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18/12/11

Un gran reportaje


Hasta ayer mismo uno pensaba que la defensa de Madrid durante los últimos meses de 1936 era una gesta que no tenía su cantar (quiero decir que no tenía un cantar a la altura de la gesta). Pero ayer leí La defensa de Madrid de Manuel Chaves Nogales, que acaba de editar Renacimiento con una estupenda cubierta de Alfonso Meléndez. Han pasado 75 años y compruebo que, al fin, aquella gesta tiene ya su cantar.



Sólo que este cantar de gesta se publicó por primera vez bajo el título de Los secretos de la defensa de Madrid en la revista mejicana Sucesos para todos (donde Chaves se convierte en Chavez), en dieciséis entregas semanales -entre el 5 de agosto y el 22 de noviembre de 1938- y con ilustraciones de Juan Helguera.


Y bajo el título de The Defense of Madrid en el Evening Standard londinense -entre 16 y el 28 de enero de 1939- en doce entregas diarias con la traducción al inglés de Luis de Baeza, amigo y compañero de Chaves Nogales, que había sido corresponsal en Londres del diario Ahora. Fue en la hemeroteca de Colindale, consultando viejos ejemplares del Evening Standard, cuando Mª Isabel Cintas Guillén encontró la versión inglesa del reportaje en el curso de una investigación sobre la partida hacia el exilio de Chaves Nogales. Pero llegar hasta la versión original de la revista mejicana no fue precisamente coser y cantar; en realidad fue una aventura que pasa por la Biblioteca Nacional de México, la Biblioteca Pública de Nueva York y la Biblioteca del Instituto Iberoamericano de Berlín, por citar sólo los hitos cruciales; por eso, la nota de edición de Mª Isabel Cintas Guillén, a quien le debemos La defensa de Madrid de Chaves Nogales -la edición de Renacimiento incorpora las ilustraciones de Juan Helguera-, se lee como un relato detectivesco (con su aquel de arqueología literaria).

A la izda., Chaves Nogales

La energía y el aliento épico del relato empujan a leer La defensa de Madrid de un tirón, pero no se puede evitar releer algunos párrafos o leérselos a Ángeles para degustar esa prosa que destila con la mirada precisa el vértigo de los hechos, enhebrando el tapiz de los acontecimientos con preciosos detalles, donde la historia cuaja y se entraña.

Como aquellos párrafos con que cierra la quinta entrega del "Día D", el tercer día de la defensa de Madrid, aquel 8 de noviembre de 1936, cuando todo estaba perdido y llegaron los Internacionales:

Fueron solo tres mil quinientos hombres. Antiguos soldados de la Gran Guerra muchos de ellos; en su mayoría comunistas alemanes de la columna Thaelman y anarquistas italianos del Batallón Garibaldi; aquellos tres mil quinientos veteranos que sabían luchar en campo abierto, fueron los que, en la Casa de Campo, el Puente de los Franceses y la Ciudad Universitaria, se pegaron heroicamente al terreno y salvaron Madrid. (...) Con el puño en alto y gritando "¡UHP!" (Unión de Hermanos Proletarios), aquellos hombres venían de los cuatro puntos cardinales de Europa para hacer de los arrabales de Madrid la trinchera mundial de la revolución.

El general José Miaja

O como aquellas líneas en las que Chaves Nogales presenta al héroe de su relato, cuando el gobierno ya ha abandonado Madrid, el pueblo en armas y las organizaciones revolucionarias ven en cada militar leal a la República un traidor potencial, y el ejército franquista, con sus tropas más aguerridas, se encuentra a las puertas de la ciudad que se convirtió aquellos días en la capital del mundo:

Un general del ejército regular en este trance es un triste personaje, un superviviente, un ser anacrónico que no sabe aún por qué está allí y por qué está aún vivo si está allí. (...) Olvidado en uno de los lóbregos y desiertos salones del caserón que fue Capitanía General de Madrid se ha quedado un viejo general que se obstina en seguir siendo leal a la República. Pocos le conocen y nadie se acuerda de él. No es hombre brillante ni tiene historia política, cosa extraordinaria en un general español. Es, sencillamente, un hombre que ha cumplido siempre con su deber y que por seguir cumpliéndolo se ha quedado en su sitio. Este general olvidado es nada menos que el comandante general de Madrid y general en jefe de la división del ejército que tiene encomendada la defensa del casco de la ciudad. (...) Espera solo que los milicianos derrotados le asesinen para vengarse de la derrota que invariablemente atribuyen a la traición de sus jefes militares o bien que los generales sublevados se apoderen al fin de Madrid y le fusilen por no haberles secundado en su rebeldía.
Esta es la situación del general Miaja el día seis de noviembre de 1936.

Madrid, noviembre de 1936 
(Archivo Histórico del P.C.E.)

Lo que sigue es una gran historia contada con claridad, garra y lucidez por un gran periodista que era (también) un gran escritor (y viceversa). Chaves Nogales, en el prólogo que escribió de los primeros meses de 1937 para su (gran) libro de relatos A sangre y fuego, un prólogo doloroso, sincero y valiente (como los párrafos finales de La defensa de Madrid, aunque uno no comparta al cien por cien las conclusiones) -sobre todo por decir lo que dijo cuando lo dijo: en pocas palabras, que en aquellas trincheras de la capital del mundo se defendía la causa justa de la República contra los sublevados y el fascismo, pero no se luchaba por la democracia (por el socialismo, la sociedad sin clases o por el paraíso en la tierra sí, pero no por la democracia)-, en ese prólogo, decía, Chaves Nogales aseguraba: Cuando el gobierno de la República abandonó su puesto y se marchó a Valencia, abandoné yo el mío [era director del diario Ahora]. Ni una hora antes, ni una hora después. Pues bien, leyendo La defensa de Madrid no podemos creerle, o sólo en parte. Quizá se fue a Valencia y luego volvió. Lo que es (casi) seguro es que estaba allí cuando el general Miaja organizó y sostuvo a los milicianos y brigadistas internacionales en las trincheras, o los arengó en la Nochebuena de 1936: En estos ciuncuenta días, vosotros, soldados del pueblo, habéis reanimado en el mundo proletario y antifascista la confianza en la victoria contra el enemigo...

Y allí estamos nosotros, página tras página de este gran reportaje. Un cantar de gesta del siglo XX.

28/2/09

Sábado



Walter Benjamin

Leo las memorias de Gershom Scholem sobre Walter Benjamin que han sido consideradas una especie de autobiografía refleja. Nada extraño tratándose de un libro de recuerdos sobre un amigo, sobre una intensa relación afectiva e intelectual, vínculo y espejo a un tiempo. Walter Benjamin. Historia de una amistad (Debolsillo, 2007) nos permite asistir a la génesis y desarrollo de los intereses, estudios y trabajos filosóficos y literarios del crítico por excelencia del siglo XX desde la esfera de la intimidad. De un crítico que hablaba el lenguaje de los artistas, que iluminaba las obras desde dentro y transitaba pasajes secretos entre la religión, el cine, la filosofía, la poesía, la fotografía, la arquitectura, la historia, la pintura y las técnicas de reproducción de las imágenes. Y que entendía la crítica como una cuestión moral. Artículos, diarios, textos radiofónicos, crónicas de viaje, memorias, notas breves, citas. Benjamin desplegó su escritura en cualquier forma con que pudiera vestirse el ensayo, que bajo el ejercicio de su pluma se convertían en formas de pensar, o pensamiento destilado en forma de ensayo. baste una muestra brevísima, esta pequeña nota de su libro Dirección única:

¡Cuidado con los peldaños!

El trabajo en una buena prosa tiene tres peldaños: uno musical, donde es compuesta; uno arquitectónico, donde es construida, y, por último, uno donde es tejida.

Cuenta Scholem la extrema sensibilidad de Benjamin para el ruido, incluso se refería a ella como su "psicosis del ruido", el menor ruido podía abatirle por completo (una psicosis que comparto, con un padecimiento más atenuado pero igual de lacerante). Que la amistad entre ambos pudiera cuajar y ahondar a lo largo de los años, dependió en buena medida de que Sholem comprendiera y respetara esa esfera de silencio que tantas veces creaba a su alrededor el autor de Iluminaciones. Por otro lado, sus conversaciones podían prolongarse desde las nueve de la noche hasta las seis de la mañana en el Nuevo Café del Oeste de Berlín, o cualquier día en el estudio de Benjamin, que necesitaba pasear de un lado a otro para que fluyeran los pensamientos con la música que precisaban.

En los años treinta, Benjamin descubrió las novelas de Simenón, con las que siguió alimentando su afición al género policíaco, y se las recomendó encarecidamente a su amigo, "si bien -escribe Scholem- con la salvedad de que para poder apreciarlas era preciso leerlas en francés, cosa que jamás parece haber dicho, curiosamente, a propósito de Proust".


Franz Kafka

Como el propio Scholem, también uno se queda dándole vueltas a un encuentro que no se produjo pero que bien podría haberse producido. Benjamin estaba en Munich el día 10 de noviembre de 1916 cuando Kafka leyó allí en público su narración La colonia penitenciaria. Con Brecht, Proust y Baudelaire, ningún otro escritor le interesó más que Kafka y los cuatro le inspiraron algunos de sus mejores y más influyentes textos. ¿De qué habrían hablado Kafka y Benjamin? ¿Habrían hablado? ¿Qué habría significado el encuentro entre ambos escritores judíos que en algún momento concibieron la idea de vivir en Palestina? Representarse el encuentro entre dos hombres que concibieron algunas de las imágenes cristalinas del siglo XX constituiría un material digno de un texto drámatico, sigamos fantaseando, que sirviera de base para una puesta en escena de Brecht, por qué parar ahora, filmada por un Straub. En fin... Por lo que nos cuenta Scholem, Benjamin nunca se perdonó haber perdido la ocasión de conocer a Kafka.


Manuel Chaves Nogales, a la izquierda.

Leo en el Babelia páginas con elogios superlativos hacia la obra de Manuel Chaves Nogales. Y me alegro, porque ya era hora. Han pasado ya quince años desde Las armas y las letras de Andrés Trapiello donde se señalaba la importancia de la obra del periodista sevillano. Y casi ocho desde que se recuperara A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España, su libro de relatos sobre la guerra civil española. Ahora aparece, por lo visto, en bolsillo. Pues estupendo. Desde luego, hace ocho años pasó sin pena ni gloria. Cualquiera de los nueve relatos revela una imagen verdadera de la bestia humana que despierta una guerra, más aún una guerra civil; miedo, asco, odio, desesperación, ferocidad, barbarie... En uno de los relatos, el camarada Arnal, un pintor al que encargaron incautar y salvar el patrimonio artístico que pudiera e los pueblos que aún quedaban en manos de la República en los alrededores de Madrid, se pregunta:

¿qué sentido podían tener ni el arte, ni los testimonios de un glorioso pasado, ni todos aquellos valores espirituales por cuya conservación se desvelaba? ¿Es que todo aquello que tan celosamente defendía había servido para ahorrar un solo crimen?

No hay gloria ni épica ni grandeza en las páginas de Manuel Chaves Nogales. Quizá por eso sus relatos de A sangre y fuego resultan dolorosos y nada consoladores. Quizá por eso nadie se planteó, pongamos por caso, llevarlos al cine o a la televisión. Porque se resiste a ser ilustrado, porque exige bajar al pozo de enosotros mismos y encontrar la guarida de la bestia, y porque de semejante viaje uno vuelve despellejado, si vuelve. Quizá los relatos de A sangre y fuego se han devuelto al olvido una y otra vez, porque nos pone ante los ojos el espejo de lo peor. O sea, cumple con el oficio como buen practicante. Porque Chaves Nogales no era un genio como ahora se pregona, ni falta que le hacía, era un escritor. Bastaba con eso. Sigue bastando. Y ahora que lo pienso, casi mejor que esos textos metan miedo y a nadie se le ocurra hacer una película con ellos. Podemos pasarnos perfectamente sin Los girasóles ciegos, Las trece rosas, El lápiz del carpintero. Dejémoslo aquí.


Mikio Naruse

Vemos Madre (1952) de Mikio Naruse, un filme escrito por la misma guionista de Nubes flotantes, Yôko Mizuki. ¿Qué pasa en una película en la que no pasa nada? Si tras la cámara está Naruse, lo que pasa es la vida; sin levantar la voz, pero con todos sus detalles reveladores; sin subrayados, pero con la mirada atenta; sin aspavientos, pero con miramiento. Naruse coloca la cámara allí donde un gesto, una mirada o una actitud tiene el peso del tiempo vivido. Si no fuera por esa precisión, por ese rigor en el encuadre al que la verdad de los personajes dotan de ligereza extrema, diríase que estamos ante una película neorrealista, por el espacio vital, por esa familia con apreturas económicas, por esas calles en obras de un extrarradio urbano. Naruse cuenta en tono menor una historia mayor, o mejor dicho, cuenta con lo mínimo aquello que más nos puede interesar, ese rincón doméstico donde la humanidad se reconoce con familiaridad, donde encontramos los ecos más íntimos, las voces que nos hablan. Porque cuando no pasa nada y tras la cámara está Naruse esa película somos nosotros, es nuestra película.



Y vemos Angel (1937) de Ernst Lubitsch, escrita por Samson Raphaelson. Una vez más. Es la comedia más desesperada que se haya filmado nunca. La película más abrasiva sobre el matrimonio que se haya hecho nunca en Hollywood. La obra más desoladora de Lubitsch. Un filme sobre la soledad, el vacío y el desamparo de una mujer, encarnada por Marlene Dietrich. Una película que anticipa el cine de los 50 de un Rossellini o de los 60 de un Bergman. Y sigue siendo una comedia porque quizá sólo la comedia ofrece esa tonalidad donde la ligereza, la visibilidad, la rapidez, la precisión y la poliédrica multiplicidad -esas propuestas para el milenio de las que hablaba Calvino- se combinan para dotar a la mirada de una lente microscópica que, a modo de bisturí, abra en canal la coraza que esconde la intimidad, eso sí, sin manchar. De ahí la comedia. Como en El verdugo, pongamos por caso.


E. Lubitsch y Marlene Dietrich
en el rodaje de
Angel

Y sí, es puro Lubitsch, como esa escena con los empleados de servicio comentando el plato de Marlene con el bistec intacto, el plato de Melvyn Douglas con el bistec cortado en cuadraditos perfectos pero sin probar bocado y el plato de Herbert Marshall limpio como una patena, que revelan el estado de ánimo de los personajes mucho mejor que un monólogo; o esos fuera de campo preñados de intensidad dramática; o la maestría en la posición de los personajes en el plano o en su desplazamiento en el interior del encuadre; o esas puertas del clímax, donde una puede abrirse sobre un abismo y otra aboca a un infierno. Y ese último plano final con la cámara en movimiento hacia la puerta y Marlene irrumpiendo desde el vacío.


Charles Lang, director de fotografía, y Lubitsch
en el rodaje de
Angel

Y sí, también es una película sobre el amor, su fatalidad y su desdicha. Un film absolutamente moderno. Y también una película donde el dominio del relato y el virtuosismo de la puesta en escena abarcan el mundo y proyectan una hermosa unidad todavía. O sea, un film absolutamente clásico.

Un largo día acaba. Y se ha hecho tan corto este sábado.