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23/3/11

Sombras nada más



Nuestra fórmula es simple. Una historia de amor, tres escenas de horror sugerido y una de violencia. Se acabó. Eso es todo en menos de 70 minutos. Así describía Val Lewton el filme de terror de serie  B modelo que se proponía producir en la RKO, a raíz del estreno de La mujer pantera, la película que le servía de carta de presentación del estilo del cine que procuraba. Es la explicación de un artesano que reduce su  poética a un trabajo manual perfectamente descriptible, pero no exenta de ironía, como cuando atribuyó su trayectoria en Hollywood a un equivoco: Hace años escribía novelas para ganarme la vida, y cuando la RKO buscaba productores alguien contó que yo había escrito novelas horribles [horrible novels]. Pero entendieron que había escrito novelas de horror y me contrataron.


Val Lewton, a la izda., con Mark Robson en 1945 
durante una proyección en la RKO

Este mes se cumplen sesenta años de la muerte de Val Lewton, ya hablé aquí de este productor, pero "lo regreso" como quien vuelve a un templo olvidado donde podemos contemplar algunas obras de un arte tan abandonado como esencial, si no fuera, quizá, por los paisajes espectrales de No quarto da Vanda o Juventude em marcha, los filmes de Pedro Costa rodados en el barrio de Fontainhas en Lisboa, donde resuenan las sombras de los filmes que hicieron mano a mano Val Lewton y Jacques Tourneur. Para definir a Lewton basta mencionar el principio que guiaba su dedicación profesional: una película nunca es demasiado buena para el público; fue un productor que puede considerarse autor de las nueve películas de terror que produjo para la RKO entre 1942 y 1946, tres de ellas obras maestras, como la citada La mujer pantera, Yo anduve con un zombie -una de las más bellas películas que uno haya visto, quizá la cumbre del cine de Lewton- y La maldición de la mujer pantera -más allá del título, una película muy diferente a la que le sirve de referente-. Jacques Tourneur, que dirigió las dos primeras, habló del método de trabajo en la unidad de producción de Val Lewton: De él surgían las ideas para nuestras películas; luego, nos convocaba a los guionistas [DeWitt Bodeen, Curt Siodmak, Ardel Wray...], al montador Mark Robson y a mí, y nos animaba a decir cualquier cosa extraordinaria que se nos ocurriera. Y poco a poco las ideas comenzaban a desarrollarse: es divertido trabajar así. ¡Val Lewton era tan concienzudo!


Si la imagen cinematográfica es la presencia, o mejor, la manifestación de una ausencia, cada película de Lewton representa un caso en la declinación de la ausencia como clave poética del terror sugerido. El miedo aflora en lo que no se muestra, en lo que no está allí, en lo que aún no vemos -y quizá no vamos a ver- y de lo que no hemos visto, pero que ya se ha manifestado. ¿Y qué se ha manifestado? Pues la ausencia de lo que nos inspira terror. ¿Y cómo se ha manifestado? Han bastado las ramas de unos árboles o una cortina movidas por el viento en la oscuridad  -Traducir el viento invisible por el agua que esculpe a su paso (Bresson)-, o el claror lunar derramándose sobre dos mujeres que transitan por un cañaveral mientras suenan los tambores de un ritual vudú. ¿Y por qué nos aterra esa ausencia? Porque nuestra imaginación ha llenado ese vacío con nuestros propios miedos primordiales.

Fotograma de Yo anduve con un zombie

Si la pantalla del cine se nos presenta como un pasaje a otros mundos, si el cine hace cosas con luces y sombras, y si las imágenes que se mueven en la pantalla no son otra cosa que fantasmas -de una ausencia-, deberemos admitir que en la naturaleza del cine anida una vocación fantástica, o por así decir, lo fantástico se corresponde con el aquel del cine. Si durante la proyección de cualquier película, los fantasmas habitan la pantalla, el cine de Val Lewton no hace otra cosa que echar mano de los poderes míticos del cine para conjugar una poética de las sombras, porque en la oscuridad todo cobra vida, como decía Kirk Douglas, encarnando a Jonathan Shield, un personaje inspirado -en lo que a la vertiente creativa se refiere- en el productor de El hombre leopardo. La sombras de los filmes de Lewton albergan las huellas de lo invisible.

Fotograma de La mujer pantera

Nada mejor que describir un par de escenas para descubrir las claves del cine -de terror- de Val Lewton. La primera corresponde a La mujer pantera dirigida por Jacques Tourneur. Alice camina cerca de Central Park de vuelta a casa. Es de noche. Irena (Simone Simon), vestida con un abrigo negro de piel, la acecha en las sombras. Sólo escuchamos los tacones de Alice que, cada vez más inquieta, aligera el paso y mira a su espalda, pero sólo ve la calle desierta. Escucha un ruido amenazante que la asusta aún más... Entonces entra en campo un autobús y comprendemos que el el ruido que escuchamos correspondía a los frenos y a la puerta al abrirse. El conductor, al ver la cara de Alice, le pregunta si vio un fantasma. Cuando el autobús se va, algo salta al otro lado de un muro. Las ramas de un árbol se mueven. Una pantera y un leopardo se mueven inquietos en sus jaulas del zoo. Un rebaño de ovejas, algunas de ellas muertas. Un travelling por un reguero de sangre nos lleva hasta Irena que, turbada, se limpia la boca con un pañuelo y llama a un taxi.

Fotograma de La maldición de la mujer pantera

El personaje de Irena vuelve a aparecer en La maldición de la mujer pantera, pero aquí transfigurada en un espectro que se manifiesta convocado por la imaginación de Amy, una niña solitaria que se refugia en su mundo de fantasía. Como segundo ejemplo, veamos la escena  en que Irena vuelve al mundo de lo invisible. En la habitación de Amy en penumbra, nos desplazamos con un travelling lateral tras un sillón que nos oculta  a la mujer cuya figura se recorta en contraluz sobre las cortinas mecidas por el viento. Cuando la cámara nos descubre el resto de la habitación que no veíamos, el fantasma se habrá esfumado y, como en la escena de La mujer pantera en Central Park -ambas películas fueron iluminadas por Nicholas Musuraca-, la invisibilidad queda prendida en el visible movimiento de las cortinas.

Fotograma de Yo anduve con un zombie

Elipsis, fuera de campo, ruidos, sonido off, rastros de lo invisible en lo visible... Metonimias y sinécdoques. Una poética de la sustracción -No se crea agregando, sino suprimiendo (Bresson)- que en un filme como Yo anduve con un zombie -la película preferida de Jacques Tourneur- cobra la forma de una delicada fantasía, casi abstracta, a través de una red de sugerencias movedizas, un tejido de imágenes inciertas e inmateriales por su ingravidez -e iluminadas por J. Roy Hunt-, que borra las fronteras entre la realidad y los sueños, y que transforma este mundo en otro mundo a través de un arte de sombras, ésas con las que Val Lewton hacía cine. Con sombras nada más.

24/4/09

Lo que perdimos

Fotograma de Yo anduve con un zombie


Si echo la vista atrás a eso que suele llamarse cine clásico -americano-, caigo en la cuenta de que buena parte de mis películas -de género- favoritas se hicieron en la década de los cuarenta: Pursued y Al rojo vivo de Walsh, The Ox-Bow incident y Cielo amarillo de William A. Wellman, La mujer del cuadro y Perversidad de Fritz Lang, Laura y Ángel o diablo de Otto Preminger, Forajidos y El abrazo de la muerte de Robert Siodmack, Luna nueva y Tener y no tener de Howard Hawks. Pero si hablamos de películas de serie B el cineasta por excelencia del los 40 es Jacques Tourneur: La mujer pantera, Yo anduve con un zombie, El hombre leopardo, Canyon Passage, Retorno al pasado... Las tres primeras son clásicos del cine de terror, la serie B por excelencia de los 40.



Si hay alguna película que cuente -o mejor, que documente- cómo se hacían las películas de serie B en Hollywood en los 40, esa película es Cautivos del mal (The bad and the beautiful, 1952). La escribió Charles Schnee, la dirigió Vincente Minnelli, la protagonizó Kirk Douglas, y Gloria Grahame hace un pequeño papel inolvidable. Es una de las mejores películas sobre el mundo del cine y un espléndido y asfixiante melodrama. También es una lección de cine donde el encuadre, la luz, los movimientos de cámara, los movimientos de los personajes, los diálogos, el vestuario, el decorado, el attrezzo, y el mínimo detalle de cada secuencia contribuyen a dotar a la puesta en escena de una capacidad reveladora del subtexto que alimenta lo que vemos en la pantalla, es decir, que contribuye a que emerja en la mente del espectador la parte sumergida -enterrada- en la visibilidad de cada momento dramático del filme. En definitiva, es una lección de cómo se dirige una película, o de lo que significa dirigir, de lo que representa el oficio de director de cine. O al menos de lo que representaba en la era del cine clásico.


Kirk Douglas y Lana Turner
en
Cautivos del mal

Cautivos del mal cuenta el ascenso y caída, las luces y sombras, el genio y el reverso tenebroso de un productor de cine, un personaje inspirado en algunos de los productores de Hollywood más significativos. Una de las escenas memorables del filme de Minnelli es aquélla en que el productor y el director, abrumados por el encargo de realizar "La maldición de los hombres pantera" -una película de serie B con cuatro duros y unos penosos disfraces- se refugian en una sala de proyección vacía para concebir alguna idea con que meter miedo en el cuerpo a los espectadores. Entonces salta la chispa y Kirk Douglas le pregunta a Barry Sullivan: "¿A qué crees que le tiene más miedo la gente?". El productor no espera una respuesta, se levanta, acaba de encontrar el germen de la idea que buscaba: "A la oscuridad. En la oscuridad, todo cobra vida, Fred". Así que fuera los hombres pantera. Pero ¿qué ponemos en la pantalla? Las consecuencias de los ataques de los hombres pantera -unas plumas arrancadas-, el síntoma de su presencia -unas garras que brillan en la noche-, las reacciones ante su presencia invisible -una niña que grita-... Y ante nuestros ojos -y en nuestra imaginación- surge la película que ellos imaginan a su vez en la pantalla. Y Vicente Minnelli lo logra utilizando las mismas herramientas que los hacedores de "La maldición de los hombres pantera" emplearán en la fabricación de la película, proceso que ya no vemos, porque ya lo hemos visto (porque ya ha emergido en nuestra imaginación) mientras el productor y el director la inventaban en la sala de proyección, proyectando -valga la redundancia- las ideas en la pantalla vacía que nosotros nos encargábamos de llenar. Es el arte de la elipsis. El arte del cine de serie B. El arte del cine clásico.


Val Lewton


Esta escena se inspiraba en la obra del productor de La mujer pantera, Yo anduve con un zombie y El hombre leopardo que dirigió Jacques Tourneur. Se llamaba Val Lewton y durante los años 40 trabajó en la RKO -más concretamente de 1942 a 1946, mientras Charles Koerner fue jefe de producción del estudio- a cargo de una unidad de bajo presupuesto dedicada a fabricar películas de terror. Añadamos a la lista El ladrón de cadáveres y La maldición de la mujer pantera de Robert Wise, El barco fantasma y Bedlam de Mark Robson (que había montado los filmes de Jacques Tourneur), entre otras. Pura serie B. Pero ¿quién era el tal Val Lewton?



Val Lewton había nacido en Yalta, donde Chejov había vivido los últimos años, en 1904, justamente el año en que murió el autor de El jardín de los cerezos. Se llamaba Valdimir Ivan Leventon. A los siete años su madre lo lleva a Nueva York. Será su tía, la actriz Alla Nazinova, quien le recomiende cambiar su nombre por el de Val Lewton. Estudia en Columbia, trabaja como periodista, escribe historias cortas, novelas -incluso una pornográfica- y durante seis años trabaja en las oficinas de la MGM en Nueva York escribiendo serializaciones de películas. En 1934 consigue trabajo como consultor de guiones en la productora de David O. Selznick y se traslada al Oeste. Allí lee material, redacta informes, escribe y reescribe guiones, busca documentación... Val Lewton trata de disuadir a su jefe respecto a la adaptación de Lo que el viento se llevó y acabará ideando la escena de la estación de Atlanta, pero la película provoca el desencuentro definitivo entre ambos y Selznick lo despide. Entonces le llega su oportunidad en la RKO cuando Koerner le ofrece dirigir su propia unidad de producción.



Las películas de Val Lewton para la RKO no debían superar los 150.000 dólares de presupuesto y dentro de esos márgenes -y de los del género de terror- Koerner le otorgaba libertad artística. Se rodeó de un equipo estable con los guionistas DeWitt Bodeen, Ardel Wray y Philip McDonald, los directores Jacques Tourneur y Robert Wise, el músico Roy Webb, el director de fotografía Nicholas Musuraca y el montador Mark Robson. La mujer pantera -con un guión de DeWitt Bodeen, basado en un argumento que tramó con Val Lewton- costó aún menos, 134.000 dólares, se rodó en 24 días y consiguió cuatro millores de dólares de beneficio. No sería exagerado decir que gracias a esta película de serie B la RKO se salvó de la bancarrota a la que habían conducido, entre otras razones, sonoros fracasos en taquilla de Ciudadano Kane y El cuarto mandamiento de Orson Welles, una misión para la que había sido contratado Koerner.


El cine de Val Lewton alcanza dosis insólitas de ambigüedad en el tratamiento de los elementos fantásticos, inocula la pulsión sexual y el instinto de muerte en la pasión amorosa, y despliega metáforas y sugerencias preñadas de sensualidad para narrar los conflictos de seres escindidos entre el deseo imperioso y la represión de los impulsos, y que afloran (y se desbordan) en la vertiente fantástica, hasta el punto de subvertir el propio clasiscismo en que se enmarcan las ficciones que fabrica y de amenazar con romper las costuras del relato mediante un uso de una caligrafía de sonidos, sombras y elipsis de extraordinaria potencia simbólica.




Tras su etapa en la RKO, Val Lewton trabajará en la Paramount, la MGM y en la Universal. En su época de guionista, James Agee -crítico de cine y escritor-, le espetó a Dore Schary, patrón de la MGM, que tenía entre sus empleados a uno de los más grandes cineastas americanos. Schary no podía imaginar que se estaba refiriendo a Val Lewton. Agge y Manny Farber fueron de los pocos críticos que supieron valorar cuánto cine asomaba por las rendijas de las elipsis que suturaban sus películas. Val Lewton murió en 1951 de un ataque al corazón, tenía 46 años. Era como sus personajes: bajo la piel de un "apacible bibliófilo", como lo definió Manny Farber en el obituario que le dedicó, hervían imágenes poseídas por fantasmas que germinaban en los sueños más oscuros y turbadores; como la niña solitaria de La maldición de la mujer pantera necesitaba alguien con quien jugar e invocaba a las criaturas que aguardaban su llamada al otro lado de la piel que nos separa de lo que tememos y nos tienta.




Imaginativo, visionario, con gran capacidad para la fantasía, creador de mundos donde lo onírico y lo real permean una frontera movediza, donde se enhebran amor y muerte, garras y sexo, en el reino de la oscuridad, Val Lewton creó películas de miedo que conmovían y consolaban a los espectadores en tiempos convulsos por más horrendos terrores; películas que representan viajes a lo desconocido, a lugares que olvidamos que existían, allí donde se encuentran los vestigios de lo que perdimos.


Val Lewton (a la izda.) en proyección