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sábado, 22 de marzo de 2014

lecturas/2 – El retorno de los nómades

Últimamente he leído varios libros con alas. El último me lo prestó Ana Colombina y está escrito por Lía Schenck, de quien no sé si nació en Argentina o Uruguay ni cuántos años tiene, pero no importa porque está claro que es una niña y habita un mundo libre de patrias.
De conocerla, le pediría que me mostrara sus pies, porque como dice Lía en las plantas de sus pies los nómades tienen huellas de caminos. Seres hermosos, los nómades:

…tienen alas para volar
pero cuando andan por la tierra
y tienen frío, transforman las alas
en bufandas.
Cuando tienen sueño las transforman
en almohadas y cuando llueve no las
transforman en paraguas y caminan
bajo la lluvia mojándose las alas

El tratado poético de Schenck es un libro que busca en el pasado para ser en el presente. Los nómades, dice, “eran seres humanos que iban y venían tratando de descubrirse y tratando de descubrir el mundo”. Y sigue:

Habría mucho para investigar sobre aquella
existencia pero es bien sabido que ser sedentarios
lleva a los seres humanos casi todo el tiempo de sus
vidas y no les deja tiempo para ese tipo de
investigaciones.
[…]
En cualquier momento de la vida, un sedentario
puede empezar a ver la vida de otra manera si
aprende las maneras naturales de los nómades.

[…] en todo corazón sedentario late un
nómade que quiere ver la luz. Que quiere caminar
en espiral y andar por la lluvia y desplegar
las alas.

[…] es necesario que los
sedentarios estén atentos al período en que
comiencen a desarrollarse las alas.
En esos días y en esas noches, sobre todo en esas
noches, pueden tener sensaciones de vértigo o
náuseas o un incontrolable deseo de llorar
arrepentimientos antiguos. Se recomienda en esos
casos, mirar o recordar el vuelo de los pájaros y
hacer de cuenta que los pies se apoyan en las nubes.


Lía Schenck. El retorno de los nómades. Tratado poético 
acerca de nosotros mismos. Rumbo Editorial, Uruguay, 2009

domingo, 17 de noviembre de 2013

Volar

Escribir es el momento más atrevido de tu miedo
(¿qué será leer?)

Una de las mujeres que amo me prestó un libro con alas. Fue una tarde después de que hablamos mucho de otro libro, uno que todavía está naciendo pero que yo sé que va a volar desde el primer día. Volar y hacer rondas y reescribirse con nuevos relatos porque como dice Guillermo, volando no hay forma de frenar el movimiento, y volando siempre vas para adelante, vayas para el norte o para el sur.
Dice también que las mujeres acostumbran a volar mejor que los hombres y yo estoy de acuerdo: a mí fue una mujer la que me enseñó a volar y la que me prestó un libro con alas, esa tarde en la que hablamos poco de nosotros porque desde que ya no conjugamos el plural a mí me cuesta más aceptar un mate y hablar. Porque al mismo tiempo uno piensa que se tiene que desenamorar y dejar de pensar en un viaje o en una casa o en hijos como gongong, porque al fin y al cabo somos diferentes y no hemos sabido o no nos animamos a volar juntos.
Diferentes significa por ejemplo que yo soy de los que no bailan, o que nunca hubiera comprado este libro que me llenó la cabeza de pájaros, aunque también voy a las flias y me gusta multiplicarlas y llevarlas a otras dimensiones –un par de veces mi trabajo se llenó de gente y libros que vuelan!
Y nunca sé cuán así es la cosa, porque yo antes tampoco escribía una poesía ni un texto como éste, y mientras pienso esto sigo la lectura y leo: “Lo importante no es cuánto tardás en empezar, lo importante es que una vez que hayas empezado no dejes de continuar. Una decisión tomada no se vuelve a servir”.
Transformarse es amar, y viceversa. Eso sí que es así y acaso por eso un subrayado de lápiz revela que dos corazones latieron fuerte con el mismo manojo de palabras.

Lo bueno de este mundo es que está lleno de gente que hace cosas vitales: que construye casas, que trabaja la tierra, que vuela cielos, que compone música y que escribe pájaros y faros.
Entre la sonrisa que me invitó a este libro y el final de la lectura apenas hubo un viaje en bicicleta y una pausa a la madrugada para cocinar. Puro placer.
Si en el mundo hubiera mucha más gente como Guillermo y como Jo, todos sabríamos volar y el cielo estaría lleno de sonrisas y de abrazos; y si alguien se quedara abajo no sabría distinguir las estrellas de la gente leyendo libros prestados que van y vienen, con tanta luz.

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