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viernes, agosto 30, 2019

irreducible





José Ángel Cilleruelo, Pájaros extraviados, Colección La Gruta de las Palabras, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2019, 80 págs.


La escritura de José Ángel Cilleruelo (Barcelona, 1960) ha ido asentándose con el tiempo sobre un puñado de estrategias complementarias, o que en su mano se enriquecen mutuamente: la preocupación formal como una vía para generar o vehicular, según, el extrañamiento propio de la visión poética; la investigación de los espacios «entre», el ámbito del arrabal, las afueras, esa tierra de nadie que se extiende entre el campo y la ciudad, pero también ese lugar de nadie en que se convierte la ciudad bajo ciertas condiciones de luz, de clima, de predisposición afectiva; el énfasis en un mirar que singulariza cada objeto, cada muesca de lo real, y al mismo tiempo ralentiza e incluso detiene el tiempo; y, por último, un decir preciso, sincopado, que nos da el proceso por el que algo termina siendo lo que es; un decir, también, que gusta de la paradoja y el aforismo, pero nunca como estación término, nunca como conclusión higiénica o tranquilizadora, sino como el medio mejor para expresar la ambigüedad del mundo, nuestra dosis cotidiana de incertidumbre y, en fin, esa facilidad con que el yo proyecta su red pegajosa de sombras y quimeras.

Después de la publicación en 2017 de La mirada (FCE), «antología esencial» ordenada como libro de nueva planta por Vicente Luis Mora, estos Pájaros extraviados nos devuelven, sin grandes variaciones, al territorio de su libro anterior, Tapia con mirlo (2014). Estamos ante un libro unitario, dividido en tres secciones de catorce poemas que arrancan, en cada caso, con un poema titulado «Nocturno». Y ese preludio sombrío vuelve aún más dubitativo o sincopado el decir de Cilleruelo, que aquí opta por frases breves y encabalgamientos, una sintaxis cortante y afilada que, sin embargo, termina pareciendo impresionista por su capacidad para la evocación o la sugerencia (y aquí el uso de la anáfora juega un papel crucial). El instante se detiene y el poema bucea en él, ensanchándolo con su braceo. Es como si la escritura tomara el cabo suelto de un suceso, una percepción, un simple caer en la cuenta de algo, y tirara de él hasta desovillarlo. Así, por ejemplo, en el arranque de «Travesía por el extraño sendero», título que podría muy bien hacer de poética del conjunto: «Quizá anochezca cuando empiezo / a escribir estos versos. / Camino por el bosque. Eso lo sé. / Me guían las palabras / que aún no aparecen por aquí, / pero ya pugnan por salir […]».

Estos versos son un ejemplo claro de la tensión metapoética de esta escritura, que en Cilleruelo siempre ha estado presente y siempre apunta al carácter medular o fundacional de la poesía, su formar parte inextricable de la vida, expresión de un eros que se busca una y otra vez en las superficies y los pliegues del mundo… y que quisiera parar el tiempo, fijarlo en sílabas contadas, para sondearlo con más empeño: «El pájaro en una rama del naranjo. / Dan ganas de quedarse / sentado ahí en el banco, / a que la primavera / lo recubra de nieve […] / Dan ganas de quedarse en este instante / por siempre, aquí sentado […]» («Machado»). Pero esta reflexión metapoética va un poco más allá y nos recuerda, como en los versos finales del que quizá sea el poema central o más significativo del libro, «Emily», que la escritura produce realidad: «Despacio escribe para que ocurra algo alrededor. / Y ocurren las palabras».

Quizá los poemas centrales de Pájaros extraviados, cuyos títulos remiten a figuras centrales de la educación sentimental y libresca de su autor (Ovidio, Manrique, Hölderlin, Monet, Emily [Dickinson], Machado, Morandi, Fonollosa…), sean los que mejor encarnan las necesidades expresivas de su autor, el sentido de su búsqueda. Son menos lecturas o correlatos objetivos –aunque alguno hay– que homenajes oblicuos, la forma que tiene Cilleruelo de traerlos de vuelta a la vida, lejos de cualquier tentación culturalista que pudiera limar sus aristas. No son iconos ni bustos parlantes, sino presencias vivas que han preservado toda su fuerza, su capacidad para interpelarnos. No en vano su decir, su melodía, como en el final del titulado «Manrique», es «un enigma, / o quizá un laberinto, / que tanto explica / de quien la escucha». Así este libro, que es un semillero de aforismos reticentes y enigmas luminosos que no cabe leer fuera de contexto, pues el contexto lo es todo, un proceso en el que vida y escritura se retroalimentan para que «la ventana […] / dé a un afuera y no dé a un adentro» («Hölderlin»). Y ese afuera, en última instancia, es lo obstinado, lo irreducible, lo que no puede masticarse ni disolverse en palabras y nos obliga (de nuevo) a seguir escribiendo.


Originalmente publicado en la revista Nayagua, Fundación Centro de Poesía José Hierro, Getafe, número 30 (verano 2019), pp. 203-205.

miércoles, febrero 20, 2019

libro de los otros / reseña


Había decidido no utilizar el blog para colgar reseñas de mis libros (prefiero compartir textos, lecturas, admiraciones), pero hago una excepción con esta lectura que Jaime Priede, con quien tanto he querido a lo largo de treinta años que se cumplirán muy pronto, acaba de publicar en el último número –el 29, descargable aquí– de la revista Nayagua sobre Libro de los otros (Trea, 2018). La leo con emoción y agradecimiento. Más acá de los elogios, pocas veces se ven las intenciones o los propósitos de uno tan bien elucidados. Jaime conoce perfectamente las piezas del puzle de esta escritura, el contexto que las envuelve y la fuerza que las mueve, y la precisión de su mirada crítica me resulta asombrosa, como si me hubiera leído el pensamiento. Que es, en realidad, un privilegio de la amistad. Y, ahora, no dejen de leer su espléndida traducción de la Poesía completa de Raymond Carver, recién publicada en Anagrama con el título de Todos nosotros.

[Nota: para leer bien el texto, basta pulsar en la imagen respectiva].
 






jueves, agosto 18, 2016

una bitácora / diez años




Gerhard Richter, Teide Landscape, 1971


Regreso a esta bitácora después de un pequeño descanso, y lo hago con un artículo que trata justamente de ella, de cómo surgió y cuál ha sido su evolución –y la de su autor– a lo largo del tiempo. Me lo encargó la revista Nayagua hace muy poco y parece adecuado compartirlo ahora, cuando Perros en la playa cumple diez años de vida. Qué barbaridad. Y sigue uno con esa sensación –incómoda, paradójica– de no haber parado quieto y de tenerlo todo por hacer…


Desde que abrí Perros en la playa, mi bitácora literaria en la red, han pasado casi diez años. Fue en agosto de 2006, en un momento de profundo desconcierto vital y literario, y quiero pensar que gran parte del camino recorrido –o escrito– desde entonces no habría sido el mismo sin el concurso de esa pizarra pública donde he ido colgando de manera intermitente mi trabajo.

Llegué tarde al mundo del blog, o eso me parece ahora, y cuando lo hice gran parte de mis contemporáneos y colegas disponían ya de un espacio propio en la red. La tardanza –y el ver cómo se las arreglaban los demás– no me dio más soltura ni más seguridad; tardé en encontrar la dicción, el tono de voz. ¿De qué forma debía dirigirme a los posibles lectores? Antes aún: ¿habría lectores? Parecía aconsejable encontrar un término medio entre la informalidad excesiva –muchas veces agravada por el desaliño expresivo y la pretensión de tratar a los visitantes como colegas de tertulia en la barra de un bar– y la distancia olímpica de ciertos figurones que veían la red como un instrumento publicitario más.

El arranque, pues, fue lento, titubeante. Tuvieron que pasar meses e incluso años para que la extrañeza inicial diera paso a una comprensión más o menos cabal de las ventajas y limitaciones del nuevo formato. Y sobre todo para ir encontrando ese tono que me permitiera sentirme cómodo y a la vez alerta, sin caer en las trampas del facilismo y la autocomplacencia. Decidí escribir como si no hubiera nadie al otro lado, como si realmente no tuviera lectores (cosa que, por lo demás, no estaba ni está muy lejos de la realidad). Y combinar el trabajo propio con el cuidado del ajeno, es decir: las viñetas callejeras y cotidianas, los poemas, las notas de poética o los aforismos con las versiones de poesía en lengua inglesa y el asedio crítico a otros escritores. Esa variedad parecía replicar de manera bastante ajustada y espontánea la naturaleza de mi propio trabajo literario, que desde siempre ha simultaneado la escritura propia y la traducción, la creación y la crítica.

Como expliqué en su día en una entrevista publicada en Cuadernos Hispanoamericanos, la bitácora me resultó estimulante sobre todo por dos motivos: «primero, a diferencia de un artículo de revista, que suele tener una extensión determinada y estar limitada por las características de la página o de la sección donde se incluye, me permitía escribir exactamente lo que el asunto o mi acercamiento a él me exigía; ni más ni menos; no había lugar para perífrasis retóricas ni glosas espesantes […]. En segundo lugar, saber que había lectores atentos [por pocos que fueran, añado ahora] al otro lado de la pantalla me hizo consciente de las vetas más egotistas o solipsistas de mi escritura, así que me propuse abrir bien los ojos y contar lo que veía, olvidarme un mucho del yo y dar cabida al “ellos”: creo que algunas notas de Perros en la playa tienen la virtud de llamar la atención, machadianamente, sobre lo que pasa en la calle, escenas o personajes que despertaron mi curiosidad y que guardan, en su brevedad, un gran potencial narrativo. […] Fue una buena disciplina».

En estos diez años la bitácora ha generado al menos dos libros –el homónimo Perros en la playa (La Oficina, 2011) y una muestra de mis traducciones de poesía de próxima aparición– y acumula más de 800 entradas (poco menos de ochenta al año de medio, que no es un ritmo precisamente vertiginoso). Sigue siendo un espacio modesto, con pocos pero fieles lectores, que no quiere ser más que un reflejo de mis gustos, intereses y averiguaciones. Pero ha sido también un interlocutor paciente que no se conforma con cualquier respuesta y que sigue exigiendo toda mi atención. Si algo he aprendido todo este tiempo, es que sin él estos diez años habrían tenido un sentido muy diferente. Es algo así como el fantasma que, como en el poema de Ashbery, no deja de reaparecer y plantear preguntas incómodas. Lo que nos recuerda que nuestro oficio sigue siendo dar respuesta, testimonio, aunque sea a nada o a nadie.

(publicado en la revista Nayagua, núm. 24, pp. 329-330)

sábado, marzo 05, 2016

reseñas / 3


La Fundación José Hierro de Getafe ha tenido la gentileza de incluir Nada se pierde en su apartado de «Lecturas recomendadas». Se recupera así la inteligente reseña que Andrés Catalán dedica al libro en el último número de la revista Nayagua, recién publicado.

Por su parte, José de María de Romero Barea se explaya sobre Don de lenguas con palabras cercanas y generosas. Se pueden leer en Mundo Crítico.

A todos ellos, gracias de corazón.

domingo, agosto 11, 2013

el mundo no se acaba / una reseña


Antonio Ortega ha tenido la gentileza de escribir sobre El mundo no se acaba (Vaso Roto, 2013) de Charles Simic en el último número de la revista Nayagua, de la Fundación José Hierro. El resultado es un pequeño ensayo lleno de sugerencias y claves de lectura, con esa capacidad tan suya para establecer filiaciones y correspondencias con otros mundos. Un lujo, vaya. Podéis leer las cinco páginas de la reseña pulsando en cada imagen para ampliarla. 







martes, agosto 28, 2012

ortega, burnside, nayagua



El poeta y crítico Antonio Ortega ha publicado en el último número de la revista Nayagua (el 17) esta modélica reseña de Conjeturas y esperanza, de John Burnside, en la que ensaya algo que agradezco profundamente como lector: establecer correspondencias y relaciones con otras poéticas, españolas o extranjeras. La referencia, por ejemplo, a los «espectros de Brocken» que Juan Carlos Suñén invoca en su último libro es algo que no se me habría pasado por la cabeza y que sin embargo, leído ahora, me parece de lo más sugerente.

El nuevo número de Nayagua –que salió a mediados de julio y que quizá, por aquello de que es verano, ha pasado un poco desapercibido– se puede leer íntegramente en la página web de la Fundación José Hierro, aquí. No os lo perdáis, porque no tiene desperdicio. Aunque echo de menos, qué remedio, los tiempos en que salía impresa en papel. El pdf es más ecológico/económico, pero no se puede abrir con las manos y eso, para un antiguo como yo, sigue siendo una limitación.

Par leer cada una de las cuatro páginas de la reseña, basta con pulsar sobre la imagen correspondiente (lo mejor es apretar el botón derecho del ratón y pedir que la imagen aparezca en una nueva pestaña del navegador).








martes, febrero 21, 2012

watanabe en lima



Francisco Toledo, Pescado (1971)

Lamento convertir esta bitácora en un tablón de anuncios más pendiente de difundir mis nuevas publicaciones que de guisar palabras en tiempo real, pero a veces se dan extrañas conjunciones y trabajos realizados en fechas muy distintas se imprimen o aparecen al mismo tiempo. Ahora es el turno de «Sueños de arena», una breve lectura de «El lenguado», poema del peruano José Watanabe que suelo trabajar con mis alumnos del Hotel Kafka. Acaba de ver la luz en el último número (el 16) de la revista Nayagua, de la Fundación José Hierro, y ahora tiene el honor de estrenar la bitácora del Festival de Poesía de Lima (el FIPLIMA), que tendrá lugar entre el 29 de marzo y el 1 de abril con la asistencia, por parte española, de Juan Carlos Mestre, Rodolfo Häsler, Manuel Vilas y un servidor. Un honor, sí. Todo gracias a la generosa hospitalidad de un equipo capitaneado por Renato Sandoval, el único poeta peruano-finés que conozco y uno de quienes mejor me enseñó Lima cuando la visité hace dos primaveras. Mientras llega la hora de volver, bien está entretener la espera releyendo al gran Watanabe.