No
hace falta subir al Himalaya, ni atravesar los océanos, ni recorrer de cabo a
rabo la muralla china, para comprender que en cualquier recodo cercano podemos
dejarnos jirones de piel o del alma en el intento, por el mero hecho de existir.
La vida es peligrosa por ser vida.
Desde el momento en que sales de casa
-incluso si no sales- estás en grave riesgo de ir perdiendo por el
camino pedazos de ti. Es un viaje peligroso. De él nadie saldrá vivo.
Caminas despreocupado, sin darte
cuenta de que en cada meandro, en cada recoveco, en cada ocasión que se
presente, nos vamos dejando por el camino fragmentos de los que somos y de lo
que fuimos, retales de vida, jirones de nuestra existencia… Tan frágil siempre.
Y esos pedazos perdidos jamás se
recuperarán.
Y de esta forma, segundo tras
segundo, día tras día, se irán por el sumidero del tiempo, como el agua
desaparece por el desagüe, girando alocadamente como en un torbellino, recortes
de nuestro yo, hasta acabar desapareciendo.
