Vamos
ya teniendo una edad. Hay que ir con cuidado. Ojo con el ejercicio físico fuerte, con las lesiones. Más
que ir al gimnasio, algunos deberían hacer rehabilitación. O, como mucho, andar. Yo ya lo hago siempre que puedo. Todos los días una hora y cuarto o una hora y media, a buen ritmo. Unos siete kilómetros. Es muy sano el ejercicio, pero siempre suave, a ser posible.
Según
se hace uno mayor va tomando conciencia de su cuerpo. “Te haces viejo cuando
notas tus órganos”, me decía uno. Antes de los cuarenta casi nadie percibe que tiene
próstata, riñones, vesícula, vértebras lumbares… No notas nada porque no te duele
nada. Como en las digestiones, que dice
el Arguiñano, la buena es la que no se nota.
Cuando
eres joven tampoco necesitas aprenderte uno a uno los nombres de los músculos y
de los huesos, salvo que haya examen o cuando te los lesionas o fracturas. En
esos tiempos solo hay espacio para meniscos rotos, luxaciones o fractura del
peroné, pero raramente hay sitio para la
artritis reumatoide escapular, para las lesiones de las vértebras cervicales, para la tendinitis del supraespinoso izquierdo, para la gota o
para la lumbociática. Para eso hay que ser algo mayor.
De
joven, los únicos músculos conocidos para los de mi barrio eran el bíceps y el tríceps. Los de los tíos cachas. Para sacar bola. Los demás no
existían. Con el tiempo fueron apareciendo otros muy raros: gemelos, pronadores,
supinadores. Lo mismo pasa con los abductores.
Vaya con la palabrita.
Vaya con la palabrita.
Vendrá
de abducción.
Una
palabra rara, marciana.
Relacionada
con la desaparición extraña de terrícolas: Fulanito fue abducido por un ovni.
Ya digo, algo raro.
"Para ser abductor de primera...", que diría la canción.