Esto es lo que dice respecto a los tres Pedros que reinaban en Castilla, Aragón y Portugal: Pedro I el Cruel, Pedro IV y Pedro I. A primero le echa en cara que permita que los moros sigan dueños del Peñón de Gibraltar (hoy lo son los ingleses); al segundo no lo tolera porque se entromete en asuntos italianos, siendo, como es, un rey menor de una antigua provincia romana que debería someterse a la auténtica heredera del Imperio Romano, que es su amada Italia (difícil no ver en esa animadversión suya a Aragón un antecedente de la primera Leyenda Negra española, forjada dos siglos más tarde en Italia); y al tercero lo da por lejano e imposible.
"El rey más poderoso entre los hispanos está de manos cruzadas y por su indolencia permite, oh vergüenza, que dentro de sus propios territorios, en un angosto peñón sea de modo infame profanada la majestad de Cristo .
Por su parte, este que habita en las costas de nuestro mar no ansía ni piensa en otra cosa que en el oro de los venecianos y la sangre de los genoveses; enemigo de estos y satélite de aquellos por la magnitud de su avaricia, está uncido por aquellos al oro y vencido por estos con hierro. Y, a su vez, aquel otro, el más lejano de nuestros reyes, está ensordecido por el fragoroso y constante oleaje del océano, hasta el punto de que de tan lejos no oye nuestros suspiros, y sepultado en el occidente más extremo no se preocupa por lo que haga el oriente."
Lo interesante es que los tres son, para Petrarca, reyes de una misma provincia, España, y los tres van dando palos de ciego, cada uno cegado por sus propios asuntos o lastrado por sus propias indolencias y apatías. ¡Qué poder tendrían si las tres coordinaran sus fuerzas en una noble empresa común! Para ese momento faltaba más de un siglo.
Hoy hemos vuelto a la situación lamentable que conocía Petrarca.