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lunes, 8 de marzo de 2010

El nombre de la rosa, de Umberto Eco.

Jorge de Burgos.
Fotograma de la película.


Novela medieval y de intriga.



Ambientada a principios del siglo XIV, la obra refleja una época de transición entre dos mentalidades. Dos concepciones del mundo. La visión milenarista y apocalíptica, basada en el temor de Dios, vengativo y justiciero, típica de la época del Románico, da paso a una nueva mentalidad más urbana y abierta, donde Dios es misericordia y perdón, una concepción del arte y de la vida desde una perspectiva humanista. Y esos dos mundos entran en conflicto en la novela. Por un lado los franciscanos, con su idea de la pobreza de la Iglesia y por el otro los benedictinos, mucho más tradicionales e inmovilistas.

En una abadía se está produciendo una serie de muertes, el franciscano Guillermo de Baskerville ha de investigar a qué se deben.
En la obra se enfrentan la tolerancia con el fanatismo religioso, encarnado por Jorge de Burgos, el monje ciego, que según dicen se trata de un guiño y un homenaje a Borges. Al igual que el escritor, se trata de un personaje que habla español y siempre está rodeado de libros, aunque en el caso del siniestro monje que nos ocupa es como poner al lobo a cuidar de los corderos.
El enorme éxito que tuvo la novela llevó a hacer una versión cinematográfica, protagonizada por Sean Connery que, a pesar de ser una película muy decente y bien ambientada, no refleja todo el espíritu de la obra y se queda más superficialmente en la trama policíaca, de intriga y misterio. La novela es algo más que una investigación sobre unos misteriosos crímenes, es un libro erudito con multitud de citas en latín, tiene crítica histórica y religiosa, una indudable carga filosófica y alegórica, hay pasajes memorables desde el punto de vista literario ... La novela tiene varios niveles de lectura para públicos muy diversos, con citas y referencias eruditas que el lector profano no entiende pero no le impide comprender la trama principal de la obra.
La descripción que se hace de la portada de una iglesia románica es inmejorable. Adso de Melk contempla asombrado el cortejo de demonios y condenados que se abre ante él y entra apesadumbrado en el templo con el ánimo sobrecogido:

" Y vi a un orgulloso con un demonio trepado sobre sus hombros y hundiéndole las garras en los ojos, mientras dos golosos se desgarraban mutuamente en un repugnante cuerpo a cuerpo, y vi también otras criaturas, con cabeza de macho cabrío, melenas de león, fauces de pantera, presas en una selva de llamas cuyo ardiente soplo casi me quemaba. y alrededor de esas figuras, mezclados con ellas, por encima de ellas y a sus pies, otros rostros y otros miembros, un hombre y una mujer que se cogían de los cabellos, dos serpientes que chupaban los ojos de un condenado, un hombre que sonreía con malignidad mientras sus manos arqueadas mantenían abiertas las fauces de una hidra, y todos los animales del bestiario de Satanás, reunidos en consistorio y rodeando, guardando, coronando el trono que se alzaba ante ellos, glorificándolo con su derrota (...) Portal, selva oscura, páramo de la exclusión sin esperanzas, donde todos los habitantes del infierno parecían haberse dado cita para anunciar la aparición, en medio del tímpano, al Sentado, cuyo rostro expresaba al mismo tiempo promesa y amenaza . "
(Primer día, hora sexta)

Pórtico de Conques (Francia)
Foto: Juan Aranda


El infierno y sus suplicios.
Detalle de la portada de la Iglesia de Conques (Francia).
Foto Juan Aranda.


Y es Adso de Melk, el monje servidor o pupilo de Guillermo de Baskerville, el encargado de contarnos todos los detalles de la historia desde el principio hasta el final:

Hace frío en el scriptorium, me duele el pulgar. Dejo este texto, no sé para quién, este texto, que ya no sé de qué habla: stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus”.