No existe obligación de empezar por el principio, sí el derecho. El de libertad de expresión no está en absoluto en riesgo. Pero, en principio, hay que decir que provoca tristeza estar todavía debatiendo la Ley de Medios a cuatro años de su sanción. Estuvieron bien en la Audiencia los Supremos, pero no estuvo bien que desde 2009 estuvieran gambeteando una definición. En 2011, a modo de ejemplo, el espacio para un fallo salomónicamente injusto, a medio camino entre las posiciones absolutas del Gobierno y Clarín, hubiera sido mucho menor. Hoy... no estamos en 2011.
Entonces hay que decir que las declaraciones de Lorenzetti, en el sentido de equilibrar las posiciones históricamente pendulares en nuestro país, no tienen al Derecho como horizonte sino a la política como medio e instrumento. Si antes eso, equilibrar, era un sciolismo, hoy es massismo hecho y derecho. Como lo definimos antes: decretar el fin de la historia fukuyamista, para nuestro país, tomando como mojón el actual estado de cosas.
La línea, lamentablemente (y tomando en consideración que el kirchnerismo es un reformismo y no la toma del Palacio de Invierno), se traza en el kirchnerismo pre125, que fue lo que parió -la 125- la lucha contra las corporaciones, SRA, Clarín y, hace poco, la batalla perdida contra el Poder Judicial. Por no hablar de otras, varias, batallas perdidas en el camino, traducidas en las urnas ya que el contexto económico deja traslucir que al kirchnerismo, las corporaciones, ya no le temen como antes. El límite fronterizo para hacer aduana, migraciones y retornar al país normal, ese que prometía Kirchner en 2003 pero que, evidentemente, significa distintas cosas según quién lo imagine. Yo digo país normal y pienso en trabajo en blanco para todos; desde los sectores opositores al kirchnerismo dicen país normal y se refieren a un estado de situación en el que los privados recuperen la maniobrabilidad y los resortes del poder que el oficialismo recuperó para la política y el Estado.
En definitiva, la pelea, y esto lo saben todos, argumentos más (que ayer demostró tener el Gobierno), argumentos menos (los presentados por los abogados de Clarín), es una disputa de Poder. Ni siquiera es Mercado vs. Estado, porque Clarín reconoció que no quiere libre competencia (fundamental del capitalismo) sino que pretende asociar a la libertad de expresión con el tamaño de una empresa para ejercerla. Una ridiculez supina. ¿Yo, acaso, no puedo ejercer mi derecho a la libertad de expresión porque sólo tengo un blog y una cuenta en twitter? La pelea es más terrenal, más sucia, más real que el enunciado Corporaciones vs. Gobierno: es una corporación, periodística, financiera, que simboliza además a otras una corporación, contra este gobierno porque interviene en economía y no como a las empresas a las que les interesa el país les gustaría.
Para ponerlo en contexto histórico, el kirchnerismo nos sacó del infierno pero, una vez arribamos al purgatorio habitual (en lo que respecta a distribución de la renta, igualdad y derechos tolerables como graciosa concesión de los dueños permanentes al resto de la ciudadanía), le dijeron muchas gracias, muchachos, hasta aquí llegaron, ahora tomamos la posta nuevamente nosotros. La disputa por la Ley de SCA no es un capricho: traduce, en la superficie, ese conflicto.