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viernes, 3 de septiembre de 2010

Agonía del franquismo, recuerdos de Universidad, memoria de la Vaquería y chistes de Forges II.

Detalle de un grupo escultórico 
de Tilman Riemenschneider 
(Gótico tardío)

A Enrique Fraguas le molestaba mucho que le dijeran: “Así que tú eres el hermano de Forges, ¿no?”. Y no era para menos. No le satisfacía vivir a la sombra de la popularidad del hermano mayor, cuando él era por sí suficientemente original y autor de mil anécdotas y ocurrencias.
Era un tipo diferente. “Bella dama”, decía para referirse a las chicas que se le presentaban. Y hacía ademán antiguo de besar su mano inclinando la cabeza.
Salir de copas con él era complicado. Enrique era muy frugal, solía contentarse con “un rioja”, nada de cubatas. A veces quedábamos a comer algo por ahí, un bocadillo o algo parecido. El decía “Me apetece comer un ave”. No he conocido nunca otro compañero de estudios con salidas como las suyas.

Anécdotas de clase

El profesor de Historia Moderna puso en un examen una gráfica que reflejaba la evolución de la población en una localidad de algún lugar de Europa, según datos que figuraban en una tabla. Los datos procedían de una fuente de la época: un registro municipal o tal vez parroquial, con nacimientos y defunciones. En el examen, los estudiantes se devanaban los sesos por desentrañar las peculiaridades históricas del momento a la luz de los datos demográficos y hacer así un comentario aceptable. El compañero Enrique argumentó por escrito que los datos estaban falseados en su origen porque no se conservaban registros legales en toda la localidad dado que se había producido en tal año un incendio pavoroso y todos los archivos habían quedado destruidos.
Cuando el profesor, totalmente perplejo, hubo leído su trabajo, comentó en clase:
“Usted, señor Fraguas, me ha hecho un comentario exótico. No sé si suspenderle o ponerle un sobresaliente.” (*)


Para dar más relumbrón a sus exámenes solía rematarlos con una bibliografía, muchas veces imaginaria, con unos títulos llamativos. Tenía un autor preferido, creo recordar, que se llamaba Helmut “Noséqué”, de la Editorial La Palmera, Buenos Aires, 1960, y citaba entre comillas párrafos enteros de tal autor. Lo maloes que tal práctica creó escuela. Le salió un discípulo aventajado: un servidor. Aprovechando que la profesora de Arte medieval nos habló de un libro fabuloso en texto y en imágenes, escrito en alemán, que estaba en la biblioteca del Departamento, donde se hacía una fabulosa descripción de unas esculturas del Gótico tardío, obras de Claus Sluter y de un tal Tilman Riemenschneider, y teniendo en cuenta las pocas posibilidades de que dicha profesora supiese alemán en aquellos tiempos en los que los de letras estudiábamos francés, tuve ocasión en un examen de aprovechar ese material no leído para comentar una diapositiva de tal autor, inventándome todo lo que pude, atribuyendo indirectamente párrafos de ocho o diez líneas a un autor de cuyo libro no conocía ni el forro, hablando de la teatralidad del grupo escultórico, de la escenografía, de la voluntad narrativa y descriptiva, de la composición, de la incidencia de la luz al mediodía y al atardecer, del ropaje… qué sé yo. Literatura pura y dura. Como resultado obtuve un sobresaliente en la prueba. El comentario del amigo Enrique cuando le conté la hazaña fue un lacónico: “Ésta no te la perdono.

En su cuarto, en una pared, tenía clavados, si la memoria no me traiciona, un bonete de obispo, una gorra militar, una boina, una garrota y un tricornio de la guardia civil. "¿Y esto?" Le preguntaba yo. Y él contestaba: "Estos son los poderes de la nación".
Tiempo atrás, una vez que Forges andaba apurado de tiempo, permitió que su hermano le echara una mano con “La historia del botijo” que publicaba entonces creo en el diario Informaciones. La dirección del periódico le llamó la atención. Antonio replicó diciendo que no se enfadara, porque gracias a sus dibujos se vendían más ejemplares del periódico. Y era verdad. Forges ya empezaba a ser conocido. Luego vendrían las colaboraciones en la revista satírica “Hermano Lobo” y en otras publicaciones.

Forges del siglo XXI


Un día en que estábamos Pilar y yo en la habitación de Enrique, con la puerta entreabierta , vimos pasar a Antonio. Pilar dijo a Enrique: “Anda, si es Forges. ¿Nos lo presentas?” La respuesta de Enrique fue: “Ahora mismo lo llamo para que os rinda pleitesía.” Dicho y hecho. “Mira, Antonio, éstos son unos compañeros de la Facultad”. La respuesta de él fue tan original como sus chistes: “Conque conspirando, ¿eh?”
Comentaba Enrique en una ocasión que, tiempo atrás, su padre fue amenazado con la excomunión, ignoro ahora el motivo, por el que fuera arzobispo y cardenal José María Bueno Monreal. El caso llegó a oídos del Papa -por aquellas fechas a las que se refería debía tratarse de Juan XXIII- y que el propio Papa desautorizó al prelado diciendo que "una cosa es tener celo religioso y otra cosa es la esclerosis mental". Cosas del amigo Fraguas.
Otro día fue la madre la que entró en el cuarto donde pasábamos la tarde y dirigiéndose a Enrique dijo: “Confidencial: Arias Navarro dimite.” Ningún medio de comunicación se hacía eco ese día de ese rumor. Al día siguiente, Arias presentó la dimisión y en su lugar fue elegido por el rey como Presidente del Gobierno, un político joven que se llamaba Adolfo Suárez. Comenzaba la transición española.


(*) La anécdota del “examen exótico” me la contaron unos compañeros.
El profesor aludido pudiera ser Emilio Sola, egregio poeta e historiador de pro, enemigo declarado de la civilización occidental, aquél que en su día juró por escrito no cruzar nunca los Pirineos, maestro y compañero de copas y rimas, cofundador de La Vaquería, aquella especie de bar y centro cultural que algunos solíamos frecuentar, lugar de reunión de gentes con inquietudes sociales, literarias y artísticas, que fue objetivo de la extrema derecha unos meses después de fallecido el dictador: en la madrugada del 8 de junio de 1976 unos terroristas, pertenecientes al parecer a los Guerrilleros de Cristo Rey, pusieron una bomba a base de goma-2 reventando la puerta del local y causando numerosos destrozos. Afortunadamente no había nadie en su interior.
En mi memoria siempre guardo un pequeño rincón para La Vaquería, en la calle Libertad 8, lugar de encuentro de artistas, poetas, músicos, jóvenes de actitudes liberales y libertarias, donde se hacían exposiciones de fotografías o dibujos, donde se podía uno tomar una copa y oír buena música o leer un poema escrito por algunos de nosotros colocado bajo el cristal de la mesa. Una "isla"- como el título de un emblemático libro de poemas de Emilio- de originalidad creativa en medio de una realidad anodina. Un sitio diferente. Aquello fue el prólogo, el anticipo de lo que luego vivo en llamarse “la movida madrileña.” Las cosas estaban cambiando y mucho en España.






domingo, 29 de agosto de 2010

Agonía del Franquismo, recuerdos de Universidad y chistes de Forges I.

Forges



Hace unas semanas, el compañero de fatigas y bloguero Eladio hacía una entrada con un chiste de Forges en su inicio. Yo le hacía el siguiente comentario:
"Forges siempre es un valor seguro. Yo tuve la suerte de conocerlo en persona, en casa de sus padres. Su hermano Enrique era compañero mío en la Facultad. En su familia todos eran unos personajes increíbles. Cada uno en su estilo. (...) Muchas anécdotas para contar aquí. Hablo del cambio de régimen, cuando moría Franco y luego llegó el rey con Suárez.”
En efecto, aquéllos eran unos años agitados. Franco se moría a marchas forzadas, mientras la oposición democrática luchaba para abrir España a la libertad y a la modernidad. Años de incertidumbre, con una extrema derecha muy activa y combatiente, que veía que la España en la que ellos creían, de dictadura y ausencia de libertades, se les derrumbaba día a día…

Esa actitud crispada fue la que llevó posteriormente a esos grupos durante los primeros años de la transición a cometer atentados como la matanza de abogados laboralistas en Atocha, el paquete bomba contra la revista El Papus o el artefacto que en junio de 1976 estalló en La Vaquería de la calle Libertad 8, lugar de encuentro cultural y de copas para muchos de nosotros aquellos años de cambio.

Facultad de Filosofía y Letras
Universidad Autónoma de Madrid



En aquellos momentos yo estudiaba Filosofía y Letras, rama de Geografía e Historia, en la Universidad Autónoma de Madrid. Tenía un compañero simpático, excéntrico, cultísimo y sumamente original en su porte, en su vestimenta y en su exquisita educación, que se llamaba Enrique Fraguas, hermano de Antonio Fraguas (más conocido por Forges. Forges es la traducción al catalán de Fraguas, adoptada por Antonio como nombre profesional y en honor de su madre catalana). Enrique era menudo y delgado y a pesar de su juventud, aunque era algo mayor que nosotros, podría tener 26 ó 27 años, vestía elegantemente, de forma tradicional, con traje, y a veces le daba por llevar bombín y bastón, como un lord británico de camino a su oficina. Lógicamente, esta forma tan llamativa y conservadora de vestir levantaba comentarios y suscitaba sospechas sobre su persona. Hay que pensar que en aquella época de finales del franquismo había gente de la policía, de la Brigada Político Social -“los Sociales” los llamábamos nosotros- infiltrada en el mundillo universitario dada la cantidad de gente “peligrosa” de izquierdas que pululaba por las aulas, sobre todo en las Facultades de Filosofía, Sociología, Políticas, etc., consideradas más “revoltosas”. Pues bien, en ese contexto de no saber si el compañero que tienes al lado es un estudiante o uno de la secreta infiltrado, el “maqueo” del amigo Fraguas levantaba sospechas. El propio Enrique comentaría más adelante: “Una vez vino uno y me dijo que si yo era un “Social”. Vamos, que si no me lo quitan de en medio…me pega una..., porque era un tío como un castillo.”
Enrique, por su aspecto y sus modales, tiraba a conservador , o eso nos parecía a nosotros, pero a un tipo de conservadurismo al que no estábamos acostumbrados los jóvenes más o menos de izquierdas en aquel tiempo: era monárquico constitucionalista y un demócrata convencido, dialogante y antifranquista. Estaba seguro de que cuando muriera Franco, iba a acceder al poder su “sobrino”, como él llamaba al rey, e iba a traer la democracia a nuestro país, como luego se vio. Enrique era ante todo un demócrata en una época donde eso no existía como práctica política. Cuando digo “era” para referirme a Enrique, no lo digo porque luego cambiara, me consta que no, sino porque tras los años de estudiantes, y por razones de distancia y de proyectos diferentes, fuimos desgraciadamente perdiendo el contacto. La última vez que le vi fue cuando celebramos el nacimiento de mi hijo mayor. Vivíamos entonces en Leganés. El hombre vino en taxi desde el centro de Madrid donde residía para traer un regalo al pequeño. Más tarde me enteré de su fallecimiento. Siempre tuvo una salud frágil.

Enrique vivía con sus padres en un piso antiguo, de gente acomodada, cerca del Retiro, en la calle de Alberto Bosch, muy cerquita del Museo del Prado. Un edificio de esos que tenía ascensor utilizable sólo de subida, con verja de hierro, asiento tapizado, y el hueco al aire entre las escaleras.

Un día en que estábamos en su casa mi entonces novia Pilar y yo, nos contaba el origen de la palabra “muslamen” que aparece en los chistes de su hermano.
Al parecer, los Fraguas , cuando eran pequeños, iban mucho al Retiro dada la cercanía del parque. Y un día, sin saber cómo, me imagino que jugando donde hubiera agua, unas avispas se cebaron con ellos y los chicos regresaron a casa llorando llenos de picaduras y diciendo “¡Nos han picado unas avispas en el muslamen!”

Chiste de Forges con "muslamen" incluido.

(continuará)