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24/1/10

Una cara de ángel, el ogro y un lobo feroz

Ante la perspectiva de varias semanas a pico y pala (léase escribir con la única motivación de pagar las facturas), uno se ha curado en salud y se ha entregado este fin de semana a un uso gozosamente improductivo del tiempo. Y como si la meteorología quisiera pasarnos la mano por la espalda con el aquel de "venga, hombre, ya verás como lo vas a pasar bien después de todo", nos ha regalado un domingo luminoso y azul como esos días de la infancia de los últimos versos de Antonio Machado. El camino de las dunas, que se llama Camiño do Río do Mar, desprendía una fragancia húmeda y la vegetación reverdecía con las últimas lluvias que han sembrado los arenales de cursos y ojos de agua.

Jean Simmons

Ayer nos enteramos de la muerte de Jean Simmons, cuánto me gustó siempre esa actriz (bueno, y la mujer, una belleza de las de antes, diríamos), la hemos disfrutado en muy buenas películas desde Cadenas rotas (1946), la adaptación de Grandes esperanzas de Dickens por David Lean, pasando por el Hamlet (1948) de Laurence Olivier, Ellos y ellas (1955) de Joseph Mankiewicz, Horizontes de grandeza (1958) de William Wyler, El fuego y la palabra (1960) de Richard Brooks, hasta Espartaco (1960) de Stanley Kubrick. En su día me conmovió en Con los ojos cerrados (Richard Brooks, 1969) pero no volví a verla y no sé si me gustaría tanto a estas alturas.

Ayer, a modo de merecido homenaje póstumo volvimos a ver Cara de ángel (1952) de Otto Preminger, lástima que tuviera que rodar esa película con una peluca, por lo visto el suyo se lo había rapado después de una bronca con Howard Hughes, que produjo el filme de Preminger cuando gobernaba la RKO, y aprovechó para vengarse de la actriz metiéndola en el reparto de Cara de ángel para que no se fuera de rositas sin haber trabajado hasta el último día que estipulaba el contrato. Como el tiempo se echaba encima y apenas iban a contar con dieciocho días de rodaje, Hughes le encargó la película a Preminger, un déspota redomado que hizo repetir una y otra vez la escena de la bofetada de Robert Mitchum a Jean Simmons, quejándose de que el actor no la abofeteaba con la suficiente fuerza, hasta que Mitchum se volvió hacia el director, le soltó una bofetada con todas sus ganas y le preguntó si era así de fuerte como le gustaba. Jean Simmons tenía 22 años y borda ese papel de mantis religiosa.

Leo la última novela de Jordi Soler, La fiesta del oso. No había leído nada suyo, y me tentó ésta por una recomendación que dejó Javier Cercas en uno de sus artículos. Yo fui de esos a los que gustó mucho Soldados de Salamina, la novela quiero decir, que no sé por qué algunos lectores se quejaron en su día de que perdiera el tiempo contado la historia de Rafael Sánchez Mazas, justo lo que dice uno de los personajes de la propia novela, cuando Soldados de Salamina trama el desvelamiento de un héroe a su pesar. Bueno, y me gusta cómo escribe, así que le hice caso. La fiesta del oso es otra novela sobre la guerra civil, aunque yo creo que lo raro es que no se hayan escrito más y no se hayan hecho más películas sobre el asunto, porque pocos acontecimientos históricos han cifrado las esperanzas del mundo y han representado una encrucijada más preñada de idealismo, sacrificio y heroísmo. La última novela de Jordi Soler es la tercera de las suyas sobre la guerra civil, o mejor, sobre su propia historia familiar que hunde sus raíces en la guerra civil, pero sus 157 páginas tienen entidad propia y uno lee La fiesta del oso sin echar de menos las otras dos, Los rojos de ultramar y La última hora del último día.


En la página 94 de La fiesta del oso leemos: ...me siento como quien jala la punta de una raíz y al tirar de ella descubre que es mucho más larga de lo que había calculado y que toda esa longitud no es más que una mínima parte de la red de raíces que va ganando grosor conforme se acerca al tronco de un árbol enorme, que está muchos metros más allá, y que es la criatura que mantienen viva todas esas raíces, un árbol inmenso y saludable que me gustaría llamar La Guerra Perdida. Un párrafo que define muy bien el motivo temático de la novela (o de la trilogía de la guerra civil probablemente), pero quisiera resaltar dos elementos compositivos: por un lado, la construcción de la voz narrativa que le permite al lector en dos o tres momentos claves mantener una cierta distancia sobre la narrado, la distancia justa para anticipar lo que vamos a descubrir y vivir esos momentos -diferidos y dilatados con maestría- con una mezcla de incomodidad y conmoción que duele; por otro, la potencia metafórica del texto que sin forzar los hechos nos permite leer una historia de derrota como si se tratara de un cuento terrible con un gigante, una bruja y un ogro en el corazón del bosque.

Y hoy, claro, fui a recoger El País con la motivación añadida de La isla del tesoro que entregaban con el periódico y que algunos de los lectores de esta escuela se cuidaron tan amablemente de que no olvidara. De paso nos enteramos de que Xosé Luís Méndez-Ferrín ya es el Presidente de la Real Academia Galega. Y uno se alegra, sobre todo por la Academia. Las instituciones se engrandecen por los hombres que las ocupan, pobres hombres los que necesitan de las instituciones para engrandecerse, pobres instituciones también. Uno se alegró cuando José Luis Borau fue elegido presidente de la Academia del Cine, porque es un gran cineasta. Y se alegra ahora con la elección de Méndez-Ferrín para presidir la Real Academia Galega porque es un gran escritor.


Xosé Luís Méndez-Ferrín

Arraianos
desde su primera edición en 1991 se convirtió en uno de mis libros favoritos, creo que es el mejor libro de cuentos de la literatura gallega y Lobosandaus, el primer cuento del libro, uno de los mejores que se hayan escrito nunca; sin olvidar Botas de elástico un cuento estremecedor sobre la represión brutal en Galicia aquel verano de 1936. Pero en 1982 había publicado Amor de Artur -creo que acaba de publicarlo Impedimenta en castellano- y allí leímos Fría Hortensia, un cuento inolvidable, y aprendimos fragmentos enteros, porque Ferrín cuando escribe, por encima de todo, mejora el idioma, le arranca ecos olvidados y alumbra resonancias secretas, y por eso engrandece a la Academia que la presida un escritor tan grande. Porque Ferrín es un poeta que en 1976 publica Con pólvora e magnolias, una obra cuyos poemas aprendimos de memoria como antes habíamos memorizado los de Rosalía de Castro o Manoel Antonio. Podéis encontrar una antología de sus relatos traducido al castellano en Fría Hortensia y otros cuentos en Alianza ed., y Con pólvora y magnolias en Hiperión. Por eso resulta triste -y revelador- que en un día como hoy el periódico, en vez de celebrar a un escritor como Méndez-Ferrín, se dedique a subrayar la controversia derivada de su peligrosidad ideológica a cuenta de su militancia independentista y de izquierdas, y que el Presidente de la Real Academia Galega haya tenido que dedicar sus primeras declaraciones a precisar que no es un lobo feroz.

3/9/09

Clave Orión


Siento una especial fascinación por los faros (lighthouse, casa de luz). Si hay algo que sin haberlo vivido puedo experimentar casi en carne viva, es la emoción de un marinero perdido en medio de la bruma, en medio de un temporal, en medio de olas como montañas, y que, en la noche más negra, alcanza a descubrir la estela de un faro. Lo he imaginado tantas veces por estos finisterres que casi forma parte de mi educación sentimental. En estos confines nació y murió uno de mis poetas más queridos. Por la boca de esta ría tan sembrada de arrecifes que sólo deja una estrecha franja navegable, que aquí llaman "o carreiro de Aguiño" (el sendero de Aguiño), dejó atrás el faro de Corrubedo y partió el poeta en una singladura que inspiraría algunos de los mejores poemas de la literatura gallega.


El poeta se llamaba Manoel Antonio y murió tuberculoso, y muy joven (no llegó a cumplir los 30 años), como Robert Louis Stevenson (apenas 44 años). Y como RLS amaba navegar y concebía la navegación como escritura y escribir como una gramática de lejanías y una caligrafía de abismos. Os dejo uno de los poemas que le dedicó a los faros Manoel Antonio:

Hai un faro
Petando nas tebras
cun matinar sonámbulo
tres lóstregos
Silenzo.

Hai un faro
Por antre a noite morte
fai ronseles no mar
que naufragan decote.
Silenzo.

Hai un faro
E agarda polo ninguén
que adiviñe a chamada
do irremediábel solagado lonxe.

Hai un faro
Alén.


Pensándolo bien, no me resisto a dejaros otro poema, uno de sus S.O.S, que también habla de un faro, pero de muchas otras cosas, como nadie hablaba por estos confines en los años 20 (Manoel Antonio murió en 1930), y además hay tanto humor y melancolía en él que vale la pena transcribirlo. Aclaro, no en gallego normativo, sino en el gallego en que lo escribió el poeta. Aún no me explico cómo alguien se atreve a corregir la voz de un poeta. Aquí os dejo este S.O.S:

Todos presentíamos que a noite
preparaba algún sofisma
E o faro estraviado
daba o S-O-S
no morse
-clave Orión-
das estrelas

Eses brazos abertos da vela
son os mesmos do vento
que se despreguizou
Na man do Mar esquencidizo
os loceiros peteiran a bicada
A estrela dos cabarets
cun cigarro nos beizos
pide lume aos catro puntos cardinaes
Pola Galaxia chea de seixos
un astro vello vai co seu farol

Que dan os almanaques
pra esta meia-noite?
Pero aínda non sabemos
de que banda vai chegar a meia-noite
E o faro estraviado
vai esgotar o seu stock de S-O-S.



RLS pertenecía a una estirpe de constructores de faros, su abuelo Robert, su padre Thomas, su tío David Alan. Su tío David Alan construyó una de la joyas de la aquitectura marítima, el faro de Bell Rock.

Faro de Bell Rock

Sección del faro de Bell Rock
durante su construcción


Los hermanos Thomas y David Alan construyeron el faro de St. Abb's.

Faro de St. Abb's

El abuelo Robert construyó una obra maestra, el faro de Skerryvore, cantado por RLS en un bello poema.

Faro de Skerryvore

Faro de Skerryvore


SKERRIVORE

Por el amor de las palabras bellas
y recordando a los de mi linaje
que en el ventoso océano,
años atrás y en tiempos más recientes
pusieron una estrella a los marinos
donde hasta entonces sólo había espuma,
cormoranes y focas:
yo ahora en el dintel de esta cabaña
escribo el nombre de una fuerte torre.

(Traducción de Carlos Pujol)



Cabe imaginar de qué hubieran hablado si RLS y Manoel Antonio se hubieran conocido, pongamos por caso en una taberna de un Valparaíso de un universo paralelo que, según las últimas hipótesis de los cosmólogos, a la luz de las teoría cuántica y de las supercuerdas, no sólo es probable que exista, sino que sería inconcebible que no existieran. Estoy casi seguro de que se hubieran congeniado. En realidad no les hubiera hecho falta hablar. Quizá tan sólo cantar. Una balada. O un alalá. Una canción de marineros. Y luego un silencio, primero largo y luego hondo, para escuchar, primero el viento y luego los adentros. Uno en Edimburgo, el otro en Rianxo. Por supuesto en clave Orión.