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lunes, 22 de marzo de 2010

El despecho de una diosa, Laocoonte y la caída de Troya.

El juicio de Paris
Rubens

La destrucción de Troya a mano de los aqueos tiene su origen en las argucias de Atenea, diosa de la sabiduría, que había sido relegada junto a Hera a un segundo plano por Paris, volcando su despecho y su ira sobre él y en extensión sobre todos los troyanos.
El antecedente fue “El juicio de Paris”. La diosa Discordia, en un banquete de los dioses, había escrito junto a una manzana: “Para la más bella”. Tres mujeres se disputan el título: Atenea, Hera y Afrodita. Con el fin de poner orden entre las tres diosas, Zeus decide que sea un mortal quien haga la elección y opta porque sea Paris, el hijo de Príamo, rey de Troya. Las tres intentan sobornarlo. Hera le ofrece poder; Atenea le asegura triunfos y sabiduría y Afrodita le promete que si la elige a ella le proporcionará el amor de la joven más hermosa del mundo. Y ésta no será otra que la bella Helena, esposa de Menelao, rey de Esparta. Paris accede al último ofrecimiento. De ahí la guerra de Troya y también el despecho de las diosas Atenea y Hera.

Cuando los aqueos simulan abandonar el sitio de Troya y dejan el caballo de madera relleno de soldados, una argucia del astuto Ulises, los troyanos creen que es una ofrenda a los dioses que los griegos dejaron en la playa para que éstos les fueran propicios. Laocoonte, sacerdote de Apolo, advierte del posible engaño: “Timeo danaos et dona ferentes” (“Desconfío de los griegos aunque hagan regalos”) Atenea para hacerlo callar mandó dos enormes serpientes quienes salieron del mar y estrangularon a Laocoonte y a sus hijos.



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Así, nos cuenta Virgilio el terrible episodio, según se recoge en la Wikipedia:

"Ellas, con marcha firme, se lanzan hacia Laocoonte; primero se enroscan en los tiernos cuerpos de sus dos hijos, y rasgan a dentelladas sus miserables miembros; luego arrebatan al padre que, esgrimiendo un dardo, iba en auxilio de ellos, y lo sujetan con sus enormes anillos: ya ceñidas con dos vueltas alrededor de su cuerpo, y dos veces rodeado al cuello el escamoso lomo, todavía exceden por encima sus cabezas y sus erguidas cervices. Pugna con ambas manos Laocoonte por desatar aquellos nudos, mientras chorrea de sus vendas baba y negro veneno, y al propio tiempo eleva hasta los astros espantables clamores..."
Virgilio, Eneida.


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Después de este episodio los troyanos introdujeron el caballo dentro de la ciudad y esa fue su perdición: de su vientre hueco salieron soldados que abrieron la puerta de la ciudad a sus compañeros, aprovechando la oscuridad de la noche y que los troyanos andaban distendidos, festejando el fin del asedio aqueo.
Y así cayó Troya y quedó cumplida la venganza de una diosa.