Antonio Gramsci
Publicado en Avanti!, edición de Turín, 1º de enero de 1916
(Traducción: Fernando Orellana)
________[ crónicas, ensayos y citas ]_
Es inminente la llegada de una nueva revolución y pienso que ahora no se va a dar de afuera hacia adentro, sino a la inversa. Ésta constituirá en la recuperación de nuestros ritos, de nuestras ceremonias, en el establecimiento de una nueva relación con la tierra, con el universo, con lo sagrado. Todo esto sólo es posible en los espacios íntimos. Es ahi, alrededor del fuego, donde surgirá el ´Nuevo Hombre´, como resultado de una labor de pareja. Será un ser que dará tanto valor a la producción como a la reproducción, a la razón como a la emoción, a lo íntimo como a lo público, a lo material como a lo espiritual. Será un ser equilibrado que propiciará el surgimiento de sociedades en equilibrio. Un ser que comprenderá claramente que la realización personal no debe estar ligada únicamente a un reconocimiento público y a una retribución económica. Un ser que cuestionará su participación activa dentro de la sociedad, preguntándose si debe trabajar en una fábrica que está contaminando enormemente el ambiente aunque le estén pagando muy bien por realizar ese trabajo. Un ser que como respuesta buscará otras maneras de producir y obtener ganancias económicas. Un ser que valorará los pequeños actos realizados en la intimidad en su verdadera dimensión y trascendencia, porque entenderá que son actos que están modificando la sociedad de igual manera que los que se realizan públicamente, actos que elevan nuestra condición humana y nos permiten entrar en comunicación con nuestro pasado para saber de dónde venimos y hacia dónde debemos ir.
Aquellos que tienen acceso a estos recursos académicos -estudiantes, bibliotecarios, científicos- han sido beneficiarios de un privilegio. Tienen la oportunidad de alimentarse en este banquete del conocimiento, mientras que al resto del mundo se le prohíbe sentarse a la mesa. Pero no necesitan -y de hecho, moralmente, no deben hacerlo- guardarse este privilegio para sí. Tienen el deber de compartirlo con el mundo. No hay justicia en seguir leyes injustas. Es tiempo de salir a la luz y, en la gran tradición de la desobediencia civil, declarar nuestra oposición a este robo privado de la cultura pública. Necesitamos tomar la información, donde sea que esté localizada y guardada, hacer nuestras copias y compartirlas con el mundo. Necesitamos tomar todas las cosas que están en el dominio público y agregarlas a los archivos. Necesitamos comprar las bases de datos secretas y ponerlas en la Web, públicas. Necesitamos descargar artículos y publicaciones académicas y subirlas a las redes de intercambio de archivos. Necesitamos pelear en la Guerrilla del Acceso Abierto. Con suficientes de nosotros alrededor del mundo, no sólo mandaremos un fuerte mensaje en oposición a la privatización del conocimiento -también lo haremos una cosa del pasado. ¿Estás dispuesto a unirte a nosotros?".
Estoy completamente a favor del permitir el matrimonio entre católicos. Me parece una injusticia y un error tratar de impedírselo. El catolicismo no es una enfermedad. Los católicos, pese a que a muchos no les gusten o les parezcan extraños, son personas normales y deben poseer los mismos derechos que los demás, como si fueran, por ejemplo, informáticos u homosexuales.
Soy consciente de que muchos comportamientos y rasgos de carácter de las personas católicas, como su actitud casi enfermiza hacia el sexo, o la defensa a ultranza de sus ministros pederastas o de sus arzobispos perseguidos por delitos económicos, pueden parecernos extraños a los demás. Sé que incluso, a veces, podrían esgrimirse argumentos de salubridad pública, como su peligroso y deliberado rechazo a los preservativos. Sé también que muchas de sus costumbres, como la exhibición pública de imágenes de torturados, o las insinuaciones de zoofilia entre una mujer y un palomo, puedan incomodar a algunos. E incluso el que no hayan condenado su pasado bañado en la sangre de víctimas a las que llamaban, según la época, infieles, herejes, rojos o liberales; o espolvoreado con las cenizas de científicos, curanderas (brujas) o simples enfermos mentales.
Pero todo eso no es razón suficiente para impedirles el ejercicio del matrimonio.
Algunos podrían argumentar que un matrimonio entre católicos no es un matrimonio real, porque para ellos es un ritual y un precepto religioso ante su dios, en lugar de una unión entre dos personas.
También, dado que los hijos fuera del matrimonio están gravemente condenados por la iglesia, algunos podrían considerar que permitir que los católicos se casen incrementará el número de matrimonios por “el qué dirán” o por la simple búsqueda de sexo (prohibido por su religión fuera del matrimonio), incrementando con ello la violencia en el hogar y las familias desestructuradas. Pero hay que recordar que esto no es algo que ocurra sólo en las familias católicas y que, dado que no podemos meternos en la cabeza de los demás, no debemos juzgar sus motivaciones.
Tampoco debemos juzgarlos si creen que la mujer es inferior al hombre, e indigna, por ejemplo, de ejercer el magisterio dentro de su secta o iglesia. Y aunque eso violente un principio básico de cualquier constitución civilizada, no por ello debemos ser con ellos tan estrictos como ellos intentan ser con los demás.
Por otro lado, el decir que eso no es matrimonio y que debería ser llamado de otra forma, no es más que una forma un tanto ruin de desviar el debate a cuestiones semánticas que no vienen al caso: aunque sea entre católicos, un matrimonio es un matrimonio, y una familia es una familia.
Y con esta alusión a la familia paso a otro tema candente del que mi opinión, espero, no resulte demasiado radical: También estoy a favor de permitir que los católicos adopten hijos.
Algunos se escandalizarán ante una afirmación de este tipo. Es probable que alguno responda con exclamaciones del tipo de “¿Católicos adoptando hijos? ¡Esos niños podrían hacerse católicos!”. Veo ese tipo de críticas y respondo: Si bien es cierto que a los hijos de católicos, y al contrario que, por ejemplo, ocurre en la informática o la homosexualidad, los inscriben en su secta sin que hayan alcanzado la mayoría de edad, sin consultarles, y sin poder borrarse después, violentando la Ley de Protección de Datos, con el fin de obtener beneficios fiscales de difícil justificación, ya he argumentado antes que los católicos son personas como los demás.
Pese a las opiniones de algunos y a los indicios, no hay pruebas evidentes de que unos padres católicos estén peor preparados para educar a un hijo, ni de que el ambiente religiosamente sesgado de un hogar católico sea una influencia negativa para el niño. Además, los tribunales de adopción juzgan cada caso individualmente, y es precisamente su labor determinar la idoneidad de los padres.
En definitiva, y pese a las opiniones de algunos sectores, creo que debería permitírseles también a los católicos tanto el matrimonio como la adopción.
Exactamente igual que a los informáticos y a los homosexuales.
Hay que hacer de nuevo las universidades, nuevos planes, nuevas orientaciones; no basta modificar un estatuto, no es suficiente hacerlo más amplio, hay que modificar fundamentalmente todo el sistema; el tipo de sociedad que está naciendo exige cosas que antes eran inconcebibles, y la Universidad, si quiere dejar de ser un parásito y una execrable escuela de castas debe abrirse como una flor a todos los vientos, debe enviar su perfume a todas partes, debe vivir la vida de todos y tener por límites el horizonte. Basta de profesionales sin sentido moral, basta de pseudos aristócratas del pensamiento, basta de mercaderes diplomados; la ciencia para todos; la Universidad del mañana será sin puertas ni paredes, abierta como el espacio: grande. Así, más hermosa aún, más grande, más verdadera será la Universidad, cuando este tipo de civilización egoísta y logrero caiga al empuje de la nueva civilización que avanza, incontenible (…) Suenen las campanas anunciando fiesta y suene como campanas nuestro corazón, porque llegó la hora de la liberación.
Quisiera contar, por segunda vez, el cuento de la Bella Durmiente.
Ella dormía en su seto de zarzas. Y luego, al cabo de equis años, se despierta.
Pero no la despierta el beso de un príncipe feliz.
La ha despertado el cocinero, al darle al pinche la sonora bofetada que retumbó por el todo el palacio con toda la fuerza acumulada durante tantos años.
Una hermosa criatura duerme tras el seto espinoso de las páginas siguientes.
Que no se le acerque ningún príncipe azul pertrechado con las deslumbrantes armas de la ciencia. Pues, al darle el beso, le ha de clavar los dientes.
Es, antes bien, el autor quien, como jefe de cocina, se ha reservado para sí el derecho a despertarla. Ya va siendo hora de que la bofetada resuene por las estancias de la ciencia.
Entonces despertará también esta pobre verdad que se pinchó con la anticuada rueca cuando se disponía, indebidamente, a tejerse en el desván de un talar profesoral.