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miércoles, 6 de octubre de 2021

Dos microrrelatos sobre la justicia

1. Un rey quería regalar un códice muy valioso, pero no sabía a qué súbdito. "Al más pobre", dijo el ministro de Igualdad. "Al más culto", dijo el de Cultura. "Al más trabajador", dijo el de Trabajo. "Al que te dé la gana", dijo su padre el rey emérito. "Al más guapo", le dijo la hija. "Al más feo, para que tenga alguna alegría", dijo la otra hija. Al final, para no cometer una injusticia, lo echó a suertes y le tocó a uno que estaba en la cárcel por haber atentado contra la vida del rey.


2. Según el positivismo jurídico, lo justo es solo la ley, y no los valores de cada cual. Por ejemplo: “Vengo a devolver el libro con tres días de retraso”, dice usted. El bibliotecario se ajusta las gafas y replica: “Según la ley", y lee con la voz engolada, "cada día de retraso es un año a pan y agua limpiando la celda con la lengua”. Y llama a la policía si usted se niega. ¿No lo dice la ley? Pues, hala, eso es lo justo.

lunes, 21 de octubre de 2019

Eros treinta años después

Tras treinta años sin vernos, el alcohol nos suelta la lengua: J es un casado con una en cada puerto; por un desliz B se separó; H es fiel y adicto al porno; V fue de guapa en guapa hasta que dio con la más buena; L no sale del armario. ¿Quién iba a decirnos, impúberes como éramos, que Eros haría eso con nosotros?

jueves, 9 de junio de 2016

El ángel de España

En la antología de las vivencias seleccionadas en la convocatoria del premio Orola de vivencias del año pasado, me publicaron e ilustraron este texto.

EL ÁNGEL DE ESPAÑA
Nacido de un rayo, cayó sobre los Toros de Guisando. Enseñó a los íberos a cultivar, a los celtas a cantar, a fenicios y griegos a bailar. Montó en los elefantes de Aníbal. Crió los caballos que fascinaron a romanos y árabes. Lloró con los numantinos, con Hermenegildo, Boabdil y Francisco de Aldana y llora aún porque no logró desviar las balas que mataron a Federico. De todas sus misiones fue la más sutil e incomprensible clavar aquel puñalito de plata y luz en el pecho virginal de Teresa.

Apaga incendios y enciende corazones. A ciertos alumnos les sopla al oído las respuestas del examen; al policía inseguro le da bemoles; a la novia triste, belleza; al padre que no llega a fin de mes, la alegría de Eros en su alcoba. Arropa niños y mata sus monstruos y me consta que para el desesperado ordena el nacimiento de una estrella que lo guíe.

Ayer lo vi saltar por las terrazas persiguiendo al demonio de la vulgaridad y herirlo con claveles de hielo y lirios de sol. Sé que era él por su capa negra y su coleta de torero y porque maldecía en lenguas ibéricas plagadas de homerismos.

Le encanta reír con los niños y les asigna los ángeles más fuertes e instruidos y cada noche besa las frentes de sus madres, a quienes rinde toda su pleitesía. Cuando la luna y Venus inauguran la noche, montan guardia sus ángeles desde los campanarios.

Cada primavera invita a sus colegas europeos a echar una carrera desde los pináculos catedralicios de España: la recorren a grandes zancadas y a relámpagos, de torre en torre, sin tener que tocar el suelo. Tiene una talla en la iglesia San José Obrero de Madrid. Los incendiarios del 36 le perdonaron la vida por ser san José un obrero como ellos. Durante la guerra, se hizo experto en desviar balas rojas y azules. Y aún las sigue desviando, vengan de donde vengan.

jueves, 9 de enero de 2014

Turbión y Homero

Según mi amigo Leonardo, premio europeo de descodificar lenguajes animales, Turbión, mi jilguero, es un caso único en el mundo. Después de haber descodificado el complejo lenguaje de la ballena jorobada y el de los monos bonobos, reparó en el trino de mi Turbión por casualidad, la noche del eclipse lunar, mientras se emborrachaba conmigo en una de mis tumbonas, al lado de la piscina. Turbión se puso a trinar y Leonardo a seguir el ritmo con el pie, con las manos y el flequillo. Comenzó a hacer cosas raras y me dijo:
"¡Rápido, papel y lápiz!" Y se pasó garabateando toda la noche.

Yo me quedé dormido en la hamaca y al amanecer me cayó encima toda el agua del mundo y me veo entonces a Leonardo de pie, empapado y triunfante ante mí, con la jaula de Turbión en la mano. Había escrito durante toda la noche más de dos mil versos sueltos.

-Amigo, tengo que decirte que Turbión no trina tontamente –me anunció-. Sus trinos son ni más ni menos que la continuación de la Ilíada de Homero. Escucha.

Y comenzó a declamarme lo que ocurría tras el entierro de Héctor y continuó después con la muerte de Memnón y Pentesilea y de Aquiles. Yo me quedé estupefacto. Dije:

-Se lo voy a vender a la NASA.

-¡Ni se te ocurra! Se moriría allí de pena. Le clavarían agujas, lo matarían a fuerza de biopsias y radiografías.

Y abrió la portezuela de la jaula y lo dejó escapar.

-¿Qué haces? ¿Estás loco?

-El que está loco eres tú, que quieres entregar el arte a la ciencia. Este pájaro no puede estar en una jaula. Déjalo libre, que cante para Dios y para las criaturas.

Y por ahí andará Turbión, supongo, con Homero dentro de su corazoncito y cantando para quien sepa escucharlo.

lunes, 25 de noviembre de 2013

El príncipe, la princesa y la Virgen

Éranse una vez un príncipe guapo que no era valiente y una princesa valiente que no era guapa. Él se llamaba Hortensio y ella Robustiana. Y fueron ambos a la ermita de la Virgen a pedirle ésta belleza y aquél valentía.

La Virgen estaba lavando la ropa y tendiéndola en el romero cuando por la derecha vino él y por la izquierda ella. Y he aquí que, de pronto, en el huerto de la ermita, irrumpió un león y persiguió al príncipe que comenzó a correr y gritar como una nenaza, mientras el león se reía de lo fácil que iba a ser zampárselo. Y cuando iba a saltar sobre él, la princesa se interpuso entre ambos y atravesó sin temblar el vientre del león, lo despellejó e hizo una capa y vistió con ella al príncipe, que desde entonces se sintió el hombre más valiente del mundo (una inyección de autoestima que le duró toda la vida) y besó la mano de su salvadora, que desde entonces se sintió la mujer más hermosa del mundo (¡la de operaciones de cirugía estética que se ahorró con aquello!).

La Virgen puso en la mano de él la espada de san Jorge y en la de ella el peine de plata fina con que se peina en los villancicos y a cada uno en la frente un beso que aún les está brillando. Y, dando una voz, llamó a su hijo, que, dejando un momento el taller de carpintería, los casó allí mismo, con estrellas, sol y luna. Al convite los ángeles invitaron incluso a los faunos y las ninfas, que se bebieron todo el vino de Caná y pidieron allí mismo el bautismo.

Hortensio y Robustiana reinaron en un valle frondoso y tuvieron siete hijos capaces de tensar el arco de Ulises y ganar en un pulso a Hércules y siete hijas que cada vez que pestañeaban ponían en el cielo veinte estrellas nuevas de oro.

Y colorín colorado este cuento ha comenzado.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Una parábola

Una madre se ganaba el pan limpiando los servicios de un centro comercial. Su sueldo apenas le alcanzaba para alimentar a sus cuatro hijos. Tenía las manos ajadas y siempre frías y con olor a lejía y desinfectante. Se levantaba al amanecer y llegaba al atardecer y aún tenía fuerzas para estar con sus hijos, atenderlos y quererlos.

Un día, su hijo menor se encontró mil euros en la calle y se puso a dar saltos de alegría. Pensó comprarse un ordenador, una bicicleta de carreras o una guitarra, pero entonces se acordó de las manos de su madre, de cómo se transparentaban las venas por el mucho trabajo, de lo cansadas y amables que eran para él, de cómo le revolvían el pelo y le hacían carantoñas. Y ni corto ni perezoso fue a una joyería y compró el mejor anillo de diamantes que encontró y fue corriendo a casa, besó las manos de su madre y se lo puso en el dedo, porque, si en algún lugar debía lucir ese diamante, era en aquellas manos hacendosas que siempre estaban cosiendo, trabajando, acariciando, limpiando.

Cuando el hermano mayor regresó a casa después de todo un día rebuscando en la basura chatarra para venderla, montó en cólera y le dijo: “Pero ¿cómo puedes ser tan estúpido? Ese dinero tenías que habérmelo dado a mí y entonces le habríamos comprado a mamá una lavadora. ¿Para qué quiere ella un anillo de diamante en las manos si luego las tiene que meter en la porquería de las letrinas? Lo que ella necesita es una máquina que haga en casa el trabajo por ella. ¿Qué dirán además los demás de nosotros? ¿Con qué cara nos presentaremos luego en Cáritas para pedir comida si nuestra madre lleva un anillo de diamantes?” Y le pidió a la madre el anillo para devolverlo, recoger el dinero y comprar la lavadora.

Pero la madre tomó las manos de su hijo mayor y le dijo: “Hijo mío, este hermano tuyo ha obrado por amor. Este anillo es su corazón puro palpitando en mi dedo. Cuando yo me muera, vended el anillo y compraos lo que os haga falta. Pero ahora déjame que lo luzca, porque me recuerda que lo que me hace grande y feliz no es mi trabajo, sino el amor que os doy y el que me dais. Cada vez que lo vea brillando en mi mano, tendré más fuerza para seguir adelante, porque esta gema que aquí brilla la ha puesto el amor mismo. Y si los demás dicen, que digan. Nosotros sabemos la verdad y eso basta”.

jueves, 24 de junio de 2010

Esta playa, pero sin luna

Fotografía de Ramón Simón

Rodamos por el terraplén que daba a la playa y corrimos por las dunas. Pero sólo cuando nos arrojamos al agua y nadamos mar adentro, reparamos en que las tinieblas nos envolvían por arriba y por abajo. No había luna como ahora. Sólo estrellas. El terraplén nos impedía ahora guiarnos por la luz del horizonte y, angustiados, comenzamos a gritar llamándonos los unos a los otros.

Tardamos una eternidad en volver a juntarnos. Ni hacíamos pie ni teníamos idea de dónde estaba la orilla. Cada uno señalaba para un lado mientras la resaca nos arrastraba no sabíamos dónde. Uno de nosotros pensó: Qué triste morir bajo tantas estrellas que ni saben que existimos. Otro pensó: Nunca encontrarán nuestros cuerpos. Otro nunca dijo lo que pensó. Y el último, no diré quién de nosotros, pensó a voz en grito:

-¡Dios mío, perdóname!

Entonces oímos unos ladridos que nos sonaron a gloria y hacia aquel perro salvador nadamos, hasta que hicimos pie. Pero ahora el perro sonaba cerca y peligroso. Ladraba como para arrancarnos los huevos. Delante de nosotros una bestia y detrás la negrura.

-¿Y ahora qué hacemos? –preguntó alguien y, en ese momento, una linterna nos deslumbró. La sostenía un tipo con tricornio.

-Muchachos, para darse por culo es más cómoda la arena -y le quitaron de la boca al perro nuestros bañadores.


Con los bañadores mordidos corrimos hacia el terraplén y esta vez no nos falló la orientación. Y por fin atisbamos la luz de la tienda de campaña donde estaban las chicas.

-¡Por Dios! –dijo una-. Estábamos asustadas y hemos llamado a la Guardia Civil.

-¡Menudas histéricas! –convinimos los cuatro.

viernes, 9 de abril de 2010

Plegaria


(fotografía de Ramón Simón)

Yo no quiero la vejez de quien ya sólo tiene fuerzas para sostener en su mano un Kempis tembloroso, sin más calor en el cuerpo que el sol en el patio de un asilo. No quiero morir consumido en una cama de hospital, con agujas en las venas, ni decir: “Las pasiones por fin me han dado reposo. He dejado el tabaco y el vino. Ya sólo leo a los clásicos. Cerrad esa ventana, que me destemplo. Hacedme una tisana”.

Yo quiero la vejez de los hombres fuertes, la del rostro curtido por los vientos, la de los músculos entrenados en la lucha y besados aún por una boca que me ama. Me pido la vejez del marinero con un arpón en cada mano, la de los soldados de los tercios y la de los conquistadores que se casaron al final de sus días con una india.

Yo quiero morir con las manos en la masa. Si algo ha de faltarme, oh Dios, que sea el tiempo y no el vigor.

martes, 10 de noviembre de 2009

Dos enlaces

Hoy no ando muy ocurrente.

Pero si queréis refrescaros, visitad el Eroticón.

Y si queréis verme sentado en un aljibe, con el paisaje de Cártama, mi pueblo, al fondo, y oírme hablar unos tres minutos acerca de Ulises y las sirenas, pinchad aquí.

jueves, 8 de octubre de 2009

A los novios que no tienen dónde


Nadie sospecha que tras esta puerta, en lechos que no rechinan, en mudos macizos de flores bajo las atónitas estrellas, en el silencio más sepulcral, yo te he poseído mil veces, mi bien, sin gemidos, sin susurros siquiera: he bramado sólo para los ángeles. Tu sigilo me protege de tus padres; tu mano me tapa la boca para que el clamoroso amor se ahogue en mi garganta. Me has convertido en un amante silencioso cuando en realidad quiero gritar mi amor hasta los más altos círculos del Cielo.

Pero, Melibea, Perséfone mía de oscuras amapolas, esta noche no habrá silencio. Voy a abrir la puerta de tu estancia, despertaré con mis jadeos a los criados, tus padres verán cómo te alzo por las axilas para encajarte sobre mí y a tu padre le quitaré el gorro de dormir y me lo colocaré en la punta y luego saldré de esa guisa al patio y me mearé en las macetas, para que todos vean quién manda allí y tu madre nos preparará solícita la comida y, por último, te gozaré en la cama en que te engendraron, con todas las puertas abiertas, a plena luz del día.

No te asustes, mi bien, ya sabes que deliro. ¿Está la criada vigilando la puerta? Anda, tápame la boca con la mano, que te voy a desatar el corpiño.

(Foto de Antonio Sánchez Carrasco, maestro sevillano de la fotografía)

lunes, 13 de julio de 2009

Erotina

Posología: adminístrese mediante unción de las partes que se deseen regenerar y dándolas a lamer. Inyectada en vena, produce satiriasis y ninfomanía, por lo cual es preferible la ingestión oral mediante succión.

Composición: pámpano de Eva recién llovida (10%), gotita de leche de la novia (10%) y también del novio (10%), rocío de flor de cumbres (10%), almizcle de gacela africana (10%), semen de ballena roja con chisgarabí de jalea (10%), anís estrellado a la luz de Venus (10%), sudor de ninfa tras el galope (10%), esencia de centauro adolescente (10%), alegría del guerrero acariciado en el harén (5%) y, por supuesto, quintaesencia de azahar sevillano pasado por la mantilla de la madrina (0,5%).

Indicaciones: combate frialdades y desganas. Favorece el quebuenorroquestalmaromo y el vempacámaripuri.

Contraindicaciones: se desaconseja su uso durante días de intenso trabajo, pues impide la concentración y abulta, hasta romperlos, pantalones y sujetadores.En caso de ingestión excesiva, duchas de agua fría y lectura compullsiva de Crítica de la razón pura.

Efectos secundarios: sueño y felicidad y, a veces, cara de tonto y puede incluso que uno sea capaz de bailar la conga con su enemigo. Vale la pena.

Testimonio real de un paciente tratado con erotina: "Cuando la probé, mi mujer en bata y rulos ya no me bajaba la moral, sino que me la subía hasta el ombligo y entonces yo... Pero me voy a callar, que por ahí viene gente."

miércoles, 8 de julio de 2009

El fauno y las ninfas



Cada veintiocho días, con la luna creciente, las ninfas se visten con una túnica azafranada y yo deposito al pie de sus lechos verdes un blanco corderillo y si ellas aceptan el obsequio, sé que me dan venia para abordarlas a lo largo del día en cualquier lugar.
Entonces se despiertan contentas y saben que mientras se cepillan juntas a la orilla del río o retozan en el agua o llenan sus cántaras en la fuente de los pájaros o comen dátiles bajo un árbol, el fauno cargará a una de ellas en los hombros mientras ella inútilmente le golpea con sus blancos nudillos la peluda espalda y esos golpes enardecen a este violador concertado, que en el rincón más espeso del bosque les levantará la túnica y les llenará de simiente las entrañas.
Y consumado el estupro, la ninfa se finge dormida y él la toma en brazos y la devuelve a su lecho verde, le besa la frente y se va por otra.
A mí me gustaría un amor más dulce, menos violento, menos raptador, no sé, por ejemplo, acariciarles el pelo bajo un álamo y leerles los versos que tengo escritos, pero es que las ninfas se aburren con eso.

domingo, 27 de julio de 2008

Carta de amor

A mis treinta y seis años me he dado cuenta de que me he pasado la vida cazando. Y ahora tú, sin proponértelo, me has enseñado a olvidar las armas en el armario y a buscar estrellas contigo entre las flores.
¿Cómo he tardado tanto en descubrir este arte de cazar estrellas, lo feliz que te hace que te abrace en medio de un pasillo, que te retire los rizos de la frente y te sonría o, cuando estás sentada al ordenador, que te dé un beso en el cuello y te susurre un secreto?
Lo increíble del caso es que eso me hace a mí más feliz que a ti. Es como caer desnudo entre las violetas. Y después de eso, es más fácil hacer las camas y la comida y no enfadarse cuando nuestras hijas me tiran de los pantalones. Es como si los dones o la energía que se me conceden nada más despertar necesitasen recargarse con esas estaciones de amor, con esa breve contemplación mutua, para recordar por qué se esfuerza uno tanto cada día.
Quiero que sepas que, desde que he descubierto ese arte sencillo y puro, la casa se ha llenado de luz y ya no soy tan celoso de mis ratitos de soledad y que estoy deseando que llegue el fin de semana para sentarme contigo a ver una buena película, aunque luego me quede dormido en el sofá.
Cuando me agobian los problemas, cuando el dinero no alcanza, cuando no me soporto a mí mismo, te busco, te tomo las manos y me las llevo a la cara y una ola de ternura me embarga y de pronto una bandada de gaviotas echa a volar y me encuentro contigo en una playa solitaria y tú me entregas tu más rojo tirabuzón y yo una negra caracola y yo soy un centauro con todas tus estrellas clavadas en el costado.
De todas las gracias que se me han concedido, eres tú la más bella, la más rubia y delicada, luz de las noches más profundas cuando salgo a cazar estrellas.

martes, 8 de julio de 2008

El siderito

Violeta nació el mismo día en que el cometa Granados, en su periplo de cada medio siglo, dejó caer en La Mancha un meteorito con cien quilos de hierro. Desde entonces, a su pesar Violeta ha ido ganando dos quilos por año y hoy, cuando cumple cincuenta años, pesa cien quilos y, claro, el cometa reaparecerá esta noche y será visible en Despeñaperros.
Violeta ha elegido en Despeñaperros su abismo favorito y escruta el cielo con un telescopio, mientras oye en la radio el canal de astronomía. En su bolsillo lleva su cuaderno de razones para vivir, que son tan sólo tres: su canario, que se escapó de la jaula el año pasado; su otro canario (éste de la especie homo sapiens), que la abandonó por otra después del canario; y los zumos de naranja. Pero ¿va a seguir viviendo sólo por los zumos de naranja? No. No quiere llegar a los cien años ni a los doscientos quilos. Así que en cuanto el Granados sea visible en la noche, Despeñaperros recibirá un meteorito humano de cien quilos.
Pero el cometa no reaparece. Al rayar el alba, una tenue lluvia de estrellas bengalea por el horizonte.
-Queridos astroaficionados –dice el locutor de la radio-. El cometa Granados ha muerto. No va a acudir a su cita. Puede haber sido atrapado por la órbita de Júpiter, como se temía, o bien se ha deshecho del todo en contacto con la atmósfera o a lo mejor ha pasado de lejos y no lo volveremos a ver hasta dentro de otros cincuenta años. En cuanto al cometa Watanabe...
Violeta apaga la radio, cierra el telescopio y abre su cuaderno para escribir como mínimo tres razones más para vivir que le duren al menos otros cincuenta años. Y le está costando trabajo encontrarlas.
Así que mejor la dejamos tranquila para que las escriba.

martes, 24 de junio de 2008

El camionero que amaba a la Virgen


"Por mis cuatro niñas", en letras grandes. Eso es lo que estaba escrito en un lateral de su camión.
Tenía treinta y pico años y era el único camionero sin fotos de tías en pelota. Comía con otros camioneros en los bares de carretera, pero no eructaba sonoramente ni frecuentaba esos locales que se suelen llamar "El conejo de la suerte".
Su madre siempre dijo que era demasiado delicado para ser camionero, pero no lo bastante listo como para ser ingeniero. Nunca se le dieron bien los estudios.
Su único vicio era el tabaco y, por supuesto, Polonia.
Una vez al mes la empresa lo mandaba con el camión a Polonia. Cuando tenía tentaciones, besaba su medalla de la Virgen y, a medida que se acercaba a Cracovia, tenía que besarla muchas veces, porque su perdición eran las polacas.
A veces los besos a la medalla no bastaban y era entonces cuando entraban en escena las rubias prostitutas de cierto barrio.
Unas horas después, acudía a la primera iglesia que veía y explicaba con palabras y gestos muy contritos su pecado. Y como los pecados son siempre los mismos aunque se puedan decir en todas las lenguas de Babel, el cura le daba la absolución.
Cuando el camionero llegaba con el alma limpia a su casa y sus cuatro niñas lo besaban y su mujer lo miraba como mira una mujer, se le hacía un nudo en la garganta y se prometía a sí mismo que le diría a su jefe que no lo mandara más a Polonia.
Pero ni se lo dijo nunca al jefe ni, si se lo hubiera dicho, el jefe habría renunciado a sus servicios.
Así que tiene en España cuatro hijas y una mujer, y en Polonia algunas prostitutas agradecidas porque paga bien y varios curas estupefactos, uno de los cuales se ha apuntado a clases de español en el instituto Cervantes de Cracovia.