Bitácora de Isabel Huete

SOLIDARIDAD CON HAITÍ

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17 diciembre 2008

Javier Marías, crítico de blogs

Levantarse cuando las calles aún no han sido puestas para quitar el coche de la zona de carga y descarga y volver a aparcarlo bien tiene su mérito y, sobre todo, permite dedicar esos minutillos robados al amanecer a comentar algo en el blog. Quizá debería aparcarlo mal todos los días para obligarme a dar el madrugón y aprovechar más el día, pero creo que va a ser que no porque apenas utilizo el coche en la ciudad ya sea por cuestión de economía, de ahorrarme el desagradable tiempo que he de dedicar a buscar aparcamiento o por conciencia ecológica. Así que hoy ha sido una excepción que voy a intentar aprovechar lo más que pueda.

Ya me metí una vez con un artículo de Javier Marías, en aquella ocasión con el cabreo consiguiente por el menosprecio que mostraba por la forma de vestir de la gente en verano. En esta ocasión voy a evitar cabrearme porque creo que no vale la pena ya que las tontunas que este grandísimo escritor vierte en su último artículo en el Dominical de El País del pasado domingo acerca del contenido de los blogs y de quienes están detrás de ellos no merecen otra cosa que la conmiseración hacia el ignorante.

Javier Marías, que se reconoce no usuario de Internet, incluso tampoco del ordenador para escribir sus libros (lo hace en máquina de escribir y, encima, ha removido Roma con Santiago para encontrar una nueva de la marca X que siempre ha utilizado), utiliza una entrada "casual" en la red, en no recuerdo dónde, supuestamente para hacerse una idea de qué se cuece en la comunidad virtual.

No sé en qué páginas entraría ni a qué amigos y/o enemigos visitaría, pero pareciera que el cursor le llevó a una suerte de comunidad endemoniada, de seres de bajos fondos y actitudes matoniles. Quizá, me temo, sólo se dedicó a husmear entre los nombres más relevantes de la literatura actual, tan proclives ellos (sobre todo ellos, lo siento) al navajeo y al
vitupereo contra el resto de su casta de intocables.

Es una pena que este hombre, al que admiro como escritor de novelas, sea tan poco ecuánime a la hora de opinar y valorar al resto de seres terrenales, generalizando de manera infantil los errores en los que unos pocos puedan incurrir (humanos, por otro lado) y siempre afeando toda forma de actuación de hasta los más humildes de los mortales. Y resulta también curioso que menosprecie la libre opinión que otros puedan tener a través de sus blogs tachándoles de criticones, malpensados, rabiosos y cabreados, cuando la suya todos los domingos en El País Semanal es tan similar a la entrada de un blog y de contenidos tan destructivos como pueda ser la de los demás. Claro, que así se libra de que otros le puedan replicar de forma inmediata y afear su conducta, cosa esta que a él le parece reprobable e incomprensible en el mundo de la blogosfera. Ser crítico sin recibir críticas es realmente cómodo y su acomodo en esa impunidad no le hace más libre sino más prisionero de su miedo a ser contestado.

Yo le invitaría a visitar nuestra pequeña comunidad, tan llena de gente educada, sensible, respetuosa comprensiva, inteligente, sabia y cariñosa, y eso sólo por citar algunos de los adjetivos que me vienen a la cabeza de golpe porque podría llenar páginas hablando del buen hacer de mis queridos/as opinadores, virtuales unos y otros no tanto. Aunque también me temo que dada su actitud despectiva hacia el género humano sus adjetivos hacia nosotros serían de otro calibre.
No quisiera pensar que el éxito sea la causa de tanta tontuna, más bien me inclino por la creencia de que carencias de otro tipo le incitan a proyectar en los demás lo que no sabe apreciar en sí mismo, o no puede, o no quiere. ¡Qué pena!

Si alguien no ha leído el artículo al que hago referencia y está interesado/a en saber más, aquí dejo el enlace:

http://www.elpais.com/articulo/portada/region/ocultamente/furibunda/elpepusoceps/20081214elpepspor_2/Tes

(Si en la página saliera error al pincharla -a mí me sale-, ir a El País y buscar El País Semanal: no tiene pérdida)

Blogosfera y poesía

01 octubre 2008

Lo que aquí se esconde

Imagen de ojo retocada digitalmente por Isabel Huete

A veces, cuando leo otros blogs, me pregunto si no debería cambiar la tónica general del mío y elegir una línea de comentarios más homogénea, menos dispersa. Pero me asalta la duda de si sabría someterme a ese tipo de disciplina. Mi mirada danza de un sitio a otro por el escenario de la vida y se para sólo cuando ve algo que le inquieta, para bien o para mal. ¿Por qué no expresarlo entonces así?

Cuando decidí crear esta bitácora me lo planteé como una puerta abierta hacia mi interior, sin pretender poner ningún tipo de condición a quienes decidieran traspasarlo (salvo la del necesario respeto mutuo) y, a la vez, que me sirviera también como túnel de evasión de ese campamento monótono que es el transcurrir de los días. Y es que a veces pienso que vivimos tras las vallas de una especie de campo de concentración, sin saber nunca en qué momento vamos a ser gaseados, o anulados, o desaparecidos. Tal es el poder que ejerce lo material sobre nosotros y las pocas salidas que nos ofrece.

Mi mente, como la de todos, supongo, se ve sometida las 24 horas del día a un martilleo incesante de noticias, sentimientos, sensaciones, tristezas, alegrías, fracasos, éxitos... Todos nuestros sentidos se ponen en alerta nada más despertarnos y lo que antes era descanso, a partir de ese momento se torna vorágine arrolladora de movimientos neuronales, estallidos inconscientes no siempre controlados ni controlables.

Pretendo extraer de todo ese maremagno aquello que me parece más positivo y sin duda, para mí, más placentero. No rehuyo el conflicto ni pretendo ocultar el genio vivo que tengo (a veces insoportable), tan sólo me adentro en mi yo más amable y lo muestro para convencerme a mí misma de que lo poseo, o busco su posesión para no desfallecer.

Mi impulsividad y sentido crítico hacia aquello que más me incomoda a veces me traicionan, sobre todo en los ámbitos menos atractivos en los que se mueve mi vida cotidiana. Vida bastante estéril, por otro lado, pero que he de llevar si quiero comerme de vez en cuando un suculento plato de lentejas y no caer en la inanición.

Consciente de esa realidad insufrible, a la fuerza tengo que recurrir a mi otra vida, la que se esfuerza en no dejarse arrastrar por la mierda que nos rodea, aunque a veces sea tanta que resulte imposible no acabar apestando a ella. Y esa es mi vida creativa, la que utilizo para perderme en los recovecos de la imaginación y de la sensibilidad, las que me gusta llenar con la contemplación de las pequeñas cosas, erróneamente consideradas exentas de grandeza. Nunca me he considerado, porque no lo soy, una artista, aunque sí alguien con cierto instinto para transformar la realidad más mísera en algo con ciertos tintes de belleza. Las manos, la luz y los colores son los instrumentos básicos a los que recurro, como tabla de salvación, para dar forma a esas mis otras vivencias, mucho más interiores y gratificantes aunque no estén expuestas en un mercado que, ni busco, ni me importa.

Intento nutrirme de lo bello, empaparme de su calidez, y exponerlo a la vista de los ojeadores sin que el miedo o el resquemor me ate. No busco reconocimiento ni juicio alguno, únicamente dejar abierta la puerta de esta mi casa en la que busco y encuentro la paz para que la traspase quien quiera compartirla conmigo. Algunos/as van y vienen, y otros se han quedado, pero ninguno/a me es indiferente. Y de todos aprendo algo nuevo cada día.

No puedo pedir más, pero sí puedo daros las gracias por vuestra compañía.

Blogueros y poesía.

28 septiembre 2007

Entrañablemente viva

Entre mis amigos/as, los que me escriben o llaman para opinar sobre mi blog pero que no se atreven, o les cuesta, mostrar su opinión escribiendo en él, el comentario más habitual es que les parece entrañable lo que escribo, y yo les contesto lo mismo a todos: que es eso, precisamente, lo que pretendo transmitir, no sólo porque yo soy, o me gusta ser así, sino también porque es lo que me gusta a mí encontrar ("lo entrañable") en los blogs personales de los demás, siempre que no tenga la impresión de que se hace con impostura, que es un guión estudiado, sino el reflejo de una realidad vital con un elevado grado de autenticidad. Al fin y al cabo, eso es en realidad un blog: un cuaderno de bitácora, un lugar, un diario, en el que se escribe lo que pasa y cómo nos pasa, al menos los que pretenden reflejar lo que pasa por la cabeza de uno mismo desde la opinión o el sentimiento. Así lo concibo yo.

Pero también mis amigos/as saben que una cosa es sacar la parte entrañable que una posee y que les gusta "saborear" leyéndome, y otra muy distinta que sea mi estado permanente de humor. De hecho, ante determinados acontecimientos sobre los que he opinado en alguna entrada, no he podido disimular la mala baba que a veces me chorrea entre las neuronas. Porque soy impulsiva, crítica y autocrítica (desmedida a veces), beligerante con la injusticia y la prepotencia, con la mala educación, con la falta de respeto, con la mentira masiva, con el egoísmo congénito, con quienes hacen de la simulación una forma de vida, y con muchas cosas más... Cuando algo me solivianta soy dura, quizá inflexible (mala cosa, esa), la sangre se me coagula y el corazón se vuelve roca. No, creo que no soy una perita en dulce...

Yo también he mostrado a veces esas actitudes con las que me muestro beligerante, no soy ajena a ellas, también tengo mi lado oscuro, pero he aprendido a sumirlo y a perdonármelo, y también a pedir perdón cuando he ofendido a otros. La verdad es que me siento mucho mejor después de hacerlo. Ya no me parece una humillación reconocer los errores. Quizá ese aprendizaje no se habría producido si no hubiese sufrido un cáncer ante el que pensé que la muerte podría estar más cerca de lo imaginable y, por supuesto, de lo deseable. Lo que más me sorprendió, y me sigue sorprendiendo de mí misma, es la falta de respeto que le tuve y le tengo (teóricamente es de los incurables) a esta enfermedad. Desde el primer momento me dije que no iba a poder conmigo, que le tengo demasiado amor a la vida como para que algo así me juegue la mala pasada de hacer que la pierda. Al fin y al cabo, los virus forman parte de la vida y de la misma manera que la puedo perder yo, también ellos son mortales... Y de momento les he ganado la batalla, después de cuatro años siguen "mataos y bien mataos". Y si he de ser sincera, ni me acuerdo de ellos. Es cuestión de economía vital: sería una pérdida de tiempo y esfuerzo.

He aprendido (dicen que a todos los que padecemos esta enfermedad nos pasa) a vivir de otra manera, a contemplar lo que me rodea como algo digno de disfrutar sin remilgos y a intentar que los que comparten conmigo la vida sean más felices (familia, amigos, compañeros, etc.). Ya no soy como era antes, mucho más derrotista, y he comprobado que cuando pierdes el miedo a la muerte, la existencia se vuelve mucho más luminosa, parece que todo cambie y tenga otro sentido, más positivo. Las prioridades cambian, el hoy es lo que cuenta; te abrazas a la vida cada mañana al despertar como si fuese el día más importante, el único, del que no puedes perderte nada, ni un minuto. Sentir esa intensidad me encanta, y me digo que he sido una jilipollas por no haber sabido disfrutar de igual manera todos mis años anteriores.

Amas más, a las personas y a las cosas, y es delicioso comprobar cómo cuanto más amas más recibes. Se da esa compensación sin buscarla, existe esa compensación aunque tardemos tanto tiempo en descubrirla, quizá porque nos dé miedo fracasar. Algunos no tendrán la suerte de descubrirla y disfrutarla en toda su vida. Yo la he tenido y la recomiendo.

Nunca pensé que hablaría de esta cuestión pero creo que era inevitable. No pretendo ser modelo de nada ni de nadie, ni que ninguno/a de los que me lean sienta pena o, por el contrario, lleguen a pensar que soy la leche. Pa . No sufro en absoluto porque me siento curada, porque me queda mucha leña por dar, muchas opiniones que transmitir y muchos sentimientos por dejar aflorar.

Puedo decir, y digo, que he logrado estar en paz conmigo misma y con todo lo que me rodea, y creo que eso es la felicidad o, al menos, lo que más se le parece. Me siento feliz. Viviendo en un mundo tan bello como el que muestra esa foto de China, ¿cómo no serlo?
Lujo de vida y poesía.

FOTOLIA