fiesta de cumpleaños de Roxanne en casa de Maurice y Mónica, nos regala ese otro momento extraordinario de gran melodrama con una cascada de revelaciones que, sobre el papel (de un guión canónico), resultaría de tal desmesura que obligarían a reescribirlo a cualquier guionista. Pero una escritura (y puesta en escena) canónica de este momento reduciría Secretos y mentiras a la condición de vulgar telefilme. Y no a esa obra desgarradora sobre la familia que, como dijo Mike Leigh, puede sacar lo peor de los seres humanos, pero al final hay que volver a ella. O como lo expresa Maurice en el clímax de la película: "¡Secretos y mentiras! Todos sufrimos, ¿por qué no compartir nuestro dolor?" El dolor de la filiación y la identidad. Ahí es nada.


Mike Leigh