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jueves, 20 de marzo de 2014

Una historia de los medios “desde abajo”

Otra Ramona: fue editada en el Chile
de la Unidad Popular, por la editorial
Zig-Zag, parte del proyecto de forjar
una "industria cultural revolucionaria"
“…tratan de borrarnos la historia porque saben que las luchas de liberación son semillas, los ejemplos sirven de simiente para los que vienen atrás, las experiencias se suman y entonces los luchadores saben que deben hacer y que no, aunque mayormente prefieran darse cuenta por sí mismos” (Guillermo de Posfay)

Cuatro años atrás, cuando con un grupo de colegas del área de comunicación de la UNQ escribíamos el plan de estudios de la Tecnicatura en Gestión de Medios Comunitarios que hoy tiene plena vida, decidimos incluir “Historia de los medios de comunicación” como parte de la formación obligatoria, acompañando la construcción de saberes sobre planificación y gestión, el derecho a la comunicación, la economía social, y la teória-práctica de la comunicación transformadora.
Hace unos meses me convencí del sentido de ese curso. Estábamos bocetando un diplomado en prácticas de comunicación popular, un trayecto formativo más breve que podrá cursar cualquier persona mayor de 16 años y que recorrerá distintos puntos del país como parte de la política de extensión y educación popular de esta Universidad pública. Cuando yo dudaba sobre la inclusión del curso histórico, una compañera me refutó:
- No: Historia tiene que estar, es la materia para construir memoria popular. Nuestras organizaciones necesitan eso.

Esa tarde recordé aquella frase muy citada de Walsh (originada en una entrevista con Ricardo Piglia que nunca se publicó completa), en la que el creador del diario de la CGT de los Argentinos, el Semanario Villero, ANCLA y Cadena Informativa dice: “Nuestras clases dominantes han procurado siempre  que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes y mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores: la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia parece así como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las otras cosas".
Construir este curso, en el marco de este proyecto de una universidad pública y popular, planteaba tres desafíos: indagar la historia de los medios –todavía un campo de conocimiento muy incipiente-, hacerlo desde América Latina y además pensarla desde los sectores populares, recuperando sus experiencias de apropiación de estas tecnologías y el rol de la comunicación en los procesos de transformación social.
Se trata de desafíos permanentes, que cobrarán vigencia y tendrán nuevas respuestas con cada grupo de trabajadores-estudiantes. La carpeta del curso, que es lo que venía a compartirles acá, es sólo un disparador para introducir el tema y movilizar algunas inquietudes. Está recién terminada y quería compartirla. Bienvenido sea que ruede, que se discuta, que vaya y venga con agregados y preguntas. Lo importante es aportar a una memoria popular que no sea propiedad privada de nadie, que nos enseñe las lecciones del pasado no para repetirlo, sino para esquivar las piedras con las que alguna vez tropezamos; no para aplicar recetas, sino para inventar con más potencia.




sábado, 16 de octubre de 2010

Prensa propia (lecciones de la historia)

Ahora que todos, en Chile y en el mundo, hablan de las minas, empiezo con una cita de plena vigencia, sobre las condiciones de trabajo de los mineros:
“…seguir los pasos de aquellos seres humanos que descienden al fondo de las minas, seguirlos a través de galerías sinuosas, tenebrosas, inacabables, chapoteando fango, presenciar luego cómo trabajan aquellos hombres, la mitad de los cuales son aún niños; verlos agazaparse, arrastrarse, escurrirse por agujeros donde pican y palean el carbón (…) Sentir la sed abrasadora, delirante, que hace soñar despierto con una fuente, con un arroyo, con un río cada vez más grande, tanto como la impiedad del contratista (…) Sentir (…) que los peligros permanecen latentes a su lado (…) Creemos que Dante vería más variados suplicios en estos antros que en el Infierno por él imaginado”

Es una cita con plena vigencia, pero no actual. Data de enero de 1923. Y corresponde a un artículo titulado “La mina”, publicado en El carpintero y el aserrador, el órgano del Sindicato de Carpinteros, Aserradores y Anexos, publicado en Buenos Aires.
No me interesa la antigüedad de la cita -uno podría buscar otras muy anteriores sobre las condiciones de la explotación humana- sino la antigüedad del medio.
Es interesante ir atrás en el tiempo, hacer un poco de historia, más allá de las experiencias puntuales que podamos contar sobre la construcción de nuestros propios medios. Las referencias que conforman la mesa* son experiencias surgidas, cuanto mucho, a mediados de los noventa: ANRED tiene 15 años, Indymedia 11, La Pulseada casi nueve, y RAP lleva al aire poco más de un año.
Pero hablar de los medios alternativos y comunitarios también podría ser hablar de una tradición de prensa obrera que en nuestra región ya tiene 150 años, por lo menos.
Pienso por ejemplo en El Proletario, órgano de expresión de los negros en Buenos Aires, que se fundó en abril de 1858. Pienso en periódicos que fueron muy importantes, como El obrero panadero (1894), que llegó a tener una tirada superior a los 5000 ejemplares y duró más de medio siglo. Pienso en muchas experiencias: en los 50 años que van desde la fundación de El obrero panadero hasta 1944, surgen más de 130 publicaciones obreras... Pienso, en fin, en una prensa gremial que fue muy intensa hacia fines del siglo XIX, cuando los trabajadores se organizaron en sociedades de resistencia y gremios para buscar mejores condiciones de trabajo y de vida.
En la misma década que El obrero panadero surgieron periódicos como El Carpintero, El mecánico, El pintor, entre otros. También circuló La Voz de la Mujer (1896-1897), expresión de las anarquistas y comunistas que levantaban la bandera "Ni dios, ni patrón, ni marido".
Muchos periódicos tomaban la denominación “El obrero…” y le agregaban el adjetivo del oficio. Así, hubo medios como: El obrero ebanista, El obrero peluquero, El obrero aserrador, El obrero gráfico, El obrero sastre, El obrero en madera, El obrero fideero, etcétera.
Estamos hablando de una prensa alternativa que se planteaba como objetivos contrainformar y educar. Lo primero en oposición a la "prensa burguesa", asumiendo “un extenso campo de la propaganda, un trabajo de guerrillas, un trabajo de iniciación, un trabajo insensible para los cerebros y que sin embargo los transforma, los nutre de gran caudal de conocimientos y los pone aptos para asimilar la lectura de los libros y los folletos” (la cita es textual de El Obrero Panadero, 26 de abril de 1900). A su vez, había una tarea docente, una pedagogía revolucionaria como dice Mirta Lobato en un libro reciente sobre el tema. Esos periódicos incluían ensayos sobre diversos temas, desde filosofías sobre la condición humana hasta la disputa nacional entre federalismo y centralismo.
Además, por supuesto, había crónicas de los reclamos en fábricas y talleres; no sólo locales: también ampliaban la mirada hacia otras regiones.
Esa labor se realizaba no sin dificultades. La época del Centenario, que la aristocracia festejó bajo el imperio del Estado de sitio y la aplicación de las leyes de Residencia y Defensa Social, fue tremenda para estas experiencias. Uno puede leerlo en las editoriales de la prensa obrera del otro lado del Río de La Plata. Decía El obrero gastronómico (Uruguay) en 1920, en un artículo titulado “La lucha social en Argentina”:
“El terror gubernamental y policial impera en la República Argentina contra las clases obreras; como imperaba en la Rusia de los zares. A la prensa obrera y revolucionaria se le aplica la ley mordaza o sea la famosa ley social, impidiendo así que el diario Tribuna Proletaria y La Protesta, este último decano de la prensa obrera y revolucionaria sudamericana, salieran a la publicidad alentando a las masas del vecino país, para que imitando a sus camaradas de allende la Europa se prepararan de una vez por todas para dar por tierra con todo el cinismo que se encarna en la mente de los gobernantes y policías argentinos. No tardará en llegar la hora final, la trágica hora que les llegó a los zares de la Rusia hoy revolucionaria”

Otro período duro para el ejercicio libre de esta prensa fue el primer peronismo. Una de las principales formas de ahogo se explica en términos actualmente tematizados en el debate público, como el control del abastecimiento de papel. Los medios alternativos de los sindicatos, igual que las empresas periodísticas opositoras, no conseguían el papel que las empresas afines y la prensa gremial peronista obtenía sin problemas.
Todo eso asumado a las dificultades económicas corrientes, porque no estamos repasando experiencias idílicas, que hayan sido fáciles de construir. Sabemos de qué estamos hablando.
Por último, me parece importante tener presente que esta tradición se puede recuperar no sólo en los medios impresos, sino también en otros dispositivos mediáticos.
Ahora que todos, en Chile y en el mundo, hablan de las minas, y ahora que en Argentina se habla bastante de las emisoras comunitarias, no está mal recordar que las primeras radios comunitarias fueron las que montaron los trabajadores mineros en Bolivia. Y otra vez encontramos mucha historia -seis décadas- y una gran experiencia, la de una red que llegó a incluir 27 emisoras sindicales, como La Voz del Minero (1952).
Cada radio pertenecía a un sindicato y cada organización se manejaba con autonomía y practicando formas de autogestión inéditas para el país. Los integrantes de los gremios financiaban las emisoras entregando una fracción de su salario, y esto pese a los sueldos extremadamente bajos, lo cual muestra una gran conciencia sobre la importancia de contar con medios de comunicación propios.
Esas radios, tecnológicamente elementales, se convirtieron en importantes instituciones locales, en las que se adoptaron formas de organización democráticas y donde los propios mineros se volvieron radiodifusores, llevando los micrófonos a lo más profundo de las minas y también a sitios de encuentro como mercados, iglesias o lugares deportivos, para dar la palabra a los sectores populares. Fueron radios que resistieron a los gobiernos autoritarios y que acompañaron las luchas sindicales. Radios que hicieron, en definitva, algo que tenía ya un siglo de historia.
Algunos recordarán aquel texto en el que Rodolfo Walsh dice que “nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes ni mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de los hechos anteriores: la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan…”.
Al preparar estos apuntes pensaba en eso: que recuperar y tener presente esa historia nos da fuerza y también -dicho en los términos forjados en la experiencia de Cadena Informativa- nos da la satisfacción moral de sentir un acto de libertad.

* Apuntes retocados de la intervención en el panel "Medios alternativos - Medios comunitarios", en las V jornadas "Demoliendo Teles", donde compartí la mesa con compañeros de Indymedia, ANRED y RAP-Colectivo de Colectivos (Radio Futura).

Un par de referencias bibliográficas
Mirta Zaida Lobato: La prensa obrera. Buenos Aires y Montevideo 1890-1958. Buenos Aires, Edhasa, 2009.
Juan Suriano: Anarquistas. Cultura y política libertaria en Buenos Aires 1890-1910. Buenos Aires, Manantial, 2001.
Ana María Peppino Barale: Radio educativa, popular y comunitaria en América latina. Origen, evolución y perspectivas. México, Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco, 1999.
La Voz de la Mujer. Periódico Comunista-Anárquico (1896-1897). Bernal, Universidad Nacional de Quilmes (Colección La ideología argentina), 2002.

Imagen:
Tomada de por ahí, en la web. La Protesta, fundada en 1897 (como "La protesta humana"), fue la publicación anarquista más importante de América Latina. Durante muchos años funcionó como diario.

sábado, 21 de febrero de 2009

La escritura irreverente

La frase pertenece a un molinero a quien la Inquisición quemó en la hoguera: “Cada uno hace su oficio, unos aran, otros vendimian, y yo hago el oficio de blasfemar”. Carlo Ginzburg reconstruyó su historia en El queso y los gusanos. El cosmos, según un molinero del siglo XVI, un libro con muchas aristas. Bien narrado, es un buen ejemplo de lo que la academia llama micro-historia. Lo es también de la digna decisión de apartarse de la escritura de las “gestas de reyes” para sentirse interpelado por la pregunta de Bretch: “¿Quién construyó Tebas de las siete puertas?”.
Ginzburg relee los expedientes del proceso que llevó a la hoguera a Doménico Scandella -más conocido como Menocchio- para hallar indicios y reconstruir fragmentos de la cultura popular de su época. El molinero friuliano pertenecía a una clase subalterna, si bien no era un campesino típico. Su historia está signada por el advenimiento de la imprenta en Occidente –por eso la uso en mis clases- y la reforma protestante. La primera le permite acceder a variados textos. La segunda “le otorga audacia para comunicar sus sentimientos al cura del pueblo, a sus paisanos, a los inquisidores, aunque no pudiese, como hubiera deseado, decírselo en la cara al papa, a los cardenales, a los príncipes. La gigantesca ruptura que supone el fin del monopolio de la cultura escrita por parte de los doctos y del monopolio de los clérigos sobre los temas religiosos había creado una situación nueva y potencialmente explosiva”, describe Ginzburg.
En 1583 Menocchio fue denunciado al Santo Oficio por pronunciar palabras “heréticas e impías” sobre Cristo. No eran exabruptos. Repetía y argumentaba sus opiniones, que procesaban todas lecturas que llegaban a sus manos. Lo hacía, claro, a partir de sus tradiciones de origen popular, y de un modo que resultaba irreverente. Un siglo más tarde lo hubieran recluido como loco. En plena contrarreforma fue a parar al fuego. Antes pasó por los cuatro interrogatorios en los que no renegó de sus ideas. De allí viene la declaración de su oficio: el oficio de blasfemar.
La expresión me quedó rebotando hace tiempo y –a falta de mayor imaginación– termina siendo el nombre que le tocó en suerte a este blog. No hay mucho más que explicar. Acaso corresponde advertir que no será un sitio dedicado a atacar a la Iglesia (A propósito, fue la institución católica la que consolidó la idea de la blasfemia como un delito, que se confundía con la herejía... Era una trampa para escapar a sus propias reglas: dado que musulmanes y judíos no podían ser acusados de herejía –al no ser considerados creyentes–, se los acusaba de insultar a Dios. En 538 el emperador Justiniano decretó que el castigo por blasfemar era la muerte). No porque vaya contra mis convicciones; al contrario, mi cosmovisión oscila entre el ateísmo y la duda agnóstica, y me avergüenza que con nuestros impuestos el Estado pague los sueldos de obispos, construya catedrales y financie escuelas que difunden el dogma católico. Pero me aburriría hacer un blog para postear contra la Iglesia y nada más.
Si bien la noción de blasfemia suele asociarse a eso en forma exclusiva, etimológicamente significa un ataque hacia algo reputado (...viene del griego blaptein, "injuriar", y pheme, "reputación" pero ¡no me comparen con Grondona!); en otras palabras, refiere a una irreverencia contra quien se supone merecedor de estima y veneración.
Me gusta la escritura irreverente. En ese sentido, este blog será blasfemo.
Blasfemo de oficio. Porque de la expresión de Menocchio también atrae esa palabra. Rodolfo Walsh hablaba de “oficios terrestres”, e imagino que sobre algunos de ellos tratará este anotador virtual. Es imposible anticipar qué dirán sus “páginas”. Habrá ensayos y crónicas. Se colarán pensamientos que agrietan lo sólido, pulseadas por un país con infancia. Y nunca faltarán discusiones colectivas con amigos y otros sanos polemistas, miradas a la historia y apuestas al futuro, y siempre –en esa lucha, para esa lucha- una defensa de la alegría. Porque nada se puede sin la risa, sin la más blasfema de las risas.

FOTO (C) LUTI AON / SOLE VAMPA (Mendoza, 2007)
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