Los sábados por la mañana suelo ir al mercado en el Malecón de Ribeira. De vuelta, cargado ya con las viandas, me paso por un puesto de libros viejos (el único de la feria) que monta un matrimonio de gitanos: ¡Muy buenos libros. Todos a un euro!, vocea el Camborio (así lo llama la mujer). De vez en cuando me llevo algo. Hoy, por ejemplo, un par de novelas (dos euros).
La ira de los justos de Raoul Walsh (sí, el mismo, el director de
Murieron con las botas puestas) que se publicó en 1974 (y siempre se me había despistado): el último
western de Walsh, tenía 84 años y cambió la cámara por la pluma.
Y
Agosto es un mes diabólico de Edna O'Brien, editada en 1966. Hace un par de meses hubiera ignorado el libro, pero desde entonces leímos su primera novela,
Las chicas de campo y nos gustó mucho (quizá no os haga falta la aclaración, pero ahí va: quiero decir que Ángeles la leyó, le gustó, me dijo léela, te va a gustar, obedecí y tenía razón).
Los de Errata naturae cuentan, en un estupendo colofón, que editan el libro -en octubre de 2013- medio siglo después, más o menos,
de que el párroco de la iglesia de St. Cronin, sita en la aldea de Tuamgraney, recorriera los treinta y cuatro kilómetros que distan hasta la pequeña ciudad de Limerick y allí, en una librería provinciana y pacata, encontrara, seguramente por una confusión imperdonable del librero, tres copias de la supuestamente escandalosa novela que por entonces causaba sensación en Londres y Nueva York, firmada por una tal O'Brien, a la que el párroco no había leído nunca pero que pudo reconocer como su paisana gracias a la foto de la solapa, lo que le obligó, digámoslo así, a comprar las tres copias con el dinero del cepillo del domingo, llevárselas de vuelta a la aldea y quemarlas públicamente en la plaza que queda frente a la iglesia y donde la autora había pasado su infancia...
Edna O'Brien
O quizá sí me hubiera llevado igual
Agosto es un mes diabólico (aunque no hubiera leído nada de Edna O'Brien), si por un azar le pongo los ojos encima a la dedicatoria. A Antoñita.
Imagino que el libro se lo regalaron a esa
señora hace casi medio siglo y se comprende que el hombre de la dedicatoria -porque se trataba de un hombre- pusiera sobre aviso a Antoñita acerca del incomodo que le causaría,
dado el contenido. (La novela fue condenada por la iglesia católica de Irlanda. Se ve que no le quitaban ojo a su paisana. Aquí la censura debió ignorarla, supongo. Aunque ese
diabólico del título debía despertarles la mosca que siempre tenían detrás de la oreja. Vete a saber.) ¿Y no os parecen encantadoras las dos últimas líneas:
pero piense que es un simple pasatiempo..? Hay que ver cómo vinieron a encontrarse en un puesto de libros viejos -Edna O'Brien mediante- Antoñita y los Camborios. Será cosa de los finisterres.