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lunes, 5 de enero de 2015

En tierra mapuche/1. Una cuestión de límites

Leo en el diario: ahora todos los micros deberán llevar, en algún lugar visible, la consigna: “Las Malvinas son argentinas”. La causa malvinense, en su momento ensuciada por una guerra irracional en la que milicos genocidas mandaron al muere a miles de jóvenes, goza de pleno consenso. No importa que hayan pasado más de 180 años de la invasión británica sobre las islas: todos sabemos, todos debemos saber, que las Malvinas son argentinas. Por derecho propio. Por lógica. Y no se discute.
Y entonces ¿por qué tenemos tanta dificultad para retrotraernos ese mismo tiempo, o menos, para pensar la soberanía de estas tierras? Esa limitación aflora, dos por tres, ante las luchas de los llamados pueblos originarios, sobrevivientes de las políticas de exterminio españolas y argentinas. Sus reclamos aluden a problemas de nuestro tiempo -aquí y ahora, las comunidades siguen sufriendo desplazamientos vinculados a la expansión de la frontera sojera y al saqueo ilimitado de las industrias extractivas- pero recuerdan, con razón, que hace apenas un siglo y medio en la mayor parte de estas tierras los soberanos eran ellos.
La educación patriótica ha hecho estragos. A todos y a todas nos enseñaron que a mediados del siglo XIX el país estaba partido en dos: unitarios y federales, y pará de contar. Nos dijeron que en la segunda batalla de Cepeda (1859), donde Urquiza venció a Mitre aunque al final ganó el país unitario, se enfrentaban la Confederación Argentina y Buenos Aires; y ni noticias del ejército de Calfucurá, líder de otra Confederación (que unía a los pueblos de las Pampas, la Patagonia y la Araucanía), tan sólida y tan frágil como la Argentina, con “capital” en las Salinas Grandes, que tomó partido en esa batalla a favor de Urquiza y en contra de Buenos Aires.
Hacia 1855, por lo tanto, si la actual Argentina estaba dividida en dos, la división era entre la Gran Confederación de las Salinas Grandes al sur y la Confederación Argentina al norte, ensanguchando a Buenos Aires, con la que ambas estaban enfrentadas.
Durante décadas, tanto la guerra como la diplomacia admitieron esos límites. Y si hurgamos en la historia, el reconocimiento viene de larga data. En enero de 1641, la nación Mapuche y la Corona Española arribaron al Tratado de Quillín, que establecía la independencia y autonomía de la gente de la tierra al sur. La frontera se definía a partir del Bio-Bio, en el actual territorio chileno. Con el virreinato del Río de La Plata también hubo acuerdos que admitieron de pleno derecho la soberanía y la libertad de los mapuches: en 1790, por ejemplo, se estableció como límite el Río Salado. Liniers actualizó el tratado en 1806, habilitando para el pueblo vecino el derecho a entrar en Buenos Aires, a cambio de no malonear.
Fue la expansión capitalista, entonces como ahora, la que puso en crisis las fronteras. El territorio gobernado durante medio siglo por Calfucurá tenía en su poder las principales fuentes de sal, fundamentales para la conservación de la carne en una época sin heladeras.
Hacia 1820, con la instalación de los saladeros, la burguesía criolla quebró los ideales de la Revolución de Mayo y reanudó la guerra contra los pueblos originarios, con una meta explícita: destruir y exterminar. Lo mismo sucedió al otro lado de la Cordillera, donde la escritura de la historia debió silenciar que el gran héroe independentista Bernardo O´Higgins tenía sangre mapuche. Con esas ofensivas, tanto Argentina como Chile violaron sus propias constituciones. Vale recordar que según su carta magna de 1822, la República Chilena se extendía hasta el río Bio-Bio, lo que implicaba la independencia mapuche. Duró poco: en 1828 la reformaron para extender los límites hasta el Cabo de Hornos. Y entonces hubo que “pacificar la Araucanía”: ese fue el eufemismo equivalente al de “conquistar el Desierto” utilizado en estos pagos.
Desde entonces, mapuches y tehuelches malonearon el territorio enemistado, jaqueando al flamante estado capitalista: en 1823, unos 5.000 indígenas asaltaron haciendas de Buenos Aires y Santa Fe, llevándose miles de cabezas de ganado (Vale apuntar la deuda, también, de nuestra formación de izquierdas: desde los 60-70 se pensaron tácticas de guerrilla con la cabeza en Vietnam y otras latitudes lejanas, sin conocer experiencias de lucha de acá nomás, como la que echó por la borda la primera fundación de Buenos Aires por parte de los colonizadores españoles).
Más de un gobernante, acuciado por la guerrilla mapuche, buscó la tregua. El acuerdo entre Rosas y Calfucurá, en la década de 1840, es bien significativo. Además de reconocer un límite entre ambos “estados”, el gobernante bonaerense se comprometió a entregar anualmente 1.500 yeguas, 500 vacas, bebidas, ropas, yerba, azúcar y tabaco. Calfucurá solía decir que “no era más que lo que correspondía pagar a los winkas como arrendamiento de las tierras que les habían robado”. En las dos décadas siguientes, los presidentes Urquiza, Mitre y Sarmiento también tuvieron que negociar con el líder mapuche.
Los tiempos cambiarían hacia fines de la década del 1870, ya fallecido Calfucurá. Los británicos llevaban casi medio siglo en Malvinas y 25 años cumplía la introducción del alambrado en Argentina, de la mano de un inglés, Richard Newton, uno de los trece fundadores de la Sociedad mentora de la “Conquista del Desierto”: la Rural Argentina. “La Barbarie está maldita y no quedarán en el desierto ni los despojos de sus muertos”, escribió Estanislao Zeballos, un símbolo de la época: dirigente político multifunción, periodista, presidente de la Rural en dos oportunidades, profanador de tumbas.
Sí. Porque los exterminadores, que fundaron campos de concentración y trabajo esclavo donde explotar a los indígenas derrotados, también robaron sus pertenencias y desenterraron los cadáveres de los antepasados, convirténdolos en trofeos de guerra. Hagan el ejercicio: imaginen los huesos de Mariano Moreno, de Manuel Belgrano o del gaucho Antonio Rivero -aquel peón de campo que lideró el alzamiento contra la ocupación de Malvinas en 1833- en el British Museum.
Así sucedió con el propio Calfucurá. Y así sucede. En la ciudad donde vivo, La Plata, el Museo de Ciencias Naturales lo considera parte de su “patrimonio” y patea para adelante los pedidos de que vuelva a su comunidad. Todavía hoy, en pleno siglo XXI, sus restos están en el museo de los colonizadores.
Ya lo sé: no encontraré aquí, en los pagos que gobernaba hace 150 años, ningún micro que reivindique: “La Patagonia es mapuche y tehuelche”.

martes, 5 de agosto de 2014

Pueblo Libre

Suponete que estás fuera del país y te roban la computadora y el pasaporte. Una computadora que vale una fortuna porque realmente vale un montón y también por todo lo que lleva adentro: cada vez más, tenemos la vida dentro de esos aparatos. Y sabés que ya fue, pero como te robaron el documento con el que pasaste la frontera tenés que hacer la denuncia. Tenés que ir a una comisaría, y sabés que una comisaría es lo mismo en cualquier lugar de América latina, y recordás que la última vez que entraste a una fue cuando detuvieron a un militante por ser morocho, joven y pobre. Y entrás nomás, en este lugar que se llama Pueblo Libre pero más bien quisiera ser un Pueblo Seguro, aunque para eso tenga que resignar su libertad.
Estás con tus amigos y toda la bronca que existe en el mundo ese día, porque cada minuto, como si tus pensamientos marcaran el tic tac del reloj, caés en la cuenta de un texto, una foto o una idea que no vas a recuperar. Y los canás están sentados, cinco juntos sin hacer nada, dándote tiempo de pensar. De pensar y reírte de los carteles que tienen colgados ahí mismo, que señalan que "tiempo que pasa, verdad que huye" y convocan a la Policía Nacional a trabajar con "probidad y eficiencia".
Y vos ya querés irte a la mierda, pasar la frontera con el DNI y después denunciar que perdiste el pasaporte frente a un burócrata igual pero que come facturas con dulce de leche: por lo menos te vas a sentir como en casa. Pero finalmente atienden. Hacen el teatro de salir en patrullero a reconocer el lugar y volver con el administrador del hostel, y atienden.
Vos volvés a contar el caso, a contarlo con toda su sencillez, porque al fin y al cabo lo único que querés es el papel que certifica que un burócrata tomó nota de que te robaron el pasaporte. Y aunque le explicás que las dos personas se habían registrado con nombres más falsos que un billete fotocopiado, te tenés que fumar que los busquen en sus registros y que la denuncia se haga contra ellos. Denunciantes: vos y tu amigo. Denunciados: Fulano y Mengano. El administrador del hostel: "participación a determinar". Ya que lo trajeron, lo ponen. De paso, seguí perdiendo tiempo. Jodete por boludo. Fijate qué parecidos son a los canas que conocés. Que te quede claro que la familia policial es latinoamericana, mundial, cósmica: en todos lados funciona con la misma lógica. Que te exaspere que el suboficial tipee lento, con dos dedos, hasta que tengas muchas ganas de correrlo de la silla y escribir vos. Pero no. Es su computadora. Te lo hace saber cuando sin querer minimiza la página y todos lo ven -vos, tus amigos, el hostelero y todos los canas-: la web porno que estaban viendo cuando te hacían esperar, una concha grande como una casa.
-Uy, se nos abrieron todas las páginas -dice uno y te jurás que nunca más en tu vida vas a perder los documentos.
Y estás ahí, ya estás ahí, y si te vas de ahí capaz que te arman una causa, así que la escena sigue. Enumerás los objetos perdidos. Le dictás el pasaporte y también la ID de tu Mac, aunque es una causa perdida. Querés que termine, imprima y salir a matar la bronca con cervezas.
Listo.
Suponete que llegás a pensar que la cosa terminó.
Pero no: no te la pueden imprimir. Tenés que volver mañana, después de pasar por el Banco de la Nación y garpar. La tasa policial: alguien tiene que pagarle la internet para que los canas se hagan la paja cuando no están patrullando las calles.
Pero no: el administrador del hostel se tiene que quedar un rato más, tienen que hablar con él. Y vos sabés: la recaudación no es sólo vía el Banco de la Nación.
Vos, volvé mañana.
Y mañana volvés con el tickecito, para dárselo al cana afectado a imprimir copias certificadas. Volvés mañana para que te digan que tampoco está listo: tiene que firmar el Comisario, volvé mañana, otra vez. Le rogás pero no, mañana.
Y volvés, porque necesitás un maldito registro que diga que tu pasaporte está en manos de otro. Volvés para ver cómo el mismo empleado en la misma silla frente a la misma computadora, le hace la firma al comisario delante tuyo. Volvés para que de una vez estos corruptos pajeros te den el papelito donde obviamente ya no figura el nombre del administrador del hostel, donde vos denunciás a dos personas que todos sabemos que no existen, aunque sólo querías registrar que ya no tenés tu pasaporte, ni tus apuntes de los últimos tiempos, y ya no sabés si reir o llorar y nomás optás por escribir.

viernes, 25 de julio de 2014

Los incas, tan ajenos…

Caminamos por Qosqo/Cusco, vieja capital del imperio incaico, arrasada por la violencia de la conquista. Un símbolo del aplastamiento, similar al que vi unos años antes en México DF: sobre lo que fue la Casa del Sol de los Incas –uno de los testimonios de su enorme conocimiento y capacidad constructiva- los españoles edificaron el Convento de Santo Domingo. Allí, en una enorme sala dedicada a “El arte como medio de evangelización”, ocupa un lugar destacado la enorme pintura que ficciona el encuentro del conquistador Pizarro con Atawalpa. Nada dice del secuestro extorsivo y posterior magnicidio del líder inca, en 1533-34, que dio inició a la devastación del imperio que llegó a tener 9 millones de habitantes.
Apenas quedan restos del viejo templo incaico, convertidos en atractivo turístico. Son ruinas. Como las que vimos antes en Ollantaytambo. Ruinas. Como la inquietante ciudad de Macchu Pichu, “descubierta” por un norteamericano hace poco más de un siglo y convertida hoy en una suerte de Disneylandia de la cultura originaria: se ingresa con dólares y código de barras, se circula en un sentido único y cualquier transgresión a esa cinta de Moebius llama la atención de los guardianes del patrimonio.
El día que estuvimos allí escuché cuando un guía bajito, de tez morena, contaba que el quechua era su lengua nativa, la única que habló durante sus primeros seis años. Sin embargo, hablaba de “los incas” en tercera persona. Pues al parecer los incas son, para todos, el otro. El otro y el pasado. Los incas son esas ruinas y nada más que ruinas. Las placas, los folletos y los museos hablan de una cultura que pereció a fines del siglo XVI, tras el cruel asesinato del líder de Vilcabamba Túpac Amaru (1572).
Todos invitan a mirar a una cultura ajena, anclada en un tiempo lejano, que nada tiene que ver con nuestros días (y menos con nosotros, claro, pues los argentinos “bajamos de los barcos”).
Pero los enormes muros de piedra, los canales que todavía circulan el agua, las referencias sobre el quipu (acaso el único sistema de escritura que utilizaba los colores), no llenan de preguntas. ¿Tan rápido fue todo? ¿No había más incas al final del 1500?
La ficción se cae por su propio peso. Las rebeliones de los siglos que siguieron atestiguan que la historia es más compleja y que nosotros, argentinos que caminamos Macchulandia con extrañeza, no somos tan ajenos.

En el camino de ida y vuelta a la ciudad encontrada y saqueada por el yanqui Hiram Bingham leo los Suenhos tupamaros de Xuan Pablo González, buceador y narrador de relatos y cosmocimientos de los pueblos originarios, gran militante de las ferias del libro independiente (FLIAs) en Argentina. Los levantamientos brotan en las páginas del libro y ni siquiera terminan con la rebelión de Túpac Amaru II, ocurrida entre 1780 y 1782 en la zona de Cusco, donde escribo estas líneas. Nacido en 1738 como José Gabriel Condorkanki, reivindicó su descendencia del "último" inca y lideró la rebelión más grande de la historia colonial. La violencia con que lo despedazaron quiso señalar el final del Tawantinsuyu, que indudablemente seguía latiendo mucho después de la fecha señalada en las placas. Antes y después hubo decenas de estallidos en toda América protagonizadas por mayas, guaraníes, araucanos y mapuches, entre otros pueblos. Los pueblos sacudieron el continente durante todo el siglo XVIII.
En la historia que solemos estudiar está notoriamente silenciada la influencia que aquellas rebeliones, y en particular la tupamara, tuvieron sobre la independencia de nuestros países. Así, cuando sentimos a Cusco y las ruinas incas como algo ajeno, acaso traicionamos la propia historia de próceres como Moreno, Belgrano y Güemes.
Mariano Moreno, el gran intelectual de la revolución de Mayo, se había graduado en la Universidad de Chiquisaca con una tesis sobre la insurrección tupamara. Conoció las ideas del líder rebelde e intentó vincularlas con los planteos de Rousseau para construir un proyecto de independencia. Incluso su adversario, Cornelio Saavedra, reconocía a Tupac como un precursor de la emancipación americana.
En las pugnas por la independencia en nuestros pagos entre 1810 y 1816, tanto Belgrano como San Martín y Güemes fueron partidarios de restituir la autoridad incaica, con una suerte de monarquía constitucional sudamericana. Belgrano asumía que los incas habían sido “destronados con la más horrenda injusticia por los españoles”. Y no era un delirio solitario. La reivindicación de los pueblos originarios no estuvo nada ausente en esos años. Vale recordar la versión original del himno argentino, escrito por Vicente López y Planes y adoptado en 1813, que en una de sus partes decía:
“Se conmueven del Inca las tumbas
y en sus huesos revive el ardor
lo que ve renovando a sus hijos
de la Patria el antiguo esplendor”

Esta estrofa fue borrada cuando la canción patria se reformó en 1900 por un decreto del presidente Roca, que culminó el proyecto de la burguesía porteña que había resistido las ideas de aquellos próceres del ´10.
Un siglo antes de Roca, el Tahuantinsuyu no nos era ajeno. Tras la revolución de mayo, Castelli y Monteagudo se lanzaron a recorrer el noroeste (el Kollasuyu) para propagar la rebelión entre quechuas y aymaras. Uno de los pocos cañones de su Ejército llevaba el nombre de Túpac Amaru. “Ahora somos todos iguales”, repetía Castelli y hablaba de la justa distribución de tierras y la abolición de tributos que los españoles habían impuesto a los indios. También promovía la creación de escuelas bilingües: quechua-español, aymara-español. Una propuesta similar sostuvo en el Congreso un diputado por Santiago del Estero, partidario de Belgrano: que en todas las provincias se establecieran escuelas de quechua, para que progresivamente éste se convierta en el idioma nacional.
El escudo argentino, contemporáneo al himno, fue diseñado por un descendiente de incas que antes había luchado en la rebelión tupamara de 1780. Tras la derrota se exilió en Potosí, luego en Córdoba y finalmente en Buenos Aires, donde se vinculó a los revolucionarios criollos. La Asamblea de 1813 que aprobó el escudo y el himno, afirmó además que los indios, “nuestros hermanos”, eran “hombres perfectamente libres”. La declaración no se tradujo al inglés o al francés, sino a tres idiomas de acá: guaraní, aymara y quechua.
Ese mismo año se instaló en Buenos Aires Juan Bautista Túpac Amaru, hermano menor del líder revolucionario. Con 73 años y luego de sufrir la prisión en África, era el candidato de Belgrano a ocupar el trono de las “Provincias Unidas Sudamericanas”. Juan Bautista murió en la capital argentina y fue enterrado sin tumba ni lápida. Aquí en Cusco, esta ciudad que nos parecía tan lejana, nos topamos con un sitio donde resguardan tierra recogida en el cementerio de la Recoleta, como forma de recordar al descendiente inca.
Y seguimos caminando por esta ciudad, una de las capitales de Nuestraamérica, buscándonos, encontrándonos, sorprendiéndonos.


domingo, 22 de abril de 2012

Venezuela: lecciones de abril

El intento de derrocamiento del presidente Hugo Chávez en abril de 2002, organizado y liderado por los principales multimedios privados, fue una dura lección para la Revolución Bolivariana, que encaró una pelea contra el “latifundio mediático” a través de medios públicos y comunitarios. Una década más tarde, los protagonistas cuentan cómo pasaron de ir contra la corriente a organizar nuevos sistemas de comunicación.

[En La Pulseada N° 98, abril de 2012] > Leer más...
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