Dedicado a los ya desaparecidos y queridos Les Luthiers.
Mar
adentro. Un barco frente a la costa de Fuentepona (Málaga). El grupo
de esforzados pescadores lleva faenando desde altas horas de la
madrugada. No ha ido mal la cosa. La red está llena, a punto de
reventar. Ha sido una buena jornada de pesca.
La
red se abre sobre la cubierta y derrama su generoso contenido:
centenares de kilos de sardinas. Hay algo de morralla entre ellas,
unos cuantos salmonetes, una estrella de mar y algún pulpo
despistado. También hay un objeto entre los peces que reluce y llama
poderosamente la atención: un viejo crucifijo de hierro oxidado con
su Cristo y todo.
Los
pescadores, la mayoría malagueños y algún que otro gaditano,
personas por lo común bulliciosas, han enmudecido llenos de asombro.
Y como son devotos creyentes, aunque a veces juren en arameo y se
caguen en todo lo cagable, piensan que están ante un prodigio de
origen divino, una especie de señal especial que les quieren enviar
los cielos.
El
hallazgo del crucifijo supone un acontecimiento en Fuentepona. La
gente habla ya de milagro. El párroco de la villa, como no podía
ser de otra manera, aprovecha el asunto, reúne a las fuerzas vivas
del lugar y en pocos días se organiza una procesión con la
colaboración de la cofradía de pescadores y el consistorio en
pleno. La comitiva, encabezada por el párroco don Genaro y el
alcalde, recorre el centro de la localidad y se dirige hacia una
vieja ermita medio derruida, situada en medio del campo.
En un tiempo breve, si los ingresos lo permiten, será convenientemente restaurada y rebautizada con el nombre de Ermita del Santo Cristo del Espeto. El crucifijo, flanqueado a izquierda y derecha por dos sardinas esculpidas en mármol negro de Carrara, como si fueran los dos ladrones del Gólgota que acompañaron a Jesús, se pondrá en un lugar bien visible, para admiración de propios y visitantes. En ningún caso resulta descabellado plantear este tipo de iconografía dentro de un recinto religioso, máxime en un pueblo de pescadores. Al fin y al cabo, las sardinas posibilitaron el hallazgo milagroso y también son peces, y un pez era el símbolo entre los primeros cristianos cuando compartían su credo en clandestinidad.
Miguelito, el poeta local, a sueldo del ayuntamiento y gran amigo del cura, creará un himno religioso, una plegaria que se cantará en procesión cada 20 de mayo, en el aniversario del sacro acontecimiento:
Al Cristo de las sardinas
Ampara a tus pescadores,
Santo Cristo de la mar.
Que la pesca sea buena,
que podamos faenar.
Santo Cristo del Espeto,
ilumina nuestro andar.
Te rezamos con respeto,
imploramos tu bondad.
No te olvides de los fieles,
ni del cura del lugar,
que si no pescamos nada
no ganamos el jornal.
Que vengan muchos devotos
de fuera o de la ciudad,
y que pueda don Genaro
su ermita restaurar.
Santo Cristo del Espeto,
ilumina nuestro andar.
Te rezamos con respeto,
imploramos tu bondad.
Que si la pesca no es buena,
-cosa que no ha de pasar-,
que si la pesca no es buena...
¡ te devolvemos al mar!
No contaba con la amenaza. :). Un beso
ResponderEliminarAhí está el quiebro inesperado del cuento.
EliminarSaludos.
Caramba¡¡¡ no se andan con chiquitas los lugareños¡¡¡
ResponderEliminarSalut ¡¡¡
La barriga antes que la fe.
EliminarSalud.
Menos mal
ResponderEliminar...digo, menos mal que no encontraron el crucifijo entre una pesca de gambas. El Santo Cristo de la Gamba no suena a muy serio.
ResponderEliminarSaludos
La sardina es más popular en Málaga.
EliminarSaludos.
El relato es muestra de una devoción ingenua del pueblo que acoge el cristo como una bendicion. Todo sigue el desarrollo previsible y entrañable hasta que en los últimos versos del poema creado por el poeta del pueblo se desliza lo que rompe el relato y lo hace potente y sorpresivo, la amenaza de que si no hay pesca buena, devuelven al cristo al mar. He ahí el gracejo andaluz que igualmente, cuando sale la Macarena la tildan de "tía buena", como oí una vez en Sevilla.
ResponderEliminarManeras de sentir y vivir una religión.
EliminarSaludos, Joselu.
Y es que el mito el Cristo invade los oficios, usos, tradiciones y hasta votos de nuestros compatriotas. Diver el poemita de Miguelito.
ResponderEliminarNo falta nunca el poeta local con sus ripios.
EliminarSaludos, Fackel.
Hay cuentos que como no te pongas de canto te dan de pleno. Y para que pleno o lleno sea el cuento, el espeto no es una o dos sardinas sino el conjunto de las pinchadas en la misma caña que se asan a la flama y no a la llama. Luego vinieron las modernuras y ahora hacen por igual procedimiento calamares, salmonetes, besugos y otros frutos de la mar; pero el origen está en esas seis a ocho sardinas espetadas al unísono.
ResponderEliminarUn abrazo.
Los guiris y sus demandas están cambiando la oferta.
Eliminarabrazos, Paco.
Un tema delicado,porque el éxito estaba en la sardina fresca,recién pescada,pero ahora con los parásitos kudoa y el Anisakis,la cosa se complica.
ResponderEliminarSaludos
Sí. Hay que ser precabido. Yo siempre congelo el pescado antes de cocinarlo, sobre todo los boquerones.
EliminarSaludos.
El milagro está en esas escamas plateadas y churruscaditas. Tres docenas por barba. Benditas sardinas, regalo de Neptuno, iridiscencias bajo el sol, aromas vivos para las pituitarias; una delicia sacramental.
ResponderEliminarSalud.
Muy ricas a la brasa gracias a su grasa natural.
EliminarSaludos, Francesc .
De milagros, cristos y crucifijos, sé poco. Pero de sardinas a la brasa...tengo a los vecinos como sufridos penitentes, con los humos de mi barbacoa Pobrecitos...
ResponderEliminarSí, porque huelen un poco. De los vecinos no te preocupes, ya levantarán humareda con la grasa de panceta y chistorras.
EliminarSalud.
Y me añado a lo que dice Francesc. No quedaría muy serio lo del Sto.Cristo de la Gamba, pero menos aún, el Santo Cristo de la Almeja.
ResponderEliminar( ͡ᵔ ͜ʖ ͡ᵔ )
Eso ya es casi sacrílego. Además, la rima es chunga: colleja, queja, oreja...
EliminarCayetano:
ResponderEliminaren broma lo dirás, pero podría ser muy cierto. Con las cosas de la fe todo es posible.
Salu2 posibles.
Hasta puede haber una localidad malagueña que se llame Fuentepona.
EliminarSalud.
Tu creatividad es portentosa y quizá no tan ajena a ciertas realidades mezquinas que surgieron de la fe. Me encantó tu relato, bien armado de buenas intenciones... Gracias por el disfrute.
ResponderEliminarHasta pronto.
Gracias, Clarisa T. Me alegra que te haya gustado.
EliminarUn saludo.
Pues no muy lejos de Fuentepona, en el Valle de Lecrín, se encuentra la ermita del muy venerado Santo Cristo del Zapato. A ver quién da más...
ResponderEliminarQué cosas. Ya no saben qué inventar.
Eliminar... Añado que desde 1791.
ResponderEliminarMe ha encantado tu cuento, Cayetano. Más de una sonrisa me sacó tu estupenda imaginación. Un abrazo
ResponderEliminarEl poema me hizo recordar un tiempo en que estuve visitando un precioso pueblo de Galicia (Corcubion), al que recuerdo con especial cariño, a donde llegaban esos pescadores luego de su faena, con los morrales cargados de criaturas marinas de todo tipo. Un abrazo
ResponderEliminarMa alegra que te haya gustado el cuento y que te haya removido gratamente la memoria.
EliminarSaludos.
Un relato divertido y que podría ser una realidad. Las sardinas tienen muy buena pinta.
ResponderEliminarAbrazos.
Una ocurrencia de las mías.
EliminarGracias, Conchi.
Un abrazo.
Pues casi casi que me lo creo!
ResponderEliminarPues claro: devolvieron el crucifijo al mar.
EliminarSaludos.