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miércoles, 31 de mayo de 2017

Una reunión inesperada ( y 8)


"No es cosa baladí acabar mejor que se empezó. Y ahorrar amarguras de viejo, que bastante tiene uno con los achaques propios de la edad. Tristezas, las justas. Y ya puestos- apunta Cervantes-, mi buen Sancho Panza, que era un sabio y un filósofo a pesar de ser duro de mollera, bien recomendó a su señor Don Quijote cuando le dijo aquellas sensatas palabras: “Señor, las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los hombres, pero si los hombres las sienten demasiado, se vuelven bestias.”

Continuó diciendo Cervantes: 

"Amigos míos: ha sido un placer conocerles, que el mucho andar por la vida y recorrer tierras y frecuentar gentes hacen a los hombres, no solo sabios, sino también discretos. 
Como todos deben saber, yo fui quien les convocó y les invité a venir a esta reunión. Aunque la mayoría de ustedes aceptó de buen grado, algunos, los menos, rechazaron la invitación. Sus razones tendrán. En todo caso, perdónenme el atrevimiento, pero creo que era una cuestión de justicia permitirles a todos que pudieran ofrecer una explicación de sus actos y un justo desahogo que la historia muchas veces les negó. 
Ahora ya es tarde. La clepsidra sigue marcando inexorablemente el tiempo. Y vendrán para los que quedan en este mundo días gratos y noches oscuras, que a las penas no hay que llamarlas, que saben venir solas. Y hablando de tiempo, el nuestro terminó en su día, que todo pasa y a todos nos llega nuestra hora. Y hay que descansar, pues después de tan largas andaduras bien merecen nuestros cuerpos y, con mayor motivo, nuestras almas reposar largamente. Y para siempre. 
Como decía Quevedo, todos queremos llegar a viejos; pero todos lo negamos cuando hemos llegado. 
Espero que la historia nos juzgue con benevolencia y ponga a cada uno en el sitio que se merece. Por las obras nos reconocerán. Queda dicho. Ahora vayámonos a dormir, que tenemos ganado nuestro descanso. No olvidemos que ”El sueño es el alivio de las miserias para los que las sufren despiertos.” 
Y aquí paz y después gloria. "

 Y ahora sí, por fin, termina esta historia.

__________
"En la frontera" es un libro en pdf de descarga gratuita al que puedes acceder pinchando en el enlace. 

miércoles, 24 de mayo de 2017

Una reunión inesperada (7)


El Vaquero Anónimo aprovecha que la intervención del jefe sioux ha tenido lugar justo antes del comentario del morisco español, para contar algo de sí mismo:

-La vida es dura en este lado de la frontera. Sueldo escaso. Trabajo agotador con el ganado. Lugar de paso de gente de poco fiar, demasiados buscavidas y pendencieros, indios que te la tienen jurada porque invadimos sus tierras con engaños, calor sofocante… Muchas veces es difícil encontrar a alguien que esté dispuesto a ponerse la estrella de sheriff.  La gente llega con sus carretas esperando establecerse y echar raíces, pero prosperar es complicado en una tierra reseca donde no es fácil que crezca el cereal y donde abundan los escorpiones. Por eso es frecuente que, hartos y desesperanzados, se vayan marchando en busca de oportunidades a otro lugar, a tierras menos inhóspitas. Y empezar allí de nuevo. Lo peor de todo es cuando el poblado solo está habitado por fantasmas y lo único que te acompaña es el viento, el zumbido de las moscas o el aullido del coyote. Llegados a este punto hay que largarse de allí, al galope, sin mirar atrás, porque si la tierra está maldita tú puedes convertirte en una nueva víctima y acabar formando parte del decorado de un pueblo fantasma.

Luis de Córdoba, vestido con sus mejores ropas: casaca y golilla, calzas a media pierna y medias, pelo largo, perilla y bigotes atusados, sostiene su sombrero entre las manos, toma el turno de palabra:



-Yo llegué a pensar que era el más desgraciado de los hombres por haber nacido más pequeño que los demás. Lo cual me imposibilitaba para hacer muchas cosas, entre otras la de poder alistarme en los tercios para servir a mi país. Y ganar prestigio y honores. Un orgullo muy grande para un súbdito del rey. Tampoco podía dedicarme al oficio de mi padre, porque aparte de las dificultades para manejar con soltura el arado, las caballerías o la guadaña, no soportaría como otros estar siempre bajo la maldición de las plagas, la sequía y los impuestos. Lo tenía pues complicado. Pero después de oír aquí las penalidades por las que muchos de los presentes habéis tenido que sufrir, creo que lo mío era una nimiedad.  Y que en el fondo fui un hombre afortunado. No obstante yo también tuve lo mío, sobre todo al principio, y tuve que aguantar las burlas y las imposiciones de la gente que me tenía a su servicio, incluyendo los antojos de una niña malcriada que luego me abandonó en un rincón como quien se cansa de su muñeco.



-Es lo que tiene ser bufón- bromeó Espronceda, quien pensaba que un poco de humor podría venir bien para rebajar el tono grave que estaba adoptando aquella reunión-; pero seguro que también hay secretos de alcoba de ciertas damas encaprichadas con su juguete preferido que los mantienes en sitio oculto, pero que, dado el tiempo que ha pasado, y teniendo en cuenta que nadie se va a molestar a estas alturas, no tendrías reparo alguno en hacernos partícipes de ellos. Siempre he tenido curiosidad por saber qué esconden ciertas señoras debajo del “guardainfantes”. Seguro que muchas no pasaban frío en las largas noches de invierno si tenían a mano a un complaciente amigo.

-Aunque pequeño de tamaño, y no por ello de inferior hombría, siempre he sido grande como caballero y de mis labios jamás salieron ni saldrán palabras que puedan poner en entredicho el honor de las damas a las que serví- replicó cortésmente con una sonrisa Luis de Córdoba-. En todo caso, no me puedo quejar en este sentido- guiñó el ojo con picardía-. Ni en ninguno en general. Y, volviendo a lo anterior, que no es bueno salirse del comedimiento del que suelo hacer gala, en líneas generales he de decir que todo terminó mejor que empezó: abandonar mi casa para irme a otras a servir de entretenimiento a los demás a costa de mi pequeñez no fue un plato de gusto; pero… ¿podría dedicarme en aquellos tiempos a otra cosa? Y debo reconocer que el oficio que tomé me permitió vivir con tranquilidad y sin privaciones los últimos años de mi vida.


Fragmento del epílogo de "En la frontera"


miércoles, 3 de mayo de 2017

Una reunión inesperada (5)



Apenas se hubo sentado, cuando, de nuevo, la puerta. Toc toc. Y alguien de la sala que dice “adelante”…
Y como un torbellino, vivaracha y lenguaraz, irrumpe en la reunión una moza entrada en carnes con pinta de bravía:

-Espero que nadie haya tenido la ocurrencia de sacarme de mi merecido descanso para hacerme venir aquí simplemente para limpiar lo que otros ensucien, que hasta ahí podríamos llegar- dice de un tirón la recién llegada con los brazos arremangados y en jarras- que, aunque mujer, valgo para otros menesteres, porque entreveo que el andrajoso de las barbas luengas debe tiznar. Y de los otros… mejor me callo, que hasta veo plumas y sombreros y pañuelos y perfumes más propios de señoras, y  que no quiero faltar al respetable, que no anda el cuerpo para líos y jaranas.

-Si mi valeroso hidalgo don Quijote anduviera por aquí- apuntó un sonriente Cervantes-, no dejaría jamás que dama tan sensata y locuaz fuera tratada como un trapo, que él veía siempre una princesa detrás de cada mandil, pues tenía la cualidad, al estar loco, de apreciar el alma de cada cual, que el cuerpo es solo adorno exterior y, por lo que se ve, perecedero. Así que, Teresa, gentil dama, prima hermana de Aldonza Lorenzo, pase y acomódese con los demás donde vea un hueco apropiado, que aquí hoy no hay gente principal ni servidores. Si algo tiene la muerte de bueno, es que a todos nos iguala.

-Espero que vuesas mercedes no estén tocados también del ala como el caballero que nombra- añadió Teresa a la par que se acomodaba en un rincón de la sala-, que, si bien era amable y educado, además de bueno, también era ciego y tonto, pues veía sombra gentil sobre el labio de mi prima, donde había bigote; y se embriagaba de su tufo a sobaquina, pensando que el olor provenía de afeites y caros perfumes.



Aquellas palabras provocaron muchas sonrisas e, incluso, alguna carcajada entre la concurrencia. Luego sobrevino de nuevo el silencio, Francesco, el médico de Perusa, toma ahora la palabra. Mientras habla, en la pantalla se suceden unas imágenes escalofriantes sobre la peste negra que asoló Europa. Son ilustraciones antiguas, la mayor parte grabados de la época. Aparecen en ellas cadáveres amontonados a las puertas de sus casas, médicos sajando bubones, carros llenos de apestados…

-Peores enemigos que la enfermedad fueron la ignorancia, la superstición y la intolerancia. La Iglesia de mi tiempo hizo mucho más daño que beneficio, sembrando ese ambiente apocalíptico que no trajo nada positivo. Muchos de sus altos representantes dieron un mal ejemplo al resto de la población, no facilitando ni medios económicos ni lugares que pudieran habilitarse para acoger a los enfermos. La caridad cristiana solo la ejercieron algunos religiosos de base y algunos galenos. Muchos recibieron como premio contagiarse de la enfermedad. Yo, afortunadamente, me libré.
(…)

Eisech Sandler, el judío alemán, hizo una reflexión insistiendo en la idea de la justicia y de la libertad:
- Todo el mundo sabe que sufrimos el horror y la barbarie de un despotismo sin parangón en la historia. Nuestro pueblo fue elegido como chivo expiatorio para que los alemanes canalizaran su odio contra nosotros debido a la crisis que se estaba padeciendo. Una crisis terrible fruto de la anterior guerra… Todo fue hábilmente calculado para desprestigiarnos y situarnos en la diana. Un plan meticulosamente trazado, con uso continuo de la propaganda, lanzando infundios contra nuestro pueblo, día tras día… Y al final ese mensaje repetitivo fue calando entre la población. Y el odio hacia nosotros se generalizó. Nos convertimos en poco tiempo en los culpables de casi todo lo malo que estaba ocurriendo. Y se desató la ira, la violencia…



Sus palabras son acompañadas por imágenes del horror: la noche de los cristales rotos, con el asalto a los domicilios, a los establecimientos y a las sinagogas de los judíos. Las imágenes son duras. Hay carreras, palizas, disparos, gente vociferando y humo, fuego, mucho fuego…

-Como pueblo perseguido y masacrado por el horror nazi, hemos de aprender la lección que la historia nos brinda. Y esta es que jamás ninguna persona sea acosada, ni tenga que salir de su país por su religión o por sus ideas. Lo que no quiero para mí no se le deseo a nadie. Sería un tremendo error que los perseguidos nos convirtiéramos alguna vez en perseguidores.

Continúa

Fragmentos del largo epílogo de "En la frontera". El texto completo te lo puedes descargar gratis pinchando en el enlace.

lunes, 17 de abril de 2017

Una reunión inesperada (4)



En ese momento, en la pantalla aparecen imágenes de Unamuno saliendo del Paraninfo de la Universidad de Salamanca. Una turba vociferante de gente uniformada de azul con el brazo levantado le increpa. Él sale de allí agarrado del brazo de la mujer del Caudillo y escoltado por un pequeño grupo de personas. Se libró por poco de ser linchado allí mismo.

-En todo caso- interviene Francisco de Goya-, es terrible que un pueblo se vea abocado una vez más a enfrentarse a golpes, como esos dos forasteros de mi cuadro: un duelo a muerte. Es como una maldición. Todos convertidos irremediablemente en Caín y Abel. Hermanos contra hermanos. La tragedia española. Una gran frustración como pueblo al no encontrar más salida que la lucha fratricida, donde ninguno gana nada y de donde todos salen malheridos o traumatizados de por vida.

De nuevo, un silencio espeso se hace dueño de la sala. Todos han quedado enmudecidos tras las imágenes que han podido ver y por las palabras del pintor zaragozano.
De pronto, en medio del silencio, un gran sobresalto se adueña de todos cuando alguien aporrea la puerta con ganas repetidas veces.
-Pero… ¿quién demonios llama de esa manera?- dice un Cervantes ligeramente airado- ¡Pase quien sea!

La puerta se abre y da paso a la figura harapienta de un hombre mayor de cabellos largos y barba canosa que se apoya en una especie de garrota o cayado. Su nombre es  Guzmán. Trae los ojos encendidos de ira. Parece un mendigo, pero sus andrajos no se muestran viejos ni sucios, sino que los jirones y remiendos que adornan su vestimenta se parecen más a los rotos y deshilachados que lucen hoy algunos adolescentes en sus pantalones vaqueros, falsamente gastados o raídos. El presunto indigente entra en la sala, el gesto resuelto, la mirada adusta.  Parece enojado.

-¿Quién es usted y qué busca aquí?- le espeta un Cervantes serio pero correcto quien, sabedor de la identidad del visitante, no comparte sin embargo esa forma de presentarse en escena.



- Mi nombre es Guzmán. Busco a un muchachuelo bribón y zascandil que quiso robarme y casi me quiebra el pie, pues el muy canalla me pegó un pisotón cuando le pillé cogiéndome una moneda que las buenas gentes de Sevilla me habían dado como limosna.

En ese momento, todas las miradas abandonaron al recién llegado y se dirigieron hacia Andresillo Hurtado  quien, tras recobrarse por la sorpresa inicial, contestó al que le acusaba con desparpajo:

-Tenga a bien, buen hombre, disculpar la falta pasada de un mozalbete, algo pícaro y trapacero, castigado por la vida, que no quiso hacerle daño sino mitigar el hambre que se apoderó de sus tripas que, si es mala cosa robar a un pobre, algo que confieso y de lo que hoy me avergüenzo, no es mejor hazaña hacerse pasar por tullido e intentar vivir del cuento, engañando a las gentes compasivas con historias de enfermedad y cojera, que muy cojo no le debí dejar si ha podido llegar hasta aquí. Dicho esto, le pido perdón por el daño que pude hacerle, que ha pasado ya el tiempo y como reza el refrán: agua pasada no mueve molino.

- Y bien- dijo un Cervantes conciliador- . El muchacho muestra arrepentimiento de algo que pasó hace mucho. Y creo llegado el momento de que las palabras sensatas ocupen el sitio que antaño ocuparon los agravios. Pase y acomódese entre nosotros. Y haya paz y concordia, que no venimos aquí a plantear pleitos entre nosotros sino a conocernos y a platicar en amor y compaña.

Dicho y hecho, el falso tullido, ya más apaciguado, hizo con la cabeza un gesto de aprobación y procedió a sentarse en el suelo, en una esquina de la sala, algo que por otra parte no le resultaba del todo inusual cuando ejercía, de aquella manera en la plaza, su impostado oficio de pedigüeño.


Fragmento del largo epílogo de "En la frontera". El texto completo te lo puedes descargar gratis pinchando en el enlace.

martes, 4 de abril de 2017

Una reunión inesperada (3)

Patrice Lumumba


Resumen de lo anterior: a una extraña sala de reuniones, van llegando poco a poco unos cuantos personajes de los que han ido apareciendo a lo largo de diferentes capítulos de "En la frontera".
Son de diversas épocas históricas. De momento no sabemos qué hacen allí ni quién los convocó...


Un breve pero contundente silencio se hace dueño de la situación durante unos segundos.
A continuación toma el turno Patrice Lumumba, el libertador del Congo Belga:

-Mi sueño fue un sueño de libertad, pero no solo para mí sino para todo un pueblo- decía Patrice-. Un pueblo humillado, explotado, esclavizado, que se cansó de vivir bajo el yugo de gentes extranjeras y que luchó por lograr su independencia. Yo fui el encargado de canalizar esa lucha y no me lo perdonaron. Al final, parte de mi propia gente fue engañada, manipulada y comprada y de esta manera acabaron conmigo. Yo era un estorbo para los planes que ya habían sido trazados desde fuera. Los amos de Europa tenían otro destino para el Congo una vez que había logrado la independencia. La codicia cegó la voluntad de paz de algunos. África era para muchos una enorme tarta que había que repartir. Yo sobraba. Y me quitaron de en medio.

Tras una breve pausa, interviene el republicano represaliado:

-Es curiosa esa coincidencia de los sueños de Patrice con los míos. En el fondo yo quería también esa liberación para los nuestros. Teníamos proyectos, ilusiones… Se habían emprendido reformas para mejorar las condiciones de vida de los campesinos, su acceso a la propiedad de la tierra…; pero todo fue abortado por los que se sublevaron contra la República. Ellos fueron los culpables; aunque la responsabilidad también la tuvieron los que desde dentro se dedicaron a hacer la revolución por su cuenta, matando curas, quemando iglesias, las “checas”… Así no se construye una nación donde todos tuviéramos cabida. Y luego, ese desorden…  La falta de disciplina y de unidad fue nuestro fin. 





 -Nosotros apostamos muy fuerte. Sabíamos que lo nuestro era una misión arriesgada, poco menos que imposible- apostilló Gayarre, el guerrillero del maquis-. Los vencedores hablaban de nosotros como si fuéramos delincuentes, bárbaros, bestias dañinas sedientas de sangre de gente inocente, y la mayoría no éramos más que personas corrientes que tuvimos que huir a los montes para que no nos mataran. Muchos no tuvimos otra elección, o nos escondíamos o nos dejábamos cazar como conejos. Al principio, nuestro objetivo no era el de formar un grupo guerrillero, sino simplemente huir, salvar el pellejo. Luego ya nos fuimos organizando sobre el terreno. ”En un primer momento nuestra misión era la del sabotaje: líneas férreas, línea de alta tensión, voladura de puentes para evitar el trasiego de suministros… es decir, dar un golpe a las bases económicas del régimen. No queríamos pasar entre la población como bandoleros y evitábamos las acciones de tipo económico, como llevarnos dinero, porque para qué. Lo nuestro era derribar torres de alta tensión que lograron importantes cortes de luz en muchas zonas.



”Queríamos recuperar lo que nos habían quitado durante la guerra. Nuestro objetivo final era avanzar desde las montañas hacia el sur y echar a los fascistas del poder, pero nos dejaron abandonados en la cuneta los mismos que nos tendrían que haber ayudado, como nosotros hicimos contribuyendo a liberar Francia de sus invasores. No nos pagaron con la misma moneda. Nos sentimos traicionados.

-A mí me engañaron. O me engañé yo - dijo Unamuno-. Todo un catedrático, versado en latín, griego y filosofía, y mordí el anzuelo inocentemente. Pensé que los que iniciaron la guerra eran los salvadores de mi patria, que andaba por entonces bastante rota y descompuesta. España estaba en peligro. Había que salvarla. Desde el movimiento falangista hubo gente ilusionada en proteger nuestro país a través de una revolución nacional y anticaciquil que nos redimiera a todos los españoles; pero todo lo contrario, los que provocaron la guerra no tenían intención de renovar nada, solo se movían por sed de venganza. De hecho apartaron o eliminaron a los falangistas que les resultaban más molestos. No tenían ningún interés en regenerar España, solo en situarse ellos arriba y dirigirnos como si fuéramos los soldados de un cuartel. Y para ello no dudaron en emplear los métodos más atroces. Gentes que se decían cristianas y actuaron sin piedad, como lobos sanguinarios…
-Pero fuiste valiente- añadió el guerrillero del maquis-. Te diste cuenta y rectificaste. Actuaste con honradez. Te enfrentaste con ellos al final.


-Sí, me rebelé. Y me costó la vida. Pues no volví desde entonces a levantar cabeza. Me morí de tristeza- contestó con melancolía el catedrático de Salamanca.

(Continúa)

martes, 28 de marzo de 2017

Una reunión inesperada (2)


Una insólita  reunión atemporal  a modo de epílogo, a la que asisten muchos de los personajes 
de los que aparecen en "En la frontera". 

¿Por qué se han reunido aquí?

Saben que sido convocados para conocerse. Y saben también que murieron y que están ahora en este lugar, después de tanto tiempo, porque lo que la historia les negó, la literatura por fin se lo permite. Y están felices del encuentro, de conversar, de intercambiar ideas y opiniones. Y descubren que, independientemente de la época, del credo o de la ideología, tienen muchos puntos en común.
Hay un proyector programado y una pantalla al fondo de la sala que va recogiendo imágenes aleatorias, distintos planos sobre la vida de todos los presentes. Imágenes en blanco y negro que acaparan las miradas, muchas veces llenas de asombro, de los que allí se reúnen.

Quinto Sertorio se acomoda en la larga mesa al lado de Toro Sentado. Al romano le llama la atención el aspecto del jefe sioux. Le trae recuerdos de cuando estuvo por África, ese despliegue de colores en sus atavíos y en sus rostros y las plumas que exhibían los nativos cuando celebraban algún ritual frente a la hoguera. También el pelo largo le hace evocar a esas gentes que poblaban tierras en los confines del limes del norte del imperio. Bárbaros los llamaban.
El vaquero anónimo -botas altas, jeans, sombrero y camisa de cuadros-, sentado junto a Víctor Hugo, mira de refilón, de vez en cuando, hacia el fondo a la derecha, donde se sitúa Toro Sentado. No es una mirada dura ni con una carga de significado especial. Es la típica expresión que muestra alguien que en una reunión multitudinaria acaba de reconocer a una persona que le resulta familiar. Aparentemente parece tímido o reservado y no entabla de momento conversación con sus compañeros más cercanos.
Francesco, el médico de Perusa (Perugia) se sitúa entre Bart El Negro y Cervantes.
Cervantes queda situado frente por frente a Luis de Córdoba y Andresillo Hurtado se coloca junto a Goya.


-Aquí las cosas se estaban poniendo muy duras. El futuro muy negro –señalaba un Andresillo, ya de mediana edad-. Y yo no aprendí nada bueno, porque la sociedad me arrinconó en la esquina de los perdedores. Me faltó mi padre a temprana edad. Y de niño lo normal fue el hambre y el maltrato. Ya de mayor me juré que no iba a consentir volver a pasar por lo que pasé. Así que me decidí y viajé a las Indias; aunque no con demasiada fortuna. Pero esta vez no por culpa de los demás, sino por lo que yo arrastraba a mis espaldas.
-No creas que tuviste que irte del país tú solo. El exilio, por gusto o por fuerza, es algo que todos hemos conocido- apunta Francisco de Goya respondiendo a Andresillo. El famoso pintor va vestido con frac abierto de grandes solapas, camisola con pañuelo al cuello, calzón ceñido hasta la rodilla, medias y zapatos con hebillas, muy elegante para la ocasión-.  Por desgracia, muchos de los que aquí estamos hemos conocido el sinsabor de la frontera. Unos por necesidad, otros porque peligraba su vida, algunos por rebeldía y otros por dignidad. Y no faltan quienes fueron obligados a coger la barca de Caronte…


Las conversaciones se establecen casi siempre con el compañero que tienen al lado o delante; pero luego alguien tiene la idea de levantarse y hablar dirigiéndose a todos. Y de esta manera se produce un breve turno de palabra donde cada uno, puesto en pie, se dirige a todos los demás.
El primero en hablar para la concurrencia es Bartholomew Roberts, el pirata galés:

-Aunque me llamo Bartholomew, todo el mundo me conocía como Bart, Bart el Negro. Tuve fama entre los piratas de mi tiempo. Incluso parece que inspiré a más de un poeta. Pero algo que me caracterizó fue que ideé redactar un código de conducta para mis hombres. No quería pecar de arbitrariedad, así que todo el que estaba bajo mis órdenes sabía a qué atenerse. La razón por la que me metí en esta, digamos, profesión fue porque no quise someterme a la disciplina de un mundo con el que no me sentía identificado y al que no pertenecía. Mi ley era la del mar. Nunca acepté doblegarme a la autoridad de reyes y gobiernos, como hicieron algunos de mis compatriotas-  decía Bart, mientras Espronceda asentía sonriente-. Tenía demasiados enemigos. Y la piratería es una vida dura. Nunca sabes si vas a vivir mañana.  Por ello estaba convencido de que mi vida iba a ser corta; pero preferí morir libre a estar encadenado.


Fragmentos de  "En la frontera", un pdf de descarga gratuita.




miércoles, 22 de marzo de 2017

Una reunión inesperada (1 de 8)



-Están llamando a la puerta. ¿No lo oís?

Es Gayarre quien habla. Sobre su piel curtida de hombre duro forjado en la adversidad aún se notan las cicatrices. Los golpes y las balas dejaron un rastro que ni su muerte pudo borrar. Pero él está radiante, sonríe a los demás. El brillo de sus ojos delata una complicidad entre todos,  compartida, consensuada…

-¿Quién podrá ser?

El que pregunta con una expresión fingida de asombro es Espronceda, el poeta romántico extremeño. Muy elegante, con su cuidada melena, su bigote, su perilla, su pañuelo de lazo o “cravat” anudado al cuello.

-Esperemos que no sea alguien que no haya sido invitado. No tengamos otra vez la de Troya. ¡Adelante. Está abierta!- añade el poeta.

En la puerta se recorta la imponente figura de Bart el Negro. Viene con su ropa acostumbrada, su elegante sombrero emplumado, sus grandes botas. Parece sacado de una película del género. Más que un invitado al encuentro, tiene el aire de un actor que, acabada la función, aún no ha pasado por el camerino para cambiarse. Su corpulenta figura llena prácticamente todo el vano de la puerta y una amplia sonrisa ocupa casi por completo su afable expresión. Por sus modales nadie pensaría que estamos ante un temible pirata, pesadilla de la armada británica…

-Vaya. Y yo que pensaba que llegaba pronto y me encuentro esto lleno de gente. ¿No habréis empezado la fiesta sin mí?

Bart el Negro

Espronceda sonríe. No todos los días tiene uno la suerte de encontrarse a un personaje literario de los suyos de carne y hueso.
Junto al poeta romántico, Gayarre, el guerrillero del maquis, en el fondo otro romántico, otro luchador, otro soñador de causas imposibles, escucha atentamente el relato del republicano represaliado que tiene justo en frente. Para él no es nueva esa violencia que relata. En su tierra natal ya pudo conocer historias parecidas: gente sacada de sus casas a empujones, torturas, ejecuciones frente a cualquier tapia… Y luego el olvido.
Junto al represaliado, un Unamuno tranquilo y empático,  que luce impecable con chaleco marrón, su barba blanca recortada, su nariz aguileña y la mirada penetrante pero serena, conversa con Giordano Bruno, al que tiene a su derecha, sobre lo humano y lo divino. Ambos coinciden en que la duda sobre cuestiones de fe es algo que distingue a la gente con inquietudes del resto de los humanos. Y que la mejor manera de defender las propias creencias es poniendo en tela de juicio los principios sobre los que se sustenta la religión misma. El convencimiento profundo debe estar siempre por encima de la fe ciega. Somos seres racionales. Dios nos ha dotado de inteligencia para llegar a él de forma racional. El creyente debe estar siempre alerta y luchando por entender lo que para otros es simplemente materia de fe. La vida es lucha.
En una esquina, el morisco aragonés departe amigablemente con Cayetano Ripoll. Llama la atención su larga túnica ajustada a la cintura por un ceñidor, su rodete en la cabeza y también sus babuchas. Alí Al  Baari  escucha atentamente con expresión de asombro cuando el valenciano le cuenta su historia. Pensaba posiblemente que su pueblo y, en general, los no cristianos eran los únicos en ser perseguidos. Comprueba ahora que también son los propios cristianos los que sufrieron los rigores del fanatismo y la intransigencia de los que se creían dueños y señores absolutos de la verdad.

Espronceda


Poco a poco han ido entrando en la sala y ocupando su sitio, uno a uno, muchos de los personajes que aparecen en el libro. Una veintena, aproximadamente. La sala es amplia, rectangular, una especie de camarote de grandes proporciones, con una decoración minimalista a base de cuatro o cinco tiestos de plantas artificiales repartidos estratégicamente, un breve toque de color que contrasta con la inmaculada y metálica blancura de las paredes. En ellas,  se abren en su parte superior unos tragaluces o claraboyas por los que entra, atenuada, la luz de lo que parece ser una hermosa mañana de primavera. En el centro de la habitación hay una mesa larga de esas de reuniones, y en torno a ella se han ido sentando los invitados según iban llegando.


Fragmentos del epílogo de "En la frontera", un pdf de descarga gratuita.

miércoles, 8 de febrero de 2017

La expulsión de los moriscos



Primero fueron los de Castilla, Valencia y Andalucía. Luego os tocó a vosotros…

 "Primeramente, que todos los moriscos deste reino, así hombres como mugeres, con sus hijos, dentro de tres dias de como fuere publicado este bando en los lugares donde cada uno vive y tiene su casa, salgan dél, y vayan á embarcarse á la parte donde el comisario, que fuere á tratar desto, les ordenare, siguiéndole y sus órdenes; llevando consigo de sus haciendas los muebles, lo que pudieren en sus personas, para embarcarse en las galeras y navíos…”(1) 

Lo tuvisteis que dejar todo, vuestro trabajo, vuestros hogares, vuestras pertenencias que no pudisteis llevar con vosotros. Y rápido. Todo en pocos días… 

 "Que cualquiera de los dichos moriscos que publicado este bando, y cumplidos los tres días fuese hallado desmandado fuera de su propio lugar, por caminos ó otros lugares hasta que sea hecha la primera embarcación, pueda cualquiera persona, sin incurrir en pena alguna, prenderle y desbalijarle, entregándole al Justicia del lugar mas cercano, y si se defendiere lo pueda matar.” 

Por eso cuando asaltaban a los vuestros por los caminos cuando marchaban al exilio camino del puerto de los Alfaques en Tarragona, los ojos inyectados de sangre, los cuchillos preparados para la matanza del infiel, aquella chusma enloquecida y jaleada por los de arriba, se lanzaban al degüello para quitarles lo poco que se habían podido llevar consigo, las pocas pertenencias… porque allá quedaban sus tierras, sus casas, su pasado… 
Por eso entonabas tu plegaria, para que tu Dios te fuera propicio: 

“Allah ya rabbi rabbi/ ye Muhammad darabi/ ye verdadero annabi/ de arabbi de arabbi. / Es Allah solo i señero/ de sin ningún aparcero/ i Muhammad su mensayero/ kon todo fue verdadero/ y el alislem mi Adin./ Allah ya rabbi rabbi/ ye Muhammad darabi / ye verdadero annabi / de arabbi de arabbi.”(2) 



Tuviste suerte, iba a decir, porque tú y tu familia lograsteis llegar al puerto y embarcar. No fuiste uno de los que se quedaron por los caminos rumbo al puerto. Para muchos cristianos viejos, los moriscos eran seres inferiores sin derechos. Por eso eran frecuentes los asaltos a manos de bandas que robaban y mataban a los que se topaban en el camino. Era frecuente ver los caminos atestados de cadáveres. 
Iba a decirte también que esa costumbre quedó como práctica nacional en otros conflictos que se dieron en nuestra historia posteriormente. 
También tuviste buena fortuna –si es que se puede usar ese término- en la travesía. Algunos compatriotas tuyos de Valencia y Andalucía fueron maltratados, robados, obligados a dejar sus pertenencias a los dueños de los barcos a cambio del pasaje o directamente asesinados y arrojados al mar. Hasta hubo algunos que fueron abandonados en islas desiertas y sus mujeres e hijos hechos esclavos. Fueron muchos los que no llegaron a su destino. 
Luego llegaste a Tunicia para empezar una nueva vida. Lograste establecerte en un arrabal próximo al centro de la capital. Los que vinieron después ya no tuvieron tanta suerte y hubieron de instalarse en zonas peores y no tan bien situadas como Ghar-el-Melh o Ras Djebel. Pero diste gracias al Hacedor por haber llegado vivos tu familia y tú y poder empezar allí una vida de nuevo. 

Ahora te hablo desde la distancia y la objetividad que permiten los siglos transcurridos, sin pasión, independientemente de los credos, que en mi opinión no nos hacen ni buenos ni malos, para decirte que la expulsión que se inició en 1609 fue un fracaso en todos los sentidos. 
Un fracaso económico y demográfico que supuso la ruina para la economía española. 
Pero también un fracaso moral. Y ese es más difícil de subsanar. El tiempo no lo cura todo.
 ____________ 

(1) Bando general de expulsión de los moriscos, 22 de septiembre de 1609. Folio 34 de la Mano 50 de Mandamientos y embargos de la corte civil de Valencia del año 1611. 
(2) Textos aljamiados. Poesía religiosa morisca , M. Manzanares de Cirre Bulletin Hispanique. Año 1970. Volumen 72. Número 3 pp. 311-327. Enlace: http://www.persee.fr/web/revues/home/prescript/article/hispa_0007-4640_1970_num_72_3_4018

lunes, 30 de enero de 2017

1609 - 1610



La expulsión de los moriscos fue una operación ordenada por Felipe III y que se llevó a cabo de forma escalonada. Primero fueron los de Valencia, luego los de Extremadura, Andalucía, las dos Castillas, Aragón, Murcia…



Alonso Álvarez, así te viniste a llamar tras el bautizo obligado, así te lo impuso tu padrino, Hernando Pellizo, un cristiano viejo del lugar; pero en tu círculo íntimo te hacías llamar Alí Al Baari… 
Naciste en Qalat al Ayyub. Tus padres y tus abuelos también vieron la luz primera en esa espléndida localidad aragonesa. Ellos eran conocidos como “mestres”, sobrenombre o alias para identificar a los “maestros- artesanos” que en el caso de tu familia se dedicaban a la fabricación de cántaros de barro, oficio que se fue transmitiendo de padres a hijos, últimamente en decadencia entre los de tu generación por el mayor desarrollo del trabajo en las huertas. 
Fuiste una de las sesenta mil personas que entre junio y septiembre de 1610 tuvisteis que abandonarlo todo y marchar al destierro. Antes que vosotros hubo otros muchos de otras tierras que también fueron obligados a irse. 
Toda tu vida fue el trabajo. Nunca hiciste mal a nadie. 
Pero alguien ha de pagar por las torpezas ajenas. 
Os eligieron a vosotros porque tras las derrotas en Flandes había que servir buena carnaza a los españoles con una victoria fácil pero jugosa. 
Ya sabes, al populacho hay que contentarlo, apaciguarlo… La envidia es muy mala consejera. También la ignorancia, el miedo, la superstición… Bulos que circulaban sin ningún fundamento, como que estabais confabulados con los turcos o que envenenabais los pozos o que os hacíais médicos para matar a los pacientes cristianos. Una barbaridad y una mentira. Pero con ello el valido del rey vio el cielo abierto para matar dos pájaros de un tiro: tranquilizar al personal, darle su ración de carroña y de paso forrarse el bolsillo con las propiedades ajenas. 
Y eso que los tuyos hacían considerables esfuerzos para parecer devotos ante los ojos de los cristianos viejos y, como les pasó en su día a los judíos, no ser calificados de “marranos”, o sea de fingir ser cristianos y seguir en la clandestinidad practicando su antigua fe. 
Muchos incluso hacían ostentación en lugar bien visible de su “mesa de matanza” para mostrar a todo el mundo que en esas casas se comía carne de cerdo. 
Pero sirvió de poco. Hacía falta buscar un chivo expiatorio. Y lo encontraron. 
Algunos caldearon el ambiente con declaraciones incendiarias nada cristianas ni piadosas. 
Jaime Bleda, el inquisidor de Valencia, era partidario de una masacre colectiva o, en su defecto, de una expulsión total. Propuso vender 50.000 moriscos a las Indias a 400 escudos cada uno, como suelen venderse los negros, lo que redundaría en beneficio de las arcas reales y aliviaría “pechos y alcabalas”. O si no “quitar la vida a los mayores y confiscar las haziendas y que todo lo que se dize para entretener y alargar es sophistería de los defensores, con que procuran de llevar engañados a los ministros reales muchos años ha”. (1) 




El arzobispo de Valencia, Juan de Ribera, santo para la Iglesia católica, pretendía nada menos que se esclavizara a todos los varones y enviarlos a las minas a las Indias. Llegando a sostener que sería licito exterminar físicamente a quienes considera apóstatas y traidores, pero lo desaconseja "porque el degollar tanta gente causaría general horror y lástima" (2). Su opción final vuelve a ser la expulsión. 
Y en esta macabra maniobra se involucraron incluso personas allegadas al propio rey Felipe III, un hombre sin voluntad ni inteligencia que se dejaba manipular fácilmente. Su propia esposa, Margarita de Austria, estaba detrás de esto, también el valido, el Duque de Lerma, un sinvergüenza que luego se enriqueció a costa de vuestras propiedades. Entre todos prepararon un plan para echaros. 
La rebelión de las Alpujarras de los moriscos granadinos os hizo mucho daño, también las incursiones de los piratas berberiscos en la costa levantina. Muchos veían una colaboración vuestra con los turcos, una “quinta columna” latente dentro del territorio cristiano. Pero la realidad es que la mayoría de vosotros estabais volcados con el trabajo en la agricultura y la gran preocupación era la de sacar vuestras familias adelante… 
Por eso os pareció tan injusto el decreto real… 
El decreto infame, cruel e inhumano, impropio de gentes cristianas. 
Habías nacido en esta tierra. Tus padres también. Y los padres de tus padres. No habías conocido otra. Era el lugar en donde habías crecido, en donde habías conocido a tu mujer, Nuzeya, con la que habías tenido tus hijos. Y ahora, debido a no sé qué oscuras razones, debías abandonarlo todo, renunciar a tus raíces, a una parte importante de tu vida, de ti. Despojarte de todos tus bienes y marchar a un lugar de la Berbería, ajeno y desconocido, sin saber qué te depararía el destino, si serías bien recibido allí, porque para ellos tú sólo eras un extranjero del que debían desconfiar porque supuestamente habíais renegado del Islam para convertiros al cristianismo. Pero os teníais que ir. Así lo ordenaba el decreto, un decreto real por el que se decidía vuestra expulsión.

(Continúa...) 

(1) Notas sobre la predicación e instrucción religiosa de los moriscos en Valencia a principios del siglo XVII, Eugenio Císcar Pallarés. Pág. 209 Revista de historia moderna, ISSN 0210-9093, Nº 15, 1989, págs. 205-244 
(2) Citado en http://moriscostunez.blogspot.com.es/2008/12/juan-de-ribera-fue-una-figura-clave-en.ht

Fragmento de un capítulo de "En la frontera"
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