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14/6/15

Disparos al borde del fracaso


A Garry Winogrand, sus colegas lo consideraban el príncipe de los fotógrafos de la calle.


Callejeó a menudo con su amiga Diane Arbus.



A pie de calle, vivía de la iluminación de los azares.

La fotografía no trata de lo que se fotografía, sino de cómo quedan las cosas al fotografiarlas.


En la encrucijada del mirar se desvivía por la búsqueda de la forma en la captura de lo real.

El hecho de fotografiar una cosa cambia esa cosa. Fotografío para descubrir qué se verá al fotografiar algo.


El mundo se le ofrecía como un incesante tiovivo de fotografías posibles.


A veces siento como si (...) el mundo fuera un lugar para el que he comprado una entrada. Un gran espectáculo dirigido a mí, como si nada fuera a suceder a menos que yo estuviera allí con mi cámara.

Habló alguna vez de la fotografía como un campo de batalla entre el asunto y la forma.



En los sesenta del siglo pasado y en las calles de Nueva York libró algunos de sus más venturosos combates con disparos decisivos.

Una gran fotografía bordea siempre el fracaso.

Winogrand dejó al morir más de 6.500 carretes de fotografías sin revelar. Lo suyo era disparar.


También sobre Marilyn, en el rodaje de La tentación vive arriba.

9/2/13

Mascaritas


Fotografía de Diane Arbus

Fotografía de Helen Levitt.
Nueva York, 1939

Fotografía de Elliot Erwitt. 
París, 1949

Fotografía de Jerome Sessini

Fotografía de Mary Ellen Mark. 
Campamento gitano. Barcelona, 1987

Fiz de mim o que não soube
E o que podia fazer de mim não o fiz.
O dominó que vesti era errado.
Conheceram-me logo por quem não era e não desmenti, e perdi-me.
Quando quis tirar a máscara,
Estava pegada à cara.
Quando a tirei e me vi ao espelho,
Já tinha envelhecido.
Estava bêbado, já não sabia vestir o dominó que não tinha tirado.
Deitei fora a máscara e dormi no vestiário
Como um cão tolerado pela gerência
Por ser inofensivo
E vou escrever esta história para provar que sou sublime.

(Pessoa, un fragmento de Tabacaria de Álvaro de Campos.)

Hice de mí lo que no supe / y lo que no podía hacer de mí no lo hice. / El disfraz que vestí estaba equivocado. / Me conocieron enseguida como quien no era y no los desmentí, y me perdí. /  Cuando quise quitarme la máscara, / la tenía pegada a la cara. / Cuando me la quité y me miré en el espejo, / ya había envejecido. / Estaba borracho, ya no sabía llevar el disfraz que no me había quitado. / Tiré la máscara y me dormí en el vestuario / como un perro tolerado por la gerencia / por ser inofensivo / y voy a escribir esta historia para demostrar que soy sublime.

2/6/10

Monstruos


Era octubre de 1961. Emile de Antonio, que se convirtió en un brillante cineasta underground durante los 60 con películas experimentales y documentales de carácter político, llevó a Diane Arbus al New Yorker Theater, un cine mítico entre las calles 88 y 89 de Manhattan, en el Upper West Side. Lo habían abierto el año anterior Toby y Dan Talbot, un matrimonio de amantes del cine, y se mantuvo hasta 1973, en ese tiempo el New Yorker Theater se convirtió en un templo de los cinéfilos neoyorquinos con una programación exquisita. En su libro The New Yorker Theater and other scenes from a life at the movies, prologado por Martin Scorsese y editado primorosamente por la Columbia University Press en 2009, Toby Talbot cuenta aquella aventura de amor al cine. Emile de Antonio, amigo de John Cage, Robert Rauschenberg y Jaspers Johns, y a quien todos conocían como De, quería que Diane Arbus viera una película que programaban esa semana: Freaks, de Tod Browning, estrenada en 1932.


En la trayectoria de Diane Arbus hay dos encuentros cardinales: uno en 1958, cuando se dedicaba a la fotografía de moda, con Lisette Model; otro, en 1961, con Freaks en el New Yorker Theater. La película cautivó a la fotógrafa porque los monstruos -los fenómenos de feria- eran reales, es decir, no eran el producto de prótesis, maquillaje y efectos especiales, pongamos por caso como Frankenstein, en Freaks, se produce un efecto de lo real: Tod Browning miraba a los montruos a la cara y nos los daba a ver. Nos los ponía delante para que viésemos. En buena medida, Freaks perturba porque nos remueve los adentros, conmueve por lo que nosotros proyectamos en los monstruos o por lo que ellos proyectan de nosotros. Remite a los bufones, enanos y meninas de Velázquez. A un misterio en el que Diane Arbus se abismó durante los años que le quedaban. Y no le bastó con ver Freaks una vez. Quería mirar con más atención. Y volvió una y otra vez esa semana, con De o con una amiga, y allí, en el cine, fumando hierba, contemplando a las cabezas de alfiler, al esqueleto viviente, a la mujer sin brazos, a la oruga humana, a la mujer barbuda, al asombroso medio chico, a la chica pájaro, a la hermafrodita, a los enanos, a las siamesas. Freaks.

Tod Browning con sus actores
en el rodaje de
Freaks, en 1931

Una de las frecuentadoras y devotas del New Yorker Theater era Susan Sontag, e insistió para que programaran Freaks de Tod Browning una película que habían retirado de la circulación casi treinta años antes justo después de su exhibición en Nueva York, porque buena parte de la crítica, parte del público y, sobre todo, los grupos de presión cristianos fundamentalistas lo consideraban depravado, nauseabundo y horroroso. Podría decirse que fue gracias a Susan Sontag que Diane Arbus vio la película decisiva en su obra. Y gracias a Susan Sontag -a través de su libro Sobre la fotografía-, supo uno allá por 1986 de la Arbus. No sé si era la Sontag o si ella citaba a alguien, pero allí leí que cualquier foto suya devenía el retrato de un monstruo, de un freak. Y tiene razón quien lo haya dicho, porque para Diane Arbus la cámara siempre fotografía lo desconocido, o mejor, lo que nosotros desconocemos. Alguna vez dijo que una fotografía es un secreto acerca de un secreto, cuanto más te dice menos sabes.




Había algo en aire de los tiempos para que Freaks resucitara precisamente en los sesenta, justo cuando a través de la obra de Arrabal, Jodorowsky y, en particular, de Fellini, los monstruos experimentaron un revival como motivo artístico. Cuando Diane Arbus empezó a fotografiar sus fenómenos, a principios de los 60, se proscribió la próspera Exhibición de Monstruos en Coney Island -donde la mayoría de los freaks de Browning no sólo habían hecho carrera sino que se habían convertido en estrellas del circo- y se presiona para que "limpien" Times Square de travestis y prostitutas. A medida que los monstruos son expulsados del mundo visible, reaparecen como tema artístico, como fantasmas de un revelado fotográfico. En esos encuadres frontales de Diane Arbus que insinúan vívidamente una colaboración entre la cámara y el modelo.

Desde muy pequeño, el circo y sus atracciones me provocaron una mezcla de fascinación y repulsión, de excitación y tristeza, de camino y clausura. Hasta hoy. Desde que asistí a las primeras funciones de circo a los cinco o seis años en la explanada, que llamaban en Tui, el campo de los soldados. Sentía lástima por las fieras y miedo por el domador, lloraba con los payasos y cerraba los ojos con los trapecistas. Todo ese amasijo de emociones resucitan cada vez que veo Freaks. Así que tendremos que hablar despacio de la película de Tod Browning, el cineasta que dio cobijo en la pantalla a los monstruos. De verdad.

12/1/10

La semilla del níspero

Virxilio Viéitez (1930-2008)

No sé si os suena Virxilio Viéitez. A los visitantes de estos finisterres que frecuentáis esta escuela seguro que sí. Da igual. Desde que lo cité aquí hace ya casi un año, a menudo me lo he topado por los más diversos motivos y cada vez que se me presentaba, me decía, tengo que dedicarle un entrada. Y un día por otro… En fin. Pero estas últimas semanas me he abismado a menudo en sus fotografías. Por razones de trabajo, es verdad, pero también porque ese trabajo me ha llevado hasta mis rincones más oscuros, esos que duele visitar.


Traer a esta escuela a Virxilio Viéitez representa también una tentativa de esclarecer los motivos íntimos que se movilizan al contemplar esos retratos que descubrí en la Fotobienal de Vigo en 1998. No sería exagerado decir que aquel año Virxilio Viéitez entró en la historia de la fotografía, al lado de August Sander, Paul Strand, Diane Arbus o Richard Avedon. Pero eso es apenas una nota a pie de página si lo comparamos con lo que significó para uno mismo. Hasta tal punto nos latió más fuerte el corazón.


En la casa donde nací se guardan las fotos de mi niñez en latas de cola-cao y se abren alguna vez, cuando la memoria arde y el viento del pasado nos empuja a recobrar las imágenes de la infancia. No las tengo conmigo. Me gusta saberlas allí. Deben seguir allí. Como si dijéramos, donde vine al mundo es el lugar donde deben conservarse, en las cajas de cola-cao, mientras haya alguien que las guarde.




Cuando vi por primera vez las fotografías de Virxilio Viéitez fue como si recuperara de golpe el tiempo perdido. Eran las fotos de mi infancia. Pero eran también algo más, ahí latía esa mirada que transforma las fotos de nuestra infancia en las fotos de cualquier infancia, diríamos que las fotos de la infancia del mundo, sin dejar de ser –o mejor, por serlo- una imagen muy precisa y acotada de un país. De un tiempo y de un país. De mi país. O por mencionarlo con las palabras que titulaban el órgano de propaganda y combate de la Unión do Povo Galego, “Terra e Tempo”, que hace treinta y tantos años tanto significó para uno. Pero esas palabras cómo no van a seguir significando, claro que significan. Tierra y tiempo que nos devolvían los retratos de Virxilio Viéitez, el retratista de Soutelo de Montes.


Retratista, así es como se referían en las aldeas de este país a los fotógrafos que frecuentaban: para la fotografía del carnet de identidad, para la primera comunión, la boda, la defunción o para mandarla a América, a los familiares de la emigración. Retratista. El oficio de Virxilio Viéitez. El género fotográfico que prefería el fotógrafo de Soutelo de Montes y en el que cuajó lo mejor de su obra, en el que alcanzó, según dicen, la categoría de arte. Pero qué importa. Al fin y al cabo el arte es lo que una obra nos hace por dentro. Si nos hace mejores. Pero de eso no se habla nunca. Y de eso, aunque no se puede hablar, es de lo único que valdría la pena decir algo. De lo único que justifica la palabra arte. Así que mejor hablamos de Virxilio Viéitez, nada más. Y nada menos.


Nació, dónde si no podríamos decir, en Soutelo de Montes, la tierra de Avelino Cachafeiro Bugallo, quizá el más legendario de los gaiteros de este país, en 1930. De niño no pudo ir con regularidad a la escuela, tenía que ir con el ganado al monte, y aprendió por su cuenta, hasta aritmética, con el objetivo de convertirse en mecánico. Con 16 años trabajó en las obras del aeropuerto de Santiago de Compostela y son 18 en la instalación de teleféricos en el Pirineo aragonés. Compra su primera cámara, una Kodak 6x9 y empieza a hacer fotos de paisajes y de los propios compañeros de trabajo en los teleféricos, y se las cobra, como había visto hacer a un colega en el aeropuerto de Lavacolla. No sólo saca un sobresueldo a base de retratos, también se introduce en el contrabando de tabaco, pero los tráficos ilegales le imponen, digamos, respeto, como le echan para atrás las duras condiciones de vida en los trabajos pirenaicos. Consigue que la empresa lo traslade a un lugar más benigno, San Feliu de Guixols. Allí continúa haciendo fotos y, gracias a la amistad con una empleada del fotógrafo de Manetes, aprende a revelar por las noches, al salir del trabajo.


En 1949 vuelve a Soutelo de Montes con una bicicleta roja. Su madre no puede creer lo que ve y se queja con amargura: “É o golfo máis golfo do lugar, en vez de cartos trae unha bicicleta”. Virxilio Viéitez vuelve a Cataluña, esta vez a Palamós, y consigue emplearse con el fotógrafo Palli donde perfecciona el manejo de la cámara y el trabajo de laboratorio. Se mueve en bicicleta por las playas cercanas, aprovechando el comienzo del boom de la Costa Brava, haciendo fotos de turistas. Incluso se mete en el negocio de las fotos pornográficas que venden en Francia, pero neutraliza posibles problemas regalándole algunas a la Policía y a la Guardia Civil. Parte de los negativos realizados en Cataluña los trajo de vuelta a Galicia, pero ardieron un día que se descuidó mientras fumaba. Cuando se disponía a establecerse por su cuenta en Platja d’Aro, su madre enferma y vuelve a Galicia para cuidarla.


Virxilio Viéitez se establece como fotógrafo en Soutelo de Montes en 1955 bajo la marca comercial de Fotografía Perelló, el apodo de su padre que había emigrado a Francia al poco de nacer él y no volvió a verlo. Suspende sus actividades como fotógrafo mientras cumple el servicio militar y lo reanuda en 1957, entonces deja de lado la Retina con que había trabajado y compra una Rollei con la que realiza lo mejor de su obra. Hasta 1964, cuando se instala la traída de aguas en Soutelo de Montes, para lavar las copias y los negativos tenía que acercarse a la fuente pública, por eso aún resulta más admirable la excelente calidad de sus negativos de formato 6x6. Y asombra que rara vez usara más de un negativo para cada foto, tal era el dominio del retrato y el control riguroso de los elementos que encuadraba.


Como fotógrafo en una comarca de marcado carácter rural, se mueve por las aldeas y pueblos vecinos en su Lambretta para sacar fotos para el carnet de identidad, sobre todo desde que se convierte en un documento obligatorio a principios de los 60; de bodas, llegó a hacer una diaria, excepto los martes, por lo visto nadie se casaba en martes, así que en 1967 compra un Seat 1500, “el coche de las novias”, pero no tarda en disminuir la frecuencia de las bodas, reducidas a fines de semana; de primeras comuniones, bautizos, velatorios...


En los 60 empieza a alternar el blanco y negro con el color, pero Virxilio Viéitez siempre prefirió el blanco y negro porque le permitía trabajar la fotografía en el laboratorio por su cuenta.


A mediados de los 80 abandona definitivamente la fotografía y en los 90 su hija Keka le toma el relevo, había aprendido el oficio con él. Fue Keka quien en 1997 organizó una exposición de un centenar de fotos de su padre en Soutelo de Montes, cansada de peregrinar con una carpeta de la obra de Virxilio Vieitez bajo el brazo por las instituciones gallegas y de que le dieran largas, así por lo menos podrían verlas aquellos que fueron retratados por su padre, o sus descendientes.




Fue en esa exposición donde Manuel Sendón y Xosé Luis Suárez Canal descubren a Virxilio Viéitez y a ellos les debemos el primer estudio sobre la obra del fotógrafo. Un año después lo presentarán en la Fotobienal de Vigo en compañía de los fotógrafos más importantes del siglo XX. Sobra decir que Virxilio Viéitez no tenía idea de quiénes eran Sander, Strand, Avedon, Arbus o Walter Evans.

Niños, August Sander


Mujer ciega, Paul Strand


Niño, Diane Arbus


Un retrato de Richard Avedon

Él sólo era un fotógrafo que se ganaba la vida retratando a las gentes de Soutelo de Montes y comarca. Qué iba a conocer Virxilio Viéitez. Ni siquiera imaginaba que sus fotos tuvieran ninguna importancia más allá de la que conservara para sus retratados. Él sólo era un retratista de aldea. Pero, mira por dónde, Christian Caujolle, el director de la revista Vu vio la obra de Virxilio Viéitez en la Fotobienal, se lo llevó a París. Y de ahí al mundo. Murió en la madrugada del 15 de julio de 2008, en su Soutelo de Montes.


Buena parte de la obra fotográfica de Virxilio Viéitez la componen retratos en exteriores, en parte porque se movía de una aldea a otra, pero sobre todo porque le permitía una mayor libertad de composición que en estudio. Aun cuando los clientes acudían a su casa para hacerse un retrato, él los sacaba a la huerta, sustituyendo los típicos fondos de estudio por unas berzas o unos frutales. El efecto de la combinación de ingenuidad y puesta en escena resulta tierno y extraño a la vez, cercano e insólito, rústico y refinado. Basta contemplar a esas mujeres enlutadas, pero vestidas para salir, en medio de un camino rural flanqueadas por maceteros, elementos decorativos más propios de una fotografía de estudio:


Virxilio Viéitez cuidaba los detalles de una escenografía, povera diríamos, en la que conjugaba los exteriores, a modo de ‘decorados naturales’ y algún elemento significativo como atrezo, pongamos por caso los animales domésticos u objetos que cobran el valor de signos del tiempo, como un juguete, una radio, los Chevrolets, Pontiacs y Cadillacs que traían los emigrantes de América, o los coches de línea.





Esa combinación de elementos modernos en un espacio –y con unas presencias- que denotaba una economía campesina atrasada, lo viejo y lo nuevo, no traducía una intención crítica, de denuncia social, del fotógrafo que, por otra parte, tampoco sentía una identificación especial con el país, más allá de ser natural de esas tierras, si por él fuera no hubiera vuelto a Galicia. Lo que movilizaba la pulsión escenográfica de sus fotografías era un asunto de mirada. Y de saber sentir.


Los retratos de Virxilio Viéitez tampoco pueden entenderse enajenados de la función social que representaban aquellas fotografías. Muchos de esos retratos tenían un valor notarial, como la foto del niño con un avión de juguete, se la había encargado la abuela para mandársela a los padres del chaval emigrados en América y que comprobaran lo bien cuidado que lo tenía:


O la vieja con la radio a la que quería como si fuera de la familia, le encargó la foto para enviársela a los familiares en Venezuela que le habían mandado el dinero para comprarla, y que así comprobaran que efectivamente se había gastado el dinero en el aparato. Pero es la mirada –íntima- de Virxilio Viéitez la que trasciende el testimonio notarial para dotar al retrato de un efecto vívido que nos conmueve -y en esa medida podemos hablar, más allá del oficio, de arte fotográfico-, mediante esa composición de la vieja que apoya el brazo en la silla de al lado donde ‘se sienta’ la radio, que transmite de forma elocuente cuánta compañía le hace o, dicho de otra forma, cuánta soledad la embargaba:


Los retratados llevan siempre sus mejores trajes, a menudo la foto era una forma de agradecer a los parientes emigrados que le hubieran mandado esas ropas cuya calidad contrastaba no pocas veces con unos zapatos trasteados o con lo mal que les sentaba. Los retratos, valga la redundancia, retratan un mundo, una tierra y un tiempo. El mundo de nuestra infancia.


Unos retratos caracterizados por el estatismo, la frontalidad, la posición central del sujeto, la mirada directa a cámara y el efecto escenográfico, que nos recuerdan los de aquellos que amojonaron la historia de la fotografía. Ahora bien, si cabe subrayar la intención escenográfica de Virxilio Viéitez, también habría que hacerlo con la capacidad de registrar la expresión del retratado. El rostro, el cuerpo y el gesto se nos muestran, valga la expresión –y vale como nunca-, el espejo del alma, o de un estado del alma.


Pero la obra fotográfica de Virxilio Viéitez nos habla también con elocuencia del acto mismo de retratar y de la experiencia de ser retratado en aquella tierra y en aquel tiempo. Era una cosa seria. Era una ceremonia de la mirada. Un ritual para detener el mundo en un instante solemne, cargado de significado. A la autoridad notarial del fotógrafo habría que añadir el aura taumatúrgica con que los retratados lo investían, una investidura que ahora resulta tan remota en estos tiempos de cámaras digitales, cuando tan rutinario deviene hacer una foto. Por eso, el aura que Walter Benjamin consideraba que había desaparecido con la “reproductibilidad técnica” de la fotografía, revive en los retratos de Virxilio Viéitez, y en cualquier retrato que consigue aprender el alma del retratado.


Tal era el aura –notarial y mágica- del retratista de Soutelo de Montes que lo llamaban para retratar a los muertitos en los velatorios y camino del cementerio se abrían las cajas para que pudiera sacar una fotografía con la mejor luz, un retrato para el recuerdo, un sostén para la memoria.


El valor testimonial de esas fotos servía, por ejemplo, para que los parientes emigrados comprobaran el fallecimiento del familiar y se procediera a “facer as partillas”, o sea, a repartir la herencia. Pero, una vez más, el valor notarial queda trascendido por el testimonio antropológico sobre la relación con la muerte. Y aun por la mirada –qué mejor adjetivo que excesiva- del retratista que sienta a una joven sobre una tumba o dispone a unas mozas garridas sobre el fondo de los nichos del cementerio, lamento no haber podido escanear con mejor calidad esa fotografía pero vale la pena mostrarla aunque sólo sea por su valor documental:

Aquel día, hace más de diez años, en que contemplamos la obra de Virxilio Viéitez nos sentimos arrebatados por aquella mirada que nos devolvía el mundo en que uno abrió los ojos por primera vez. No sabemos por qué llegan las cosas hasta nosotros, quizá las recibimos como un don y con el tiempo, quién sabe, llegamos a merecerlas. Las fotografías del retratista de Soutelo de Montes, en su secreta desnudez, nos confían un principio y un final que tardamos mucho tiempo en comprender, necesitamos que el tiempo de aquella mirada nos trabaje por dentro, nos ponen en las manos dos historias, la que vivimos nosotros con el retrato y la que vivieron retratista y retratado, una novela o una película que nacen de un germen doble, como la semilla del níspero.