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viernes, 10 de abril de 2026

COVI

 

Obra de Nicolae Grigorescu

Se llamaba Covadonga, pero todos la llamaban Covi. Cuando el coronavirus irrumpió en nuestras vidas pasó a ser identificada como Covi Diecinueve, porque era tóxica y complicada como persona. Sí, Covadonga era mala gente. Su situación se agravaba porque empinaba el codo de mala manera. Y cuando bebía —o sea, casi siempre— perdía el control y la vergüenza. Se juntó con otro borracho y compartieron su afición por el trago. Empezaban a beber nada más levantarse: copa de aguardiente con el café, varias cervezas a lo largo de la mañana, vino para comer, copa tras el postre, más cervezas por la tarde, vino para cenar y algún cubata tras la cena. Mientras compartían sus vicios todo iba medianamente bien. Alguna vez hasta tuvieron sexo. Se reían mucho cuando estaban cocidos, sobre todo de los demás. Les encantaba encontrar en los otros algún defecto. Si aquella estaba gorda, si aquella era flaca, si qué feo es ese señor, si aquel pedía una cocacola y no un coñac... Y se lo pasaban en grande buscando motes a los que entraban en el bar: el gafotas, el mariquita, la bollera, etc. Un día, saliendo del garito que frecuentaban, casi pisan una mierda de perro que estaba reciente en la acera.

Miiira, una mieeeerda —decía él señalando con el dedo y con la voz pastosa típica del que va hasta arriba de morapio.

Qué va a ser una mierda, hombre —respondía ella, también con la dicción perezosa del borracho.

Que sí, mujer, que es una miiiierda.

Que no —insistía ella y cogió un palo del suelo con el que empezó a hurgar en el truño, todavía humeante. Y con el palo, como si jugara al golf, empezó a golpear de refilón el zurullo perruno aquel salpicando de particulas fecales a todo el que pasara a menos de cinco metros, incluidos ellos.

¿Lo ves?

Joder —dijo ella, oliendo un fragmento que se le había adherido a la manga del jersey—. Pues es verdad. ¡Menos mal que no la hemos pisao!

Cuando él desapareció por culpa de la cirrosis hepática que se lo llevó al otro barrio, ella se quedó sola y se reconvirtió en bebedora solitaria. Y la soledad la llevó a la amargura, a odiar a los demás, a las peleas en los tugurios que frecuentaba. Le faltaban no sé cuántos dientes, algunos perdidos por sus aficiones etílicas y la falta de higiene; los más, por las trifulcas que mantuvo con otros borrachos y borrachas de su nivel. Una tía con mal rollo. Mejor no toparte con ella. Los que la conocían la llamaban así: Covi Diecinueve. Un bicho. Un virus de los peores.

lunes, 26 de enero de 2026

Un cotilla venido a menos

 


Ceferino Hernández era un cotilla, un mirón, lo que se dice un auténtico voyeur.

Siempre andaba espiando por la mirilla de la puerta o pegando la oreja al tabique que le separaba de los vecinos.

Las nuevas tecnologías le facilitaron su afición al fisgoneo.

Se aficionó a leer lo que algunos publicaban en prestigiosas publicaciones digitales como La Charca Literaria o La Ignorancia. Disfrutaba con las agudezas, las mentiras y los disparates de sus colaboradores. Decidió abrir un blog y también una página en Facebook para cotillear sobre la vida y los pensamientos de los demás, parapetado tras la pantalla del ordenador, en la oscuridad, con la impunidad que da observar sin ser visto, como cuando se contempla el mundo tras el visillo de la ventana.

Como quería pasar desapercibido, aunque leía con delectación lo que los otros escribían, rara vez daba su opinión. No comentaba nunca nada, ni siquiera utilizaba un tímido “me gusta”.

Prefería leer a ser leído, observar a ser observado.

Un día se dio cuenta de la dificultad de mantener ese juego.

La gente se fue cansando de su mutismo. Le relegaron a un segundo plano.

Dejaron poco a poco de seguirle. Alguno lo eliminó. Los más decidieron marginarle y no permitir que viera sus publicaciones.

Pronto no tuvo Ceferino dónde cotillear.

Un día decidió darse de baja de las redes sociales.

Pero no pudo. O no supo.

En este mundo hay dos cosas especialmente complicadas: darte de baja de la compañía telefónica y del Facebook.

Desesperado, se compró en el Mercadona cuatro cajas de botellas de whisky del malo y, así, abotargado por el alcohol y derrotado sobre el sillón de la sala de estar, se hizo teleadicto de todos los programas basura y de cotilleo barato de la tele.

Al final se murió. No sabemos si lo mató la cirrosis, el aburrimiento o una sobredosis de porquería.

lunes, 1 de diciembre de 2025

Por prescripción facultativa

 

Imagen de Pixabay

—Tómese estas pastillas para la memoria cada veinticuatro horas. Mejor al acostarse.

Fue lo que me recetó el neurólogo. Ya va teniendo uno cierta edad y los despistes están a la orden del día.

—Importante lavarse la herida con los puntos con un jabón neutro, secar bien la zona con una toalla limpia y darse betadine los tres primeros días. Luego, con el jabón ya es suficiente. En dos semanas se viene por aquí y le quitamos los puntos.

Eso me dijo el cirujano tras la operación de hernia inguinal.

—Dos veces al día te lavas bien la zona del prepucio y te untas con la pomada antihongos. Lo tuyo es una candidiasis, que también afecta a los hombres.

Fue lo que me indicó el médico de atención primaria que pasaba consulta por la mañana tras verme la zona irritada.

—Este preparado lleva diltiazem al 2% y lidocaína al 3%, el resto es vaselina. Se da usted dos veces al día, una de ellas tras la defecación. En un mes notará la mejoría. Si no, vuelva por aquí.

Me dijo el proctólogo tras inspeccionarme el ano y comprobar que mis molestias provenían de una fisura que me había salido tras un periodo de estreñimiento.

—Después de cada comida debes cepillarte con cuidado con este dentrífico para dientes sensibles y enjuagarte con el colutorio que te pongo en la nota. Es muy importante la higiene en esa zona. En seis meses vuelves.

Me dijo la higienista dental tras la última revisión.

—Tómate este jarabe cada ocho horas y se te calmarán los ataques de tos.

Me indicó la doctora de atención primaria del turno de tarde.

Aquella noche se me olvidó tomarme la pastilla para la memoria.

Dormí inquieto y mal.

Por la mañana me levanté medio sonámbulo, fui al baño y me tragué el betadine como si fuera el jarabe para la tos, puse la crema antihongos en mi cepillo dental y froté con ganas dientes y encías, me embadurné el pito con la pasta dentrífica, me unté la zona de los puntos con la fórmula magistral para la fisura anal y me enjuagué el ano con el jarabe para las tos.

Mis vecinos dicen que oyeron gritos.



viernes, 5 de septiembre de 2025

Instancias debidamente cumplimentadas

 

 

 

Todas las familias felices se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera.
Ana Karenina, León Tolstoy.

 



Federico Marchante se situaba en una de las segundas. De padre alcohólico y madre joven y en exceso protectora, en un hogar con pocos recursos económicos, tenía todas las papeletas para ser un desgraciado. Y lo fue. De haber vivido en la Alemania de entreguerras se habría convertido en un agitador de masas, en una especie de Adolf, solo que le faltaba talento para el arte y la oratoria. Además vivía en la España de los años sesenta, donde ya teníamos un dictador oficial, y nuestro país no había sufrido la afrenta de una paz impuesta desde fuera como pasó en Versalles, únicamente un transitorio período de aislamiento internacional, superado inmediatamente gracias a los intereses americanos, al trigo de Perón y a la intercesión del Vaticano.

Así que Federico se tuvo que conformar con su modesto bigotito al estilo facha y con dedicarse a la labor de simple funcionario amargado del Instituto Nacional de la Vivienda.

Su trabajo era el de atender al personal por ventanilla: instancias para solicitar vivienda protegida con sus pólizas, etc.

 —Vaya a la ventanilla ocho y acredite allí mediante el dni su identidad. Necesitará certificado de penales y de buena conducta, una declaración jurada de su adhesión a los principios fundamentales del movimiento.  Le darán un escrito de conformidad. Tendrá que rellenar también esta instancia dirigida al Ilustrísimo Señor Ministro —cuya vida guarde Dios muchos años—, y adjuntar una póliza de cinco pesetas. Luego vuelva con todo y le sellaré la solicitud que habrá rellenado. Abriremos una carpeta a su nombre y...  ya solo le quedará esperar. Si es aprobada le avisarán.

Su trabajo era sencillo. Una mera rutina que se repetía todas las mañanas en horario de mañana, de nueve a una. Y su capacidad para otorgar algo de felicidad o esperanza a los que hacían cola frente a su ventanilla, nula.
Su inmediato superior, jefe de negociado, le decía: solicitud que venga sin recomendación... a la papelera. Cada día se tiraban montones de impresos debidamente cumplimentados y con su póliza de cinco pesetas convenientemente pegada, que una cosa no quita la otra.

No tenía miramientos ni escrúpulos. Le importaban un comino los problemas de los demás.
Pues sí: Federico era un desgraciado, un infeliz… y un reprimido. Se le iban los ojos detrás de todas las mujeres y aprovechaba cualquier oportunidad para hablar despectivamente de ellas, a las que acusaba de ir provocando, una táctica clásica de hombre despechado que no se come un rosco.

Hasta aquel aciago día en que el destino le ajustó las cuentas. Pues a todo cerdo le llega su San Martín.
Como se le daban muy mal las relaciones sociales, no tenía pareja y follaba menos que un diácono en cuaresma, solía aliviarse de vez en cuando acudiendo al sexo de pago; o sea, que se iba de putas una vez al mes.
Pero mire usted por donde que al salir un día del burdel, mientras chupaba un caramelo de menta y se iba abotonando la bragueta, tuvo el infortunio de toparse con el Boni, otro infeliz, un expresidiario al que en su momento le denegó la solicitud de vivienda protegida por sus antecedentes penales.

 (“España sólo premia a los ciudadanos decentes”, le llegó a decir aquella mañana meses atrás, mientras con una sonrisa le devolvía de mala manera la solicitud que ni llegó a "archivar"). 

Y el Boni, que tenía buena memoria y mala leche, se vengó.
Y así acabó Federico, tirado en una esquina maloliente, sobre un charco de pis de perro, con dos cuchilladas traperas, una en la barriga y otra en los huevos. Y en la frente, pegado con saliva, un trozo de papel con el dibujo tosco de una póliza de cinco pesetas.


 (Este texto fue anteriormente publicado en La Charca Literaria:

https://lacharcaliteraria.com/instancias-debidamente-cumplimentadas/ )

lunes, 1 de septiembre de 2025

Secundario

 

Siempre me sentí el segundo de a bordo.

Si mi vida fuera una película yo sería un actor secundario, como Walter Brennan, Steve Buscemi, Miguel Ángel Rellán o Chus Lampreave.

Ya en el día de mi nacimiento mi padre dijo: «Qué feo me ha salido el jodío. No sé a quién coño se parece. Menos mal que tenemos otros dos».

En el colegio de curas San Alligator nunca me sacaban a la pizarra para recitar la poesía del día de la madre, ni para formar parte del coro para cantar Juventudes Reptilianas, ni siquiera para optar al puesto de monaguillo en las misas del primer viernes de cada mes. Solo lo hacían para regañarme o para darme de hostias. El Avelino, cuando venía con ganas de repartir leches, sacaba al Benayas para recitar la lección. Y después de reírse y de imitarle por su tartamudez, me nombraba a mí, que nunca conseguía aprenderme de memoria el tema de Geografía, y mientras yo decía: «Burgos tiene al norte La Lora, tierra de páramos y de pastos, cuyo centro es Sedano. Más al sur la Bureba…», y ahí me quedaba estancado, él se quitaba cuidadosamente el Festina y lo dejaba despacito sobre su mesa. Después venían las bofetadas. Era un sádico.

Los compañeros, cuando en el recreo echaban a pies con el fin de repartirse los jugadores para el partido, nunca me elegían hasta que solo quedábamos Blas, el cojo, y yo. Y ya no había otra opción: uno para cada equipo.

En mi casa materna nunca estrenaba ropa. Cuando a uno de mis hermanos le quedaba pequeña la suya, yo la heredaba. Y tan contento.

En mi matrimonio nunca fui el rey de la casa, solo el mayordomo, sin mando en plaza y en un segundo plano en la toma de decisiones. Las opiniones de mi suegra eran prioritarias siempre: «mi mamá dice que…».

No me gustan las acelgas rehogadas y mi suegra, cuando cenábamos en su casa, siempre las tenía hechas para fastidiarme.

Quise ser profe universitario, pero mis aptitudes no me dieron para más y me tuve que conformar con ser docente en Secundaria.

Secundario: estaba predestinado a ser siempre el segundo de a bordo.

Mis padres me debieron bautizar con el nombre de Secundino. Aunque, bueno, tampoco estuvieron muy desafinados y me pusieron Casiano. La de chistes idiotas que he tenido que aguantar. ¿Os imagináis a un rey o a un magnate de los negocios con semejante nombre? Pues eso. 

Bueno, os tengo que dejar. Me ha llamado el editor de La Charca Literaria para decirme que publican esta semana un texto mío. Se ve que se han agotado las reservas de los autores estrella y no queda más que la purrela: cosas de Pesca de arrastre y un cuento de tartamudos del Benayas.

miércoles, 27 de agosto de 2025

Viaje al interior

  



«Para comprender el mundo en el que vivimos es necesario conocernos a nosotros mismos». Esta era la lapidaria frase que figuraba como lema de presentación de aquel curso al que asistió Armando ese verano en el que decidió dejar de fumar. «Aprende a conocerte», se llamaba.

—Bueno, por probar que no quede —se dijo—. Si luego resulta una patochada, lo dejo y en paz.

Escéptico por naturaleza, se enfrentó a la primera clase con una ligera incredulidad; pero, según fueron pasando los primeros minutos de exposición, ese temor se fue disipando en el aire y el interés fue reemplazando a la desconfianza. Le estaba gustando lo que estaba escuchando. Y el ponente era muy bueno, un gran comunicador que sabía muy bien conectar con su público. De tal manera que, tras la primera sesión, se fue Armando a su casa plenamente satisfecho.

—Somos en realidad un universo en pequeño. Nuestro sistema nervioso, nuestra piel, nuestras células, conforman un mundo propio con sus leyes y sus grados de interacción propios —decía el ponente en la segunda jornada de clase—. Si somos capaces de entender esto, estaremos en disposición de entender a los demás y de comprender el mundo que nos rodea. Las mismas leyes que gobiernan nuestro cuerpo y nuestra psique son las que rigen el universo conocido, del que nuestro planeta forma parte.

Realmente le estaban pareciendo las sesiones sumamente interesantes y provechosas. Disfrutó mucho del curso. Se le hizo corto.

Cuando llegó a casa, se preparó algo de bebida, se puso un poco de música. Eligió un tema especial que conectara con su estado anímico y puso en su equipo de sonido Marantz un vinilo de los primeros años ochenta, titulado Cosmos, de Vangelis, muy vinculado en su día con la serie y el libro de Carl Sagan y con las músicas relajantes y de ambiente típicas de los planetarios. El espacio estaba de moda en aquellos tiempos. Y la música instrumental sugerente, tipo Pink Floyd o King Crimson, que creaba atmósferas adecuadas para la comprensión del universo, pegaba fuerte. Armando eligió esta música para relajarse un rato y como una forma de continuar con aquella frase lapidaria que le saludó el primer día de clase:

«Para comprender el mundo en el que vivimos es necesario conocernos a nosotros mismos».

Dio un trago largo a su bebida, se tumbó en el sofá, entornó los ojos e intentó relajarse. Se propuso sentir todo su cuerpo. Cada poro de su piel, cada milímetro de su carne... Cada célula tenía su valor, su importancia. Hizo un esfuerzo por verse desde dentro. Buceó en su interior. Se sintió un glóbulo rojo circulando por sus arterias; una burbuja de aire entrando en sus pulmones; una neurona transmitiendo a velocidad del rayo los impulsos nerviosos; una glándula lacrimal fabricando una lágrima que lubricara sus párpados. Notó sus latidos, su ritmo al respirar, el parpadeo inconsciente del ojo, el tacto suave del sofá, el regusto residual en el paladar del trago que acababa de tomar, el movimiento de sus intestinos… Percibió sus músculos, sus diferentes órganos, sus articulaciones y sus huesos. Notó que todo estaba en orden, que la armonía reinaba entre las diferentes partes de su organismo, que era muy joven todavía para que se produjera un cataclismo en su interior que acabara con la paz que ahora reinaba en su cuerpo.  Entendió que las patologías y la vejez serían como revoluciones incontrolables o guerras devastadoras que acabarían por desestabilizar y destruir todo el sistema. Comprendió entonces que formaba parte del universo. Un universo en equilibrio.

De pronto, un retortijón en el bajo vientre le avisó de que algo no iba correctamente. Tal vez la comida aquella del mediodía. O posiblemente la bebida con gas que se sirvió hace un rato y que no le sentó del todo bien. El caso es que tuvo que dejar aparcada de momento la placidez que disfrutaba para dirigirse apresuradamente al baño.

Los pedos que se iba tirando por el pasillo eran el inequívoco aviso de que su universo particular había entrado en una especie de big bang, una explosión que amenazaba con romper la placidez de un día tranquilo.

jueves, 14 de agosto de 2025

Topónimos

 


Entiendo el término de "topónimo" en su sentido más amplio: nombres propios de sitios, ya sean localidades, accidentes geográficos o incluso calles. Detrás de cada nombre hay a menudo un origen, una historia que contar. Ese es el caso de la calle de la Ballesta, donde parece que hubo un cazador que montó un corral deportivo en el que se practicaba el tiro con dicho utensilio. Aun así, para la mayoría de los madrileños mayores de sesenta años fue toda la vida el barrio de las putas del centro de la capital.

La toponimia es para mí algo muy importante pues siempre la llevé conmigo, concretamente en la faceta de las relaciones amorosas.

Distintas relaciones, distintos topónimos.

Cuando echo mi mirada hacia tiempos pasados y rememoro momentos vividos con mis antiguas parejas, me viene a la mente el recuerdo de lugares, sus nombres característicos, su fonética especial y sus connotaciones, todo lo que llevan consigo de especial significado, como si se tratara de palabras mágicas que, al evocarlas, me trajeran al presente sensaciones vividas en otros momentos. ¿Será que con los años me he vuelto algo nostálgico?

Mi primera novia la tuve en tiempos universitarios. Se llamaba Conchita. Ella era de un pueblo del norte de Madrid, Buitrago de Lozoya. Sus aficiones fueron el montañismo, el senderismo, el estudio de la fauna y de la flora serranas. Siempre la montaña. Hasta tal punto era esto cierto que cuando quedábamos en Madrid para darnos una vuelta, lo hacíamos en la calle Serrano. Con mi novia Conchita recorrí muchos senderos y subí, en largas caminatas, por las faldas de algunas montañas, como La Peña del Moro, La Peñota o el Cerro de los Hoyos. Bueno, también intenté subir las faldas de ella alguna vez, pero infructuosamente, que era muy casta y quería llegar incólume o casi al matrimonio. O sea, besuqueo y tocamientos a mogollón que era lo que se llevaba entonces, lo que se traducía en calentones y dolores testiculares (solo para mí). No había más. Luego rompimos la relación por un quítame allá esas pajas. No sé si ella consumaría el débito conyugal con algún otro, antes o después del enlace matrimonial.

La segunda pareja que tuve fue ya en la treintena. Se llamaba María de las Mercedes y era historiadora. Hizo la tesis doctoral, como no podía ser de otra manera, sobre la primera esposa de Alfonso XII, desde la boda hasta su muerte. Con ella, con la Mercedes del siglo XX, iba mucho al cine, pero no a besuquearnos como hacen las parejas en la última fila, la de los mancos. La verdad es que era algo estrecha y siempre había que ver dramones históricos, a ser posible relacionados con su especialidad. ¿Dónde vas, Alfonso XII? era su favorita. La vimos juntos dieciséis veces. Quizá por eso dejé de ser monárquico.

A mi novia le fascinaban también las calles de Madrid que tenían nombres de oficios artesanos antiguos. Le gustaba mucho quedar conmigo en el Arco de Cuchilleros, en la Calle Bordadores o en La Ribera de Curtidores... Me explicaba siempre el origen del nombre. Luego nos tomábamos un vermut en alguna tasca de esas antiguas y para casita cada uno a la suya que se hacía tarde.

Ya cerca de los cuarenta vino Luisita, la asturiana, acompañada siempre por la Regenta de Clarín, los lagos de Covadonga, don Pelayo y las trifulcas a pedradas con los musulmanes, aunque como buena asturiana contaba siempre aquello como una epopeya gloriosa, una gran batalla contra el infiel y no como lo que fue: una riña entre un grupo de pastores y unos moros despistados que andaban por aquellos riscos. Es cierto que, entre nosotros, hubo "conquista" mutua. Y como una vez reñimos, nos separamos y luego volvimos, cabría hablar también de "reconquista". Pero nos lució poco: ella era muy mirada y devota y tampoco me dejaba hacer guarrerías. Luego nos cansamos el uno del otro. Y hasta más ver.

Finalmente vino la Lupe, la choni poligonera, con la que no podía hablar de Neruda, ni de orografía, ni de cine de arte y ensayo, pero con la que follaba como si no hubiera un mañana. Aquello me compensaba un poco de tanta abstinencia pasada. El caso es que esta buena moza se dedicaba en su tiempo libre a ir al Rastro o a los mercadillos cuando más llenos estaban de personal, con todas esas amas de casa con sus carros atiborrados comprando en los puestos, o a darse vueltas por el metro en horas punta, con los vagones atestados de gente, que también hay que fastidiarse ese mal gusto cuando se va tan ricamente en otros momentos y no hay casi nadie ni en el metro ni en los mercadillos. Pero ella era feliz así: le gustaba el gentío, la muchedumbre. Cuando salió de la cárcel, cambió de oficio. Sé que cambió. Lo que no sé es a qué se dedicó pues nunca quiso hablar de ese tema conmigo. ¿Que cuáles eran sus topónimos favoritos? No sé muy bien, pero andábamos sobrados de dinero y por casa siempre había algunos posavasos que se traía del trabajo. Quiero recordar algunos nombres como: Club Pigmalión, New Girl, Club La Sirenita, Casa Chuchupe... y cosas así. ¡Ah, qué recuerdos me traen!




lunes, 11 de agosto de 2025

Premio de encargo

 


Hubo un tiempo, allá por los ochenta y noventa, en que un grupo de avispados expertos en el arte de vender la moto ideó un sistema para promocionar a empresas, consistente en captar y contactar con algunas para ofrecerles sus servicios: una ceremonia de entrega de premios a los seleccionados, con reportaje de fotos, estatuilla y diploma acreditativo. La estatuilla dorada imitando al óscar cinematográfico; la ceremonia, hortera a más no poder, con señora rubia de bote, muy pintada, tacones de aguja y vestido ajustado, encargada de entregar los trofeos a los "ganadores", mientras un señor trajeado -seguramente el marido de la rubia impostada- , como maqueado para boda con corbata de nudo gordo, iba micrófono en mano, cual telepredicador o vendedor de rifa en la tómbola, nombrando a los galardonados. Y en el diploma, que cada uno de los "premiados" ya se encargaria de colocar en lugar visible de su despacho, junto a la estatuilla, una frase impactante que decía:

Premio otorgado a la empresa Tal por su imagen, prestigio y expansión.

No hace falta decir que los costes de la ceremonia, más una sustancial suma en concepto de retribución por la gestión realizada, corría a cargo íntegramente de los participantes. O sea: yo os hago una promoción y un reportaje de lo vuestro, a bombo y platillo, para que podáis presumir, a cambio de un dinero que me dais para los gastos. Y todos tan contentos.

La cosa no tendría enjundia y se quedaría ahí, de no ser porque un día que hice unas compras en el mercado de mi antiguo barrio me di de bruces con el señor Manolo, el del puesto de las aceitunas, que en ese momento daba buena cuenta de su bocata kilométrico de chorizo, como era habitual en él a esas horas. Y el piscolabis lo despachaba en un santiamén mientras atendía a sus clientes, masticando a dos carrillos, sin cortarse un pelo, como un gañán que anda en el monte con las cabras, lo que motivaba más de una mirada cómplice entre los compradores. Y el señor Manolo lucía, en el fondo de su tienda de encurtidos y variantes, la famosa estatuilla dorada y un cartelón donde ponía, para regocijo y chufla del público habitual:


A DON MANUEL GÓMEZ GÓMEZ,


ADMINISTRADOR DE LA EMPRESA "MANOLO",

ESPECIALIZADA EN EL ADEREZO DE ACEITUNAS,

POR LA ALTA CALIDAD DE SUS PRODUCTOS,


POR SU IMAGEN, PRESTIGIO Y EXPANSIÓN.


Sí, señor, con un par, que lo mismo daba darle el galardón a una clínica dental, a una boutique, a un restaurante de moda o al señor Manolo con su bocata de chorizo. La "expansión" no sé, pero la "imagen" y el "prestigio" de los promotores de la idea... quedaban un poco en entredicho.


Texto publicado originariamente en lacharcaliteraria.com


lunes, 4 de agosto de 2025

No todo el monte es orégano

 


Te pasas media vida escribiendo relatos con la malsana intención de que te lean y, al final, los textos más leídos por la familia y los amigos son tus recetas de cocina. Esperabas oír:

—Me gustó mucho tu cuento sobre los batracios turolenses.

Pero lo que realmente oyes es:

—Qué buena me quedó tu receta del cocido madrileño.

Y es que, en esto de la literatura, nadie me tomó nunca en serio.  ¿Cocino mejor que escribo? ¿Me apreciarán los demás solo a nivel gastronómico? Por lo que parece, satisface y llena más el espíritu un plato de garbanzos que las peripecias de mis personajes. 

Sin embargo, honestamente, pienso que aquel cuento que escribí para La Rana Tarambana tenía buenas dosis de intriga, una acción trepidante y hasta un poquito de morbo:


"La llegada de la noche sorprendió a Lucita en medio del monte de los robles. Un poco antes del atardecer había salido de casa, con su faldita de cuadros, su cesta de mimbre, el pelo recogido en una coleta y una canción entre los labios, dispuesta a recoger algunas florecillas con las que formar un pequeño ramo. Junto a los árboles crecían flores silvestres y diversas plantas aromáticas como la jara, el tomillo y el orégano, con ese inconfundible olor. En la cesta metió un poco de todo.
El sol declinaba y, en pocos minutos, la oscuridad acabó por imponerse. Ya era tarde y debía regresar al hogar, donde le esperaba su anciana madre. Sin pensárselo dos veces, emprendió el regreso. De repente, a su espalda, un crujir de ramas, seguido del ruido de pisadas en la hojarasca, le avisó de que algo o alguien vigilaba sus inocentes pasos. Lucita comenzó a asustarse y apretó el paso. Estaba absolutamente convencida de que un peligro desconocido la acechaba. La angustia comenzó a apoderarse de ella. Le entraron ganas de correr, pero decidió reservar sus energías para cuando fuera totalmente necesario. Llevaba la cesta agarrada con fuerza y desde ella le venía a la nariz el olor fresco y penetrante del orégano. Ponemos al fuego una sartén con unas gotas de aceite. Marcamos los trozos de pollo, vuelta y vuelta, para evitar que se escapen los jugos. Reservamos. Se pica finamente la cebolla en juliana y se deja pochar a fuego medio en la misma sartén donde hemos sellado la carne. Se añade pimienta, sal y algunas hierbas aromáticas que tengamos a mano. Cuando ya coja color, se agregan dos o tres ajos laminados. Se rehoga todo a fuego lento durante cinco minutos. Es el momento de agregar una copa de Pedro Ximénez y remover todo durante un minuto más. Incorporamos ahora las piezas de pollo que sellamos al principio. Añadimos medio vaso de agua caliente —o algo de caldo, si se prefiere— y dejamos hervir todo durante unos treinta minutos aproximadamente, a fuego bajo y mirando para atrás, comprobando que nadie la sigue, que lleva las flores y las hierbas aromáticas que cogió en el bosque y la llave que le permite abrir la puerta de su casa y respirar tranquila una vez dentro. Y dejarse invadir por ese olor familiar, inconfundible y grato, a comida recién hecha".

viernes, 18 de febrero de 2022

Un cuento indecente


Fuente de la imagen: Weegee

Marcos Fajardo quería escribir una buena historia y necesitaba un arranque potente, por eso compró los derechos de una narración a Nicomedes Piernavieja, avispado —y, casi siempre, achispado— editor del que ya hablamos en alguna ocasión. (1 )

Marcos tenía ganas de escribir una historia erótica y le gustó el inicio que ideó en su día Horacio Pereira, el inventor de títulos para novelas, (2) y que hábilmente supo encontrar Nicomedes entre carpetas atiborradas de papeles y revistas de señoras estupendas en bolas en el desván aquel de la vieja casa que perteneció en su día a Horacio, ya difunto:

Elena estaba harta de no comerse un colín y decidió cambiar de aspecto radicalmente.

En la clínica aquella le metieron en los morros medio kilo de silicona y se le puso boca de lechona lactante.

Luego le quitaron las bolsas de debajo de los ojos, parte de la papada y unas verrugas del dorso de la mano. Se lo metieron todo en un táper para que se lo llevara a casa.

Enseguida encontró novio. Se llamaba Cipriano.

Aquella tarde en el cine los labios de Elena se le ofrecían a Cipriano como una fruta madura. Cuando este la besó notó, además del olor a ajo, una potente erección no buscada y cómo todo el vello de su piel se erizaba en consonancia con su miembro enhiesto.

La epidermis de ella era suave como la de un melocotón y olía a esa mezcla de sudor rancio y deseo que emanan las mujeres enamoradas cuando son jóvenes y se lavan poco.

Pensó que era un buen inicio para una historia tórrida de amor loco, lujuria y desenfreno.

Y se puso enseguida a continuar la historia:

Y aprovechando la oscuridad de la sala y la oportunidad de encontrarse en la última fila, la llamada certeramente fila de los mancos, allí mismo dieron rienda a sus impulsos lascivos y, como pudieron, se apañaron para complacerse mutuamente, no importándoles lo más mínimo guardar las formas ni la incomodidad de realizar el coito en la misma butaca, ella a horcajadas, arremangada, subida encima de Cipriano, como hábil amazona galopando sobre potro desbocado. Tampoco se cortaron lo más mínimo cuando al unísono alcanzaron sendos orgasmos y, tras los oportunos jadeos, prorrumpieron en gritos y exclamaciones de elevado tinte obsceno, hasta el punto de que uno de los espectadores de tres filas por delante les llamara la atención y el acomodador acabara finalmente por expulsarles del cine.

Pues no me está quedando mal —se dijo Marcos. Creo que la historia va bien encaminada. A ver si tengo algo de tiempo y la continúo uno de estos días.

Marcos trabajaba en una empresa funeraria, y últimamente, entre el balance anual y la pandemia, la verdad es que no disponía de demasiado tiempo para dedicarse a esta vocación que acababa de descubrir recientemente, la de autor de literatura erótica, algo tan apegado a la vida como su trabajo lo estaba a la muerte.

Ahora resultaba difícil encontrar un poco de tiempo para continuar una historia que merecía tomársela con calma pero con dedicación plena. La continuaría en cuanto pudiera.

Pero pasó algo que cambiaría radicalmente sus primeras intenciones...

En la última visita que hizo al cementerio, con ocasión de un acompañamiento funerario: traslado del ataúd desde el tanatorio hasta el lugar de enterramiento, etc. , comenzó a replantearse su vida. De ahí pasó a las preguntas y los pensamientos manidos: qué somos, a dónde vamos, qué sentido tiene todo, nuestras vidas son los ríos que van a dar al mar... Y finalmente una reflexión más profunda le llevó a descubrir que estaba equivocado en todo: su actividad, sus lecturas, sus creencias... Y decidió purgar su conciencia revisando todo lo que hizo hasta el momento: trabajo, aficiones... Quiso redimir sus pecados. Contactó con un pastor de una secta evangelista de su barrio y decidió cambiar de vida. También decidió retomar la historia aquella y usarla para enmendar sus errores. De esta forma escribió a continuación:

Después de aquello, Cipriano comenzó a encontrarse mal. Le remordía la conciencia por lo que había hecho. Sentía asco de sí mismo. "Soy un vil gusano que ha sucumbido a los placeres de la carne. ¿Se puede comparar el goce de unos minutos por toda una eternidad de suplicio eterno en los infiernos? Porque he pecado se decía. Y además del placer prohibido al no estar casado, he cometido un vil asesinato: miles de espermatozoides, de posibles futuras vidas han quedado dentro del preservativo que utilicé. Hijos que no van a nacer jamás. Soy el más miserable de los mortales y merezco el castigo divino."

Tenía ganas de irse a casa e ideó una excusa para que Elena no sospechara nada. Dijo encontrarse indispuesto, con el estómago revuelto por culpa de las palomitas , del meneo y del refresco de cola. Y con esas se marchó, dejando a su novia con la boca abierta.

Camino de casa, absorto en sus cavilaciones y arrepentido de sus actos, le atropelló un coche. Había recibido su justo merecido por libidinoso y pecador.

¡Jóvenes que habéis leído esta historia: aprended de los errores de Cipriano y no cometáis el mismo pecado! ¡Llevad una vida virtuosa de trabajo, contención y castidad!

El relato fue incluido entre las lecturas piadosas obligatorias de la secta aquella para educación y provecho de los jóvenes que se iniciaban en ese credo. Hay quien dice que algunos solo leían —en privado y satisfactoriamente, por cierto la primera parte y obviaban el final, pero eso ya son habladurías.

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lunes, 17 de enero de 2022

El autoantropófago


Avelino Garrido se comía los mocos cuando era un crío. Más tarde comenzó con la manía de morderse las uñas. Un vicio tonto. Después siguió con las cutículas y los padrastros, luego con la piel dura adyacente a cada lado de la uña. Los dedos se le pusieron como porras.

Un día se percató de que estaba mordiéndose los labios. Se hallaba en el cine viendo una película de suspense. Había unos malos muy malos, de esos con sombrero y vestidos con traje negro, metidos todos dentro de un sedán también negro. Y perseguían a una joven rubia, muy guapa por cierto, que corría despavorida por la calle. Era de noche y no había un alma. Solo se oía el chirriar de los neumáticos en los adoquines y el taconeo frenético de la moza que huía a la desesperada. La persecución de la chica por aquellos mafiosos le producía desazón. Tanta que, cuando se quiso dar cuenta, se había hecho sangre al arrancar jirones de piel reseca de los labios con la ayuda de su dentadura.

Una noche, tras ducharse, comenzó a cortarse las uñas de los pies y no pudo reprimir sus impulsos. Dejó la tijera a un lado y comenzó a mordérselas con sus propios dientes. Al tirar en exceso de una de ellas, la del dedo gordo del pie izquierdo, como estaba muy dura, se rajó por donde no debía, arrancándose la mitad y dejando al aire la la pulpa blanquecina de debajo. Se hizo sangre. No quedó ahí la cosa, pues del esfuerzo que hizo se partió también uno de los incisivos, tragándose sin pretenderlo un fragmento del mismo.

Un día fue a un restaurante con su amigo Juan.

Su amigo pidió un chuletón de buey, poco hecho. Y él un plato de pasta con queso rallado. Mientras el amigo daba buena cuenta de la carne y con el cuchillo dejaba aflorar un interior rojizo y sanguinolento, le dijo:

-No sé cómo podéis comeros la carne medio cruda. Yo, últimamente me estoy volviendo casi vegano: pasta, arroz y ensaladas, sobre todo.

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Texto publicado originariamente en La Charca Literaria


miércoles, 22 de diciembre de 2021

Ritual navideño


Adaptación de un antiguo texto mío con motivo de las fiestas navideñas y su publicación en La Charca Literaria.


Cuando era joven, casi un niño, tenía un tesoro en mi habitación: mi estantería. Siempre oliendo a madera y a esa combinación de aroma de libro viejo mezclado con el olor de las adquisiciones más recientes.

La lectura era un ritual solitario donde yo, como lector, me convertía en testigo y a veces en protagonista de los acontecimientos, un acto mágico que me posibilitaba ir descubriendo letra a letra, palabra a palabra, situaciones insólitas y paisajes recónditos ocultos a la vista de los simples mortales que, desde fuera, no tenían la suerte de compartir conmigo mi afición.

Por eso, cada año, esperaba con ilusión la llegada de las fiestas navideñas.

Las navidades para mí eran unos días muy especiales, pues dos tíos míos tenían la sana costumbre de regalarme libros, y siempre lo hacían al inicio de las vacaciones para que tuviera tiempo suficiente para leerlos.

De esta manera, cuando el mes de diciembre iba llegando a su final, sabía que en mi habitación me esperaba alguna aventura interesante para descubrirme, a solas, sus secretos y hacerme partícipe de ellos.

Porque todo se encontraba allí, en unos pocos estantes adosados a la pared del fondo: el capitán Nemo y su Nautilus, Sitting Bull y las infinitas praderas americanas, el profesor Lidenbrock y su sobrino Alex, los solitarios del océano, el escarabajo de oro y los misterios de la calle Morgue, los jinetes indios cabalgando a pelo sus monturas, Guillermo Brown y sus proscritos, el avaro Scrooge, el camino para llegar al centro de la Tierra…


Aquellas navidades me regalaron El árbol del ahorcado y otros relatos de frontera, lleno de tahúres, forajidos y vaqueros. Estaba deseando empezarlo. Así que, una vez ya en mi cuarto, cogí el libro de la estantería y, antes de iniciar su lectura, eché primero un vistazo a su interior, como quien abre la caja de Pandora picado por la curiosidad. Y percibí cierta agitación en sus páginas. Me dio la sensación de estar soñando o de sufrir un espejismo, pues llegué a entrever en ellas el movimiento vertiginoso de un remolino de arena típico de los desiertos….

Luego cerré de golpe el libro, y al hacerlo, como una puerta de seguridad que impide el acceso a los intrusos, se levantó un espeso muro de polvo y de silencio que quedó en el aire de la habitación, flotando unos instantes, como una interrogación que no espera respuesta.



jueves, 4 de noviembre de 2021

El mal de Pau Gilabert


Pau Gilabert era de buena familia, perteneciente a la alta burguesía catalana. 
Siempre vivió en un confortable inmueble del Paseo de Gracia, esquina Carrer del Rosselló, del lado derecho según se sube. 
Pau Gilabert se pasaba el día paseando en paños menores o directamente en pelotas por su casa. No era exhibicionismo, sino un problema de la piel. Le picaba mucho. Siempre andaba rascándose. Era alérgico a casi todos los tejidos habidos y por haber. No solo los sintéticos como el poliéster o el nailon, sino también los de procedencia vegetal, como el lino y el algodón, o animal como la lana. Lo normal era que, al acabar un día de trabajo, llegara a casa y, tras quitarse la corbata, la camisa y el pantalón, descubriera ronchones en la piel escamada, erupciones masivas de granitos que le producían una irritante comezón y le hacían rascarse hasta llegar al punto de sadismo autocomplaciente, consistente en arañarse la piel con las uñas hasta que el picor se convertía en dolor y lograba hacerse sangre. Entonces acudía al dermatólogo o, en los últimos tiempos, ya consciente de su mal endémico, crónico y epidérmico, directamente iba a la farmacia en busca de corticoides locales que llevaran una buena dosis de calmante para aliviar la desazón. 
¿De dónde le venía este asunto? ¿Cuándo empezó todo? Pues viendo la tele o leyendo la prensa. Encendía el televisor o abría el periódico porque "le picaba" la curiosidad. Y ese picor no se calmaba porque intuía que en aquello que decían los medios había gato encerrado. Le escamaba tanta trola, tanta verdad a medias, y ello le conducía inconscientemente, de forma totalmente incontrolada, a rascarse.
 Primero se rascaba la cabeza, luego un brazo, luego una pierna y, finalmente, el paquete urológico externo, o sea la masa testicular. De esa forma encontraba cierto grado de alivio. 
Luego, la comezón aquella se le fue extendiendo por el resto del cuerpo. No quedando ni un centímetro cuadrado libre del prurito, como dicen convenientemente los prospectos farmacéuticos. 
Tuvo un perro y no le quedó otra opción que regalárselo a una amiga. No podía ver cómo levantaba la pata trasera y, cada dos por tres, se rascaba detrás de la oreja. Aquello le ponía muy nervioso e invitaba a imitarle. 
El problema es que lo de Pau es contagioso. Cada vez que me pongo a hablar de ello me entra la picazón. Ahora mismo me está pasando... ¡Dios, cómo me pica la pierna! 
Si mientras lees esto, en algún momento te entran ganas de rascarte, no lo dudes, amigo lector, tú también estás poseído por el mal de Pau Gilabert.

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Texto publicado originariamente en lacharcaliteraria.com

miércoles, 20 de octubre de 2021

Encrucijada

Imagen de uso libre de Pixabay

Había llegado el momento de elegir uno de los cuatro caminos que se cruzaban en aquel páramo reseco y despoblado. Solo uno. Y no debía equivocarse. Era un lujo que no se podía permitir. Le iba la dignidad en ello. Y quién sabe si el propio pellejo.

Todo empezó aquella mañana de octubre en que Cipriano Cedeño se encontró con aquel viejo misterioso de cabellos largos y barba canosa. Estaba sentado en un banco del parque y se entretenía en echar migas de pan a los pájaros. El hombre aquel, con un aspecto a mitad de camino entre un mendigo y un filósofo antiguo, se le quedó mirando fijamente y le dijo:

¿Te gusta cómo doy de comer a estos animalitos? A mí no. Simplemente lo hago porque creo que debo hacerlo. En la vida has de tomar decisiones, te gusten o no. Y hay que procurar hacerlo con acierto. Tarde o temprano todos tenemos la ocasión de comprobarlo. Hay que usar siempre la inteligencia. Lo mejor no tiene por qué ser necesariamente lo más tentador. Elige bien o te arrepentirás. Acuérdate de lo que te digo.

Luego el viejo desapareció.

Y Cipriano, que era un poco corto de mollera, se quedó rascándose la cabeza y meditando un poco esas palabras.

Pasados unos días llegó el momento de comprobarlo. Esa mañana había salido a andar al campo, sin ninguna dirección concreta.

Y al cabo de un rato se encontró con aquella encrucijada de caminos. ¿Por dónde tirar?

El que se abría a su izquierda estaba limpio de rocas y era bastante llano, cómodo para andar por él, lleno de árboles a izquierda y derecha que aseguraban buena sombra a los caminantes, fuentes de agua cristalina aparecían aquí y allá para calmar la sed del viajero. Enseguida lo descartó: para conseguir algo en la vida hay que hacerlo con cierto sacrificio. Un camino tan bueno es una tentación pero seguro que no te lleva a buen lugar. Es una trampa. Debía ser sagaz.

El que estaba a sus espaldas lo descartó también: era el camino que le había llevado hasta allí, el camino a su casa, un sendero sin cuestas, algo que ya pertenecía al pasado. No le aportaba nada a una vida marcada ya de por sí por la rutina. Volver ahora sería como claudicar. Ya lo tomaría al regreso, ahora no era el momento.

El de enfrente era tortuoso, enmarañado de zarzas y abrojos, repleto de peñascos; en algunos tramos estaba encharcado, embarrado, parecía más una ciénaga que un camino, lleno de mosquitos, sabandijas y bichejos inmundos típicos de las charcas y de los terrenos pantanosos.

El de la derecha era una carretera con carteles chillones donde se anunciaban clubs de alterne, casas de juegos, bares, restaurantes, casinos y moteles. Una chicas ligeras de ropa hacían autoestop en la cuneta y sonreían de forma encantadora. Una invitación al goce y al pecado. Aquello era claramente un anzuelo para que picaran los amigos de los placeres mundanos.

Enseguida le vinieron a la mente las palabras del viejo aquel de las barbas blancas y mirada firme:

Lo mejor no tiene por qué ser lo más tentador. Elige bien o te arrepentirás.

Estaba claro cuál tenía que elegir.

Y el muy gilipollas se puso de fango, arañazos y picaduras de mosquitos hasta las cejas.


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Texto publicado originariamente en lacharcaliteraria.com

viernes, 17 de septiembre de 2021

Mr Hayd a ratos



Por mi preparación académica y por mis aficiones a la lectura y a escribir relatos, dada mi proverbial corrección sintáctica y ortográfica en la expresión escrita, yo tendría que ser definido como una persona culta, de verbo fluido y exquisita en el trato cotidiano con el resto de los mortales; pero, hete aquí, que viví mi infancia y juventud en diversos barrios del extrarradio madrileño, concretamente en Valdezarza y en Opañel, y que, por una mera cuestión de supervivencia y de adaptación al medio, tuve que tener trato con personas zafias de baja estofa, incluso gente golfa, macarra, pandillera y pseudodelincuente, por lo que mi aprendizaje cotidiano en la calle hizo que mi oralidad se llenara de tacos, improperios, expresiones soeces, muletillas y demás, en el mejor estilo barriobajero. No había que desentonar si querías seguir vivo.

De esta forma, mientras me iba formando académicamente no me refiero solo a mi vida universitaria, sino que efectivamente mi bachillerato superior lo preparé en una academia y luego me examinaba por libre y en mi expresión escrita abundaban exclamaciones como córcholis y caramba, y era meticuloso y educadísimo en lo referente a mis análisis de conductas ajenas y en las opiniones sobre los demás, como cuando hice en mi cuaderno una semblanza de esa persona rarita, compañera de clase que no participaba de los juegos varoniles en el recreo junto a los demás, con calificativos como "Fulano es una persona especial, de aficiones poco frecuentes, algo introvertido; no le gusta el bullicio, ni los juegos violentos; prefiere entretenerse con el ajedrez e ir a conciertos de música clásica los domingos. Seguro que será un genio cuando sea mayor: los grandes genios de la humanidad siempre fueron gente poco corriente", etc., en mis comentarios verbales mi expresión daba un giro de 180 grados y decía, en este caso concreto, a los compañeros más revoltosos de clase que "el gordo gafón era un tontolaba, un gilipollas y un mimao, y que había que darle dos hostias a ver si espabilaba."

Cara y cruz en una misma persona. Casi diría que dos personalidades que afloraban según las circunstancias y la situación. Algo así como una especie de Doctor Jekyll que se transformaba prodigiosamente en Mr. Hyde según pintara la cosa. Y es que vivir en el extrarradio marcaba mucho. Apuntaba antes que el comportamiento de uno y la forma de expresarse en cada momento tenían mucho de adaptabilidad al medio e instinto de superviviencia. Si querías sobrevivir en un ambiente hostil y que no te comieran los demás, tenías que ser un poco malote, deslenguado y bronco:

—¡Amos, no me jodas! ¡Eso no mola, tío! ¿De qué vas tú, panoli? ¡Achanta el pico o te meto, Aniceto! ¡A que te pego dos leches!



Luego, subía a casa, y me ponía a hacer los deberes, traduciendo La Guerra de las Galias, de Julio César (Omnes hi differunt inter se lingua, institutis, legibus. Flumen Garunna dividit Gallos ab Aquitanis) o analizando una estrofa de Bécquer, distinguiendo perfectamente entre una metáfora y un hipérbaton: Volverán del amor en tus oídos/ las palabras ardientes a sonar.

No dejaba de ser todo ello una pura contradicción si lo miramos bien. Aunque era un aprendizaje válido para enfrentarte al mundo. Pero, claro, pasados los años, te das cuenta de que aquel bagaje sigue contigo. Y que, cuando te cabreas, puede salirte el monstruo que llevas dentro, como cuando vas en el coche y alguien te hace una jugarreta o un listillo se te quiere colar en la fila del supermercado o del cine:

—¡A ver, el listo ese! ¡Sí, tú, mendrugo, que se está rifando una leche y llevas todas las papeletas! ¡Como vaya a por ti, chaval, no vas a tener calle suficiente para correr!

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Texto publicado originariamente en lacharcaliteraria.com


lunes, 12 de abril de 2021

El sufrido e incomprendido mundo del escritor


Una cosa es escribir y otra padecer por ello. Eso era exactamente lo que le pasaba a Manuel cada vez que escribía un relato y sus personajes tenían algún percance. No lo podía evitar, pero no era de recibo que cada vez que inventaba una historia sufriera en carne propia lo que les ocurría a sus seres de ficción. Era una implicación excesiva: por mucho que fueran obra suya, no eran sus hijos.

Recuerdo ahora aquel caso de un médico de familia que llevaba mal que sus pacientes enfermaran y cada vez que alguno pillaba algo él también se ponía malo. Era un aprensivo que se implicaba en exceso con los padecimientos de los demás. Al final tuvo que dejar la medicina y dedicarse a otra cosa.

A Manuel le estaba pasando algo similar: que su personaje sufría del dolor de muelas, al cabo de un rato ya le estaba dando la lata alguna de sus piezas dentarias y tenía que darle al paracetamol y pedir cita con el dentista; que su personaje era aficionado al deporte o a ir al gimnasio, al día siguiente ya estaban allí puntuales las agujetas:

Manolo, venga, que se nos hace tarde para ir donde mi madre le decía su esposa, mientras él seguía remoloneando en la cama.

No puedo. Estuve ayer tarde escribiendo la historia de Marcos el culturista y hoy ando con agujetas.

Cuando escribió la historia de Pau Gilabert, el de los picores, le salió una dermatitis en sus partes de muy señor mío, pues no paró de rascarse la entrepierna mientras la escribía.

Luego empezó el relato de Angustias, la que perdió la casa y todos sus ahorros por su afición al juego...

Manolo. Te recuerdo que dentro de una hora tenemos cita con el abogado para lo de la herencia de mi padre, y tú todavía andas en pijama. Venga, vámonos que se nos hace tarde.

Vete tú, que enseguida me acerco yo y te recojo. Es que a Angustias la echan hoy del piso.

Con Elviro Lindo, un tipo guaperas y ligón, le pasó algo curioso. Su personaje andaba alternativamente con varias mozas. A una, alta y morena, la visitaba los lunes; a otra, rubia de bote, los martes; el miércoles se lo montaba con una pelirroja en el cine; los jueves frecuentaba locales de alterne; los viernes y los sábados salía de pesca a una discoteca, y siempre había incautas que picaban; el domingo lo dedicaba a reparar fuerzas y descansaba, salvo que alguna amiga le telefoneara con otro plan mejor. No paraba el tío. Hasta el punto de que tuvo que tomar un complejo vitamínico. Y la novela, lógicamente, tenía escenas de cama y pasajes tórridos a tutiplén con sexo de alta temperatura, que eso vende mucho, pues no hay que olvidar que las buenas historias se sustentan sobre cuatro pilares fundamentales: un conflicto que enganche, unos personajes consistentes y creíbles, sexo a raudales y... del otro ahora no me acuerdo, ni falta que hace.

Y de resultas de tanto trajín y de tanto folleteo, Manolo parecía Príapo, con su erección permanente por implicarse en la vida sexual de los demás, y pilló dolor en sus partes íntimas:

María, ven a la cama, que ando salido. No sé qué me ha pasado con mi personaje que tengo dolor de huevos.

Que te alivie tu tía. A saber qué mierdas de páginas visitas en internet. Todo el día con el ordenador es lo que tiene. Vas y te arreglas tú solo, como yo hago con mi madre y con el abogado. 

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Texto publicado originariamente en lacharcaliteraria.com

viernes, 12 de febrero de 2021

Regalos de enamorados



Ya solo te falta la prótesis mental.

Eso le dije a Marisole aquella tarde ante el televisor, mientras veíamos al unísono un nuevo programa del "Sálvame".

La verdad es que, de un tiempo a esta parte, mi novia le había cogido afición a aquello de la estética. Primero fue la dentadura completa, para sustituir las cuatro piezas pochas que le quedaban, y de paso se implantó cuatro incisivos adicionales porque todo el mundo le decía que cantaba muy bien con su vocecita aguda imitando a Fredy Mercuri: "Mamaaaa, just killed a man".

Luego vino el tabique de platino que sustituyó al perforado por su adicción inconfesable a la farlopa.

A continuación, el trasplante de hígado por su cirrosis hepática originada por el abuso de alcohol mezclado con ansiolíticos.

Tras su aparatoso accidente de moto, llegaron los hierros en cadera y fémur derecho y la pierna izquierda postiza.

Como fue perdiendo pelo, se agenció también una peluca que disimulara su alopecia.

Debo reconocer que al principio no hubo más remedio. No había elección. No era solo por estética, sino por necesidad dadas las circunstancias.

Pero luego fue por vicio que cogiera gusto al quirófano.

Primero se puso un par de tetas de la talla noventa y cinco.

A los seis meses llegaron los morros de bótox muy adecuados para cantar "Only you" a lo solista afroamericana.

Más tarde vino la silicona a sus glúteos para aparentar más culo.

No contenta con su transformación paulatina, que corría inversamente proporcional a nuestro saldo en el banco, se empeñó en que yo entrara en el juego aquel. Me pidió que me pusiera el cipote de titanio, recubierto de rugosa piel de serpiente pitón. Y sabe Dios que lo hice por satisfacerla, claro está.

Luego, tras mi caída por las escaleras, como consecuencia de aquella cogorza que pillamos, y dadas mis múltiples fracturas, me convenció para que reemplazara mis ya quebrados huesos por otros flexibles hechos de tuberías de pvc.

Después llegaron las prótesis para aumentar el grosor de mis brazos y hombros que quedaron recauchutados simulando un mayor volumen muscular.

Ella, por su parte, se sometió al cabo de un tiempo a darle la vuelta a su cara como el que se la da a un guante o a un calcetín. Parecía otra. Salvo una oreja que quedó descolocada y los ojos mal alineados, creo que estaba hasta más guapa.

Por mi cumpleaños me tuve que operar de hemorroides. De paso mi novia me regaló un agrandamiento de ojete para realizar con ella fantasías anales y, ya que estábamos, aprovechar para teñírmelo de blanco, que molaba mucho.

Por su santo le regalé algo que le hizo mucha ilusión: quitarse la papada y las bolsas bajo los ojos y con todo ello hacerse un monedero...

Así que para el día de los enamorados tuve el detalle de regalarle el implante definitivo: la prótesis mental. Era una intervención muy sencilla: anestesia local, escoplo y martillo, un par de golpes para levantarle la tapa y reemplazarle parte de su masa gris, a todas luces inservible, por bolas de poliestireno expandido.

El caso era rellenar el hueco.

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Texto publicado originariamente en lacharcaliteraria.com


lunes, 18 de enero de 2021

Relato de un relato

 


Horror vacui

La casa aparece llena de objetos, el despacho atiborrado de carpetas y papeles desordenados, manuales de esto y de lo otro. Piezas varias: estatuillas falsamente africanas, un elefantito de alabastro, una colección de moais, una reproducción del santo prepucio dentro de una cajita de cristal, un candelabro de siete brazos... Prescindibles o no, ahí están: una pareja de leones en piedra, una estatuilla de Buda, fotos de familia, discos de vinilo, un viejo tocadiscos, cómics, las estanterías atiborradas de libros amenazando con un derrumbe inminente, dos enanos de Blancanieves de tamaño real 1,15 metros flanqueando la puerta...

Reconozco que siempre he padecido de horror vacui y que soy incapaz de vivir sin estar rodeado de objetos. Me acompañan siempre, me dan abrigo, protección y calor.

Sin embargo, a pesar de la compañía, en este preciso momento mi mente está vacía. ¡Horror! Trabajo en un relato desde hace un buen puñado de días y no se me ocurre el final.

Y de nuevo, ante mí, en el escritorio, el papel pavorosamente en blanco. Terriblemente inmaculado.

No encuentro el desenlace —pienso angustiado—. No tengo forma de darle un final a esta historia.

Y acto seguido hago un gurruño con el folio que tengo delante y, como viene siendo habitual desde hace varias semanas, lo tiro por delante de la mesa donde trabajo y, como pasa en el noventa por ciento de las veces, la bola de papel, tras describir en el aire una breve trayectoria parabólica, cae irremediablemente fuera de la caja que está preparada en el suelo para tal fin. La caja está casi llena, pero alrededor de ella siempre hay una buena colección de lanzamientos fallidos en forma de papeles arrugados, todos fuera de la diana.

Llevo trabajando en mi nuevo relato algo más de un mes. Y lo que pensaba que era tarea fácil —solo falta concluir todo con una especie de epílogo, el colofón, el broche final—, se estaba convirtiendo en un reto casi imposible que amenaza con mandarlo todo al garete.

Me gusta trabajar a la vieja usanza. Nada de ordenador. Tan solo papeles y bolígrafo. Casi siempre folios a medio usar, comunicados del banco, recibos, propaganda del buzón… impresos solo por un lado que voy amontonando en cualquier parte. Así me siento más cómodo. Me provoca un cierto rechazo el folio cuando está virgen por las dos caras. ¿Horror al vacío? Tal vez una manía sin fundamento o un producto de mi propia inseguridad: cierto temor a defraudar al papel impoluto que se ofrece ante mis ojos.

A no ser que…

De pronto, un destello relampaguea en mi mente. Como una sacudida eléctrica, una idea ocurrente parece abrirse paso entre las tinieblas de mi cerebro y, sacudiendo las telarañas que amenazan con imponerse a mis neuronas, ya de por sí escasas, sale a la luz un pensamiento.

—¡Ya lo tengo! Mira que estaba dormido para no darme cuenta. Es más fácil de lo que pensaba.

Y acto seguido, entusiasmado por la ocurrencia, cojo el recibo de la luz del mes de mayo y en su reverso, blanco como un campo nevado, limpio como una patena, escribo las últimas líneas.

—Ahora sí —me digo, contemplando con satisfacción el resultado—. Esto ya es otra cosa.

Y retomo la historia aquella del urólogo y la esposa infiel que le engañaba con este:

Así comienza el desenlace:

A las dos semanas volví a mi médico para las pruebas urológicas. Me tocaba revisión anual, pura rutina. No sé por qué después de lo ocurrido no cambié de especialista. Quizá porque estaba acostumbrado a él.

Nunca lo hacía, pero aquella vez quiso explorarme:

—Bájese los pantalones, abra las piernas y apóyese aquí. Es cuestión de un momento. Relájese.

Antes de darme la vuelta para someterme al tacto rectal, me pareció vislumbrar un extraño brillo en sus ojos y una leve sonrisa, casi una mueca, mientras se ponía un guante desechable y agitaba en el aire los dedos. Luego me aplicó vaselina...

Cuando concluí el relato lo pasé a ordenador y lo mandé al editor Nicanor para que lo incluyera en La Charca Literaria. Se publicó el dieciséis de junio de 2020: https://lacharcaliteraria.com/todo-mentira/

Luego, Javier Herrero nos propuso a los colaboradores habituales de La Ignorancia escribir algo sobre "el horror vacui". De ahí el sentido de esta historia que también pude acabar felizmente y que ahora tienes entre tus manos. En el fondo: dos cuentos por el precio de uno. O sea, gratis.

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Este relato se incluyó en el número 29 de la revista digital La Ignorancia, dedicada monográficamente al "horror vacui": http://www.laignoranciacrea.com/