Bitácora de Isabel Huete

SOLIDARIDAD CON HAITÍ

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30 septiembre 2009

Curro, curro y curro


Queridas/os mías/os, estoy de curro hasta las cejis y no tengo tiempo pa ná, pero no os olvido y siempre que puedo os voy leyendo. ¡Mira que sois productivas/os! Eso es bueno porque significa que estáis llenas/os de miles de ideas, todas la mar de interesantes.


Aparte del mucho trabajo (del que me da de comer), estoy inmersa en el poco tiempo que me queda libre en la maquetación de un nuevo libro que tengo que tener listo para la imprenta la semana que viene (esta vez no es un libro objeto), así que hasta que no lo acabe desaparezco del mapa salvo que en el finde me tome un descanso y os dedique una de mis peroratas o de mis cotilleos del Metro. No desesperéis ;-)

Mis cariños y besos para todas/os.

Hacer un libro es poesía.

25 abril 2009

Mamáááááá!!

Cuadro de Julien Dupré, pintor francés del s.XIX

Pues sí, las cosas van y vienen a un ritmo frenético. Haber solucionado mi problema laboral ha implicado más tiempo de trabajo, lo que cual no me importa porque estoy encantada con mis nuevas tareas y con la gente que me rodea, pero eso significa menos tiempo para mí y mis pasiones (que son las suficientes como para que no pueda abarcarlas todas con la intensidad con la que acostumbro a hacerlo), aparte de que se me han juntado dos o tres cosillas más, como es mi revisión del cáncer cada ocho meses, las pruebas del preoperatorio para quitarme el quiste benigno de la teta (¿os acordáis los visitadores/as más antiguo de mi blog?) que me descubrieron hace un año, la preparación del viaje a EDITA en Punta Umbría (Huelva) y organización de la venida de los escritores y editores mexicanos amigos, que primero pasan por Madrid y, por supuesto, por mi casa los que quepan.

También estoy preparando el prólogo del nuevo libro de cuentos de Sergio Cuateco, que me lo ha pedido encarecidamente y con esa delicadeza tan característica de todos ellos/as, así como la corrección de estilo, que no es moco de pavo porque escribe tal cual hablan, en el más puro argot, lo cual me parece perfecto y digno de respeto, pero en algunas ocasiones es complicado no meter la tecla porque para un lector español puede llegar a ser ininteligible. Me ha dado total libertad, así que conservando los nombres de las cosas que en el lenguaje popular utilizan y las expresiones más típicas, me he metido a fondo con la parte gramatical. Y es que los mexicanos se comen un montón de preposiciones y conjunciones y el tiempo de los verbos son utilizados de forma un tanto heterodoxa. N`ombre, ¡pinche libro ha escrito el güey Cuateco! Cuenta un chingo de historias en las que habla de batos, de carrujos de marihuana que huelen a mota, de amanecer hasta el chongo, de morras que hacen güeyes a los novios, compas que son buen pedo y terminan dándoles pa’sus tunas a los amigos, güeys que están briagos, mujeres mensas o sonsas esperando un llamado, prostitutas de grandes ligas, de la migra que está culera, de ir de grapa, del pinche congal, de pinche pito guango, no tocar (instrumento musical) ni madre y cantar pa’ la chingada… En fin, que una cosa es el castellano puro y duro, común a todos y que pocos lo hablamos con la corrección obligada, y otra muy diferente es la incorporación de palabros en cada país que nadie, o casi nadie que no haya nacido en él, entiende.


Por cierto, de lo de mi cáncer, todo sigue sin problemas. Ya son seis años resistiendo y espero que sean muchos más. Soy una enferma crónica que ni se siente ni cree que esté enferma y mucho menos crónica. También soy de las que cree que se pueden ganar las batallas si uno se lo propone; quizá no sea un axioma irrefutable pero hay muchas más probabilidades de que se cumpla si uno confía en ello que si se pasa el día lamentándose.


Ritmazo y poesía.

19 octubre 2007

Hacerlo bien; decirlo, también

Tengo estos últimos días muy pillados y por eso no puedo dedicarme al blog lo que quisiera, pero hoy voy a sacar unos minutillos para hablar del trabajo bien hecho, de esa forma de trabajar que tanto nos cuesta reconocer y agradecer mientras que nos sobran palabras para poner a parir a quienes nos fastidian haciendo mal su trabajo. No sé si es parte de la educación y/o de la idiosincrasia del personal que conformamos este país, pero o bien damos por hecho que a nadie que haga bien su trabajo hay que agradecérselo y alabárselo porque es su obligación (era la teoría de mi padre respecto al comportamiento de sus hijos, así nos fue...), o bien se dispara en nosotros un ruin mecanismo de envidia que nos lleva a pensar que quizá ese o esa que hace las cosas bien no es más que un arribista, un pelota o un prepotente. Y eso si es que no menospreciamos su trabajo por temor a que nos quite el puesto cuando de un compañero se trata.
Y hoy me ha dado por aquí porque esta mañana he ido a que me "chuparan" la sangre para ver cómo andan mis hormonas tiroideas, que las tengo bastante bajitas desde hace un tiempo. La enfermera que me ha pinchado (odio los pinchazos de cualquier tipo) lo ha hecho de lujo. Y encima era estupenda y amable. Cuando ha terminado la he felicitado por lo bien que lo había hecho y le he dado las gracias. Se ha sorprendido y después me ha agradecido el comentario a la vez que una amplia sonrisa le iluminaba toda la cara. No te sorprendas, le he dicho, cuando alguien hace algo bien también hay que decirlo. Sí, sí, claro, me respondió, pero es que no estoy acostumbrada a que me lo digan...
Es curioso que todos, o casi todos, manifestemos a menudo la queja de la falta de reconocimiento de los demás hacia lo que hacemos, sin mirarnos en el espejo y preguntarnos por qué tantas veces tenemos ese mismo comportamiento, del que tan fácilmente nos quejamos, hacia el trabajo de los otros. No me excluyo, que conste, pero sí he de decir que cada día pongo más empeño en no negar lo bueno que tienen o hacen otras personas, en hacerlas más visibles ante mis ojos y ante los de otros.
Una vez le dije a uno de los jefes de entre los muchos que he tenido, cuando empecé a trabajar con él (él me reclamó para su área porque consideró que era una persona competente), que por favor no se cortara en señalarme las cosas que hiciera mal, pero que también lo hiciera cuando las hiciese bien. Aunque pocas veces me señaló algún error o defecto en mi trabajo, nunca me reconoció lo bueno, aunque yo supiera que estaba más que contento conmigo por otros detalles que quizá a una persona menos observadora que yo le hubiesen pasado desapercibidos. Y a menudo presentó ante otros, como propios, informes que yo había elaborado, sin citarme en ningún caso. Nunca lo interpreté como una mala jugada (estoy convencida que no lo era), sino como una falta de confianza en sí mismo, como una necesidad (igual que la mía) de ser reconocido, y eso que tenía una inteligencia privilegiada. Como le tenía aprecio nunca se lo recriminé porque, entre otras cosas, el hecho de que se apropiara de algunos de mis trabajos significaba que los valoraba y, en consecuencia, aquellos ante quienes los exponía. Que mi nombre saliera a relucir no me importaba tanto como el reconocimiento tácito de mi trabajo. Aunque no me arrepiento, creo que mi falta de vanidad, y quizá también de ambición, me ha llevado en muchas ocasiones a pasar desapercibida, a no ser valorada en la forma y en el fondo con toda su justeza. Sigo siendo un poco así, pero no estoy segura de que sea lo mejor, aunque la experiencia te va enseñando a sacar un poquillo más los dientes.
Sin embargo, lo que sí tengo cada día más claro es que hay que poner a funcionar la generosidad y colocarse en el lugar de los otros, y aquello que reclamamos para nosotros debemos reconocérselo a los demás. Porque es de justicia, porque se lo merecen, porque se lo curran, porque lo necesitan, porque hasta que no lo haces no sabes hasta qué punto uno siente que también ha hecho las cosas bien, y llega la paz interior.
Reconocimiento y poesía.

FOTOLIA