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domingo, 17 de marzo de 2024

BlackBerry, el comienzo de la historia

 


Una de las tantas traducciones de Proverbios 16: 18 al 19 dice así: "Tras el orgullo viene la destrucción; tras la soberbia, el fracaso". En 2007, la altanería de dos constructores de imperios -el visionario Mike Lazaridis y el vendedor implacable Jim Balsillie- dio inicio a la destrucción de la empresa canadiense que había causado una revolución en las telecomunicaciones y el universo laboral. BlackBerry pasó de controlar entre el 30 y 45% del mercado de telefonía móvil en los albores del siglo (difieren las fuentes) a cero en la actualidad. Una película independiente filmada, justamente, en Canadá, narra esa apasionante historia de auge y decadencia. Puede encontrarla en Amazon Prime.


BlackBerry, el comienzo de la historia es un drama biográfico, filmado en 2023. El guión adapta, con absoluta libertad, el libro Perdiendo la señal: la historia no contada del extraordinario crecimiento y la espectacular caída de BlackBerry de Jacquie McNish y Sean Silcoff. Lazaridis es interpretado por Jay Baruchel; Balsillie, por Glenn Howerton. El director Matt Johnson también actúa: es Douglas Fregin, el mejor amigo de Mike y confundador en Waterloo (estado de Ontario) de Research In Motion, la empresa de software que lograría con una manufactura prodigiosa modificar la forma en que los influyentes trabajaban y se relacionaban con sus empleados, sus clientes y sus pares. La tecnología nos hace. El medio es el mensaje, sentenció para siempre otro canadiense ilustre, el profesor Marshall MacLuhan.


RIM fue como un meteoro deslumbrante que cruza los cielos. El mismo Barack Obama llegó a decir que no se imaginaba su existencia sin el BlackBerry. Pero ya en 2013 su cuota de mercado había caído al 3% en América. El ingeniero talentoso Lazaridis y el tiburón de los negocios Balsillie fueron obligados a dejar el timón de una empresa que en pocos años pasó de ser la más valiosa del Canadá a perder el 90% de su capacitación bursátil.


¿Qué pasó? ¿Qué error garrafal habían cometido? Subestimaron la revolución iPhone. Pantallas táctiles, desarrollo independiente de aplicaciones, prioridad al concepto blando de "experiencia del usuario", acceso ilimitado a las redes sociales, productos atractivos y accesibles para todo el pueblo no exclusivos para la casta, incremento constante de las prestaciones. Y, sobre todo, que las corporaciones telefónicas puedan aumentar su rentabilidad facturando al cliente por cantidad de datos, novedad que Lazaridis recibió como obstáculo no como oportunidad ("¡Cada iPhone gasta la misma cantidad de datos que 5.000 BlackBerry!", se queja en la película). "Tu problema es que un minuto es sólo un minuto", le espeta sin rodeos a Balsillie en un aeropuerto de Georgia un peso pesado de AT&T cuando le rogaba que no abandone el barco para saltar a la cubierta de una Apple que iba a convertirse en la firma más valiosa del planeta hasta el día de hoy.


Como si fuera poco, la explosiva aparición del sistema operativo Android de Google que permite replicar las maravillas funcionales del iPhone en todos los aparatos que llegan de Oriente (algo similar a lo que había conseguido Microsoft con el Window en las computadoras domésticas) fue el último clavo en el ataúd de BlackBerry, cuya reacción a tan formidable desafío fue tardía, confusa y torpe. Dicen que lo peor que puede hacer un artista es enamorarse de sus ideas. Termina sacrificando la creatividad.


MUNDO GEEK


La cinta comienza en 1996 cuando dos jóvenes nerds (Lazaridis y Fregin) intentan vender al buitre Balsillie su nuevo invento: el PocketLink. Los chicos habían logrado resolver una encrucijada de la transmisión inalámbrica de datos y diseñaron al antecesor del BlackBerry. Crearon "la oficina de correos más pequeña del mundo". Y portátil. Balsillie no les hace caso de momento, pero algo queda resonando en su cabeza. Después de ser despedido de la firma donde trabajaba por rebelde e inescrupuloso, se convierte en inversor independiente. Hipoteca su casa para comprar un tercio de RIM y el cargo de codirector ejecutivo. Aporta la cuota de racionalidad empresarial que necesitaban los frikis para el despegue. Le venden a Bell Atlantic (hoy Verizon) el primer dispositivo de mano que puede conectarse a una red a escala comercial. El tándem Lazaridis-Balsillie -tan distintos el uno del otro- acelerará la revolución tecnológica en Occidente al comprender la importancia de la mensajería móvil.


Resulta fascinante el contraste que plantea el falso documental entre el caótico mundo geek de los ingenieros, tan pueril como disruptivo, con los hombres de negocios tradicionales, contratados en RIM para mantenerlos a raya (gran papel de John Ironside, estereotipo del hombre duro, como Charles Purduy). En 2002, los smartphone BlackBerry salen a la arena del circo y conquistan a las élites con su elegante teclado QWERTY y su practicidad. Incluso, generaron una suerte de adicción que fue designada como CrackBerry, "palabra nueva del año 2006" e incorporada por el diccionario Webster 's New World Dictionary. Qué anacronismo, verdad.


Vemos en la pantalla como Balsillie se las ingenia para frustrar en 2003 el intento de adquisición hostil de Carl Yankowski, director ejecutivo de Palm, otra pionera que terminó desapareciendo del mapa. Vemos como le roba mentes brillantes a otras empresas tecnológicas para resolver el colapso de la red telefónica. Para ello, usa opciones sobre acciones (a Paul Stannos de Google le promete diez millones de dólares de prima de ingreso), maniobra delictiva que arroja a los mastines de la Securities and Exchange Commission (SEC) al cuello de las autoridades de RIM (Balsillie casi termina en la cárcel).


Hasta que llega el año fatídico de 2007. Por entonces, sólo Nokia vende más smartphones en el mundo que Blackberry. La rutilante presentación de (suenan las trompetas) Steve Job encuentra a RIM distraída. Es el núcleo incandescente del film. Mike está acorralado por la SEC. Jim, obsesionado con la compra de algún equipo estadounidense de hockey sobre hielo para mudarlo a Canadá. Con una mezcla de admiración, miedo y perplejidad, los cerebros de la empresa canadiense reciben el lanzamiento del iPhone. Cambiaban las reglas del juego. La respuesta, como se dijo más arriba, nunca fue la apropiada y, como consecuencia, hoy ya no se fabrican más los teléfonos BlackBerry. Se convirtieron en una hermosa historia para ser contada con una valiosa enseñanza: si te dedicas al mercado tecnológico, innova permanentemente o perecerás.


Como nota al pie de página, digamos que Fregin se convirtió en uno de los hombres más ricos del mundo al vender su paquete accionario de RIM en 2007, después de pelearse con su viejo amigo Mike.


EL PRESENTE MODESTO


Parece que los nuevos dueños de RIM (rebautizada BlackBerry Limited) siguen al pie de la letra el consejo del proverbio bíblico de perseguir la humildad. Veamos su derrotero (barranca abajo) en los últimos diez años.


En 2016 anunciaron la subcontratación a los chinos de TLC de toda la producción de aparatos. La idea era que se encargaran del hardware, mientras los canadienses se centraban en el software. Ya no fabricarían más teléfonos. Pero la nueva camada no usaba el sistema operativo propio, sino que corrían sobre Android. Ni siquiera arañaron el mercado. En enero de 2022, ¡kaput! Todo los aparatos quedaron obsoletos cuando la firma dejó de darles soporte. Ahora, BlackBerry se dedica a producir software de ciberseguridad y ofrece otros servicios para empresas y gobiernos. Es muy apreciada en el segmento de comunicaciones seguras, incluso por la CIA.


Qué es de la vida de Mike Lazaridis y Jim Balsillie, se preguntará usted. Bueno, los socios crearon un fondo de inversión para desarrollar las tecnologías cuánticas (palabrita de moda esta década), se abocaron a la filantropía en el área de la educación y a contar su mejor historia por todo el mundo. Con la perspectiva del paso de los años, uno no puede dejar de ver los últimos minutos sin gritarle a los protagonistas: "¿Qué están haciendo pedazos de tontos", escribió la crítica inglesa Wendy Ide. Es la fatal arrogancia, amiga. ¡Ah, por cierto!, las dos horas de película se pasan volando.

Guillermo Belcore


Calificación: Muy buena

domingo, 16 de julio de 2017

El exótico 007 que volvió del frío

Muchos escritores de fuste han embellecido páginas de diarios y revistas; por el contrario, pocos periodistas de raza han logrado escalar al Parnaso. Una de estas rara avis llamada George Orwell lo explicaba así: para poder dedicarse de cuerpo y alma a la literatura, uno necesita ganarse la vida con una profesión que no te absorba todas tus energías creativas. Vale decir, es mejor vender boletos en el subterráneo que fatigarse en una redacción o ser docente de tiempo completo. El inglés Lionel Davidson (1922-2009) también puede considerarse una excepción. Su talento le permitió dar el gran salto.

Hijo de inmigrantes judíos de Europa oriental fue un hombre de acción. A los quince años, ya era cadete en un periódico. Sirvió durante la II Guerra Mundial como telegrafista en la división de submarinos de la Royal Navy. Luego se unió a una agencia de noticias como fotorreportero, y se las ingenió para infiltrarse en la Praga comunista. En la capital checa, justamente, ambientó su primera y exitosa novela (La noche de Wenceslao, 1960). Vivió diez años en Israel, incluso en un kibbutz. Se recuerda hoy a Davidson como uno de los mejores escritores del género de espionaje (Graham Greene lo adoraba). En 1994, rompió un silencio de dieciséis años al publicar Bajo los montes de Kolima. La crítica lo aplaudió de pie. Afortunadamente, el sello Salamandra acaba de rescatarla. Aquí, se intentará explicar por qué es una novela extraordinaria.

El texto nos lleva a los primeros años de la Rusia postsoviética, ese gigante empobrecido. Un agente (freelance) de la CIA debe infiltrarse en una base del extremo norte de Siberia, el lugar más secreto de la URSS, el menos accesible del mundo, acaso. Allí, en Aguas Negras (Tchorni Vodi), se fabrica algo sacrílego. Por un sendero tortuoso había llegado a Occidente desde la remota región de Kolina el llamado de auxilio de un científico ruso, un biólogo que clama por la presencia de un colega canadiense a quien conoció una noche de alcoholes en Oxford. Naturalmente, la inteligencia británica y la estadounidense no dejaron pasar tan promisoria oportunidad de otear en los secretos del adversario, a pesar de que a priori luce como una misión suicida.

Como cualquier otro producto de un género que siempre linda con lo inverosímil, el lector debe tragarse algunos sapos. El más grande todos, digamos un batracio de dimensiones antediluvianas, es aceptar el hecho de que un profesor canadiense -indomable antropólogo y lingüista de la etnia gitksan- puede convertirse en un eficaz 007, con la habilidad de engatusar a media Rusia, hablar quince idiomas y armar él solito pieza por pieza un vehículo todoterreno en una cueva inhóspita mientras en el exterior la temperatura se desploma hasta los sesenta grados bajo cero.

El protagonista de este libro, en efecto, es un James Bond de origen indioamericano. Johnny Porter, el incansable. Si acepta esta premisa, la trama lo mantendrá aferrado de las solapas hasta la última página. La acción es vertiginosa, en especial en las últimas doscientas páginas cuando la KGB lanza la cacería de nuestro héroe.

El simple arte de narrar (de manera oral o escrita) es una cualidad milenaria que la crítica esnob suele desdeñar (a estos plumillas, al parecer, sólo les mueve el sismógrafo la experimentación de la forma). No obstante, es un hecho estético. Sólo los buenos novelistas tienen el don. ¿Cómo detectarlo? George Steiner sugería leer de pie, en un vagón de ferrocarril de tercera categoría, un día caluroso. Si el tiempo vuela, ese escritor ha sido dotado con la gracia. Como Davidson. Uno engulle treinta, cincuenta páginas del thriller casi sin pestañar.

Se trata de una obra de imaginación razonada, ese procedimiento típicamente anglosajón que Borges amaba y que resulta rarísimo en español. Las descripciones de las colmenas y las acciones humanas son minuciosas, riquísimas en detalles, muy bien documentadas. La trama se demora en la explicación de las lenguas aborígenes del Canadá, el funcionamiento de las líneas marítimas y los puertos, la orografía, sociedad y economía en la taiga, etc.. Queda demostrado que Davidson era un escritor concienzudo, es decir un demiurgo que hacía su faena con mucha atención, esmero y detenimiento. Thomas Mann estaba en lo cierto cuando notó que sólo lo exhaustivo resulta interesante.

En total, Davidson escribió ocho novelas para adultos y otras tantas para jóvenes, algunas con seudónimo. Bajo los montes de Kolina se considera su obra maestra. "Como relato puro de aventuras, esta novela tiene muy pocos rivales", establece en el prólogo Philip Pullman. Tiene toda la razón. Además, hay una hermosa historia de amor.
Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno


domingo, 15 de enero de 2017

El bosque infinito

POR GUILLERMO BELCORE

Cumplidos los ochenta años, Annie Proulx (Connecticut, 1935) entregó a la imprenta una obra maestra. Una memorable travesía por cuatro continentes y dos océanos que abarca más de trescientos años. Una denuncia convincente de la codicia, avaricia y gula del capitalismo. Una épica sobre el medioambiente, como elogió la crítica diaril. El bosque infinito (Tusquets, 843 páginas) es otra expresión magnífica de Su Majestad la novela oceánica, desbordante de sucesos e ideas. El árbol más frondoso y nutritivo del Parnaso literario.

 La señora Proulx (pronúnciese `Pru') es un caso raro de la literatura estadounidense. Escribe desde la adolescencia, pero empezó a publicar ficción después del medio siglo de vida. En este blog, ya habíamos elogiado nueve años atrás (cómo pasa el tiempo, ¿no?) la novela Un as en la manga, en la que expresa sus razonables preocupaciones ecológicas por los espantosos criaderos de cerdos en el pandhandle de Texas. Proulx recibió los dos premios más importantes de su país, el Pulitzer y el National Book Award, y saltó a la fama por la adaptación cinematográfica de uno de sus cuentos: Secreto en la montaña. No fue la £nica vez que el séptimo arte se apropió de sus escritos.

 En esta ocasión, Proulx ha inventado dos genealogías que comienzan en 1693 con la llegada de René Sel y Charles Duquet, en calidad de siervos, al Virreinato de la Nueva Francia esa extraña anomalía seteptrional que duró dos siglos y se extendía desde Quebec hasta Nueva Orleans. El contrapunto entre las familias le permite a la autora exponer a la luz de la razón una antinomia histórica, existencial y ética. Los mestizos descendientes de los Sel encarnan la visión ecológica de los pueblos originarios y soportan la explotación y el exterminio de los invasores blancos. La estirpe Duquet (luego Duke, para integrarse en calidad de plutócratas al torrente inmigratorio de Estados Unidos) es la quintaesencia de la rapacidad individual y empresaria que ha prosperado en esa entidad espiritual que llamamos Occidente so pretexto de cumplir un mandato bíblico: ``Están obligados a hacer uso de la Tierra''. Arrojó la artista a una sonda a las profundidades de la mentalidad estadounidense y no le gustó las alimañas que ha encontrado.
 
A LO DICKENS

 Es ésta una obra colosal a lo John Irving y, por consiguiente, a lo Dickens. Tardó Proulx dieciséis años en concluirla. Es una novela de ideas, también de aventuras, asimismo de aprendizaje de los vencedores de la Tierra hasta la eclosión de una conciencia ecológica. A lo largo de tres siglos, los avances tecnológicos están en primer plano pero las figuras históricas sólo son sombras.

 Muy bien documentado, y con una prosa potente y directa (bella por momentos) pero un desigual manejo de la escena, el libro ofrece toneladas de información sobre asuntos muy interesantes como el genocidio del pueblo mi'kmaq, las proezas de los voyageurs franceses, el comercio y la marinería holandesa, la fraternidad del hacha en los campamentos, el negocio maderero, las masacres coloniales de mujeres y niños (­ah, los ingleses!), la indecencia de estadounidenses y anglocanadienses en sus tratos con los aborígenes, el nacimiento de Detroit y Chicago, el ultraje de Nueva Zelandia, entre decenas de subtemas. Hay cierto regodeo con la muerte de los personajes, una mota bastante desagradable. Con el afán de remarcar ciertas ideas, hay también una cuota innecesaria de maniqueísmo y simplificación.

 No obstante, el quid del libro -de ahí el título- es el expolio de la tala en los bosques boreales de América, el demencial derroche de madera, la destrucción de aquella pureza gélida, la erosión, el arrasamiento de la riqueza forestal sin detenerse a pensar en el futuro. Causan tristeza e indignación los arrebatos báquicos de depredación. Al parecer, nunca es suficiente para las aves de rapiña que consideran que el saqueo es lo correcto.

 En una entrevista con ABC de Madrid, la escritora dijo estas sabias palabras: 


"Necesitamos silencio, plantas y árboles, agua que corra en libertad y cambios fuertes de temperatura; necesitamos la vista desde lo alto de una montaña, saber que el deshielo proporciona el agua a las ciudades que estaban abajo, vivir las tormentas para conservar la salud y la cordura y sacar el máximo partido a la vida. Hace poco leí que un estudio ha relacionado el ruido del tráfico y el estrés asociado a él con la enfermedad de Alzheimer. Es algo que da que pensar: ¿puede ser que una vida cruzando calles repletas de tráfico haga que te pongas enfermo?''.

OTRA CULTURA


Al fin y al cabo, la autora quiere hacernos entender que los indígenas gestionaban mejor el bosque que los colonos blancos. Nos lleva incluso a China en los primeros capítulos para mostrarnos antiquísimas formas de veneración del árbol. Tian ren he yi es un concepto inmemorial que refiere el estado de armonía entre el hombre y la naturaleza. Ning£n europeo (o descendiente de ellos) puede sentirlo. También visitamos Oceanía para descubrir lo que nuestra avidez causó en los bosques más antiguos del planeta, nunca profanados por un animal herbívoro.

 El animismo pagano -según este libro- tiene algo que enseñarnos a los cristianos: 


``El bosque es un organismo vivo, dotado de la misma vitalidad que los ríos, rebosante de dones en forma de medicinas, alimentos, cobijo, materias primas para las herramientas. Uno vive en armonía con la foresta y muestra agradecimiento''.

 Es obvio que para nuestra cultura -intoxicada por la tentación del lujo y el deseo inextinguible de mercancías- suena romántica una visión que postule que es mejor cazar y confeccionar las cosas que uno necesite, que trabajar por una paga. Empero, merece respeto la visión holística que entiende que una especie de fuerza invisible aúna las cosas en un todo: animales, espíritus, personas, árboles, mar, clima. Es probable que hoy no estaríamos padeciendo el cambio climático si al menos una parte de las sabidurías no occidentales hubiese sido asimilada en alguna forma de sincretismo que vincule el conservacionismo con el progreso tecnológico.

Aquellos lectores que piensen que se trata de un drama ajeno a los argentinos deberían tomar nota de las protestas de Greenpeace (una de las conciencias de la humanidad) por una nueva ley de Córdoba que abrirá las puertas para el desmonte de los últimos recursos forestales con el fin de destinar esas tierras a la ganadería, como si este país careciera de espacio para criar vacas. El hecho es que a la querida provincia mediterránea le quedan sólo el 4% de los bosques nativos que existían a la llegada de los españoles. De 12 millones a 500 mil hectáreas. Nunca es suficiente para la rapiña.

Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Excelente

domingo, 6 de abril de 2014

Canadá

Richard Ford

Anagrama, 515 páginas. Novela. Edición 2014
Provocan las obras de Richard Ford una agradable sensación, la sensación de que se está en presencia de un auténtico novelista. A diferencia de esos plumíferos haraganes que nos roban el valioso tiempo, el escritor de Mississippi sólo trabaja con cuestiones trascendentes. En esta ocasión, aborda un misterio: por qué adultos medianamente inteligentes son capaces de convertir su existencia (y la de sus hijos, incluso) en un desastre. Por alguna razón, hay mucha gente que ansía hacer algo impresionante, sin medir las consecuencias. Ford también esboza una teoría sobre el destino y el carácter que refuta el espíritu de nuestra época cándida, en la que los conductistas van ganando la batalla cultural. Aunque nos duela pensarlo, existen los criminales natos.

Se narra en primera persona. Es la evocación melancólica de alguien que ha sufrido. Esa voz conmovedora ha sido comparada con la de Huckleberry Finn, nada menos. Dell Parsons tenía quince años cuando sus padres decidieron robar un banco. Pocos días después, la patética pareja de atracadores fue arrestada (la escena es tremenda) y al niño y a su hermana gemela se les cae el mundo encima. Dell se ve forzado a cruzar la frontera para no caer en las garras del Estado de Montana. En Canadá lo acoge un hombre siniestro. Debe presenciar asesinatos.

La lectura resulta francamente adictiva. Vuelan las páginas y uno pierde la noción del tiempo. Pertenece Ford a la formidable raza de escritores que sabe cómo cautivar al auditorio con una historia atractiva, dosificando la fuerza dramática, la información y el suspenso. Dejémonos de tonterías, ¿a quién no le gusta oír una buena historia? La prosa, con sus tersos y armoniosos párrafos, tiene un cadencia fascinante, una especie de música interna, diríamos. He aquí la única virtud primordial de la literatura, se ha sentenciado. Ford es un excelente hacedor de retratos y un artista de la palabra exacta. La traducción no obstruye, en ningún momento, la erótica de una obra magistral que corrobora que la novela oceánica, según el patrón decimonónico europeo, sigue viva y causando un intenso placer.

Guillermo Belcore
Publicada hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Excelente


viernes, 11 de octubre de 2013

El armonioso estilo de relatar


Me siento identificado con una frase que dijo ayer el novelista Antonio Muñoz Molina: “No me cansaría nunca de hablar de Alice Munro ni de leerla”. Por eso, comparto con los amigos de este blog las líneas apresuradas que escribí ayer en La Prensa:


En el Parnaso de la Alta Literatura, sólo existe hoy una persona que puede parangonarse con Jorge Luis Borges: Alice Munro. No incumbe el parecido, aclaremos, al estilo ni la temática, sino a la excelencia. Tanto nuestra gloria nacional como la narradora canadiense han elevado el relato breve a obra de arte. Esta muy bien, entonces, la elección 2013 de la Academia Sueca, tan desprestigiada por anteponer la política a cualquier consideración estética. Se hizo justicia, por una vez.

Hace dos años, el autor de estas líneas escribía en el Suplemento de Cultura de La Prensa:  “¿De dónde obtiene la escritura de Munro su singular eficacia? Del oído, en primer lugar. La gran narradora canadiense tiene un oído excelente para el diálogo vivaz. De la vista, también. Las descripciones son espléndidas; los retratos, perfectos; y los detalles, conmovedores. Los personajes son típicos, en el sentido de que sus preocupaciones siempre nos resultan familiares; pero al mismo tiempo son extraordinarios en mente y alma. Cualquier persona -ésta es la clave- puede ocultar una tragedia o una aventura. Nunca falta la tensión dramática. Munro tiene también buen gusto. Hay abundancia de historias sabrosas; sazonadas con ricas observaciones. ¿Y el olfato? Los relatos de Munro huelen a madera, a nieve, a ropa vieja, a ese mundo más tierno, más estable y más hipócrita que nos causa nostalgia pero que nunca jamás volverá“.

En efecto, la señora Munro tiene una habilidad casi única para envolver al lector dentro de una trama. Puede que su prosa no sea exquisita como la de Borges, pero es trasparente como el agua. Economía de medios e intensidad, la caracterizan. Hay un truco espléndido que usa con frecuencia: el núcleo incandescente del relato se nos presenta por sorpresa, nos asalta con la guardia baja. Ha esculpido relatos de cuarenta o cincuenta páginas que abarcan, incluso, varias generaciones y que nos llevan de uno a otro escenario. Pocos literatos han enviado una sonda tan profunda a las inmensidades del alma humana.

La Academia Sueca saludo ayer el "armonioso estilo de relatar, que se caracteriza por su claridad y realismo psicológico". Suele comparársela a Munro con Chejov. Ella dice, no obstante, que sus influencias son Eudora Welty, Flannery O'Connor y Carson McCullers en los años mozos; y señala a William Maxwell como su gran amor literario.

Alice, de ochenta y dos años, ha confirmado ayer su retiro profesional, después de medio siglo de trabajo fructífero. Deja catorce libros, que -merced al acicate del Nobel- seguramente se van a reimprimir para gozo de los lectores de todo el mundo. Sus textos son clásicos, como los Evangelios están hechos para todos y para cada uno.

Guillermo Belcore


PD: En este blog hasta varias notas sobre la querida Alice. En 2011 pedía a gritos que le concedan el Nóbel (un click aquí). Como dijo el amigo Lucas, puedo morir en paz.

lunes, 27 de febrero de 2012

Provocaciones

Mario Bunge
Edhasa. Ensayo de filosofía, 167 páginas. Edición 2011.

El superhombre que Nietzsche propuso no es la bestia rubia disfrazada de negro y calaveras plateadas, sino algo más pedestre: el individuo con convicciones filosóficas, ajeno a las modas y al oportunismo, que no siente miedo para expresarse y respeta a los más débiles. Alguien como el Mario Bunge que redondean estas páginas.

Un sello editorial reunió artículos que el filósofo argentino ha publicado en dos diarios. El conjunto resulta estimulante pues fuerza al lector a meditar sobre asuntos políticos (¿es el presidencialismo el cáncer de la democracia?), sociales (el inmigrante nos enriquece) y culturales (¿a qué se debe la creencia tan difundida de que la oscuridad indica inteligencia, originalidad o profundidad?). El libro atrapa porque -como notaba Borges- la mera sensatez también tiene capacidad de resplandecer, aunque Bunge, de tanto en tanto, guste provocar con caprichosas generalizaciones. No es del todo descabellado postular que Heidegger fue uno de los mayores macaneadores de la historia moderna, pero repudiar en bloque a toda la filosofía existencialista suena a injusticia, cuando menos. Implica ignorar rotundamente el espíritu de una época.  En segundo lugar, la pretención de Bunge de igualar todo el psicoanálisis al bla-bla-bla parece indigno de un pensador de fuste, si bien la psicolabia porteña -que me perdonen nuestros cincuenta mil graduados universitarios- merece ser azotada en público, entre otras cosas, por su absoluto desdén hacia la investigación.

Bunge se considera un cientificista cuyo modelo de país y sociedad es su patria adoptiva, la pacífica y civilizada Canadá. Hace revisionismo histórico en serio (¿por qué no hay en Buenos Aires una avenida Bernardo Houssey?), no como el que cunde en la Argentina de estos años, puesto de rodillas al servicio del gobierno de turno. En síntesis, los ensayos a vuelo de pájaro están muy bien, porque quien los ha escrito tiene vista de águila. Los recuerdos del autor tampoco carecen de interés. En cambio, los escritos que aspiran a ser literarios pueden tarcharse de pueriles.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno

sábado, 26 de febrero de 2011

Demasiada felicidad

Alice Munro
Lumen. Cuentos, 339 páginas. Edición 2010

Alice Munro nació en 1931 en Wingham, Canadá. Publicó este libro a los setenta y ocho años. Viejos son los trapos, diría mi madre. La mejor escritora viva de relatos breves se mantiene en su plenitud artística. Es muy raro encontrar un volumen de cuentos con una calidad tan pareja; todos los textos son excelentes. La novedad es que son algo más crudos que de costumbre, en tres de ellos se comete uno o más homicidios.

La señora Munro tiene una habilidad casi única para envolver al lector dentro de una trama. Uno se olvida de que afuera hay algo gris, imperfecto y fastidioso a lo que llamamos “mundo”. Su prosa es limpia como el agua; puede que no sea bella, pero es perfecta. Aplica un procedimiento espléndido: el núcleo incandescente del relato se nos presenta por sorpresa, nos asalta con la guardia baja. Los cuentos relatan a menudo el transcurso de toda una vida, los personajes evolucionan o son atormentados por el pasado. Exploran la complejidad de la condición humana; descubrimos que incluso en un somnoliento pueblo de las planicies heladas de Ontario hay una infinita variedad de historias fascinantes.

La escena más rara de los diez cuentos es la de la estudiante universitaria leyendo desnuda poesía de Hausman al benefactor de una amiga. Hay una mujer que sigue visitando al marido en el neuropsiquiátrico donde fue encerrado por asesinar a sus tres hijitos tras una pelea casual. Hay un linyera lúcido que se ha librado de las tonterías del yo y a las relaciones afectivas. A continuación su discurso: “…Me parece tan ridículo que se pretenda que una persona quede atrapada en un traje… O sea, el traje de ingeniero, de médico, de geólogo, y luego crece la piel por encima de la ropa, o sea que esa persona ya no se lo puede quitar. Cuando se nos da la oportunidad de explorar el mundo de la realidad interior y exterior y vivir de una forma que abarca lo espiritual y lo físico y todas las posibilidades de lo bello y lo terrible al alcance de la humanidad, es decir, dolor y también dicha y confusión…”

El volumen también incluye una señora muriendo de cáncer que recibe la visita de un asesino múltiple. Una sofisticada y hermosa profesora de música que es abandonada por el marido, otro genio, por una aprendiza de carpintero, torpe de andares y de ideas, con “una cabeza que pasa lenta e inexorablemente de una estupidez o un lugar común a otro y eleva cada paso a la categoría de ley universal”. Un hombre con un feo antojo morado en la cara evoca el pequeño gran drama de su infancia. Y se nos advierte que los niños son “monstruosamente convencionales” antes de cederle el paso a un tremendo drama en una colonia de vacaciones. Como bonus track, la Chejov canadiense reconstruye la vida y la obra de la matemática rusa Sofia Kovalevski, la primera mujer en ser contratada por una universidad europea.

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Excelente

PD: Descubro en la página ciento ochenta y cuatro este poema de Walter de la Mare (1873-1956). Me conmueve, como casi todos los cuentos de la señora Munro.

“No hay pesar
que el tiempo no cure,
pérdida ni traición
irremediable.
Balsamo para el alma,
aun si la tumba
cercena
al amante del amado
y cuanto comparten.
Mira, brilla el sol,
pasado el aguacero;
las flores lucen su belleza,
¡qué hermoso día!
Que el amor y el deber
no te inquieten.
Los amigos largo tiempo olvidados
quizá te esperen allí donde
vida y muerte
todo igualan.
Nadie largo tiempo te llorará,
por ti rezará, te extrañará.
Tu lugar ha quedado libre,
tú ya no estás“.

viernes, 11 de febrero de 2011

El Nobel para Alice Munro

Diario de un lector apasionado XVIII

Buenos Aires. Independencia y Paseo Colón. McDonald’s. 08.30 PM


Si después de haber aupado irresponsablemente a los Le Clézio y a las Jelinek de este mundo por quienes suspira sólo la frívola mediocracia de los suplementos culturales, los mandarines Estocolmo decidieron enmendarse reparando injusticias (¡comenzaron con el gran Vargas Llosa!) es fuerza que este año el Nobel corone a una dama canadiense nacida en 1931 que demuestra que las espléndidas virtudes clásicas de la literatura no han perdido ni perderán jamás vigencia. Me refiero, sáquense todos el sombrero, a Alice Munro.

¡Qué bien escribe!, me digo una vez más entre trago de café con leche y mordisco de baguel de lomito y queso, mientras me va envolviendo la historia de una chica común y silvestre cuyo marido ve las cosas de una manera especial (“es su manera de ser”) y terminando asfixiando a los tres hijitos como corolario de una pelea inofensiva. Y así todo, Doree va a visitarlo a la institución psiquiátrica donde fue encerrado. Lloyd fue declarado demente y no pudo ser juzgado.

Un ocurrente escribió una vez que los cuentos de Munro son tan pero tan buenos que nos hacen olvidar para qué diablos se inventó la novela. No diré que ha llevado a la narrativa femenina a la cima artística porque no faltará quien me acuse de “sexista”, pero pienso que sólo una mujer (una mujer extraordinaria) puede revelarnos todo de un personaje mencionando detalles de su vestimenta o su peinado. ¡Qué bien escribes!, Alice. Haces creer a tus lectores que narrar una buena historia sobre la complejidad de la condición humana siempre con las notas justas es sencillísimo. ¡Qué va a ser fácil! El noventa y nueve por ciento de los escribidores rara vez lo logra.

Me escapé de la redacción un ratito para olvidarme de Mubarak (¿renuncia o no renuncia ese maldito?). Me sumergí en Demasiada felicidad, recopilación de relatos de Alice Munro que Lumen publicó el año pasado. Demasiada felicidad literaria hay en este volumen. El Nobel de Literatura 2011 para Alice Munro. Antes de que anochezca.

Guillermo Belcore

sábado, 11 de septiembre de 2010

La última noche en Twisted River

John Irving
Tusquets. Novela, 657 páginas. Edición 2010

Ay planes, planes, planes… ¡Cómo hacemos planes para el futuro como si el futuro fuera un hecho seguro!
John Irving

Pudo haber sido otra joya americana. Si no fuera por el absurdo final, el malogrado Ketchup (una caricatura de leñador que parece inspirada en el Sr. Edwards de la Familia Ingalls), la urdimbre
retorcida hasta lo increíble, la candidez política, y las monomanías del autor (las mujeres colosales son las menos desagradables de sus obsesiones) aquí hubieran llovido los elogios. Pero los defectos obligan a calificarla apenas como un “novelón siempre interesante de leer“. Eso sí, se trata de una auténtica irvingneada: desbordante de sucesos, anécdotas y personajes secundarios; riquísimo en sensaciones, complejidad sexual y tragedias domésticas; con gran legibilidad y hábiles saltos en el tiempo. Sencillamente, el autor ha sido dotado con el espléndido don de la narración. Las palabras nunca dejan de fluir.

John Irving lleva al lector desde los bosques de New Hampshire, a la comunidad italiana de Boston; de allí al Vermont rural y a la universitaria Iowa City para recalar finalmente en la elegante Toronto. La trama abarca medio siglo. Se relata la fuga del cocinero Dominic Bacigalupo con su hijo Daniel, a la postre escritor famoso, lo que le permite al autor (que no es un gran teórico) desplegar sus teorías literarias. Huyen de un sheriff malvado. Dan, cuando tenía doce años, había matado de un sartenazo a su novia -una lavaplatos india de ciento cincuenta kilos- que casualmente era amante del padre. La confundió con un oso cuando se encontraba encaramada sobre Dominic. Este es un mundo de accidentes.

Como acostumbra, Irving explora alguna colmena humana. Aquí describe con esmero la vida en los campamentos madereros y el arte del chef. Se nos revela hasta el secreto para la masa de la pizza casera (dos cucharadas soperas de aceite de oliva y una cantidad casi equivalente de miel) Hay otro juego seductor en el libro. Hay una novela dentro de otra; el texto se compone a sí mismo. Daniel, el escritor famoso, va armando la historia de su vida y la de su padre. Lastima el final tan ñoño.
Guillermo Belcore
Publicada en los Suplementos de Cultura de La Prensa y La Capital de Mar del Plata

Calificación: Buena

PD: ¿Una novela con un mal final es buena? Ya he polemizado con amigos sobre el tema.

PD II: Pincha aquí para leer el comienzo del libro.

jueves, 1 de abril de 2010

Escapada

Por Alice Munro
RBA. Cuentos, en 286 páginas. Edición 2009.

¿Cómo hace Alice Munro para convertir el cuento en obra de arte? ¿De dónde obtiene su singular eficacia? Del oído, en primer lugar. La gran narradora canadiense tiene un oído excelente para el diálogo vivaz. De la vista, también. Las descripciones son espléndidas; los retratos, perfectos; y los detalles, conmovedores. Los personajes son típicos, en el sentido de que sus preocupaciones siempre nos resultan familiares; pero al mismo tiempo son extraordinarios en mente y alma. Cualquier persona -ésta es la clave- puede ocultar una tragedia o una aventura. Nunca falta la tensión dramática. Munro tiene también buen gusto. Hay abundancia de historias sabrosas; sazonadas con ricas observaciones. ¿Y el olfato? Los relatos de Munro huelen a madera, a nieve, a ropa vieja, a ese mundo más tierno, más estable y más hipócrita que nos causa nostalgia pero que nunca jamás volverá.


Escapada (Runaway) fue publicado en 2005. Incluye ocho cuentos que se ambientan, como es tradición, en los pueblos rurales del Canadá. Es un ambiente severo y conservador, pero con personas -sobre todo mujeres- que no se conforman con ser como los demás. Munro registra los cambios sociales no sin un punto de desagrado. Tiene algo que decirnos sobre los perjuicios que han causado la educación liberal y atea a los niños. El libro se urde con recuerdos; y con el bordado de los recuerdos se van labrando surcos cada vez más profundos.

Juliet Henderson aparece en tres cuentos. La primera vez que tiene el valor de desairar a un hombre, el fulano va y se arroja bajo un tren. Gracias a esa tragedia conoce al amor de su vida. Profesora de lenguas clásicas, su hija caerá bajo la férula de una secta religiosa. Se redondea un mensaje: pocas personas, muy pocas, tienen un tesoro y si tú lo tienes, debes aferrarte a él con uñas y dientes.
Guillermo Belcore
Esta reseña fue publicada el domingo pasado en los suplementos de Cultura de La Prensa y La Capital de Mar del Plata

Calificación: Muy bueno

PD: Antes de que Murdoch cobre un maldito peaje, sugiero leer la espléndida reseña de The Times. Dice el sagaz crítico que "cuando uno lee los relatos breves de Alice Munro tiene dificultades para recordar para qué la novela fue inventada". El diario británico ha ubicado Runaway entre los cien mejores libros de la década.

lunes, 8 de febrero de 2010

El progreso del amor

Alice Munro
RBA - Cuentos, 395 páginas. Edición 2009

Vamos a ver. ¿Qué diantres espera la Academia Sueca para honrar a Alice Munro (Ontario 1931)? La Chejov canadiense es una artista de primera categoría. En este libro extraordinario, publicado por primera vez en 1986, demuestra tres cosas, por lo menos: que el buen cuento tolera la digresión y hasta el transcurso de tres generaciones; que las oraciones cortas y la prosa transparente y justa son muy eficaces; que de los sentimientos de la gente corriente puede extraerse complejidad y profundidad literaria.

El volumen contiene once relatos largos, todos sobresalientes. Van al corazón de la existencia: tratan sobre el amor, la senectud, la familia, la superación personal, la libertad del espíritu y los cambios sociales. Están ambientados en las urbes y las granjas del sur del Canadá angloparlante, allí donde la nieve suele cubrir los campos “como esculpida, deslumbrante, eterna como el mármol”. El tono de la narración es de suave nostalgia: las historias están amasadas con recuerdos, escenas entrañables, riquísimas sensaciones. No falta el humor.

Munro aplica un procedimiento estupendo. Cada cuento tiene un nucleo incandescente desde el que fluye la narración. Se trata de un acontecimiento inusual pero no imposible, una ruptura de la placidez literaria que nos asalta por sorpresa: una niña se salva por milagro de ahogarse en una piscina a pleno sol; una adolescente esquimal viaja en avión a Hawaii con un hombre maduro que no es su padre; el señor Weeble asesina a su esposa y se vuela la tapa de los sesos; la abuela de la narradora intenta colgarse de una viga; dos campesinos abusan y rescatan a una esclava de aspecto raro.

“Mi escritura es autobiográfica en la forma pero no de hecho”, ha explicado Munro. ¿Qué significa esto? Que la urdimbre da siempre una impresión de sinceridad sin caer en el exhibicionismo de la inane literatura del yo. Esta dama debería ser lectura obligatoria en los cien mil talleres literarios y los cursos de composición creativa.
Guillermo Belcore

Calificación: Excelente

lunes, 6 de abril de 2009

El juego favorito

Leonard Cohen
­Edhasa, 259 páginas. Autobiografía. Edición 2009. Precio aproximado: 40 pesos ­
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Leonard Cohen, trovador y poeta canadiense, ha gozado del favor de la crítica y la fortuna. Es, por así decirlo, un Bob Dylan con una voz de barítono más agradable pero mucho menos talentoso. Vivió en Montreal, Grecia, Nueva York y Las Angeles. Fue un hombre de excesos. En los noventa se recluyó en un monasterio y se ordenó monje budista, bautizado con el singular mote de El silencioso. En 2005, demandó a su antigua representante por la malversación de cinco millones de dólares. Hoy, a los setenta y cuatro años, sus conciertos aún atraen a multitudes. Un sello nacional ha creído oportuno reimprimir la primera novela de Cohen, labrada en 1963 bajo el influjo de la cultura beat, la obsesión sexual y el repudio a la normalidad burguesa.­
El juego favorito
es una obra autobiográfica. Narra la pubertad, adolescencia y juventud de Lawrence Breavman, vástago de una acomodada familia judía de Montreal. El alter ego de Cohen es un libertino con un toque de cinismo que se consagra como poeta gracias a la desesperación de Canadá por tener un Keats. Aplica el más viejo procedimiento del humor hebreo: lacerarse y mofarse de sí mismo y de los suyos. El eje del libro, empero, son las conquistas sexuales de un muchacho que aquí deslumbra con su lucidez y allá aburre por su comportamiento de payaso. Cuando Breavman encuentra al amor, lo defrauda y traiciona porque adora más la idea de tabla rasa que a la adorable Shell, la chica que siempre había esperado.­
La trama avanza a saltitos de chingolo. Los capítulos son muy breves y están ornados con espléndidas impresiones. La prosa poética es hermosa de leer. Hay escenas encantadoras o que causan pasmo, como la muerte de un niño prodigio en una campamento de verano. Pero hay otras cuya estupidez resulta insoportable.
Se trata, pues, de una obra sesentista en el planteo, con un estilo cautivante en sus mejores momentos. No obstante, la historia en sí puede resultar un fiasco para el fatigado lector del siglo XXI. Cohen encarna la triste ambición de una generación que anhelaba "ser como un místico oriental, vivir en una choza de paja, pero fornicando como locos". ­
Guillermo Belcore
Una versión más breve fue publicada en los Suplementos de Cultura de La Prensa y La Capital de Mar del Plata, el domingo 5 de abril.
Calificación: Regular

viernes, 25 de julio de 2008

Vida de Pi

Yann Martel
Destino. Novela. Edición 2003

George Steiner, ese sabio al que nos gustaría tanto parecernos, profetiza desde hace años el fin de la palabra. El estrépito de la música moderna, del videojuego y del aluvión on line sepultarían a la venerable novela. Sin embargo, hoy se editan más libros que nunca. Y resulta difícil secundar los argumentos del maestro cuando la narrativa muestra, como en este caso, semejante vitalidad. ­

Aquí, los hechos son extravagantes. Pi Patel, un chico indio e inofensivo de 16 años, ávido de lecturas y de Dios, sobrevivió 227 días en un bote salvavidas sobre las fauces del Océano Pacífico. Su compañero de desdichas fue un tigre real de Bengala de 250 kilogramos y dientes como el gladio de un legionario.

Yann Martel es canadiense, hijo de diplomáticos y por ende con infancia de trotamundos (Nació en Salamanca en 1963). Despliega uno de los estilos más elegantes y frescos de la ficción contemporánea. Gracias a un subsidio de la honesta y eficaz Canadá, invirtió cuatro años de su vida para novelar una historia tremenda. La obra, publicada en 2001, es rica en ideas, con sabrosas ramificaciones en torno a los secretos del zoológico, el comportamiento animal, el hinduismo, la vida en alta mar, la penurias del náufrago, la locura y la condición humana. Millares de lectores cautivados en todo el mundo y el Premio Booker 2002 (el más importante del mundo anglófono) homenajearon el esfuerzo. El escritor brasileño Moacyr Scliar, en cambio, lo acusó de plagio. Martel admitió sólo una leve influencia.

"Procuré estar siempre ocupado. Esa fue la clave de mi supervivencia", se explica el adorable Pi. Es un espléndido consejo. Sea flotando a la deriva con una bestia o bien en tierra firme junto a seres igual de ordinarios que nosotros.

Guillermo Belcore­

­Calificación: Muy Bueno

­PD: He visto esta espléndida novela en las mesas de saldo de Buenos Aires. Otra poderosa razón para comprarla.

sábado, 19 de julio de 2008

Una tormenta sutil

Giles Blunt­

RBA Serie Negra. Novela policial, 319 páginas. Edición 2007.­

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Esta novela policial transcurre en un ambiente tan diferente a la degradada Argentina como las montañas de Neptuno. En el libro se honran los derechos individuales, la autoridad es correcta y respetuosa, un asesinato es un suceso extravagante y algunos policías cultivan ideas de izquierda. El caso se desarrolla, pues, en Canadá, un nación hipercivilizada

El detective John Cardinal es el héroe. Un policía con problemas de conciencia, padre moribundo y esposa maníaco-depresiva. Secundado por una apetitosa compañera, sirve en la pequeña urbe de Algonquin Bay (North Bay, en la vida real), trescientos kilómetros al norte de Toronto, un enclave boscoso donde la naturaleza es todavía una fuerza temible. Las temperaturas son tan bajas en invierno que sólo de imaginarlo da miedo.­

La pareja debe descubrir esta vez al sujeto diabólico que proporcionó un cadáver foráneo al festín de los osos y luego asesinó a una médica destacada de la comunidad. El primer muerto es un ex agente de la CIA vinculado con el terrorismo separatista que incendió Quebec a principios de los años setenta. Intervienen la Real Policía Montada y el servicio de inteligencia de Canadá (¿el más incompetente del mundo?). Perturban la pesquisa la más feroz tormenta de hielo de los últimos cien años y oscuras conexiones políticas.­

El libro fue escrito en 2002. Es la segunda novela de Giles Blunt (1952, Ontario) en la saga del investigador Cardinal, que ya tiene cuatro tomos. La escritura es agradable, aunque sin grandes ambiciones. Se cumple el mandato editorial de enseñarle algo al lector. Esmaltan las páginas el fervor patriótico y el desdén hacia el vecino yanqui. Los personajes son vívidos. No hay escenas sangrientas ni super acción. Se va de manera metódica, sosegada y prolija hacia la verdad. Así son los canadienses.­
Guillermo Belcore­

­Calificación: Bueno­

­Publicado en el Suplemento Cultural del diario La Prensa.­

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PD: Margaret Atwood, ese prodigio, dijo en una entrevista reciente con La Nación que ``a los canadienses les encantan los crímenes misteriosos en ambientes salvajes''. Este libro lo confirma.­