Tengo la secreta certeza de que la creación, ese paradigma de la fragilidad, de lo azaroso, está de alguna manera vinculada al entorno, a esa geografía de lo propicio de la que cada pintor se rodea, y donde se encuentra a gusto.
Así que visito en el estudio de Damián Flores, en Madrid, de techos altos, cruzados de fluorescentes, paredes blancas y el suelo gris con rastros de pintura: azul, granate, roja y esos otros colores para los que sólo tienen nombre los pintores: siena, prusia, gris Payne… Hay un sillón, un viejo caballete, una mesa con libros –veo a Claudio Rodríguez, a Pessoa, a José Ángel Valente-, lápices, tubos de acuarela, avellanas y nueces.
Porque tiene la costumbre, tal vez supersticiosa, Damián Flores de reproducir sus exposiciones en cartón: anota la forma y el tamaño de cada uno de los cuadros, el título a veces, y un bosquejo.
De modo que mirando los dibujos uno puede recorrer la exposición a escala: escaleras de caracol, cristales y ventanas, edificios, columnas, sombras, luces y cielos de tormenta.
Hay algo luminoso en su pintura. Algo de esa realidad insuficiente, casi metafórica, al tiempo fidedigna y también de algún modo imaginada. Un mundo que es poderosamente real, y al tiempo una invención posible. Incluso preferible, o deseable.
Me pregunto por esa mujer, que aparece de espaldas, con el sombrero rojoy por ese otro cuadro delante del edificio Siboney, en Castelar, donde posa con García Mercadal. Me contó Damián que Mercadal viajó con Le Corbusier por España, lo acompaño a la Residencia de Estudiantes, en Madrid, y también en un viaje a Barcelona. El uno, bajito, sonriente, con sombrero. El otro, la frente despejada, impecable, siempre con pajarita, y las gafas torcidas.
Damián Flores está exponiendo en la Galería Siboney, en Santander, y éste es el texto que publiqué el otro día en el suplemento Sotileza, de El Diario Montañés.