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viernes, 10 de abril de 2026

COVI

 

Obra de Nicolae Grigorescu

Se llamaba Covadonga, pero todos la llamaban Covi. Cuando el coronavirus irrumpió en nuestras vidas pasó a ser identificada como Covi Diecinueve, porque era tóxica y complicada como persona. Sí, Covadonga era mala gente. Su situación se agravaba porque empinaba el codo de mala manera. Y cuando bebía —o sea, casi siempre— perdía el control y la vergüenza. Se juntó con otro borracho y compartieron su afición por el trago. Empezaban a beber nada más levantarse: copa de aguardiente con el café, varias cervezas a lo largo de la mañana, vino para comer, copa tras el postre, más cervezas por la tarde, vino para cenar y algún cubata tras la cena. Mientras compartían sus vicios todo iba medianamente bien. Alguna vez hasta tuvieron sexo. Se reían mucho cuando estaban cocidos, sobre todo de los demás. Les encantaba encontrar en los otros algún defecto. Si aquella estaba gorda, si aquella era flaca, si qué feo es ese señor, si aquel pedía una cocacola y no un coñac... Y se lo pasaban en grande buscando motes a los que entraban en el bar: el gafotas, el mariquita, la bollera, etc. Un día, saliendo del garito que frecuentaban, casi pisan una mierda de perro que estaba reciente en la acera.

Miiira, una mieeeerda —decía él señalando con el dedo y con la voz pastosa típica del que va hasta arriba de morapio.

Qué va a ser una mierda, hombre —respondía ella, también con la dicción perezosa del borracho.

Que sí, mujer, que es una miiiierda.

Que no —insistía ella y cogió un palo del suelo con el que empezó a hurgar en el truño, todavía humeante. Y con el palo, como si jugara al golf, empezó a golpear de refilón el zurullo perruno aquel salpicando de particulas fecales a todo el que pasara a menos de cinco metros, incluidos ellos.

¿Lo ves?

Joder —dijo ella, oliendo un fragmento que se le había adherido a la manga del jersey—. Pues es verdad. ¡Menos mal que no la hemos pisao!

Cuando él desapareció por culpa de la cirrosis hepática que se lo llevó al otro barrio, ella se quedó sola y se reconvirtió en bebedora solitaria. Y la soledad la llevó a la amargura, a odiar a los demás, a las peleas en los tugurios que frecuentaba. Le faltaban no sé cuántos dientes, algunos perdidos por sus aficiones etílicas y la falta de higiene; los más, por las trifulcas que mantuvo con otros borrachos y borrachas de su nivel. Una tía con mal rollo. Mejor no toparte con ella. Los que la conocían la llamaban así: Covi Diecinueve. Un bicho. Un virus de los peores.

lunes, 6 de abril de 2026

Amor a medida

  

Una historia urbana, de Chema Concellon (Flickr)


Cosme Sansegundo era un experto en esforzarse poco.
Era de esas personas que para mover un pie debían pedir permiso al otro pie.
Era tan sumamente vago que todo lo tenía que hacer cerca de su casa: la compra, los estudios, las aficiones… Por  no desplazarse un poco, fue capaz de renunciar al sueño académico de su vida, estudiar Bellas Artes en la Universidad Complutense de Madrid,  y acabó matriculándose en la academia de su barrio,  en un curso de dibujo al carboncillo que lo impartía el mismo señor que daba las clases teóricas en la autoescuela Paco,  también de su barrio.
Por pura vagancia no cogía el metro para acercarse al centro de la ciudad donde podía ir al cine a ver películas de estreno, sentarse en buenas cafeterías, asistir a funciones de  teatro, conocer gente distinta, intentar ligar…
Trabajaba en su casa. Muchas veces sin quitarse el pijama. Hacía operaciones de una empresa para particulares desde el ordenador, el fax y el teléfono. Poca cosa. La suficiente para pagarse sus escasos gastos.
Prefería pasar la tarde sentado en un taburete del bar Manolo, acodado en la barra,  con el palillo en la boca, oyendo las mismas chorradas de todos los días a los solitarios borrachos de todos los días, tomándose el vino peleón de todos los días… mientras en la tele veía los programas patéticos de todos los días…

-Manolo, ponme un vino tinto y unas aceitunas.

Por la misma razón puso sus ojos en una vecina de su barrio. Ya iba siendo hora de asentar la cabeza. La vecina era mayor que él, rarita de narices y no muy agraciada físicamente. La ventaja es que vivía cerca y además frecuentaba el mismo bar. Y era bajita. Lo demás importaba poco. El amor es para pijos románticos. Al fin y al cabo, bajo la falda, todas las mujeres tienen las mismas cosas, se decía para sí. Y si te quieren engañar, da lo mismo que sea de aquí o que sea de allá. Total…
Así que el día de san Valentín fue al grano. Nada  más  que la vio entrar en el bar, se armó de valor, eligió cuidadosamente las palabras que iba a pronunciar y, tras quitarse el palillo de la boca, se lanzó al ruedo resueltamente. Ahora o nunca:

-Manolo, ponle un café a Pepita.
-Marchando, don Cosme ¿Otro vino?
-Sí, pero con aceitunas.

Se casaron por lo civil, en el ayuntamiento, no por pura convicción laica, sino porque quedaba más cerca de casa que la iglesia.





martes, 31 de marzo de 2026

El viejo libro de historia




Con mi viejo libro de historia de cuarto de bachillerato siempre mantuve una especial relación. Las fotos y su colorido suponían un refugio donde se evadía mi imaginación de vez en cuando en aquella España gris de los años 60, tan dada al adoctrinamiento en los principios ideológicos del nacionalcatolicismo.

Hace unos años hicimos mi mujer y yo un viaje a Oviedo.
Me resultó grato y emocionante tener ante mis ojos las iglesias de Santa María del Naranco, San Miguel de Lillo y San Julián de los Prados. Tantas veces las
había contemplado
en mi libro con esas ilustraciones a color... Y ahora estaban ahí, frente a mí, compartiendo su espacio conmigo, como si yo también formara parte de esas imágenes que conocí por primera vez siendo un niño.

Otra vez, asistiendo a una función nocturna en el teatro romano de Mérida, me vino a la memoria el tema sobre la romanización, con sus monumentos representativos, la resistencia del héroe lusitano Viriato y la vil traición de sus generales y esos tres emperadores nacidos en Hispania: Trajano, Adriano y Teodosio.

Algo parecido me ocurrió de viaje por Menorca, con las taulas, los talayots y las navetas megalíticas. Allí, en medio del campo, cerca de Ciudadela, se alzaba solitaria la naveta des Tudons, con cierto aire de abandono. Era emocionante contemplarla in situ, sintiéndola más cercana y de alguna manera mía.

Siempre me fascinó la cara de pasmarote de Carlos IV de Borbón y la jeta de tunante de su hijo Fernandito, el rey felón, tal y como los retrató magistralmente Goya. Por eso me entusiasmó tanto la visita que hicimos al Museo del Prado. Allí comprobamos que aquellos personajes no habían cambiado con el paso de los años. Seguían en el lienzo, tan incólumes como innecesarios para la historia de España.

Revisitar en vivo las ilustraciones de mi viejo libro de historia era como cerrar el círculo de un camino que se había iniciado siendo yo un niño y que se completaba, ya adulto, con estos viajes por la geografía española. Como si el encuentro formara parte de un periplo que había empezado en la pubertad y concluía a una edad donde ya no era posible la marcha atrás. Una carrera con línea de salida y de llegada , coincidente en el mismo lugar pero en tiempos diferentes.

Por esa misma necesidad de completar el ciclo o la ceremonia del reencuentro evitaba a toda costa los episodios desagradables o violentos. Procuré pues no visitar Guernica ni Paracuellos del Jarama ni las tapias de los cementerios. De Granada me quedé tan solo con el recuerdo de La Alhambra y con los textos de Federico, obvié el destierro de Boabdil y la inútil e infame ejecución del poeta. Huir de la sombra de la muerte y del ruido de las bombas era necesario para que mi reencuentro con el pasado fuera un episodio feliz.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando, de visita al centro de Madrid, me topé sin quererlo con una concentración de simpatizantes de una formación ultra. Caminábamos por la Puerta del Sol para coger el metro en Ópera cuando nos dimos de bruces con ellos. Me estremecí cuando vi a toda esa gente con banderas, vociferando con la mano en alto haciendo el saludo fascista y cantando el Cara al Sol. Saludo e himno desgraciadamente muy en boga en mis años escolares. Nos fuimos de allí rápido. No fuera que se cerrara también el círculo y quedáramos atrapados en aquella España bárbara, en blanco y negro, como esos personajes anónimos que salían en el Nodo.



Ya cerca del metro, al doblar una esquina me topé con el vivo retrato de Garibaldi, con esa pinta entre hippie y revolucionario. Por un momento pensé que era un clochard, un vagabundo, uno de tantos que tienen la calle como casa. Barba larga, melena descuidada… Estaba sentado en la acera, sobre cartones, apoyada su espalda en la pared. Se me quedó mirando no sé si para pedirme una moneda o para contarme su papel en la unificación de Italia. La verdad es que, tras la sorpresa inicial, no le hice después mucho caso. Tal vez por eso, mientras me alejaba en dirección a la boca del metro, aquel individuo, con un cartón de vino en la mano, me despidió diciendo en voz alta:

¡Baco ha ahogado más hombres que Neptuno!



lunes, 9 de marzo de 2026

Amor a medida

 

Una historia urbana, de Chema Concellon (Flickr)


Cosme Sansegundo era un experto en esforzarse poco.
Era de esas personas que para mover un pie debían pedir permiso al otro pie.
Era tan sumamente vago que todo lo tenía que hacer cerca de su casa: la compra, los estudios, las aficiones… Por  no desplazarse un poco, fue capaz de renunciar al sueño académico de su vida, estudiar Bellas Artes en la Universidad Complutense de Madrid,  y acabó matriculándose en la academia de su barrio,  en un curso de dibujo al carboncillo que lo impartía el mismo señor que daba las clases teóricas en la autoescuela Paco,  también de su barrio.
Por pura vagancia no cogía el metro para acercarse al centro de la ciudad donde podía ir al cine a ver películas de estreno, sentarse en buenas cafeterías, asistir a funciones de  teatro, conocer gente distinta, intentar ligar…
Trabajaba en su casa. Muchas veces sin quitarse el pijama. Hacía operaciones de una empresa para particulares desde el ordenador, el fax y el teléfono. Poca cosa. La suficiente para pagarse sus escasos gastos.
Prefería pasar la tarde sentado en un taburete del bar Manolo, acodado en la barra,  con el palillo en la boca, oyendo las mismas chorradas de todos los días a los solitarios borrachos de todos los días, tomándose el vino peleón de todos los días… mientras en la tele veía los programas patéticos de todos los días…

-Manolo, ponme un vino tinto y unas aceitunas.

Por la misma razón puso sus ojos en una vecina de su barrio. Ya iba siendo hora de asentar la cabeza. La vecina era mayor que él, rarita de narices y no muy agraciada físicamente. La ventaja es que vivía cerca y además frecuentaba el mismo bar. Y era bajita. Lo demás importaba poco. El amor es para pijos románticos. Al fin y al cabo, bajo la falda, todas las mujeres tienen las mismas cosas, se decía para sí. Y si te quieren engañar, da lo mismo que sea de aquí o que sea de allá. Total…
Así que el día de san Valentín fue al grano. Nada  más  que la vio entrar en el bar, se armó de valor, eligió cuidadosamente las palabras que iba a pronunciar y, tras quitarse el palillo de la boca, se lanzó al ruedo resueltamente. Ahora o nunca:

-Manolo, ponle un café a Pepita.
-Marchando, don Cosme ¿Otro vino?
-Sí, pero con aceitunas.

Se casaron por lo civil, en el ayuntamiento, no por pura convicción laica, sino porque quedaba más cerca de casa que la iglesia.





miércoles, 18 de febrero de 2026

Alta alcurnia


Miguel Expósito de Dios prosperó en la vida gracias al negocio de ultramarinos que, como hijo único que era, heredó de sus padres. Aunque no tenía completados los estudios primarios, hacía ostentación ante los demás de poderío económico, estilo refinado y nivel cultural. Entre otras medidas, forró la librería del salón con varios metros de libros encuadernados en piel roja y marrón, colocó en el centro de su jardín una fuente rodeada de los enanos de Blancanieves y mandó poner en la fachada de su chalet de seiscientos metros construidos el blasón familiar.

El escudo se lo mandó hacer de encargo a una de esas empresas que se dedican a la heráldica de pago y que dicen indagar en el origen de los apellidos. Y que todas coinciden en que los solicitantes de sus servicios tienen un origen nobiliario o ilustre, cuando todo el mundo sabe que el noventa por ciento de la población medieval española eran destripaterrones, campesinos sin tierra o siervos analfabetos y muertos de hambre que trabajaban de sol a sol para los señoritos de entonces. Nobles había, pero pocos.

De esta forma, fue citado por la empresa de heráldica para informarle de cómo iban las investigaciones sobre el origen de sus apellidos.

Señor Expósito. El trabajo nuestro está casi a punto. Solo queda que nos dé el visto bueno para ultimarlo. Aquí tiene el boceto de cómo quedaría el escudo: sobre campo de gules, una torre flanqueada a izquierda y derecha por un árbol y un león rampante, símbolos inequívocos de la grandeza de sus apellidos. La torre o castillo viene a ser la versión medieval de su casa, esa espléndida mansión que según usted mismo nos contó se hizo construir en su localidad; el león es el símbolo de la fuerza, de la determinación y del arrojo, como corresponde en justicia a su familia por su carácter emprendedor; y el árbol, una especie de metáfora sobre la semilla de la fortuna que crece y se convierte en árbol frondoso si sabemos ser constantes en lo nuestro.

Así que poco después, para envidia de paseantes y vecinos, la fachada de su mansión lucía el escudo familiar.

Lo que ignoraba Miguel era que, lejos de su pretendido origen medieval, sus apellidos debían su existencia al hecho de que sus abuelos varones, tanto el paterno como el materno, se criaron sin padres en sendos orfanatos.

Un día que estaba aburrido de ver tanto la televisión, se acercó por primera vez a la librería del salón con ánimo lector, escogió un volumen sobre etimologías y decidió echarle un vistazo.

Mientras cogía el libro, se decía para sus adentros que los apellidos familiares eran sonoros y contundentes y con mucho significado. "Expósito" vendría de persona que se expone al peligro, a los retos que plantea la vida. "De Dios" expresaría la solidez de sus ideas cristianas. Él era un hombre de orden, de misa semanal, temeroso de Dios.

¡Joder, mira que suenan bien! Me encantan mis apellidos. Voy a ver qué pone aquí sobre ellos.

Abrió por fin el tomo aquel cuyo título era "Antroponimia y onomástica", se sentó en el sillón de lectura que nunca usaba. Mientras leía, su semblante se ensombreció. Después tiró el libro y decidió no volver a consultar ningún otro en su vida.




lunes, 26 de enero de 2026

Un cotilla venido a menos

 


Ceferino Hernández era un cotilla, un mirón, lo que se dice un auténtico voyeur.

Siempre andaba espiando por la mirilla de la puerta o pegando la oreja al tabique que le separaba de los vecinos.

Las nuevas tecnologías le facilitaron su afición al fisgoneo.

Se aficionó a leer lo que algunos publicaban en prestigiosas publicaciones digitales como La Charca Literaria o La Ignorancia. Disfrutaba con las agudezas, las mentiras y los disparates de sus colaboradores. Decidió abrir un blog y también una página en Facebook para cotillear sobre la vida y los pensamientos de los demás, parapetado tras la pantalla del ordenador, en la oscuridad, con la impunidad que da observar sin ser visto, como cuando se contempla el mundo tras el visillo de la ventana.

Como quería pasar desapercibido, aunque leía con delectación lo que los otros escribían, rara vez daba su opinión. No comentaba nunca nada, ni siquiera utilizaba un tímido “me gusta”.

Prefería leer a ser leído, observar a ser observado.

Un día se dio cuenta de la dificultad de mantener ese juego.

La gente se fue cansando de su mutismo. Le relegaron a un segundo plano.

Dejaron poco a poco de seguirle. Alguno lo eliminó. Los más decidieron marginarle y no permitir que viera sus publicaciones.

Pronto no tuvo Ceferino dónde cotillear.

Un día decidió darse de baja de las redes sociales.

Pero no pudo. O no supo.

En este mundo hay dos cosas especialmente complicadas: darte de baja de la compañía telefónica y del Facebook.

Desesperado, se compró en el Mercadona cuatro cajas de botellas de whisky del malo y, así, abotargado por el alcohol y derrotado sobre el sillón de la sala de estar, se hizo teleadicto de todos los programas basura y de cotilleo barato de la tele.

Al final se murió. No sabemos si lo mató la cirrosis, el aburrimiento o una sobredosis de porquería.

viernes, 26 de diciembre de 2025

Nochebuena en un OVNI

 


Evaristo Valcárcel caminaba sin rumbo fijo aquella fría noche por las afueras de la ciudad. Era un 24 de diciembre. Iba distraído, pensando en sus cosas, con las manos en los bolsillos. En la derecha llevaba una navaja cerrada. Se debatía entre atracar a alguien, asaltar algún chalet desprotegido o irse a casa a ver el programa especial de Nochebuena y de paso beberse un cartón de vino.

En esas cavilaciones andaba cuando, de pronto, una luz blanca intensísima le vino desde lo alto. Evaristo, sorprendido y confuso, se quedó paralizado.

—¡Ostras, tú! —exclamó— ¡Vaya nivel de voltios que se gastan algunos!

Descartando enseguida, por su posición, que se tratara de las luces de un coche patrulla, no podía dar crédito a sus ojos cuando vio que, encima de su cabeza, como a diez o doce metros, había un artefacto ovalado de cuyo centro inferior emanaba la potente luz. Súbitamente notó que tiraban de él hacia arriba. Una fuerza extraña, a modo de imán, lo absorbía y le hizo despegar del suelo como si se elevara en un ascensor invisible. La panza del cacharro aquel se abrió para acoger a Evaristo que, como el lector ya habrá imaginado, acababa de ser abducido.

Nada más subir, le llamó la atención una enorme sala circular llena de aparatos extraños y cachivaches nunca vistos. En ella, un diminuto ser, un hombrecillo de color azulado, de cabeza gorda, un solo ojo y una especie de trompetilla a modo de nariz, parecía darle la bienvenida en un castellano metálico y monocorde, sin alma ni entonación, como si hablara un robot. Estaba claro que aquel individuo había activado el traductor simultáneo:

—Bienvenido, amigo. Considérese en su casa.
—¡Vaya chabolo más guapo, tronco! Esto debe costar una pasta.
—No comprendo. La palabra «chabolo» no figura en nuestros registros. Tampoco soy un tronco. Eso es madera de árbol: abeto, nogal, pino, abedul, alcornoque… Pasta, tampoco: macarrones, fideos, espaguetis… No entiendo.
—No importa. Son cosas mías. ¿Aquí qué se bebe?
—Tenemos bebida energética —le ofreció un vaso con un líquido color naranja.

Evaristo echó un trago de aquel brebaje mientras miraba al hombrecillo azul entre asombrado y divertido. Aunque la bebida aquella no tenía contenido alcohólico le resultaba grata y relajante y le impelía a decir sandeces.

—¿La trompetilla que tienes bajo el ojo es de las que suenan? A ver, déjame soplar…
—Hable usted con un poco más de respeto cuando se refiera a mis órganos sexuales. No es una trompetilla. ¡Se trata de mi pene!
—¡Qué tío más cachondo! Yo es que me meo.
—Bueno, terrícola, vamos al grano, que dicen ustedes. Le hemos hecho subir a nuestra nave para hacer un estudio completo de sus constantes vitales, tomar mediciones, comprobar sus niveles y detectar posibles problemas. Puede tomárselo si quiere como nuestro peculiar regalo de Navidad.
—¿Me vais a pasar la ITV?
—Está de suerte. Le haremos un chequeo gratuito sin tener que ir al hospital y aguantar listas de espera. Todo rápido, de forma indolora, nada invasiva, gracias a nuestra avanzada tecnología. Sin duda se beneficiará de ello. Y nosotros también, porque somos científicos que estamos estudiando la fauna del sistema solar. Y usted parece un buen ejemplar de mamífero bípedo. Luego, cuando hayamos terminado, le devolveremos al lugar donde le recogimos. ¡Y ya está! Ese es nuestro regalo. ¿No está mal, verdad?

A todo esto, Evaristo no se había percatado de que, mientras hablaba con el extraterrestre, la trampilla inferior se había cerrado y el artefacto volador aquel había partido del lugar a toda velocidad hasta desaparecer en la noche. Tampoco se había dado cuenta de que la bebida energética que le habían proporcionado llevaba disuelto un narcótico que le dejó inconsciente el equivalente a un par de horas terrestres.

Cuando despertó, estaba reclinado en una especie de butacón. Delante de él el hombrecillo azulado no le quitaba ojo.

—¿Qué tal se encuentra? Le hemos hecho una exploración completa. Muy interesante todo. Nos han sorprendido algunos hallazgos: los seis metros de intestino delgado, la doble circulación sanguínea, el tamaño reducido del cerebro, etc. Ya hemos registrado sus parámetros y solucionado algunas cosillas de poca importancia. Le hemos extirpado un testículo porque tenía un tumor que podría dar problemas en un futuro inmediato. También le hemos puesto un par de implantes dentales. Muy curioso su organismo. Con la sedación, su miembro se encoge y el glande se retrae como cabeza de tortuga ante el peligro. El hígado lo tiene un poco inflamado debido al alcohol. Debe dejarlo o tomarlo con moderación. De paso le hemos tirado a la basura la navaja y los calzoncillos con manchas marrones. Todo rápido y gratis. ¿Qué le parece?
—¿Que me habéis hecho qué? La madre que os parió. Como me levante, no vais a tener espacio sideral suficiente para correr. ¡Seréis capullos! ¿Quiénes sois vosotros para andar enredando en mi cuerpo?
—De desagradecidos está el mundo lleno. No se hizo la miel para la boca del asno… Hay muchos bonitos refranes en su lengua que explican su ingratitud. Pero no se preocupe que ya le llevamos de vuelta. Estamos llegando.
—¿Y qué hago yo ahora sin mi navaja y sin mis calzoncillos? Dejarme sin ellos es como quitarme media identidad.
—Los calzoncillos estaba cagados y la navaja mejor que no la vuelva a utilizar si no quiere complicarse más la vida. ¡Bueno, ya llegamos! Prepárese para bajar. Sitúese, por favor, en ese círculo luminoso.
—Por mí que os zurzan. Hasta nunca. Chao.
—Adiós. Y felices fiestas, que dirían ustedes los terrícolas.




jueves, 11 de diciembre de 2025

Espejos

 


El escritor está sentado frente a su mesa, como cada mañana, con una taza de café y una hoja inmaculadamente blanca en el centro. No es una blancura cualquiera: es el tipo de vacío que pesa, que zumba como un silencio tenso, que provoca un sudor frío, mientras alguien se empeña en llenarlo con palabras.

La mira inmóvil, como si esperara que la hoja hiciera el primer movimiento. Nada. Ni un susurro. Ni una sílaba furtiva.

Piensa, como otras veces, en escribir una historia. No una historia cualquiera. Esta vez sería una historia sobre un escritor, como él, que está sentado frente a una hoja en blanco. Le parece buena idea, incluso ingeniosa: un escritor que mira un folio sin saber qué escribir, y que entonces decide escribir sobre un escritor que, a su vez, no sabe qué escribir.

En su mente, lo percibe con claridad. El segundo escritor —el del cuento dentro del cuento— también estaría en su escritorio, quizás con otra taza de café, y también enfrentado al silencio blanco del papel. Y este segundo escritor, en su desesperación, tendría la vaga, pero firme, intención de contar la historia de un hombre —un tercero, ya— que, como ellos dos, se sienta frente a un folio en blanco, deseando profundamente escribir algo.

¿Llegaría a escribir algo este tercer hombre?
Ahí estaba la esencia, pensó el escritor. Tres hombres —o quizás uno solo, reflejado infinitamente— atrapados en la misma escena, en la misma lucha silenciosa con la blancura del papel. Una cadena de vacíos que se miran unos a otros, esperando que alguno dé el primer paso. Un eco que rebota desde la realidad hasta la ficción, y luego de regreso.

¿Qué pasaría si el escritor rompiera el último folio en mil pedazos como cuando se hace trizas un espejo?


Suspira.

La hoja sigue en blanco. Ni una palabra escrita.
Solo blancura.
Lo demás, silencio.

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Nota aclaratoria: esto fue lo que se me ocurrió escribir un día que no se me ocurría nada.


lunes, 8 de diciembre de 2025

Cuestión de fe

 



Yo me lo creo todo.

De hecho soy sumamente religioso.

Pero no de una religión en concreto, no. De todas. Me confieso multicreyente o, si se prefiere, policrédulo o multipardillo.

Soy devoto del arrianismo, del confucianismo, del islamismo, de la iglesia evangélica... Soy asiduo asistente a diferentes ritos en iglesias, salones, templos, sinagogas y mezquitas.

Soy el creyente perfecto.

Mi vida religiosa es una gozada, porque voy de credo en credo. Los viernes asisto a la mezquita de la M30; los sábados, a la sinagoga judía; los domingos, a primera hora, a la parroquia católica del barrio, después al templo mormón; cualquier día de la semana me acerco un rato al salón de los Testigos de Jehová, que siempre hay alguien por allí para venderme alguna publicación de esas que hablan de los elegidos y ofrecen imágenes de un paraíso con personas, leones y cebras, todos juntos, felices y sin hambre.

El lunes me quedo en casa y antes de cenar hago meditación zen.

Los miércoles los reservo para esas religiones del pasado que no tuvieron la suerte de sobrevivir en el tiempo pero que dejaron su huella en los libros de historia y de arte. De los antiguos egipcios y de la mitología grecorromana siempre se aprende algo. En el salón de mi casa, junto a una espléndida foto de la Acrópolis de Atenas, que conseguí en una agencia de viajes tras hacerme pasar por un pope ortodoxo (mi poblada barba me ha salvado del apuro más de una vez), tengo un pequeño rincón donde venero a Osiris, a Horus, a Apolo y a Poseidón, con el fin de que me sean propicios.

Hago proselitismo desde facebook, desde mi blog y desde twitter. Voy casa por casa dando el coñazo e intentando vender catecismos y la revista Atalaya y convencer a la gente de que abandone su vida pecaminosa...

Que los de un credo me dicen no sé qué del pecado original o del espíritu santo, pues yo voy y me lo creo; que otros me hablan de la reencarnación o de las huríes del paraíso, pues muy bien también.

De pequeño me hicieron la circuncisión, a los nueve años asistí a una lapidación como parte del público asistente al acto, luego hice la primera comunión, me bauticé ya cumplidos los treinta según el rito de inmersión de los de Jehová, luego cogí un kalasnikov y me fui a pegar tiros a Afganistán en nombre de Alá. Allí conocí a Bin Laden.

Asistí a catequesis, a una madraza y a un cursillo del Opus y me aprendí varios libros sagrados de memoria: La Biblia, El Corán, la Epopeya de Gilgamesh, el libro tibetano de los muertos...

Me gustan las procesiones, pero no asisto a ellas porque tanto protestantes como musulmanes las consideran un pecado de idolatría. Así que, como se dice comunmente, mi procesión va por dentro.

No fumo, no bebo, no tomo bebidas con cafeína, no practico la poligamia ni la sodomía, rezo varias veces al día, doy limosna a los necesitados, follo poco, no como cerdo, solo consumo pollo y cordero si se ha sacrificado según los rituales y mirando a La Meca o a Jerusalén, o a la mujer del carnicero, que está de buen ver.

Me casé con mi esposa según varios ritos. A eso dediqué todo un mes de mis vacaciones: a casarme. No hubo viaje de novios, pero sí mucho trajín. Del Palmar de Troya en Sevilla a La Almudena de Madrid, de La Almudena a la Sinagoga del Tránsito en Toledo, de Toledo a la mezquita de Lavapiés, de Lavapiés al Salón del Reino de los Testigos de Jehová de Alcorcón, de Alcorcón a un monasterio tibetano budista. Y así.

A veces me hago algunos pequeños líos. Por ejemplo, el imán de Alcobendas andaba terminando su plática y yo me acerqué a él con intención de comulgar. Comunión no hubo, pero casi me soltó una leche, eso sí. La semana pasada, en la iglesia evangelista de Chamberí, pregunté al pastor que por qué no ponían un cuadro de la virgen o de algún santo para tapar una mancha de humedad que había salido en la pared. Creo que no entendieron bien mi gesto desprendido. Un domingo me presenté en la iglesia católica de mi barrio vestido con mis mejores galas: una chilaba limpita y el kufi nuevo. Las señoras endomingadas no me miraron con simpatía. Ni el cura. Tampoco entendieron en la sinagoga otro día que recitara una sura del Corán. La gente me miró con cara de pocos amigos, incluido el rabino, cuando acabé mi rezo con un Allahu Akbar. 

Y es que los hay con la piel muy fina.


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Os recomiendo que echéis un vistazo a esto que publicó en su blog el amigo Miquel:

http://totbarcelona.blogspot.com/2025/11/el-infinito-multiplo-de-dios.html


lunes, 1 de diciembre de 2025

Por prescripción facultativa

 

Imagen de Pixabay

—Tómese estas pastillas para la memoria cada veinticuatro horas. Mejor al acostarse.

Fue lo que me recetó el neurólogo. Ya va teniendo uno cierta edad y los despistes están a la orden del día.

—Importante lavarse la herida con los puntos con un jabón neutro, secar bien la zona con una toalla limpia y darse betadine los tres primeros días. Luego, con el jabón ya es suficiente. En dos semanas se viene por aquí y le quitamos los puntos.

Eso me dijo el cirujano tras la operación de hernia inguinal.

—Dos veces al día te lavas bien la zona del prepucio y te untas con la pomada antihongos. Lo tuyo es una candidiasis, que también afecta a los hombres.

Fue lo que me indicó el médico de atención primaria que pasaba consulta por la mañana tras verme la zona irritada.

—Este preparado lleva diltiazem al 2% y lidocaína al 3%, el resto es vaselina. Se da usted dos veces al día, una de ellas tras la defecación. En un mes notará la mejoría. Si no, vuelva por aquí.

Me dijo el proctólogo tras inspeccionarme el ano y comprobar que mis molestias provenían de una fisura que me había salido tras un periodo de estreñimiento.

—Después de cada comida debes cepillarte con cuidado con este dentrífico para dientes sensibles y enjuagarte con el colutorio que te pongo en la nota. Es muy importante la higiene en esa zona. En seis meses vuelves.

Me dijo la higienista dental tras la última revisión.

—Tómate este jarabe cada ocho horas y se te calmarán los ataques de tos.

Me indicó la doctora de atención primaria del turno de tarde.

Aquella noche se me olvidó tomarme la pastilla para la memoria.

Dormí inquieto y mal.

Por la mañana me levanté medio sonámbulo, fui al baño y me tragué el betadine como si fuera el jarabe para la tos, puse la crema antihongos en mi cepillo dental y froté con ganas dientes y encías, me embadurné el pito con la pasta dentrífica, me unté la zona de los puntos con la fórmula magistral para la fisura anal y me enjuagué el ano con el jarabe para las tos.

Mis vecinos dicen que oyeron gritos.



lunes, 10 de noviembre de 2025

Los bonitos cuentos de la infancia 1

 Caperucita Roja



Caperucita aguardaba sentada junto a la mesa camilla. La abuelita seguía en la cama y parecía dormida, ajena a todo.

La niña sujetaba entre sus piernas la escopeta, todavía humeante. Mientras, en la cocina, el lobo preparaba el café.


jueves, 30 de octubre de 2025

Hacer un simpa

 


Recuerda Julio ahora la tarde aquella, ya muy lejana, en la que sus familiares y él pasaron las horas conversando o, como se dice coloquialmente, arreglando el mundo. Uno de los temas que abordaron fue el de las diferentes formas de tratamiento postmortem cuando llegue el día de la despedida, si ser enterrados, incinerados o qué. Y sacaron a relucir las diferentes opciones posibles. Hubo para todos los gustos y sensibilidades.

El tío Marciano, convencido de que, a pesar de su nombre, ninguna nave extraterrestre vendría a por él para abducirlo y, gracias a su avanzada tecnología, ofrecerle la panacea de la longevidad, apostaba por la fórmula tradicional de ser inhumado en una fosa, como dios manda, decía, que los gusanos son más de fiar que la incineradora, que trae a la memoria la imagen de los hornos crematorios de los nazis.

Julio fue el que la lio parda con su propuesta. Aprovechándose del tirón de la eutanasia y de los avances en las nuevas tecnologías, apuntó como opción personal la del vaporín. Y nadie le entendió al principio.

¿El vaporín? ¿Y eso qué coño es, si se puede saber? —pregunto el tío Marciano.

Pues muy sencillo, querido tío: llegado el día elegido por mí o por las circunstancias, dependiendo de las ganas y de lo terminal que esté uno, elijo la del vaporín, un medicamento de reciente fabricación que consiste, aplicando el principio físico de la sublimación, en transformar la materia sólida en gas, como ocurre con el hielo seco o las pastillas de los ambientadores. Es decir, y para entendernos, me tomo una pastilla de esas, que por cierto vende un laboratorio checo por internet, y mi cuerpo, en pocos segundos, se desvanece en el aire, como el humo. Conmigo van a hacer poco negocio los de la funeraria. No encontraréis nada más barato en el mercado: por cien pavos vas y te evaporas.  Como si nunca hubieras vivido. Y aquí paz y después gloria.

Al principio se quedaron todos como tocados, en silencio, boquiabiertos, por lo que ellos consideraron, si no una solemne estupidez o una tomadura de pelo, algo imposible de llevarse a efecto.

Este sobrino mío cada día está más tonto —pensaba el tío Marciano.

Las drogas y el alcohol acaban pasando factura —se decía para sí su hermano Federico.

¡Dios santo, lo que hay que oír en esta casa! —rezongaba para sus adentros la tía Purificación.

Y lo recuerda Julio precisamente ahora, en la habitación del hotel que ha reservado con el fin de dar desde allí el paso definitivo, antes de que el mal que le invade se manifieste en toda su virulencia. Ha decidido finalmente poner en práctica el método que defendió en aquella reunión familiar de hace más de una década. Lo tiene todo previsto. Hace un rato envió un email de despedida a sus familiares sin decir su paradero. No quiere que ellos tengan encima que pagar la habitación, pues a los del hotel no les ha informado de nada, como es lógico. O sea, que hará un simpa en toda regla.

Y ahora llegó el momento de tomar la pastilla.

Empieza el proceso evanescente a los diez minutos de haberla ingerido, echando vapor por la cabeza y por las orejas, también por los ojos (en el prospecto se avisa de la conveniencia de quitarse las gafas para que no se empañen). Luego, todo se va esfumando progresivamente, empezando por el cabello, la parte más alta, como si se disolviera en el aire: desaparece la cabeza, los hombros, los brazos, el torso...

Ya ha desaparecido la mitad superior del cuerpo. Sigue ahora el resto, de cintura para abajo.

Resultan curiosos y dignos de ver sendos chorritos de vapor saliendo por los orificios del pene y del ano, como las válvulas de las ollas y de las cafeteras al liberar la presión interior.

Lo último en desaparecer son las piernas y los pies, quedando vacíos los zapatos. Todo muy cómodo e indoloro. Julio se ha hecho vaho. Como es invierno y estaba la ventana cerrada por el frío, tomó la precaución de abrirla con anterioridad para evitar condensaciones en los cristales. Así se ventila un poco la habitación y ya está.

El proceso ha resultado muy sencillo. Julio se ha evitado una enfermedad interminable, una larga medicación, cuidados paliativos, tanatorios, velatorios, traslados al cementerio y demás puñetas.

Lo último que pronunció antes de evaporarse fue: pensarán estos del hotel que me fui por la ventana y sin pagar. Y sin la ropa y los zapatos. ¡La cara que van a poner!




viernes, 24 de octubre de 2025

Un viejo cascarrabias

 


Fulgencio Seisdedos era un hombre de malas pulgas.
Intolerante a la lactosa y al brócoli, odiaba el reguetón y el papel higiénico de doble capa, no soportaba a los niños ni a los que comen palomitas en el cine.

Aquella mañana se despertó con el sonido infernal de un tordo en la ventana. Lo maldijo tres veces, le tiró una zapatilla y luego le dedicó un poema ofensivo improvisado, cosa que hacía a menudo con todo lo que respiraba sin su permiso. A las ocho en punto salió de casa a regañadientes, como si la calle le debiera explicaciones. Había decidido “reconciliarse con el arte moderno”, lo cual, viniendo de él, era una amenaza más que una intención.

En el museo de arte contemporáneo entró refunfuñando y salió con una denuncia. Confundió una escultura marrón ultravanguardista con un zurullo campero y rompió un fluorescente con su bastón gritando: “¡Devuélveme mis impuestos, Kandinsky del demonio!” Se sentó en una escultura hecha con huesos reciclados, creyendo que era un banco y, al resbalar, se clavó una costilla astillada en el trasero. Acusó al museo de intento de violación ósea y atentado contra la tercera edad.

Antes de que lo echaran con la correspondiente denuncia se sentó a descansar en una silla que había en medio de una sala vacía. Resultó que, como le hizo ver un vigilante bastante enfadado, no era tal silla, sino un monumento al descanso valorado en veinte mil euros.
Salió de allí furioso, vociferando y blandiendo su bastón en el aire, diciendo:
"¡Abajo el arte moderno! ¡ Impostores! ¡Muera Mondrián! ¡Viva Velázquez!"
De camino a casa, decidió ir al supermercado a comprar coles de Bruselas, aunque las odia, pero odia más que se las lleven otros y que se acaben. Se negó a usar el carrito porque los padres consentidores meten allí a sus hijos, con sus zapatones, como si fuera un cochecito de paseo. "Además - añadía- siempre se tuercen hacia la izquierda como mi pene”. Así que fue llenando los bolsillos de su abrigo de latas de atún y sobres de embutido ibérico.

Al pasar por caja se sacó todo lo que llevaba encima, incluyendo un pañuelo usado con mocos, y se empeñó en pagar el importe con un billete de mil pesetas. Ante la cara de asco y la negativa de la cajera, Fulgencio comenzó a dar voces diciéndole a la empleada que ella era una agente al servicio del FMI.
Un guardia de seguridad le obligó a dejar allí toda la compra y lo escoltó hasta la salida mientras él gritaba que exigía hablar con el gerente, el alcalde y la Guardia Suiza.




lunes, 13 de octubre de 2025

Las buenas aficiones

 


Llevo una temporada obsesionado por el tema del tiempo, tan efímero y voluble, escurridizo como una anguila, fugaz como un cometa… su finitud, su fragilidad… Por eso decidí comenzar una colección de viejos relojes que iría, estratégicamente, distribuyendo por toda la casa: de pulsera, de mesa, de bolsillo, despertadores, relojes de arena, clepsidras, relojes de cuco, de torre y de pared. Algunos eran auténticos mamotretos de salón, con péndulo, pesas y toda la pesca.

Os preguntaréis que para qué tanto reloj.

Una cuestión existencial, poética, e incluso filosófica, me impulsó a ello: en la vida hay un tiempo para el trabajo, otro para la diversión y el ocio, otro para amar y otro para morir. Hace falta tener siempre a mano un reloj concreto para ciertos cometidos. Y cada uno tiene el suyo. Relojes de pared, grandes y solemnes para medir asuntos de gravedad, como la enfermedad, el desamor o la muerte; relojes de pulsera para asuntos ligeros y cotidianos; cucos de la Selva Negra para asuntos serios, que los alemanes lo son (serios más que cucos). También algún cronómetro que ayudara a calibrar algo tan inaprensible y fugaz como es el tiempo. ¿Por qué el dolor y la pena se hacen tan largos? ¿Cuánto dura el amor? Todo ello expresado en minutos, segundos e, incluso, para los eyaculadores precoces, en décimas de segundo.

Tras leerme enterito el especial de La Ignorancia dedicado al tiempo (1) y la entrada de Francesc Cornadó sobre tiempos líquidos, ondulantes y demás (2), me quise motivar poniendo música a toda leche con temas que trataran del asunto: viejas canciones de Alan Parsons, Booker T. & The Mg’s, Pink Floyd, Al Stewart... Me releí también Tiempo de silencioEn busca del tiempo perdidoLa máquina del tiempo, El tiempo entre costuras, el Carpe Diem, de Garcilaso, el Mientras por competir con tu cabello, oro bruñido, el sol relumbra en vano, de Góngora. Me fui sumergiendo en un mundo de manecillas, ruedecillas, tictacs, minuteros y segunderos.

Mientras decoraba la casa con los relojes que fui adquiriendo, me animaba mucho ponerme como un loco a cantar a pleno pulmón Reloj no marques las horas interpretada por Los Panchos.

Me resultaba atractiva la idea de darles cuerda uno por uno y programar la alarma —o, en su caso, las campanadas— a las siete de la mañana de las diferentes capitales del mundo. En poco tiempo me hice con los ciento noventa y seis cacharros que necesitaba. Una gozada comprobar que una treintena larga de capitales tienen la misma hora que Madrid y que se ponen de acuerdo al unísono en mi casa para despertarme a mí y de paso a todos los inquilinos del edificio, o que los amigos de Buenos Aires tienen en sus despertadores las siete de la mañana cuando aquí tan solo son las tres de la madrugada. ¡Qué gozada en plena noche asistir al acontecimiento del despertar de varios millones de porteños! ¡Esto une mucho a los pueblos! Nada hay tan grande como la empatía y la solidaridad entre naciones hermanas.

Desgraciadamente no todos pensamos igual. De hecho, hay convocada una reunón de la comunidad con carácter urgente. Por las quejas. Creo que a los vecinos no les gusta demasiado la idea de oir campanadas y despertadores a ciertas horas, intempestivas según ellos.

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(1) https://www.laignoranciacrea.com/portfolio/numero-37-tiempo/
(2) https://francesccornado.blogspot.com/2025/10/tiempos.html

viernes, 10 de octubre de 2025

¡Nos invaden los extraterrestres!

 


Una extraña nave, tripulada por unos hombrecillos de color verde y cabeza gorda, se dirige hacia nuestro planeta. Objetivo: conquistarlo, colonizarlo y extraer sus riquezas.

Habían programado también llevarse algunos símbolos culturales de la Tierra, como Bad Bunny o Sergio Ramos, y también unos cuantos bufones para entretenimiento durante el viaje de regreso, como Puigdemont, Milei, Trump y Elon Musk, ya que consideraban sus declaraciones mediáticas como rutinas humorísticas de alto nivel.

Pero ahora lo prioritario era el abastecimiento energético. La Tierra ofrecía interesantes recursos, entre otros: las cagarrutas de cabra, esenciales para su industria aeroespacial dado su alto contenido en Giliberto12, una sustancia de gran poder energético y olor a calcetín hervido.

Los alienígenas aterrizaron en un descampado de Albacete y bajaron de sus platillos, verdes, brillantes y con un claro aire de superioridad moral.

Buscando establecer vías pacíficas de colonización, intentaron identificar al líder supremo de la Tierra. Confundieron a un burro con el presidente planetario, tras analizar que el tamaño de las orejas era señal de autoridad. El burro rebuznó con intensidad. Ellos lo interpretaron como un discurso diplomático, lo aplaudieron de pie y le ofrecieron un tratado de paz, cuatrocientas toneladas de heno y el control total del sistema solar. El burro defecó. Lo tomaron como firma oficial del acuerdo.

Luego se toparon con el tío Eulogio, un pastor con la dentadura recauchutada por los años y la dieta basada en morcilla, chorizo y panceta de matanza casera.

Los extraterrestres se frotaron las manos ( cinco cada uno) cuando vieron la enorme piara de cabras que pacía plácidamente en aquel prado y que, sin duda, era propiedad del lugareño aquel que les miraba fijamente con más desconfianza que curiosidad.

Intentaron comunicarse con él a través de su idioma nativo: flatulencias codificadas. Cada pedo tenía un matiz: saludo, amenaza, proposición indecente, o receta de plato típico intergaláctico. El problema vino cuando uno de los marcianos soltó un pedo diplomático tan potente que desintegró el reloj del ayuntamiento, tres buzones y la boina del tío Eulogio.

—¡Ahí va, la hostia! ¡Eso es un pedo, y no los que se casca mi suegra!

Tras los saludos de cortesía por ambas partes, los diminutos seres verdes, sin permiso del terrícola, procedieron a instalar sus extractores anales automáticos de cagarrutas en las cabras locales.

¡Eh, cara de sapo! ¡A la Belinda ni me la toques, que te endiño una leche que te pongo las antenas en el cogote !

Entonces, ocurrió lo imposible: una cabra se tiró un pedo tan tremendo que invirtió el campo magnético de la Tierra. La nave fue absorbida por su propio trasero propulsor y se plegó sobre sí misma como un sofá-cama mal cerrado. Los alienígenas desaparecieron en una nube con aroma a coliflor hervida.

La Humanidad pudo respirar tranquila. Se había librado de una gran amenaza exterior. Cuando se corrió la voz de este hecho inaudito, las cabras fueron declaradas patrimonio nacional y se erigió una estatua de Belinda en bronce macizo en medio de una rotonda, donde aún hoy muchos juran que, de vez en cuando, se oye una flatulencia al pasar.


lunes, 29 de septiembre de 2025

Mira que me lo ponéis difícil (Matar al personaje 2)

 


Esta vez se lo merecía, sin ningún género de dudas. Había creado un personaje abyecto, un psicópata, un criminal... Nadie iba a mostrar simpatía ni compasión por un tipo así, capaz de asesinar y descuartizar a dos ancianitas tan solo por tener la tele alta todas las noches mientras veían programas basura. Reconozco que lo del televisor a toda pastilla era de un mal gusto evidente. Y que la sordera de ambas provocaba además un grave problema de convivencia vecinal. ¡Pero no justificaba en ningún caso la atrocidad doble cometida por mi personaje!
Estaba claro que el asesino se merecía el peor de los castigos, la pena máxima. No habría compasión para él.
Así que decidí cargármelo y santas pascuas.
El problema venía del modus operandi o, mejor dicho, del modo "ejecutandi".
Pensé en el saco lleno de bichos y piedras que los antiguos romanos reservaban a los parricidas para ahogarlos en el río. Pero eso me traería sin duda problemas con los animalistas. La policía local podría además multarme por tirar la basura orgánica fuera de su contenedor y por contaminar las aguas.

Ahorcarlo de un árbol me llevaba irremediablemente a enfrentarme con los ecologistas.

El hacha del verdugo sobre tajo de madera era un método infalible, pero habría conflicto asegurado con el gremio de los carniceros por intrusismo profesional.

Colgarlo de una farola: problemas con el ayuntamiento por uso indebido del mobiliario urbano.

Me acusarían de despilfarro energético si elegía usar la silla eléctrica.

La hoguera la descartaba de plano por sus connotaciones de fanatismo religioso. Además había riesgo de provocar un incendio.

Tirarle un piano en la cocorota desde el sexto piso supondría la condena de las asociaciones musicales. Y de los barrenderos.

Atiborrarle de psicofármacos o sobredosis de Frenadol: colegio de farmacéuticos poniendo el grito en el cielo por el uso indebido de medicamentos.

Atropellado por un camión... No quiero ni pensar en las protestas del sindicato de transportistas.

Untarle de miel y y echarlo a los osos... Tenía mis dudas por ser un método demasiado dulce, además de caro.

Usar gas letal, como aquel fatídico zyclón b... Me tacharían de nazi.

Pensé en el estanque de pirañas y en la multa que me iba a caer por alimentación indebida de animalitos, dado el exceso de conservantes y el alcohol en sangre que acumulaba mi personaje al gustarle demasiado el morapio.

Los psiquiatras y psicólogos que lo atendieron intentaron, si no justificar, sí explicar los fundamentos de su abominable y doble crimen: problemas en la infancia, maltratos de un padre alcohólico, frustración profesional… Como Hitler más o menos.


Al final opté por dejarle con sus remordimientos y que el sentimiento de culpa le devorara lentamente las entrañas mientras cumplía condena encerrado en su celda, dando paseos por el patio y colaborando en la lavandería o en labores de cocina en el penal, además de asistir a clase para la obtención del título de Graduado en Educación Secundaria.