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viernes, 6 de noviembre de 2015

Descolonizar la historia de la comunicación

La pregunta por la descolonización de los medios no puede eludir un interrogante acerca de los hacedores de esos medios. Se hace relevante entonces problematizar nuestra formación como comunicadores y trabajadores de prensa, desde la perspectiva crítica que se enuncia como meta en los planes de estudio y en nuestras propias prácticas docentes. Sabemos que una herramienta vital para el pensamiento crítico es el conocimiento de la historia. La pregunta sería, pues, ¿cómo investigamos, enseñamos y aprendemos hoy la historia de los medios?
No es una cuestión menor. Como dijo Rodolfo Walsh alguna vez -conversando con Ricardo Piglia, hace 45 años-: “Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes y mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores: la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia parece así como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las otras cosas" (Rodolfo Walsh, 1970). ¿Cuánto hemos indagado la trayectoria de nuestras luchas por democratizar la comunicación y la cultura? ¿y la de los proyectos de construcción de medios propios de los sectores populares en América Latina? Me refiero a una historia que no se remonta simplemente a las radios educativas de la Iglesia católica o a las emisoras sindicales de los mineros bolivianos, sino que va mucho más allá: alcanza a los periódicos de anarquistas y socialistas del siglo XIX, a los pasquines disidentes y clandestinos que prendieron la mecha de algunos fuegos independentistas. O incluso aún más allá.
Los docentes y estudiosos de la historia de los medios debemos hacer una autocrítica: si revisamos los programas de este tipo de materias, de cualquier época y cualquier universidad, casi la totalidad tienen como momento inicial al surgimiento de la imprenta en Occidente. En otras palabras: inician su recorrido con la historia de Europa. O lo que quizá sea peor: si adoptan una perspectiva local o regional, cuentan la llegada de la imprenta, que es precisamente poner el arribo del colonizador como grado cero de la historia.
Tenemos que asumir el desafío de descolonizar nuestras historias de los medios y sistemas de comunicación. Estudiar, por ejemplo, las escrituras de los pueblos originarios de Nuestramérica como los glifos mayas o los khipus incas, que se desarrollaron en forma independiente a cualquier influencia europea y tienen una riqueza aún ignorada.
El colombiano Leonardo Ferreira publicó en 2006 -lamentablemente en inglés- un libro titulado Centuries of silence. The Story of Latin American Journalism. Es probablemente el primer trabajo sobre la historia del periodismo de este territorio que no toma como punto de partida la introducción de la prensa en México en manos de los españoles. Escribe allí: “La reinvención de Gutemberg es obviamente un hito en la evolución de la sociedad, pero las primeras innovaciones en materia de información de sucesos en el Nuevo Mundo comenzaron con los originarios de América y no así con los ibéricos u otros europeos”.
A dos días de la llegada de Cortés a Veracruz, Moctezuma lo supo la noticia con detalles en Tenochtitlán, a través de “reporteros pictográficos” que incluyeron en sus informes a los españoles, sus barcos, perros y caballos. En eso fue clave, además de las formas propias de escritura o representación, un sistema de mensajería a través de postas que aprovechaba la ingeniería caminera azteca. El origen de las telecomunicaciones.
Claro: no había entonces periódicos ni medios audiovisuales, pero no por eso debemos desconocer que sí había personas dedicadas a la producción y distribución de información, que podrían pensarse como los antecedentes más remotos de lo que somos hoy los profesionales de la comunicación. Como escriben Luis Ramiro Beltrán, Karina Herrera Miller y otros investigadores en un reciente libro titulado La comunicación antes de Colón, aquellas prácticas “emergieron ajenas e independientes del desarrollo occidental europeo y desde su acercamiento/choque/mezcla con la cultura del ´viejo mundo´ fueron sistemáticamente sojuzgadas y/o destruidas como parte del proceso inicial de conquista y colonización del sistema cultural prehispánico. De ahí quizás la huella del desconocimiento que históricamente se hace presente no sólo en la subvaloración de las expresiones del mundo cultural indoamericano, indígena en general, sino también en la indiferencia investigativa comunicacional”.
Muchas factores contribuyen a nuestra ignorancia. Algunos son obra de los primeros colonizadores: la destrucción de la mayoría de los materiales (por citar un ejemplo: el obispo Diego de Landa, cuya Relación de las cosas de Yucatán es una lectura habitual para indagar la cultura maya, fue quien en 1562 ordenó la incineración de centenares de “libros” de ese pueblo porque “no tenían cosa que no tuviera supersticiones y falsedades del demonio”) y la enajenación de los que sobrevivieron (de 16 códices, sólo 2 están en América: la mayoría se encuentran en poder de museos europeos). Otros responden a una colonización más reciente, la de nuestras prácticas académicas. Una visión profundamente etnocéntrica, por ejemplo, sesga y limita el estudio de los sistemas de escritura de estos pueblos originarios, por el influjo de aquello que Derrida llamó la “metafísica de la escritura fonética”. Nos dejamos pregnar por lecturas evolucionistas que pensaron toda escritura como un “camino hacia” el alfabeto, signo distintivo de la “verdadera civilización”.
Para Ferreira, el campo académico de la comunicación ha reflejado “inmadurez” y “falta de perspectiva” al “no ocuparse de temas tan históricamente trascendentes como los códices (..) El comunicador americano, en especial el latinoamericano, tiene entonces la responsabilidad de reescribir la historia de los medios masivos del Nuevo Continente. El punto de partida no puede ser otro que el pasado bibliográfico, informativo, artístico y político-legal de sus culturas indígenas”. En ese desafío estamos.

* Publicado en Trinchera, año 3, nº 7, 2015

martes, 5 de agosto de 2014

Pueblo Libre

Suponete que estás fuera del país y te roban la computadora y el pasaporte. Una computadora que vale una fortuna porque realmente vale un montón y también por todo lo que lleva adentro: cada vez más, tenemos la vida dentro de esos aparatos. Y sabés que ya fue, pero como te robaron el documento con el que pasaste la frontera tenés que hacer la denuncia. Tenés que ir a una comisaría, y sabés que una comisaría es lo mismo en cualquier lugar de América latina, y recordás que la última vez que entraste a una fue cuando detuvieron a un militante por ser morocho, joven y pobre. Y entrás nomás, en este lugar que se llama Pueblo Libre pero más bien quisiera ser un Pueblo Seguro, aunque para eso tenga que resignar su libertad.
Estás con tus amigos y toda la bronca que existe en el mundo ese día, porque cada minuto, como si tus pensamientos marcaran el tic tac del reloj, caés en la cuenta de un texto, una foto o una idea que no vas a recuperar. Y los canás están sentados, cinco juntos sin hacer nada, dándote tiempo de pensar. De pensar y reírte de los carteles que tienen colgados ahí mismo, que señalan que "tiempo que pasa, verdad que huye" y convocan a la Policía Nacional a trabajar con "probidad y eficiencia".
Y vos ya querés irte a la mierda, pasar la frontera con el DNI y después denunciar que perdiste el pasaporte frente a un burócrata igual pero que come facturas con dulce de leche: por lo menos te vas a sentir como en casa. Pero finalmente atienden. Hacen el teatro de salir en patrullero a reconocer el lugar y volver con el administrador del hostel, y atienden.
Vos volvés a contar el caso, a contarlo con toda su sencillez, porque al fin y al cabo lo único que querés es el papel que certifica que un burócrata tomó nota de que te robaron el pasaporte. Y aunque le explicás que las dos personas se habían registrado con nombres más falsos que un billete fotocopiado, te tenés que fumar que los busquen en sus registros y que la denuncia se haga contra ellos. Denunciantes: vos y tu amigo. Denunciados: Fulano y Mengano. El administrador del hostel: "participación a determinar". Ya que lo trajeron, lo ponen. De paso, seguí perdiendo tiempo. Jodete por boludo. Fijate qué parecidos son a los canas que conocés. Que te quede claro que la familia policial es latinoamericana, mundial, cósmica: en todos lados funciona con la misma lógica. Que te exaspere que el suboficial tipee lento, con dos dedos, hasta que tengas muchas ganas de correrlo de la silla y escribir vos. Pero no. Es su computadora. Te lo hace saber cuando sin querer minimiza la página y todos lo ven -vos, tus amigos, el hostelero y todos los canas-: la web porno que estaban viendo cuando te hacían esperar, una concha grande como una casa.
-Uy, se nos abrieron todas las páginas -dice uno y te jurás que nunca más en tu vida vas a perder los documentos.
Y estás ahí, ya estás ahí, y si te vas de ahí capaz que te arman una causa, así que la escena sigue. Enumerás los objetos perdidos. Le dictás el pasaporte y también la ID de tu Mac, aunque es una causa perdida. Querés que termine, imprima y salir a matar la bronca con cervezas.
Listo.
Suponete que llegás a pensar que la cosa terminó.
Pero no: no te la pueden imprimir. Tenés que volver mañana, después de pasar por el Banco de la Nación y garpar. La tasa policial: alguien tiene que pagarle la internet para que los canas se hagan la paja cuando no están patrullando las calles.
Pero no: el administrador del hostel se tiene que quedar un rato más, tienen que hablar con él. Y vos sabés: la recaudación no es sólo vía el Banco de la Nación.
Vos, volvé mañana.
Y mañana volvés con el tickecito, para dárselo al cana afectado a imprimir copias certificadas. Volvés mañana para que te digan que tampoco está listo: tiene que firmar el Comisario, volvé mañana, otra vez. Le rogás pero no, mañana.
Y volvés, porque necesitás un maldito registro que diga que tu pasaporte está en manos de otro. Volvés para ver cómo el mismo empleado en la misma silla frente a la misma computadora, le hace la firma al comisario delante tuyo. Volvés para que de una vez estos corruptos pajeros te den el papelito donde obviamente ya no figura el nombre del administrador del hostel, donde vos denunciás a dos personas que todos sabemos que no existen, aunque sólo querías registrar que ya no tenés tu pasaporte, ni tus apuntes de los últimos tiempos, y ya no sabés si reir o llorar y nomás optás por escribir.

viernes, 25 de julio de 2014

Los incas, tan ajenos…

Caminamos por Qosqo/Cusco, vieja capital del imperio incaico, arrasada por la violencia de la conquista. Un símbolo del aplastamiento, similar al que vi unos años antes en México DF: sobre lo que fue la Casa del Sol de los Incas –uno de los testimonios de su enorme conocimiento y capacidad constructiva- los españoles edificaron el Convento de Santo Domingo. Allí, en una enorme sala dedicada a “El arte como medio de evangelización”, ocupa un lugar destacado la enorme pintura que ficciona el encuentro del conquistador Pizarro con Atawalpa. Nada dice del secuestro extorsivo y posterior magnicidio del líder inca, en 1533-34, que dio inició a la devastación del imperio que llegó a tener 9 millones de habitantes.
Apenas quedan restos del viejo templo incaico, convertidos en atractivo turístico. Son ruinas. Como las que vimos antes en Ollantaytambo. Ruinas. Como la inquietante ciudad de Macchu Pichu, “descubierta” por un norteamericano hace poco más de un siglo y convertida hoy en una suerte de Disneylandia de la cultura originaria: se ingresa con dólares y código de barras, se circula en un sentido único y cualquier transgresión a esa cinta de Moebius llama la atención de los guardianes del patrimonio.
El día que estuvimos allí escuché cuando un guía bajito, de tez morena, contaba que el quechua era su lengua nativa, la única que habló durante sus primeros seis años. Sin embargo, hablaba de “los incas” en tercera persona. Pues al parecer los incas son, para todos, el otro. El otro y el pasado. Los incas son esas ruinas y nada más que ruinas. Las placas, los folletos y los museos hablan de una cultura que pereció a fines del siglo XVI, tras el cruel asesinato del líder de Vilcabamba Túpac Amaru (1572).
Todos invitan a mirar a una cultura ajena, anclada en un tiempo lejano, que nada tiene que ver con nuestros días (y menos con nosotros, claro, pues los argentinos “bajamos de los barcos”).
Pero los enormes muros de piedra, los canales que todavía circulan el agua, las referencias sobre el quipu (acaso el único sistema de escritura que utilizaba los colores), no llenan de preguntas. ¿Tan rápido fue todo? ¿No había más incas al final del 1500?
La ficción se cae por su propio peso. Las rebeliones de los siglos que siguieron atestiguan que la historia es más compleja y que nosotros, argentinos que caminamos Macchulandia con extrañeza, no somos tan ajenos.

En el camino de ida y vuelta a la ciudad encontrada y saqueada por el yanqui Hiram Bingham leo los Suenhos tupamaros de Xuan Pablo González, buceador y narrador de relatos y cosmocimientos de los pueblos originarios, gran militante de las ferias del libro independiente (FLIAs) en Argentina. Los levantamientos brotan en las páginas del libro y ni siquiera terminan con la rebelión de Túpac Amaru II, ocurrida entre 1780 y 1782 en la zona de Cusco, donde escribo estas líneas. Nacido en 1738 como José Gabriel Condorkanki, reivindicó su descendencia del "último" inca y lideró la rebelión más grande de la historia colonial. La violencia con que lo despedazaron quiso señalar el final del Tawantinsuyu, que indudablemente seguía latiendo mucho después de la fecha señalada en las placas. Antes y después hubo decenas de estallidos en toda América protagonizadas por mayas, guaraníes, araucanos y mapuches, entre otros pueblos. Los pueblos sacudieron el continente durante todo el siglo XVIII.
En la historia que solemos estudiar está notoriamente silenciada la influencia que aquellas rebeliones, y en particular la tupamara, tuvieron sobre la independencia de nuestros países. Así, cuando sentimos a Cusco y las ruinas incas como algo ajeno, acaso traicionamos la propia historia de próceres como Moreno, Belgrano y Güemes.
Mariano Moreno, el gran intelectual de la revolución de Mayo, se había graduado en la Universidad de Chiquisaca con una tesis sobre la insurrección tupamara. Conoció las ideas del líder rebelde e intentó vincularlas con los planteos de Rousseau para construir un proyecto de independencia. Incluso su adversario, Cornelio Saavedra, reconocía a Tupac como un precursor de la emancipación americana.
En las pugnas por la independencia en nuestros pagos entre 1810 y 1816, tanto Belgrano como San Martín y Güemes fueron partidarios de restituir la autoridad incaica, con una suerte de monarquía constitucional sudamericana. Belgrano asumía que los incas habían sido “destronados con la más horrenda injusticia por los españoles”. Y no era un delirio solitario. La reivindicación de los pueblos originarios no estuvo nada ausente en esos años. Vale recordar la versión original del himno argentino, escrito por Vicente López y Planes y adoptado en 1813, que en una de sus partes decía:
“Se conmueven del Inca las tumbas
y en sus huesos revive el ardor
lo que ve renovando a sus hijos
de la Patria el antiguo esplendor”

Esta estrofa fue borrada cuando la canción patria se reformó en 1900 por un decreto del presidente Roca, que culminó el proyecto de la burguesía porteña que había resistido las ideas de aquellos próceres del ´10.
Un siglo antes de Roca, el Tahuantinsuyu no nos era ajeno. Tras la revolución de mayo, Castelli y Monteagudo se lanzaron a recorrer el noroeste (el Kollasuyu) para propagar la rebelión entre quechuas y aymaras. Uno de los pocos cañones de su Ejército llevaba el nombre de Túpac Amaru. “Ahora somos todos iguales”, repetía Castelli y hablaba de la justa distribución de tierras y la abolición de tributos que los españoles habían impuesto a los indios. También promovía la creación de escuelas bilingües: quechua-español, aymara-español. Una propuesta similar sostuvo en el Congreso un diputado por Santiago del Estero, partidario de Belgrano: que en todas las provincias se establecieran escuelas de quechua, para que progresivamente éste se convierta en el idioma nacional.
El escudo argentino, contemporáneo al himno, fue diseñado por un descendiente de incas que antes había luchado en la rebelión tupamara de 1780. Tras la derrota se exilió en Potosí, luego en Córdoba y finalmente en Buenos Aires, donde se vinculó a los revolucionarios criollos. La Asamblea de 1813 que aprobó el escudo y el himno, afirmó además que los indios, “nuestros hermanos”, eran “hombres perfectamente libres”. La declaración no se tradujo al inglés o al francés, sino a tres idiomas de acá: guaraní, aymara y quechua.
Ese mismo año se instaló en Buenos Aires Juan Bautista Túpac Amaru, hermano menor del líder revolucionario. Con 73 años y luego de sufrir la prisión en África, era el candidato de Belgrano a ocupar el trono de las “Provincias Unidas Sudamericanas”. Juan Bautista murió en la capital argentina y fue enterrado sin tumba ni lápida. Aquí en Cusco, esta ciudad que nos parecía tan lejana, nos topamos con un sitio donde resguardan tierra recogida en el cementerio de la Recoleta, como forma de recordar al descendiente inca.
Y seguimos caminando por esta ciudad, una de las capitales de Nuestraamérica, buscándonos, encontrándonos, sorprendiéndonos.


viernes, 13 de junio de 2014

El relevo

"...En estos 20 años ha habido un relevo múltiple y complejo en el EZLN.
Algunos han advertido sólo el evidente: el generacional. 
Ahora están haciendo la lucha y dirigiendo la resistencia quienes eran pequeños o no habían nacido al inicio del alzamiento. 
Pero algunos estudiosos no se han percatado de otros relevos:
El de clase: del origen clase mediero ilustrado, al indígena campesino.
El de raza: de la dirección mestiza a la dirección netamente indígena.
Y el más importante: el relevo de pensamiento: del vanguardismo revolucionario al mandar obedeciendo; de la toma del Poder de Arriba a la creación del poder de abajo; de la política profesional a la política cotidiana; de los líderes, a los pueblos; de la marginación de género, a la participación directa de las mujeres; de la burla a lo otro, a la celebración de la diferencia.
No me extenderé más sobre esto, porque ha sido precisamente el curso “La Libertad según l@s zapatistas” la oportunidad de constatar si en territorio organizado vale más el personaje que la comunidad.
En lo personal no entiendo por qué gente pensante que afirma que la historia la hacen los pueblos, se espante tanto ante la existencia de un gobierno del pueblo donde no aparecen los “especialistas” en ser gobierno. 
¿Por qué les da terror el que sean los pueblos los que manden, los que dirijan sus pasos propios?
¿Por qué mueven la cabeza con desaprobación frente al mandar obedeciendo?
El culto al individualismo encuentra en el culto al vanguardismo su extremo más fanático. 
Y ha sido eso precisamente, el que los indígenas manden y que ahora un indígena sea el vocero y jefe, lo que los aterra, los aleja, y finalmente se van para seguir buscando alguien que precise de vanguardias, caudillos y líderes. Porque también hay racismo en la izquierda, sobre todo en la que se pretende revolucionaria. 
El ezetaelene no es de ésos. Por eso no cualquiera puede ser zapatista".

Eso: no quería dejar de decir que me parece emocionante y que acaso sea uno de los hechos políticos más importantes de nuestra época, de esos que muchas veces se reconocen mucho tiempo después.

jueves, 20 de marzo de 2014

Una historia de los medios “desde abajo”

Otra Ramona: fue editada en el Chile
de la Unidad Popular, por la editorial
Zig-Zag, parte del proyecto de forjar
una "industria cultural revolucionaria"
“…tratan de borrarnos la historia porque saben que las luchas de liberación son semillas, los ejemplos sirven de simiente para los que vienen atrás, las experiencias se suman y entonces los luchadores saben que deben hacer y que no, aunque mayormente prefieran darse cuenta por sí mismos” (Guillermo de Posfay)

Cuatro años atrás, cuando con un grupo de colegas del área de comunicación de la UNQ escribíamos el plan de estudios de la Tecnicatura en Gestión de Medios Comunitarios que hoy tiene plena vida, decidimos incluir “Historia de los medios de comunicación” como parte de la formación obligatoria, acompañando la construcción de saberes sobre planificación y gestión, el derecho a la comunicación, la economía social, y la teória-práctica de la comunicación transformadora.
Hace unos meses me convencí del sentido de ese curso. Estábamos bocetando un diplomado en prácticas de comunicación popular, un trayecto formativo más breve que podrá cursar cualquier persona mayor de 16 años y que recorrerá distintos puntos del país como parte de la política de extensión y educación popular de esta Universidad pública. Cuando yo dudaba sobre la inclusión del curso histórico, una compañera me refutó:
- No: Historia tiene que estar, es la materia para construir memoria popular. Nuestras organizaciones necesitan eso.

Esa tarde recordé aquella frase muy citada de Walsh (originada en una entrevista con Ricardo Piglia que nunca se publicó completa), en la que el creador del diario de la CGT de los Argentinos, el Semanario Villero, ANCLA y Cadena Informativa dice: “Nuestras clases dominantes han procurado siempre  que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes y mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores: la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia parece así como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las otras cosas".
Construir este curso, en el marco de este proyecto de una universidad pública y popular, planteaba tres desafíos: indagar la historia de los medios –todavía un campo de conocimiento muy incipiente-, hacerlo desde América Latina y además pensarla desde los sectores populares, recuperando sus experiencias de apropiación de estas tecnologías y el rol de la comunicación en los procesos de transformación social.
Se trata de desafíos permanentes, que cobrarán vigencia y tendrán nuevas respuestas con cada grupo de trabajadores-estudiantes. La carpeta del curso, que es lo que venía a compartirles acá, es sólo un disparador para introducir el tema y movilizar algunas inquietudes. Está recién terminada y quería compartirla. Bienvenido sea que ruede, que se discuta, que vaya y venga con agregados y preguntas. Lo importante es aportar a una memoria popular que no sea propiedad privada de nadie, que nos enseñe las lecciones del pasado no para repetirlo, sino para esquivar las piedras con las que alguna vez tropezamos; no para aplicar recetas, sino para inventar con más potencia.




domingo, 22 de abril de 2012

Venezuela: lecciones de abril

El intento de derrocamiento del presidente Hugo Chávez en abril de 2002, organizado y liderado por los principales multimedios privados, fue una dura lección para la Revolución Bolivariana, que encaró una pelea contra el “latifundio mediático” a través de medios públicos y comunitarios. Una década más tarde, los protagonistas cuentan cómo pasaron de ir contra la corriente a organizar nuevos sistemas de comunicación.

[En La Pulseada N° 98, abril de 2012] > Leer más...

martes, 30 de noviembre de 2010

Doble

Caramba. Acaban de llegarme dos revistas: la amiga paranaense Barriletes y la mexicana Consideraciones. En ambas está mi nombre. Pienso este año (...entramos en época de cervezas y balances) y ciertamente ignoro cuándo tuve tiempo de escribir esas cosas, pero por las dudas no les voy a desmentir la firma. Debo haber sido yo, de madrugada, como casi siempre.

viernes, 29 de octubre de 2010

Opciones

“…esta puta suerte que nos puso en frente a un tipo impresentable que nos ganó el corazón y la cabeza y se fue” (Vero, en un mail)

“Nos sorprendieron estos años reconociéndonos como oficialistas, aunque sea en una reunión para hincharle las pelotas a un interlocutor miserable” (Mariano, en su blog)

“Yo no sabía que éramos tantos...” (Brienza, en Facebook)

La primera vez que escribí sobre Kirchner (no fueron muchas) fue en un diario local, en marzo de 2003. El director era candidato a intendente por un partido que habían fundado Luis Duhalde y Ramón Torres Molina, por entonces de los poquitos definidos como “kirchneristas”. Me acuerdo que no le gustó. Mi nota era una invitación a votarlo, pero el argumento era “el mal menor”. Sí, yo soy uno de esos: un kirchnerista de segunda vuelta. Y como el balotaje se canceló, no llegué a votarlo para Presidente.
Después vinieron algunas sorpresas. El kirchnerismo fue menos de lo que queríamos pero más de lo que esperábamos; y, siendo sinceros, quizá más de lo que merecíamos. No olvidemos que en aquella elección, los dos candidatos de una derecha explícita -que sugerían sacar las fuerzas armadas a la calle- sumaron cerca del 50% de los votos. Al pingüino no lo había votado casi nadie (El año pasado, sin ir más lejos, perdió las elecciones con De Narváez).
Hubo políticas valiosas, otras de mierda. Todas las discutimos. Lo más interesante fue eso: de a poco, volvió la militancia. No la trajo Kirchner solo, claro; nadie se olvida del 2001 y antes. Pero el kirchnerismo reabrió la posibilidad de debatir en el espacio público y politizó, a favor y en contra. Muchos jóvenes se encontraron con la política como algo nuevo: ése es, siento, el testimonio de mi generación.
Pienso en mi época del colegio secundario. Los que estábamos en el centro de estudiantes éramos medio bichos raros. Así nos daban a entender compañeros que estos últimos años descubrí movilizados, haciendo y discutiendo política apasionadamente.
Para mi no era tan nueva, porque tuve suerte con la familia que me tocó. Pero me acuerdo que cuando empecé a prestarle atención, lo mejorcito que uno encontraba en la tele era el Frepaso. Ay... Me vienen imágenes. Hacían apagones contra las tarifas de Edesur. Pedían organismos de control… Progresista era combatir la corrupción y nada más.
Algo de eso escribí hace dos años y medio, cuando sucedió el conflicto entre el gobierno y las patronales del agro por el aumento de las retenciones, y en La Pulseada apuntamos unas columnitas de urgencia. La medida me parecía insuficiente y el debate mal planteado, pero yo expresaba mi alegría: sentía que la discusión política retornaba a la vida cotidiana. Volvían palabras olvidadas y se corría el horizonte de lo discutible.
Por esa misma reivindicación de la política, estos días me duelen las noticias. Primero el asesinato de Mariano Ferreyra –sí: en manos de una burocracia sindical que avalaron- y luego la muerte de Kirchner, que también murió militando. Porque no falleció “un ex presidente”, como Alfonsín: murió un diputado que hace unos meses destrabó el matrimonio igualitario; murió el secretario general de la UNASUR, la comunidad latinoamericana que hace un mes frenó un golpe de Estado. Murió un tipo que estaba en todas, incluso varias que no comparto. Murió y quedamos con la boca abierta, quizá temiendo perder aquello que no reconocíamos haber conquistado.
Leí por ahí a un amigo hablando de bonapartismo y me enojé con Marx. Volví a escuchar clientelismo y respondí con ironía: “sí, estaban todos por el pancho, la coca y la netbook". Miré de lejos por tele. Hablé por chat hasta que me harté, y al final opté por ir a la plaza que se había ido llenando en el día. Llegué ahí, digamos, en segunda vuelta.
La plaza desbordaba. Desbordaba de gente y desbordaba a aquellas etiquetas fáciles que suelen explicarnos la política. Desbordaba también a los esquemas de los militantes viejos, porque no había zonas delimitadas ni se disputaba el protagonismo de las banderas. Y desbordaba las palabras, porque nadie encontraba una que nombrara esa extraña suma de dolor, miedo y esperanza, de angustia y sorpresa, de cuántos qué somos, de ahora qué hacemos… ¿Qué haremos?
Seguramente votemos a Cristina el año que viene. Ojalá vaya con Sabatella, dijimos. Ojalá lea la plaza de ayer: esa juventud sin aparato, esos sueños sin recetas.
-Otra vez, uno termina siendo kirchnerista por obligación –me dijo un amigo por MSN, al final del segundo día monotemático, pegados a la compu y el televisor. Pero no. No es una obligación: es una opción. Uno elige. Y sí: opta por el mal menor, por la sorpresa, por algunos proyectos y algunos compañeros, por Bonaparte, por el tipo impresentable que ahora extrañamos. Y en esa opción, también construye, porque las cosas también ocurren de abajo hacia arriba.
Tengo la sensación de que lo que viene será de una forma por lo que hubo en la plaza estos días. Y que si no, sería diferente.
En ese sentido, no soy pesimista. Creo que vienen tiempos interesantes, como todos estos años en América Latina. Me da gusto vivir esta época. Optar en ella. Incluso equivocándome.


PUBLICADO EN LETERCERMONDE.COM
AQUÍ, FOTO
DANIELA CAMEZZANA (Dulce Pandillera)


Addenda nocturno: Un ratito después de estas líneas, el colega Pablo Marchetti (de Barcelona) escribió un texto imperdible: Nosotros. Vale la pena. Si en lugar de escribir "Opciones" hubiera recurrido -como ayer- a los links, éste estaría en primer plano.

miércoles, 2 de junio de 2010

Un mañana

Pascual tiene mi edad y está preso por una ley de Pinochet. Es mapuche y nació en Temuco, al sur de “Chile”: ciudad chiquita pero capital de la IX Región, ciudad fragmentada, ciudad llena de comercios y malls, donde alguna vez vivió Neruda y toda su familia, aunque esa condición convoca a pocos y apenas una placa de madera -que puso un viejo loco, por iniciativa propia- señala la casa que habitó el poeta.
Pascual tiene mi edad y mi oficio, y estuvo por acá desde el 2003, cuando huyó de la persecución política. Hasta hace poquito andaba por estas calles. Ahora está encerrado. Preso en un país raro donde el día es corto, los libros son carísimos, los taxistas dan ticket y no se entiende bien qué tiene el socialismo de socialista.

Chile es un Estado adelantado en materia de leyes antiterroristas, esos engendros jurídicos propios del derecho penal del enemigo que de un tiempo a esta parte se promovieron en nuestros países para criminalizar a la protesta. Rige una norma de la dictadura que impone enormes penas para “delitos” como tomas de terrenos. En 2009, el Comité de Naciones Unidas para la Eliminación de la Discriminación Racial instó a no utilizar esa ley contra ciudadanos mapuches por demandas sociales vinculadas a sus tierras ancestrales, pero el Estado chileno sigue aplicándola. Hoy Pascual Pichún Collonao está preso en un penal de Traiguén por una causa armada en 2002, cuando su comunidad resistía la avanzada de multinacionales forestales.

Yo lo conozco como Manu. Así se presentó en el 2006, si mal no recuerdo, cuando empezamos a romper las pelotas con el justo reclamo por los restos humanos de pueblos originarios que el Museo de La Plata atesora como trofeos de guerra. La nota de La Pulseada fue tapa de un número aniversario de Azkintuwe, el periódico mapuche del que él era corresponsal y que se edita en Temuco, su tierra natal, la que lo obligó a irse y la que lo tentó a volver.
Para todos en La Plata era Manu. Manuel Lonkopan: tal el nombre que adoptó en el exilio.

Manu, Pascual, se convirtió en nuestro colega por obra del destierro, cuando llegó a Argentina pidiendo asilo político. Tenía 20 años. Se anotó en la Facultad, donde cursaba cuarto año; colaboró con un par de cátedras, dio clases en alguna cárcel, y siguió militando por los derechos de los pueblos originarios. Conducía el programa La Flecha en Estación Sur, una radio comunitaria que está cumpliendo sus primeros cinco años. Pero extrañaba. El paisaje, la lucha, la familia, todo eso y más; quién sabe.

Cafetear: así dicen en Temuco cuando te invitan un café. Acaso extrañaba eso, también, por qué no. O los atardeceres. O algún abrazo fraterno.
Además de ser la capital de la región más conservadora de Chile (en ella la dictadura pinochetista ganó su plebiscito; y fue la única donde Bachelet perdió las elecciones, en su momento), Temuco tiene una gran población mapuche, la más grande en proporción, aunque no se note en el centro urbano, donde la escena está dominada por farmacias que parecen supermercados o estaciones de servicios. Sí: algunas abren las 24 horas y tienen grandes playas de estacionamiento. En el centro hay una por cuadra, a veces tres en una misma esquina, y lucen promociones: “lunes y jueves, 20% de descuento” o “viernes, 40% en genéricos”. Uno se imagina la gente aprovisionándose de medicamentos que no necesita. Cosa de locos. Herencia de Pinochet, quizá, aunque ya no se puede cargar de todas las culpas al dictador. Hay que empezar a asumir otras responsabilidades. Tras dos décadas de “democracia”, Chile tiene presos políticos. Uno es Pascual Pichún -para nosotros Manuel Lonkopán.

En Facebook también es Manu, aunque en su “muro” reencuentra palabras de afecto tal como las escuchaba de chico. Ahí es “fan” de Azkintuwe, de la revista RDI, de La Pulseada, de Osvaldo Bayer, de “dormir abrazados” y de Calle 13. Sus compañeros de ruta le dejan abrazos y mensajes en lenguas mixturadas. Ahí colgó la foto que acompaña este post, el 30 de diciembre pasado, con el título “Cordillereando”. Volvía. Quería volver. El exilio produce una honda sensación de desamparo, de vivir a la intemperie, escribió Gelman una vez.
Sabía del peligro. Pero necesitaba volver.

Los carabineros lo detuvieron el 26 de febrero, el día anterior al terremoto que conmovió al mundo. Estaba con su hermano Rafael. Iba a ver a la familia, a abrazarse después de años. Ahora está encerrado. Compañeros de aquí y allá expresan solidaridad. Van apareciendo más y más adhesiones. En la web circula un documental de María Teresa Larraín: “El Juicio de Pichún”. Este domingo, una de las “5 Plazas” con que Estación Sur celebra su aniversario, estará dedicada a reclamar por él y todos los mapuches perseguidos. Será en el Parque Saavedra -en La Plata, la ciudad que lo refugió- desde las 14 horas.

“Agradezco a cada uno de los amigos que me han acompañado en estos años y me han enseñado el valor de un ser humano. Pero sobre todo han estado en los momentos tristes y felices que se descubren en el camino de lucha que compartimos”, dice Pascual, Manu, en una carta desde prisión. “Me apresto a iniciar este camino, nuevamente soy uno de los cuántos peñi presos por soñar, siendo perseguido y temiendo ser asesinado por esta falsa democracia. Siendo esta la forma en que ellos celebran su bicentenario, pero nuestra historia es mucho más que doscientos años, más que esta ciudad, que estas cárceles. Por eso sonreímos todo el tiempo y le encontramos sentido a la vida e intentamos pensar en un mañana, en un futuro para nuestros hijos”. Manu es Pascual, que tiene 27 años y esa serenidad. Está en una cárcel de Traiguén. A nosotros nos toca estar en las calles y en las plazas, por él y por todos. Por ese mañana.


sábado, 22 de mayo de 2010

El festejo pendiente

Cuando cumplió 40, Serrat cantaba: “hace 20 años que tengo 20 años”. Parafraseándolo podríamos decir que hace 100 años que Argentina tiene o dijo tener 100 años. Ahora se cumple un siglo, entonces, del Centenario de la Revolución de Mayo, cuando el Estado decidió –entre otras alternativas y con un poco de ficción histórica- conmemorar también el Centenario de la Nación Argentina.
Lo hizo poniendo la política bajo la alfombra y el conflicto social tras las rejas. En mayo de 1910 se contaban por miles los presos políticos. Cuando las centrales obreras reclamaron por esa situación con una movilización de 70.000 personas, el presidente decretó el estado de sitio y el Congreso habilitó la pena de muerte.
Con esa “paz” forzada se vivieron los desfiles militares, las inauguraciones de monumentos, las exposiciones de arte, las galas en los teatros y la mediocre convocatoria de visitas extranjeras, entre las que se destacó la Infanta Isabel de Borbón, hermana del rey de España Alfonso XIII.
Este año se nos propone festejar el “Bicentenario argentino”. Todo sucede en ese marco y todo lleva su nombre: desde un torneo regional de bolitas hasta un fondo para pagar la deuda externa.
Recibimos el segundo siglo de la Nación en un contexto diferente al primero. La política, después de una década de adormecimiento, ha recobrado su efervescencia: se discuten medidas impositivas, se habla de la deuda, se cuestiona la “independencia” de la justicia y los intereses mediáticos están a flor de piel. La propuesta de una asignación por hijo, bandera de organizaciones sociales primero e iniciativa del gobierno después, pone la política en primer plano, como también lo hace Mauricio Macri cuando descarta “matar a todos” los limpiavidrios por ser una medida “inaplicable”.
Pero lo que la Argentina actual comparte con la del Centenario -y también con el día cero de la Patria, cuando sea que empiece la cuenta- es una tremenda desigualdad social. No hay miles de sindicalistas apresados pero sí miles –muchos miles más- de jóvenes pobres poblando las cárceles del país. Cada vez más jóvenes y cada vez más pobres, finalmente ellos también son presos políticos. Y son víctimas de una deuda que cumple dos siglos.
De 1810 a 2010 los habitantes de esta porción del mapa han conocido y protagonizado sucesivas luchas y construcciones políticas que buscaron un país económicamente sustentable y socialmente más igualitario. Ninguna tuvo logros duraderos.
Así, la Argentina festejará su Bicentenario recostada sobre el crecimiento de una economía que apuesta al monocultivo de soja y a industrias sucias como la minería, que está condenando a la desaparición a distintas comunidades. Y lo hará con desfiles en avenidas y calles céntricas que las distintas policías, con o sin códigos contravencionales aprobados, “limpiarán” de indigentes para la ocasión.
En otras palabras, llega a su Bicentenario con esa deuda profunda que comparte con casi todos los países del mundo, cuyos modelos socioeconómicos atentan contra el planeta y condenan a buena parte de su población al hambre.
Y acaso es sintomático que estos “aniversarios nacionales” sigan pensando en una patria chica, propia de la América fragmentada que nos legó la insolidaridad. Porque si pensamos realmente en una Patria Grande, la efeméride cuyo festejo nos agobiará este mes ya lleva 19 años. El verdadero Bicentenario nos pasó inadvertido. Nadie se vistió de gala en 1991, cuando se cumplieron dos siglos de la revolución negra de Haití, una admirable rebelión de esclavos que no se enseña en las escuelas aunque produjo la primera independencia en América Latina.
Aquí, donde todavía soñamos sueños europeos, no se piensa en Haití. Miramos Centroamérica de reojo, por caridad, cuando sucede un terremoto. Pero pensar Haití –o Guatemala o cualquiera de esos países que conocemos poco y nada- nos incomoda. Allá la deuda interna es inocultable. No hay exitismo futbolero, ni Oscar, ni crecimiento a tasas chinas, que tape las consecuencias monstruosas del capitalismo. Haití es un país chico y un espejo grande. Junto a la memoria digna de la rebelión pasada encontramos una patria dominada, partida al medio. El espejo del país hermano nos devuelve la realidad cruda: la que requiere menos estatuas y eventos pomposos, y más cambios estructurales para acabar con el hambre después de tantos siglos y poder festejar de verdad.
  • Editorial de La Pulseada N° 79, mayo de 2010.

martes, 12 de enero de 2010

Salió en México, tardíamente, el número de Folios -una revista de discusión y análisis político- dedicado a pensar la revolución cubana en su cincuentenario.
La presentación, acá (Si encuentro la versión definitiva de mi texto, prometo colgarlo).
Una crítica furibunda por defender al totalitarismo, allá, en Letras Libres (Si encuentro mi texto, verán que la cita está mal hecha: donde dice "destacable", léase "descartable").
Mi postura, en pocas palabras y sin el disfraz académico que nos endilgan, en uno de los primeros post de este blog: Las cosas en claro.

domingo, 5 de abril de 2009

Cuentos sin fronteras

“Es claro que existen, al menos, dos cosas que están por encima de las fronteras: la una es el crimen que, disfrazado de modernidad, distribuye la miseria a escala mundial; la otra es la esperanza de que la vergüenza sólo exista cuando uno se equivoca de paso en el baile y no cada vez que nos vemos en un espejo. Para acabar con el primero y para hacer florecer la segunda, sólo hace falta luchar y ser mejores. Lo demás se sigue solo y es lo que suele llenar bibliotecas y museos”. Así dice el Subcomandante Marcos en el anteúltimo párrafo de La historia del ratoncito y el gatito, uno de los relatos compilados en “Los otros cuentos”, un libro+CD recientemente editado por la Red de Solidaridad con Chiapas que será presentado este mes en La Plata.
El libro tiene una edición prolija, atractiva y colorida, ilustrada con imágenes de la rebeldía chiapaneca: reuniones de las “Juntas del Buen Gobierno”, encuentros de mujeres y hermosos murales pintados en escuelas creadas por los zapatistas en sus territorios autónomos. Impreso en la Cooperativa Chilavert, compila una docena de narraciones breves de Marcos, como “La historia del aire de la noche”. Las mismas historias suenan en el CD, con la polifonía de doce voces invitadas: tres referentes del movimiento de derechos humanos –representado en tres generaciones: Alba Lanzillotto, de Abuelas de Plaza de Mayo; Nora Cortiñas, de Madres-Línea Fundadora; y Eduardo Nachman, de H.I.J.O.S.-, cinco actores reconocidos –Daniel Fanego, Manuel Callau, Julieta Díaz, Gastón Pauls y Juan Palomino-, los músicos León Gieco y Daniel Viglietti, la periodista Liliana Daunes y el escritor Eduardo Galeano.
Acaso es discutible la selección de relatos, hecha entre tantas palabras lanzadas al mundo por “el Sub” desde la insurrección del 1° de enero de 1995 que convirtió al Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en un foco de atención global, con admiradores y detractores. Lo que nadie cuestiona es la vocación de la iniciativa, sobrecargada de símbolos: la participación de consagrados “artistas solidarios”, la grabación del CD en los estudios de la radio comunitaria La Tribu, la impresión en una gráfica recuperada, su primera presentación en el Hotel Bauen, otra empresa salvada y autogestionada por sus trabajadores...
La iniciativa, que llevó muchos meses de sueños y trabajo, se concretó a fines de 2008 y llegó a ser presentada en el Festival de la Digna Rabia con el que los zapatistas celebraron 25 años del origen de su movimiento y 15 del levantamiento que los presentó ante el mundo, en tiempos en que México consolidaba su tratado de libre comercio con Estados Unidos y toda América Latina estaba siendo arrasada por el remate del Estado y la apertura comercial.
Todo se hizo con alegre rebeldía, cuentan los impulsores, usando una expresión de los insurgentes de Chiapas. Y como la alegría es contagiosa, la edición pudo pagarse con ventas anticipadas. Ahora la Red de Solidaridad apuesta a la venta directa, a un costo de 30 pesos; mientras que el sello Suramusic distribuye la obra en distintos puntos del país. Ambas alternativas pueden consultarse en la web del proyecto: www.otroscuentos.org. El dinero recaudado será destinado “a las Escuelas Autónomas Rebeldes Zapatistas o a lo que las Juntas de Buen Gobierno consideren conveniente”, según se advierte en una de las primeras páginas de la publicación.A poco de la salida del libro y el disco se empezó a gestar su difusión en La Plata. La posta la tomó el grupo Identidades, que hace años desarrolla un trabajo solidario en torno a la interculturalidad en las escuelas (La Pulseada N° 43). La presentación será en el Galpón de Encomiendas y Equipajes, espacio cultural construido por el colectivo La Grieta durante los últimos cinco años (La Pulseada N° 37), donde desde marzo funciona la “Biblioteca de La Chichara” como una sala de lectura no convencional. El viernes 24 de abril, a las 20.00 hs., en 18 y 71, sonará la música de aquella alegre rebeldía y brillarán los colores de un ejército insurgente que supo conquistar una amistad sin fronteras. Porque como concluye el relato sobre el gatito y el ratoncito, leído por la voz del joven docente e integrante de H.I.J.O.S. que milita esa hermandad: “No es necesario conquistar el mundo, basta con hacerlo de nuevo... Salud y sabed que, para el amor, una cama es sólo un pretexto; para el baile, una tonada es sólo un adorno; y para luchar, la nacionalidad es sólo un accidente meramente circunstancial”.
  • Publicado en La Pulseada N° 68, abril/09 (número aniversario ¡7 años!).

martes, 10 de marzo de 2009

Cuba (III): Las cosas en claro

Es difícil saber si, clausurado el criminal bloqueo que la isla sufre hace añares, sería posible una prensa plural como la que –de hecho- existió en los primeros años posteriores a la revolución. En Cuba hay sólo un diario, y es asquerosamente oficialista.
Cuesta dilucidar si hay buenos cuadros medios –pareciera que sí, pero tienen poco protagonismo- y es abismal la diferencia de nuestras culturas políticas: nos resulta increíble la persistente legitimidad de algunos líderes que parecen eternos. Sí, Cuba suena a gerontocracia: Fidel dejó el lugar a Raúl, y hasta el ministro de la Informática y las Telecomunicaciones es un veterano de 76 que asaltó el Moncada, navegó en el Granma y estuvo en la Sierra Maestra.
Mucho de lo que se dice cierto. Hay dirigentes cuyos beneficios suenan excesivos; hay quienes quieren salir del país y no pueden; y en el país de la educación y la salud, gana más quien se aboca al turismo que un maestro, un enfermero o un médico.
Otro tanto se exagera. Los cubanos votan; los cubanos discuten política. Tienen una educación formidable. Toda la tele es de aire y hay dos canales educativos. Y algo clave: son concientes de sus problemas. Saben que hay mucho para hacer o reconquistar.
Entre todo, sigue vigente la certeza que dispara un cartel, a la vera de una ruta:
- 200 millones de niños en el mundo duermen hoy en la calle. Ninguno es cubano.
Y uno piensa en su país, en los pibes con hambre a los que el Estado mata a palos o quiere meter en cana. La frase estremece. Ninguno es cubano. Partamos de esa base. Después discutimos el resto.

  • Publicado en La Pulseada N° 67, marzo de 2009, que ya salió.
IMAGEN Tapa de La Pulseada 67 (FOTO RICARDO NAVONI)
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viernes, 6 de marzo de 2009

Cuba (II): El festejo que no fue

Los empleados cubanos de Migraciones se cansaron de ver argentinos. Entraron centenares en muy poquitos días. En las casas de familia de Santiago, la ciudad más hospitalaria de Cuba, preguntaban por qué tantos, si era que habían brotado de la tierra. Cualquier cuartito de más, habilitado o no por el Estado, se convirtió en alojamiento. La Plaza de Marte se pobló de mates.
- Venimos por el cincuentenario de la revolución.
- Por los 50 años del triunfo de la revolución –aclaró alguien, cerca del cuartel Moncada, ese que Fidel Castro intentó tomar el 26 de julio de 1953. Entonces hubo muertes y largas prisiones donde se bocetó el programa político de una lucha que persistió.
Hoy el Moncada –como otros antiguos cuarteles- es un predio utilizado por instituciones educativas. A la entrada hay un museo que cuenta aquel primer intento, aquella derrota. La historia los absolvió.
Fue el 1° de enero de 1959 cuando el dictador Fulgencio Batista huyó de la isla, asediado por los barbudos que bajaron de la Sierra Maestra y, sobre todo, por el pueblo que los apoyó. Una semana después, los revolucionarios ingresaban triunfantes a La Habana.
De eso se cumplieron 50 este enero. Luego vinieron las reformas agrarias, la alfabetización masiva, alimentos y salud para quienes nunca habían tenido. Hubo que resistir invasiones y desmontar intentos de magnicidio. En 1961, en plena guerra fría, la isla se declaró socialista.
- 50 años en revolución –remarcan algunos carteles.
Así es. Y Cuba no brindó festejos de una efeméride sino lecciones cotidianas.
Al principio muchos sudamericanos, en su mayoría argentinos, estaban defraudados. Habían llegado en busca de una celebración pomposa, un recital de Silvio Rodríguez y acaso la reaparición pública de Fidel en un acto de masas compartido con los otros líderes latinos a los que saludaban banderas y remeras. No hubo nada de eso. Ni Hugo Chávez ni Evo Morales estuvieron ahí. El acto central pareció un evento escolar. Raúl hizo un discurso sin anuncios y con poca potencia. De Fidel apenas hubo un dudoso mensaje de una línea: “Felicito a nuestro pueblo heroico”.
Las explicaciones no siempre alcanzaron. Había mucha austeridad en la organización de los actos, y eso es indiscutible: la famosa regla de las prioridades del Estado socialista, admiradas por todos los que estaban allí. Por otra parte, en la sociedad cubana hay una presencia tan fuerte de la conmemoración histórica, que es posible que 50 años no significaran algo muy diferente de 49 o 48, más allá del número redondo.
Queda la duda incontestada, para quienes guardan la imagen de los discursos de Fidel en la plaza de la Revolución, de por qué no hubo un acto de masas. Los santiagueros se quedaron en sus casas. En la exigua plaza del pueblo ingresaron los 3000 invitados previstos y nadie más.
Por más intentos para ingresar, marchando encolumnados por las cercanías del Parque Céspedes, los argentinos convocados por el número redondo quedaron afuera. Alguno intentó la presión de los empujones; otros esgrimieron ante los guardias la condición de coterráneos del “Che” Guevara; y cuando vieron pasar al secretario de Derechos Humanos, lo designaron mediador, sin ningún éxito. “No hay lugar, el acto está organizado de esta forma. Nos dicen que nos vayamos retirando, que no quisieran tener un incidente con nosotros”, sintetizó Eduardo Luis Duhalde con un megáfono prestado. Al final, todos vieron el acto por tele, como la mayoría de los cubanos. Autogestionaron festejos en otras plazas, donde con melodías típicas de los estadios cantaron estrofas de amistad con la revolución cubana. Muchas terminaban en chiste, y algún chiste terminó en burla:
- Cuba, Cuba, Cuba; la clase media te saluda.
El festejo que no fue dejó esa otra lección, contra los vicios del efemeridismo, y habrá que tenerla presente en 2009. En lo que va del calendario, además del triunfo cubano, ya se festejaron 10 años del gobierno bolivariano de Venezuela, 15 del levantamiento del Ejército Zapatista en México y las bodas de plata de los Sin Tierra brasileños. La lista podría ser interminable. También se cumplen 30 de la ´revolución islámica´ de Irán, 40 de la ´revolución libia´ del coronel Gadafi, 60 de la revolución china...
Pero mientras se escriben notas con fotos en blanco y negro, la América latina con sus venas abiertas se llena de colores diversos. También este verano, días antes de que entrara en plena vigencia entre Perú y Estados Unidos un oprobioso Tratado de Libre Comercio, Bolivia reformó su Constitución y demostró que también vive en revolución.
No había bolivianos en las plazas autoconvocadas por la fecha cubana, pero acaso dieron su mejor homenaje. Esa podría ser la lección y la consigna para el 2009: que la memoria sea el faro de la lucha, para que el año no sea pura efeméride.
  • Publicado en La Pulseada N° 67, marzo de 2009.
FOTO D. B. (La Habana, diciembre de 2008)
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sábado, 28 de febrero de 2009

Cuba (I): Asombros

La Habana, la ciudad de las columnas al decir de Alejo Carpentier, es una ciudad fascinante que permite viajar en el tiempo. Sus calles son un museo del automóvil en movimiento. Hay algunos coches nuevos, pero predominan los Chevrolets de los ´50 y autos rusos de antaño. Están impecables: son un cabal alegato contra la cultura de lo descartable. Las casas húmedas y derruidas transmiten la sensación de carestía, pero no llegan a dar tristeza: el color de las prendas tendidas en la soga de un balcón, los chicos jugando con un barrilete y las charlas callejeras dejan otra sensación: el cubano es un pueblo alegre.
Una mirada más panorámica completa la lección cultural: es una capital sin especulación inmobiliaria. Allí nadie derriba construcciones históricas para construir edificios inteligentes, centros comerciales o estacionamientos.
Tampoco abruma la publicidad. No hay mujeres semidesnudas vendiendo ropa interior ni estrellas de fútbol explicando qué celular es la clave de su éxito. Una cartelería atípica para el ojo occidentoxicado evoca frases de Martí y emprende campañas contra el problema de la holganza.
No hay tele por cable (y nos retrucan la inquietud: “¿televisión paga?”). La entrada de cine cuesta, en pesos argentinos, 30 centavos. Las proyecciones se viven con pasión: las comedías hacen reír a carcajadas y se aplauden las mejores escenas.
Leída, admirada y criticada de antemano, Cuba no se entiende en un mes y quizá tampoco en un año, porque el debate político ideal y a la distancia es distinto de la vida de todos los días y de la cultura que se hace carne. No puede ser fácil que formulen un juicio acabado adultos nacidos y criados en sociedades donde la competencia y el éxito individual son valores centrales.
Cualquier sitio de la isla extraña a un viajero que carga esa mochila. Sorprende que la policía no porte armas de fuego –por supuesto, la población civil no tiene- y que tampoco haya alarmas o casas atestadas de cerrojos.
Sobre todas las cosas, asombra la capacidad de debate, el nivel de instrucción y la información, no de los dirigentes, sino de cualquier hombre o mujer del pueblo. Habituado en su país a hablar del clima para no debatir la agenda de Radio 10, uno se queda sin respuestas cuando el taxista inicia la conversación con un tema impensado: “¿Cómo están en Argentina con las reservas de agua? ¿Están protegiendo el acuífero guaraní?”.
  • Esta y otras anotaciones completan el informe “Cincuenta latidos en la revolución del tiempo” que publicamos en La Pulseada N° 67, de próxima aparición. La nota principal corresponde a Laureano Barrera y Germán Kexel, que también estuvieron este verano en la isla rebelde que –con sus luces y sombras- te revoluciona.
FOTO D. B. (La Habana, diciembre de 2008)
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