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domingo, 10 de octubre de 2010

Timbal de jamoncitos de pollo confitados en AOVE con mermelada de champiñones y queso






Ayer tenía bodorrio. A lo grande, de los de etiqueta y protocolo incluidos. Una de mis amigas de la Universidad se casaba y el grupito de 10 amigas, del que os he hablado en alguna ocasión, se juntaba. Había que ir guapa, así que me vendé los ojos y el único gasto que hice fue en la peluquería...
He de avisar para lo que os cuento, de que no soy muy fan de este tipo de salones, que apenas visito una peluquería, si no es para cortarme el pelo cada tres meses. No porque sea una experta yo, sino porque me da pánico acercarme a una...
En fin que dos días antes de la boda mis cabecita traicionera me insinúa en plan pregunta: "Oye tú, amiga, ¿y si preguntas en la peluquería de debajo de tu casa para ver qué te pueden hacer ese día?" Juro que no quería hacerle caso, que me lo negué, pero la curiosidad es el arma traicionera de toda mujer, de modo que cuando aparecí por el portal de casa me asomé a la tienda y entré...
Me acogió una amable señora, demasiado amable para mi gusto, que parecía que yo fuera la mismísima reina:
- ¡Ay! ¡Pero qué mona ella! Por favor, pues claro, tú necesitas un estilista, de los de aquí, para que te digan lo que te pega mejor y sólo ponerte más guapa de lo que ya eres. ¡Mira, Antonio! ¿A qué es monísima? ¡Si es que con esa edad! ¡Oyyyy! ¿y qué ojazos? ¿Te pintarás también? ¡Sí, seguro! que con esas pestañas, imposible que digas que no. Pepa, ¡ven! Mira qué niña más mona para maquillarla el sábado...
Bla, bla, bla,... Bla, bla, bla...

Y allí me ves a mí, como mono de feria, diciendo que no a todo, pero ¿para quién? Sepa Dios...
La mujer me enganchó, lo reconozco, ahora, era imposible resistirte ante tanto piropo seguido. Yo sólo pensaba, lo divina de la muerte que iría... Bueno mis pensamientos sólo iban y venían, que si pelo a lo Patricia Conde, ahí un pelo suelto y ¿encima mejor maquillada que Penélope Cruz? Ya está, los ojos como chirivitas... Sí a todo, que si me dicen que ese día me tengo que cortar el pelo hasta os digo yo que hubiera admitido la proposición, a pesar de que para mí sea lo más sagrado. Total que salí de la peluquería con cita para el sábado por la mañana y con una cuenta de cincuenta euros totalmente desglosada con lo que me iba a costar todo...

Llega el día, sábado 9y30 am entro en el salón y me coge la primera estilista que aparece por allí. De estilista nada de nada, una peluquera y punto, una mandada más del lugar. Me lava y me pregunta qué es lo que me quiero hacer. Yo le digo la idea del pelo, no muy recargado sólo con la plancha haciendo rizos y punto. Parece que me entiende y asiente con rotundidad. Intento calmarme y leer una revista, ella es la experta ¿no? Sin embargo, mi cabeza se levanta y me miro al espejo, cuando veo pelo para un lado plancha mal colocada y chapuz de rizo que sale. Le intento explicar para que tome otra postura y parece que la cosa sale mejor. ahora cuando llega a la zona de flequillo...¡horror! "No así, noooo, ¡¡¡que no quiero salir con cuernos!!!" Pero la muchacha está muy concentrada enrollando el pelo como una persiana, con tanto esfuerzo que se le marcaba en la cara con esa "lenguecilla" saliéndose de la boca. Me sublevo y digo que así no va el tema, pero por mucho que se esmera nada de nada... Así que la olvido y pienso en llegar a casa cuanto antes para retocarme yo.

Después, sesión de maquillaje, una mujer de sesenta años que no calla, de las típicas que te marca el sermón de la vida, así sin más, pero que ella no te dice nada, ¡eh! que tú vida es tu vida y puedes hacer lo que quieras... Y en realidad, todo es una artimaña para que no te des cuenta de lo que está trajinando en tu cara. Cogió un as pinzas y tres pelos quitados, luego crema, ahora pincelada arriba, pincelada abajo y ¡voilà! ¡payasete total! Me vuelvo a ver reflejada en el espejo y ¡josú! ¡Mae mía santísima! ¿pero y este petardo quién es? Sólo una cosa pasa por mi cabeza: "Sal corriendo ya de allí".

Lo mejor de todo: el pago. Se me acerca la chica que me piropeó el primer día y me coloca una factura de setenta eurazos. Mi careto de impacto le sonaba, pues corriendo comenzó a justificar cada suplemento adicional: que si crema aquí, que si champú regenerador de no sé qué historia, que si depilación de cejas... "¡Perdón! ¿pero si han sido tres pelos literales lo que me ha quitado? ¡Caradura!" Y sí, se lo dije, ¡porque menudo timo para ir con tales pintas!

Aparezco en casa y Carlos me espera ansioso para ver si no me vengo quejando por enésima vez de lo que han hecho conmigo. Digo que no me gusta y suelta: ¡Si es que yo no sé para qué vais a la peluquería si siempre venís diciendo lo mismo!" ¡Más razón que un santo!

Y aquí os dejo otra receta más con Aceite de Oliva Virgen Extra (AOVE) con la que participo en el concurso de Sara de "Las recetas de Sara" con su patrocinador, AceiteVirgen.com, en el cual nos retan a preparar una receta con Aceite de oliva virgen extra. Esta vez colaboro con unos ricos Jamoncitos de pollo confitados. ¡Espero que os guste y disfrutéis de esta fácil y rica receta!


Timbal de jamoncitos de pollo confitados en AOVE con mermelada de champiñones y queso
Ingredientes (2 personas)
5 jamoncitos de pollo
2 rodajas de queso canario majorero
250 gr de champiñones
200 gr de azúcar
1/4 de vaso de agua
1 vaso de aceite de oliva virgen extra
1 vaso de vino de jerez
sal

En una olla ponemos los jamoncitos a cocer con el aceite de oliva y el vino a fuego lento. Añadimos la sal y dejamos hora y cuarto cociendo. Cuando los tengamos, les quitamos el hueso y troceamos la carne un poco.
Mientras preparamos nuestra mermelada, para lo que lavamos los champiñones y lo picaremos muy finamente. Éstos los ponemos con un poco de aceite y sofreímos durante dos minutos a fuego suave. A continuación añadimos el azúcar y el agua y dejamos que se cueza todo durante cuarenta minutos a fuego suave o hasta que veamos que el agua ha evaporado y los champiñones se han caramelizado.
Por último, se emplata colocando la rodaja de queso de primero a la que colocamos encima unos trocitos de carne de pollo y, por último, la mermelada de champiñones.

sábado, 2 de octubre de 2010

Paella mixta de mi casa

5 meses con vosotros y 178 seguidores. ¡¡¡¡Muchas gracias!!!!

Los domingos en Jaén se bajaba a la casa del campo para comer arroz, o lo que comúnmente se denomina paella. Una ocasión especial para el despliegue masivo de comida, pues si no fuera suficiente con un buen plato de paella, sobre la una de la tarde comenzaba el momento tapeo y delante de ti todos los miembros de la familia se organizaban para plantar en la mesa mejillones en escabeche, ensaladilla rusa, lomo, morcilla, queso, patatas fritas, etc, etc, etc,... A mí estos manjares tan suculentos me parecían la bomba, así que entre picoteo y picoteo me ponía finísima.
De modo que aunque lloviese, tronase o nevara allí estaba la familia entera reunida para la ocasión. Yo los veía desde la distancia, un poco solitaria porque ni mi prima y mi hermana podían seguirme el juego con cinco y seis años menos. Me colocaba en mi silla de plástico y observaba el comportamiento humano de la generosidad:
- Niño prueba esto.
- Fernando coge lomo que es ibérico.
- Pedro ¿has probado la ensaladilla?
Miles de cubiertos voladores alrededor de mi cabeza, ellos tenían su tenedor propio con el que iban pinchando en los platos, pero claro luego estaba la tradición propia de mi familia y es que no es que debas probar el tenedor de la otra persona con el alimento que te prepara, sino que es tú obligación coger su tenedor y tragar su contenido, si no, como mosca cojonera, ahí estará hasta que le hagas caso.
Bueno si hay invitado, aumentamos las complicaciones. Da igual que digas esto de: "No, Luisa, de verdad, que no me gusta", porque mi abuela te engancha y se queda a tu lado con el tenedor dirección tu cara y arremete con: "¡Pero si está muy bueno! Además, ¿tú lo has probado? ¡Toma un poco!" y a la boca directo, que se le queda una cara de tonto a esa persona... Mastica y saborea como puede, mientras de fondo: "¿Veeeeess? ¿A qué está bueno? Si es que hay que probar las cosas, que estas huevas son lo mejor del mundo!" Después de haber conseguido su objetivo, mi abuela podría quedarse satisfecha pero no, ella es de naturaleza pesada en el tema de la comida y ya ha fichado una figura con la que practicar durante lo que quede de día: "Prueba ahora esto o ¿has cogido lomo? Anda toma que te va a pasar lo mismo que con las huevas..." Yo miro a esa persona y desesperanzada vuelve a abrir la boca: "Ahiiií, ¿ves qué rico está?"

Pero encima, si ese invitado no come o resulta ser un poco exquisito en sus gustos, allí ves a toda la familia observando sus movimientos. Como se digne a no probar un plato,... bueno heridísimo el orgullo de la persona que lo ha preparado, por lo que es en ese instante cuando presenciamos la persecución del cazador a su presa. Lo persigue alrededor de la mesa, le clava los ojos e intenta buscar el momento más oportuno para acercarse a él y cazarle. Lo arrincona con el plato en los hocicos y toma cucharada va y cucharada viene: "¿Te gusta eh? Pues venga toma más, y ahora el último tenedor. ¡Ayyy si es que hay que probar las cosas!"
El momentazo viene con la llegada de la paella, todos con la barriga hinchada para empezar a comer el manjar diez... Observo las caras ante los platones que mi abuela se ha dignado a colocarles delante y comienza el soniquete de: "Esto es mucho Luisa, yo no voy a poder con todo". A lo que ella responde: "¡Tú come y calla!, que está muy bueno". Imposible no hacerle caso, ya os lo digo yo...

Y ahora os dejo con la entrada que publiqué para mi colaboración mensual en el Antonia Magazine, que claro como no podía ser menos es la "Paella mixta de mi casa". Para quienes no conozcáis la revista os recomiendo que visitéis su página porque pasaréis un rato increíble con esta revista online.

Que la paella es nuestro plato más conocido internacionalmente no es ningún secreto y que en cada casa la de su madre es la mejor, tampoco; ahora, seguro, seguro, seguro que aún hay muchos que no se han animado a prepararla, ya sea por falta de tiempo, de ingredientes o, incluso, por miedo al desastre total y rotundo. Por esto yo os traigo la que se hace en mi casa, bien explicada y con algún que otro consejito, para superar estos inconvenientes y que no haya ninguna excusa, porque, ya os digo yo que cualquiera puede preparar un plato tan rico y nutritivo fácilmente.

Primero los consejos:
  • Los ingredientes que debes utilizar son tantos como tú desees. En el caso de esta paella mixta, habrá que incluir verduras, carne y pescado. Yo os recomiendo que las verduras sean las mismas que os pongo en la receta, pero si luego queréis poner más tipo alcachofas, champiñones, etc,... podéis hacerlo y todos los que queráis. En cuanto a la carne os pongo tres tipos, pero si queréis añadir otros como ternera, perfecto y para el pescado lo mismo, pues si escogéis gambas, almejas o cualquier otro marisco, esto enriquecerá más la paella.
  • El tiempo de preparación puede realizarse en dos veces, es decir, por la noche puedes dejar todo hecho y al día siguiente sólo te queda añadir el arroz y dejar que se haga y comer la paella recién hecha. Además con este truco, los ingredientes toman más sabor.
  • Por último, mi madre dice que sale mejor sin esmerarse mucho... En fin ¿será este toque por el que a mí no me sale igual?

Paella mixta de mi casa
Ingredientes (6 personas)
* 1/4 y 1/2 kg de magro de cerdo y costillas troceadas de cerdo ibérico
* 1/2 pollo troceado
* 6 gambones (o cigalas, langostinos, a vuestro gusto)
* 1/4 kg de choco
* 4 tomates rallados
* 2 pimientos verdes
* 1 pimiento rojo pequeño
* 1/4 de cebolla pequeña
* 12 puñaditos de arroz (2 por persona)
* 1/2 cabeza de ajos
* 1 vaso y 1/2 de vino blanco
* 1 pastilla y 1/2 de avecrem
* Azafrán en rama (un poquito)
* 2 hojas de laurel
* Agua
* Perejil al gusto
* Sal

Sofreímos en una paellera para 6 personas o cazuela de barro grande la carne con un poco de aceite y el laurel, le damos una vuelta y se le añade el choco. Éste último se hace sólo un poco y a continuación se agrega la cebolla bien picada y dos ajos troceados, también los pimientos cortados en cuadraditos.
Cuando veamos que se ha pochado unos minutos, echamos los tomates rallados. Mientras se sofríe bien el tomate, preparamos un majado con los ajos que nos quedan que machacamos con el perejil, y después junto al avecrem, y el azafrán. Una vez tengamos este majado bien integrado se vuelca el vino sobre él y se remueve para mezclar.
El majado lo añadimos a la carne y se deja cocer a fuego medio alto durante cinco minutos, para que se evapore el alcohol del vino. Pasado este tiempo se añade el agua, que suelo calcular según la paellera, es decir, si la paellera es para 6 personas echo agua hasta llenarla entera menos medio dedo como límite para que no se salga el agua al hervir. Removemos todo y se deja cocer a fuego medio alto durante media hora.
Transcurrida la media hora sólo nos queda por incorporar el arroz y los gambones. El arroz para calcularlo, suelo poner dos puñaditos por persona y lo dejo cocer a fuego medio durante un cuarto de hora más o menos sin remover nada más que al principio, aunque se queme un poco. Los gambones se incluyen en la paella cuando está cociendo el arroz para que de su sabor.

martes, 28 de septiembre de 2010

Mi lasaña boloñesa



Y ¿por qué siempre tiendo a querer hacer mil cosas? Soy una pimientilla, como me dice alguno, mi cabeza va a mil por hora y no he acabado de hacer una cosa cuando ya he empezado la siguiente. Mi mente va a mil por hora todo el día, un auténtico descontrol, pues voy corriendo a todos sitios, que no me falte ni un segundo, todo ya para ya, que no se me escape, que si no se descuadra todo el batiburrillo que he formado a mi alrededor. "Que si hoy tengo que ir a ver el tocado y luego preparo comida, ¡ayyy que hoy era la receta del CWK! ¡Madre, pero si también tenía la del concurso! ¿Y apuntarme a la piscina cuándo?". Total, que por esta causa voy como autómata y me ocurren muchas cosas de las que os cuento a continuación, ya que no pongo demasiada atención a no ser que esté plenamente concentrada. Ahora, ya he tomado medidas y me he comprado una agenda para planificarme. Muy mona ella, muy práctica, con cincuenta mil separadores y, por si fuera poco, venga fosforitos y bolis de colores, de lo más chillones también, para no perderme... Y ahí estoy mi primera tarde como una niña estrenando libros... "Venga, primero mi nombre y mi dirección, que no quiera Dios que se me pierda... Ahora, mi cumpleaños, ¿a ver en qué día cae este año? ¿Domingo? Joe... y ¿a ver el de... y el de...?...".

Bueno si la solución fuera solo la agenda, pues vale, pero soy el despiste personificado, pierdo todo y cuando digo todo, es toooodooo. De pequeña me acuerdo, que era la típica que se dejaba en el autobús lo que llevara, la que estrenaba carpetas y chaquetas una vez al mes, la que odiaba llegar a casa porque ahí estaba en la puerta tu madre con los ojos preparados y la boca medio abierta para empezar con la retahíla: "¡No puede ser, pero otra vez, aquí no hay quien gane para libros y encima el de religión, ¿pero otra vez?!", etc, etc, etc,... Porque sí, los paraguas ni los huelo, me los olvidó en la primera parada que haga, las llaves... infinidad de veces he tenido que llamar a casa a las tantas de la madrugada para que mi madre se enterase bien, bien, de la hora a la que había llegado su hija tan responsable. Y lo peor de todo, las predicciones de mi padre, la primera de ellas, la que ha sonado toda la vida:
- Anda Gema, sube a casa y me traes las gafas que están en la entrada y también la cartera y las llaves del coche.
- Joe Papá ¡sube tú!
- Venga anda sube y no te dejes nada, que ya verás que de tres cosas que te pido, se te olvida alguna . Ah y dile a tu madre que baje ya, que estoy harto de esperarla.
Yo subo engancho las gafas, la cartera y para abajo. Mi padre me ve llegar y me pregunta:
- ¿Y las llaves?
Y no os digo quien tiene que volver a subir, resulta evidente, porque tal es mi nivel de descuido que a medida que os escribía esto, he tenido que releer las línea escritas para recordar que era la cosa que me dejaba... verdad cien por cien.

La segunda advertencia de tu padre: "Ni se te ocurra perderlo"; y cuando aún pone más énfasis: "Gema que esto hay que devolverlo, así que ten cuidado" y ahí me ves empaquetada de pies a cabeza para subir por primera vez a la Sierra y aprender a esquiar. En la mochila, un regimiento de trastos: gafas, guantes, gorro, la braga para el cuello, comida, zumo, agua, crema... Todo bien dispuesto y en diferentes compartimentos. Aterrizamos en la pista y empiezo a sacar cosas para disfrazarme por completo; después complicamos aún más la equipación con la misión alquiler de esquís y botas, hasta que, por fin, me encuentro en la cola para subir Borreguiles. Mi don por delante con unos amigos, mi prima, su novio y yo por detrás a unos segundos de coger mi primer telesilla, cuando voy a ponerme los guantes y... "¿Y mi otro guante? Pero si yo llevaba los dos hace un momento... Oh, oh, oh"
- Elisa que he perdido un guante...
- ¿Qué, qué?
Y allí venga a apartar esquís y tablas, atascada entre bastones y tiburones deseosos de alcanzar su primera bajada... Yo miro desesperada el suelo y ni rastro, la gente con ganas de matarme y seguro que pensando "ya está aquí la cateta de turno". Yo sé cuál va a ser el final: he perdido definitivamente el guante y mi padre me va a sentenciar: "Ya no pido otro favor, que siempre lo pierdes todo y ¡da gracias de que no te dejas la cabeza por ahí!" Ea para qué negarlo...

Para hoy os dejo una receta riquísima, de las clásicas y con la que siempre aciertas cuando tienes visitas, porque es fácil de preparar y queda de lujo, la lasaña.

Mi lasaña boloñesa (6 personas)
Placas de lasaña fácil (hacerla como ponga en la caja)
500 gr de carne picada (mitad de cerdo y mitad de ternera)
1 cebolla
2 dientes de ajo
125 gramos de champiñones
1/3 vaso de vino blanco o un chorreoncito grande
1 lata Tomate casero Hacendado
Queso en lonchas
Queso para gratinar
2 quesitos el caserío para la bechamel
Bechamel
Orégano, pimienta, albahaca, nuez moscada y sal

Para la masa.
Picar las cebollas y pochar con sal. Luego los dos ajos y añadir. Esperar que doren e ir añadiendo los champiñones. Una vez pochado le echo la carne picada y la separo bien con la cuchara para que no se hagan montones. Ahora se añade la sal, la pimienta, el orégano y la albahaca. Después de que se haya hecho la carne, incorporamos el chorreón de vino y dejamos que reduzca 10 minutos o hasta que la carne chupe el vino. A continuación añadir la lata de tomate (reservar 3 cucharada para la bechamel) y mezclar.
Posteriormente preparamos una bechamel normal a la que luego le he incorporado 2 quesitos el caserio, sal, nuez moscada, pimienta, orégano y 3 cucharadas de Tomate casero.
Hacer las placas de lasaña fácil tal cual pone en la caja o hervir durante diez minutos más la pasta de lasaña si la compramos normal con un chorreón de aceite y una pizca de sal. Ahora, montamos la lasaña, poniendo primero en el fondo un poquito de bechamel con más tomate, luego pasta, y encima de ésta la mezcla de carne y dos lonchas de queso. Volver a repetir con pasta, carne, queso y terminar con la bechamel por encima espolvoreada de queso. Una vez tengamos el montaje, metemos en el horno la lasaña para gratinar durante cuatro minutos o hasta que veamos que el queso de arriba está dorado. ¡A disfrutar!

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Chile estrella solitaria



Guadalupe no pertenecía a la tierra de Dimitris, era hija del país cuya virgen lleva su nombre, Méjico. Su padre Moses había dedicado su juventud al negocio del mar. Viajó por los lugares más exóticos y lejanos para comprar telas, especias, piedras preciosas y todo aquello que en Grecia pudiera ser adquirido por los mejores postores a precios desorbitados. Una excusa para escapar en busca de aventuras, descubrir sitios espectaculares y experimentar nuevas sensaciones.
Sin embargo, entre el trasiego de viaje y viaje llegó a Méjico donde se enamoró locamente de una mujer, mitad española, mitad mexicana, pero racial hasta el último poro de su piel. Un fugaz romance que terminó con su muerte de María tras el alumbramiento de una niña, el mismo día de la patrona del país, el 12 de diciembre, de aquí su nombre Guadalupe.

Su abuela materna se hizo cargo de ella y la educó hasta hacerla una mujer de doce años. El sitio de su aprendizaje la cocina, donde atisbaba el vuelo de la falda de su abuela, que cocinaba los platos más sabrosos para sus patrones. Su olfato se acostumbró rápido al olor del chile, del cilantro,... su gusto, al sabor del tlalpeño, de los tamales y de la buena carne de res. No había día en el que no recibiera su pequeña ración, ahora sí, a escondidas, lejos de la mirada inquisitiva del resto de sirvientes.
Pronto comenzó a ayudar en el trabajo. Los achaques de su abuela debían acallarse, por lo que sustituyó el lápiz por la cuchara de madera y aprendió la tradición de su país entre fogones. En cuatro años tuvo tiempo suficiente para cocinar todas las recetas de su maestra, de experimentar por sí misma y de preparar nuevas creaciones; sin embargo, había un plato con el que disfrutaba, el Chile Estrella Solitaria, pues su mezcla de sabores y la sutileza del chile picante la dejaban anonadada, suplicando por un poquito más.

Lupe apenas disfrutó de la compañía de su padre durante esos años, quien volvió a navegar, intentando, en vano, olvidar a la mujer de sus sueños, cayendo derrotado cada vez que podía en las caricias compradas, en el amor simulado.
En Navidad siempre volvía a Tlaxcala donde vivía su hija y su suegra para celebrabar el mes de diciembre entero. Moses era consciente del poco tiempo que le quedaba a la abuela, su edad y la enfermedad en los huesos iban haciendo estragos rápidamente. Ahora, lo que no intuyó fue su muerte repentina, el mismo día en que Lupe cumplía los doce años. La enterraron sin más honores que su ropa de domingo y su rosario entrelazado en las manos, con su sonrisa mellada, la misma con la que amaneció, símbolo del encuentro con su hija en cielo divino, pues como había contado a su nieta: "Un día de estos vendrá tu madre a recogerme para llevarme y sonreiré antes de marcharme, a pesar de que te dejo, sólo para que sepas que estoy con ella".
Fue entonces cuando se vio obligada a recoger sus pertenencias y viajar con Moses. Recorrió toda la costa de México, vivió nuevos amaneceres, se asombró ante el oro, todo mágico. Sin embargo, su padre observaba su desarrollo, como se iba convirtiendo en una mujer y su cuerpo adoptaba las formas propias de su edad. En unos meses se había convertido en una preciosa mujercita, lo que conllevó a más de un comentario de los marineros compañeros de Moses. A él únicamente le intranquilizaba la piratería, esa pandilla de insensatos maldecidos como la peor raza existente en el mundo del mar, aquellos que disfrutaban con las muchachas más jóvenes y se apoderaban de su mayor tesoro. Por ello, tomó la mayor decisión de su vida; abandonó su ilusión, sus viajes, para adentrarse en un último viaje, el de regreso a su tierra natal la isla de Milos, donde poder acomodarse y buscar un marido para su hija.

Lupe desembarcó en Grecia en la primavera de su trece cumpleaños. El mar transparente y el ajetreo de los pescadores en la orilla del mar le transmitió serenidad, a pesar de chapurrear sólo un poco la lengua paterna. El mercado a pocos metros, donde se observaba mujeres comprando verduras de lo más coloridas.

La casa de la abuela paterna de Lupe se encontraba totalmente derruida, el peso de veinte años sin ser habitada. Moses sintió el dolor agudo de su corazón, junto con sus añoranzas y recuerdos infantiles, el olor de su madre, la sonrisa de su padre. Se comprometió en esos instantes en recuperar su hogar y transmitirle a su hija tantos recuerdos.
En apenas unos meses terminó la reparación de su casa, recuperó sus antiguos amigos y comenzó a pescar para ganarse la vida. Su cuerpo, curtido por tantos años al sol y su mirada perdida, atrajo los suspiros de más de una mujer. Una de ellas le habló del futuro de Lupe.
Necesitaba presentarse en sociedad, ser vista y admirada por los hombres del pueblo, pero no por cualquiera, sino por los más poderosos. Su belleza y su mezcla racial pronto sería admirada y deseada. Tan sólo había que buscar una forma con la que conseguir todo esto y la mujer recomendó a Moses el baile.
Lupe se extrañó cuando un día su padre le dejó dinero para que visitara a su nueva amiga. Ella le enseñaría el arte del baile, según habían ultimado los dos adultos y en cinco meses ya estaba preparada para su debut. Vestida con un pantalón ancho, corpiño y velo naranja, aprendió a maquillarse para esa noche. Un hilo de kohl negro dibujaba su ojos rasgados y los labios cereza se hacían apetecibles. Se miró en la fuente del pueblo, cuando iba camino de la fiesta a la que había sido invitada. No se reconoció y sintió la vergüenza recorriendo su cuerpo, ¿tendría valor para seguir el baile en público? ¿o se equivocaría en el primer paso?
Se acercó a la entrada del jardín donde el anfitrión de la fiesta le esperaba; sin embargo, no se atrevió a llamar, retrocedió y retrocedió, buscando refugió, cuando chocó con las ramas de un sauce llorón...


Y lo siento el final... El final en la siguiente entrada. Es que una se pone a escribir y a escribir y se mete dentro de la historia, que cada vez toma más vida. Espero que me perdonéis.

Con esta historia os presento una nueva receta para el concurso de recetas mexicanas que organiza Lazy Blog con la Escuela de Cocina Kitchen Club y casi no llego... Se llama Chile estrella solitaria y es un plato muy original, pues mezcla el chocolate con la cerveza dejando un sabor muy rico y diferente, donde el chile se nota en cada bocado.
La receta la saqué de Cocina del mundo, aunque revisando libros de recetas mexicanas también se puede ver en "Cocina mexicana, más de 100 irresistibles recetas".

Chile estrella solitaria
Ingredientes (4 personas)
1 cucharadita de semillas de comino
650 gr cuarto trasero de buey en dados de 2,5 cm
harina salpimentada, para rebozar
3 cucharadas de grasa de carne de buey derretida, grasa de beicon o aceite vegetal
2 cebollas picadas
4 dientes de ajo picados
1 cucharada de orégano seco
2 cucharaditas de pimentón dulce
4 chiles rojos secos tipo ancho o pasilla, o al gusto, triturados
1 botella grande de cerveza lager
120 gr de chocolate negro

Tostamos ligeramente las semillas de comino a fuego medio, agitando la sartén, unos 3 o 4 minutos. Deja que se enfríen y después májelas en el mortero.
Ahora, salpimenta la carne y rebozala en un poco de harina harina . Fríe la carne en una cazuela grande con aceite. Retírala y reserva para después.
En la misma cazuela y con más aceite si hiciera falta, ponemos a pochat la cebolla y el ajo en la cazuela durante 5 minutos a fuego suave, hasta que estén tiernos. Agrega el comino, el orégano, el pimentón y el chile y remueve 2 minutos, con cuidado de que no se queme el pimentón. Vuelve a poner la carne en la cazuela, vierte casi toda la cerveza y añade el chocolate troceadito. Llévalo a ebullición removiendo, baja la temperatura, tapa la cazuela y déjalo a fuego suave 2 o 3 horas o hasta que la carne esté bien tierna, añadiendo más cerveza si fuera necesario.

martes, 14 de septiembre de 2010

Moussaka griega




Whole kitchen en su Propuesta Salada para el mes de Septiembre nos invita a preparar todo un clásico de la cocina tradicional griega, una Musaca.

Me imagino una historia redactada en otro idioma, ininteligible en nuestro país, pero reconocida en todas las lenguas...

Hace unos cuantos siglos en un pequeño pueblo costero de una remota isla griega, vivía nuestro protagonista, Dimitris, moreno, de pelo motoso y altura importante. Sus ojos lo primero que llamaba la atención, verdes grisáceos, imponentes de grandes, descaradamente atrevidos. Cuentan que durante su infancia la familia Samaras cayó en desgracia, su padre envilecido por la bebida falleció en una disputa callejera, mientras la madre, Dafne, cuidaba de sus tres hijos. Esto sucedió una noche de invierno, cuando Dimitris contaba con apenas unos días.
Su vida quedó marcada con el trágico suceso. No llegaba el dinero para mantener tantas bocas, por lo que, con todo el dolor de su alma, su madre lo entregó a una familia acomodada. Eugenia recibió el mayor regalo en vida, un hijo con el que acallar las súplicas continuas de su marido. Un heredero se convertiría en la sorpresa perfecta para su compañero una vez que volviera de su largo viaje a la capital griega. Tan sólo permitió que la verdadera madre de nuestro protagonista tuviera contacto con él una vez al año, el día de su cumpleaños.
Una fecha señalada en el calendario de Dafne, cuando gastaba gran parte de los ahorros en comprar los ingredientes para preparar el plato heredado de su familia, la moussaka. El cordero y las verduras protagonizaban un festín familiar, cuya causa sólo la recordaba su hija mayor de seis años y ella misma. El trozo más grande de la moussaka para su hijo regalado, por lo que envolvía su comida con el mayor esmero y bien temprano lo dejaba a los sirvientes de Eugenia.

Dimitris creció con la mejor educación posible, sus mentores los más codiciados de la isla y sus amigos, los hijos de las familias más acaudaladas. Nunca sospechó su origen y disfrutó de la buena vida.
Al cumplir los quince años su semblante y su cuerpo corpulento se habían desarrollado a la perfección. Sentía las miradas de las féminas, la envidia de quienes habían sido sus amigos y el respeto de sus mayores. Sin embargo, su inocencia aún quedaba por despertar.
Su vida había sido pincelada por los pasos de Eugenia. Desde niño concertó su matrimonio con la hija de una de sus primas lejanas, Benice, y su educación se alejó del terreno del ejército. Sólo permitió que cultivara su mayor afición el deporte y, en concreto, el atletismo. Para él, dichos planes no supusieron ningún esfuerzo, anteponía su figura materna, pues el cariño infinito que recibía debía devolverse de alguna manera.
Sin embargo, con esta edad, la sangre fluía por sus venas en plena ebullición, deseando salir de su cuerpo en busca de experiencias nuevas. Así, se encontró escapando a hurtadillas de su cuarto en plena madrugada a escondidas, sólo para hacer acto de presencia en las fiestas prohibidas, que preparaban sus amigos. En ellas todo era bienvenido; vino, comida, mujeres poco tapadas, junto con otro tipo de sustancias igualmente adictivas.
Pronto su vida entró en la rutina, sus días se alargaban sin sentido, deseando que llegara la noche para volver a lo que parecía llenarle. Sin necesidad, de buscar un trabajo digno o de formar su alma, de llenar su espíritu, sentía que su destino estaba echado, que había nacido para lo que estaba viviendo y que terminaría siguiendo los pasos de su padre adoptivo en política. Tan sólo era cuestión de suerte, del destino que a cada uno lo pone en su familia.


Sin embargo, la fuerza del sino deseó mostrarle la verdadera cara de su realidad, su origen...
Una de las noches descritas, ante la puerta del jardín donde se organizaría la fiesta del exceso, Dimitris tropezó con un velo de seda naranja, raído por la esquina superior donde se engancha a la diadema de su propietaria. Miró a su alrededor por si pudiera encontrarse con ella, pero no divisó nada, tan sólo un ruido le llamó la atención, los lamentos de una voz, una niña, susurrados en la oscuridad, debajo de un sauce llorón, que desdibujaba su figura.
Dimitris se acercó, su curiosidad y deseo era superior al valor de huir de esa situación. Sabía que, según las reglas de la amistad impuestas, estaba totalmente prohibido tocar o hablar con ninguna de las bailarinas. No eran mujeres cualquiera, sólo un arma de seducción tan poderosa como para hacerles imaginar el mundo del placer. Pero, apartó las ramas del sauce, intentando únicamente devolverle el velo a la niña, sin pronunciar palabra...
Ella se asustó, se encontraba demasiado ensimismada consigo misma. Alzó la vista y sus ojos llorosos se clavaron en el intruso, maldiciendolo por romper ese momento de intimidad. Él mantuvo la mirada, aunque esos inmensos ojos negros rasgados le provocaron una vergüenza repentina y notó como sus mejillas transmitían este nuevo estado. Apenas, tendría trece años e iba vestida como sus compañeras profesionales. Una falda y corpiño marcaban sus curvas recién desarrolladas. Sus facciones, su cara, su pelo, era diferente. Nada que ver con las chicas que conocía, su tez color caramelo acompañaba un cabello largo hasta la cintura, liso y brillante.
- Perdona, encontré tu velo y pensé... - titubeó Dimitris.
- Gracias, pero no lo voy a usar esta noche, ¡ni nunca!
- ¿Cómo?
- Me vuelvo a casa. No he bailado en mi vida y pensar que tengo que salir al escenario me da pánico. No me gusta esta forma de ganar dinero, prefiero decirle a mi papá que no puedo.
Colocó su velo y comenzó a correr en dirección opuesta a la casa. Dimitris la siguió hasta alcanzarla, agarró su brazo y suplicó:
- Por favor, dime tu nombre. Sólo tu nombre.
- Lupe.
Y se alejó, dejando en la soledad a un nuevo hombre...

2º parte en la siguiente entrada


Ahora os dejo con la receta protagonista de la entrada de hoy, la moussaka griega, con la que participo en el Círculo Whole Kitchen en septiembre. Una receta deliciosa por el contraste de sabor y estupenda para cuando tenéis invitados. Dicen que es la antecesora de la lasaña y que parte de sus orígenes se encuentran en Oriente, principalmente por el uso del cordero. Yo os dejo mi versión adaptada, con carne picada de ternera y de pollo, ya que el cordero no me gusta demasiado...

Moussaka griega
Ingredientes (para 5 personas)
2 berenjenas grandes cortadas a lo largo en rodajas
500 gr de carne picada, mitad de ternera y mitad de cerdo
1 cebolla y media
2 ajos grandes
400 gr de tomate casero
1/4 de vaso de vino tinto
Una pizca de sal, pimienta y canela (o al gusto)

Para la bechamel
3 cucharadas de aceite
2 cucharadas de harina
2 vasos de leche bien caliente
Queso parmesano rallado
1/2 cucharada de nuez moscada
Sal y pimienta

Pasamos las rodajas de berenjena a un bowl y echamos sal. Dejamos reposar todo durante unos 30 minutos para que las berenjenas suelten el agua y pierdan su amargor. Transcurrido estos minutos las lavamos con agua fría y las secamos con papel absorbente.
Precalentamos el horno a 200º. En una fuente echamos un poquito de aceite y colocamos las rodajas. Se dejan dentro durante otros treinta minutos o hasta que veamos que la berenjena se ha dorado.
A continuación en una sartén grande pochamos la cebolla picada en cuartos y añadimos los ajos picados en trozos pequeños, cocinamos unos minutos. Después se añade la carne, la canela, la sal y la pimienta y se deja que se haga tranquilamente durante diez minutos aproximadamente, sin dejar de desmenuzar en todo este tiempo la carne para que se hagan migajas.
Seguidamente añadimos el tomate y lo dejamos cocinar unos 5 minutos. Se añade el vino y se deja reducir durante 15 más o menos.
En este instante, preparamos la bechamel. Ponemos en un cazo a fuego medio el aceite y cuando esté caliente añadimos la harina sin dejar de remover con una cuchara de madera, durante un minuto aproximadamente o hasta que la harina adquiera un tono amarillo pálido, es decir, que se dore sin llegar a quemarse.
Incorporamos la mitad de un vaso de la leche bien caliente, movemos enérgicamente y seguimos echando leche poquito a poco sin dejar de remover. Por último se añade la sal, la pimienta, la nuez moscada y el queso parmesano, y seguimos moviendo hasta que la salsa tenga un aspecto homogéneo y sedoso. Si quedan grumos, se puede batir con la batidora.

El montaje del plato es bien sencillo. En la misma fuente donde hemos horneado las berenjenas, colocamos una capa de éstas, seguidamente otra de carne y repetimos con otra de berenjenas y de carne. La última será de bechamel al que le hemos rallado un poco de queso parmesano en la superficie.
Lo introducimos en el horno precalentado a 180º y lo dejamos hornear durante unos 30 minutos. Si el queso no os ha quedado lo suficientemente dorado, lo ponemos unos cuatro minutos al grill, hasta que adquiera el tono dordado deseado. ¡Y listo!

viernes, 6 de agosto de 2010

Hamburguesas de coca cola con patatas cajun



Mi primer recuerdo de la playa va unido a mi hermana: tan viva y bicho, convertida en mono de feria de mis vecinos. Sí, tal cual, sin más comentarios que lo que os relato a continuación.

Todo comienza el año que mis queridos padres deciden dejar de recorrer mundo y plantar sus figuras serranas en un lugar turístico en zona costera. Ellos ya recordaban, especialmente, un sitio, el que mi bisabuelo les llevó cuando eran jovencitos y aún no adornaba en sus manos un anillo. Mi bisabuelo, un dandy de la época, le gustaba disfrutar de momentos idílicos con "amigas francesas", de modo que con sutiles artimañas enganchaba a mi padre para que le trasladara donde el quería. Todo esto teniendo en cuenta la compañía de mi madre y el cestilla, mi tío.
Por ello, acudiendo a estos viajes fugaces mi padre, muy avispado él, aterrizó en la época de crecimiento del pueblo de playa situado en la costa granadina. No posee más de 1 kilómetro de largo y por su forma de herradura se le denomina, La Herradura, o como coloquialmente decimos mis amigos y yo, La Herradura's Beach.

Justo la causa más verídica por la que con tanta rapidez mis padres tomaron esta decisión fue la llegada inminente de mi hermana al mundo. Danzar por hoteles diferentes todos los años con los trastos de dos niñas y el ajetreo que suponen no se asemeja en nada a la idea de unas vacaciones de relax.
Los inicios en La Herradura coinciden exactamente con los ocho días de edad de Rocío. Allí llegamos los jiennenses para introducirnos en el clan granadino de vecinos. Para entonces ya me encontraba bastante crecidita, con mis casi 6 años, era la reina de la fiesta y me sentía totalmente independiente, por lo que quien acaparó la fama del pópulo fue esa criatura recién nacida, del color de la leche, regordetilla y con los ojos más claros que el cielo. Con tan sólo dos años la podías ver entre los marujeos y actividades no aptas para menores, pero a ella eso la traía al pairo.
Se la pasaban de una mano a otra, la colocaban en el centro de todas las silletas de playa y ella ni mu. Demasiado lista como para dejarse intimidar, no paraba ni un segundo por lo que si alguien le fastidiaba agarraba el brazo donde mejor le pillara y mordisco al canto. A ello eso de tener donde agarrar le apasionaba, pero a mi madre la llevaba por la calle de la amargura, venga a gritar:
- ¡Rocío! ¡Eso no se hace!
E inmediatamente el sonido de un guantazo en la boca. Sin embargo, ella la observaba desafiante, mordiéndose los labios y saboreando los restos de sal de la piel ajena. Miraba al susodicho herido y ponía cara de nunca haber roto un plato, por lo que encogía el corazón del amigo y con un fuerte beso se acallaba el pecado cometido.

Disfrutaba metida en el agua y ella eso de verse con un flotador no le hacía ninguna gracia. Nada más tocar agua, se ponía a patalear inquieta y segura, aunque el culetín del flotador y ella no se llevaban bien y segundos más tardes había que sacarle la cabeza del agua. Ni se inquietaba una vez más, ella tenía bien clavadito en sus gesto eso de: el llorar se va a acabar. Así, tomó una decisión, como lo que le molestaba era ese artilugio, pues lo mejor era aprovechar su capacidad de andar y el despiste de nuestros progenitores para tomar camino recto dirección al agua. A mí de la benjamina no se me escapaba ni un detalle y su cara de mosquita muerta conmigo no iba, por ello intuía cuando iba a huir de la atención del resto. Ahora, yo la dejaba, ni me inmutaba con su decisión y ella contaba con esta actitud mía. Daba un paso, luego otro, se volvía para asegurarse que todos seguían enfrascados en la conversación y arremetiendo en su poca velocidad alcanzaba la orilla. En ese instante con la sonrisa en la boca que iba, la gloria a dos zancadas, cuando ¡cataplof!, metida de cuerpo entero sin saber nadar...
- Papá Rocío está en el agua.
Mi padre ni caso...
-¡Papá! ¡Papá!
- ¡Niña! ¿¡Qué quieres!?
- ¡Qué Rocío está en el agua!
-¿¡Qué, qué?!
Y zumbado para el agua, más veloz que una avestruz, vigilantes de la playa II en versión andaluza y con mollillas en ajetreo. Pisada de una piedra puntiaguda, quemazón de las plantas de los pies y todo para sacar a mi querida hermana del mar por los pelos, tanto figurada como textualmente hablando.
- ¡Eso no se hace! ¡Ay mi niña! ¡Rocíoooo!
Y ya teníamos a mi madre con otro sonido, ahora un azotazo en el culo.

Sin duda, el momentazo llegó a los tres años. Más puesta aún en el conocimiento de los comportamientos de mis vecinos, se introducía más aún en el mundo de ellos, especialmente en las horas de tapeo y comida en la playa. Allí, como perfectos domingueros acarreaban la cocina entera y mostraban las dotes culinarias o los productos más valorados de cada casa. Tortillas de patatas, ensaladillas, pimientos y la estupenda paella inundaban la playa, seis sombrillas ayudando que el sol no calentara demasiado todo y una buena bota de sangría bien cargada para amenizar aún más la fiesta. ¡Cómo para decir que no te gustaba algo! Te señalaban como la rara ya de por vida y por mí que hicieran los que les apeteciera que comer nada de nada.
Al cabo de un rato observabas a los que deben dar ejemplo con una lengua con dificultades para hablar y un colorcillo sonrojado de buena salud. Rocío cerca de la comida, con su buen saque y disposición se hinchaba, pero ahora, hay que matizar de qué...
- ¡Venga Rocío! Chupa aquí, pero sólo chupar ¿eh?. Así, ¿está rico eh?
- ¡No le deis de eso que me la vais a emborrachar!
Pero esto que soltaba mi madre no sonó demasiado creíble, teniendo en cuenta que minutos antes, había delatado un 'mareillo más extraño'.
La niña con los ojos perdidos, sonriendo y pidiendo: "Más, más", lo único que por entonces sabía pronunciar nítidamente, porque si algo hablaba era en su lengua extraña, donde mi madre y yo éramos las únicas que la comprendíamos.
Mis vecinos atolondrados y queriendo quitarse ese sofoco de encima. Así que uno no tuvo mejor invención que...
- Ala Rocío vamonos a bañarnos.
Le faltó tiempo para irse agarrada de la mano... Cuando dentro del agua mi madre se percata de otro añadido más a la situación descrita: la niña que se baña con las gafas, porque el oftalmólogo le indicó que éstas no se la quitara bajo ningún concepto, ni siquiera cuando se bañara, de modo que con sus gafitas diminutas se apoderaba de la risas generales y siempre conseguía que quedaran intactas en todos los chapuzones.
No obstante, esta vez mi vecino emocionado la zarandeaba demasiado y ella gritaba de satisfacción: "Más, más". En una medio voltereta la niña apareció descompuesta, con el rictus lloroso y se tocaba la cara. Mi madre y yo en la orilla con una expresión fatal...
-¡Las gafas! ¡Las gafas! ¡Peeeeeedroooo! ¡Ángel no te muevas, tú quieto! No vaya a ser que las pises y no tenemos otras. Niño, ¡las gafas!
-¿Las gafas?
Y la misma mirada de desesperación de mi padre en la cara. Se armó de valor y para el agua con unas gafas de buceo a lo Jacques Cousteau, por supuesto con sus mollillas siempre presentes. Yo siguiendo el ejemplo me lancé con otras también. Mis vecinos, todos apuntados a un bombardeo, con los ojos enrojecidos y el mareillo considerable, allí se encontraban nadando por la causa. Mi madre guiaba desde fuera, instrucciones precisas para unos subiditos de tono con movimientos más bien torpes. Todos manoteando en el mismo lado, bien juntitos, dándose patadas entre ellos y medio ahogándose por no estar acostumbrados a sumergirse más de dos segundos, vamos el tiempo de un ahogaillo. Cuando descansaba en mi labor, los miraba incrédula ante semejante espectáculo y pidiendo a Dios que de mayor no fuera así...
Aquí llegó mi momento de gloria, me adentro en el mundo marino cuando veo algo que brilla a un metro de mí: "¡Las gafas!". Buceé y buceé y las cogí bien entre mi mano. Mi madre saltaba de emoción y mi padre de alegría por el dineral que se acaba de ahorrar. Desde entonces me tuvieron buscando de todo en los fondos marinos, hasta un anillo de oro que conseguí encontrar...

Y la receta... Hoy unas hamburguesas especiales, con coca cola, a las que acompañaremos con patatas cajun. Ambos ricos, ricos y para una comida algo exquisito. Estas patatas las cogí de Helena, de Los Caprichos de Helena y nos han gustado muchísimo. Si no la conocéis visitad su blog, que es una ricura de platos excelentes y muy muy originales.

Hamburguesas de coca cola con patatas cajun

Hamburguesa de coca cola
4 hamburguesas
1 sobre de sopa de cebolla
1 lata de coca cola
aceite de oliva
sal

Precalentamos el horno a 200º. En un bowl poner el contenido del sobre de sopa de cebolla, agrega la coca cola y se remueve hasta que ligue todo. Cuando lo tengamos rocíamos una fuente para horno con aceite de oliva (un chorreoncillo) y se colocan las hamburguesas. Sobre ellas extendemos la salsa preparada con un poco de sal y horneamos durante 20-25 minutos o hasta que veamos que la salsa está espesa y la cebolla esté dorada y crujiente, por lo que según el horno podemos necesitar unos minutos más. Y ya tenemos nuestros dos platos listos, ahora servir con las patatas y ¡a comer!

Patatas Cajun
Ingredientes:
4 patatas medianas
1 chorrito de aceite
1 cucharadita pequeña de pimienta blanca molida
1 cucharadita pequeña de orégano
1 cucharadita pequeña de pimentón agridulce
1 pizca de nuez moscada
Sal maldon (en escamas)
1 bolsa de congelar

Lavamos bien las patatas y, sin quitarles la piel, se parten en gajos. Para ello, se parte la patata a lo largo por la mitad y después en rodajas de 1 cm de grosor.
Se introducen en una bolsa de congelar y se añade el aceite y las especias, menos la sal. Cerramos la bolsa bien y se mueven durante un minuto hasta que queden todos los gajos impregnados.
Volcamos las patatas en una bandeja de horno precalentado a 180 º y dejamos que se hagan durante 15 min. aprox. o hasta que estén tiernas. Se pueden gratinar 2 min. para que se doren un poco, pero no mucho para evitar que se sequen.
Sacamos a un plato y espolvoreamos con sal maldon.
Las especias y la cantidad de ellas, pueden variar en cuestión de los gustos, pero no se aconseja el exceso pues sino quedarian demasiado fuertes.

miércoles, 21 de julio de 2010

Hamburguesa casera- Triple cebolla






Whole kitchen en su Propuesta Salada para el mes de julio nos invita a preparar todo un clásico de la comida contemporánea como lo es la Hamburguesa.

Viajar en transporte público se ha convertido de nuevo en una rutina para mí. Prefiero el autobús al metro, la sensación de agobio parece menor con la luz. Su mayor lentitud no me molesta, al revés, la visión de las calles y de las gentes me anima, me despierta.
Otra cosa me atrae del transporte público: la gente. Me fijo en todos, porque sí, porque soy muy curiosa y, por qué no decir, cotilla. Yo intento no ser muy descarada, pero esta virtud siempre me ha faltado. Aunque, si bien es cierto, dicho comportamiento yo no la considero algo negativo, pues me trae situaciones curiosas como las que os cuento ahora.
7:30 am de la mañana de un martes. Ojos semi-abiertos, piernas adormecidas y una mente aún torpe consiguiendo despertarse, sabe que es la hora de salir de casa, pero aún le cuesta racionalizar la orden. Los pies toman la iniciativa y con paso firme se mueven directos como autómatas hacia la puerta, hacia la calle. Comienzo a recorrer calle arriba la distancia que separa mi casa de la parada de autobús. Corre, Gema, corre, que no llegas a la hora y vas a tener que esperar. Bien, llego temprano y aún faltan dos minutos para que "aterrice" el autobús.
Me coloco los cascos del mp3 y visualizo las personas que esperan el autobús. Me atrae una pareja; ella, con su color de pelo estridente, sus poses, pero, sobre todo, su acento delicado y aterciopelado; clarísimo que no es española. Su compañero me recuerda a alguien, pero ¿a quién?
Llega el autobús, la pareja se despide y el hombre se dispone a subir conmigo. Me siento y él se coloca justo a mi lado. Abre un libro, me suena lo que pone, bastante, porque es uno de mis libros favoritos, "Señora de rojo sobre fondo gris", pero le da tiempo a leer una página. Así, como quien no quiere la cosa se ha evadido y con el traqueteo del transporte su cabeza se va hacia delante; vamos que más que "fritico" se encontraba el amigo. Curva del autobús a la izquierda y ladeo de nuestro hombre a mi lado, su cabeza más pesada que segundos antes se sitúa muy cercana a mi hombro. Contemplo la situación y me desplazo ligeramente más hacia la ventana para que no me alcance. Pero, de repente, el conductor del vehículo se ha confabulado contra mí y arremete a la velocidad para saltarse un semáforo, por lo que con los frenazos y mi situación, el susodicho está aprovechando el espacio libre y ocupa gran parte de mi sitio. Octava parada desde que nos montamos, en el autobús y ya no hay salvación ninguna, se ha aposentado entre el espacio de los dos asientos y toca mi hombro muy despacio, como si subconsciente le transmitiera la sensación de prohibido.
Ahora sí que soy yo la observada ante este panorama. La verdad es que no entiendo esa capacidad de abstracción con el ruido que hay, la gente subiendo y bajando del autobús, junto a los movimientos y parones continuos de éste. Gracias a dios, décima parada y el hombre se despierta. Me mira y se disculpa; giro a la derecha, giro a la izquierda, parece un "pelín" despistado, pero su cara se transforma y así, sin más, sale escopetado del transporte público. Definitivamente, se le ha pasado la parada entre sueño y sueño.

La cosa parecía quedar ahí. No lo volvería a ver más, certeza del ochenta por cierto. Sin embargo, coincidencia, pura casualidad o simple rutina, a la vuelta del trabajo volvimos a encontrarnos. No me subí ni en la misma parada ni en el mismo número de autobús, aunque he de reconocer que sí que hacía el mismo trayecto. El caso es que el amigo se montó en el lugar en el que se bajó por la mañana. Ahora era yo la que comenzaba a leer, pero su presencia la capté al instante. Él me miro y se sentó a mi lado, pues, más casualidades de la vida, resultó ser el único asiento libre.
Me dispongo a leer una revista, de cotilleos para qué os voy a engañar, cuando noto mis manos relajarse, mis piernas se descuelgan de la silla y mi vista se nubla. ¡Hummm! ¡Qué gustillo! Estoy en la playa, en Ibiza y allí también se encuentra Iniesta, ¡ojúuu qué horror! ¿y ese bañador?". Me despierto, totalmente consciente de que me he dormido, busco mi localización y como aún me queda bastante, intento volver a la playa. Pero, los sueños son muy caprichosos, de modo que ahora, vuelvo a Madrid, ahora huele a comida, estoy en el bar cerca de casa con un tintito de verano y su tapeo correspondiente... Vuelvo al mundo y compruebo que aún no he llegado. A mi lado sigue mi amigo, me tranquiliza, pues se subió por la mañana en la misma parada que yo, así que seguro que se baja al mismo tiempo. No obstante, él ha seguido mi ejemplo y por su cara de placidez debe estar mínimo en el Caribe. Se despierta y recurre al mismo método que yo, me busca.
Lo que él desconocía era que yo andaba hibernando. Pobre la cara que se le quedaría la segunda vez que se reincorporó al mundo. En Sicilia que andaba yo ya, tomándome una pizza cuatro quesos, cuando noto que alguien bruscamente me da en el codo. Mi hombre que intentaba bajar como alma que lleva el diablo por segunda vez del autobús, pero llega tarde, el "autobusero" no le da tiempo a abrir de nuevo, ya circula libremente por la vía...

Hamburguesa casera- Triple cebolla
Con esta receta vuelvo a participar en el Círculo Whole Kitchen. Una deliciosa hamburguesa que ha conquistado hasta el comensal más exquisito. La haremos en cuatro pasos, primero el pan de hamburguesa, segundo la carne, tercero la salsa barbacoa y cuarto los ingredientes del relleno.

1. Ingredientes pan (para 6 bollos)
70 grs. de agua
90 grs. de leche
1 huevo
15 grs. mantequilla
4 gr de sal
1/2 de cucharadita de azúcar
300 grs. harina de panadería
3 grs. de levadura seca de panadería

Para el glaseado
1/2 huevo
semillas de sésamo

Ponemos la leche, el agua, el azúcar y la sal en un bowl y removemos bien hasta que se disuelva todo. Fundimos la mantequilla en el microondas durante 30 segundos más o menos y la incorporamos, siempre que no quede muy caliente. Seguidamente se añade el huevo y se sigue batiendo. A continuación se mezcla con la harina y la levadura, amasando con las manos unos minutos hasta que todos los ingredientes estén integrados y la masa se despegue. Sacamos la masa del bowl y terminamos amasando a mano unos minutos más, hasta conseguir una masa bien mezclada y con poquitos bultos.
Engrasamos con un poco de aceite o mantequilla un bol y dejamos reposar la masa dentro bien tapada , en un lugar cálido y lejos de corrientes, durante 1 hora aproximadamente o hasta que casi triplique su volumen. Transcurrido este tiempo, ponemos un poco de harina en la mesa que vayamos a trabajar, volcamos la masa y amasamos un par de minutos para eliminar el aire que ha cogido la masa. Pesamos la masa y la dividimos en 6 porciones.
Hacemos bolas con cada una de ellas y las aplastamos ligeramente, la vamos colocando sobre una bandeja de hornear, las pintamos con huevo y le espolvoreamos el sésamo, las tapamos con papel film y las dejamos levar hasta que doble su volumen. Espaciar los bollitos, para que no se os junten en este último proceso.
Ponemos en nuestra bandeja de hornear un cuenco con agua caliente y los panes, lo introducimos en el horno, precalentado a 180º y lo dejamos hornear.durante unos 20 minutos aproximadamente o hasta que veamos que están dorados los bollos.


2. Ingredientes de la hamburguesa (4 hamburguesas)
4 ramitas de perejil fresco picado
1 cucharadita de mostaza de Dijon
250 g de carne de ternera picada
40 gr de pan rallado
1 huevo grande
200 gr de cebolla y calabacín pochado (yo uso unos botes del Mercadona que ya está preparado)
sal y pimienta
ajo en polvo

Pica fino el perejil y ponlo junto con el pan rallado, la mostaza y la carne en un cuenco. Casca el huevo encima y añade una pizca de sal, pimienta y ajo en polvo. Por último, añade la cebolla y el calabacín pochado. Con las manos limpias, amásalo y mézclalo todo muy bien.

Divide la masa en 4 partes, forma bolas con cada una y aplasta un poco, dando forma de torta redonda de un grosor aproximado de 2 centímetros. Deja reposar en el frigorífico como 1 hora y termina friendo en una plancha o sartén con un pelín de aceite a fuego alto.


3. Ingredientes de la salsa barbacoa casera
2 cucharadas de aceite
1 cebolla pequeña finamente picada
3 cucharaditas de vinagre de vino tinto
1 cucharada de azúcar moreno
80 ml de salsa de tomate
2 cucharaditas de salsa worchestershire
2 cucharaditas de salsa de soja

Se pocha la cebolla unos 5 minutos o hasta que esté ligeramente dorada, añadimos el vinagre, el azúcar, el tomate y las salsas, removemos y llevamos a ebullición. Bajamos el fuego y dejamos cocer fuego lento durante unos 10 minutos. Lo sacamos todo y lo trituramos, lo dejamos enfriar y lo guardamos en un bote.

4. Ingredientes de acompañamiento de la hamburguesa.
1 cebolla frita
4 rodajas de queso de cabra
4 rodajas de tomate
Salsa mayones con cebolla caramelizada Heinz
Salsa barbacoa
Rúcula


El montaje de la hamburguesa es sencillo. Se abre el pan y se pone la salsa barbacoa, encima la rodaja de tomate y la de queso de cabra. Se coloca la hamburguesa y se corona con la cebolla frita y un poco de salsa de mayonesa con cebolla caramelizada. Aquí se puede añadir la rúcula o dejarla al lado de la hamburguesa aliñada con aceite y vinagre. Finalmente se tapa la hamburguesa con el trozo de pan superior. ¡Riquísimo no, lo siguiente!

viernes, 4 de junio de 2010

Jamón de cerdo agridulce




Soy bastante reivindicativa; de normal, incordio. No lo hago queriendo, lo prometo, pero es que parece que se me ha grabado en la cabeza el dichoso refrán "piensa mal y acertarás". Así, yo ya voy predispuesta a todos sitios.
Quien me tiene que sufrir, pues bueno, unas veces, se lo toman bien y otras con un que otro grito ya me llevan por donde quieren. Porque no hay nada más incómodo que una lista como yo en un taxi a las tres de la mañana...
"Hola, buenas noches, vamos a la calle xxx, pero vaya por tal que puede coger el túnel que nos deja en la calle cuál y ya salimos para...". Vale, el taxista está más que acostumbrado a las explicaciones, pero te mira mal de entrada. Yo, por supuesto, he lanzado las indicaciones para que no me vaya a meter la "bacalá" porque, sin querer queriendo, se ha equivocado.
Me relajo un poco y comienzo con mi acompañante una conversación, mientras, el taxista sintoniza una cadena de... ¿música? ¿qué escucha? Un chico en plena pubertad se desgañita intentado regalar a su novia una canción. Pasamos la Cibeles, seguimos por la Castellana y ... "¡Oiga!, ¡oiga!, ¡por la derecha!, ¡que era por la derecha!". Adiós derecha... Pa lista tú, listo él y las indicaciones a otro guapita que él se conoce Madrid mejor que él que la hizo.
Ante ésta situación, puedes tomar miles de actitudes; ahora, a mí la experiencia me ha demostrado, que en todas sale ganando el taxista. Al final siempre te ves contando el dinero indignada, cabreada, dolida en tu orgullo frente a un distraído, alocado y listillo taxista que se escapa a través de la noche en busca de su próxima presa.
Esta historia viene, como os he dicho al principio, porque soy muy reivindicativa y la receta que os quería poner en un principio era atún, pero cuando he ido a comprarlo resulta que costaba 26 euros el kilo y me he indignado... No porque no estuviera bueno el pescado, sino porque mi economía no es muy boyante y menos en los momentos en que nos encontramos. Así, me he puesto a pensar y pensar y me he dado cuenta en que en casi todo momento estoy diciendo hay qué ver estoy y hay qué ver lo otro y de ahí me he ido a los taxistas y cómo por las noches me intentan timar con eso de mi acento andaluz aquí en madrid o por lo que sea... Qué bueno que no todos son iguales y también me he encontrado taxistas de los más amables y buenas personas, pero en mi caso, lo malo ha abundado. Vamos que me he puesto yo ha darle vueltas a la cabeza y como siga hilando a saber dónde acabo en la siguiente receta.
Sin más dilación os cuento de que se trata esta receta: Jamón de cerdo agridulce. Otra receta de contrastes, con rico sabor a limón y el aroma del tomillo.

Jamón de cerdo agridulce
Ingredientes (4 personas)
700 gr de jamón de cerdo cortado en dados
3 zanahorias
2 cebolletas
2 dientes de ajo
2 tomates maduros
Unas ramitas de tomillo
100 ml de vinagre de manzana y un chorreón de vinagre de módena
2 cucharadas de salsa de Soja
1 cucharada de azúcar morena
2 cucharadas de sésamo tostado
Ralladura de limón
Aceite de oliva y sal

Mezclar en un bowl la ralladura del limón con la soja, el tomillo lavado y seco y el azúcar. Añadir un chorreón de aceite de oliva y seguir mezclando. Después sumerge el lomo en esta masa y remueve bien para que quede bien impregnado. Tapa el bowl con papel transparente y reserva en el frigorífico.
Mientras prepara las verduras. Limpia las cebolletas y córtalas en aros, también lava las zanahorias y pártelas en bastoncitos. Por último, trocea los ajos muy finitos y pon todas las verduras a pochar con un poco de aceite en una sartén durante 10 minutos a fuego medio alto con cuidado de que no se quemen. Si hace falta incorporar un poco de agua.
Después agrega el vinagre y prolonga la cocción otros cinco minutos. En este caso, si ves que la zanahoria aún sigue muy dura, puedes añadir más agua y dejar que reduzca un poco.
Mientras se reduce el vinagre, lava el tomate y trocéalo en láminas. Finalmente, saca el lomo del frigorífico añádele el sésamo e incorpóralo al sofrito junto con el tomate. Deja hasta que se haga, más o menos 5 minutos.
¡A servir!

martes, 18 de mayo de 2010

Pechugas de pollo con aire oriental




Normalmente no tengo mucho tiempo para preparar comida a mediodía, de aquí que mi congelador esté lleno de los tuppers de mamá o de mi suegra. ¡Vaya tetris más apasionante el ir colocando toda la comida en un congelador mediano! Al final entra todo, pero la fatiga que paso... Ahora, no puedo quejarme, tengo comida para mínimo un mes y encima, lo mejor de cada casa, todo caserito y seleccionado para que no falte ni una proteína o vitamina de menos, que deje de alimentarnos. No hay nada como volver a probar un buen cocido (habichuelas diría alguno que yo me sé...), el pisto o las riquísimas croquetas de jamón. ¡Ya no tengo que ir a casa para poder comer en condiciones! ;)) No lo digo en serio mamá, que como la comida recién preparada y, sobre todo, como en casa..
Pero, bueno hay días que vuelvo a mi rincón-cocina y experimento un poco, que es lo que me relaja y divierte. Así es cómo salió esta receta estupenda...

Pechugas de pollo con aire oriental
Ingredientes (2 personas)
4 lomos de pechuga cortados en daditos
1 cebolla
1 manzana
2 cucharadas de pasas
1/2 vaso de vino blanco
3/4 vaso de caldo de pollo (o 1/2 cubito de avecrem, disuelto en agua)
1 cucharadita de curry
1 pizca de nuez moscada
1 pizca de canela
Sal

Se sofríe el pollo, previamente salpimentado, en una cacerola con dos cucharadas de aceite. Se aparta y sobre el mismo aceite, pochar la cebolla y una pizca de sal. En el caso de que se pegue añadir unas cucharadas de agua. Cuando esté lista la cebolla, incorporar la carne, las pasas y el medio vaso de vino blanco. Agregar el curry y la pizca de nuez moscada y mezclar bien.
Después de un minuto añadir la manzana pelada y cortada en tacos y la pizca de canela. Por último echar el caldo de pollo y dejar a fuego lento todo hasta que se consuma el caldo y las pechugas estén tiernas. Salar al gusto, si hiciera falta.
¡¡Impresionante!!

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