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martes, 12 de agosto de 2014

La luna, estos días

Luna. Barcelona, 2014. Foto: Isaías Fanlo.
Estos días son días de luna llena, redonda, cercana, generosa. Una de las canciones que más escucho es la segunda del nuevo disco de The Gaslight Anthem, que no sale hasta dentro de un par de días pero que ya se ha filtrado, como suele ocurrir. La canción se llama '1,000 Years' y, sí, va dedicada a la luna...





Well, the moon I know, in the town I live, is steady as she waits.
It seems as though she yearns for me and calls me by my name.
Sometimes she says come to me, kiss me while it's late.
And other nights she's just hanging with the stars.

And I've seen her waiting from all her mistakes
And what if he never comes when you call?

And, "hey, it's alright," she says,
"Once upon a time I lived a perfect night.
Hey, in another life," she says,
"In a dream of mine from a thousand years ago."

"Don't look back," I heard a voice, in velvet I couldn't see.
The pictures then were black and white, and the details were in between.
I heard about a woman once, who did everything ever asked of her.
She died last week and her last words were, "it wasn't worth it."

And I've seen her patience through all her mistakes
And who's gonna save you now?

And, "hey, it's alright," she says,
"Once upon a time I lived a perfect night.
Hey, in another life," she says,
"In a dream of mine from a thousand years ago."

"Hey, it's alright," she says,
"Once upon a time I lived a perfect night.
Hey, in another life," she says,
"In a dream of mine from a thousand years ago."

"Hey, it's alright," she says.
"Hey, in another life," she says.

Way back when, when we became friends, I was you, you were my defense.
And quiet was the night.
You showed me that bridge, and it brought you home.
You told me about it and I never let it go,
And I guess I might've been doing the same.
Anyhow, quiet was the night.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Buenos ejemplos

Mis abuelas. Lleida, 2011. (Foto: Isaías Fanlo.)

Hace unas semanas nos dejó mi abuela Carmen, la padrina, la pitanya, o como ella, modesta pero inevitablemente coqueta, quería que la llamáramos: sencillamente "la Carme". "A mi no em diguis padrina, que em fas més gran! I jo sóc jove!", me había dicho cada vez que intentaba acompañar su nombre con el rango de parentesco que nos unía. Me lo dijo cuando estaba en la década de los sesenta, de los setenta y de los ochenta años. Y lo cierto es que, aunque el tiempo iba añadiendo días, semanas, meses y años al cómputo global de su edad, fue joven hasta el final.

Cuando alguien se muere, es tradición recordar (o inventarse) todas las virtudes que tenía. Con mi abuela no hay que inventar absolutamente nada. Carme era la persona más buena que he conocido en mi vida. Tengo esta certeza ahora, pero la he tenido desde que era un niño y la veía trabajar cada día de la semana para los demás. Las personas conocemos los días laborables y los días festivos, el trabajo y el descanso. Pero ella siempre decía que "els pobres no deixen de ser pobres els caps de setmana", y por eso no había día que no lo dedicara a hacer que los más desgraciados fueran menos desgraciados, a hacer de este mundo un lugar algo mejor. Donde los demás éramos incapaces de llegar, ella llegaba: limpiaba las casas de ancianos abandonados en las que nadie se atrevía a entrar por la cantidad de suciedad acumulada; echaba a las ratas, ordenaba, quitaba el polvo de lugares imposibles, cambiaba de ropa a ancianos meados desde hacía días, y lo hacía todo con una sonrisa. En esa sonrisa estaba la clave de todo: si la gente la quería porque era capaz de hacer todas estas cosas por los demás, la gente la adoraba porque lo hacía como si, más que hacerle un favor a estas personas, se lo estuviera haciendo a sí misma.

La pitanya siempre fue lo que se dice un cul inquiet. No podía estar parada. Siempre tenía que hacer cosas buenas, para los demás y para los suyos. Salvo un breve, pero decisivo, periodo de tiempo en Francia huyendo de los desastres de la guerra, todo este bien lo hizo en Lleida. Le gustaba recordar canciones francesas, momentos de la infancia en los que había sido feliz (otra de sus virtudes: transformar en buenos recuerdos instantes que otros hubieran olvidado). Después, los hijos y los nietos. Yo fui el nieto mayor y tuve la suerte enorme de tener una relación muy especial con ella. Compartíamos el mismo sentido del humor; éramos capaces de entendernos con una mirada o con un gesto. Y si bien ella siempre fue capaz de querer a todo el mundo (es la única persona que conozco capaz de ser buena sin excepciones; yo me siento incapaz de algo así con gente que haya podido portarse mal conmigo o con los míos), todavía encontró la manera de querer más a su familia. Su reacción cuando salí del armario fue inmediatamente positiva pese a que su religión no se lo puso fácil para aceptarlo, pero su amor podía con cualquier prejuicio. Mi último recuerdo con ella, fuera del hospital, es la comida familiar después de correr el medio maratón de Lleida: mis padres, las dos abuelas, mi hermana, su novio, y un servidor con su novio. Todo natural, todo bien. No puedo tener un último recuerdo mejor que éste. El nieto había conseguido tirar adelante un reto personal y lo estábamos celebrando, pero aquella también fue, sin saberlo, una comida de despedida. Luego vino el hospital, que ella aguantó con toda la fuerza y el buen humor. Pudimos decirnos todo lo que queríamos decirnos, pudimos acompañarla, y estuvimos con ella hasta que su enorme corazón dijo basta. Yo no sé si existe un cielo o una recompensa, pero si existe, ella está allí, sin ningún tipo de duda.

Y lo cierto es que han sido unos días de tristeza profunda, de aprender que no voy a volver a verla, que no vamos a poder reírnos juntos de cualquiera de las miles de tonterías que nos decíamos, que no voy a poder levantarla al vuelo como solía hacer mientras ella me reprimía con un "Baixa'm!, que em faràs mal!", pero a la vez era incapaz de disimular una sonrisa; que no vamos a revisar fotos nunca más, y que ya no voy a poder escuchar historias sobre los sitios que visitó, sobre la gente que conoció, sobre Artesa de Lleida, el pueblo en el que nació. Pero aún así, no puedo dejar de mitigar esta tristeza con una extraña alegría. Porque he sido uno de los privilegiados que ha podido tenerla cerca durante años. Porque con ella he crecido y he compartido centenares de miles de momentos que quedan guardados siempre en la cajita de los aprendizajes las emergencias emocionales. Porque muchos de los actos mejores que he podido ver en esta vida, en lo que a calidad humana se refiere, los he podido ver a través de su ejemplo. Porque muchas de las cosas buenas que he intentado (y que intentaré) hacer en esta vida han sido mirándome a través de su espejo. La tristeza se ha vuelto gratitud por haber podido jugar un papel epicéntrico en la vida de una persona como ella, y por haberla tenido en la mía. Esto es lo que me llevo de ella, y lo que me quedará siempre, y para siempre.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Nuestra Señora del Azufaifo

Isabel Núñez. Barcelona, 2007. (Foto: Isaías Fanlo.)

Hace unos días nos dejó Isabel Núñez. Pese que hacía mucho tiempo que no hablábamos, la noticia me tocó profundamente. Por mucho que lo hablara con conocidos y amigos, me costaba aceptar que aquello estuviera sucediendo realmente. Después,

Habíamos sido vecinos durante ocho años, en Sant Gervasi, en Barcelona. Ella en el ático primera, yo en el ático segunda. Nuestras terrazas comunicaban, y su gata Gilda podía pasar de casa en casa. Con el tiempo, aislamos las terrazas, pero tanto Gilda como Misha y Pelota, que llegaron más tarde, aprendieron a pasar de casa en casa.

No voy a contar un montón de anécdotas (me guardo algunas para mí o para la gente con quienes las comparto), ni tampoco voy a resumir aquí sus méritos como traductora, crítica literaria, y su despunte como escritora en estos últimos años (aquí se pueden leer). Fue ella quien impulsó la campaña por la salvación del histórico azufaifo de la calle Arimon, empeñada en salvar el árbol por encima de la voluntad del Ayuntamiento. ¡Y menuda una montó! Recuerdo la fiesta popular en los alrededores del Mercat de Sant Gervasi, en la Plaça Joaquim Folguera. Lecturas poéticas, conciertos, manifiestos, degustación de dulces de azufaifo... Un apoteosis de ciudadanía en un barrio poco acostumbrado a este tipo de reivindicaciones.

Encuentro con Gilda. Barcelona, 2004 (Foto: Isaías Fanlo)
De la fiesta del azufaifo sale la foto que cuelgo hoy en el blog. Un retrato con el árbol de fondo que tiene un aire de misterio. En ese momento yo la bauticé, medio en broma, como "Nuestra Señora del Azufaifo", porque era ella la responsable de la salvación de aquel árbol. Y ella se reía.

Pasaron los años. Yo me fui, finalmente, de Arimon, y guardé mi vida de entonces en el pasado.

En una de las últimas conversaciones que mantuve con ella, por email (ya digo que hacía tiempo que no nos veíamos), hablamos de morirse. Gilda se había ido, y ella quería hacerle un homenaje. Recordaba, de cuando vivía en Arimon, una foto que había hecho al poco de llegar Misha a casa. Mi gata, de apenas tres meses, curioseaba por todas partes, y Gilda andaba mosca y la vigilaba siempre que podía. Un día capté uno de esos momentos: Gilda asomando la cabeza por un agujero de la terraza sin quitarle el ojo de encima a Misha. Isabel me pidió esa foto, y estuve buscándola porque no recordaba en qué disco duro la había metido. Mientras, estuvimos hablando de lo complicado que era despedirse de aquellos seres que han pasado por nuestra vida. Parece una broma del destino que ahora tenga que hacer precisamente eso.

Tampoco quiero añadir nada más. Bueno, sí, quisiera citar a Patti Smith: "It’s important for us to realize that our dead never leave us. They travel with us even after they’re gone." Es importante que nos demos cuenta de que nuestros muertos nunca nos dejan. Viajan con nosotros incluso después de marcharse.

En fin, descanse en paz.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Moving on

Delta de l'Ebre, 2012. (Foto: Isaías Fanlo.)

Hoy he cambiado, oficialmente, de vivienda. Me he empadronado en la nueva casa y he entregado las llaves de la casa en la que he pasado los últimos cinco años de mi vida. Sin muebles, sin libros, sin las gatas, la casa parecía otra. Más grande, más desnuda, más muerta. Poco que ver con la que voy a recordar cada vez que piense en ella en el futuro.

Hace un par de días me despedí definitivamente del piso de Independència. La casa ya estaba vacía, a excepción de los últimos paquetes. Marc estaba a punto de llegar en coche, para cargar con todo y cerrar la puerta con dos vueltas de llave. Las dos últimas vueltas. Mientras esperaba a que llegara, conecté el iPod al reproductor. Tenía muy claro cuál era la canción que quería que sonara para despedirme de la casa. Busqué, entre los artistas, a Bob Dylan, abrí su lista de canciones, encontré la que buscaba y puse el play. En la casa, vacía, la música resonó acompañada de un eco.

 La canción que buscaba era "Changing of the Guards". Una de las composiciones más extrañas de Dylan. De letra indescifrable, pero a la vez muy narrativa. La historia de un cambio, de una inminencia indeterminada situada en una época y un lugar lejanos.

Hace cinco años, decidí escuchar la misma canción en una situación parecida. También cambiaba de piso, pero bajo circunstancias muy diferentes. Entonces, lo hice con lágrimas en los ojos, con una mochila llena de preguntas y de incertidumbre, y sin saber qué era lo que me esperaba. Bob Dylan me hablaba de mis dudas y temores. Ahora, la misma canción me transmitía otro mensaje: un nuevo cambio, pero después de haber convertido las dudas en afirmaciones, la incerteza en seguridad y los temores en confianza. Un cambio a mejor. Un salto con red. Un salto que me apetece y me ilusiona. Las buenas canciones, dicen en un capítulo de Treme, son capaces de decirte cosas diferentes según el momento en que las oyes. En este caso, "Changing of the Guards" me transmitía un mensaje totalmente contrapuesto.

Han pasado cinco años. Desde aquella mudanza soy un hombre distinto. La vida te va tallando poco a poco. Y uno nunca acaba donde esperaba acabar.

Pasaron seis minutos y la melodía se fue apagando. Marc estaba a punto de llegar. Apagué el iPod, desenchufé el reproductor musical, abrí la última caja que iba a llevarme y lo guardé allí. Dos vueltas con llave, y adiós, definitivamente, a una casa en la que dejaré muchísimos recuerdos, y una parte muy importante de mi vida.

lunes, 16 de julio de 2012

Sobre la sentencia de muerte dictada a la cultura

Muchas nubes (Donosti, 2010). (Foto: Isaías Fanlo.)

De entre todas las medidas que el "gobierno" de Mariano Rajoy ha dictado y que nos van a sumergir en la miseria más absoluta (parece mentira, sí, que se pueda caer más bajo de lo que ya estamos, pero es así), una me preocupa especialmente. El gobierno de este pobre país, que en 2010, en la oposición, lanzó la campaña "No más IVA" para reunir firmas contra la subida del Impuesto sobre el Valor Añadido llevada a cabo por el PSOE, vuelve a romper otra de sus promesas electorales para subir dicho impuesto un 3%. Esto es lo que han dicho oficialmente. Pero... ¡ah, no! ¡Un 3% para según qué! Porque los productos de consumo cultural, como el cine o el teatro, pasan de tributar un 8% a tributar un 21% (los libros todavía no han caído en esta ruina). Es decir, que como el partido que ahora mismo desgobierna este país ha decidido que la cultura es un lujo y un bien superfluo, el IVA para este tipo de actividades sube... ¡Un 13%! La subida, además, es irreal, puesto que como los salarios de la mayoría de la población han descendido, en realidad, ahora, ir al cine o al teatro sale muchísimo más caro que este 13%.

Así, con esta subida de los impuestos, el gobierno se ha cargado, de un plumazo a la cultura. Según la nueva categoría en la que está enmarcada, el Partido Popular considera la cultura un bien superfluo. Un lujo. Pero, vamos a ver, ¿es la cultura un lujo? ¿O qué es, en realidad, la cultura?

Estaremos de acuerdo en que el instinto más primario del hombre es el de la supervivencia. Por eso es tan importante contar con un acceso a la alimentación y a un sistema sanitario que garantice que hará lo posible para mantenernos vivos y en un estado saludable. Pero la búsqueda de alimentos, el instinto de protección, la lucha contra la enfermedad, es un impulso de todos los seres que habitamos este planeta. Gracias a estos instintos hemos sobrevivido hasta la actualidad. Como hemos podido.

Así pues, ¿qué es lo que nos diferencia a los seres humanos del resto de las especies? ¿Qué es lo que nos define como colectivo? ¿Qué es lo que une y separa las comunidades? ¿Cuál es el instrumento que garantiza que, quien lo desee, pueda disponer de un aparato crítico necesario? ¿Qué es lo que, en definitiva, dibuja nuestra identidad como homo sapiens sapiens?

Efectivamente: la cultura.

Ah, la cultura. Tan necesaria pero tan peligrosa a la vez. Un pueblo con acceso a la cultura es un pueblo cuya ciudadanía es capaz de opinar por sí misma, de contrastar noticias y no creer a pies juntillas en una verdad única como la que nos pueden dictar algunos medios de comunicación. Y, al contrario, un pueblo sin acceso a la cultura es un pueblo irremediablemente dócil, sumiso, maleable. Por supuesto que al gobierno le interesa hacernos creer que la cultura es un lujo. Como suelen decir los economistas, nunca hay que desaprovechar una crisis, y el Partido Popular ha visto en la terrible situación que estamos viviendo una oportunidad de oro para darle una estocada, quién sabe si definitiva, a una rama tan incómoda y tan inconformista como es la de la cultura. Nada nuevo bajo el sol: esta estrategia ya la habían aplicado, y la siguen aplicando, los régimes totalitarios de todo el mundo. Por eso es necesario que, finalmente, actuemos.

Mariano Rajoy, en el debate electoral, se sacó de la manga una famosa metáfora. Nos habló de aquella niña, la llamada "niña de Rajoy". "Yo quiero que la niña que nazca en España tenga una familia, una vivienda y unos padres con trabajo...", espetó en su discurso. Tras esta condena a muerte a la cultura, acompañada de la ya anunciada aniquilación de la clase media, puesto que ahora todos somos más pobres que nunca y lo vamos a ser cada vez más, me gustaría saber qué futuro le espera a la niña de Rajoy. Es una niña que, para empezar, no va a poder recibir una educación digna si no es que nace en una familia bienestante como la del mismo señor Rajoy. Va a tener que estudiar lo que pueda en una escuela pública cada vez más mermada hasta que su familia (por supuesto en el paro) se lo pueda permitir. Cuando la niña de Rajoy, sin currículum, se diga "muy bien, pues si no puedo estudiar, trabajaré", se encontrará en una sociedad con un paro juvenil que roza el 50%. Es decir, que no podrá trabajar. Por supuesto, esta niña no sabrá lo que es un cine o un teatro, ya que las entradas se pondrán a precios tan prohibitivos que sus padres no podrán llevarla a formarse como persona de cultura en los pocos cines o teatros que sigan abiertos y que puedan permitirse las plateas vacías. Acaso se habrá podido descargar alguna película de manera ilegal, si es que la luz no sigue subiendo y su familia se puede permitir una conexión de banda ancha. La niña, en definitiva, será muy diferente de como se la imaginaba el señor Rajoy. Nacerá en una familia empobrecida y sin recursos, no tendrá una educación, no tendrá acceso a la cultura, probablemente tampoco a la sanidad, y se verá abocada a un mundo sin ninguna salida. Probablemente la niña de Rajoy acabe suicidándose por la desesperación o tirada en el andén de una estación de ferrocarril.

Opino sinceramente que los de ahí arriba (dígase gobierno, dígase Europa) han estirado la cuerda esperando aprovecharse al máximo de esta terrible crisis. Y opino también que, finalmente, esta cuerda se ha roto. Y creo que la ciudadanía va a tener la valentía de decir basta, pero basta de verdad, porque ahora mismo estamos viviendo en un país que se pasa por el forro muchos de los puntos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (acceso a la cultura, a la educación, a la sanidad -artículos 25-27-...) y nos estamos alejando a cada día que pasa de una democracia real. El mundo de 1984 de George Orwell o de V de Vendetta no está tan lejos. Y, llámenme optimista, pero creo que la ciudadanía va a reaccionar. De manera pacífica pero contundente. Y que no se va a parar.

Porque si no es así, yo dejo de creer en esto y me largo.

miércoles, 16 de mayo de 2012

Días lesbianos

Santi Balmes, Barcelona, 2012.
(Foto: Isaías Fanlo.)

Ayer tuve la suerte (suerte de verdad, conseguir entradas fue durísimo!) de ver a los Love of Lesbian en la Antiga Fàbrica Damm de Barcelona. Hacía ya un tiempo que no los veía en directo, después de un par de años de encontrármelos por todas partes, pero la ocasión lo merecía: la banda liderada por Santi Balmes presentaba algunos de los temas de su último trabajo, La noche eterna. Los días no vividos, días antes de que salga el disco (doble) a la venta. Además, aproveché para conocer un equipamiento fabuloso y muy desconocido para los barceloneses, y que encima está al lado de casa. La visita a la Antigua Fábrica Damm, ya de por sí, merece la pena! Lástima que siga tan cerrada al público...

He escrito una crónica del concierto de ayer para el portal digital Núvol. La encontráis aquí:


Es en catalán, pero se entiende perfectamente, vaaa... También tomé algunas fotos, como la que encabeza la entrada de hoy del blog, y la que sigue a continuación.

Santi Balmes y Juli Saldàrriga.

Evidentemente, la banda sonora de hoy es una de las nuevas canciones que el grupo ha filtrado hoy vía youtube. Y es que hoy es un día lesbiano! A bailar!



miércoles, 28 de diciembre de 2011

Un juego de aciertos. Fútbol Club Barcelona

El Camp Nou en un partido de Champions. Barcelona, 2008. (Foto: Isaías Fanlo.)

No quería acabar el año sin hacer un modesto homenaje al Barça, que es, junto al Lleida, mi equipo. Cuando yo empecé a ver fútbol, allá por 1990-1991, el FC Barcelona era un equipo que contaba con una mano sus triunfos europeos (siempre en competiciones menores), que arrastraba con obstinación un gafe en la Copa de Europa, y que apenas tenía más ligas que el Athletic de Bilbao o el Atlético de Madrid. Un equipo de tradición perdedora. En 20 años la situación ha cambiado diametralmente, y nosotros hemos tenido la suerte de vivirlo. Las generaciones más jóvenes ya no tienen ni idea de lo que quiere decir aquello de "Aquest any, sí!" ("¡este año, sí!"), ese (ingenuo) conjuro para ganar finalmente la Liga, que año tras año se transformaba, más pronto que tarde, en desesperación y en críticas al equipo. Y hasta la Liga siguente. La llegada de Cruyff como entrenador puso la primera piedra de una imponente Catedral que ha coronado Guardiola y que admira el mundo entero. La pregunta, como diría Mourinho, es: ¿Por qué? ¿Por qué han cambiado tanto las cosas? Para mí, hay un punto esencial. Y muy básico. Un cambio en la mentalidad, que trataré de describir a continuación.


Circula por ahí un lugar común (en el mundo de la pelota, ya lo sabemos, hay muchos) que dice que el fútbol es un deporte de errores. Balones perdidos, disparos flojos o desviados, balones al poste... Bàsicamente, resultaba casi de perogrullo afirmar que el equipo que ganaba el partido no era el que cometía más aciertos, sino el que se equivocaba menos veces.

Sobre este concepto, sobre cómo desmontar este tópico, ha girado parte de la "filosofía" del actual FC Barcelona, quizás la máquina de ganar (y de jugar al fútbol) más contundente que jamás ha dado el fútbol. En mi opinión, quizás, este es el giro copernicano del actual Barça. La gran revolución, o mejor aún, el cimiento sobre el que se basa la gran revolución del equipo de Josep Guardiola. "I have the ball, I pass the ball", respondió el de Santpedor cuando le preguntaron, no hace mucho, cuál era el secreto del éxito, la fórmula mágica del que se considera ya uno de los mejores equipos de la historia. Más sencillo, imposible: pasar la pelota, una y otra vez, buscar el desmarque constantemente, generar espacios, como en una jugada ensayada de baloncesto.

Pasar la pelota, sí, pero sin perderla. Un pequeño detalle que aquí adquiere una importancia capital. Una pelota nunca se pierde, ni en la delantera, ni en la defensa.

Tener la pelota es la mejor manera posible de defenderse. "La mejor defensa es un buen ataque", decía Cruyff, líder espiritual de la filosofía Barça. Guardiola, alumno aventajado del bueno de Johann, tenía bien aprendida la lección de sus tiempos de jugador, y la aplica, con mano de hierro, en su equipo. Aquí nadie regala el balón. Ni siquiera a Victor Valdés, el portero, se le permite despejar en largo una pelota, por mucha presión que ejerza el equipo contrario. Esto puede llegar a costar goles (el 1-0 contra el Madrid en el Santiago Bernabeu, hace unas semanas, sin ir más lejos), pero la fidelidad a un estilo acaba siendo rentable (ese mismo partido se acabó ganando 1-3 en parte gracias al estilo, y son incontables las jugadas de gol en los últimos tres años que ha iniciado el mismo Valdés).

El pase. El golpe técnico que sirve como base para el proyecto ganador del FC Barcelona. Desde hace años, concretamente desde que Johan Cruyff volvió a Barcelona para entrenar un equipo en depresión, en 1989, La Masia, la célebre escuela de fútbol del club, ha inculcado no solo el mismo esquema táctico a todos sus equipos base, sino también el gusto por pasar la pelota con la máxima rapidez y precisión. Se dice que los rondos que hace el primer equipo del Barça en los entrenamientos son más espectaculares aún que ver al equipo desplegar su juego en un partido (como muestra, un botón: el vídeo de aquí abajo, gentileza de allasFCB, de TotalBarça). El rondo, el gusto por el pase llevado a su máxima expresión, es el huevo de colón de la preparación futbolística. No hay un santo grial. No existe una fórmula mágica. En realidad, todo es muy sencillo. Recibo la pelota, y paso la pelota. No hay más.



El pase. Los cimientos sobre los que se construye la gran victoria del Barça sobre el fútbol especulativo. Y, quizá, quién sabe, el gran legado de este equipo para el futuro. Si algo le falta a la nueva Masia, la escuela de fútbol del FC Barcelona, es algún cartel en la entrada en la que, además del clásico (y genial) "més que un club", pueda leerse aquello de "I have the ball, I pass the ball. Very simple". Tan sencillo como genial. Como todas las buenas ideas.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Harlem

Harlem, Nueva York, 2011. (Foto: Isaías Fanlo.)

Hoy se celebra el día mundial de la lucha contra el Sida. Hay que recordar a todos aquellos que nos han dejado, que hoy en día no tienen acceso a los medicamentos, y también agradecer a todas aquellas personas que luchan, cada una en la medida que puede, por erradicar esta enfermedad. Me gustaría citar, hoy, el final de la enorme obra de teatro de Tony Kushner Angels in America, que acaba de la siguiente manera (traduzco):

"La fuente ya no fluye. La apagan en invierno, por el hielo en las tuberías. Pero en verano... es una imagen digna de ver.
Y yo quiero estar aquí para verla. Espero estarlo. Me gustaría.
Esta enfermedad acabará con muchos de nosotros, pero no con todos. Y los muertos serán conmemorados, y lucharán con los vivos, y no nos iremos. Nunca más moriremos muertes anónimas.
El mundo solo gira hacia adelante. Seremos ciudadanos. Ha llegado el momento.
Y ahora adiós. Sois fantásticos, cada uno de vosotros. Os doy mi bendición. Más vida. Empieza la gran obra."

Kushner lo escribió cuando cargar con el virus ya no era sinónimo de muerte rápida y terrible. Por suerte, las cosas han mejorado todavía más, pero conviene seguir adelante.


Como Banda sonora de hoy, una habitual en el blog. Patti Smith, con una de mis canciones preferidas: "Paths that Cross". Originalmente, fue un poema que Patti compuso cuando Sam Wagstaff, mecenas y amante de Robert Mapplethorpe, falleció a causa de las complicaciones causadas por el Sida. Luego le puso música, y creó la que para mí es una de sus mejores canciones.

martes, 4 de octubre de 2011

Stade Vélodrome


En el Stade Vélodrome juega sus partidos el Olympique de Marsella. Yo sigo al OM desde el año 1991, cuando empecé a ver el fútbol con 10 añitos y en Europa había un equipo de camiseta blanca que tenía jugadores bregadores y con mucha calidad, y en el que había un tipo, un tal Jean-Pierre Papin, que era capaz de empalmar una pelota sin que tocara el suelo. Por aquel entonces no existía internet ni tenía satélite en casa, pero sí parabólica, y mientras aprendía francés veía, los domingos por la noche, los resúmenes de los partidos de la Serie A y de la Ligue 1, y seguía con especial interés al Olympique de Marsella, que en la Copa de Europa acababa de eliminar al todopoderoso Milan.

El Marsella perdió aquella final, pero un par de años después, en 1993, tocó la gloria. Aquel equipo, con la mítica camiseta de las tres franjas diagonales azul cielo (el Lleida tenía el mismo modelo, de la marca Adidas, y eso todavía llamaba más mi atención), consiguió llegar nuevamente a la final de Múnich, y en el Estadio Olímpico batió ni más ni menos que, nuevamente, al Milan, con el histórico cabezazo de Basile Boli. Todavía recuerdo la portada de la revista Don Balón, con Didier Deschamps levantando la Champions League (entonces ya se llamaba así).

Luego llegó el affaire Valenciennes, la compra de partidos, el descenso administrativo y la prohibición de jugar Supercopa de Europa y Copa Intercontinental. La resurrección, las dos finales de la UEFA perdidas (la del 2004 contra el Valencia), la liga 2009-2010 que puso fin a una sequía de 17 años sin títulos... y yo iba siguiendo a aquel equipo por el que desfilaban jugadores como Francescoli, Ravanelli, Nasri, Drogba, Pires... En fin.

Siempre había tenido una cuenta pendiente con el Vélodrome. Estadio mítico de Francia, en el que Holanda eliminó a Argentina en el Mundial 98 con un gol antológico de Bergkamp en el último minuto, con esas extrañas gradas semicirculares. El fin de semana pasado pude saldar esa cuenta. Estuve en el Vélodrome, finalmente, escuchando al fondo norte y al fondo sur gritar "Aux armes!", "Nous sommes les marseillaises!" o "Allez l'OM!", cánticos que se escuchan también en la recreación del Vélodrome para la saga de videojuegos FIFA (donde siempre juego con el Olympique de Marsella). Y me sentí bien. Pese a que el partido, decepcionante, acabó con empate a uno contra el modesto Stade Brestois.

jueves, 14 de julio de 2011

Imagen de la semana

Buenas noticias: la foto "Invierno en Nueva York", en la entrada inmediatamente anterior a ésta, ha ganado el premio a la imagen de la semana en Barcelona Photobloggers (grupo al que pertenezco).

Podéis verlo aquí: http://barcelonaphotobloggers.org/

Por mi parte, me siento halagado de haber sido elegido entre tantos y tantos blogs y páginas de fotógrafos barceloneses.

miércoles, 18 de mayo de 2011

El último partido de la Unió Esportiva Lleida

Afición del Lleida en el campo de L'Hospitalet. Mayo de 2011.
(Foto: Isaías Fanlo.)

Aquella tarde de primavera tuve una visión que me abrió los ojos. Por aquel entonces yo era un chaval de diez años, quizá once, y todavía poco despierto. Pero el momento lo recuerdo perfectamente: habíamos ido a comer a casa de mis tíos, que se acababan de trasladar a una nueva casa, en un nuevo barrio de la ciudad. Un noveno piso. Al acabar de comer, mientras los adultos tomaban café, fui a inspeccionar aquella casa que pisaba por primera vez, llena de rincones y cuartos desconocidos. Pasé por el comedor, por las habitaciones, por una pequeña salita, y jugué con dos espejos enfrentados en el recibidor que multiplicaban mi reflejo hasta el infinito.

Al cabo de un rato, me di cuenta de que la casa tenía un balcón. Y afuera, se empezaba a escuchar ruido. Así que, como el niño curioso que todavía era, decidí abrir la puerta y echar un vistazo a lo que ocurría. Al asomarme, me quedé perplejo: lo que tenía delante era un campo de fútbol, pequeñito (aunque a mí entonces me pareció enorme), en el que veintidós jugadores estaban jugando a fútbol observados por unos pocos miles de personas.

En ese momento, mi padre, que habría escuchado como abría la puerta del balcón, me puso la mano en el hombro.
-Papá, ¿qué es esto?
-Es el Camp d'Esports -respondió-. El estadio del Lleida.
-¿El Lleida? -pregunté, incrédulo. Hasta entonces, para mí el fútbol era el deporte que jugaban algunos niños en el patio (yo jugaba a baloncesto) y que se practicaba profesionalmente en un lugar lejano y casi mítico, Barcelona, donde (según me habían explicado) se podía vivir en la misma calle que una persona y no conocerla y donde existía un tren subterráneo que unía la ciudad. Pura ciencia ficción.

Esa fue mi primera vivencia de fútbol leridano y, por ende, del llamado infrafútbol, es decir, de las categorías inferiores del deporte rey. Yo me quedé embelesado viendo, desde aquel noveno piso, los minúsculos jugadores, entre los que destacaba un joven Emilio Amavisca, y decidí que me haría del Lleida. Al año siguiente, con el club en Segunda División, empecé a ir a todos los partidos, con amigos. Las entradas costaban 400 pesetas, pero valía la pena desprenderse de la paga semanal: se veía buen fútbol. El Lleida jugaba bien, el Camp d'Esports poco a poco se iba llenando, los resultados acompañaban y el sueño de subir a Primera División, algo poco menos que impensable, empezaba a hacerse realidad.

Y vaya si se hizo: el 5 de junio de 1993, y en un Camp d'Esports lleno hasta la bandera, el Lleida derrotó al Badajoz por 3 goles a 0 y materializó el ascenso a Primera a cuatro jornadas del final, superando a equipos que en principio eran favoritos, como el Valladolid, el Racing o el Mallorca. Y se plantó en la categoría de oro. "El año que viene ganaremos al Barça y al Madrid", dijo, eufórico, Miquel Rubio, el capitán del equipo, en los discursos de celebración.

El sueño se convirtió en realidad, y las palabras de Rubio funcionaron como una profecía: se ganó en el Camp Nou, al mismísimo dream team de Romario, Laudrup, Guardiola, Koeman o Stoichkov con un gol de Jaime Quesada en el minuto 86, y se ganó al Real Madrid en el Camp d'Esports, con goles de Popeye Parés y de Soren Andersen tras una falta brutal de Gustavo Matosas. Pero no fue suficiente para mantenerse. De poca cosa sirvió ser el primer equipo que ganaba en Anoeta como visitante (1-3), o la victoria en Valladolid por 1-2 que nos sacaba de la zona de descenso cuando faltaba poco para acabar la temporada: el equipo volvió a segunda en la última jornada tras perder en el campo del Racing, mientras escuchaba por la radio que Celta y Valladolid empataban a 0-0 (el empate les favorecía a ambos y la afición gritaba "que se besen, que se besen"). Aquella fue la primera vez que lloré por un partido de fútbol.

Evidentemente, han pasado muchos años. Tantos, que el bonito cuento de la Unió Esportiva Lleida está a punto de acabarse. O de poner un punto y aparte, si se quiere: el club, a causa del endeudamiento que arrastra, va a tener que refundarse, después de haberse quedado a las puertas del play-off de ascenso a Segunda División "A". Ya han quedado atrás momentos emocionantes como los descritos, la promoción agónica contra el Sporting de Gijón en 1995 (2-2 en el Camp d'Esports y un 3-2 dramático en El Molinón), el buen fútbol de finales de los 90 y principios del 2000...

Ahora toca lo mismo que han tenido que hacer muchos clubes históricos del fútbol español, como el Burgos, el Málaga o el Almería. Empezar de cero. Algunos con más suerte, otros con menos. El pasado fin de semana, unos cientos de aficionados nos enfundamos la camiseta azul y nos dirigimos al campo de L'Hospitalet, donde la Unió Esportiva Lleida jugó el que quizás fue su último partido oficial con este nombre. El resultado, un empate a cero, fue lo de menos. Lo importante era despedir como correspondía a este equipo. Y cuando, al final del partido, la afición cantó el himno a cappella, bufandas al aire, tuve que hacer un esfuerzo, con un nudo en la garganta y emocionado, para que no me cayeran las lágrimas. Porque aquel era, también, el final de un capítulo de mi vida.

domingo, 3 de abril de 2011

Entrevista en "Confesiones tirado en la pista de baile"

La entrada de hoy no tiene foto, y es para anunciar algo que me hace mucha ilusión: los lectores asiduos del blog saben que la fórmula general de cada una de las entradas consiste siempre en más o menos lo mismo: foto más texto más vídeo de alguna canción que me gusta y que me parece adecuada. Quien se pase de vez en cuando por aquí habrá deducido que me gusta seguir las novedades de la música independiente (especialmente la nacional). Pues bien, uno de los blogs que iba siguiendo es Confesiones tirado en la pista de baile, el blog de Fernando Bside. Llegué a él gracias a su sección de entrevistas, por las que han pasado Lyona, Zahara, Ellos, Second... muchos de mis artistas favoritos.

Pues bien. La sorpresa llegó hace unos días, cuando Fernando me comentó que había estado echándole un vistazo a mi web y a este blog y me propuso una entrevista, para la misma sección. Por supuesto, acepté encantado -todavía me cuesta creer que tenga un rinconcito al lado de toda esta gente-, y la entrevista ya está en línea.

La podéis consultar aquí. Una buena manera de conocer mejor a quien anda detrás de este blog y de la página web que lo complementa.

jueves, 24 de marzo de 2011

Me gustan las escaleras

Escaleras. Darmstadt, Alemania, 2011.
(Foto: Isaías Fanlo.)

Me gustan las escaleras. Son como un paréntesis en un viaje cualquiera, y a la vez son el mismo viaje. Son un no-lugar, y a la vez son un lugar icónico. Ascender o descender una escalera puede significar, en cualquier momento, adentrarse en otro mundo (y si no, que se lo pregunten a Aomame, la protagonista de 1Q84, la última novela de Haruki Murakami). Una escalera puede ser un ente orgánico, una garganta inmensa que te engulle, pero también una escapatoria, un ascenso, una salvación. O puede ser un punto perdido, un pez que se muerde la cola, un juego imposible como la escalera de Penrose que dibujó Escher, escribió Camilleri en La desaparición del Pato y filmó Nolan muy recientemente, en la película Origen (Inception).

Me gustan las escaleras quizás porque siempre he sentido debilidad por los espacios de transición. Así que haré una miniserie de escaleras en los próximos días.

Para subir y bajar escaleras, una buena canción sería "Clint Eastwood", la nueva canción de Antònia Font. Nunca lograré entender cómo estos mallorquines son capaces de emocionarme hablándome de submarinos, tiburones, extraterrestres o robots. ¡Pero con sus canciones consiguen lograr la alquimia! Muchas ganas de escuchar entero el nuevo trabajo (Lamparetes, que sale el 12 de abril)
http://www.goear.com/listen/fc8a128/clint-eastwood-antonia-font
(he colgado el enlace a goear porque la versión que Enderrock ha colgado en Youtube no se escucha bien)

jueves, 10 de febrero de 2011

Jorge Ybarra

Jorge Ybarra. Barcelona, 2011.
(Foto: Isaías Fanlo)

El dramaturgo cubano Jorge Ybarra estuvo en Barcelona esta semana pasada. Jorge es una de esas voces que quedaron ahogadas por culpa del "régimen" castrista. Su historia, como la de muchos otros, me hace pensar en toda esa gente que se llena la boca de palabras como "revolución" y "libertad" cuando piensa en Fidel Castro o en Ernesto "Che" Guevara, y afirma tan pancha que en Cuba están la mar de bien solo porque ha leído cuatro cositas, o alguien se las ha contado, o ha pasado una semana tomando el sol en el Caribe. Gente que por lo visto no ha oído hablar de las barbaridades de la policía a lo largo de décadas, los maltratos a los homosexuales, los campos de trabajo para disidentes, o la prohibición del uso general de Internet (lo que viene a cuento porque precisamente hoy han abierto la entrada en la red, eso sí, con costes prohibitivos... y cuarenta años de retraso). Vamos, que sí, mucha libertad...
Tampoco tiene que extrañarnos tanto esta postura: al fin y al cabo, media Europa también miraba con ojos de admiración a la China de Mao hace pocas décadas... lo que hace la ignorancia.

Para hacerse a la idea de lo que sucede en Cuba, solo hay que escuchar las historias de los exiliados. Por suerte, tengo un par de cubanos cercanos y queridos -Jorge es uno de ellos- que me abren los ojos. Jorge es autor de textos como El caso de los libros que nadie solicita o Una simple muchacha. Textos varados en un océano: el que separa Cuba de Suecia, país donde reside.

lunes, 7 de febrero de 2011

¡Feliz 1Q84!

Misha y Pelota. Caixa de Llum. Barcelona, 2011.
(Foto: Isaías Fanlo.)

Buenas noticias para los lectores con ganas de leer más cosas de Haruki Murakami, entre los que me cuento: la semana pasada, Tusquets publicó la traducción al castellano de los dos primeros libros de 1Q84, la que, quizás, sea la obra cumbre del escritor japonés. El libro tercero llegará a las librerías en octubre. Y algo me dice que la espera se nos va a hacer muy larga.

1Q84 es una obra ambiciosa, de más de mil páginas (de momento se han publicado las primeras 737, en letra pequeña), que tiene dos puntos de partida magistrales, rasgo distintivo de las novelas de Murakami. La historia nos sitúa en 1984, en un guiño más que evidente a George Orwell y a 1984, la obra maestra que el autor de Homenaje a Cataluña escribió en 1948 y que supone un presagio de temores que todavía tenemos. Pero si Orwell pensó una novela dirigida al futuro, Murakami mira hacia el pasado. O mejor dicho, hacia un pasado. Porque 1Q84, como sugiere el título, se sitúa en 1984, pero no en el 1984 que aconteció, sino en un 1984 alternativo, con algunos pequeños cambios que alteran la realidad (de ahí la "Q" del título, que en japonés se pronuncia igual que el número 9). Parece que el propio Murakami, con este artículo publicado en el New York Times y traducido al castellano por La Vanguardia, esté haciéndose un guiño. Existe la realidad A, la que vivimos, y la realidad B, la que podríamos haber vivido, un universo paralelo (algo muy Lost, también, serie de la que el japonés era fan). Lo curioso es que, después de los últimos acontecimientos, especialment después del 11S, es como si la realidad A, la nuestra, fuera demasiado irreal, demasiado imposible, mientras que la realidad B es algo más plausible.

Volvamos a 1Q84. He hablado de los dos puntos de partida. El primero tiene que ver con la historia de Aomame, una joven de treinta años que dedica su tiempo libre a asesinar por encargo con un punzón letal fabricado por ella misma. Aomame está en un atasco en medio de la autopista metropolitana, metida en un taxi (se trata de una autopista elevada). Suena por la radio la Sinfonietta de Janácek, y la chica se da cuenta de que no va a llegar a la cita. Así que, aconsejada por el taxista, sale del coche y se dispone a bajar a la realidad por unas escaleras de servicio. Lo que pasa es que no bajará a "la realidad", sino a una distorsión de la misma.
El segundo punto de partida es la historia de Tengo, un profesor de matemáticas de la misma edad de Aomame. Tengo es uno de esos jóvenes tan habituales de las novelas de Murakami: solitario, taciturno, modesto... un outsider de la sociedad japonesa. Trabaja como profesor de matemáticas y es escritor en su tiempo libre. Pues bien, el giro de Tengo se produce cuando su editor le encarga un trabajo de dudosa moralidad: reescribir La crisálida del aire, la novela de Fukaeri, una misteriosa niña de 17 años que, pese a estar muy mal escrita, tiene una historia tan poderosa que es capaz de atrapar al lector.
A partir de aquí, las historias de Aomame y de Tengo se van trenzando (un capítulo para cada personaje) y tejen un mundo lleno de sucesos extraordinarios, un mundo en el que no existe el Gran Hermano de Orwell pero sí la gente pequeña (una asociación - secta), en el que hay dos lunas, además de otras curiosas criaturas de las que no voy a hablar porque todavía no las conozco y porque el placer de la lectura consiste en descubrir, y no en que una sinopsis nos chafe los planes.

Todo apunta a que 1Q84 es una obra maestra. Ambiciosa en extensión y argumento, con Murakami en un momento dulce, quién sabe si será gracias a este texto que el autor reciba finalmente el Premio Nobel, para el cual ha sido ya candidato. Tarde o temprano, no cabe duda de que va a escribir su nombre en la lista de la Academia de Estocolmo. La obra fue un éxito sin precedentes en Japón, y hay que agradecer a Tusquets la diligencia a la hora de acercarnos los dos primeros libros de esta gran novela, que se publicará en inglés en octubre (los tres volúmenes, eso sí) y que en Europa sólo se había publicado en alemán, si no me equivoco. Eso sí, las primeras impresiones de la lectura hacen que se eche un poco en falta el estilo y la frescura de Lourdes Porta, la traductora habitual de Murakami.

Por mi parte, poco más que añadir. Soy un fanático reconocido de Murakami. Sus textos me producen una terrible adicción, que solo he sentido en muy pocos casos y con muy pocas obras. Considero que Kafka en la orilla y Crónica del pájaro que da cuerda al mundo son dos de las grandes obras de la literatura. Creo que, además, Murakami se ha sacado de la manga algunos textos más que, aún sin llegar al nivel de los libros mencionados, hacen de él un escritor extraordinario (por citar tres: El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, La caza del carnero salvaje y After dark). Creo que la versión cinematográfia de Tokio Blues, que se estrenará en España el mes que viene, va a destrozar la novela, y sueño con que, algún día, Hayao Miyazaki, el único al que considero capaz de abarcar el universo imaginativo de Murakami, haga una película de Kafka en la orilla o de Crónica del pájaro... Y respecto a 1Q84, me obligo a no pasar del capítulo diario. Quiero que el libro me dure. Quiero saborear las páginas. Y sobre todo, quiero que la espera del tercer volumen no se me haga terriblemente larga.

Sea como sea, tanto si se lee de un tirón como si a pequeñas dosis, los lectores de Murakami estamos de enhorabuena. ¡Mis mejores deseos para este inolvidable 1Q84 que se avecina!

(La foto de hoy es de Misha y Pelota, mis gatas, y pertence a la serie Una caja de luz, parte de la cual se puede ver en mi web. Los gatos son cruciales en las novelas de Murakami, y en 1Q84 sale una ciudad habitada solo por felinos, así que he creído que la foto es pertinente.)

viernes, 31 de diciembre de 2010

Feliz 2011

Feliz 2011. (Foto: Isaías Fanlo)

Por fin se acaba 2010. Ha sido un año durísimo. Para mucha gente, y para mí también. Pero ya lo dejamos atrás y lo mejor es poder mirar al 2011 pensando en que va a ser mejor, que ya nos toca.

¡Un abrazo fuerte a toda la gente que se pasa por aquí!

Nos vemos el año que viene con más fotografías y más música. Hablando de música, os dejo con una canción de Vetusta Morla que sirve para dar la bienvenida a un nuevo año:

jueves, 2 de diciembre de 2010

Presentación Dramangular


Hoy, a las 20.30 h en la librería de la Casa de les Punxes de Barcelona, presentamos un proyecto de la asociación parateatral Dramangular basado en el texto En la primavera perpètua, de Elies Barberà. Yo participo como fotógrafo y presento la serie Una caixa de llum, algunas de cuyas fotos he presentado en este blog y que también he colgado en mi web. Si os apetece pasaros por ahí, habrá gente maja e interesante, un proyecto curioso y un vinito.

¡A ver si nos vemos!

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Gràcies

Donosti, 2010. (Foto: Isaías Fanlo.)

Hacía tiempo que tenía ganas de colgar una entrada como ésta.

El pasado mes de marzo nos dejó, a los 46 años, David Vilaseca. Murió atropellado por un camión mientras iba en bicicleta por las calles de Londres.

Su muerte pasó tan desapercibida en España que el obituario de La Vanguardia salió más de un mes después. Y aún así, creo firmemente que era una de las voces más prometedoras y más inteligentes de la literatura queer (si es que algo así existe) de este país, tanto desde su vertiente ensayística como ficcional: L'aprenentatge de la soledat, publicada en 2007 por la editorial valenciana 3i4, es un dietario ficcionado de un valor literario indudable, pese a pasar prácticamente desapercibido por los mostradores de las librerías.

Personalmente, la lectura de L'aprenentatge... me fascinó. Reconozco (y David lo sabía) que el título no me gusta nada, más bien me parece excesivamente obvio, pero no me arrepentí jamás de darle un voto de confianza y empezar a leer el dietario. David mantiene a su narrador en la cuerda floja entre la autocompasión y la ingenuidad, siempre gracias a un uso más que precioso de la ironía y sin caer jamás en la pedantería (pese a ser un libro lleno de referencias literarias -muchísimas gracias, David, por tratar a los lectores como personas inteligentes y con ganas de saber-). Es un texto con un aire melancólico, de perpetua insatisfacción, pero a la vez con un dinamismo interno interesantísimo. En definitiva, una lectura obligada.

Después de leer L'aprenentatge..., intercambié varios correos con David, hablando de la literatura gay, de los estudios queer, y también de otras cosas más intrascedentes. Vino a Barcelona por Navidades (era profesor universitario en Londres) pero no coincidimos, porque yo me fui primero a Lleida y después a Montpellier, y quedamos en que cenaríamos la próxima vez que regresara. Por desgracia, esa próxima vez no llegó nunca, y David nunca nos podrá regalar los libros que tenía en mente. La pérdida humana e intelectual es de dimensiones inimaginables.

En Lletra, el profesor (y amigo suyo) Esteve Miralles promueve un diálogo sobre el autor y su obra. Considero que es un gran homenaje y que merece la pena echarle un vistazo. Desde aquí podéis acceder a la página.

Desde aquí quería hacerle este pequeño homenaje. Os dejo con "Gràcies" (Gracias), un breve poema suyo, teatralizado en el vídeo que cuelgo después de la transcripción:

"Gràcies. Si mai vaig al cel,
a tu et deuré el favor.
I de moment, ni la moral d'aquells imbècils
vull que em rondi.
Massa que sé, que si no estic al llic amb tu
no és virtut meva."

Gràcies (David Vilaseca)



Por mi parte, gràcies també, David.

martes, 8 de junio de 2010

El rayo verde


Euskadi, 2010. (Fotos: Isaías Fanlo.)

El martes pasado vi, por tercera vez, una de mis películas preferidas de Éric Rohmer: Le rayon vert (El rayo verde). Básicamente, se trata de la historia de una mujer que se queda totalmente sola justo antes de las vacaciones de verano. Su novio la ha dejado pero ella no quiere reconocerlo, no tiene intimidad con nadie, no encuentra su sitio en el mundo. Y París, en verano, es demasiado grande y demasiado cruel si uno está solo. La chica hace mil planes para el verano con mil amigos diferentes, pero en todas partes se siente sola y se siente mal, así que acaba volviendo a París. Finalmente, una amiga suya le deja un apartamento en Biarritz, en el País Vasco francés, y parte hacia allá. Allí escucha a un grupo de gente que hablan del fenómeno del rayo verde, que es como un último rayo de luz que sale instantes después de ponerse el sol. Es un fenómeno rarísimo, dicen, y quien lo ve siente que es capaz de comprender sus propios sentimientos, así como los de los demás.
En plena desesperanción, la chica decide darse una última oportunidad y contemplar una puesta de sol en San Juan de Luz, para ver si, finalmente, aparece un rayo verde en su vida.

No voy a explicar cómo acaba la película, que es preciosa, pero la cuestión es que me entró un impulso loco y compré un billete de tren a Euskadi. Y, después de un viernes en el que la vida ha dado un giro estrepitoso, me he pasado un fin de semana maravilloso dando tumbos por el País Vasco. Sí, puede decirse que, justo después de ponerse el sol, he podido ver un pequeño rayo verde yo también.

¡Cómo me enamora Euskadi cada vez que visito ese país!

Como música de hoy, una apuesta lógica. "Ayer te vi", una preciosa canción de uno de los grupos más conocidos del sonido Donosti: La Buena Vida.

lunes, 3 de mayo de 2010

El gato de Schrödinger en las relaciones de pareja


Barcelona, 2010. (Foto: Isaías Fanlo.)

No sé si cuando Erwin Schrödinger imaginó la paradoja del famoso gato en 1935 había podido pensar que esta teoría podía aplicarse, además de a la mecánica cuántica, a las relaciones de pareja. Pero es así. O por lo menos yo ahora mismo puedo asegurar que es posible.

Porque existen situaciones en las que una pareja está en la cuerda floja, está y no está al mismo tiempo. Y -paradójicamente-, si uno mira al futuro inmediato, se encuentra con que su relación es como el gato encerrado en la caja con la botellita de veneno y la partícula radioactiva con un 50% de posibilidades de estallar. Pero en lugar del gato, lo que está dentro de la caja es la relación, la pareja. Si seguimos la hipótesis de Copenhague (of all places), mientras no abramos la caja en la que la pareja está encerrada, de alguna manera, siguiendo el sistema, la relación está viva y también se ha roto. Hablamos de la potencialidad de la relación, pero no podemos hablar de la relación en sí. Sólo quedan probabilidades. Sólo superposición cuántica.

(sobre el gato de Schrödinger, enlace aquí)

Pues bueno. Ahora mismo, en mi vida el "nosotros" está dentro de la caja. Es el "nosotros de Schrödinger".