El triste desenlace del caso Candela Rodríguez puso en consideración la responsabilidad (o irresponsabilidad) de los medios masivos de comunicación. Seamos buenos (e inocentes) y retiremos de la ecuación la intencionalidad política en el tratamiento de los sucesos. Vamos más atrás y recordemos la pueblada en Ayacucho: una madre adujo que su beba, de tan sólo tres meses, había sido asesinada por asaltantes y el nuevo caso de "inseguridad" detonó marchas y agresiones contra el intendente local; luego se supo la verdad: la causa del deceso fue una broncoaspiración. Pudo haber terminado en una tragedia mayor. En aquella ocasión Randazzo también criticó a los medios que foguearon el caso irresponsablemente. Una vez más seamos buenos e inocentes y retiremos de la ecuación la intencionalidad de los medios. Regresemos aún más atrás en el tiempo y recuperemos las impresiones de Julio Ortiz, rehén de una toma en Palermo, CABA: “Durante un rato muy largo los cuatro tipos fueron muy correctos, sí estaban armados, pero no sentíamos miedo de que... pasara nada. Pero en un momento prendieron el televisor y empezaron a escuchar todo lo que decían los periodistas. Que pensaban tirarnos por la ventana. Los tipos se empezaron a poner nerviosos, pensaban que eso les iba a aumentar la gravedad después. Y ahí empezamos a tener miedo. ¿Qué necesidad tenían de mentir de esa manera? ¿No se dan cuenta que nos podían matar por una primicia? Tuve que ser víctima de un hecho así para darme cuenta cómo mienten”. (1) Ya a esta altura -imagino- no quieren, amables lectores, que continuemos subidos al tren de la bondad e inocencia. Les pido que ejercitemos nuestra paciencia y, una vez más, retrocedamos para hablar del caso de Matías Berardi, secuestrado y asesinado por sus captores luego de que intentara escapar. Lo macabro del asunto es que los propios secuestradores impidieron que vecinos auxiliaran al chico mientras éste les solicitaba ayuda: les dijeron que intentó robar un auto y lo recapturaron. En la Panamericana, inmediatamente después, lo ultimaron. Una vez más, de la responsabilidad de los medios en la creación del miedo no se habla.
¿Podemos seguir pretendiendo inocencia, ejercitando la bondad y disculpando el accionar mediático? La lógica del rating (lógica del lucro o el fin de los medios), ¿debe seguir primando por sobre la responsabilidad social que, como medios de comunicación, deberían tener? FOPEA (Foro de periodismo de Argentina) hizo un tardío llamado a la reflexión. Cuánto mejor hubiera sido que dijeran antes que "es imperioso que en la cobertura de casos y temas policiales o de hechos vinculados con el delito, los periodistas asumamos nuestro rol sin entrometernos o afectar el accionar policial y/o judicial (...) La primicia no se puede transformarse en un valor en sí mismo y justificar cualquier cosa, como el avasallamiento a los familiares de una víctima, la intromisión en la escena de un crimen (con la posibilidad de contaminar pruebas) o la reproducción de supuestas pistas policiales no chequeadas de manera rigurosa". Hizo, además, una serie de recomendaciones. Consignemos algunas:
- Ninguna noticia justifica poner en riesgo una vida...
- El periodista debe respetar la privacidad de las personas...
- En toda información debe respetarse el principio constitucional de inocencia de cualquier persona mientras una culpabilidad no hubiera sido probada judicialmente...
- En el caso de que víctimas de tragedias o incidentes, o sus familiares y allegados, prefirieran no exponerse a la prensa, debe respetarse su posición y evitar difundir imágenes o sonido del momento en el que rehúsan la requisitoria periodística.
- En ningún caso deben consignarse los nombres e imágenes de niños o adolescentes involucrados en actos criminales...
- Consultar a las autoridades pertinentes y a los organismos responsables de la búsqueda de niños y/o adolescentes sobre si es recomendable en el caso específico dar difusión a la imagen de la víctima.
- Nunca priorizar la primicia a la vida de una persona.
- No adelantar los pasos judiciales de manera que se pudiera poner sobre aviso a los delincuentes que intervienen en el hecho.
Ahí están las recomendaciones, por si Claudio Jacquelin -autor en LA NACION de la nota "No se preocupen; es la mafia, estúpidos"- las quiere leer. No creo, porque FOPEA, en 2006, elaboró un Código de Ética y ya demostramos en este espacio cómo gran parte del periodismo lo ignora de manera olímpica.
Yendo al plano estrictamente político (como si todo lo anterior no fuera también político, como si la repercusión del asesinato de Axel Blumberg no hubiera derivado en accionar político), también en ese ítem deben un mea culpa los medios opositores. Horacio Verbitsky relató el incidente entre el periodista de LA NACION, Obarrio, y el ministro Randazzo: «a los alaridos, que retumbaban aunque no tenía micrófono, Obarrio lo intimó: “Leé la nota completa”. Randazzo reclamó respeto, mientras su interlocutor seguía gritando: “Completa, leéla completa”». ¿Qué hubiera ocurrido si en lugar del periodista hubiera sido Randazzo quien le gritara? De la subordinación que le impusieron a espacios políticos opositores, para defender intereses empresariales, y que estos, mayoritariamente, aceptaron gustosos a cambio de centimetraje en sus medios escritos y minutos en los de aire, también deben rendir cuenta. Pero no pueden reconocer públicamente su alineamiento, so pena de perder la posibilidad de autodenominarse periodismo "independiente" o "profesional".
Un mea culpa que abarque estas cuestiones se impone, a esta altura de nuestra vida democrática, como una necesidad. A mayor demora, mayor será el precio que deban pagar en credibilidad. "...Los medios de comunicación han cumplido un papel valioso con la democratización informativa..." -escribía Eduardo van der Kooy luego de la crisis de 2001 (2)- "...pero, en no pocos casos, parecen haber excedido los límites de su función, compitiendo casi con los poderes institucionales y olvidando su genuina responsabilidad. Esa distorsión lo condujo, más veces de lo aconsejable, a desempeñar una tarea disgregadora abonado a la idea de que sólo la crítica y la destrucción pueden constituir nexos con la opinión pública...". Joaquín Morales Solá, en la misma compilación, firmó una nota titulada "¿La prensa en el banquillo?". Decía por entonces: "...¿podría ser absolutamente inocente de la tragedia argentina un protagonista clave y fundamental de las últimas dos décadas? ¿Podría serlo, acaso, cuando muchas veces estuvo a cargo del periodismo la redacción de la agenda política y la construcción del estado de ánimo social? (...) Cuando el periodismo cruza la frontera casi invisible entre la profesión y la charlatanería, lo que está edificando es un discurso demagógico. ¿Por qué el ejercicio de la demagogia debería ser nefasto para la política y sano para el periodismo?...".
Sin mezquindad alguna: cuán bien les haría a los mencionados periodistas leer sus propias notas, las arriba citadas. A la prensa opositora, empresarios y periodistas, también.
(1) Gentileza de Mundo Perverso.
(2) Del libro Reinventar la Argentina. Reflexiones sobre la crisis: Sudamericana, 2003.