Este año he faltado a mi cita con el rizo de las olas; con ese dejar mis huellas, cada vez más profundas, en la arena; con dar libertad a mi mirada para esperar la llegada de Neptuno y dejarme secuestrar para llevarme a las profundidades de lo desconocido. El mar, la mar, siempre ha sido para mí un lugar de refugio y de pesadillas. De refugio huyendo de los abrazos traicioneros de la gran ciudad y de pesadillas porque por las noches se adueña de mis sueños y se vuelve siempre amenazadora y terrible. Nunca un amante fue tan desconsiderado conmigo.
Mi madre se fue y con ella se llevó la mar cosida a sus entrañas, supongo que para seguir disfrutándola en su otra dimensión, o quizá para no perder los recuerdos de tanto placer compartido y que con tanta ansia esperábamos al llegar la primavera. Hoy, hace un año, iniciamos el último viaje hacia la costa granadina, hacia ese trocito de playa que nos hacía tan felices. Ya no hay atardeceres viendo la puesta de sol desde la terraza, oyendo a lo lejos las voces de los bañistas que aprovechaban hasta el último momento, ni luna reflejándose en el mar, a la que esperábamos hasta altas horas de la noche para poder contemplarla en todo su esplendor.
Este año se me ha ido el tiempo interminable que pasaba sentada en la orilla recogiendo piedrecitas de colores para luego guardarlas en jarrones de cristal, con agua para que no se les vaya el color. Ahí las conservo, como las cenizas de un tiempo que ha muerto. Se me ha ido la imagen de mi madre en la terraza, tumbada en la hamaca leyendo el periódico, dejándose besar por la brisa. Se me ha ido.
Esta noche soy rehén de mis recuerdos y el aroma del mar se me ha clavado como una estaca en el cerebro, y su música en el corazón.
Mami, mar y poesía.