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17/4/16

Charles Burnett en Tui



Creeréis que exagero, pero que en Tui se celebre la XII edición del Play-Doc es un milagro. Un festival de cine documental que ha programado en ediciones pasadas retrospectivas de Raymond Depardon, Artavazd Pelechian (que viajó a Tui para la ocasión) o Claire Simon (que también), y este año trajo las películas de Charles Burnett y al propio cineasta... De verdad, no exagero. Me quedo corto. Será que Sara García, Ángel Sánchez, Pablo Comesaña y compañía tienen de mano a los volubles y traviesos dioses lares del cine.


Pero es que este año el festival se estrenó en la edición de libros. Un libro necesario -y aun imprescindible-, Charles Burnett: un cineasta incómodo, editado por María Míguez y Víctor Paz, autores también de la entrevista con Burnett, corazón de un libro que incluye colaboraciones como las de James Naremore o Mark A. Reid, sobre el humor y el blues en el cine de Burnett respectivamente.


El viernes, Fugas (el suplemento de La Voz de Galicia), que coordina Montse Carneiro (mi editora preferida, más allá de esta escuela), llevaba a Charles Burnett en portada, umbral de la (estupenda) entrevista de Héctor Porto. El mismo viernes a las once de la noche, el Play-Doc proyectó Killer of Sheep (1977), la opera prima -quizá también la obra maestra- de Burnett. Seríamos cuatrocientos espectadores. Creeréis que exagero, pero todo esto -por junto- es muy raro. Como si este país fuera otro. No sé si mejor, desde luego más civilizado.


A menudo se califica a Burnett como el mejor cineasta negro de la historia del cine americano. Un calificativo tacaño. Charles Burnett es uno de los grandes cineastas americanos. Ni más ni menos. Y bastaría con Killer of Sheep para ganarse esa reputación. La película fue su trabajo de fin de estudios en la UCLA, la rodó en 16 mm y costó diez mil dólares. Me decía Montse en un correo que le había parecido algo tan puro como un poema. Y tiene razón. Killer of Sheep es un puro poema sobre la vida cotidiana en el barrio de Watts, en Los Ángeles.


Burnett enhebra momentos desde el puro gesto fílmico -la captura de la gracia del movimiento-, secuencias de pura comedia y  hasta escenas de puro cine musical, desbordantes de verdad.


Como ese plano secuencia prodigioso con la pareja protagonista moviéndose al son de This Better Earth, de Dinah Washington, sacando a bailar el erotismo, el deseo, el desgarro, la amargura, la melancolía... Una de las grandes escenas del cine americano. De siempre.

Tengo recuerdos que no parecen míos, 
como una tarta a medio comer, 
o pieles de conejo tendidas 
en la valla del patio trasero...

Una hora después de acabada la película, Burnett continuaba aún hablando con los espectadores. Luego nos fuimos callejeando, con Lilian, con nuestro hijo, con Isa, con Ricardo, palabreando Killer of Sheep, hermosa e inagotable, como nos ha (mal)acostumbrado el Play-Doc todos estos años. Y creeréis que exagero, pero es que todo esto no es normal. Sólo es verdad.


Otro día volveré sobre este poema de cine, pero hoy me quedo a solas con la resaca de esas horas memorables con Charles Burnett en Tui.

11/10/15

El ángel de Aki


Ayer fui a Santiago a encontrarme con Aki Kaurismäki. Un encuentro que me propuso, alentó con delicadeza y acordó con primoroso cuidado Montse Carneiro, la coordinadora de Fugas (el suplemento de cultura de La Voz de Galicia). Kaurismäki me hablaba en portugués y yo le hablaba en gallego; en alguna que otra ocasión echó mano del inglés y ahí ofició de traductor Víctor Paz Morandeira (director de A cuarta parede, una espléndida revista digital de cine) que también grabó el audio de nuestro palique. En un par de semanas -tras su publicación en Fugas- traeré aquí el relato del encuentro, ahora os dejo, como aquel que dice, un tráiler.

Kaurismäki con su director de fotografía Timo Salminen 
en el rodaje de Le Havre.

En un momento de la conversación, le comenté a Kaurismäki algo que había leído (no recuerdo dónde) sobre el rodaje de Le Havre. Por lo visto, en cuanto se acabaron las tomas en el barrio antiguo habitado por la comunidad utópica que ayuda a Idrissa -el niño inmigrante ilegal- a reunirse con su madre, aquella localización empezó a ser demolida. Kaurismäki asintió con pesar:
Siempre me pasa lo mismo. En cuanto coloco la cámara para filmar en un lugar, ya viene la caterpillar detrás. No hago historia, pero mis películas documentan el pasado. 
No hará historia, pero ese ángel de la historia (del que hablaba Benjamin), con el rostro vuelto hacia el pasado que contempla como una única catástrofe donde se amontonan las ruinas, vela por la mirada de Aki, preñada de melancolía, para iluminar y preservar la memoria de lo que ha desaparecido.