Bitácora de Isabel Huete
SOLIDARIDAD CON HAITÍ
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09 octubre 2007
Morfeo me mata
Puedo recordar a mis 16 añitos, en uno de los dos únicos cursos de mi vida escolar que no estuve interna, cómo mi madre, a las 6 am. venía a despertarme para atravesar Madrid de punta a punta camino del colegio. Dormía en la misma habitación con mi hermana mayor, Carmen, en una litera en la que yo ocupaba la parte de arriba. Mi madre me llamaba con suavidad para no despertarla y yo, para que se marchara, amagaba levantarme, pero en cuanto salía por la puerta daba media vuelta y me volvía a dormir. Así hasta tres o cuatro veces, hasta que mi madre, desesperada, tiraba de mí para colocarme con los pies en el suelo y así poder volverse a la cama. Pero yo no podía con mi alma -o mi alma no podía conmigo, no sé- y tirada sobre la alfombrilla de la habitación me volvía a los brazos de Morfeo, tan agustito. Mi pobre madre, sabiendo de mis dificultades para arrancar se mantenía alerta, y se levantaba de nuevo para volver a tirar de mí hasta que me metía en el cuarto de baño. Pero aquí no acababa mi calvario -ni el de ella, sobre todo- porque tan pronto me encerraba en el baño, estiraba la alfonbrilla de la bañera y me dormía de nuevo sobre ella. Me daba igual que hiciese frío o calor, y no digamos el llegar a tiempo a las clases. Yo sólo quería dormir y que me dejasen en paz.
Lo malo de todo ese drama matutino que yo dividía en tres actos, obligando a mi madre a que me acompañara en la escena, ¡pobrecita mía!, era que la solución final pasaba porque empezara a golpear la puerta y a llamarme a gritos para que me despertara, lo que implicaba despertar también al resto de la casa. He de reconocer que la oía de sobra pero, como buena hijaputa que a veces soy, hacía como que no. Mi actitud, creo, se debía a que concebía esos madrugones y el tener que hacer varios trasbordos de autobús para llegar a mi destino como una especie de castigo; también el hecho de que las clases fueran de Matemáticas, Física y Química, mis tres bestias negras, ya que las había suspendido y las tenía pendientes. Y claro, yo le echaba la culpa a mi padre por haberme "encauzado" hacia las ciencias porque decía que tenían más salida, cuando yo era, y soy, medularmente de letras. Eran tiempos en los que la opinión de una no contaba para nada, menos aún cuando tu padre se consideraba dueño y señor de tu vida y de lo que ella debería depararte. Estaba, en principio, predestinada en lo que a mi formación se refería, pero lo que él no sabía (o no quería saber), ni yo tampoco (si acaso lo intuía), era que tal predestinación estaba condenada al fracaso. Decididamente yo nunca sería farmacéutica, que es lo que le hubiese gustado.
Entonces mis mañanas tempraneras era un suplicio, sin embargo ahora, a pesar de sentirme muy desgraciada cuando madrugo, intento buscarle el puntito guapo, el puntito atractivo, y me encandilo con las luces del amanecer y con las estrellas más remolonas. Además ahora, haga lo que haga, sólo dependo de mí misma o, como mucho, del despertador del móvil, por el que siento un odio profundo pero al que necesito tanto para levantarme como para acordarme de cualquier evento, como es el caso de los cumpleaños de las personas a las que quiero o de las citas con el médico o con cualquier ser vivo. Con los no vivos todavía no quedo...
Es curioso que haya empezado a disfrutar de las desventajas de madrugar después del tratamiento al que me sometieron de cortisona junto a la quimio. Las 14 pastillas que me metía durante 5 días seguidos todos los meses me ponían como una moto, tanto que me acostara a la hora que me acostara, a las 6 am. ya estaba en danza sin que me costara ningún esfuerzo. Era como si me metiera una raya de coca en vena (y eso que no sé lo que es una raya de coca, aunque sí unos buenos gintonics o unos orujitos blancos, de los buenos), tal era la actividad (o el frenesí) que desarrollaba durante el día. Eso sí, la cortisona te pone bien sabrosona... pepona de verdad. Pero lo prioritario era estar fuerte, sentir que tenías vida para seguir viviendo, y es entonces cuando comprobé lo hermoso que es ver amanecer todos los días, ver abrirse algunas flores con la luz del sol, contemplar la mar en calma, sentir el silencio sólo interrumpido por el despertar de los pájaros, bañarte en pelotas con las primeras luces dejándote llevar por la corriente como un barco a la deriva. Y después desayunar, sola, con el mundo por delante, con el horizonte físico y mental abierto en canal para que la vida se desparrame a su antojo.
Y estos bellísimos amaneceres, y atardeceres, pude disfrutarlos gracias a mi prima Cristina y a su marido, Fernando Trueba, que me dejaron estar en su casa en una cala de Mallorca durante un mes, ese verano del 2003. Nunca se lo podré agradecer suficientemente. También a mi madre y a mi tía, que me acompañaron y estuvieron pendientes de mí con todo el mimo del mundo, sobre todo a la hora de despertarme de la siesta porque me empezaba a dar el sol y no debía tomarlo; siesta que dormía en una hamaca colgada entre dos árboles, con el mar a mis pies y la brisa balanceándome. El paraíso.
Ahora ya sé disfrutar todos los amaneceres, y cada uno me parece el primero. No importa dónde esté ni en qué época del año. Uno debe renacer cuando renacen todas las cosas, cuando la vida se despierta cada día. Sigue sin gustarme madrugar, sigo adorando a Morfeo porque me mece muy bien, pero también diré que he conseguido adorar el amanecer y que cuando no lo puedo ver, disfruto imaginándomelo.
Amanecer y poesía.
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Isabel Huete
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Etiquetas: amanecer, colegio, Fernando Trueba, madre, Mallorca, Morfeo, prima Cristina
03 agosto 2007
De vuelta a casa
Me encantaría poder decir que han sido unas vacaciones de ensueño, pero lo más que me atrevo a afirmar es que han sido quince días de desconexión de mis neuras habituales, ésas de las que nos pasamos renegando el resto del año, aunque, pensándolo bien, no sé si la vida sería tan entretenida en caso de no tenerlas.
No me quejo. La desconexión es como una cortadora de césped que deja el jardín mucho más "aseadito", invitándote a pisarlo con los pies descalzos y a disfrutar del aroma que se desprende de la hierba recién cortada... Pero me queda un puntito de insatisfacción por no haber podido disfrutar en total libertad de todo cuanto me ha rodeado. Viajar acompañada de una madre y una hermana en crisis, por mucho que se las quiera, no es precisamente lo más recomendable. Más cuando dependen de ti para poder desplazarse bien sea a la playa, a comprar, o para visitar cualquier otro lugar de interés. Compatibilizar caracteres ya es difícil en situaciones de convivencia normal, pero si a ello se añade que, en mi caso, tal compatibilidad no ha existido nunca ni podrá existir, la cosa se complica un pelín. La única posibilidad es callarse (las tres sin excepción) todo aquello que pueda hacer saltar la más mínima chispa, que pueda ser fuente de controversia, que pueda alimentar cualquiera de los miles de reproches que llevamos haciéndonos toda la vida. Si evitamos la fricción todo transcurre como la seda... aunque ésta no sea más que la piel bajo la que se ocultan pensamientos inconfesables. Aún así, me doy por satisfecha y asumo la responsabilidad de haber sido la organizadora de tal encerrona y, por tanto, de sus consecuencias, sobre todo para mí que soy la menos sociable, o la más necesitada de soledad. Mi madre ha disfrutado como una enana con todo y ha descansado, que era lo que yo pretendía, quizá porque tiene muchos años y, aunque está en magnífica forma todavía, ya le empiezan a aparecer esas goteras irreparables que te llevan a pensar si el año que viene seguirá estando aquí. Y no es cuestión de pesimismo sino de realismo, del más crudo, de ése que llevamos como una marca indeleble en medio de la frente desde el mismo momento en el que la vida nos da la bienvenida. Puro determinismo antropofísico: el cuerpo como signo y significado de la existencia. Llevo tiempo empeñada en que mi madre, alguien a quien he aprendido a querer después de muchos años, disfrute al menos quince días al año de todo aquello que más le gusta: la playa, hacer excursiones, pasear a la orilla del mar, darse caprichos gastronómicos, no pensar en obligaciones, leer el periódico sin interrupciones innecesarias, en definitiva: vivir como una reinona.
Lo de mi hermana, la cuarta de los cinco que somos, es otro cantar. Es una persona tan terriblemente frágil que la vida se le lleva deshaciendo entre los dedos sin darse cuenta desde que tiene uso de razón. Tampoco el resto de la familia nos dimos cuenta hasta que hace dos años se rompió en mil pedazos, como una copa de cristal al estallar contra el suelo. Doctora en Historia, de gran inteligencia, culta, simpática a rabiar, generosa, cariñosa... y con una valoración de sí misma igual a cero patatero. Eso la hace muy vulnerable y dependiente de los demás. Es curioso lo diferentes que podemos ser los hermanos entre nosotros. Mientras yo busco a menudo (y disfruto) la soledad, ella la rehuye como a la peste. Yo creo que hasta le da miedo encontrarse a sí misma a la vuelta de cada esquina, sobre todo si es la del pasillo de su casa. La verdad es que despierta en mí una ternura inmensa, más ahora que ha sido capaz de darse cuenta de que vivir sola le supone un sufrimiento difícil de sobrellevar, pero está en el empeño de superarlo y eso ya es un síntoma a valorar. Pues bueno, por eso también me la llevo de vacaciones, aunque en algunos momentos me sienta algo culpable por no tener la paciencia suficiente ni la capacidad de comprensión necesaria como para hacer que se sienta totalmente a sus anchas. Dice que este año lo ha pasado mejor que ningún otro, y yo me digo que quizá sea verdad... Lo deseo de corazón.
Siempre he pensado que la vida sería un asco sin el disfrute de las pequeñas cosas, pero para poder disfrutarlas antes hay que saber percibirlas y pararse un tiempo a observarlas. Después uno puede darse cuenta de que son mucho menos pequeñas de lo que pensamos, o quizá lo que pasa es que al disfrutarlas y hacerlas nuestras las engrandecemos para no perderlas nunca.
Luna y poesía.
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Isabel Huete
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Etiquetas: hermana, luna llena, madre, Punta de la Mona
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