Mostrando entradas con la etiqueta A. Tabucchi. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta A. Tabucchi. Mostrar todas las entradas

6/6/12

Depósito de acasos



Esta mañana, pasmando por la ventana al filo de un párrafo que no acababa de cuajar, la lluvia trazaba surcos con tiralíneas y, como si cartografiara un cálido paisaje de la memoria, me devolvió, con visos de un sueño vívido, aquella mañana de verano en la terraza de un café de la Praça da Figueira en Lisboa, leyendo al acaso algunos fragmentos del Livro do desassossego de Pessoa, editado en dos volúmenes por la editorial Ática, que acababa de comprar allí al lado, en la Livraria Diário de Noticias. En la primera página anoté la fecha: 9 de julio de 1984. Ángeles estudiaba en un mapa rutas posibles hacia el sur y nuestro hijo de tres años jugaba con las palomas bajo la estatua ecuestre de Don João I.


Aquellos volúmenes de la edición de Jacinto do Prado Coelho y uno posterior con la traducción de Ángel Crespo me han acompañado todos estos años y los tengo siempre a mano, con subrayados a lápiz, a marcador (verde, amarillo), a bolígrafo (azul, negro), a rotulador (negro, verde), cada uno de su época (iba a escribir de su era), y cuando vuelvo sobre sus páginas leo a Bernardo Soares y a mí leyéndole en otro tiempo -en otros tiempos (estratos de la geología lectora)- o quién sabe si a otro que le leía -y aun otros- y que ya no soy yo, y al que -o a los que- ya sólo me unen esas líneas que volvería a subrayar hoy.

...decir lo que se siente exactamente como se siente -claramente si es claro; oscuramente, si es oscuro; confusamente, si es confuso-; comprender que la gramática es un instrumento, y no una ley. (...) Obedezca a la gramática quien no sabe pensar lo que siente. Sírvase de ella quien sabe mandar en sus expresiones.

Dar a cada emoción una personalidad, a cada estado del alma un alma.

Vivir es ser otro. Ni sentir es posible si hoy se siente como ayer se sintió; sentir hoy lo mismo que ayer no es sentir: es recordar hoy lo que se sintió ayer, ser hoy el cadáver vivo de lo que ayer fue la vida perdida.

El olfato es una vista extraña. Evoca paisajes sentimentales mediante un dibujar súbito de lo subconsciente.

Envidio a todo el mundo no ser yo. Como de todos los imposibles, éste me ha parecido siempre el mayor de todos, ha sido el que más se ha constituido en mi ansia cotidiana, mi desesperación de todas las horas tristes.

Si existiese en el arte el oficio de perfeccionador, yo tendría en la vida (de mi arte) una función... / Tomar la obra hecha por otro, y trabajar sólo en perfeccionarla. Así, tal vez, fue hecha la Ilíada... / ¡Sólo el no hacer el esfuerzo de la creación primitiva! / ¡Cómo envidio a los que escriben novelas, que las empiezan y las hacen y las terminan! Sé imaginarlos, capítulo a capítulo, a veces con las frases del diálogo y las que están entre el diálogo, pero no sabría decir en el papel esos sueños de escribir.


Pessoa murió el 30 de noviembre de 1935 prácticamente inédito. Apenas algunos poemas y unos pocos textos aparecieron en revistas minoritarias. Nada, si lo comparamos con lo (inimaginable) que quedaba por editar, un proceso que aún, casi ochenta años después, no ha concluido. Porque Pessoa dejó un baúl y una biblioteca con mil doscientos libros; eran cuanto tenía.


Pero en ese baúl había 27.543 papeles, de los cuales 25.000 eran textos de Pessoa en papel de envolver, papel timbrado, sobres de azúcar, cajas de cerillas, trozos de periódico. Era el arca de Pessoa, como lo llamó Teresa Rita Lopes. Un baúl lleno de gente, escribió Tabucchi. Y entre esos materiales, cientos de papeles con más de quinientos fragmentos componían ese aluvión de escritura -entre 1913 y 1935- que representa el Libro del desasosiego, verdadero obrador poético, una biblioteca en sí mismo, con tantos libros como el lector quiera componer. Porque no le queda otra sino escribir su propio libro del desasosiego a partir de los fragmentos depositados por Pessoa en el arca.


En la biblioteca de Pessoa figuraba una biografía de Keats. A Pessoa le gustaba subrayar y hacer anotaciones en los márgenes. Dialogaba con los libros que leía y a veces hasta se peleaba con ellos. En aquella biografía subrayó unas palabras de Keats con la definición de poeta: El poeta es la cosa menos poética de toda la existencia porque no tiene identidad; está continuamente en el lugar de otro, rellenando otro cuerpo. De aquí a un paso el poeta es un fingidor.  Es otro en cada uno de los heterónimos: Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos. El teatro del ser, que dijo la gran pessoana Teresa Rita Lopes.

He creado en mí varias personalidades. Creo personalidades constantemente. Cada sueño mío es inmediatamente, en el momento de aparecer soñado, encarnado en otra persona, que pasa a soñarlo, y yo no. / Para crear, me he destruido; tanto me he exteriorizado dentro de mí, que dentro de mí no existe sino exteriormente. Soy la escena viva por la que pasan varios actores representando varias piezas.

Pero con Bernardo Soares, a quien Pessoa atribuye el Libro del desasosiego, la cuestión de la identidad -o del fingimiento de la identidad- cobra visos más sutiles, porque no es un heterónimo sensu stricto: no es Pessoa, pero tampoco totalmente diferente -no es propiamente otro-, soy yo menos el raciocinio y la afectividad; un Pessoa mutilado, vamos. O esculpido. O afilado. O un Pessoa en el aquel de escribir, en palabras de su traductor Ángel Crespo, un diario íntimo intermitente. El propio Pessoa llegó a definir el Libro del desasosiego como un diario al acaso. Al acaso del fantasma, porque Bernando Soares deviene una aparición: aparece siempre que estoy cansado o somnoliento, de suerte que tenga un tanto suspensas las cualidades de raciocinio e inhibición; esa prosa es un constante devaneo. Un deambular en duermevela. Por Lisboa. O mejor, por el sueño de la ciudad:

Hay sosiegos del campo en la ciudad. hay momentos, sobre todo en los mediodías de estío en que, en esta Lisboa luminosa, el campo, como un viento, nos invade. Y aquí mismo, en la Calle de los Doradores, tenemos el sueño bueno.

Dietario de sueños también el Libro del desasosiego, Sueños de ser otro y otro y otro, tantos que cuesta entender que otra gente exista: cómo es que hay almas que no sean la mía. Cuesta entender, abismado en el Libro del desasosiego, que haya otra escritura más allá de sus márgenes, que no sea ya el libro de todos los libros siendo tantos libros; que siendo Pessoa toda una literatura no sea toda la literatura. Él, que ya de niño, se rodeaba en su cama de gente de su imaginación -ese teatro del paraíso (de su primera infancia)-, quizá para acallar las voces que llegaban desde el fondo del pasillo, los gritos reales de la abuela Dionisia que estaba loca. El Libro del desasosiego también puede leerse como retales de ese paraíso perdido, como ruinas de la memoria del país de la infancia, como laboratorio secreto de una sensibilidad. La de ese autor-enigma, que como señala Jacinto do Prado Coelho, hizo de la literatura un arte de vivir, o de des-vivirse en escritura, porque sin sintaxis no hay emoción verdadera y la inmortalidad es una función de los gramáticos.


Pocos meses antes de morir contó en una carta que tenía intención de publicar su obra, empezando por el Libro del desasosiego, pero le llevaría un año organizar los fragmentos, y en una nota, quizá presintiendo que, organizados o no, no serían más que pedazos de escritura haciéndose sin cesar, dejó dicho que este libro [inacabado] podrá formar parte de uno definitivo de desperdicios... Un depósito de acasos. Como éste:

El mundo exterior existe como un actor en un escenario: está allí pero es otra cosa.


(Aquel baúl, eso sí, vacío, se subastó hace tres años y fue a parar a manos de un coleccionista por sesenta mil euros. Hace quince días se subastaron el escritorio y la máquina de escribir Royal que usaba Pessoa en la Sociedad Portuguesa de Explosivos de Lisboa, una de las empresas donde el escritor trabajó traduciendo correspondencia comercial, y un biógrafo reciente se quedó con las piezas por ochenta mil euros. Hay que ver.)

19/4/12

La visita de una voz


He vuelto a leer Sostiene Pereira. Me aparté de Tabucchi durante años porque lo envidiaba. Ya no, pero cuánto envidié entonces lo que tanto me hubiera gustado escribir. Desde las primeras líneas de Dama de Porto Pim, el primer libro que se tradujo aquí -y que leí hace ya un cuarto de siglo-, desde el mismo prólogo de aquellas páginas encantadas de y por las islas Azores:  ...Llegado a una edad en la que me parece más digno cultivar ilusiones que veleidades, me he resignado al destino de escribir según mi propia índole. Lo leía como si me hablara. Cuántas veces habré regresado a aquellos ocasos -de las ballenas y los balleneros- que reverberan con el clamor -dice Sergio Pitol- de un sordo desastre, por no hablar de otros naufragios agavillados en textos tan breves como diversos, pero transfigurados por la gracia de la forma en tejido leve de un relato unitario, en cuyas fisuras respira la emocionada fascinación por un mundo en la fronteras de su propio acabamiento, de ésos que no han dejado huella sino en una canción olvidada de la que apenas si queda una melodía en la voz de las almas perdidas.

Cementerio de Fajanzinha en la isla de Flores, en las Azores. 
Fotografía de José Manuel Navia

Sostiene Pereira también da cuenta de un ocaso. Me sigue maravillando que un gran personaje pueda respirar sin apreturas en un libro tan pequeño. Y aún más, si cabe, que tan pocas páginas alienten una obra maestra, tan convincente a la hora de desplegar la metamorfosis de su protagonista, y tan tierna en el aquel de destilar su humanidad, y hacerlo con una voz, digamos, notarial, que, callando más de lo que cuenta, cuenta más de lo que dice. Y quizá todo eso sea posible justamente por esa voz que levanta acta de unos pocos hechos y de tantos silencios en aquellas jornadas ardientes de agosto de 1938 en Lisboa; una voz que, por así decir, se somete al dictado de un redactor de efemérides tan reservado; una voz, en fin, que se prohíbe elevarse por encima de lo que testimonia, y deviene quizá el más potente y apretado de los resortes para que la imaginación del lector emprenda una singladura memorable por el océano íntimo de un alma en la encrucijada de un mundo y de un tiempo.


Me gusta recordar a Pereira con la fisonomía de Marcello Mastroianni, el último papel de un actor de esa estirpe que justifica por sí mismo una película, aunque no sea memorable, como no lo es la que adapta Sostiene Pereira. De momento, Tabucchi no tuvo suerte con el cine; desde luego no la que tuvo la literatura con Tabucchi,  la que disfrutamos tantos lectores con el humor, elegancia y melancolía que, como certeramente señaló Sergio Pitol, destilan sus libros, con la tonalidad de un ocaso a orillas del Tajo en Lisboa, viendo los barcos que van y vienen por el río en compañía de tan queridos fantasmas.

Lisboa. Cais das colunas, 1939

Los libros de Tabucchi cobran visos de un oficio de ánimas, quizá porque le gustaba pensar que sus libros le eran hablados, al fin y al cabo somos un delirio de muchos como decía Robert Musil y el yo un dramatis personae como sabía Pessoa, así que sólo tenía que escribirlos, al dictado digamos, y era incapaz de escribir si no recibía la visita de una voz. Como la que hizo posible, pongamos por caso, Sostiene Pereira.

27/3/12

Tonino y Antonio


Como se han confabulado el trabajo y la mudanza para no dejarme una hora libre, os tengo abandonados. Un buen amigo me dijo uno de estos días que es una pena cuando tengo que trabajar porque la escuela ralea. Más pena le da a uno, más que nada por lo de trabajar. Ya lo decía Pavese, trabajar cansa; y digo yo, ya de cansar bien podía exaltarnos con un aquel más sostenido. Así que, después de dormir por primera vez en una casa que esperamos sea, como reza aquel título de Vila-Matas, para siempre -dure lo que dure ese siempre-, he reconquistado una hora apenas para despedirme de dos maestros que he traído más de una vez por la escuela, como quien prende una candela para encontrar en las sombras una casa para el alma. Una de estas madrugadas, con la radio encendida -pero para no oírla- mientras escribía, me entero de la muerte -el pasado miércoles- de Tonino Guerra. Se ve que filtraba inconscientemente cuanto oía. Como estaba muy cansado, más que tristeza, me invade una sensación de fatalidad. Hace poco más de dos meses se nos fue Angelopoulos, que escribió algunas de sus más bellas películas -Paisaje en la niebla, La mirada de Ulises, La eternidad y un día- con Tonino; y hace poco más de uno Erland Josephson, que encarnó a Domenico en Nostalgia, la película que Tonino escribió con Tarkovski. Y no olvido -cómo olvidar- las películas de Antonioni con Monica Vitti,  Amarcord o Ginger y Fred de Fellini, o La noche de san Lorenzo de los Taviani. Algunas de las mejores páginas del cine europeo de los últimos cincuenta años se las debemos a Tonino Guerra. Me tienta pensar que algunas replicas memorables de esas películas fueron obra suya y, tratándose de un gran poeta, cómo no buscar -y aun encontrar- ecos de sus poemas en las palabras y las imágenes. Para mí -confesó Tonino Guerra- no existe una gran diferencia entre escribir poesía y escribir guiones, ambas conducen a los mismo: la creación de imágenes. Un guionista debe tener mil imágenes en su cabeza para conquistar a hombres como Fellini o Antonioni. Pero no sabemos -más allá de los créditos de los guiones- qué escribió de esas películas maravillosas, porque nadie sabe cómo se decanta, transfigura y materializa la escritura fílmica entre el guión y el montaje. Y aunque Tonino nos lo hubiera contado, tampoco lo sabríamos, porque no hay palabras que puedan dar cuenta del misterio de las imágenes sobre una pantalla. Sólo sabemos que hemos escuchado a Monica Vitti -en El desierto rojo-: Me duele el cabello, los ojos, la garganta, la boca... Dime si estoy temblando. O a aquel viejo loco de Amarcord, encaramado a un árbol y gritando: Voglio una donna. Pero nunca podemos decir de quién son las palabras de las películas. Sólo podemos verlas. Por eso, nos seguiremos viendo en el cine y en cada uno de tus poemas; en tus mil imágenes, Tonino.


Y ayer, en la madrugada, otra vez por la radio, me entero de la muerte en Lisboa de Antonio Tabucchi, y pensé que, ya de morir, qué mejor lugar que la ciudad que tanto amaba, y quiero creer que en compañía de sus queridos fantasmas, como en Los últimos días de Fernando Pessoa, que he vuelto a leer esta noche, aprovechando que los libros han empezado a salir de las cajas.


Como he vuelto a leer el poema de la rosa de Tonino Guerra:


Hará unos veinte días puse una rosa en un vaso
encima de la mesita que hay junto a la ventana.
Cuando vi que los pétalos se habían marchitado
y que estaban a punto de caer
me senté frente al vaso
a ver morir la rosa.
Estuve un día y una noche esperando.
El primer pétalo cayó a las nueve de la mañana
y lo hizo en mis manos.
Nunca he estado junto a un lecho de muerte,
ni siquiera cuando murió mi madre.
Yo estaba de pie, lejos, al final de la calle.


Para decir adiós. A Tonino y Antonio.

20/2/12

Domingo de fantasmas con sarrabulho


El sábado volví con algunos libros asilados en Tui que no había vuelto a leer desde hace veinte o treinta años. De ésos que uno quiere tener cerca por razones (o sinrazones) afectivas. El Réquiem de Antonio Tabucchi, pongamos por caso, porque te lleva de vuelta a Lisboa. Aunque no sólo a Lisboa. A la memoria de la ciudad blanca. Tabucchi escribió Réquiem en París con una memoria portuguesa, por eso no le quedó otra que escribir en portugués esta novelita de fantasmas en una Lisboa desierta durante un ardiente domingo de julio. No podía escribirla en italiano, como otras ficciones, necesitaba una lengua distinta, una lengua que fuera un lugar de afecto... Sonata y sueño, lugares de memoria y memoria de sabores, tránsito alucinado entre vivos y muertos: Réquiem. Y pasé este domingo de febrero paseando por las páginas encantadas de un domingo de julio. Y ahora me gustaría entrar en una librería de Lisboa y comprar una edición en portugués de la novelita de Tabucchi.

Antonio Tabucchi

Sé que Alain Tanner adaptó el Réquiem en 1998; uno había leído el libro cuatro años antes, cuando se publicó aquí y temía que la película le decepcionara, y no quería pasar por eso: nada debía empañar el aura de quien nos había regalado En la ciudad blanca. Con el tiempo creo voy aprendiendo a dejar a salvo las películas de mi vida de los posibles tropiezos de sus autores y si algún día me tropiezo con el Réquiem de Tanner le voy a poner los ojos encima. Como he vuelto a ponerlos otra vez en las páginas de Tabucchi, casi con el mismo placer de hace casi veinte años.


Llevo una semana enredado en la escritura de una serie y en unas clases de guión que me dejan desfondado (ni pensar en venir a esta escuela), y sólo conseguía apagar el runrún de la cabeza (que no paraba de dar vueltas) con trocitos del Libro del desasosiego de Pessoa en una magnífica traducción de Ángel Crespo: Soy los alrededores de una ciudad que no existe, el comentario prolijo a un libro que no se ha escrito. No soy nadie, nadie. No sé sentir, no sé pensar, no sé querer. Soy una figura de novela por escribir, que pasa aérea, y deshecha sin haber sido, entre los sueños de quien no supo completarme. O este otro: Si existiese en el arte el oficio de perfeccionador, yo tendría en la vida (de mi arte) una función... Tomar la obra hecha por otro, y trabajar sólo en perfeccionarla. Así, tal vez, fue hecha la Ilíada...

Pessoa por el Chiado en 1928

Trocitos, como vitaminas para el espíritu. Del espíritu de Pessoa. Que alienta en el Réquiem de Tabucchi, un pretexto para una cita a medianoche con el espíritu de un dechado de fantasmas. Una novelita con un viaje onírico por la memoria sensitiva de esa ciudad de ciudades que llamamos Lisboa y un viaje a los sabores como nidos de memoria. Y recordé que hace un año -deben ser las cosas de los trasmundos de febrero- vino por estos lares el fantasma de Pessoa y un arroz de cabidela. Volvió como una aparición (contagiosa) cuando Maria da Conceiçâo, la Mujer del Señor Casimiro, le explica al escritor -un peregrino de los espíritus- cómo se prepara un sarrabulho à moda do Douro, un plato de aspecto francamente disuasorio (como el arroz de cabidela), que nuestro personaje sólo se atreve a probar con los ojos casi cerrados -era una delicia, una comida de un sabor refinadísimo-, y, por si alguien se anima, aquí os dejo al receta en palabras de Maria da Conceiçâo, quiero decir de Tabucchi:

"El auténtico sarrabulho de mi tierra se hace con gachas de mijo, pero como hoy no tenía harina de mijo he puesto patatas, de todas formas voy a darle los ingredientes para un sarrabulho de verdad, yo nunca mido nada, lo hago siempre a ojo, pero en fin, mire, hace falta lomo de cerdo, tocino, grasa, hígado de cerdo, tripa, un cuenco de sangre cocida, una cabeza de ajo, un vaso de vino blanco, una cebolla, aceite, sal, pimienta y comino. (...) Pues bien, dijo la Mujer del Señor Casimiro, si el señor quiere hacer un buen sarrabulho tiene que preparar la carne el día anterior, corta el lomo en trozos regulares y los pone en adobo con los ajos picados, vino, sal, pimienta y comino, al día siguiente se encontrará una carnecita muy aromática, el señor coge una cacerola de barro y corta en ella el tocino entreverado, que es como se llama a la grasa de las tripas, y lo deja derretir a fuego lento, pone a sofreír los tacos de carne en la manteca de cerdo con el fuego más fuerte y después lo deja cocer muy despacio, cuando la carne esté casi cocida se riega todo con el adobo del día anterior y se deja evaporar, entretanto, el señor corta la tripa y el hígado y los sofríe en la manteca hasta que quede todo bien dorado, aparte rehoga la cebolla con el aceite y lo une con el cuenco de sangre cocida, después lo junta todo en la cazuela y el sarrabulho ya está preparadito, lo aliña con más comino si le apetece y lo acompaña con patatas, gachas o con arroz, aunque yo prefiero las gachas, como ya le he dicho, porque es así como se hace en mi tierra, pero no es obligatorio." (Traducción de Carlos Gumpert y Xavier González Rovira.)

Y bien se ve en el Réquiem de Tabucchi que no hay plegaria más atinada que un sarrabulho para invocar los fantasmas de Lisboa.

8/2/11

El fantasma de Pessoa y un arroz de cabidela

Fantasma errante en salas de recuerdos escribió Álvaro de Campos. Así me sentí esta noche de insomnio. Por culpa de un artículo de Vila-Matas que me lo trajo a la memoria volví a las páginas Dama de Porto Pim de Tabucchi, que tantas ganas me despertó hace más de veinte años de viajar a las Azores, como de leer los sonetos de Antero de Quental que inspiran la vida imaginaria de uno de los textos del libro, apenas seis páginas pero de ésas con las que la Literatura bendice a un escritor.

Antonio Tabucchi

Leí los sonetos pero no viajé -quiero creer que aún no- a esos montes de fuego, viento y soledad, tal como describió las Azores -cuenta Tabucchi- uno de los primeros viajeros portugueses que desembarcó allí. Se hizo una película a partir del relato que da título al libro -y a la película- y bien que me gustaría que la memoria me la ahorrase porque es francamente olvidable -la película, no el cuento-; compruebo que se estrenó hace diez años y pareciera que fue hace más de veinte.

Mapa de las Azores de 1584

Recuerdo leer a continuación de Dama de Porto Pim los cuentos de El juego del revés y compruebo que ambos libros datan del verano de 1987, en aquellos tiempos anotaba en la primera página dónde y cuándo los compraba; así que Tabucchi me había gustado mucho, y esta noche me gustó tanto como aquella primera vez Dolores Ibarruri llora lágrimas amargas, el relato de una mujer que evoca a su marido y a su hijo, y la relación que los unía a través de historias, libros y cartas, y que ya no están.Y recordé que en El juego del revés, el cuento que da título al libro, descubrí el arroz de cabidela que, tal como pudo comprobar Ángeles en una casa de comidas de Ponte da Lima, tiene un sabor exquisito, pero discreparía en el aspecto repugnante que le atribuye Tabucchi, para ella tiene una pinta deliciosa: se servía en una enorme fuente de barro con una cuchara de madera, la sangre y el vino hervidos formaban una salsa espesa y castaña. Yo no recuerdo qué comí aquel día, lo memorable se lo comió Ángeles.

Joaquín Jordá

Unos años después conocí al cineasta Joaquín Jordá, traductor de algunos de los libros de Tabucchi, por ejemplo La línea del horizonte o Pequeños equívocos sin importancia, y también con un arroz por medio -esta vez con almejas-, en el Orzán, me habló de un encuentro con el escritor en Lisboa y cómo Tabucchi lo sometía a un examen enmascarado sobre su competencia, no como traductor, sino como lector de su obra, es decir, hasta qué punto había prestado atención a cada línea, a cada frase, a cada espacio en blanco. El examen terminó cuando Jordá le habló del fantasma de Pessoa en el andén de una estación de Lisboa en uno de los cuentos que estaba traduciendo, un fantasma que no se menciona pero que se ve y se siente, que ve y siente quien ha leído con los cinco sentidos, bueno, con los seis. Entonces se fueron a comer a la de Tavares, en la Alfama, un arroz de cabidela, faltaría más. Tabucchi, Jordá y el fantasma de Pessoa. No recuerdo bien quién me dijo Jordá que pagó de los tres.

25/2/10

Por si acaso escribiéramos



Escribir toda la vida enseña a escribir, pero no nos salva de nada.
(Marguerite Duras)


El río de la historia arrastra y sumerge a las pequeñas historias individuales, la ola del olvido las borra de la memoria del mundo; escribir significa también caminar a lo largo del río, remontar la corriente, repescar existencias naufragadas, encontrar pecios enredados en las orillas y embarcarlas en una precaria arca de papel.
(Claudio Magris)


Escritores de cartas en El Cairo, años 40.


Escribir significa también el deseo de recordar, de recordar incluso la propia imaginación (A. Tabucchi)


Las imágenes vivas crean pensamientos, pero los pensamientos no crean imágenes.
(Anton Chejov)


Los lectores quieren un filo cortante, pero prefieren no oír el ruido del hacha al afilarse.
(Budd Schulberg)


Manuscrito de En el camino de Kerouac.


Escritor es aquel al que escribir le resulta más difícil que a las demás personas, dijo Thomas Mann. Lo apunto aquí por si acaso. Tal vez no sea cierto, pero es verdad. O viceversa.
(Blog de Gonzalo Hidalgo Bayal, 24.05.06)


En todo buen novelista hay un campesino.
(Scott Fitzgerald)


Cómo me gustaría ser un escritor que escribiera y no sólo reescribiera.
(Truman Capote)




Todos los escritores vomitan su infacia. Es cosa de tiempo.
(Alejandro Rossi)


Aquél que busca el corazón del relato en el espacio que hay entre la obra y quien la ha escrito se equivoca: conviene buscar no en el terreno que está entre lo escrito y el escritor, sino en el que está entre lo escrito y el lector (Amos Oz)


Manuscrito de Viaje al fin de la noche
de Céline, primera página.

Cada vez que uno empieza una novela vuelve a ser un aficionado, en el sentido de que, por mucho que haya escrito, nunca ha escrito el próximo libro. Uno no sabe cómo planteárselo, por dónde empezar, con qué va a enfrentarse. (…) Ahora el escritor tiene que arrastrar su pobre montón de migajas. (…) Para mí, los seis primeros meses siempre son espantosos. Te ves abocado a cometer cada vez los mismos errores, caes casi enseguida en las debilidades personales, y son necesarios seis meses para recuperar la sensación de que merece la pena y para superar el deseo de abandonar. (…) Un libro se empieza en un mar de dudas.
(Philip Roth)




A los que buscan originalidad habría que decirles que buscarla es una manera poco sutil de lograrla, ya que para conseguirla les bastaría con ser ellos mismos.
(Bioy Casares)




Quien ha visto el presente lo ha visto todo.
(Marco Aurelio)


¡Abrevia, hermano, abrevia! Empieza en la segunda página.
(Antón Chejov)

Anton Chejov, en 1886.


Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiéramos.
(Marguerite Duras; probablemente una cita inventada por Vila-Matas.)