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viernes, 2 de enero de 2015

Odio il capodanno (Odio el año nuevo)

Cada mañana, al despertarme bajo la bóveda celeste, siento que es para mí el año nuevo. Es la razón por la que odio esos años nuevos con fecha fija que hacen del ser humano una empresa comercial con sus entradas y salidas en el respeto de las normas, con su balance y su presupuesto para el ejercicio anual por venir. Se termina por creer seriamente que de un año a otro existe una solución de continuidad y que comienza una nueva historia, se hacen resoluciones, se lamentan los errores. Es un defecto de las fechas en general. Se dice que la cronología es el esqueleto de la historia, lo que es posible admitir. Pero es necesario admitir también que hay cuatro o cinco fechas fundamentales que toda persona bien educada conserva archivadas en un rincón de su cerebro y que han jugado malas pasadas a la Historia. Son otros años nuevos y se han vuelto tan invasoras y fosilizantes que nos sorprendemos a nosotros mismos pensando que la vida en Italia comenzó en 752, y que 1490 o 1492 son como montañas que la humanidad ha atravesado de un solo impulso encontrándose en un nuevo mundo, entrando en una nueva vida. Así la fecha se convierte en un obstáculo, un parapeto que impide ver que la historia continúa desarrollándose con la misma línea fundamental e incambiada, sin detenciones bruscas, como cuando en el cine la película de desgarra y deja lugar a un intervalo de luz encandilante. Por eso detesto el año nuevo. Yo quiero que cada mañana sea para mí un año nuevo. Cada día quiero arreglar las cuentas conmigo mismo, y renovarme cada día. Ningún día previsto para el reposo. Las pausas las elijo yo mismo, cuando me siento ebrio de vida intensa y quiero zambullirme en la animalidad para extraer un nuevo vigor. Nada de burócratas del espíritu. Cada hora de mi vida la quisiera nueva, aunque sea incorporándola a las ya recorridas. Nada de días de euforia con rimas colectivas obligatorias, a compartir con extraños que no me interesan. Porque lo han festejado los abuelos de nuestros abuelos, ¿deberíamos, nosotros también, sentir la necesidad del festejo? Todo eso es nauseabundo.

Antonio Gramsci 
Publicado en Avanti!, edición de Turín, 1º de enero de 1916
(Traducción: Fernando Orellana)

sábado, 22 de marzo de 2014

lecturas/2 – El retorno de los nómades

Últimamente he leído varios libros con alas. El último me lo prestó Ana Colombina y está escrito por Lía Schenck, de quien no sé si nació en Argentina o Uruguay ni cuántos años tiene, pero no importa porque está claro que es una niña y habita un mundo libre de patrias.
De conocerla, le pediría que me mostrara sus pies, porque como dice Lía en las plantas de sus pies los nómades tienen huellas de caminos. Seres hermosos, los nómades:

…tienen alas para volar
pero cuando andan por la tierra
y tienen frío, transforman las alas
en bufandas.
Cuando tienen sueño las transforman
en almohadas y cuando llueve no las
transforman en paraguas y caminan
bajo la lluvia mojándose las alas

El tratado poético de Schenck es un libro que busca en el pasado para ser en el presente. Los nómades, dice, “eran seres humanos que iban y venían tratando de descubrirse y tratando de descubrir el mundo”. Y sigue:

Habría mucho para investigar sobre aquella
existencia pero es bien sabido que ser sedentarios
lleva a los seres humanos casi todo el tiempo de sus
vidas y no les deja tiempo para ese tipo de
investigaciones.
[…]
En cualquier momento de la vida, un sedentario
puede empezar a ver la vida de otra manera si
aprende las maneras naturales de los nómades.

[…] en todo corazón sedentario late un
nómade que quiere ver la luz. Que quiere caminar
en espiral y andar por la lluvia y desplegar
las alas.

[…] es necesario que los
sedentarios estén atentos al período en que
comiencen a desarrollarse las alas.
En esos días y en esas noches, sobre todo en esas
noches, pueden tener sensaciones de vértigo o
náuseas o un incontrolable deseo de llorar
arrepentimientos antiguos. Se recomienda en esos
casos, mirar o recordar el vuelo de los pájaros y
hacer de cuenta que los pies se apoyan en las nubes.


Lía Schenck. El retorno de los nómades. Tratado poético 
acerca de nosotros mismos. Rumbo Editorial, Uruguay, 2009

lunes, 18 de marzo de 2013

lecturas/1 - El hombre nuevo

Es inminente la llegada de una nueva revolución y pienso que ahora no se va a dar de afuera hacia adentro, sino a la inversa. Ésta constituirá en la recuperación de nuestros ritos, de nuestras ceremonias, en el establecimiento de una nueva relación con la tierra, con el universo, con lo sagrado. Todo esto sólo es posible en los espacios íntimos. Es ahi, alrededor del fuego, donde surgirá el ´Nuevo Hombre´, como resultado de una labor de pareja. Será un ser que dará tanto valor a la producción como a la reproducción, a la razón como a la emoción, a lo íntimo como a lo público, a lo material como a lo espiritual. Será un ser equilibrado que propiciará el surgimiento de sociedades en equilibrio. Un ser que comprenderá claramente que la realización personal no debe estar ligada únicamente a un reconocimiento público y a una retribución económica. Un ser que cuestionará su participación activa dentro de la sociedad, preguntándose si debe trabajar en una fábrica que está contaminando enormemente el ambiente aunque le estén pagando muy bien por realizar ese trabajo. Un ser que como respuesta buscará otras maneras de producir y obtener ganancias económicas. Un ser que valorará los pequeños actos realizados en la intimidad en su verdadera dimensión y trascendencia, porque entenderá que son actos que están modificando la sociedad de igual manera que los que se realizan públicamente, actos que elevan nuestra condición humana y nos permiten entrar en comunicación con nuestro pasado para saber de dónde venimos y hacia dónde debemos ir.

Laura Esquivel, en Íntimas suculencias. Tratado filosófico de cocina

lunes, 14 de enero de 2013

#pdftribute

Aquellos que tienen acceso a estos recursos académicos -estudiantes, bibliotecarios, científicos- han sido beneficiarios de un privilegio. Tienen la oportunidad de alimentarse en este banquete del conocimiento, mientras que al resto del mundo se le prohíbe sentarse a la mesa. Pero no necesitan -y de hecho, moralmente, no deben hacerlo- guardarse este privilegio para sí. Tienen el deber de compartirlo con el mundo. No hay justicia en seguir leyes injustas. Es tiempo de salir a la luz y, en la gran tradición de la desobediencia civil, declarar nuestra oposición a este robo privado de la cultura pública. Necesitamos tomar la información, donde sea que esté localizada y guardada, hacer nuestras copias y compartirlas con el mundo. Necesitamos tomar todas las cosas que están en el dominio público y agregarlas a los archivos. Necesitamos comprar las bases de datos secretas y ponerlas en la Web, públicas. Necesitamos descargar artículos y publicaciones académicas y subirlas a las redes de intercambio de archivos. Necesitamos pelear en la Guerrilla del Acceso Abierto. Con suficientes de nosotros alrededor del mundo, no sólo mandaremos un fuerte mensaje en oposición a la privatización del conocimiento -también lo haremos una cosa del pasado. ¿Estás dispuesto a unirte a nosotros?".

La cita es del Open Access Guerrilla Manifiesto, escrito en 2008 por Aaron Swartz. Programador, escritor, militante anticopyright, Aaron se suicidó hace unos días. Tenía 26 años y era víctima de fuerte persecución judicial a raíz de esa lucha por liberar el conocimiento.
Un buen apunte sobre su vida y sus ideas, en Marcha.

miércoles, 20 de octubre de 2010

"Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de continente, una parte de la tierra; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti"
(John Donne, 1624)

* Algo sobre Mariano, acá. Y otra reflexión, allá.

martes, 1 de junio de 2010

Matrimonio entre raros

Hace unos cinco años que va y viene por la web este texto, que tiene tanta ironía como actualidad. Me lo recordó Clau y lo comparto en este antro de blasfemias:

Estoy completamente a favor del permitir el matrimonio entre católicos. Me parece una injusticia y un error tratar de impedírselo. El catolicismo no es una enfermedad. Los católicos, pese a que a muchos no les gusten o les parezcan extraños, son personas normales y deben poseer los mismos derechos que los demás, como si fueran, por ejemplo, informáticos u homosexuales.

Soy consciente de que muchos comportamientos y rasgos de carácter de las personas católicas, como su actitud casi enfermiza hacia el sexo, o la defensa a ultranza de sus ministros pederastas o de sus arzobispos perseguidos por delitos económicos, pueden parecernos extraños a los demás. Sé que incluso, a veces, podrían esgrimirse argumentos de salubridad pública, como su peligroso y deliberado rechazo a los preservativos. Sé también que muchas de sus costumbres, como la exhibición pública de imágenes de torturados, o las insinuaciones de zoofilia entre una mujer y un palomo, puedan incomodar a algunos. E incluso el que no hayan condenado su pasado bañado en la sangre de víctimas a las que llamaban, según la época, infieles, herejes, rojos o liberales; o espolvoreado con las cenizas de científicos, curanderas (brujas) o simples enfermos mentales.

Pero todo eso no es razón suficiente para impedirles el ejercicio del matrimonio.

Algunos podrían argumentar que un matrimonio entre católicos no es un matrimonio real, porque para ellos es un ritual y un precepto religioso ante su dios, en lugar de una unión entre dos personas.

También, dado que los hijos fuera del matrimonio están gravemente condenados por la iglesia, algunos podrían considerar que permitir que los católicos se casen incrementará el número de matrimonios por “el qué dirán” o por la simple búsqueda de sexo (prohibido por su religión fuera del matrimonio), incrementando con ello la violencia en el hogar y las familias desestructuradas. Pero hay que recordar que esto no es algo que ocurra sólo en las familias católicas y que, dado que no podemos meternos en la cabeza de los demás, no debemos juzgar sus motivaciones.

Tampoco debemos juzgarlos si creen que la mujer es inferior al hombre, e indigna, por ejemplo, de ejercer el magisterio dentro de su secta o iglesia. Y aunque eso violente un principio básico de cualquier constitución civilizada, no por ello debemos ser con ellos tan estrictos como ellos intentan ser con los demás.

Por otro lado, el decir que eso no es matrimonio y que debería ser llamado de otra forma, no es más que una forma un tanto ruin de desviar el debate a cuestiones semánticas que no vienen al caso: aunque sea entre católicos, un matrimonio es un matrimonio, y una familia es una familia.

Y con esta alusión a la familia paso a otro tema candente del que mi opinión, espero, no resulte demasiado radical: También estoy a favor de permitir que los católicos adopten hijos.

Algunos se escandalizarán ante una afirmación de este tipo. Es probable que alguno responda con exclamaciones del tipo de “¿Católicos adoptando hijos? ¡Esos niños podrían hacerse católicos!”. Veo ese tipo de críticas y respondo: Si bien es cierto que a los hijos de católicos, y al contrario que, por ejemplo, ocurre en la informática o la homosexualidad, los inscriben en su secta sin que hayan alcanzado la mayoría de edad, sin consultarles, y sin poder borrarse después, violentando la Ley de Protección de Datos, con el fin de obtener beneficios fiscales de difícil justificación, ya he argumentado antes que los católicos son personas como los demás.

Pese a las opiniones de algunos y a los indicios, no hay pruebas evidentes de que unos padres católicos estén peor preparados para educar a un hijo, ni de que el ambiente religiosamente sesgado de un hogar católico sea una influencia negativa para el niño. Además, los tribunales de adopción juzgan cada caso individualmente, y es precisamente su labor determinar la idoneidad de los padres.

En definitiva, y pese a las opiniones de algunos sectores, creo que debería permitírseles también a los católicos tanto el matrimonio como la adopción.

Exactamente igual que a los informáticos y a los homosexuales.

sábado, 15 de mayo de 2010

"el juego psicogeográfico de la semana"

escoja un país, una ciudad, más o menos poblada, y una calle más o menos bulliciosa, de acuerdo con lo que está buscando. construya una casa. amuéblela. aproveche al máximo los escenarios y los alrededores. escoja la estación del año y la hora del día. reúna a la gente adecuada, con la música y las bebidas adecuadas. obviamente, la luz y la conversación deben ser acordes a la ocasión, al igual que la meteorología o sus recuerdos.
si no ha habido error en sus cálculos el resultado debería satisfacerle.

(En POLLATCH, n°1, 22 de junio de 1954)

Algo me llevó, hoy, sábado, con frío, con mate, a releer unos textos situacionistas que tenía por ahí. La reivindicación de la aventura y de la alegría, en general, y la ironía lúdica de un texto como éste, en particular, me devolvieron la imaginación a un "estado de Muestra Ambulante" (placentero, por supuesto). La "Introducción a una crítica de la geografia urbana" de Guy Debord, por su parte, me quedó picando:

De todos los asuntos en los que participamos con mayor o menos interés, la búsqueda a tientas de una nueva manera de vivir es la única cuestión que sigue siendo apasionante.

(¿Sí? ¿Será la única?)

domingo, 2 de mayo de 2010

“En la hora del triunfo”

Hay que hacer de nuevo las universidades, nuevos planes, nuevas orientaciones; no basta modificar un estatuto, no es suficiente hacerlo más amplio, hay que modificar fundamentalmente todo el sistema; el tipo de sociedad que está naciendo exige cosas que antes eran inconcebibles, y la Universidad, si quiere dejar de ser un parásito y una execrable escuela de castas debe abrirse como una flor a todos los vientos, debe enviar su perfume a todas partes, debe vivir la vida de todos y tener por límites el horizonte. Basta de profesionales sin sentido moral, basta de pseudos aristócratas del pensamiento, basta de mercaderes diplomados; la ciencia para todos; la Universidad del mañana será sin puertas ni paredes, abierta como el espacio: grande. Así, más hermosa aún, más grande, más verdadera será la Universidad, cuando este tipo de civilización egoísta y logrero caiga al empuje de la nueva civilización que avanza, incontenible (…) Suenen las campanas anunciando fiesta y suene como campanas nuestro corazón, porque llegó la hora de la liberación.

  • En Renovación, 16 de julio de 1920.

domingo, 18 de abril de 2010

Neruda: el poeta K que presiona a la Corte Suprema

"Monopolizar cobre es malo. Monopolizar petróleo, café, barcos, trigo, peor. Monopolizar noticias es crimen", afirmó el poeta chileno Pablo Neruda (en 1959). Se trata de otro ataque al grupo Clarín y una obvia alusión a la Ley de Medios K. Con sus palabras, el comunista transandino ejerce presión sobre un poder independiente del Estado argentino.
ADEPA y la SIP preparan un repudio al retrógrado planteo autoritario, ya que “sin una prensa fuerte e independiente no hay democracia


miércoles, 17 de marzo de 2010

Benjamin (II): el mundo infantil

Quería llegar a esta faceta de Benjamin, en la que pensé cuando ví el hermoso trabajo del taller de La vaca de muchos colores (acá y acá) y los viajes imaginarios que sucedieron en el Galpón en la “colonia artística” de febrero. La lista podría seguir con las ediciones de La chicharra y la pasión que los compañeros de Libros animados ponen sobre una biblioteca que consideran “para chicos y grandes”… por mencionar sólo ejemplos del cotidiano de La Grieta.
Benjamin apuntó en su diario personal un diálogo con un coleccionista de libros infantiles en Rusia. Discutían sobre un “gran plan” de Benjamin: una obra de documentación que titularía Fantasía. La colección de libros infantiles del siglo XIX era, quizá, su tesoro más valorado. Decía que eran las publicaciones con las que tenía la relación más cercana.
Sholem contaba sobre su amigo: “durante toda su vida se sintió atraído con una fuerza casi mágica por el mundo y las maneras infantiles. Este mundo fue uno de los temas recurrentes de sus reflexiones y, en verdad, sus escritos sobre la cuestión están entre sus piezas más perfectas”.
En su brillante trabajo sobre La dialéctica de la mirada, Susan Buck-Morss propone que, con excepción de Jean Piaget, no hubo otro pensador moderno que tomara en cuenta tan seriamente a los niños para desarrollar una teoría de la cognición. “Piaget se limitaba a ver desaparecer el pensamiento infantil. Los valores de su epistemología se inclinaban hacia el lado adulto del espectro. Su pensamiento refleja, en el eje del desarrollo ontogenético, el supuesto de la historia como progreso que Benjamin consideraba la marca falsa de la conciencia burguesa. Obviamente, el interés de Benjamin no se dirigía al desarrollo secuencial de las etapas de la razón abstracta, formal, sino hacia aquello que se perdía en el camino”.
La pregunta por las marcas distintivas de la mente infantil era, entonces, la pregunta por aquello que la educación formal clausuraba.
Benjamin no tenía una visión romántica sobre la “inocencia infantil”, pero apreciaba en sus formas de cognición una capacidad revolucionaria de transformación de las cosas. “Los cajones (del pupitre infantil) deben transformarse en arsenal y en zoológico, en museo del crimen y en cripta. Poner todo ´en orden´ sería tanto como demoler una construcción llena de castañas espinosas que son como garrotes con púas, papel de estaño que es plata atesorada, ladrillos que son ataúdes, cactus que son postes totémicos, y moneditas de cobre que son escudos”.
Le interesaba entonces la habilidad para hacer correspondencias por fantasía espontánea. Esa improvisación mimética en la creación era precisamente lo que la socialización burguesa desterraba. Esa inventiva era la “señal” revolucionaria, que “surge del mundo en el que vive el niño y desde el cual da órdenes”.
Benjamín proponía aprender de los chicos. Convocaba a observar sus gestos al pintar, bailar o hacer teatro, para captar el potencial de sus fantasías.El niño no sólo juega a ser tendero o profesor, sino también molino de viento o tren…


IMAGEN: Susan Bee (circulando por ahí)

Benjamin (I): la bofetada del cocinero

Este año, en septiembre sobre todo, se hablará de Walter Benjamin. Nadie le pondrá su nombre a torneos de bolitas, encuentros de payadores y fondos para pagar la deuda externa, como ocurre con el Bicentenario, pero seguro habrá un par de congresos y jornaditas, inspiradas por un aniversario redondo. Sucede que dentro de poco se cumplirán 70 años del día que se quitó la vida uno de los pensadores más lúcidos del siglo XX. Al igual que Antonio Gramsci -y más o menos en la misma época- Benjamin dejó una obra profunda, inconclusa también, reconstruida y comprendida a partir de fragmentos y tardíamente.
Me dieron ganas de hacer un par de entraditas sobre Benjamin, aunque más no sea para recuperar una anécdota suelta o alguna reflexión poco conocida.
Más de uno conoce al Benjamin de los manuales, que lo catalogan como "un pensador de la Escuela de Frankfurt". En verdad, fue un outsider de ese grupo, al que nunca integró formalmente y con el que tuvo una relación contradictoria.
Es más: ni siquiera perteneció a la Universidad de Frankfurt. Quiso, pero la institución objetó la tesis con la que buscó acceder a una cátedra. Fue en 1925. “Me fue imposible extraer algún significado comprensible”, escribió Hans Cornelius, miembro del jurado. Benjamin aceptó retirar la petición para evitar el rechazo. Era un estudio sobre el Trauerspiel, un género literario alemán. (Hoy, por supuesto, ese trabajo está publicado. En español hay un par de traducciones: “El origen del drama barroco alemán”, editado por Taurus en 1990, y “El origen del Trauerspiel aleman”, en el primer volumen de sus Obras, Abada Editores, 2006). Y aquí la anécdota que pinta a Benjamin y su relación con la academia. La primavera siguiente a ese rebote, volvió sobre su estudio y escribió un nuevo prólogo, dirigido a los universitarios de Frankfurt, si bien se lo envió a su amigo Sholem. Lo presentaba como “uno de los trabajos más exitosos” y decía así:
Quisiera contar, por segunda vez, el cuento de la Bella Durmiente.
Ella dormía en su seto de zarzas. Y luego, al cabo de equis años, se despierta.
Pero no la despierta el beso de un príncipe feliz.
La ha despertado el cocinero, al darle al pinche la sonora bofetada que retumbó por el todo el palacio con toda la fuerza acumulada durante tantos años.
Una hermosa criatura duerme tras el seto espinoso de las páginas siguientes.
Que no se le acerque ningún príncipe azul pertrechado con las deslumbrantes armas de la ciencia. Pues, al darle el beso, le ha de clavar los dientes.
Es, antes bien, el autor quien, como jefe de cocina, se ha reservado para sí el derecho a despertarla. Ya va siendo hora de que la bofetada resuene por las estancias de la ciencia.
Entonces despertará también esta pobre verdad que se pinchó con la anticuada rueca cuando se disponía, indebidamente, a tejerse en el desván de un talar profesoral.

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