Transcribo la carta que me envió, antes del viaje a China que iba a iniciar, y la que yo le contesté porque ambas me parece algo curiosas.
"Te veré en China. A la puesta del sol me encontrarás esperándote, vestido de gris y oro, en el primer ángulo izquierdo de la gran muralla.
No te retrases demasiado. Tengo entendido que el sol se pone rápido y mi discurso dura varias horas.
Madrid, Maribel, es un lugar para desconocidos. En Pekin los niños no lloran. Todo es muy íntimo. No te dejes llevar por la multitud.
Piensa cosas despacio. Humedece tus labios con la lengua y desemboca suavemente hacia la inteligencia. Hacia mí.
A."
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"Me fue difícil encontrarte. Cuando tú llegaste llevaba yo esperándote varias horas. Vi cómo te acercabas por el camino con paso seguro pero lento. Vestido con los colores de la lluvia y el sol.
Resultaba yo tan insignificante al lado de la gran muralla que apenas notaste mi presencia. Agité mi mano y sonreíste.
Cuando empezó tu discurso tomé asiento a tu lado, cerré los ojos y me dispuse a escuchar. Tu voz llegaba hasta lo más hondo de mis pensamientos, taladrándolos uno a uno.
Han pasado los días y las noches y tus palabras vuelven una y otra vez a mi sin yo ir a buscarlas. He comprendido que debo acostumbrarme a convivir con ellas porque son mi única compañía en las horas de soledad.
El camino hacia la inteligencia, que no es lo mismo que hacia ti, es largo. Con el tuyo no reparo en la distancia ni en el tiempo porque sé que me esperas y cualquier noche, bajo las estrellas, nuestra comunión será perfecta. Creo.
M."
Fue un micro-amor porque acabé aburriéndome de tanta vanidad y decidí que lo aguantara su santa que, por cierto, era una bellísima persona. En todo caso, aunque no me hubiese aburrido, nunca se me ocurrió pensar que fuera a durar demasiado. Los hombres casados tienen eso, que o asumes que eres la amante o vas de culo. Y los/as amantes, por lo general, tienen poco recorrido pero mucha más libertad para salir por piernas.
Sorpresas y poesía.