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miércoles, 15 de junio de 2022

Diferencia entra palacio y castillo

 

Cuando yo era niño, pregunté a varias personas la diferencia entre castillos y palacios. A lo mejor me dijeron que los primeros eran defensivos y los segundos recreativos, pero lo único que se me quedó (o bien, lo único que yo entendí) fue lo siguiente: los palacios son bonitos por fuera pero feos por dentro, mientras que los castillos son bonitos por fuera pero feos por dentro. 

Y por más veces que me han refutado esa idea muchos palacios que he visto bonitos por dentro y feos por fuera y muchos castillos que he visto feos por fuera y bonitos por dentro, no logro quitarme de la cabeza esa explicación tan resultona.

La expongo aquí porque la única manera de averiguar si fue una reelaboración mía es saber si a alguno de vosotros os dijeron lo mismo.

jueves, 15 de julio de 2021

Del juego al insulto

 

Tendría yo unos doce años cuando, en clase, mi mejor amigo, Antonio C., y yo empezamos sin darnos cuenta un juego en principio inocente. Para reírnos, él o yo dijo: "Mi letra es mejor que la tuya", a lo que uno u otro replicó: "Pero mi jersey es más bonito que el tuyo". Y el otro: "Mi casa es más grande". Y el otro: "Mi madre es más guapa". Y el otro: "En tu casa comen de postre caca de caballo"… Y ni él ni yo podíamos detenernos en ese acelerado descenso al insulto creciente y moliente, y los dos acabamos mentándonos al padre e insultando del otro lo que sabíamos que el otro amaba más, ¡y todo eso sin querer! Era como si no hubiéramos sido nosotros quienes hubiéramos comenzado un juego, sino como si el Juego nos hubiera engatusado con unos caramelitos y luego nos hubiera azuzado a los dos a pelearnos como gallos de pelea. No es que el juego se nos fuera de las manos: es que estábamos en manos del juego. Y salimos los dos de allí tristes, sin saber cómo había pasado todo eso, con lo que nos queríamos, con lo bien que lo pasábamos juntos…

lunes, 1 de junio de 2020

Cuando yo era niño creía

Cuando yo era niño creía

1. que la enemistad de perros y gatos era una ley física, como demostraban los dibujos animados

2. que el pan y la madera estaban hechos de lo mismo (ah, las homeomerías de Anaxágoras…)

3. que cuando mi padre jugaba conmigo al escondite y yo no lo encontraba era porque se había escondido muy requetebién

4. que los nombres de la gente tenían colores y los colores nombres de la gente

5. que las madres jóvenes de mis amigos eran viejas y mi hermana de doce años toda una mujer

6. que las piedras planas y combas que asomaban por la tierra eran la cabeza del demonio y había que pisarlas como hacía el san Miguel de mi parroquia con sus sandalias de plata

7. que la Virgen estaba de verdad en la ermita de los Remedios de Cártama y que por allí cerca estaba el portal de Belén

8. que el mismo día en que cayó el Imperro Romano la gente comenzó a vestir como en la Edad Media

9. que justo donde el mapa decía que estaba soleado la nube se cortaba como un terraplén

10. que mi madre se comía las sobras porque le encantaba comerse las sobras.

lunes, 10 de junio de 2019

Dialéctica infantil

Recuerdo algunas discusiones de las niñas de mi barrio, donde las armas dialécticas parecían sacadas de un libro de magia. Las mías eran muy limitadas. Por ejemplo, si me decían “apártate, que la carne de burro no es transparente”, se me ocurría a lo sumo responder: “Según los ojos de cerdo con que mires”. Pero, en general, yo no estaba al quite para responder mal y pronto. Sin embargo, las niñas, ay, ellas sí que tenían recursos.

Si fulanita insultaba a menganita, esta ofrecía las palmas y decía: “Espejito mágico” y entonces el insulto volvía a fulanita. Pero ¡esta no se quedaba de brazos cruzados", sino que, antes de que el insulto le reventara en al cara, gritaba saltando: “Rebota rebota y en tu culo explota”, a lo que menganita contrarreplicaba “Burbuja irrompible” mientras trazaba con las manos una inmensa burbuja protectora en torno a su cuerpo, contra el que rebotaba todo insulto posible, por muy burro que fuese, a no ser que a fulanita tuviera un superinsulto resquebrajador del tipo: "Pedorra, pedorra, que tienes las manos coloradas", y si menganita se las miraba, entonces ¡de nada le había servido su burbuja irrompible!. Y así podían pasarse las niñas discutiendo mágicamente con movimientos de manos más que de palabras. Parecía que más que discutir hacían conjuros.

¿Estaremos nosotros haciendo lo mismo cuando al discutir lanzamos al oponente un neutralizador de disidentes como “facha” o cuando sacamos, ante un dato irrefutable, el inutilizador de datos gracias a una afirmación tan políticamente correcta que nadie en su sano juicio se atreverá a refutarla o cuando, si alguien me saca las vergüenzas de mi partido, yo duplico las del suyo? Quizá ahora movemos menos las manos que las niñas de mi barrio, pero ¡qué parecidas son las armas!

lunes, 4 de marzo de 2019

Mi primer chiste

Tengo un recuerdo nítido de cuando yo tenía menos de cinco años contando un chiste ante un público de adultos que se tronchaban de risa conmigo y yo creía que era porque mi chiste era buenísimo y era precisamente por lo contrario, porque era el chiste alocado e incoherente de un niño que ya hacía sus pinitos de narrador.

De todo aquel chiste solo recuerdo una cosa: un mono, no sé cómo ni por qué, se subió a un tejado y allí hizo caca y se la tiró a alguien.

Se ve que no he evolucionado mucho porque eso me sigue haciendo gracia.

Qué época tan feliz cuando lo más parecido al pecado que uno cometía era un chiste marrón.

sábado, 19 de enero de 2019

La manta voladora

Mis hermanos han sido seis soles en mi infancia que aún me deslumbran con su luz. Tener hermanos es una suerte y tenerlos muchos y buenos un don del cielo. Recuerdo a uno de los mayores poner en el suelo una manta, que por cierto era negra con rayas de color naranja,  sentarnos en ella cuatro o cinco niños (entre hermanos y amigos nuestros) y mi hermano más fuerte tiraba de ella a toda mecha. Era como volar sobre una centella para encerar el suelo. Como además la disposición de las habitaciones permitía dar una vuelta por la casa, el paseo era infinito. Los amigos venían a mi casa porque en ella había vida y alegría y estaba todo presidido por mi madre y sus ángeles. Nos recuerdo a los niños agarrados los unos a los otros para no salirnos de la escueta y maravillosa superficie deslizante, vibrando de puro gozo y jaleando a carcajada limpia al dorado arrastrador que nos proporcionaba ese increíble regalo de sus músculos juveniles y que gracias a nosotros se iba poniendo cada vez más fuerte y más guapo. Había una esquina peligrosa, donde se alzaba un jarrón de barro pintado en azul y gris, que tenía de las asas colgando unos aros enormes. Los que íbamos a la cola de la manta solíamos darle con tan mala fortuna, que el jarrón entero se caía y se partía y, entonces, el primogénito, lo recomponía con pegamento. Puedo afirmar sin temor a equivocarme que era el jarrón más recompuesto del mundo. No había parte por donde no se hubiera partido. Era la viva imagen de las gracias que a mí se me concedieron y por las que nunca daré suficientes gracias, porque me armaron contra las tristezas que también tiene la vida.

Anda, si hay niños en casa, móntalos en la manta mágica y rompe un jarrón.

(Y hablando de hermanos, ¿queréis ver aquí un anticipo de los maravillosos poemas que le han premiado a Daniel Cotta, el Benjamín de mi familia?

lunes, 8 de enero de 2018

Trabilonforrichipitoclulilontubulubarribarla

De niños mi hermano Alfonso y yo nos inventábamos idiomas, que básicamente consistían en sustituir unas consonantes por otras hasta hacer la lengua irreconocible y, a veces, adornábamos la lengua con las terminaciones que nos parecían más eufónicas (-eus, -lar, -orum…) y le añadíamos, en fin, tantos embellecedores, que acabábamos convirtiéndola no ya en una lengua en clave, sino en casi otra lengua, con otras normas y otras palabras.

De todos aquellos experimentos infantiles me ha quedado una lengua en clave que sigo utilizando en mis papeles secretos y que ya me revelaban como futuro filólogo, porque, en mi intuición, agrupé las consonantes en labiales, dentales, guturales, líquidas y vibrantes.

Pero lo que más recuerdo de aquellos días fue que una vez, a un hermano mío más pequeño, Alfonso y yo le comenzamos a decir que nos dijera, mientras mi madre lo pelaba, cómo se iban a pronunciar en una lengua inventada por él las letras del abecedario. Este hermano mío era más pequeño y aún no tenía claro el concepto de fonema, así que nos dijo que la “a” se iba a pronunciar algo así como “tamborlán” y la “b” algo así como “chivilir”. ¡Lo que nos reíamos Alfonso y yo formando palabras tan interminables en el idioma de nuestro hermano, cuando aún no habíamos oído hablar del interminable lenguaje de los ents de Tolkien! Por ejemplo, “salud” se decía algo así como: Trabilonfo-sichipitoc-lulilón-tubulú-barribarla.

 Pues, eso, amigos, que os deseo mucha Trabilonfosichipitoclulilontubulubarribarla y, por supuesto, próspero año nuevo.

lunes, 23 de octubre de 2017

Música e intensidad

Mi hermano Alfonso y yo éramos forofos de Eurovisión desde que tenemos memoria. Estábamos enamorados de un dúo de holandesas que cantaron allá por el año 1976 y que ni siquiera ganó. Nosotros sólo entendíamos de la letra algo así como Asín Esán y la cantábamos sin cesar ante el espejo del baño con una toalla en el pelo cada uno para imitar sus rubias melenas. Nos podíamos pasar así horas, con la ventaja de que, si uno tenía una necesidad escatológica, la podía hacer allí mismo sin dejar de cantar.

Si uno se equivocaba en una sílaba o en una nota, le tocaba una pedagógica reprimenda que soportábamos estoicamente por la música.

Luego, de mayor, he buscado la intensidad de aquellas vivencias infantiles y nada se le parece; si acaso, un poco el alcohol o el deporte intenso. Pero la infancia siempre es mejor: allí la intensidad se consigue porque Dios quiere, no porque uno haga esfuerzos por alcanzarla.

lunes, 25 de septiembre de 2017

Correr a cuatro patas

Mi hermano Alfonso y yo siempre hemos sido rápidos y ágiles. En la academia de judo dejábamos estupefactos a todos porque éramos los más veloces corriendo a cuatro patas. Nos resultaba tan sumamente fácil correr así que no entendíamos que los demás fueran tan torpones.

También éramos muy buenos girando el brazo como una hélice. Llegaba un momento en que parecía que teníamos diez brazos en vez de uno.

Este verano en la playa quise impresionar corriendo a cuatro patas. ¡Y vaya que los impresioné! Pero desde entonces tengo la muñeca dislocada.

domingo, 17 de septiembre de 2017

Infantilina

Yo pasé de niño una depresión infantil que me obligaba a confesar con pelos y señales a mis padres el más recóndito e inconfesable de mis pensamientos. Si no, no me quedaba tranquilo. ¡Lo que mis padres sufrieron conmigo y la paciencia y el cariño con que me trataron!

Esa manía de contar todos mis pensamientos la he achacado siempre a mi natural escrupuloso hasta que un psiquiatra me ha explicado que eso es habitual en las depresiones infantiles. Yo tenía una sed de pureza más grande que yo mismo y necesitaba matar mis demonios echándolos fuera. Esos demonios los alimentaba el ambiente enrarecido de mi clase, que prefiero no contar aquí, mientras el maestro, un viudo depresivo, no se coscaba.

Si se pudiese concentrar en una pastilla las ganas de vivir y de ser feliz que tiene un niño a pesar de sus demonios y el acoso de su clase, podríamos curar todas las depresiones, aunque sean de caballo.

Ahora lo llaman resiliencia.

Y lo que son las cosas: hoy me he dado cuenta de que esa sinceridad en que sin querer  me ejercité de niño me ha venido de perlas en muchas circunstancias de mi vida. ¡La de cosas que uno aprende de sí mismo con el tiempo! ¡Y lo que nos queda!

jueves, 8 de diciembre de 2016

El ángel y la cuna

El día más importante de mi vida fue mi concepción, porque es el día en que me salvaron de la nada y en que el mundo dio mi pistoletazo de salida para que yo comenzara a dar vueltas en torno al sol.

Hoy, día de la Inmaculada Concepción, rindo homenaje, con esta escultura de Timothy Schmalz, a todos aquellos seres humanos que, concebidos, no llegaron, sin embargo, a dar vueltas en torno al sol.


domingo, 7 de febrero de 2016

Un pincel con mi pelo

Nunca olvidaré el día en que quise inaugurar la acuarela que me regalaron por mi primera comunión y no encontraba pincel por ninguna parte y he aquí que madre me hizo uno con unos palillos de dientes y un mechón de mi pelo entonces copioso.

Nunca he dibujado tan bien como aquel día. Desde entonces no hago más que dibujar  a mi madre en mi imaginación con los colores más frescos y transparentes de todas las acuarelas, joven, sonriente, hacendosa entre las flores que huelen a ella.


miércoles, 10 de septiembre de 2014

El suicida y su ángel

Mi corazón está con el de todos los suicidas desde que de niño veía entre las fotos familiares el retrato de un hombre joven que, como me explicó mi padre, era un amigo suyo que se suicidó.

Creo que aquello me impresionó tanto porque ya por entonces oía yo una especie de voz, que no era sino una sugerencia loca, pero persistente, de mi imaginación, que, al asomarme a un barranco o al ver una soga o un cuchillo, me susurraba: "Ahora, Jesús, ahora es el momento. Fíjate qué fácil".

Por fortuna, los niños aprenden, gracias a los ángeles, a distinguir entre lo bueno de la imaginación y lo malo antes que a hablar, y el mío no solo me enseñaba eso, sino que además me apretaba contra su pecho cálido y fuerte. Lo recuerdo bien. Y siempre me salvaba.

A él el suyo no lo pudo salvar.

Qué tristeza tuvo que invadir al ángel del suicida no solo por no haberlo podido salvar de la muerte, sino sobre todo por no haberlo podido salvar de la tristeza que lo había matado por dentro antes de que el cuchillo, la soga o el barranco lo hubiera matado por fuera.

Por él enciendo hoy otra mariposa.

domingo, 5 de febrero de 2012

Mi primera clase sobre la condición humana

Aprendí mucho de la condición humana en sexto de EGB.

Mi madre me daba para la merienda del cole una bolsa muy grande de quicos. Ella los vendía en la tienda y a mí me tenía bien surtido, porque me encantaban.

Un día, durante el recreo me abordó un niño para pedirme quicos. Me contó una larga historia. Él era de familia pobre, muy pobre, y su madre no tenía para darle de merendar. Le di por lo menos la mitad de la bolsa y él se fue tan contento.

Al día siguiente la misma historia. Pero la iba adornando de dialéctica. Según él, como mi madre tenía una tienda, era rica, mientras que él era pobre, y mi deber era darle a él la mitad.

Día a día, me iba exigiendo su ración de quicos, cada vez más exigente y menos agradecido, como si no fuera un regalo que yo le daba sino un derecho suyo.

Un día me planté y le dije que no le iba a dar más. No es que yo no quisiera ser generoso, pero me agobiaba tener que vérmelas con él todos los días, su poca gratitud, su insistencia en pedirme todos los días sin que se le olvidara jamás y, sobre todo, me fastidiaba su cara dura disfrazada de justicia. Era además un niño que no me caía bien y que sólo me saludaba cuando iba a pedirme quicos.

Pues bien, ese día me insultó, me pegó, me llamó rico de mierda.

Al día siguiente le dije a mi madre que no me diera quicos, sino un bocadillo. Y entonces el niño dejó de pedirme. Los bocadillos no le interesaban, porque ya los tenía en casa.

Aquel niño fue para mí la imagen viva de la envidia, del codiciar los bienes ajenos, del resentimiento contra el mundo. Y cada vez que descubro en mi corazón un sentimiento tan feo como esos, lo arranco de cuajo me cueste lo que me cueste, más que para ser bueno, para no ser por dentro tan feo como ese niño.

lunes, 30 de enero de 2012

Judo

Mi padre consiguió que el dueño del local de judo que acababan de abrir en mi barrio nos hiciera un precio especial porque apuntó de golpe a cuatro de sus churumbeles.

A mí lo que me gustaba del judo era que, según decían, servía para defenderse y no para atacar y que en él valía  más la agilidad y la maña que la fuerza.

Pero he aquí que yo casi nunca ganaba los combates. Una vez participé en un macroconcurso y nos pusieron a todos los contendientes en el tatami. A mí me pusieron a combatir con un chico que pesaba el triple que yo. Me hizo no sé qué llave, me aplastó con su peso y allí me tuvo diez minutos aplastado y disfrutando de su fácil victoria. Recuerdo incluso que me pidió disculpas por ganarme tan pronto y no poder soltarme a la espera de que el juez se pasase por allí y lo declarase vencedor.

Entonces me di cuenta de que mi maña y mi agilidad nada podían contra casi cien quilos. Y colgué del armario mi cinturón amarillo-naranja.

El judo es tan sólo una de esas muchas cosas que he comenzado con entusiasmo y que he abandonado con desencanto.

Hoy me he dado cuenta de que casi todo en mi vida ha sido así: comenzar entusiasmado y dejarlo a medias, desencantado y diciendo. "No, tampoco era esto lo que buscaba"

miércoles, 30 de noviembre de 2011

De la infancia a Eros

La felicidad de la niñez es intensa, plena, inconsciente, misteriosa, como un poema de amor feliz, una hoguera que, si ardió bien, nos acompaña viva en el corazón hasta la muerte, donde aflora.

Muchas veces me pregunto qué fue lo que acabó con ella y, entonces, surge en mi recuerdo como respuesta la irrupción de lo sexual en mi niñez. Eros es la manzana prohibida que a la entrada de un bosque oscuro tuvimos que morder para que abandonáramos el jardín de aquella dichosa “fábula de fuentes”.

Los amigos de mi pandilla, más adelantaíllos que yo, comenzaron,a interesarse por las niñas no para jugar al mate o al pilla pilla, sino para jugar a los médicos. Me di cuenta el día en que vinieron las Pepis al pasaje donde nosotros jugábamos. Mi recuerdo las hace trillizas, porque eran igual de altas, de nuestra edad, tirando a rubias y poco agraciadas y, según me dijeron, muy “putas”, cosa que, por lo visto, significaba que, a diferencia de nuestras amigas, se dejaban tocar por todos los niños. Las recuerdo allí, en medio de nosotros, sonriéndonos mientras las mirábamos con curiosidad. Se sentían deseadas, valoradas, pero eran solo fáciles. Y los cuatro o cinco más audaces o con más ganas se metieron con ellas en un local abandonado y oscuro del pasaje.

Desde entonces Eros se adueñó de casi todos los amigos del pasaje, menos de mí y de dos o tres más, que aún éramos impúberes. Del blanco pasaron al rojo. Ya no les interesaba bajar a jugar a lo de siempre, sino que ahora les gustaba jugar a las prendecitas, para tontear con las niñas, a un juego que se llamaba “atrevimiento, beso, verdad” y, sobre todo, a pedirnos el tocadiscos portátil de mi casa para bailar música lenta con las niñas en el pasaje. Ya no eran niños libres y despreocupados, sino adolescentes que se enamoraban, sentían la soledad del cuerpo y la necesidad de la unión, reían por enamoriscamientos y lloraban por desenamoramientos. La edad del juego feliz había terminado.

Eros fue una gran ganancia que me hace tocar las estrellas. Pero también fue una gran pérdida, porque antes de él no las tocaba: las tenía todas en el bolsillo.

martes, 8 de noviembre de 2011

La alfombra voladora

Uno de los juegos más divertidos que conozco es poner en el suelo una manta (que, por cierto, era negra con rayas de color naranja, aún la recuerdo), sentarnos en ella cuatro o cinco niños y que mi hermano Timoteo, que tenía mucha fuerza, el que ahora impone las manos a los melones, tirase de ella a toda mecha. Es como volar sobre una centella para encerar el suelo. Como además la disposición de las habitaciones permitía dar una vuelta por la casa, el paseo era infinito. Nos recuerdo a los niños agarrados unos a otros para no salirnos de la escueta y maravillosa superficie deslizante y jaleando al dorado arrastrador que nos proporcionaba ese increíble regalo y que gracias a nosotros se iba poniendo cada vez más fuerte y más guapo.

Había una esquina peligrosa, donde se alzaba un jarrón de barro pintado en azul y gris, que tenía de las asas colgando unos aros enormes. La cola de la centella humana solía darle con tan mala fortuna, que el jarrón entero se caía y se partía y, entonces, José Miguel, mi hermano mayor, tenía que recomponerlo con pegamento. Era el jarrón más recompuesto del mundo. No había parte por donde no se hubiera partido. Sus costuras eran testimonio de la felicidad infantil que aún hoy a mis hermanos y a mí nos sigue acompañando.

A mis amigos les gustaba venir a mi casa porque en ella había vida y alegría. En las casas de otros había moqueta y había que descalzarse para entrar y uno no podía hacer allí nada más que ver la tele.

Mi madre era la artífice de toda esa alegría que aún llevo dentro.

Gracias a todos los artífices de la alegría en las casas. Por ellos, los niños son ahora hombres y mujeres buenos y felices que nos hacen la vida más buena y feliz.

lunes, 13 de junio de 2011

Cosas con que los mayores me asustaban cuando yo era niño

1. ¿Que te has tragado el chicle? ¡Adiós! Ahora se te pega a la tripa y hay que operarte.

2. ¡Ve a que te pongan una tirita en esa herida, que, si no, se te van a salir por ahí las tripas!

3. No des ni una calada a un cigarro. Los niños que fuman no crecen.

4. Si no comes, vendrá el Canco (o el tío mantequero, en otros sitios conocido como hombre del saco).

5. Si no haces los deberes, te salen orejas de burro. Mira, ya empiezan a asomarte por ahí.

6. ¿Por qué le pegas a tu hermano? Te voy a pegar yo a ti, a ver si te gusta.

7. ¡Noooo! ¡No te asomes tanto al pozo, que ahí abajo vive el viejo del pozo! Si te caes ahí dentro, nunca te soltará.

8. ¿Ves esa piedra que sale de la tierra? Es la cabeza del demonio.

9. ¿Conque tú has sido el que ha entrado en mi huerta y se ha hecho pipí? ¡Voy a llamar a la Guardia Civil para que te metan en la cárcel!

10. ¡Tienes que comer! Si no comes, tus amigos Juan Carlitos y Agustinito se convertirán en hombres fuertes y tú serás siempre un niño chico y muy flaco.

lunes, 25 de abril de 2011

Prepúber

Tendría yo unos diez años cuando cayó en mis manos una revista donde se anunciaba una pastilla contra el insomnio. El anuncio mostraba una fotografía de una cama en penumbras y en ella un hombre con el torso desnudo me miraba con los ojos tristemente abiertos, mientras su mujer dormía plácida de espaldas a él.
Yo no sé qué me inspiraba aquella imagen, pero no podía dejar de mirarla. La guardé bajo toda mi ropa y cuando llegaba de clase, la miraba a hurtadillas como intentando desentrañar un misterio. Y cada vez la escondía más al fondo del armario, para intentar alejarla de mí, pero cuanto más la escondía, más intenso era el deseo de volver a contemplarla. Estuve atado a aquellos ojos muchos días hasta que un día se lo confesé a mi madre, que me aconsejó deshacerme de la revista para estar más libre. Le hice caso, sin pensarlo mucho, porque hay cosas que uno nunca haría si las piensa mucho.

Nunca me han dado un consejo tan bueno.

lunes, 11 de abril de 2011

La manía de acortar la infancia

La infancia es la época más feliz, sana y despreocupada. Los niños no discuten de política, ni se enfrentan por cuestiones ideológicas, ni sufren aún por que sus cuerpos no se amolden a los cánones físicos de belleza con que la publicidad nos bombardea. Tampoco tienen que soportar a un jefe ni están cargados de responsabilidades. Si tienen la suerte de contar con unos buenos padres que ni los malcríen ni los atormenten, se dedican a la salud, el amor y la alegría y allá donde van todo el mundo les sonríe, porque el mundo será para ellos.

Y, sin embargo, qué prisa les mete el ambiente para que dejen de ser niños y se sexualicen. Qué manía la de algunas madres por acortarles las faldas a sus hijas. Qué pasividad la de algunos padres cuando sus hijos menores de catorce años se hacen perfiles falsos en el tuenti.

Padres, que no os roben la inocencia de vuestros hijos.