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PEDRO MONTEALEGRE


IN MEMORIAM




PESADILLAS

                                                2


Vendría el hombre y su filo. Las muchachas lloran: arena contra
           el párpado.
El dinero tiene larvas, dientes duros de hematite: el azufre, boca;
no cuerpo: pisada no hay. Ni qué. No es tuyo ese moho. Un lagarto
            rasca:
su uña hace cuenca, voz, sacrificio de una que se parte: rebota en sal.
Palabra sacrificio –letras góticas de hiel– quitada a dentelladas.
            Rocío negro
de la sangre cuando hay polvo. Piedra definida en faro. Acción similar
a la estrella, el cactus del cielo –punzar la mirada– agave, miniatura
           de hidra,
Ikebana de la muerte. Licor nocivo, la duda. El dolor de quien busca
a otra –almendra machacada– bajo arcilla. Arcilla otra, ciudad. Paño
del cielo. Donde hay cielo habría sangre. Nombre donde no. Letras
con tamaño de falange, canino para afilar un hacha, coral de médula, rubí
la muerte siendo tuya, matada de marras. Rostro de mitómano. Mentira
el barro, petróleo, en mixtura. La palabra, lengua que lo toca, amargo
día a día: musgo. Su terciopelo como montura de mosca, porque
te han hecho comer un trozo de espejo. Te rajaron con un hijo.
           El vientre
te lo mordió un topo. Un perro se meó encima de ti: maná. Zodiaco
bordado en los ángeles; el afrecho de los cerdos hecho de oro molido
se derramó sobre ti –son balas besándote–; como hachas dulces y
           coyotes;
como quien busca migas, imitación de palomas. De ese modo te vieron:
cegada por las águilas que devoran la serpiente. Palomas del desierto
contra la azotea de la catedral. Pero tú sólo ingresas en la nave
           del salitre.
Los pilares son huesos. Los vitrales, una nieve salada del todo.
Te metieron entre las nalgas una lata de cerveza. Bebieron los hombres.
           El desierto
es un pañuelo. Te llora la llaga de Jesús: ha bebido. Yo he bebido.
           Ese corte;
mezcal –bilis y hez su calavera. Vendría el reloj macho con su tic.
           El filo
sagrado del vacío. La luna sangrando su agujero. La letra invisible
           del rajar.



(Pedro Montealegre, Animal Escaso, Ediciones Idea, 2010)

PEDRO MONTEALEGRE


3

Todos nos acostamos con un burro y con un muerto.
La fábrica se adelantaba a las frases y al símbolo,
–los condones llenos con maicena, con tinta
del interior de un pulpo. Una vez en el mercado
dijimos: señora, déme ventosas, gloria ignota del mar.
Sudada ante la presencia del maligno, un trozo
de enagua nos dio –para que lloviera– reverso
del poema y la trampa: su corazón atravesado
por humo de tabaco, un humo de pira –mitad del sepelio–:
caía champán desde el meato de las muchachas.
No teníamos eso. Estómago, no: juego de chola.
La paja. ¿La mirada blanca? Los chaperos
subieron –boda y vínculo– al cénit. La sangre se hizo
real, como el golpe, lupanar. Violencia; léase, anótese.

Y si es que rompo una copa con los dientes; si rompo
un lápiz-mina con el culo; si con todo el peso
salto en el aparato del bebé –el que ejercita sus piernas–
y decimos éxtasis, popper bendito –aquél que se inhala–
no el filósofo facha, o fecha; o ficha. El primero eres tú, 
perito en torturar la tragedia, ¿la tengo?; la segunda, el día
de la menstruación, cuando abramos la boca: el tono
de los ángeles totalmente expuesto: los mercados tendrán
razón de quiebra. La tercera, te tengo –hábil calígrafo–
sin duda identificado. Sé lo que respiras,
lo que esputas e impeles. Sé muy bien asistir a una fiesta
y enseñar el agujero en la axila. Y que el golondrino
no haga verano o nido, aunque nos acostemos llorando
con un muerto, y el burro ya lo intuya.


(Poema extraído de su poemario inédito Muchachos cayendo de las nubes)