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domingo, 10 de mayo de 2015

El metal y la escoria

A diferencia de la Argentina, México ha mantenido una relación errática con la migración de origen hispano. Después de la independencia y como consecuencia del ferviente deseo de construir una identidad nacional, se prohibió el ingreso de los españoles e, incluso, se expulsó a algunos. En 1853 se levantó el veto y comenzaron a llegar los inmigrantes pobres, pero no fue hasta después de la Guerra Civil Española que la legendaria hospitalidad mexicana pudo demostrar a pleno su benevolencia. México, en efecto, se convirtió en el hogar primordial de los republicanos que huyeron para salvar su vida, su libertad o su dignidad de la barbarie franquista. Esa inmigración socialista, agnóstica o atea -anticlerical en todo caso- chocó que la anterior oleada monárquica, conservadora y católica. Ese desencuentro ha sido magníficamente registrado en una novela exótica que acaba de desembarcar en la Argentina. Su autor es un eminente hombre de letras azteca, no muy conocido, ¡ay!, por estos lares, si bien don Gonzalo Celorio (México 1948) tiene una larga trayectoria como catedrático, editor y narrador de depurado estilo, que seduce por sus virtudes clásicas.

Hablemos pues de El metal y la escoria (Tusquets, 315 páginas). El título proviene de un poema de Borges (Everness) que de alguna manera anticipó las nuevas teorías sobre el tiempo del universo atrapado en los agujeros negros:

“Sólo una cosa no hay, es el olvido
Dios, que salva el metal, salva la escoria
y cifra en Su profética memoria
las lunas que serán y las que han sido“.

El metal y la escoria refiere a la familia paterna de Celorio: el padre Miguel, un dechado de virtudes; sus tíos tarambanas que dilapidaron una fortuna y murieron ahogados en alcohol y deudas antes de los cuarenta años. También evoca a los hermanos del autor, los doce peldaños de una esforzada escalera. La siempre complicada fratria, como bien apuntó Noe Jitrik en la presentación de la obra el sábado 2 de mayo en la Feria del Libro. Luisa Valenzuela también vertió elogios sobre Celorio desde el proscenio.

UNA AÑOSA OBSESION

“El libro es una obsesión de cuatro décadas”, explicó el autor mexicano en la bulliciosa Feria del Libro. “Escribí el primer capítulo hace cuarenta años. Lo cual no significa que haya tardado cuatro décadas en terminarla; si así fuera, sería un fracaso como escritor”, bromea. Y reivindica la condición novelesca de su obra más reciente, pues si bien fue edificada sobre hechos reales, la imaginación se encargó de llenar los huecos. “La novela -añade Celorio- es la más sucias de las formas literarias, incorpora toda clase de elementos. Cuando se apega a una forma fija, estricta -caso el naturalismo decimonónico- sufre anorexia, como bien decía Carlos Fuentes“.

Con un procedimiento muy eficaz, Celorio resolvió ese vaivén entre hechos comprobados por un lado, y versiones o mitos familiares o directamente productos de la imaginación, por el otro. Hay una delicada alternancia de las personas verbales. Usa sólo el yo para la propia experiencia y los recuerdos; el cambio la segunda persona la emplea -de manera magistral- para los datos que no ha podido constatar.“Lo que quería saber de mi familia, la novela me lo va revelando; descubro lo que no conocía“, apunta.

La saga comienza con la partida de Emeterio Celorio de una aldea perdida de Vibaño, pequeño caserío de Asturias, trepado en la montaña. En Ciudad de México, labró una pequeña fortuna con la importación y comercio de bebidas alcohólicas después de mil privaciones y trabajo esforzado. Hizo la América, como quien dice. Había llegado, con una mano atrás y otra adelante, como se suele decir también. Pero sus hijos fueron calaveras, estúpidos o alucinados, con la excepción de Miguel, justamente el padre de Gonzalo. Miguel edificó una familia feliz y numerosa, revirtió los daños. Hay un tenue misterio -bien dosificado- sobre la suerte de los tíos del autor. El telón de fondo es, naturalmente, la tumultuosa historia mexicana.

Además de una novela sobre los mayores, estamos pues ante otro caso atractivo de literatura de inmigración, una de las especies más fecundas del continente. Más allá del contenido, la prosa merece elogios. Elegante, clara, con palabras consistentes como las cosas (la frase es de Jitrik) con una cadencia muy seductora y enriquecida con las siempre fragantes voces que vienen del náhuatl: trajineras, escuincle, itacate, sirimique, huacal, merolico, tameme, tezontle, etc. Celorio, por otra parte, es pródigo en listas “para exorcizar la desmemoria, para ejercitar esa especie de erotismo de las neuronas que quieren tocarse, poseerse”.

De lector a lector, un consejo. El metal y la escoria debe ser acompañado por la ingesta con Tres lindas cubanas (Tusquets, 394 páginas, edición 2008, pinche aquí), la novela también autobiográfica en la que discurre la familia materna de Celorio. Una sugerencia al autor. Una sugerencia al autor. Debería completar una trilogía con un texto sobre la tía Luisa, afrancesada, mitómana y caprichosa como toda niña malcriada, gran campeona de las artes en la norteña ciudad de Torreón. ¡Qué personaje tiene allí! No merece lo que Borges dice que no existe, el olvido.
Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.


Calificación: Bueno


domingo, 21 de septiembre de 2014

Calabria tiene quien le escriba

En el último siglo y medio, la llamada "literatura de inmigración" ha sido una de las corrientes más caudalosas de la narrativa estadounidense. Desde Henry Roth hasta Jhumpa Lahiri o Junot Díaz, por citar sólo tres casos eminentes, ha enriquecido la cultura universal con libros imprescindibles, forjados con las identidades y las experiencias (siempre traumáticas y a menudo exitosas) de las comunidades de extranjeros que se han ido añadiendo al meeting pot. Este artículo describirá otro caso ejemplar.

En efecto, la obra maestra de Guy Talese (1932, Nueva Jersey), uno de los campeones del Nuevo Periodismo, honró la tradición de la también conocida como literatura étnica, cuyo rasgo primordial -se ha señalado- es la hibridez y el maridaje, la tendencia a mezclar la autobiografía con la ficción. Los hijos se entregó a la imprenta en 1992; se reimprime veintidós años después en la Argentina. Tres hurras para el sello Alfaguara.

Con admirable estilo prosístico, Talese va remontando a lo largo de 763 páginas (!) el hilo de sus ancestros hasta el siglo XVIII. Nos presenta a padres, abuelos, bisabuelos, primos, tíos y sus vecinos. Recrea su infancia. Hay un aire garciamarqueano en el glorioso afán de dibujar un árbol genealógico.

Decía Marcel Schwob, que "el arte del biógrafo consiste en dar a la vida de un mísero farandulero igual valor que la del mismo Shakespeare". En este caso de Joseph Talese, el padre del autor, un inmigrante calabrés que se estableció como sastre pobre en una una islita de Nueva Jersey dominada por los pastores metodistas. Y con trabajo duro, ingenio y un ambiente favorable, prosperó.

Así pues, viajamos ida y vuelta de Ocean City a la aldea de Maida, en la provincia de Catanzaro, el punto más estrecho de la bota italiana. Recorremos el reino borbónico de Nápoles y las dos Sicilias, las campañas de Garibaldi, el frente alpino de la Primera Guerra Mundial, las casas de alta costura de París, el pequeño reino en Pennsylvania de una magnate de la industria, los guetos italianos de la Unión, las miasmas del fascismo. La travesía resulta siempre subyugante porque, como ocurre en las mejores novelas decimonónicas, la historia personal se combina con el devenir de los países y, en este caso, de un pueblo y una cultura específica de las que tantos provenimos: los italianos del sur. Es probable que nadie haya defendido su causa con tanto ingenio y eficacia como Guy Talese.

FRACASO HISTORICO

Una de las tesis del libro es, en efecto, que la reunificación de Italia en 1860 fracasó a la hora de unir el norte y el sur. Ese abismo cultural y social empobreció a una región feudal, pesimista y envidiosa pero con una admirable capacidad para asimilar los cambios (¿no somos así los argentinos?) y la degradó a la categoría de proveedor de mano de obra barata para las guerras y los trabajos pesados de Occidente. Roma, Estados Unidos y la Argentina se beneficiaron enormemente con esa fractura histórica, que por cierto aún no ha soldado.

Cómo epicentro de la corte de los Borbones españoles, Nápoles tenía el doble de tamaño que cualquier ciudad de Italia, una industria relevante y un agresivo comercio exterior. Todo eso se perdió con la reunificación impuesta por los camisas rojas a cuenta de la burguesía piamontesa.

Pero el texto no se extravía en esos quejidos lastimeros que han arruinado tantas obras bien intencionadas. Antes bien, la erótica de la obra deviene en buena parte de un delicado vaivén entre primera persona y distancia narrativa, y entre la comprensión (lo que la tierra de desdicha hace a las almas) y la condena (no absuelve las mezquindades y supersticiones) del pueblo reconocido.

PALADAR NEGRO

No merece sino elogios el estilo de Talese, un periodista de paladar negro cuya pluma ha descollado en las mejores publicaciones de Nueva York. La novela es de tipo documental, se enriquece con retratos, digresiones, decenas de anécdotas divertidas. Hay capítulos que tienen la autonomía de un cuento, como aquel que narra la sagaz estratagema con que timaron a un mafioso de baja estofa a quien la tijera de un aprendiz de sastre le había estropeado el traje. Hay un paso, delicado y casi imperceptible, de la narración en primera persona a la tercera omnisciente. Hay un esfuerzo metódico por educar al lector, por fijar una posición respecto a los grandes hechos históricos y las cuestiones sociales más arduas. La inteligencia, la sensibilidad y el sentido común se alternan en el timón. Talese no es un escritor de clichés, lugares comunes o estereotipos.

Semanas atrás, La Prensa había publicado un artículo sobre el registro en la Alta Literatura de la Primera Guerra Mundial. Bueno, deberíamos haber incluido también a Los hijos. Dedica casi cien páginas a la carnicería. Antonio, el tío del escritor, fue uno de los centenares de miles de sudistas que el establishment romano-turinés utilizó como carne de cañón para hacerle la guerra a los austríacos, por mera codicia territorial. El conflicto fue una calamidad para Italia. Causó mucho sufrimiento, desquició millones de vidas. Y allanó el camino al poder de un periodista farabute, transfuga, cultísimo, de ambiciones descomunales. Difícilmente encontrarás amigo lector un perfil tan penetrante de Benito Mussolini como el que ofrece este libro.

Estableció la crítica Wendy Lesser un punto interesante sobre la especie que nos ocupa:

 "La mayoría de las autobiografías estadounidenses abrevan de los antecedentes puritanos del país, que incluyen hacer una confesión pública en la cual la pregunta principal que debe formularse y responderse es: ¿cómo yo, que he sido un pecador despreocupado, podré llegar con el tiempo a acercarme a Dios? En la versión moderna y secular, la pregunta podría formularse así: ¿cómo yo, el inconstante o el tonto o el bueno para nada, cuyas bufonadas están leyendo, llegue con el tiempo a convertirme en el hábil escritor cuya obra sostiene el lector en sus manos? Igual que el caso de la pregunta religiosa, la implicación subyacente es: ¿cómo es que, después de todo, las cosas salieron bien?".

Hijo prestigioso de la inmigración italiana, satisfecho por su ascenso social pero nostálgico de la belleza de la simplicidad y la intimidad familiar, Talese ha buscado responder a esa pregunta trascendente.

PEREZA ARGENTINA

Cerramos con una perplejidad. Como Estados Unidos, la Argentina también ha sido tanto un crisol de pueblos como el hogar de millones de italianos pobres del Sur, cada uno de los cuales seguramente tiene una historia interesante que contar. No obstante, con la excepción de Antonio Dal Masetto, Griselda Gambaro y algún otro cuyo nombre desconoce nuestra vasta ignorancia no puede hablarse propiamente de una narrativa de inmigración. Dicho de otra forma, ¿por qué no hay una versión criolla de Los hijos? La respuesta más superficial es que el hecho de trazar una genealogía minuciosa implica ese esfuerzo sistemático que históricamente nuestros escritores han desdeñado. Para bien y para mal, el mainstream de la literatura argentina no ha sido dictado por la transpiración sino por la inspiración, por eso carecemos de novelas oceánicas. Los argentinos no quieren escribir quieren ser escritores, notaba hace mucho, mucho tiempo Ortega y Gasset. Todo permanece igual, como en Calabria.
Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Excelente

sábado, 20 de abril de 2013

Hot sur

Laura Restrepo

Planeta. Novela, 555 páginas. Edición 2013


En algún punto entre la literatura de supermercado y el arte se encuentra esta novela de aventuras y de denuncia. No carece de ambición, por supuesto, incluso ambición política y étnica, pero las ñoñerías, el uso recurrente de lo cursi, la obsesión por el mensaje, y el fracaso (o desinterés) por separar a la autora de sus personajes condenan la obra a la mediocridad. No es para paladares exigentes. El gran novelista, se sabe, es también un demiurgo. Sus creaturas tienen vida propia. Don Quijote no es Don Miguel de Cervantes; ni Madame Bovary es Flaubert. Esa distancia nunca se percibe aquí. Los personajes piensan y hablan, como Doña Laura Restrepo (Bogotá 1950), es decir como una intelectual latinoamericana que hace el numerito del catedrático asqueado por el sistema capitalista, la vida moderna y Estados Unidos en general.

La trama usa la historia de una inmigrante colombiana, injustamente encarcelada por el asesinato de su marido policía y corrupto, para abominar de los horrores del sistema carcelario. Todo preso es político. Una buena conciencia indignada también por el racismo y la xenofobia. El sueño americano se convierte muy a menudo en pesadilla, es el sonsonete. En fin. El manuscrito autobiográfico de María Paz, el diario de su profesor de literatura y un reportaje al papá de éste van desarrollando los hechos. Un melting pot de recursos periodísticos, según la definición de la autora. Cuando la sufrida inmigrante sale de la cárcel se enfrenta a su codicioso cuñado. Crímenes espeluznantes, rituales, se suceden. Se hacen concesiones al gusto popular por el ‘gore’ y las conspiraciones. Dicen que así se venden más libros.

La prosa es transparente y facilona, enriquecida de tanto con alguna metáfora deliciosa, como comparar el juguetón spanglish con el encuentro en la cama de dos amantes inexpertos. El problema con la novela comprometida y maniquea es que no consigue superar los tópicos progresistas. Aburre tanta corrección política.
Guillermo Belcore

Calificación: Regular

PD: En El País de Madrid elogiaron la novela: Vía Crucis del sueño americano

domingo, 12 de febrero de 2012

Una vida de lujo

Jens Lapidus
Suma. Novela policial, edición 2011, 640 páginas.

La novela de fuste contiene también valiosos fragmentos de información. El lector curioso agradece siempre el intento de trazar un mapa lo más aproximado posible a la realidad, máxime cuando se trata del género policial. Esas pepitas de realidad son, en términos literarios, lo más relevante del último tomo de la Trilogía Negra de Estocolmo, ambiciosa construcción de más de dos mil páginas del abogado Jens Lapidus, que cuenta con material de primera mano sobre los bajos fondos y las zonas grises en uno de los países más civilizados del planeta. Pero los paraísos, como se sabe, no existen. El Estado socialista también está acechado por enemigos: mafiosos que provienen de Europa oriental; inmigrantes de primera o segunda generación, cargados de resentimiento; vinkingos de pura sangre obsesionados con acumular una fortuna de la noche a la mañana o con evadir impuestos; corruptos, viciosos, patoteros o inadaptados con el gen bandido (“terroristas del cash”) de todas las procedencias.

No hace falta haber leído las dos entregas anteriores de Lapidus para asimilar la trama. Tres líneas narrativas la componen. La primera narra una guerra en el imperio criminal del Padrino serbio, Radovan Kranjic; la segunda involucra al policía Hägerström, un aristócrata gay devenido en agente secreto para desenmascarar a un lavador de dinero; la tercera la protagoniza una banda de asaltantes, encabezada por el chileno Jorge, que perpetra “el robo del año”. Obviamente, las paralelas terminan convergiendo.

Se ha comparado a Lapidus con el gran James Ellroy. La influencia se percibe con claridad en la decisión artística de construir un artefacto hiperrealista, a contrapelo del mainstream teatral y pretencioso, que encarna Mankell y sus émulos nórdicos. Pero en cuanto al estilo y la ejecución, Lapidus es una versión degradada del escritor norteamericano. Nada bueno puede decirse de la prosa salvo que es muy legible: las metáforas son deleznables (“colgado como el Golden Gate”, “callado como un celular estrellado“), las referencias muy pobres (aluden siempre a la cultura masiva estadounidense), las escenas de acción y de sexo son telegráficas, parecen obra de un chico del colegio secundario. Por fortuna, la traducción es al gusto argentino, rica en lunfardo y palabrotas de nuestras gente: sánguche, cheto, cafisho, concha, jeta, mina, boliche, cana, guita, pancho. Pero volvamos al principio: lo más importante de todo es que los fragmentos de realidad y las historias tienen la capacidad de mantener a un lector exigente aferrado de las solapas hasta la última página, sin aburrirse nunca. No es poco.

Guillermo Belcore
Una versión más breve se publico hoy en el suplemento de Cultura de La Prensa y sus diarios asociados.

Calificación: Bueno

PD: Lapidus da algunos consejos prácticos a aquellos lectores que deseen incurrir en actividades delictivas. ¿Teme que la policía interfiera sus teléfonos móviles? Use Skype, hombre. ¿Quiere lavar dinero? Compre un departamento a un precio oficial subvaluado y véndalo al valor real. Es decir, si sale un millón de dólares: paga la mitad en blanco y el resto en negro. Podrá blanquear así medio millón. Quiere algo más fácil: ronde los casinos y los hipódromos, compré los tickets premiados al 120%. ¡Qué mundo de sinvergüenzas!

PD II: Leí y comenté el primer tomo de la Trilogía. Este me pareció mejor construido. Concluyo que Lapidus está mejorando.

lunes, 10 de mayo de 2010

Tierra desacostumbrada

Jhumpa Lahiri
Cuentos, 348 páginas. Edición 2010. Editorial Salamandra

Hace dos años, se le escapó una necedad a Horacio Engdahl, crítico literario y secretario permanente de la Academia Sueca. A su juicio (al parecer, compartido por otros mandarines de Estocolmo), es "imposible que la literatura estadounidense compita con la europea" por el Premio Nobel porque los autores norteamericanos "no son el centro del mundo literario. Se encerraron como en una isla y ceden a la presión de la cultura masiva en sus libros''.

Tal disparate no sólo comete una flagrante injusticia con eminencias como Thomas Pynchon, Philip Roth o Don De Lillo. También delata crasa ignorancia ante uno de los brazos más fecundos de la caudalosa corriente americana: la llamada literatura de inmigración. Esa subespecie, que aborda de una manera suntuosa las glorias y los fiascos del beso entre culturas y la pugna intergeneracional, ha encontrado otra pluma magnífica. Su nombre es Jhumpa Lahiri (1967). Nació en Londres, de padres bengalíes y a los tres años se asentó en Rhode Island. Ya escribió tres libros: una novela y dos volúmenes de relatos que atraparon la imaginación tanto de la crítica como del público. El último acaba de llegar a la Argentina. Tierra desacostumbrada fue un éxito de ventas y The New York Times lo eligió Mejor Libro del Año 2008. La señora Lahiri puede ser comparada con Alice Munro; ambas autoras sólo explotan asuntos cruciales: el amor, el parentesco, el trabajo, la identidad, el sentido de vida, la muerte. Se asemejan también en otro punto: esculpen cuentos largos tan admirables que nos hacen olvidar para qué el hombre había inventado la novela.

Cinco más uno
Tierra desacostumbrada encierra cinco cuentos y una nouvelle extraordinaria y melancólica. La preocupación estil¡stica es constante. Estamos ante una artista capaz de elevar al Parnaso hasta la mera descripción de un acto sexual (página 139). Lahiri narra con una prosa minuciosa, elegante, rica en inferencias y recursos novelescos como el preámbulo, el desarrollo o el circunloquio. Demuestra gran talento para encontrar el adjetivo justo. Pero, quizás, la mayor virtud de la escritura radica en su capacidad para suscitar emociones. Cada una de las historias del libro provoca ternura, ansiedad, turbación, pesadumbre o bien nostalgia. "Es dif¡cil pensar en algún otro escritor contemporáneo que sea capaz de dar tanta dignidad a sus personajes", notó un comentarista de The Times. La escena de la ama de casa en su jard¡n, desairada por un amor prohibido, intentando reunir la valent¡a necesaria para encender un fósforo y acercarlo a su sarí empapado en querosén, es un ejemplo cabal de la potencia dramática del libro.

Esto no significa que se trate de una literatura ñoña o sensiblera. La autora tiene plena conciencia de la complejidad de los sentimientos. Como todo lector inteligente sabe, el maniqueísmo estropea la literatura y es raro en las relaciones maritales, fraternales e incluso entre padres e hijos. Las creaturas de Lahiri -como la señora Sudha- suelen tener "una abrumadora sensación de pesar aunque no saben exactamente por qué''. No son felices ni infelices, tal como ocurre con la mayoría de nosotros. Hablando de Sudha, ese trepidante relato en el que una familia debe lidiar con el alcoholismo de uno de sus vástagos es una de las cimas del libro. Al parecer, en la exitosa comunidad india de Occidente nada resulta más demoledor y paralizante que el fracaso de un hijo. Todos deben contribuir al inmenso c¡rculo de logros que están obteniendo por todo Estados Unidos e Inglaterra muchos bengalíes como cirujanos, abogados y científicos o autores de artículos de primera plana del Washington Post.

¿Desarraigo?
El título del volumen evoca una cita de Nathaniel Hawthorne: "la naturaleza humana no dará fruto, al igual que la papa, si se planta una y otra vez durante demasiadas generaciones en la misma tierra agotada. Mis hijos han tenido otros lugares de nacimiento y, hasta donde alcance mi control sobre su fortuna, echarán raíces en tierra desacostumbrada''.

En efecto, los personajes del libro son inmigrantes indios que se han trasplantado para prosperar en las ciudades del noreste de Estados Unidos, miembros de clase media acomodada y cosmopolita, exitosos en tareas intelectuales, al frente de la empresa -no sin dificultades- de los matrimonios mixtos. Dejaron atrás el calor y el desorden, pero también los casamientos concertados.

Los lectores argentinos encontrarán un aire de familia en los hogares indios que retrata Lahiri. Las comidas, por caso, ocupan un lugar crucial como vínculo afectivo y lugar privilegiado para conservar la tradiciones. No resulta fácil desembarazarse de la influencia de los padres; algunas señoras, por ejemplo, consideran la idea de que un niño duerma solo en su habitación una crueldad típica de los norteamericanos. Es decir, hay una exuberancia afectiva que cualquier latino reconocería como propia.

La señora Lahiri está familiarizada con nuestro idioma. Contrajo matrimonio con un periodista guatemalteco, Alberto Vourvoulias-Bush, director del diario en español con más tirada de Nueva York. A su primer hijo lo llamaron Octavio. Maravillas del melting pot, ese caldero de costumbres, ideas y sueños, donde según se ve, se cuece la mejor literatura estadounidense.
Guillermo Belcore
Este artículo abrió el Suplemento de Cultura del diario La Prensa el domingo pasado.

Calificación: Excelente

sábado, 1 de noviembre de 2008

La maravillosa vida breve de Oscar Wao

Junot Díaz­
Mondadori. Novela, 309 páginas.­ Edición 2008.

Este libro deslumbra a Estados Unidos. Time y The New York Times lo eligieron como el mejor de 2007. Su autor fue galardonado con el Pulitzer y el Premio Nacional de la Crítica. En verdad, los honores no son infundados. Seguramente la Historia lo situará en el mismo anaquel privilegiado que ocupa Llámalo sueño de Henry Roth. Honran ambos el subgénero “literatura de inmigración”.

La obra narra la triste saga del clan León. Cuatro generaciones son víctimas de un embrujo (fuku) o bien del destino funesto de haber nacido en una paupérrima isla caribeña, martirizada por uno de los más detestables tiranos de todos los tiempos: Rafael Leónidas Trujillo, el mulato con ojos de cerdo. El Oscar Wao del título es un nerd sin una pizquita de suerte. Oscuro, feo y obeso son sus sueños yacer con una mujer y convertirse en el Tolkien del Tercer Mundo. Su vida bascula entre la República Dominicana y los suburbios bravos de Nueva Jersey, conocidos en general como Negrápolis.

Junot Díaz nació en Santo Domingo en 1968, emigró a los seis años y hoy enseña literatura creativa en el Instituto Tecnológico de Massachusetts. Escribió en inglés esta novela consagratoria. Tardó once años en concluirla. Su prosa combina energía y sensualidad antillana, elementos autobiográficos (Yunior es su alter ego), gotas de realismo mágico. Hay un agradable uso del spanglish ("Es un old school pa' eso"). Hay escenas de maldad que realmente cortan el aliento. Hay un mestizaje sabroso entre la cultura erudita y el pop. No es desatinado postular que se trata del escrito más seductor que se ha publicado este año en la Argentina. Se devora con placer y estupor desde la primera a la última página. Y pronto será una película, producida por la Miramax y dirigida por el brasileño Walter Salles.­
Guillermo Belcore­
Publicado en el suplemento cultural del diario La Prensa.­

­Calificación: Excelente­

­PD: Bueno, aquí la tenemos. Sentencio que este es el mejor libro que he leído en 2008. A pesar de sus defectos, tiene todos los ingredientes que me encantan.

jueves, 28 de agosto de 2008

Fuera

Susanna Tamaro­
Seix Barral. Cuentos, en 141 páginas. Edición 2008.
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En 2002, Susanna Tamaro (Trieste 1957) hilvanó cuatro relatos por una causa noble: defender a los inmigrantes, denunciar la idiotez, ruindad y egoísmo de sus compatriotas frente a los miles de desesperados, de piel caoba o canela, que irrumpen en pos de un tesoro llamado Italia. El camino del infierno, por desgracia, está empedrado con buenas intenciones. Es posible que este libro sea uno de los peores que haya escrito una de las más populares (y polémicas) plumas italianas.

Las historias son muy tristes. Todas desembocan en la muerte. Nabila, una viuda proveniente de Sri Lanka, intenta cruzar la frontera a través de bosques tenebrosos y helados. Trae al invierno alpino a su chiquito de cuatro años, descalzo y en remerita. El desenlace es obvio. No es el único error: la traductora del cuento confunde Eslovaquia con Eslovenia.­

Salvación se llama una joven filipina que sueña con ser monja y cae en manos de una pareja de profesores vagamente izquierdistas. La señora la estafa y el marido se sacia con su cuerpo. Una moto de agua le termina arrancando la cabeza. El protagonista de la tercera historia se llama Arik. Nació en el centro de Africa y es adoptado por un matrimonio de Milán, sin hijos, sin caridad, sin un ápice de inteligencia. Cierran el volumen, las peripecias de Rosella, inquietante morena de Cabo Verde. Fue contratada como empleada domestica por un octogenario obsesionado con el orden y el respeto.­

La prensa progresista ha crucificado a Tamaro, la abadesa, por razones ideológicas. Es una hija fiel de la Iglesia y una severa crítica de la hipocresía de los bien pensantes. Es cierto que su producción literaria bascula, generalmente, entre la buena ficción sentimental y las ñoñerías moralistas. No conviene buscarla en estos textos feos, degradados con estereotipos y fantasmas.­
Guillermo Belcore­

­Calificación: Malo­