Mostrando entradas con la etiqueta Ida y vuelta. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ida y vuelta. Mostrar todas las entradas

martes, 3 de noviembre de 2020

A modo de despedida


Los que lo conocieron personalmente aseguran que Eusebio Castedo era un hombre serio, taciturno, poco dado a relacionarse con los demás. Decían de él  que le gustaba la soledad y que era, por naturaleza o tal vez por vocación, de marcado carácter pesimista, antipático y tendente a la depresión.
            
Para los que tuvimos la suerte de contarle entre nuestros amigos virtuales, aficionados a las redes sociales, teníamos una imagen de él diametralmente opuesta: era divertido, ocurrente, siempre dispuesto a la broma, a los equívocos, a los juegos de palabras. Nos saludaba cada mañana desde su página de facebook con alguna imagen divertida, con algún pensamiento atrevido, con algún comentario jocoso. Siempre sacaba punta a cualquier cosa. En definitiva, nos solía alegrar el día.
            
Por eso, nos quedamos de piedra cuando recibimos aquel mensaje colectivo todos los que estábamos en su lista de contactos:

Eusebio Castedo ha fallecido a la edad de 67 años.
El entierro tendrá lugar, mañana día 3 de noviembre,
a las 11 de la mañana, en el cementerio de San Isidro de Madrid.
Hasta ese momento, el difunto permanecerá
en el tanatorio de Marqués de Vadillo.

Se conoce que algún familiar, que conocía las aficiones de Eusebio, se tomó la molestia de coger su móvil y comunicarnos el triste suceso.       
De no ser porque muchos estuvimos en el sepelio, acompañando a sus familiares, podríamos pensar que era otra broma de las suyas; pero no. Yo mismo tuve la oportunidad de verle en su ataúd, de cuerpo presente, a través de un cristal, todo rodeado de coronas, enviadas de aquí y de allá.  Eusebio Castedo había abandonado realmente este mundo para siempre.
Estuve en el tanatorio y en el cementerio al día siguiente. De no haber estado en ambos sitios, podría albergar alguna sospecha sobre su muerte, pero estuve allí. Insisto. Pude ver su rostro lívido tras la mampara, dentro de la caja, el ataúd, las flores, sus familiares compungidos… Y luego cómo lo depositaban en aquel hoyo, la losa encima, etc.
Por eso, un escalofrío recorrió mi espina dorsal, mientras sentía que todo el vello disponible del cuerpo se me erizaba cuando, al regresar a casa tras el entierro, y visitar aquella noche mi página de facebook, pude comprobar cómo entre los que le habían dado al “me gusta” de algo que hacía unas pocas horas había publicado,  figuraba el fallecido.  No puede ser, pensé. Debe ser una equivocación. Tal vez otro con el mismo nombre. Algún bromista. Nervioso como un flan pinché en su nombre que servía de enlace y me catapultó a su página, a su biografía, con su foto… Era él.

Eusebio Castedo falleció oficialmente a las tres de la madrugada del día 1 de noviembre de 2020, fue enterrado el 3 por la mañana y le dio al “me gusta” después de las cuatro de la tarde de ese día. ¿Cómo era posible? ¿Qué estaba pasando?
Mientras estupefacto asistía a tamaño prodigio, en la radio una canción de  Peret  decía:


Y no estaba muerto, no, no; y no estaba muerto, no, no.
Y no estaba muerto, no, no. Estaba tomando cañas, leré leré.
No estaba muerto, estaba de parranda.
No estaba muerto, estaba de parranda.

A partir de ese día el difunto no volvió a tener actividad en las redes; aunque el “me gusta” seguía ahí, inamovible.
Y es que algunos tienen una extraña manera de despedirse.

_______
Texto publicado originariamente en lacharcaliteraria.com

lunes, 20 de abril de 2020

Probando a vivir


Adán y Eva, Rubens y Jan Brueghel


Ayer soñé que me expulsaban del Edén.
Allí vivía muy feliz y en la absoluta inopia, como los bichos que me rodeaban, vegetando, sesteando y sin dar un palo al agua. Había fuentes cristalinas que saciaban mi sed, generosos árboles que me regalaban sus frutos y una mujer que me colmaba de felicidad únicamente con su presencia. Sí, una mujer. Él había dicho que no era bueno que yo estuviera solo en aquel jardín y por eso me dio una compañera. Andaba con ella de aquí para allá, los dos cogidos de la mano, como en Babia, con el culo al aire, sin saber muy bien para qué servía aquel colgajo mío, además de para orinar… Pero la vida era plácida y sin sobresaltos. No había que luchar para comer, ni había que pensar para ser felices. No había que hacer nada, solo dejarse llevar. Y dábamos largos paseos, dichosos los dos, acariciados por un clima benigno. Ella era muy hermosa, con su andar armonioso y con sus larguísimos cabellos dorados, cayendo en cascada sobre su pecho. Y pasaban así los días lentos y apacibles.
Pero algo debí hacer que no gustó al que nos situó en aquel paraíso. El caso es que se enfadó bastante.
Mi sueño era confuso en ese sentido. No recuerdo bien qué pasó. Tal vez fue un malentendido o simplemente un capricho del propietario del Edén. No me dio explicaciones. Simplemente me llamó y me dijo:
—Coge tus cosas y vete. Llévate a tu mujer. No quiero volver a veros por aquí. A partir de ahora, todo lo conseguiréis a base de esfuerzo. Nadie os va a regalar nada. Sois libres.
El caso es que me vi fuera en un santiamén. Y emprendí un largo viaje. Lógicamente, en la expulsión, arrastré a mi compañera. Y eso me dio un poco de tristeza por ella. Se vio obligada a seguirme, pues era deseo de nuestro creador que, a partir de entonces, procreáramos y llenáramos el mundo con el fruto de nuestra simiente. Eso dijo antes de echarnos. Me castigó a mí y a mi estirpe. Ella se resignó, debía quererme mucho. Por eso, nada más salir de allí, me cogió de la mano y me llevó a un lugar frondoso lleno de árboles y me invitó a sentarme con ella en la hierba. Y, mirándome tiernamente a los ojos, me dijo:
—He cogido sin permiso una manzana de un árbol del Edén. La guardé para que la probaras. Toma, dale un mordisco. Verás qué rica.
Después que comí de aquella fruta, noté una sensación de calor y bienestar que me recorrió todo el cuerpo. Era una experiencia nueva. Entonces fue cuando me di cuenta de que estábamos desnudos. Y nos miramos con complicidad. Luego nos unimos en gozosa cópula.


Relato perteneciente a "Ida y vuelta",  registrado en Safe Creative, bajo licencia


martes, 7 de abril de 2020

La llave. Un relato extraterrestre



          
—La hemos liado parda. De esta va a ser difícil que salgamos —dijo con amargura Gurth. 

La tarde declinaba tras el gigantesco ventanal del área de control. En el horizonte, unas nubes de tono rojizo anunciaban la inminente llegada de la noche. En el lado opuesto, ocupando un espacio enorme del firmamento, se recortaban imponentes Calíope e Ifigenia, las dos lunas de Goodall. Mientras hablaba, el joven contemplaba el paisaje con tristeza, como quien cree que esta podría ser su última puesta de sol. Al menos para él o, tal vez, para ellos dos. 

—¿Dónde demonios habrá puesto Frank la llave? —se quejó Gurth—. Mira que se lo he dicho mil veces: lo que entra en consigna no se toca. Es nuestra culpa si pasa algo. Pues nada, ni por esas. 
 —Le llamo por el intercomunicador y no contesta. A saber dónde está ¿Y tú? ¿Cómo has sido tan descuidado? —le reprochó Selena—. Tenías una gran responsabilidad en la custodia de la llave. Ahora, a ver qué hacemos. En dos o tres minutos tenemos aquí a todos esos locos moteros dispuestos a lo que sea. Ya nos han avisado. No va a ser precisamente divertido. 
—En menudo lío nos ha metido el amigo Frank. 
—De los gordos. Hacía tiempo que no me veía en una de estas. 

Selena y Gurth formaban parte del equipo responsable del control de la puerta norte, zona de salida y de llegada de numerosos viajeros espaciales a lo largo del año. Cada vez que llegaba una nave, era obligatorio que sus ocupantes dejaran su llave de navegación en consigna, un lugar blindado al que solo tenían acceso los propietarios de la llave y los responsables del control del paso. Un lugar seguro, mucho más que la ciudad, donde frecuentemente los visitantes eran objeto de robos. Y las naves eran un botín demasiado tentador como para andar arriesgándose a perderlas. La llave era una especie de minicomputadora que seleccionaba la ruta y activaba el funcionamiento de las aeronaves, con su código identificativo de procedencia o de destino. 
El puesto de control de la puerta norte era una moderna edificación de metal y vidrio, una pirámide con enormes ventanales, a prueba de sabotajes, y se hallaba situado en una especie de promontorio o atalaya desde donde se dominaba el paisaje, formado tan solo por caprichosas formaciones rocosas y un mar de arena. Allí abajo era donde aparcaban sus cacharros los visitantes que se acercaban de todas partes para visitar la ciudad, la cual se encontraba a espaldas de la atalaya, con sus ruidosos establecimientos, sus garitos, sus tiendas, sus sitios de diversión y sus lugares peligrosos. 
A poco de llevarse Frank la llave que traía a sus compañeros de cabeza, un integrante de la comitiva de los mordani —horda motera y pendenciera de Tritón que desembarcó hacía unas horas— regresó de la ciudad al puesto de control, pidiendo acceder a la nave para coger su arma que había dejado olvidada dentro. 

—La llave no te la puedo dar en este momento porque está en revisión —le dijo un apurado Gurth que disimuló como pudo su angustia—.Vuelve en un par de horas y ya la tendré. 
—¿Cómo? ¿Qué está en revisión? ¿Qué cuento es ese? Más os vale recuperarla enseguida si no queréis tener problemas. Creo que esto no le va a gustar a Tagg. 

Sabían los dos cómo se las gastaban los mordani. Temían que tomaran represalias si en un breve plazo no estaba la llave en su poder. La llave que permitía acceder a la nave principal y abrir la puerta espacio-temporal, vital para que pudieran regresar a su planeta. Y ellos dos, Selena y Gurth, se supone que eran los depositarios y los guardianes de la misma. Y al haber desaparecido, pagarían las consecuencias. Y muy caro. Y no había forma de encontrar a Frank. 

—Maldito Frank —exclamó Gurth—. Lo tenemos bien crudo. 
—¡Mira!— señaló Selena con el índice una espesa nube de polvo que se estaba levantando al fondo y se aproximaba velozmente—. Creo que son ellos que regresan de la ciudad. Ya los tenemos aquí. 

Los mordani eran extremadamente violentos, lo peor de Tritón. Todos conocían de sobra sus crueles procedimientos. Eran totalmente salvajes incluso cuando estaban de buen humor. Y ahora que los responsables del paso habían cometido un tremendo error, nada menos que sacar la llave de la zona de consigna, las represalias iban a ser enormes. Lo menos que les podía pasar era que los desollaran vivos. El primero que llegó con su moto aérea, encabezando la comitiva, fue Tagg. Pelo largo al estilo de los moteros terrícolas de toda la vida, barba de varias semanas, chupa de cuero con remaches metálicos y ojos inyectados de sangre. 

—Vaya, ¡qué tenemos aquí! El mosquito y la mosquita. Y con cara de no tener preparada la llave. 

El coro de acompañantes, acelerando sus monturas con un rugido ensordecedor, celebró la ocurrencia de su jefe emitiendo al unísono un alarido horripilante como de guerra, al estilo de los cherokees de las películas terrícolas del oeste. A Selena y a Gurth no les llegaba la camisa al cuerpo y empezaron a sudar copiosamente. Sabían lo que les esperaba y no iba a ser precisamente nada bueno. 

—¡Tagg! —intervino a la desesperada Selena antes de que empezara “la fiesta”—. La llave está localizada. No hay ningún problema. Solo falta esperar un poco a que nos la traigan. Se la llevaron porque fallaba una conexión. La están ajustando. Ten un poco de paciencia. 

Volvió ella a coger el intercomunicador y a marcar de nuevo los dos dígitos identificativos de Frank, pero ni por esas. No contestaba. Tecleó velozmente un mensaje desesperado. Los mordani se revolvían inquietos. Estaban impacientes por liarla. 

—¡Jefe!— apuntó uno—. ¿Les quemamos vivos? 
—No, espera. Eso sería muy leve. Se me ocurre algo mejor. Vamos a divertirnos un poco. ¡Traedme a la chica! 

En esto, un remolino apareció por el aire. En medio de él se vislumbraba a lo lejos una figura humana que manejaba con maestría su monoplaza y se acercaba al grupo a toda velocidad. En la mano agitaba un objeto metálico ¡Era Frank! ¡Y traía la llave! 

—¿Ves, Tagg?—apuntó Selena—. Si es que no nos has dado la oportunidad de ofrecerte las explicaciones pertinentes. La llave en todo momento estaba localizable. Ya te dije que nuestro ayudante se la llevó para ponerla a punto. Ya sabes que una llave puesta a punto permite un viaje rápido y en mejores condiciones. 

—Más te vale, princesita. De no ser así dejaré que mis chicos te devoren cruda. A ver, alfeñique —dirigiéndose autoritario a Frank según llegaba y detenía su vehículo—, acércate que vea si eso que traes es lo que me pertenece o, por el contrario, me has dado el cambiazo. 
—Nada más lejos de mi intención —se excusó Frank—. Tenía mal una conexión y andaba débil la señal de grafeno. Me ha llevado algo de tiempo, pero ya está lista. Pruébala si quieres. 
—Espero que funcione, si no quieres que me haga un pañuelo con tu pellejo— dijo mientras encendía la llave y un destello azulado llenaba la diminuta pantalla de control—. Parece que está todo en orden. Como comprenderéis no voy a pagaros nada por un servicio tan malo. Conformaros de momento con que no juguemos a las canicas con vuestros globos oculares y con vuestras pelotas. ¡Y tú, pazguato, despéjanos el camino que nos vamos a casa! Espero disfrutar de un viaje cómodo y rápido. Si no, os veréis las caras conmigo cuando vuelva. Con Tagg no se bromea ¿Entendido? 
—Despejado el camino. Tenéis ruta abierta. Ya podéis salir —dijo Gurth, tras teclear en el terminal de su mesa la orden para la salida. 




Y Tagg accionó la llave, introduciendo el código rápidamente en la diminuta pantalla azulada. Luego, plenamente satisfecho, la guardó en un bolsillo de su pantalón. Tagg salió de allí el primero con su moto, detrás de él toda la comitiva le siguió en fila de uno haciendo rugir sus máquinas en dirección hacia la nave madre. Una vez todos entraron en el vientre de ella, la noche rasgó su velo y un círculo de bordes luminosos se fue abriendo en el cielo como un boquete en la vastedad del espacio, agrandándose poco a poco. La puerta estaba abierta. La nave de los mordani despegó, se elevó en el aire dirigiéndose hacia al agujero aquel. Al cabo de unos pocos segundos, desapareció engullida por aquella boca abierta en la inmensidad de la noche. Luego, igual que se abrió, en un instante volvió a cerrarse.  Los tres amigos respiraron aliviados. Se habían salvado por los pelos de una muerte horrible. 
—¿Cómo has podido hacernos esto, Frank? Parece mentira que no conozcas los métodos de esos salvajes. Casi nos matan. Y tú pensando solo en jugar— le recriminó Gurth. 
—Era una sorpresa—contestó el aludido—. Quise daros una alegría. Y un disgusto a esos macarras. Me llevé la llave para manipularla y cambiarle las coordenadas. Ellos confiaban en volver a Tritón. Sin embargo, desconocen que el código interno que les puse les lleva ahora mismo hacia Epsilon Eridane B, a un montón de años luz de su casa. Y que es imposible que ya puedan rectificar la ruta. No los volveréis a ver, a menos que vivan medio siglo más cada uno. Y eso si sobreviven, que lo dudo. Os he librado de ellos para siempre. De nada, chicos. No hace falta que me deis las gracias.

_______

Desde el confinamiento, este relato mío perteneciente a "Ida y vuelta", con la intención de evadirnos un poco de la realidad. 
A la calle no podemos salir, pero del espacio nadie dijo nada. 
El pdf  te lo puedes descargar gratis aquí.

sábado, 14 de diciembre de 2019

El fantasma del Parador de Turismo



Todo castillo que se precie ha de tener un fantasma. Y aquel Parador de Turismo, que otrora fue castillo, no podía ser una excepción. En el caso que nos ocupa, el espectro era la doliente sombra de don Bermudo, un antiguo conde que fue mandado emparedar por don Guzmán de Uribe, marqués del Silo Seco, allá por el siglo XI.

Al parecer, el conde se beneficiaba a Veremunda, la señora del lugar, en ausencia de su marido, quien de vez en cuando se enfrascaba en batallas que le hacían estar lejos de su morada algunas temporadas, sobre todo cuando hacía buen tiempo y el exceso de testosterona propio de la edad le llevaba a buscar el natural desfogue fuera de casa mediante el uso de las armas, descuidando lo que dejaba en su hogar. El caso es que una buena mañana los tortolitos fueron pillados in fraganti dándose un homenaje en la torre del ídem. Y el noble fue condenado a morir de hambre y de sed, desnudo y con grilletes,  confinado en una lóbrega mazmorra excavada  en los sótanos, sin más compañía que los grandes bloques de piedra que hacían las veces de bocadillo. Y él era el fiambre en este emparedado macabro.

Y durante siglos, el fantasma del conde vagó errante por las galerías del lugar, un castillo medieval que, con el tiempo, fue reconvertido en Parador de Turismo, para admiración de lugareños y solaz de visitantes. Aunque era difícil dar con él porque, discreto y silencioso, solo salía por las noches cuando todos dormían. El motivo de sus paseos no era otro que redimir su condena y lograr el descanso eterno tras cumplir su misión: dar con un descendiente para relatarle los hechos tal como acaecieron, porque de sus efusivas muestras de amor hacia Veremunda nació un varón que, por razones de discreción y con el fin de no hacer un ridículo espantoso, el amo del castillo tuvo que reconocer como propio, máxime cuando no fue capaz de conseguir otra descendencia. Y la gente, que era muy dada a cortar trajes, comenzaba ya con habladurías sobre su presunta incapacidad.
            
Así que don Bermudo andaba de aquí para allá, errante y desazonado, buscando cada noche en el listado del registro de clientes el nombre de un posible descendiente.
Hasta que dio conmigo.
            
Sí, amigos. Yo soy Bernaldo de Uribe, último sucesor directo del marqués del Silo Seco. Precisamente me alojé unos días en el Parador porque sabía que aquellas piedras habían servido de morada a mis antepasados. Eso creía entonces, hasta que el fantasma me contó la historia. Y lo hizo en el salón de armas, una noche que no podía dormir y acudí allí en compañía de un libro:
            
—¡Bernaldo de Uribe! —me dijo con voz cavernosa aquella sombra que apareció de repente al fondo del salón, atravesando las paredes como si fueran de mantequilla, dándome un susto de muerte—. Y me imagino que de los Uribe del Silo Seco. ¿Me equivoco?
—No, no se equivoca —respondí asombrado por la repentina aparición de aquel anciano de barba blanca y vestimenta parecida a la de un monje de otros tiempos—. ¿Quién es usted?
—Antes de contarte quién soy, voy a relatarte una pequeña historia…
            
Y aquella aparición procedió, con pelos y señales, a ponerme al corriente de todo lo que aconteció en aquellos bárbaros tiempos. Y según narraba, yo iba abriendo la boca y los ojos cada vez más, atónito, estupefacto…. Al principio dudé de sus palabras, pero era tal la cantidad de información que me estaba suministrando que me convencí, muy a mi pesar, de que todo lo que decía era la pura verdad. Ese estrafalario vejestorio era realmente mi antepasado, el que engendró un hijo que pudo perpetuar la saga familiar  hasta llegar a mí y al que en definitiva le debía el hecho de estar vivo. 
            
Cuando me incorporé para abrazarle, se desvaneció en el aire como una bocanada de humo. Era la prueba definitiva de que estaba ante un fantasma. A partir de ahora ya podría descansar en paz. El fantasma, no yo. Yo no pude pegar ojo en toda la noche. Compréndanlo. En unos minutos había descubierto que mis antepasados fueron otros. Y lo que es más grave, me habían degradado de marqués a conde.

___________
Relato perteneciente a "Ida y vuelta", libro en pdf que te puedes descargar gratuitamente en el siguiente enlace:
https://drive.google.com/file/d/1qaq_V-Mh9yR5hql9k_9sIwHXYPxTgJ-R/view

lunes, 18 de noviembre de 2019

La huida



Nunca imaginó que tuviera que irse de allí, pero las cosas se habían puesto realmente mal y al final tuvo que tomar una determinación.
Se fue sin un adiós. No quiso despedirse de nadie. Le resultaba realmente doloroso tener que pasar por el mal trago de la despedida.
Se fue al anochecer, al amparo de las sombras. La noche era especialmente fría, solo que había luna y el cielo aparecía cuajado de estrellas —¡Nunca vio tantas en toda su vida!—. Ello le permitía orientarse en medio de la oscuridad.
Un silencio absoluto reinaba, solo roto de vez en cuando por el canto del cárabo que, una y otra vez, dejaba oír su monótona letanía, un canto lúgubre en medio de la inmensidad de aquella noche.
El aire estaba tan frío que cortaba la piel.
El hombre se puso a caminar. Decidió resueltamente tomar un camino, el que le conduciría a su destino.
Mirando hacia el horizonte de aquel campo tan llano que parecía un inmenso mar, divisó a lo lejos la mole enorme del obstáculo que le separaba del otro lado. A derecha e izquierda se alzaba un muro imponente de muchísimos kilómetros de largo. No se adivinaba el final ni por un lado ni por el otro. Habría que vadearlo; pero a saber dónde acabaría. Tomó pues la decisión de saltarlo. Era un muro de piedra y podría tener una altura de seis o siete metros. No era de altura excesiva.
Se dispuso a iniciar la escalada. Su futuro y tal vez la felicidad dependían de ello.
Al ser de piedra, la pared aquella ofrecía algunos pequeños entrantes o hendiduras que podrían servir para ir metiendo los dedos y la punta de las botas en el ascenso. Se puso a la tarea. Estaba más ágil de lo que pensaba y en pocos minutos logró coronar la cima. Al llegar, tomó un respiro y se sentó allí a horcajadas contemplando el paisaje que se abría al otro lado. Ante él aparecía, hasta donde la vista se perdía, un bosque frondoso. La bajada se anunciaba más sencilla. Solo tendría que repetir la operación de ir metiendo pies y manos en las hendiduras que encontrase e ir descolgándose poco a poco. Bajó. De nuevo emprendió la caminata, ahora a través de la espesura. Según andaba entre los árboles, recordaba imágenes de los días anteriores. Los preparativos para la marcha. Los problemas que le llevaron a tomar la decisión de irse. Los asuntos personales no andaban bien. Debía emprender una nueva vida lejos, sin condicionantes. Había estado viviendo una vida que no era la suya. Era la de otros. Ocupaciones alienantes para sacar adelante a los demás. No se arrepentía de ello. Era lo que tenía que hacer entonces; pero ahora el momento era otro. El tiempo se iba y había que aprovecharlo.
Tenía por delante un largo camino, muchas horas de marcha a través del bosque. Y cuando el bosque se acabó, apareció de nuevo el campo. Los árboles empezaron a escasear y en su lugar fueron apareciendo arbustos y matorrales.
Amaneció. Caminó y caminó incansablemente, hasta que no pudo más y se detuvo a descansar sentado en una piedra enorme bañada por los rayos del sol de la mañana. Agotado, logró vislumbrar a través de los matorrales que tenía delante un camino. Cuando se repuso un poco, se levantó de allí y lo tomó. Tenía el cuerpo molido. Le dolían las piernas; pero había que seguir. “El mundo es para los que no se rinden”, recordaba entonces las palabras de su abuelo.
Siguió aquel camino. Se extrañó de que en ningún momento se cruzara con nadie. Ninguna persona, ningún animal en todo el recorrido, como si el mundo se dispusiera antes sus ojos para él solo, como si lo estrenara él a cada paso.
Así pasó el día: caminando y descansando a ratos.
Y al final, cuando la tarde declinaba y el sol volvía a ocultarse en el horizonte, cuando ya no podía más y sus piernas pesaban cada una como una losa de cemento, cuando ya estaba a punto de desfallecer y se preguntaba qué demonios hacía allí, andando sin norte, sin saber dónde ir, en medio del silencio de una nueva noche, roto tan solo por el canto del cárabo que, una y otra vez, dejaba oír su monótona letanía, divisó a lo lejos la mole enorme del obstáculo que le separaba del otro lado. A derecha e izquierda se alzaba un muro imponente de muchísimos kilómetros de largo. No se adivinaba el final ni por un lado ni por el otro. Habría que vadearlo; pero a saber dónde acabaría.
Y tomó la decisión de saltarlo.



Relato perteneciente a "Ida y vuelta", registrado en Safe Creative, bajo licencia

jueves, 17 de octubre de 2019

En camino


Me andaban buscando. Sabía que tarde o temprano darían conmigo. Y eso sería el final.
Por esa razón, aquella mañana lluviosa de febrero, decidí poner tierra de por medio y largarme de la ciudad. Cogí el primer tren que salía para el sur. Por equipaje solo llevaba un libro y una pequeña maleta con apenas un par de cosas.
Subí al tren. Tomé asiento junto a la ventanilla. Al principio no había más pasajeros en mi departamento. Cuando inició con lentitud la marcha, un hombre de traje gris y sombrero llegó corriendo por el andén y logró subirse en el último momento. Se sentó enfrente de mí. Se me quedó mirando fijamente. Aquello me incomodó mucho. Luego, sin apartar su mirada, me dijo muy serio:
—Andaba buscando a un tipo para matarle, pero al final he preferido abandonar la misión y coger el primer tren que partiera para el sur. Estoy harto de esta vida. ¿Y usted?
—Yo también. Esperaba el encuentro. Sabía que llegaría este momento.
El tren enfiló velozmente la entrada en un túnel. El traqueteo resonaba dentro del vagón con un ritmo frenético y machacón.
Luego descarriló. No sobrevivimos ninguno de los dos.


Relato perteneciente a "Ida y vuelta", registrado en Safe Creative, bajo licencia
Descarga gratuita


martes, 1 de octubre de 2019

Abducido

Imagen libre de derechos de Pixabay


Evaristo Valcárcel caminaba sin rumbo fijo aquella noche por las afueras de la ciudad. Iba distraído, pensando en sus cosas, con las manos en los bolsillos. En la derecha llevaba una navaja cerrada. Tras descartar atracar a una pareja que estaba haciéndose arrumacos en un banco del parque, dado que el novio aparentaba ser mucho más fuerte que él, y no quería que le volvieran a partir la cara, dudaba entre asaltar algún chalet desprotegido o irse a casa a ver la tele y beberse un cartón de vino.
En esas cavilaciones andaba cuando, de pronto, una luz cenital intensísima le vino desde lo alto. Era como si un foco le inundara de luz blanca y él, un actor improvisado que hubiera olvidado su papel en un teatro vacío de público. Evaristo, confuso como estaba, se quedó paralizado.

—¡Ostras, Pedrín! —exclamó —. Vaya nivel de voltios que se gastan algunos.

Descartando enseguida, por su posición, que se tratara de las luces de un coche patrulla, se quedó boquiabierto cuando vio que, encima de su cabeza, como a diez o doce metros, había un artefacto ovalado de cuyo centro inferior emanaba la potente luz.
—¡Cómo mola! Cuando lo cuente a los colegas van a flipar en colores.

De pronto, notó que tiraban de él hacia arriba. Una fuerza extraña, a modo de imán, lo absorbía y le hizo despegar, como si un ascensor invisible le transportara hacia lo alto. La panza del cacharro aquel se abrió para acoger a Evaristo que, como el lector puede imaginar, acababa de ser abducido.

Nada más subir, le llamó la atención una enorme sala circular llena de aparatos extraños y cables. En ella, un diminuto ser, una especie de hombrecillo de color azulado, de cabeza gorda, un solo ojo y una nariz a modo de trompetilla, parecía darle la bienvenida en un castellano metálico y renqueante, sin alma, como si lo hablara un robot. Estaba claro que aquel individuo había activado el traductor simultáneo:

—Bienvenido, amigo. Considérese en su casa.
—¡Vaya chabolo más guapo, tronco! Pagaréis una pasta de alquiler.
—No entiendo. La palabra chabolo no figura en nuestros registros. Tampoco soy un tronco. Eso es madera de árbol. Abeto, nogal, pino, abedul, alcornoque... Pasta tampoco: macarrones, fideos, espaguetis... No entiendo.
—No importa. Son cosas mías. ¿Aquí qué se bebe?
—Tenemos bebida energética —, le mostró un vaso con un líquido anaranjado.
—¡Coño! Una fanta.
—No sé que es fanta. Fantasia, fantasma, fantasear...
—¿No tenéis vino? Lo digo por mezclarlo con la fanta —interrumpió él.
—El alcohol no existe entre nosotros. Lo siento.

Evaristo echó un trago de la bebida que le ofrecieron mientras miraba al hombrecillo azul entre asombrado y divertido. Aunque el brebaje aquel no tenía contenido alcohólico le resultaba grato y relajante y le impelía a decir sandeces.

—¿La trompetilla que tienes bajo el ojo es de las que suenan? A ver, déjame tocar...
—Hable usted con un poco más de respeto cuando se refiera a mis órganos sexuales. No es una trompetilla. Como dirían ustedes, se trata de mi pene.
—¡Qué tío más cachondo! ¿Y los huevos dónde los tienes? ¿En el sobaco? Jejejeje. Yo es que me meo.
—Bueno, terrícola, vamos al grano, que dicen ustedes. Le hemos hecho subir a nuestra nave para hacer un estudio completo de sus constantes vitales, tomar mediciones, comprobar sus niveles para ver funcionamiento y detectar posibles problemas.
—¿Me vais a pasar la ITV?
—Está de suerte. Le haremos, como dicen ustedes, un chequeo gratuito sin tener que ir al hospital y aguantar listas de espera. Todo rápido, de forma indolora, nada invasiva, gracias a nuestra avanzada tecnología. Usted se beneficiará de ello. Y nosotros también, porque somos científicos que estamos estudiando la fauna del sistema solar. Y usted parece un buen ejemplar de mamífero bípedo. Luego, cuando hayamos terminado, le devolveremos al lugar donde le recogimos. ¡Y ya está!

A todo esto, Evaristo no se había percatado de que, mientras hablaba con el extraterrestre, la trampilla inferior se había cerrado y el artefacto volador aquel había partido del lugar a toda velocidad hasta desaparecer en la noche. Tampoco se había dado cuenta de que la bebida energética que le habían proporcionado llevaba disuelto un narcótico que le dejó inconsciente en unos minutos.
Cuando despertó, estaba reclinado en una especie de butacón. Delante de él, borroso todavía, estaba el hombrecillo del principio.
—¿Qué tal se encuentra? Le hemos hecho una exploración completa. Muy interesante todo. Nos han sorprendidos algunos hallazgos: los seis metros de intestino delgado, la doble circulación sanguínea, el tamaño reducido del cerebro, etc. Ya hemos registrado sus parámetros y solucionado algunas cosillas de poca importancia. Le hemos extirpado un testículo porque tenía un tumor que podría dar problemas en un futuro inmediato. También le hemos puesto un par de implantes dentales. Muy curioso su organismo. Con la sedación, su cipote se encoge y el glande se retrae como cabeza de tortuga ante el peligro. El hígado lo tiene un poco inflamado debido al alcohol. Debe dejarlo o tomarlo con moderación. Le hemos operado de cataratas y le hemos puesto un par de vértebras de titanio. También le hemos tirado a la basura la navaja y los calzoncillos con manchas marrones. Todo rápido y gratis ¿Qué le parece?
—¿Que me habéis hecho qué? La madre que os parió. Como me levante, no vais a tener espacio para correr. Seréis capullos. ¿Quiénes sois vosotros para andar enredando en mi cuerpo?
—Como dicen ustedes, de desagradecidos está el mundo lleno. No se preocupe que ya le llevamos de vuelta. Estamos llegando.
—¿Y qué hago yo ahora sin mi navaja y sin mis calzoncillos? Dejarme sin ellos es como quitarme media identidad.
—Los calzoncillos estaba cagados y la navaja mejor que no la vuelva a utilizar si no quiere complicarse más la vida. ¡Bueno, ya llegamos! Prepárese para bajar. Sitúese, por favor, en ese círculo luminoso.
—Por mí que os zurzan. Hasta nunca. Chao.
—Adiós. Que le parta un rayo, que dirían ustedes los terrícolas.

_______
Texto publicado en lacharcaliteraria.com

miércoles, 26 de junio de 2019

El viaje más corto

Imagen de uso libre (pixabay)

La casa de mis tías era vieja y destartalada, inhóspita en invierno e inclemente en verano, de puertas de madera medio podrida, con ventanas mal ajustadas que dejaban oír el gemido del viento cuando se colaba por sus rendijas.
Era vieja, como ellas. Sombría y triste, como sus propietarias.
Y yo odiaba vivir allí. O tal me odiaba a mí mismo y a todo lo que me rodeaba.
Por eso, en cuanto pude, decidí coger mis cuatro pertenencias y marchar lejos, muy lejos.
Atrás quedaron los tiempos de la infancia. Borrosos ya a fuerza de los años transcurridos. Mis tías, dos solteronas de vocación, me recogieron cuando murió mi madre. Mi padre había muerto nada más estallar la guerra. Ahora quedaba huérfano y desamparado, a no ser por aquellas dos frías mujeres, hermanas mellizas de mi difunto padre, que me acogieron porque no les quedaba otra, eran gente cristiana. Y yo no tenía a nadie más en este mundo.
Mi infancia, lo que me quedaba de ella, fue tranquila pero llena de carencias.
No hubo calor en aquella casa. Mis tías no podían dar lo que no tenían.
No hubo alegría en aquel hogar. Difícilmente pueden proporcionarla quienes carecen de ella.
El trato fue correcto. Pude estudiar. Tener una habitación para mí y mis cosas, mis libros, mi raqueta, mi pelota de tenis…
No me faltó la comida, ni la ropa que iba necesitando según crecía.
Siempre tuve una muda limpia que ponerme.
Unas monedas en el bolsillo para gastar.
Pude jugar con los otros niños de la calle.
Pero me faltaba algo. Estaba como incompleto. Y en aquellos tiempos, los demás eran los culpables de lo que a mí me pasaba. O de lo que no me pasaba.
Y fui creciendo. Me hice mayor. Me eché novia. Encontré trabajo.
Un día me fui de aquella casa. Empecé una nueva vida lejos.
Mi trabajo no me gustaba, simplemente me dedicaba a él, pero sin entusiasmo. Había que trabajar y punto.
Mi novia se convirtió en mi mujer. No sé si llegué a quererla. Ella me preguntaba si la quería. No sabía qué contestar. Simplemente hice lo que hace todo el mundo a mi edad: emprender una vida lejos de casa. Eso era todo.
Creo que no era feliz con nada.
Luego dejé mi trabajo. O me echaron.
Perdí mi mujer, o me dejó porque no tenía futuro ni ilusión a mi lado.
Y di vueltas por medio mundo. Buscando qué sé yo. Tal vez me buscaba a mí mismo sin encontrarme.
Y entonces regresé.
Porque la casa de mis tías era vieja y destartalada, inhóspita en invierno e inclemente en verano, de puertas de madera medio podrida, con ventanas mal ajustadas que dejaban oír el gemido del viento cuando se colaba por sus rendijas; pero fue el único hogar que tuve.


Relato perteneciente a "Ida y vuelta", registrado en Safe Creative, bajo licencia


miércoles, 19 de junio de 2019

El tren



Hay vidas tan vacías como algunas estaciones de madrugada, vidas tan grises como las frías mañanas de invierno. Vidas anodinas, prescindibles, banales, insulsas, de gentes que pasan por el mundo desapercibidas, sin un destello. Vidas sombrías.
La de aquel viajero era así. Una vida inútil, sin sentido.
Era muy temprano cuando apareció aquella mañana arrastrando su maleta por el andén vacío. Una niebla gris y densa envolvía los objetos y lograba desdibujarlos, hasta tal punto de que no era fácil distinguir sus contornos.
La estación aparecía desierta y silenciosa, como algunos pasillos de hospital durante la noche.
Una mano en el bolsillo, la otra tirando de la maleta, recorriendo una y otra vez el andén, haciendo tiempo, mientras esperaba la llegada del tren, el primero del día. Como única compañía, la luz mortecina de las farolas, arrojando sobre el pavimento una luz amarillenta. El viajero arrastraba su maleta y su vida. Pensaba en su soledad, en su existencia sin brújula, vacía de contenido.
Como en las viejas películas en blanco y negro, llegaba el tren, bufando y resoplando, envuelto en vapor, haciendo chirriar las ruedas metálicas sobre los rieles. El viajero subió, colocó su maleta en el altillo y tomó asiento.
Le gustaba desde siempre situarse en sentido contrario, de espaldas a la marcha del tren. De esta manera veía los objetos alejarse, recreando la vista en lo que dejaba atrás, mientras se iban empequeñeciendo y finalmente desapareciendo.
Desde la ventanilla, mientras despuntaba tímidamente el día, medio adormilado, dejaba vagar los ojos por el paisaje ceniciento y tristón. Casi prefería no pensar en nada. Dejarse llevar por los árboles, las vallas y los edificios que circulaban ante sus ojos y se perdían a lo lejos.
Recuerdos, pocos. Un par de pensamientos con los que entretener el tiempo del viaje. No llevaba a mano ninguna lectura. No le apetecía.
No huía de nada. No huye quien abandona un destino por otro que no conoce. De hecho sacó un billete para el primer tren que pasara aquella mañana.
No tenía ninguna preferencia. Tampoco nadie que le esperara, al igual que nadie fue a despedirle a la estación.
Partió solo y solo llegará a quién sabe dónde.
Le daba igual su destino. Tal vez confiaba en el azar más que en sí mismo.
De hecho siempre decía que la casualidad está detrás de casi todo lo importante que te puede ocurrir en la vida. Nacemos por casualidad. Por casualidad vivimos en este o en aquel lugar. Conocemos a las personas casualmente. En ninguna parte está escrito cuándo, dónde y cómo vas a conocer a la persona que te dará trabajo, que vivirá contigo o que te complicará la existencia para siempre.
Por eso, a partir de ahora, el destino marcaría su existencia.
Echó los dados aquella mañana y el azar decidió por él.

Estaba en sus manos.

_________
"El tren" es un capítulo del libro "Ida y vuelta" que te puedes descargar en este enlace:
https://drive.google.com/file/d/1qaq_V-Mh9yR5hql9k_9sIwHXYPxTgJ-R/view
Relato registrado en Safe Creative, bajo licencia

miércoles, 12 de junio de 2019

Los fondos abisales de la noche




Lo normal al acostarte es un sueño tranquilo o, en el peor de los casos, la pesadilla de libro, el asunto descabellado, la rareza onírica sin pies ni cabeza, la tontería absurda, fruto casi siempre de una mala digestión, donde los jugos gástricos dominan la escena e imponen su ley mientras duermes. El abuso de queso curado o de caracoles picantes en la cena, regada con un buen vino de la tierra, tinto en este caso, pueden tener la culpa. También un día agitado, el exceso de estrés… Sobre esto hay muchas opiniones.
Lo malo es cuando en el sueño no hay nada, solo la oscuridad como protagonista. Una especie de sueño para invidentes.
Eso le pasó a Serafín, el pescadero.
Todo el día limpiando boquerones, eviscerando salmonetes, quitando escamas, cortando pescadillas en rodajas…
Y esa noche, la oscuridad tan solo.
Cerrar los ojos y hundirse en un sopor profundo. Y enseguida, la sensación de flotar en una masa fría y pesada. Sentirse una especie de ameba ingrávida en medio de la nada: una oscuridad silenciosa, sin esquinas, sin límites. Una oscuridad densa. Un vacío perfecto. Como si el tiempo se hubiera detenido y la vida se quedara congelada en un instante preciso de duración indeterminada e imposible de medir. Y en esa aparente quietud, flotar o casi levitar.
Y es que Serafín, sin saberlo, se había convertido durante la noche no en un escarabajo, como el personaje de Kafka; no en un ajolote, como en el cuento de Cortázar; sino en un horrendo animal de la fauna marina, en un extraño pez de los fondos abisales.
Feo con ganas.
Eso es una pesadilla; y lo demás, tonterías.


_________
Trabajo publicado originariamente en La Charca Literaria

lunes, 20 de mayo de 2019

Una historia cotidiana


—¿Quieres un emparedado? 

Carmen.
La compañera de piso y de infortunios, la amiga con derecho a roce desde hacía ya varios años. Primero fue amiga a secas, pero cuando ocurrió lo de Mercedes, la amiga común y esposa de Andrés, que acabó fugándose con un colombiano veinte años más joven que ella, que le descubrió repentinamente un nuevo mundo y la deslumbró a base de juventud, tez morena, metro ochenta de estatura, sexo desenfrenado y salidas nocturnas a tutiplén, además de chulearla y vivir a sus expensas, entonces Carmen acabó volcándose con el más débil, con el amigo abandonado, con el perdedor, y porque, en el fondo, muy en el fondo, Andrés le hacía cosquillas en el alma, siempre le gustó un poquitito y acabó medio enamorándose de él. Mientras Mercedes era la pareja de Andrés, Carmen nunca se le insinuó, a pesar de ser asidua visitante de la casa, de compartir cientos de horas con ellos, de participar en sus penas y en sus alegrías. Nunca hubo un gesto ni de ella ni de él que revelara que allí, en el fondo, había algo más que amistad. Pero cuando Mercedes enseñó sus cartas y descubrió su nueva relación, todo cambió. Carmen, de entrada, no fue imparcial y se puso del lado de Andrés. Y luego, despejado el camino, no dudó en reemplazar el sitio que la esposa infiel había dejado vacante. Por eso decidió irse a vivir con él y convertirse en una especie de amante, protectora, asesora, administradora, madre y amiga desinteresada, todo a la vez, compartidora de casa, despensa, habitación y cama.

 —¿Te vas a hacer otro para ti? 

Andrés.
El marido abandonado. La víctima de una relación fallida. El perdedor en esta historia. Pero eso era tan solo lo aparente. Al final resultó ser el verdadero ganador. No fue él el que lo urdió todo, pero sí el experto navegante que supo aprovechar la fuerza del viento para que esta no derribara su nave sino que la empujara gracias a que logró desplegar las velas en su momento. Desde hacía tiempo comenzó una andadura paulatina de desinterés hacia Mercedes, mientras que paralelamente iba creciendo el interés por Carmen, la amiga común. Supo esperar el momento adecuado. Por eso, cuando tras aquel viaje por el Caribe, descubrió que su mujer iniciaba un acercamiento a terreno peligroso, él facilitó el camino: al enemigo, puente de plata. Mercedes vino de aquel crucero transformada en otra persona. Digamos que había descubierto nuevas formas de diversión relacionadas con los bailes y el inevitable roce con muchachos más jóvenes que su marido y, por supuesto, más vitales y atractivos, con la próstata seguramente en condiciones óptimas. Vino deslumbrada por ese nuevo mundo lleno de sensaciones que acababa de descubrir. Para su marido no pasó inadvertida esa nueva vía de escape descubierta por Mercedes. Por ello promovió e impulsó que su adorable esposa, la cual amaba el reguetón, el vallenato, la salsa, el merengue, la bachata y todas las demás variedades latinas de moda, ya de regreso del viaje, se apuntara a todo tipo de salones donde enseñaban a perfeccionar los distintos bailes y donde, a la caza siempre de maduras insatisfechas con solvencia económica, se concentraban avispados tiburones caribeños. Y al final picó cuando cayó rendida ante los encantos de un pipiolo colombiano de bellas facciones y gestos achulados, cuenta corriente en números rojos y oscuras intenciones. En resumen, que ir de víctima le vino de perlas a Andrés para quedarse con la casa, al menos en usufructo. Qué menos que esa pequeña recompensa para el que había perdido lo más importante: un matrimonio estable. El síndrome de culpabilidad de su ex mujer ayudó mucho. Y además salió ganando con el cambio de pareja. Carmen era -y estaba- mejor que la anterior.

—Sí. Me apetece un emparedado. Y, ya que me pongo, lo mismo me da hacer uno que dos. 
—Vale. El mío lo quiero de jamón y tomate Y una cerveza. Si no te supone demasiada molestia.  
—En absoluto, tesoro. 

 En este cuento ganan todos. Me encantan las historias que terminan bien.

___________
Una historia cotidiana pertenece al libro "Ida y vuelta". Te puedes descargar un ejemplar en el siguiente enlace:  

file:///C:/Users/Usuario/Desktop/Ida%20y%20vuelta%20pdf.pdf


Relato registrado en Safe Creative, bajo licencia

sábado, 27 de abril de 2019

Lo prometido es deuda


A punto de agotarse la breve edición en papel de "Ida y vuelta", mi último trabajo -prácticamente solo queda dar cumplimiento a las solicitudes pendientes-,  cuelgo el pdf que se puede descargar de forma gratuita. 
En papel o no, espero que la lectura de los relatos que dan lugar a este libro sea del agrado de todos.



Y este es el enlace al pdf:


file:///C:/Users/Usuario/Desktop/Ida%20y%20vuelta%20pdf.pdf