Según Wikipedia fue un 14 de diciembre de 1979 cuando se editó
el disco que hizo eternos a The Clash,
el afamado “London Calling”, aquel
disco de portada impactante, con la fotografía del bajista de la banda
rompiendo sin piedad su bajo, y rodeado
del grafismo de Raw Lowry, inspirado
en el primer disco de Elvis Presley, lo cual supe años después de casualidad, igual
que por azar supe que Pennie Smith, autora
de la fotografía de Paul Simonon (bajista) tomó la misma en una actuación de la
banda en el Palladium de New York, y pese a la inicial
reticencia de la fotógrafa por evitar que una fotografía imperfecta y de poca
calidad fuera la imagen de la portada, la misma se convirtió no solamente en su
portada sino en una imagen icónica con el paso del tiempo. Pero ya digo que
todos los alrededores o dimes y diretes del disco los fui conociendo mucho después y que hoy en
día están al alcance de todo el mundo vía internet. Y tampoco debemos olvidar
que hubo una época en que ni los discos, ni los libros, ni las películas,se
editaban o proyectaban simultáneamente en todas partes y que en provincias llegaban
cuando llegaban, que eso de la inmediatez es algo bastante reciente y no
existía en el siglo pasado. La verdad es que hemos perdido la paciencia a la
vez que nos hemos dejado aparcada la capacidad de disfrute, aunque tal vez
solamente sea una reflexión personal llevada por el paso del tiempo, que ya tengo
una edad.
La reacción fue inmediata al leer el
artículo de Diego A. Manrique, salir
a la calle a buscar aquella ambrosía que me auto-prometía situarme en el centro
de algo más importante que la vida, pecadillos de juventud. Supongo que para
alguien capitalino, o de una urbe con proyección es muy complicado entender que
los provincianos además de nuestras taras naturales tenemos la tara en los
genes del provincianismo, de difícil cura. Creo que casi todos los que puedan
leer esto en algún momento de sus vidas habrán vivido historias similares,
cambiando lugares, nombres o urgencias. Hay discos que uno recuerda
perfectamente dónde los ha comprado, y tiene una conexión emotiva con ese
recuerdo. Es por ello que seguramente habré olvidado muchas cosas, muchos días,
muchas personas, seguramente importantes, pero no puedo olvidar que me compré “Candy O” de The Cars en Música Y
Quinielas, esa tienda que había que bajar en la esquina de la Plaza Mayor
de mi pueblo, o que en Videosón, que
sigue existiendo en la calle López Gómez me compré “The River” de Bruce
Springsteen, o que me compré en la histórica Discos K de la calle Esgueva “La
Ley Del Desierto/La Ley Del Mar” de Radio
Futura, o en la planta baja de los Almacenes
Marny de la calle Regalado, en una esquina que tenían en la planta baja, me
compré el single, con el poster, de “Horror
En El Hipermercado”Alaska Y Los Pegamoides, o en la vanguardista Discos Foxy del Pasaje Gutiérrez me
compré el maxi de “This Charming Man”
de The Smiths, o que en Galerías Preciados, la de Ruiz Mateos,de
la calle Constitución me compré “El
Último Bar” de Mamá, y que,
llegamos al lugar que queríamos llegar, en Músical
2000 de la calle Padilla me compré una mañana de sábado el mitificado en mi
cabeza “London Calling” de The Clash, el disco predestinado a
cambiar mi vida, o eso sentí yo al leer el artículo de Diego A. Manrique.
La verdad es que el reclamo de “2 CREETELO!! PAGA UNO LLEVATE DOS” no
era lo más importante para la adquisición, pero ayudaba, además de añadir un
halo de honestidad, desinterés comercial, credibilidad y autenticidad por parte
del grupo, que así era uno de ingenuo. Todo lo cual hacía aún más atractiva la
escucha de un grupo que estaba predestinado a pertenecerme, como orgullosa muestra
a todo lo establecido o lo que sonaba mayoritariamente en las radio fórmulas de
la época, que se resumía en lo que ponían en Los 40 Principales o El Gran
Musical, dueños y señores de las bandas radiofónicas de la época. Y dejar
boquiabiertos a los viejales de Jagger
y Richards. Bueno, tengo que mirar a aquella
época, tratando de no ser ventajista, y rememorar que uno había crecido escuchando en
la radio convencional las canciones dedicadas de Karina, Camilo Sesto, Mocedades o Cecilia. La memoria me trae un recuerdo de escuchar un programa en
onda media por las noches, el del Mariscal
Romero, que por aquella época sin la k, ponía mucha música novedosa para mí,
que en su mayoría me sonaban excesivamente pesadas y no me decían casi nada: Emerson Lake & Palmer, Yes, Genesis o AC-DC. Una
mezcla de lo que se conocía como sinfónico, de progresivo y algo de hard-rock,
hasta que una noche esa radio explotó con un
himno que se clavó a fuego lento en mi cerebro, corazón y estómago. Sonó
“I Want You To Want Me” de unos
tipos que no ponía caras ni cuerpos y que respondían al nombre de Cheap Trick, y aquello significó una
patada para alterar mis gustos. Confieso, nunca mejor momento, que yo no crecí
escuchando a David Bowie, Pink Floyd, Sex Pistols, Bob Marley
o Velvet Underground, de los que precisamente
me persiguen dos recuerdos de los que no salgo bien parado. Sobre todo del
primero, y erala sensación que tenía al leer entrevistas con grupos españoles
de mediados/finales de los ochenta en las que siempre hablaban de sus años
mozos y su crecimiento abducidos por la batuta e influencias de la Velvet Underground, Stooges o MC5, lo cual me llevó a cierto complejo por la simple comparación y
es que casi nadie hablaba de las horteradas que yo había escuchado (así debo de
haber quedado afectado). El segundo es cuando un amigo viajó a Alemania, ya
serían bastante avanzados los ochenta, y me dijo si quería algún disco de
aquellas tierras tan lejanas, antes el extranjero era el extranjero y como las
cosas no llegaban al día siguiente todo parecía, y era,mucho más complicado.
Por supuesto le pedí el disco del plátano de la Velvet Underground, aquel del que todo el mundo hablaba maravillas.
Al mes, a su regreso, y como una sorpresa inesperada, porque uno pensaba que
fuera de mi pueblo todo era tan complicado como aquí, me cité con mi amigo enfrente
de la Universidad, tal vez en La Calleja,
o puede que eso ya lo haya trastocado en mi mente, con el disco. Eran otros
tiempos.