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Pases en tiempos de desempleo IV (parte final A)

Carlos y su novio -Luciano- se acostaron en el sommier del dormitorio, luego de mirar en el living un par de capítulos de la segunda temporada de la serie Narcos. Las luces de los veladores ya están apagados y sus cuerpos están enlazados en forma de cucharita. En silencio, miran en dirección a la puerta del patio, por la que se filtra la luz pálida de un farol del fondo de la casa de un vecino.
El cielo, en lo alto, está limpio y estrellado, sin luna.
- ¿No es precioso el trato que Escobar tiene con su mujer? - dice Luciano.
- La Tata.
- La compañera de toda su vida, una chica de pueblo, sencillita. Él nunca le levanta la voz, le habla de usted, le jura, aún en las peores circunstancias, que ni a ella ni a sus hijos les faltará seguridad ni mucho menos, amor -sigue Luciano.
- Pero guarda, gordo, que si bien ella la juega de sumisa, en cuanto las cosas se empiezan a complicar, como ahora que Don Pablo y su imperio se hacen trizas, ella muestra las uñas. No es ninguna zonza. Sabe que su marido amasó una montaña de plata con el tráfico de cocaína.
- También sabe que su hombre, por lo menos en los inicios de su carrera, cumplió una notable función social -agrega Luciano, mientras acaricia el hombro de su pareja.
- Ah bueno -dice Carlos. ¿Y eso?
- Qué – devuelve Luciano, a la defensiva.
- A Escobar nunca le importó la gente de su Medellín natal ni de ningún otro lado. Siempre fue una mierda.
- No estoy de acuerdo para nada -devuelve Luciano, mientras se despega del cuerpo de Carlos-. El tipo ocupó el rol que hacía décadas había abandonado el Estado, por conveniencia si querés, pero desde ese lugar encabezó una obra social importante durante algunos años.
- Esa es una de las boludeces más grandes que escuché en el último tiempo, Lu. Estoy francamente sorprendido - se excusa Carlos, luego de erguirse y sentarse sobre la cama.
Luciano también se sienta. Ahora están de frente. Están en cueros. El aire está espeso y despide un leve olor a transpiración. A pesar de la escasa luz se miran a los ojos. La tensión perdura un largo medio minuto. Asumen en silencio que se agotaron las palabras. Es hora de acostarse, de espaldas al otro.

Al otro día, Carlos se levantó temprano y salió de casa sin despedirse de su novio. Dos cuadras antes de la estación notó que en la avenida Balbín algo rompía la cotidianidad. La obra del túnel había comenzado. Varias máquinas perforadoras removían el pavimento y otras depositaban los escombros con una pala mecánica en unos grandes contenedores de acero. Decenas de obreros de la UOCRA, mientras tanto, iban y venían con sus herramientas al hombro y realizaban distintas tareas. Estaba claro. El gobierno porteño había logrado destrabar la orden judicial que tenía frenada la obra. Ahora agarrate. Te paso por encima. Ya habían levantado un extenso perímetro de chapas de un metro y medio de altura, y salvo un par de curiosos, allí no había ninguna señal de protesta. En una misma imagen se fusionaban la derrota y la prepotencia.

Carlos pasó todo el día en su oficina, en el antiguo edificio de la cartera de Agricultura, casi sin tareas. Aprovechó el tiempo muerto para leer en internet sobre Pablo Escobar. Un personaje fascinante, pensó, que la literatura recién ahora estaba abordando con interés. A Luciano no le envió ni una sola señal. Se ahogó en su propia frustración y resentimiento. Supuso que al otro le estaría pasando lo mismo. No era la primera vez que ante una diferencia, o encontronazo, a ambos se los devoraba el silencio.

Se dio cuenta que había lío cuando el tren cruzó la avenida, metros antes de frenar en la estación. Eran casi las ocho de la noche, y Carlos estaba con la mirada perdida en las casas, calles y árboles del barrio, cuando un reflejo en la ventana de la puerta del vagón le llamó la atención. Parecía fuego. Ni bien dejó atrás el andén comprobó que no estaba equivocado. El corredor que la obra habían montado para ir de un lado a otro de la avenida estaba ocupado por vecinos y curiosos que miraban hacia la otra punta con los brazos enganchados a las rejas, como si fuese una tribuna del fútbol de ascenso. En la esquina había un grupo de policías metropolitanos en estado de alerta. Los vecinos en lucha, el ruido y tres fogatas de dos metros de altura venían de la calle Tronador. Hacia allá se dirigió. Todas las chapas que formaban el perímetro de contención de la obra de esa zona, estaban desparramadas sobre el pavimento.

El orador estaba de pie arriba de un banco de cemento, en el centro de la plazoleta. Era alto y su barba blanca desalineada le llegaba hasta el pecho. Estaba nervioso. No era clara su intervención, y se le trabaron las palabras cunado llamó a los gritos a armar un acampe para resistir el avance de la obra. Algunos de los cincuenta vecinos que participaban de la reunión comenzaron primero a quejarse, a interrumpir al orador, a discutir entre ellos, con los otros que quisieron poner orden. En menos de un minuto unos y otros se tiraban acusaciones inconexas y fuera de contexto. Carlos pensó en la denominación “espacios silvestres” que los jóvenes militantes con los que hacía política usaban para describir de modo peyorativo a ese tipo de agrupamientos. Tenían razón. La reunión era un caos. Al asunto le faltaba, justamente, política. No había allí ni un solo dirigente o militante.

Los que estaban muy bien organizados eran los jóvenes que estaban finalizando su misión de derribar todos y cada uno de los paneles de acero que cercaban la obra. Desde la zona de la estación llegaban los ruidos de las patadas que los revoltosos le daban a los paneles, hasta hacerlos caer. Tomaban carrera y paaaammmm. Los policías no intervenían. Los vecinos y algunos comerciantes -notablemente perjudicados por la obra-, tampoco. Por Tronador, en contramano, irrumpió un camión de los bomberos. Tenía los celulares encendidos pero no la sirena. Los uniformados se quedaron arriba del vehículo.

Fue en ese instante que Carlos levantó el brazo y pidió la palabra. El de barba blanca lo identificó, le hizo señas para que se acercase al banquito improvisado, y luego de pedir silencio, le cedió el megáfono. Se habían calmado los ánimos, pero a Carlos ya le temblaba la mano. - Vecinos y vecinas, soy Carlos, vivo en Estomba 3540 y quiero solidarizarme con vuestra lucha, ya que como ustedes considero que la construcción de este túnel es absolutamente innecesario. Lo digo por el problema de las inundaciones, por cómo afecta a los comerciantes, el tránsito en el barrio durante casi un año, pero también porque el PRO solo hace márketing barato y le importamos tres carajos.
Del grupo de vecinos emergió un tibio aplauso.
- De todos modos, vecinos y vecinas, creo que ahora es momento para organizarse, ya que noto mucho desorden entre ustedes, y eso beneficia de modo directo a Larreta y a Macri.
- ¿Y éste de dónde salió? – murmuró uno a un costado.
Carlos giró la cabeza de modo involuntario para identificar al responsable del comentario. Era joven, estaba bien vestido, tenía ojos claros y tenía cubierta la cabeza con una gorra naranja de marca Adidas.
- Trabajo en el Estado nacional y les aseguro que a pesar de la persecución que el gobierno está realizando contra los trabajadores, cuando uno se organiza logra grandes resultados…
- Te estás yendo por las ramas, flaco… - comentó una señora.
- O por lo menos esa articulación amortigua la lluvia de golpes...
- Cortala capo, no queremos política… - alzó la voz un tercero.
- La organización vence al tiempo, dijo un gran estadista que…
- No necesitamos tus consejos, trolo… - le escupió un cuarto, ya sin filtro.
- Si no se organizan los van a pasar por arriba …
- Andate, culo roto -los gritos provenían de los labios desbocados de unas tres personas más. Carlos vio que el joven de la gorra incitaba a los más intolerantes. Se reía. Disfrutaba de aquel avance que ya rozaba la humillación.
Tuvo que tirar para atrás la cabeza cuando un jubilado con la camisa gastada le quiso arrebatar el megáfono.
- Tranquilos, vecinos. Dejemos hablar. Seamos respetuosos -intervino el de la barba blanca.
- Que se vaya. Seguro es de La Cámpora. Una corrupto, un ladrón – gritó una señora de lentes y pelo negro.
- ¡No digan más pelotudeces que así no vamos a ningún lado! -intervino un flaco que en su mano derecha aferraba la correa de un labrador.
- ¡Vos sos otro sorete que apoya a la cretina! -le gritó un señor con lentes oscuros y pantalones cortos al flaco del perro.
Más gritos. De nuevo el caos.
El alboroto fue interrumpido por un grito desesperado:
- ¡Se quieren llevar preso a Alvarito! -gritó uno, a un costado de las fogatas. Estaba transpirado, con el pelo desalineado, y llevaba una cámara de fotos en la mano. Señalaba hacia la estación.
La gran mayoría de los vecinos salieron disparados hacia allá. El de la barba blanca, entonces, le pidió a Carlos el megáfono. Luego lo miró de modo comprensivo, y antes de irse le dijo:
- Disculpá las faltas de respeto, pero acá no quieren discursos ni posiciones políticas.

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la plaza nuestra

turistas de todo el planeta
pasean su tiempo libre
por la mítica plaza de mayo
sin detenerse a reflexionar
ni por un instante
la tumultosa historia
que allí se desparramó;

ni las patas en la fuente
ni los discursos del líder, y su mujer
ni el cobarde bombardeo de la aviación
ni la proscripción del líder
ni la vuelta del líder
ni la disputa por el reconocimiento del líder
ni la salida de la plaza por el espaldarazo del líder
ni los tanques del 24 de Marzo
ni la irrupción de las Madres
ni los gases contra los Gremios
ni las Marchas de la Resistencia
ni las plazas por Malvinas
ni la recuperación de la Democracia
ni los festejos por la copa del 86
ni la promesa de que la casa estaba en orden
ni la otra que vaticinaba una revolución productiva
ni los muertos del 20 de Diciembre
ni la asunción de Néstor
ni la patriada de Luis D'Elia el 25 de marzo del 2008
ni las plazas para defender el Modelo
ni los festejos del Bicentenario
ni las plazas celebratorias de la Década Ganada;

no tienen por qué involucrarse con tanta virulencia, claro
tan despreocupados van y vienen con sus cámaras
y la ropa de colores vivos;
dónde dice, acaso, que uno debe asimilar
como si se tratase de una bocanada de aire
las victorias y derrotas de los pueblos que luchan o se resignan
cada vez que pisamos una plaza
de una Nación cualquiera;

yo sólo quisiera estrecharles la mano
sentir la rugosidad de su piel extranjera
adivinarles bondad en sus ojos claros
y decirle ey, señor,
si usted supiera
lo que nos costó poner aquella noble y monumental escarapela
en la puerta grande de la Casa Rosada,
pero vaya nomás
y recuerde por favor que nuestro cielo es peronista
que la patria ahora es el otro, que no se negocia
y que la plaza es nuestra.

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La síntesis

Hay necesidad de hacer síntesis porque es mucho lo que está pasando. Así como nunca tenemos que naturalizar lo que consideramos malo tampoco tenemos que naturalizar lo bueno. Hay necesidad de resumir, de mostrar, de comparar. Aunque sea para verlo en otro momento con palabras de búsqueda: señalización, sentencia, Patti, escuelas de policía, estado de derecho, división de poderes, DNU, derecho a huelga, SAME, villa 31. Hay necesidad de ordenar sólo algunos, sólo algunos de los tantos temas de coyuntura política que pasan en nuestro país y en la Ciudad.

Hace 10 años los H.I.J.O.S hacían fiestas para juntar plata para hacer los escarches populares (si no hay justicia, hay escrache). Hoy hacen fiestas para festejar las sentencias. Cuando hay sentencia, hay fiesta popular. La condena a perpetua a Luis Patti es la máxima expresión del camino que está haciendo nuestra democracia. Desde que asesinó y torturo, Patti pudo vivir en la sociedad como si nada hubiera pasado; aun más, tuvo derechos electorales para votar y ser votado, fue impulsado por partidos políticos, fue funcionario y fue intendente. Y casi diputado. A pesar de esa escalada de impunidad, la lucha constante de militantes y abogados comprometidos dieron vuelta la historia. Y ese zarpazo sólo pudo ser posible con el cambio de paradigma político que instaló Neétor y continúa Cristina.

Luis Patti era policía, de esa escuela de policía al servicio de la represión, que antes perseguían comunistas o subversivos y que en democracia pusieron esa furia contra los pobres. Ese es el tipo de policía que, al menos desde el ámbito federal, hoy se intenta cambiar a paso firme y con la idea de no perder más tiempo (que fue mucho). Esa es la policía que hace 20 años mató a Walter Bulacio. La gestión de Garré y la condena a Patti van de la mano. Ahora sí la política de derechos humanos que se hizo hacía las fuerzas armadas está llegando a las fuerzas policiales. De la misma forma, porque la forma, como dice Enrique Vázquez, en estos casos, se confunde e integra con el fondo de la cuestión.

El cambio de nombres de las escuelas de policía y la señalización de Coordinación Federal con una placa enorme que nos dice que ahí funcionó un centro clandestino de detención y exterminio, son los símbolos, absolutamente necesarios, que tienen que marcar la gestión. La política es un mundo de símbolos y la gestión su concreción. No hay una sin otra. Eso es política integral.

Al mismo tiempo, en la Ciudad de Buenos Aires, el Jefe de Gobierno nos convoca a un acuerdo democrático, para revalorizar el Estado de Derecho y recuperar la división de poderes, principio republicano esencial. Pero cuando se apagan las cámaras, vuelve a su despacho y firma un Decreto de Necesidad y Urgencia (DNU) que viola todo lo que él dice que quiere defender. Un decreto inconstitucional, que se arroga facultades legislativas, creando un tipo contravencional. Para hacerlo visible: es como que Cristina dicte un decreto creando un tipo penal, por ejemplo así: “Las empresas de radiodifusión que no incorporen a sus grillas las señales que financia el Estado Nacional, serán sancionadas con una multa de $50.000 pesos y con prisión de 1 a 5 días”. Sólo imaginen la catástrofe mediática de esto. No estaríamos para nada de acuerdo. Como no lo está Cristina, que limitó considerablemente el dictado de DNU en su gestión. Y nunca lo hizo sobre materias prohibidas constitucionalmente. Macri sí lo hace (la Constitución de la Ciudad dice expresamene que no puede regular por Decreto normas de carácter contravencional) y Sabsay no dijo nada. Deberían sacarle la matrícula de abogado. Macri, por orden de Magnetto, estableció un tipo contravencional para sancionar a quienes obstruyan las salidas de los diarios, estableciendo como todo fundamento la sentada que se hizo a fines de marzo en la puerta de la imprenta de Clarín.

Antes, Macri se encargó de establecer que el SAME no entre a las villas de la Ciudad y consiguió con eso que muera una persona por no recibir asistencia médica. En lugar de solucionar, tira nafta al fuego y no pone seguridad en los hospitales y centros de salud, alentando un paro de la corporación médica.

En Brasil hay un cuerpo de policías (UPP) que con apenas 3000 integrantes se metió en 57 favelas y bajó considerablemente el nivel de violencia y delito, con un paradigma de inserción y no de combate. Empezó, como la Metropolitana, en 2008. Ya pueden mostrar índices concretos y su jefe, Robson Rodrigues, es un antropólogo que dio, fundamentalmente, una lucha símbolica hacía adentro de la fuerza. La Metrpolitana tiene 2000 integrantes y no puede ni siquiera cuidar los hospitales públicos, que son 33.

A Clarín todo, a los pobres nada.

En el camino Macri vacía las políticas sociales hacia niñas, niños y adolescentes y les recomienda a los chicos comer fresas y jugar al béisbol.

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Un año de la Metropolitana


Hoy publicamos en Miradas al Sur está nota sobre el año de la Policía Metropolitana en la calle.

De todas maneras seguimos pensando que por acá no vienen los principales dramas en materia de seguridad ciudadana. El problema de la Metropolitana es el de la película "El curioso caso de Benjamin Button", lo que aquí sería "El curioso caso de la Metro", una policía que nace vieja.

Los dramas están, por ejemplo, en la Bonaerense, en Casal, en Scioli, en León Suarez. Acá matan pibes que tienen hambre.

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Angie y la política del macrismo

Cuando Angie tenía dos años y medio su papá, Juan Carlos Barrera, fue secuestrado por un grupo de tareas en la Ciudad de Buenos Aires. Su abuela Paula Efigenia, la mamá de Juan Carlos, estuvo mucho tiempo esperando que su hijo apareciera. Paula Efigenia presentó el habeas corpus en plena dictadura militar, la denuncia en la Conadep cuando regresó la democracia, y siguió esperando, tratando de entender la vida de sus otros dos hijos, hermanos de Juan Carlos, que no encontraban su rumbo.

Angie es amiga de su abuela, por el amor, por la compañía, pero la trata de usted. “Usted, abuela, déjeme a mi, yo la ayudo”.

La conocí a Angie hace 10 años, llegó mi estudio porque trabajaba con la novia de un amigo. Angie sabía que su padre estaba desaparecido, por supuesto, pero quería averiguar algunas cosas más. Enseguida establecimos un vinculo de confianza. Chequeamos las denuncias en Conadep y tramitamos la indemnización de la Ley 24.441. Antes de que termine el trámite le salí de garante en un alquiler cuando se fue a vivir sola. También generamos un vinculo con su mamá, un personaje de película.

Siempre le pasan cosas a Angie, de esas cosas que supuestamente los abogados tenemos una respuesta. Accidentes, problemas de consorcio, maltratos laborales. El año pasado Angie quedó embarazada y enseguida la echaron del Colegio Calazanz: era madre soltera y eso todavía es un pecado.

En el medio de todo esto, hace dos años Angie me dijo que su abuela, Paula Efigenia, estaba muy mal de plata, que los hijos no se hacían cargo y que ella la ayudaba con lo que podía. Le dije –me di cuenta tarde- que su abuela tenía derecho a cobrar el beneficio que otorga la Ley 2089 de la Ciudad, que prevé un subsidio mensual y vitalicio para las madres de desaparecidos que no hayan cobrado otro beneficio por la desaparición de sus hijos. Como este caso.

Así fue que Paula Efigenia, con sus 89 años (ahora tiene 90) consiguió toda la documentación que necesitaba y presentó a principios del año 2009 la solicitud del subsidio ante la Subsecretaría de Derechos Humanos del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Pero no le pagaban. Casi dos años y no le pagaban. El Gobierno de la Ciudad alegaba problemas presupuestarios y no pagaba. Pasaron dos navidades y no cumplía con su obligación legal.

Angie hizo reclamos de todo tipo. Desde la Defensoría del Pueblo de la Ciudad se pidieron informes a la Subsecretaría de Derechos Humanos y se recomendó el pago, pero nada. No hubo respuesta formal. Informalmente le dijeron que no había presupuesto. Más informalmente Angie sabía que la única forma que le paguen a su abuela era haciendo algún escándalo público o salir en los medios.

El domingo salió
esta nota en Página 12 sobre el caso.

Ayer la llamaron a Angie para avisarle que mañana, último día hábil administrativo del año, su abuela va a poder empezar a cobrar el subsidio.

Así funciona el macrismo. Así construye su política pública el macrismo: haciendo señas al espejo de los medios de comunicación. ¿Alguien no se dio cuenta todavía? Para Macri lo que pasa pasa en los medios . Sino no pasa. No existe, no está. Es un ente.

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Policía nueva: policía vieja


La nueva policía de Macri sólo tiene nuevos los uniformes y los autos: casi todos sus integrantes vienen de la nunca democratizada Policía Federal Argentina y los jefes con cargos importados (Comisionados) aprendieron todo en la Federal de los 70. Ayer se público el Informe sobre la revisión de legajos que se hizo en la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires.

Varios de ellos cargan antecedentes complicadísimos y, como bien lo sabe Mauricio, no sirven ni para espiar.
Como si fuera poco, a los ingresantes que vienen libres y sin comisarias encima les espera un novedoso código de conducta.

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Basta de impunidad

En este blog pueden encontrar mucha información sobre el caso de Kiki y Pochoclo y sobre otros muchos casos de violencia policial. Para seguirlo de cerca y bancarlo. Aguante

http://bastadeimpunidadrepresiva.blogspot.com/

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Las preguntas de Saín

Marcelo Saín escribió esto hace algunos días en Página 12. Lo leí recién hoy. Para quienes nos interesamos sobre el tema de la seguridad desde otra mirada, desde el progresismo o, si se quiere, desde el peronismo, Marcelo Saín es un autor imprescindible. Su libro El Leviatan Azul es un manual. Y sus notas siempre son interesantes. Y polémicas, pero no baratas. Se le puede achacar a Saín cierta falta de organicidad en algunos momentos. Sin embargo, al salirse del libreto del político ritual pone a la luz temas que pocos quieren discutir simplemente porque es complejo hacerlo.

La Policía Metropolitana nace mal, ya lo dijimos varias veces. Conceptuada para ser una policía de proximidad, profesional y diferenciada de las prácticas de la Federal, quiso empezar justamente con una fracción de esa Federal que quería jugar una interna. Ahora, con una cabeza civil, se sacan los piojos pero de a poco y como quien te hace probar la salsa a ver cómo está, van instalando un discurso también policial: atribuciones para la metropolitana (trapitos y venta ambulante para empezar).

Es decir, cuando se discuten las leyes y las políticas, todos coinciden en que el poder político tiene que controlar a la fuerza de seguridad, pero apenas se comienza a gestionar las primeras medidas son para aumentar las atribuciones para la policía. Pasó con Scioli en provincia y ahora ocurre con Burzaco en Capital.

En tanto, cuando hablamos de la Ciudad, políticamente nos estimula criticar a Macri porque su policía es una expresión más de su concepción de un Estado. Y Macri nos da de comer todo el día para hacerle criticas porque es ineficiente y reaccionario: una mezcla fatal.

Sin embargo, en materia de seguridad ocultamos el tema de fondo para los porteños: ¿Que cuerpo policial puede brindar mejor seguridad y más respeto ciudadano en nuestra ciudad? ¿La tradicional Policía Federal, la verguenza nacional; o la Policía de Macri? Estas preguntas surgen de las preguntas de Sain. Si lo escuchamos un poco seguro vamos a tener un debate más interesante. Porque, además, en algún momento aspiramos a que el espacio político con el que nos sentimos identificados sea gobierno en la Ciudad y estos planteos serán de gestión y no ya de oposición. Si nos empezamos a contestar estas preguntas ahora, quizás en el futuro, cuando cambie de color del Gobierno de la Ciudad, tengamos las herramientas para gobernar a la policía y no solamente para denunciarla.

Ricardo Dios

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La historia de Kiki y Pochoclo: conclusiones finales (Capítulo III)

Capítulo 3.

Hace unos días atrás la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires difundió un informe en el que sostiene que la violencia policial se agravó seriamente durante los dos últimos años, en especial durante el segundo semestre de 2009. El documento cubre las denuncias recibidas por la Defensoría hasta el 31 de octubre pasado y no llegó a incluir la represión en el recital de Viejas Locas el 14 de noviembre pasado en Vélez, noche en la que murió un chico llamado Rubén Carballo.

El caso de Kiki y Pochoclo es uno estos casos y, como suele suceder con la mayoría de ellos, los hechos se producen en los barrios más pobres de la ciudad y contra una víctima predilecta: los jóvenes. La Policía Federal sigue castigando a estos sectores porque forma parte de su trabajo de rutina. María Angélica, la mama de Kiki, lo sabe muy bien y, como tantas otras madres, con la luz que prendieron para siempre las Madres de Plaza de Mayo, se aferró a la lucha, se cargó en la espalda a los familiares de otras víctimas para asesorarlas y acompañarlas a hacer la denuncia, con menos de 2 pesos en el bolsillo, sin lagrimas, sólo con el cuerpo donde retumba su corazón, cada día más grande.

Esta señora, de extracción muy humilde, la noche del día 4 de octubre de 2009, a muy pocos días de haberse enterado de la verdadera historia sucedida con el cuerpo de su hijo, volvió a ser amedrentada: la federal le recordó, para que no lo olvide hasta el día que se muera, que tienen mucha muñeca para manejarse en los márgenes de la impunidad de nuestra democracia. Esa noche, tomando mate en su casa, uno de sus hijos le contó que policías de la Comisaría 52 estaban apuntando con pistolas 9mm, y en la calle, a tres nenas de 14, 15 y 16 años y a dos varones también menores. María Angélica se acercó a lugar de los hechos y le pidió al policía que a las nenas las sienten en la vereda y que no las tengan tiradas en el piso. Se lo dijo bien. Y el oficial contestó a su manera: “qué te metés negra de mierda, hija de puta”. María no se calló y la respuesta del policía fue contundente: “a tu hijo lo matamos como un perro porque era un delincuente de mierda comos vos, negra quilombera”. Los federales subieron a las chicas a un patrullero y a las chicos en otro. María quiso impedirlo y el móvil arrancó con ella adentro. A su merced, otro agente, desde el asiento delantero, le dijo “ahora ves lo que te va a pasar, te bajo a trompadas del patrullero, negra de mierda”. Pararon en el cruce de las calles Moriuondo y Ordóñez del sur de la ciudad, se acercó el policía que la había insultado primero, uno grandote, que venía en un coche rojo, y le dijo: “Te voy a enseñar negra hija de puta que no hagas más denuncias” y le pegó en la cara, los brazos, le pisó la mano, le dobló el brazo y le dio patadas en las piernas. Y en ningún momento paró de insultarla: “negra hija de puta, tu hijo fue muerto por chorro y así te vamos a matar a vos. Gritá ahora negra quilombera”. Ninguno de los policías tenía su chapa identificatoria. La tuvieron detenida 13 horas en un calabozo junto a una menor de 14 años. No la dejaron hablar con nadie hasta que llegó su abogado, un hombre al que le pusieron todo tipo de trabas para ver a María Angélica. Quienes llamaban para pedir información sobre la detenida -diputados, funcionarios y familiares-, se encontraron con que el telefono de la comisaría daba ocupado. Después se supo la razón: lo habían cortado. El abogado de María lo comprobó ahí mismo, llamando desde su celular y en la cara del Comisarío de la dependencia. Cuando María se fue le dijeron que le habían imputado los delitos de robo a automotor en grado de tentativa y resistencia a la autoridad agravada.

Es evidente, pensamos, que no resulta para nada sencillo pensar una estrategia para evitar que estos hechos de violencia, brutalidad e impunidad policial, sigan sucediendo.

Desde el año 2003 se vislumbró una decisión política respecto de la conducta de la Policía Federal. Se trabajó mucho y se implementó una forma de intervenir en grandes manifestaciones. Eso es un logro político. Y da cuenta que cuando la política gobierna a la policía los cambios son posibles. Las manifestaciones masivas no se reprimen en Argentina, los policías no llevan armas de fuego a las marchas y la protesta social no se criminaliza. Bien. Y eso no significa necesariamente que la policía haya comprendido: significa que se tomó una decisión, se gestionó y se implementó. Hay que seguir avanzando porque si no gobernás a la policía, esta misma la policía se autogobierna con sus propias reglas, que no son las de la democracia ni las de las garantías constitucionales sino las reglas que rigieron el caso de los asesinatos de Kiki y Pochoclo.


Hay que seguir avanzando, con los límites conocidos de la política y asumiendo el tamaño y el poder que tiene el otro sujeto de la negociación: la Policía Federal. Y ese avance no sólo puede recaer en los funcionarios del gobierno. Si siguen ocurriendo en la ciudad casos de gatillo fácil no es sólo por negligencias gubernamentales: también porque la sociedad no hace suyo este reclamo, como no hace suyo casi ningún reclamo en favor de los pobres y los jóvenes.

Por eso también es un deber de la militancia poner este tema en su agenda. Y es un deber aún más urgente poner este tema en la agenda de la juventud política porque los abusados y los asesinados son jóvenes. Denunciar y criticar a la Policía Federal en los casos como el que acá detallamos es pedirle al gobierno que siga corriendo para la izquierda (descolgando el cuadro de Villar que todavía cuelga en las Escuelas de la fuerza, un asesino despiadado que cumplió funciones como comisario de la Triple A durante los años setenta), que siga caminando la senda que se tomó con la política de Estado de la Verdad, la Memoria y la Justicia.

Un gobierno nacional y popular no puede permitir la existencia de una policía represora y asesina. Y eso hay que decirlo de abajo hacia arriba. De lo contrario, nos van a volver a robar el discurso, el relato y la historia. La militancia política juvenil no puede omitir lo que pasa con los Carballo en un recital de rock ni con los Kiki en un barrio carenciado del sur de la Ciudad.

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La historia de Kiki y Pochoclo: las causas judiciales, y el escándalo (Capítulo II)

Capitulo 2.

Cuando el agente Veyga le dispara a Jonathan Lezcano y Ezequiel Blanco y los deja tirados en el auto, se baja y llama a sus colegas de la Comisaría 12, que en seguida concurren al lugar del hecho, sacan fotos de los cuerpos y, sin ningún apuro, llaman a la ambulancia. Ezequiel ya estaba muerto pero Jonathan no. En el Expediente judicial que se inició el mismo 8 de julio de 2009 la médica que llegó con la ambulancia informó que Jonathan estaba vivo y que murió en el hospital Piñero.

La causa abierta se caratuló “NN sobre ROBO DE AUTOMOTOR CON ARMAS. HOMICIDIO SIMPLE”, bajo el número 29.500/2009, con intervención del Juzgado Nacional en lo Criminal de Instrucción nº 49, a cargo del Juez Facundo Cubas.

Ese mismo día se hicieron las autopsias. El médico forense escribió que el primer NN (Ezequiel) falleció por lesiones por proyectiles de arma de fuego en cráneo y cerebro con hemorragia interna y externa. Y estima que es un masculino de entre 18 y 22 años (Ezequiel tenía 25). Del otro NN (Jonathan) escribe exactamente lo mismo con las mismas palabras, sólo cambia el horario aproximado de la muerte: 16.15 (Jonathan tenía 17 años).

Por la noche la policía de la Comisaría 12 cargó los datos en el COP (Centro de Operaciones Policiales) de los dos cuerpos NN con las características descritas.

Al día siguiente María Angélica, la madre de Jonathan, se acercó a la Comisaría 52ª y presentó una denuncia describiendo los rasgos de su hijo destacando un tatuaje del Gauchito Gil. El 10 de julio la Comisaría 52ª hace la consulta en el COP con resultado negativo.

El día 12 de julio de 2009 María Elizabeth Vera denunció la desaparición de su hermano Ezequiel Blanco en la Comisaría 52. Al día siguiente, 13 de julio, la Comisaría 12 y el Juzgado 49 ya tenían conocimiento que uno de los cuerpos era el de Ezequiel Blanco, con todos sus datos personales (fs. 83 del Expediente).

Mientras la Comisaría 52º recibía las denuncias de las desapariciones, la Comisaría 12º y el Juzgado de Instrucción 49 mantenían a los cuerpos de esos supuestos desaparecidos en la morgue judicial. El Juzgado 49 no realizó ninguna diligencia para acelerar la identificación de Jonathan ni para encontrar y comunicar a los familiares de Ezequiel que su cuerpo había sido identificado.

En la Ciudad de Buenos Aires, con la tecnología existente y con los “expertos” en inteligencia de la Policía Federal, es absolutamente ridículo que dos personas mueran sin ser identificadas mientras al mismo tiempo sus dos familias denuncian que ese mismo día sus seres queridos desaparecieron. Es inadmisible que ninguna autoridad policial o judicial haya conectado estos dos hechos. Y sobraban datos para esa conexión como el tatuaje del Gauchito Gil en el cuerpo de Jonathan. El responsable máximo de esta tremenda impericia es la autoridad que “condujo” la investigación del hecho principal, y quien tenía la potestad sobre el destino de los cuerpos: el Juez Cubas.

El 19 de agosto de 2009 el Registro de Reincidencia informó en el Expediente judicial el domicilio de Ezequiel Blanco, pero tampoco se hizo diligencia alguna para ubicar a su familia.

Desde el día 8 de julio de 2009 hubo fotos de los pibes en la causa que llevaba el Juez Cubas. Y desde el 12 de julio hubo fotos de ellos en el sumario policial de la Comisaría 52, que en primer lugar generó una causa por averiguación de paradero en el Juzgado de Menores nº 5 y luego, a partir del 27 de julio de 2009, el Expediente nº 30.239/09 con intervención del Juzgado de Instrucción nº 30 y la Fiscalía nº 44.

Los familiares de Jonathan y Ezequiel denunciaron las desapariciones de los chicos, exhibiendo, siempre, sus fotos. Incluso hubo medios de comunicación que publicaron sus rostros. Sin embargo, el Juez Cubas continuó con el trámite de rutina, ocupándose, únicamente, de resolver la situación procesal del policía que fusiló a los dos pibes, como si ese Juzgado perteneciera a otro sistema, por fuera de otros Juzgados colegas, por fuera de Missing Children y por fuera de toda realidad.

Recién el 14 de septiembre de 2009 los familiares tomaron conocimiento que en el Juzgado de Instrucción nº 49, a cargo de Cubas, tramitaba la causa 29.500/2009, que disponía de los cuerpos de Jonathan y Ezequiel. En este juzgado un empleado le entregó a la madre de Jonathan un papelito de color verde con los dos nombres de los cuerpos y el número de expediente de la morgue. Cuando llegaron a la morgue un funcionario les informó que Jonathan ya había sido enterrado como N.N. en el Cementerio de Chacarita el día 11 de septiembre de 2009. Cuando llegaron a la morgue, además, estaban por llevarse el cuerpo de Ezequiel Blanco al cementerio, hecho que fue evitado por María Elizabeth Vera, su hermana.

La noticia de la existencia de los cuerpos se las dio a los familiares un empleado de la Fiscalía 44. Esta Fiscalía fue la responsable, a raíz de las diligencias ordenadas, de obtener el cruce de datos. Pero también hubo serias demoras en la actuación de esta Fiscalía: recién el 11 de septiembre de 2009 (un mes y medio después del inicio de la causa) se ocupó de convocar a la División Búsqueda de Personas de la Policía Federal Argentina para que desarrolle tareas investigativas. Ese mismo día dicha División cruzó los datos con la Comisaría 12 y resolvió la cuestión de la búsqueda.

Pareciera que la Policía Federal Argentina siempre supo todo, pero que recién después que el Fiscal convocó a esta División, blanqueó la situación. El ocultamiento ya era escándalo y seguir con ese juego podría haber tenido consecuencias más graves. Además, la presión institucional sobre la policía iba creciendo.

La actuación de la Fiscalía 44 en la causa 30.239/09, con intervención del Juzgado de Instrucción 30, también fue negligente. Los familiares de las victimas concurrieron a la sede de la Fiscalía el 14 de septiembre de 2009 y recién ahí se les informó de la existencia de la causa en el Juzgado 49. Nadie los llamó, sino que ellos se acercaron a la Fiscalía, como muchas otras veces, para consultar sobre el destino de los chicos.

Esto confirma que el juzgado a cargo de Facundo Cubas en ningún momento tuvo la intención de poner en conocimiento a las familias de lo ocurrido. Todo lo contrario: el 28 de agosto de 2009 Cubas había ordenado a la Morgue Judicial la inhumación por vía administrativa de los dos cuerpos, sin haber instado medidas para el reconocimiento de sus familiares. Ordenó la inhumación de Ezequiel Blanco (identificado plenamente) y del cadáver 1563/09 sin identificar: Jonathan Lezcano.

La morgue realizó la inhumación de Jonathan Lezcano varios días después, el viernes 11 de septiembre de 2009, justamente el mismo día que la División Búsqueda de Personas informó sobre la conexión entre las dos causas.

Cuando el Fiscal a cargo de la Fiscalía 44, Dr. Pablo Recchini, descubrió la conexidad de las causas se declaró incompetente y pasó todo al Juez Cubas.

En el Expediente del Juez Cubas consta que se encontraron sólo balas del arma del agente Veyga y que las armas que supuestamente poseían Kiki y Pochoclo no fueron utilizadas. Además, con la distancia en la que fueron hechos los disparos del agente Veyga, es improbable la hipótesis de un enfrentamiento. Por otra parte, no se efectuaron pericias dactilares sobre las armas que supuestamente tenían los pibes, ni se pidió informes al 911 sobre posibles llamados el día de los hechos ni ningún otro medio de prueba que profundice la investigación.

El juez Cubas dictó el 28 septiembre de 2009 el sobreseimiento del agente Veyga y lo hizo el mismo día que autorizó a las familias a extraer las fotocopias de la causa, papeles solicitados 6 días antes. Además, el día 29 de septiembre sólo le expidieron a las familias copias del primer cuerpo omitiendo las copias del segundo cuerpo donde justamente se encontraba la sentencia que debían apelar.

El fundamento del sobreseimiento fue el de la legítima defensa, que el imputado planteó por escrito al relatar su versión de los hechos.

El juez Cubas dictó el sobreseimiento sin tomarle al propio agente Veyga declaración indagatoria: reemplazó ese acto procesal con una simple declaración espontánea por escrito del policía. El sobreseimiento se basó en dicha declaración y se decretó pocos días después que las familias de las víctimas habían tomado conocimiento de la causa y antes de que su abogado pudiera tomar vista. El juez, además, no hizo lugar al pedido de las familias de constituirse como querellantes.

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A Macri no le van las leyes a favor de los derechos humanos

El miércoles 13 de enero, por la noche, subimos el siguiente texto a la página del Observatorio de Derechos Humanos de la Ciudad de Buenos Aires, repudiando, una vez más, algunas desiciones políticas del ejecutivo porteño.

Armamos una gacetilla de prensa y se la envíamos a medio mundo. Hoy, jueves 14 de enero del 2010, para algunas agencias de noticias, diarios en su versión impresa y digital, y radios, es noticia.

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La historia de Kiki y Pochoclo: asesinato y desaparición (Introducción y Capítulo I)

Un caso de violencia policial, complicidad judicial e impunidad.

Los hermanos Dios decidimos contar esta historia con la intención de aportar al conocimiento y esclarecimiento de este caso. Para que no quede impune y con la impotente voluntad de que estas situaciones no se repitan. A la historia de Kiki y Pochoclo accedimos por nuestras relaciones laborales y sociales, pero seguro que hay muchas más similares dando vueltas. Nuestro aporte no es artístico, apenas intenta ser militante. Todos los datos están chequeados. Dividimos el trabajo en tres capítulos. El primero se remite a los hechos. En el segundo contaremos los detalles más reveladores de las causas judiciales y en el tercero señalaremos las repercusiones y las consecuencias.

Capitulo 1.
Jonathan Ezequiel Lezcano tenía 17 años. A las siete de la tarde del miércoles 8 de julio del 2009 se subió a un remise junto a su amigo Nelson Ezequiel Blanco (25) en una esquina de la Villa 20 de Lugano, donde vivían. Después de viajar unos quince minutos se bajaron a tres cuadras del Hospital General de Agudos "P. Piñero", en el Bajo Flores. “En una hora te volvemos a llamar para que nos lleves de nuevo a casa”, le dijeron al chofer, a quien conocían del barrio. Pero la llamada nunca llegó.

Jonathan llevaba puestos unos jeans de color azul, un buzo a rayas celestes y blancas y zapatillas Nike negras, y le decían Kiki. Ezequiel tenía unas zapatillas Reebok blancas, jean gris, una remera manga larga de color negro con bordados rojos y una campera polar negra. Le decían Pochoclo.

María Angélica Urquiza, la madre del Kiki, desde hacía un largo tiempo venía peleando para que su hijo se curara de la adicción al paco. Como suele ocurrir con los pibes pobres y adictos, la opción es un neuropsiquiátrico; y aquellos que tienen alguna causa judicial, Instituto de Menores. Kiki pasó por los dos. Primero por una clínica neuropsiquiátrica, donde su madre lo visitaba casi todos los días: el chico le rogaba que lo sacase de ahí porque lo tenían aislado y drogado desde que se levantaba hasta que se acostaba. Y también pasó por el Instituto de Menores San Martín, en el marco de una causa judicial. Su Directora, Raquel Robles, lo recuerda con mucho cariño: “era precioso, tenía un gran carisma, un líder: un pibe diferente y muy querido”.

En la ciudad de Buenos Aires, para acceder a un tratamiento que ofrezca posibilidades serias de curación y reinserción, hay que tener dinero. Los tratamientos no son gratuitos y sólo acceden familias de cierto poder adquisitivo. Los pobres no. Las vacantes para el tratamiento gratuito son ínfimas y las políticas estatales son risueñas en comparación con la complejidad del problema.

María Angélica, desde el primer día que se puso a buscar a su hijo –el 8 de julio de 2009-, convivió con una maldita sospecha en la cabeza: la desaparición de Kiki estaba vinculada a la Comisaría N º 52 del barrio de Lugano. “Jonathan tenía problemas con las drogas, como muchos otros pibes de la villa, pero nosotros lo ayudamos siempre y nunca dejó de faltar a casa. Podía pasar un día, dos, pero al tercero aparecía; por eso, ahora que ya pasaron más de tres días, estamos convencidos que algo pasó. La Policía dice no saber nada pero nosotros sospechamos que nos están ocultando la verdad”.

Un tiempo antes, durante el mes de marzo, Mario Ramón Chávez, oficial de la Comisaría 52, apodado Indio, golpeó la puerta de los Lezcano, pidió por su madre, y cuando la tuvo delante suyo le dijo que cuidara al Kiki, que estaba bardeando mucho y no fuese cosa que le pasase algo. A los pocos días, durante el mes de abril, un grupo de policías de la misma dependencia detuvieron a Jonathan y lo golpearon hasta hacerlo sangrar porque lo habían visto en actitud sospechosa en una esquina del barrio.

Otro indicio de que la comisaría estaría implicada en los hechos es la aparición, un tiempo antes, de un auto “trucho” (autos secuestrados o pertenecientes a la brigada sin ningún tipo de identificación) frente a la casa de los Lezcano como señuelo o “queso” para su hijo. La práctica es moneda corriente de las brigadas de la Federal. María Angélica cuenta que un primo de Jonathan, Gabriel Omar “Titi” Álvarez, fue fusilado por un policía (“El Percha”) frente a varios testigos, tras intentar robar uno de estos señuelos. El primo estaba completamente desarmado. Después le plantaron drogas y armas y el caso era utilizado por “El Percha” para amenazar a otros pibes del barrio.

El Percha no está mas en la brigada de la 52 pero todavía le cobra coimas a los puesteros de la feria de Lugano. Su discípulo, el Indio, aprendió los deberes. Kiki y Pochoclo estaban marcados por el Indio por barderos, negros, pobres y adictos. María Angélica afirma que la única vez que Kiki estuvo implicado en una causa judicial lo llevó inmediatamente al Juzgado correspondiente. Su problema no era con el delito, sino con las drogas. Pero la Policía no distingue motivos, califica con otros parámetros: el poder territorial, el control de los negocios ilegales y la posibilidad de moverse con impunidad.

El 7 de julio del 2009 Jonathan conversaba en un pasillo de la villa con su primo Sergio y su amigo Ezequiel Blanco. De las sombras aparecieron dos policías. Uno le avisó que “una vez sí, pero dos no. Voy a ser tu sombra”, y el otro le sacó una foto con su celular.

Al otro día se tomaron el remise.

El 9 de julio, día de la Independencia, Angélica hizo la denuncia por la desaparición de su hijo en la comisaría 52 y a partir de ahí, durante dos interminables meses, recorrió juzgados, fiscalías, hospitales, comisarías y organismos públicos. Imprimió fotos, hizo carteles y fue a Missing Children. La foto de Kiki, moreno de ojos claros, sonriendo, apareció en programas de televisión y diarios. Con una de sus hijas pegaron afiches con la cara de Jonathan por todo el barrio y al mes exacto de las desapariciones cortaron la Avenida F. Cruz con bombos, redoblantes, una bandera exigiendo justicia y neumáticos levantando humo negro.

El 10 de julio María Angélica y otros 12 familiares de Jonathan estuvieron con la Defensora del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires, Alicia Pierini. Al día siguiente Pierini se reunió con Valleca, Jefe de la Policía Federal Argentina, y le requirió información sobre el caso. Valleca admitió conocerlo y afirmó que se investigaría en profundidad, no brindando ni entonces ni más tarde ninguna otra información al respecto.

Mientras todo esto sucedía, Jonathan Ezequiel Lezcano y Ezequiel Blanco estaban muertos desde el mismo día de su desaparición, el 8 de julio de 2009: los había asesinado un policía federal.
El hecho fue caratulado como “Robo de automotor. Homicidio” -carátula judicial que describe qué es lo más importante: el supuesto intento de robar un auto, y no la muerte de dos jóvenes-, en el Juzgado de Instrucción Nro. 49 a cargo de Facundo Cubas.

Mientras María Angélica Urquiza recorría toda la institucionalidad posible y derramaba lágrimas y súplicas en diversas oficinas, el cuerpo de Jonathan se enfriaba en la morgue y, antes de que la familia supiera de su muerte, era enterrado como NN en el cementerio de la Chacarita.

En la moderna ciudad de Buenos Aires, con su foto publicada en la página de Missing Children, con un juez y un fiscal interviniendo en la denuncia de la desaparición, el juez Cubas ordenó que entierren a ese chico como un NN. Y cuando todo se supo, y antes que el abogado de la familia pueda ver el Expediente, rápidamente el juez Cubas sobreseyó al asesino de Kiki y Pochoclo: Daniel Santiago Veiga, agente de la Policía Federal Argentina perteneciente a la División Operaciones Urbanas de Contención y Actividades Deportivas D.O.U.C.A.D. de la Policía Federal Argentina.

El doble asesinato se habría producido el 8 de julio de 2009, a las 15:00 horas aproximadamente, en el interior de un auto, y en el Pasaje Zonda 1643 de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

En el próximo capitulo los datos más importantes de las dos causas: ineficacia, impunidad y responsabilidad judicial.


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La política pudo con Posse

Vamos con dos cortos:

Uno de la organización social X los invisbles, que trabaja en el corazón de la Villa 31 Bis de la Ciudad de Buenos Aires.
Y el otro del Observatorio de Derechos Humanos de la Ciudad de Buenos Aires y su informe sobre la gestión de Mauricio Macri.

La política pudo con Posse porque se están disputando dos claros modelos de país. Y victorias como éstas marcan el rumbo.

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La Posse de Marchi: new populismo

No nos hagamos más los estúpidos en nombre de la corrección política: la culpa la tiene el público. Y en realidad, una porción, que no es tan ínfima como nos quieren hacer creer. Si no hay gente haciendo kilombo, estas cosas no pasan. No quisiera traer a colación el caso Bulacio, pero la conexión que me surge es: Redonditos de Ricota - Callejeros - Viejas Locas - Pastillas del Abuelo. Cuatro shows diferentes de bandas que arrastran un público similar. Cuatro lugares distintos (Obras, Cromañón, Vélez, Ferro). Cuatro organizaciones diferentes. ¿Cuál es la única constante? El público.
(Sergio Marchi en su My Space, hablando después de las muertes de Rubén Carballo, quién apareciese muerto al otro día en las adyacencias de Velez, y Melisa La Torre, la chica de veinte años que murió en el recital de Las pastillas del abuelo, asfixiada por una abalancha en la baranda de contención) .

Recuerden ahora mismo la editorial de La Nación de Posse o cualquier declaración suya en los medios estos días.

¿No les suena parecido?

Posse tiene un problema de base: Niega los últimos 50 años de la historia de la humanidad.

Marchi es el establishment del periodismo de rock. Biógrafo de Charly García, pasó por todos los medios que cualquier periodista “del palo” quisiera pasar.

A Posse lo conocía muy poco, la verdad, a Marchi un poco más. Marchi con esas declaraciones (lean toda su entrada porque es imperdible: parece Magdalena enojada) y Posse con su editorial entraron en el inodoro de mi vida. Las declaraciones de los dos son absolutamente graves pero además creen que son de intelectuales y tienen el mismo fin y el mismo tono que cualquier doña Rosa.

En Viejas Locas nadie hizo quilombo pero la Policía Federal mató a uno y golpeó a mil. Y si así hubiera sido, si hubiera habido algún quilombo, reducir todo el problema de la violencia en el rock al público es igual que Posse cuando dice que el problema de la inseguridad son los garantistas.

Lo curioso es que el nivel de análisis de los dos, un ministro de educación y un “destacado periodista de rock” (ver Wikipedia), son similares a los de un niño de tercer grado: hay buenos y malos. Buenos los que son ordenados y malos los otros, los que se emborrachan, se drogan o hacen piquetes.

No hay complejidad, no hay intereses, ni relaciones sociales, ni disputas de poder, ni historia. Solo hay gente que se porta bien y gente que se porta mal. Es un discurso tan mediocre como individualista. "Si yo me porto bien cuando voy a un recital, ¿por que me tengo que comer que estos negros de mierda hagan quilombo? Esto debe pensar el bueno de Marchi, lo mismo que Posse: "Si hay docentes que no reclaman por sus derechos y van a trabajar porque tienen vocacion, ¿por qué tengo que bancarme a estos gremialistas que no piensan en los chicos?

Es simplificar lo complejo. Es Tinelli, Legrand, Susana, en la voz de “los especialistas”. Y lo tremendo es que si no abrimos los ojos esto es el país que se viene, amigos y amigas, y eso es el horror, eso debe ser nuestra preocupación y es nuestra tristeza.

Lo sencillo, lo simple, es un valor supremo en la comunicacion. No problematizar ayuda a penetrar, a contagiar. Es el camino más fácil y más certero.

Y lo tremendo es que, por eso, estos discursos son populares y generen identidad.

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Informe sobre la situación de los Derechos Humanos en la Ciudad de Buenos Aires

El Observatorio de Derechos Humanos de la CABA, una ONG conformada por abogados que trabajan en la función pública y también en el sector privado, presentó un informe sobre la gestión del macrismo a 2 años de su asunción al frente del ejecutivo porteño.

Enlace al Informe

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UCEP: el Video

Haciendo Buenos Aires le pegan a los pobres por ser pobres.
Y Maurizio dice que los otros son fascistas

El video del Observatorio de Derechos Humanos de la Ciudad de Buenos Aires sobre la UCEP

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La clase de la Jueza

La disputa del Poder Ejecutivo con el Poder Judicial en la Ciudad, la bochornosa jueza discriminadora y la cuestión de clase en la política local.

La Jueza Contravencional de la Ciudad Rosa Parrilli dio una muestra de pertenencia a una clase y una clase de pertenencia a una corporación. Esto disparó acciones políticas de todo tipo que resulta atractivo analizar.

Por un lado se pudo ver a los medios escandalizados defendiendo, ahora, a la burocracia estatal, a la Guardia Urbana de Ibarra y a los morochos, cuando permanentemente hablan de profesiones cuando un delincuente tiene una (el abogado mató, el ingeniero estafó) y hablan con lenguaje policial cuando el autor del delito es negro y no terminó el secundario. Por lo que sea, los medios salieron a cruzar rápidamente a esta jueza impresentable. Y esto produjo inmediatas acciones de Macri y sus ministros.

Una primera confirmación que merece más desarrollo: A Macri la política se la manejan los medios y todo lo que hace lo hace para los medios. No tiene política en serio fuera de la agenda de los medios. Esto, que su círculo de publicistas cree que es la panacea, es un boomerang que no tiene sentido explicar aquí.

Pero esta historia tiene algo más pesado atrás y que se relaciona con el verdadero conflicto: El gobierno de Macri quiere restringir el accionar de la justicia de la ciudad y en ese camino elaboró un proyecto de ley que ya consiguió un Dictamen de la Comisión de Justicia de la Legislatura. Este proyecto limita arbitriamente, violando la Constitución de la Ciudad, el acceso a la justicia de los más frágiles, a quienes, si se aprueba ese proyecto, los jueces deberán obligarlos a presentar una caución real para solicitar una medida cautelar (van a tener que poner plata si quieren que el juez resuelva rápidamente respecto de una violación de un derecho).

Pero no nos confundamos. Los jueces que dictan medidas cautelares en la Ciudad restituyendo los derechos que el Gobierno de la Ciudad viola, no tienen nada que ver con aquella Jueza Contravencional. Al gobierno de Macri no le importan los jueces como esa jueza, irresponsables, autoritarios y discriminadores; le importan los jueces que leen a fondo la Constitución de la Ciudad cada vez que alguien presenta un amparo en los Tribunales. Y por más que se pueda pensar que algunos jueces de la ciudad se exceden en sus interpretaciones y rozan los límites de su competencia, lo cierto es que siempre lo hacen con la Constitución en la mano y bajo una argumentación jurídica y profesional (no con autoritarismo, despotismo y xenofobia) El sistema Contencioso Administrativo de la Ciudad (donde tramitan casi todos los amparos por derechos fundamentales) tiene sus propios controles que interpretan restrictivamente algunos derechos (El Tribunal Superior especialmente) y no hace falta que el Ejecutivo meta mano.

Lo que pasa es que la Jueza Parrilli es incomoda en un acto particular, mediático (que ilumina, además, sobre ciertas conductas de la corporación judicial) pero lo cierto es que ese acto da cuenta de una expresión de clase de la que Macri también es propietario. A Macri le sobran las ganas de poder gritar como esa jueza, así debe tratar a sus empleadas en su casa, y lo quisiera hacer con los jueces, pero no puede hacerlo, porque están los derechos humanos, la política y todo eso. Sin embargo, miren que paradoja, porque lo que hizo Macri rápidamente con las empleadas agraviadas fue un gesto político, puramente político, que trae rédito político. Pero resulta que cuando Palacios renuncia Macri dice que el tema se politizó, como si la política fuera algo ajeno a lo que hace todos los días. Odiar la política haciendo política. Acá hay otra disputa latente en la actualidad (¿Qué vale más: la imagen o la capacidad política? ¿Quién tiene el poder: quien gana las elecciones o quien marca la agenda?).
La postulación de Ugolini como miembro del Tribunal Superior va en el mismo sendero: una abogada que no incorporó a sus razonamientos jurídicos la Constitución de la Ciudad y que cree que defender el Estado es defender el interés de la sociedad. Uy, uy, uy, cuantas contradicciones. Resulta que ahora el PRO es pro estatal. No, lo que resulta es que ahora ellos tienen el poder y necesitan herramientas legales para que no jodan con el derecho a la salud o el derecho a la vivienda. Lo que pasa es que los patrones funcionan así y piensan que todos los demás también. Que alguien da órdenes y otro las cumple. En el comedor de la casa, en una empresa y en el Estado. En esa concepción juntan sus manos la jueza contravencional y el jefe de Gobierno, aunque Macri simule distanciarse.

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El fino y lo grueso II



(Volver a cero)

Si algo nos generó el kirchnerismo fue esperanza.

Y una de las grandes esperanzas era que íbamos a llegar a un consenso social donde había cosas que no tendríamos que volver a discutir. Al menos esa era mi esperanza y mi satisfacción mayor (mi felicidad pero también -pienso ahora- mi ingenuidad). La esperanza tiene, siempre, un gran porcentaje de ingenuidad.

Hay algo de angustia en estos días en la ciudad de Buenos Aires. Alguno puede decir que no hay que exagerar, o que sólo se trata de declaraciones políticas partidarias oportunistas. No se. Pero estamos preocupados porque antes era más fino pero ahora ya es bastante grueso. Y lamentablemente tenemos que volver a empezar.

Si hay crisis económica o social de cualquier origen que perjudica a un sector social, ese sector social genera diversos mecanismos para paliar esa crisis y uno de esos mecanismos es la protesta en el espacio público.

El kircherismo, hay que decirlo, no le metió los derechos humanos a la Policía Federal, ni siquiera le pudo incorporar la democracia todavía. Pero tomó una decisión que fue de oro. La protesta social no se reprime. Es pragmático (evitar conflictos mayores: Kostecki y Santillan es el ejemplo) pero fundamentalmente es ideológico.

Cuando Montenegro dice que va a “ordenar” las protestas en el espacio público lo dice con un proyecto político detrás y con una ideología que sustenta ese proyecto, pero lo dice con tanta soltura porque tiene una encuesta en el escritorio que señala claramente que los porteños están hartos de las manifestaciones públicas, las demoras en el tránsito y la ausencia de orden. Macri perdió muchos votos el 28 de junio y tiene claro que solamente los puede recuperar por derecha.

Hoy, otra vez, tenemos que volver a señalarle a la clase media porteña que están fabricando otro nuevo boomerang. Es llamativo que el mismo gobierno porteño no advierta esta arma de doble filo que están diseñando. Que le consulte Macri a su amigo Duhalde lo que le costó la represión de la protesta social. Pero Macri no puede con él mismo. Y él es el Jefe de Gobierno.

Al primer herido blanco en una represión de una protesta social, los porteños de la cacerola, y de la cartera de cristina, van a ser los primeros en alertarse por tamaño acto de injusticia y desproporcionalidad. Y más aun si la crisis económica los afecta a ellos también. Piquete y cacerola, la lucha es una sola.

Es desesperanzador la falta de respeto por la memoria que se tiene en esta ciudad. Es decepcionante que todavía se hable de neomarxistas, de que los desaparecidos están vivos porque figuran en los padrones y se elogie a Martínez de Hoz. Mi ingenuidad me hacía creer que eso no se iba a poder decir más, en público, con tanta liviandad como quien dice que los productores de leche pierden dinero.

La designación del fino Palacios viene a decirnos –principalmente en lo simbólico- que esas voces que, entre otras cosas, permitieron las aberraciones de la última dictadura militar todavía no se callaron y que, aun peor, cada vez tienen más interlocutores con vigencia en el poder real.

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Versos

ex comisario de la federal argento y poronga elegido para dirigir la nueva policía
condecoraciones, dicen, ejemplar, insisten
carrera oscura y prontuario cinco estrellas
subordinación y valor.

el gobierno nacional desplaza, memoria verdad y justicia
el empresario ignorante avanza y habla de instituciones por la tracción de una derecha entonada
los republicanos callan pero piden el bigote peronista de Moreno todos los santos días.

desde el partido obrero hasta la coalicion de la impredecible chaqueña color ocre piden frenar la promocion del zar federal
pagina 12 y telam, únicos testigos, nadie más
clarin sueña sanar el indec pero no publica una línea de la resistencia masiva al nombramiento.

eso sí: otro gordo impune, del poderoso sindicato de luz y fuerza -Oscar Lescano-, enfrentado desde siempre a los intereses populares, por estos días tiene la palabra.

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Buenos Aires explota (da)

Es viernes. Asueto para algunos. Oscurece. Todo está en calma, canta Dexler. Y es mentira. En el barrio de Flores todo explota. Se corta la soga: la estiraron demasiado. Gustavo Vera, referente de La Alameda, es agredido brutalmente por cientos de “talleristas” comandados por Alfredo Ayala. Le defiguran la cara. Cuando lo agredieron estaba junto al Subcomisario López, de la Comisaría 40, única presencia policial que custodiaba el enfrentamiento entre 150 “talleristas” de un lado y 30 miembros de La Alameda, del otro.

Unos días antes, una persona víctima de trata se escapó de un taller de textura clandestino ubicado en Lacarra 932. Fue a La Alameda, ahí cerca. Contó la situación, la esclavitud, los abusos, y comentó que dentro estaba su mujer con sus hijos. La Alameda avisa al Gobierno de la Ciudad. ElLa Alameda retrocede ante la agresión violenta de los “talleristas”. Queda Gustavo Vera. No hay medios, no hay policías en plural. Se le tiran encima a Vera y lo defiguran. viernes van los inspectores. Llaman a la prensa. Alfredo Ayala, esclavista mafioso, manda a su gente también. Todos en la zona. Como hay medios, hay policías. Entran los inspectores con la víctima que se había escapado: va a buscar a su mujer y sus hijos. Los inspectores a inspeccionar. Afuera, las bandas rugen. Sale la mujer con los chicos. Salen los inspectores. El hombre, víctima, no. Se van los medios de comunicación. Se va la policía. Quedan las bandas y el Subcomisario López. La gente de

En la tele se escuchan las primeras repercusiones del llamado al diálogo. Suena el teléfono. Voy para allá. Hospital Piñero, la guardia colmada, Vera ensangrentando, nadie lo atiende. Nos cuenta. Algo raro pasa en esta Ciudad. Vamos al local de La Alameda. Conversamos con las víctimas que se escaparon del taller. Nos cuesta escucharnos: Al mismo tiempo hay una asamblea de los cartoneros. Están organizados, están enfurecidos, están dispuestos.

Última parada: Comisaría 40ª. El Comisario Rey nos invita a su despacho. Lo primero que veo es una foto del Fino Palacios en la cabecera de una mesa con otros polis, uno de ellos –imagino- es Rey. Es amable el Comisario Rey, igual que todos los Comisarios cuando reciben a funcionarios públicos. Nos dice: Lo único que queremos es que esto pare, ya tenemos demasiada violencia, estas bandas tienen que frenar en la agresión mutua; nosotros, si nos llama un juez o un funcionario, vamos, entramos al taller y hacemos lo que corresponde, pero sin orden no podemos hacer nada. Se escuchan ruidos afuera, gritos. El subcomisario López (sin signos de heridas) le dice al Comisario que la gente de La Alameda se acerca a la Comisaría. “Esto no sirve, esto no ayuda”, dice Rey. Salimos a la calle, el Comisario también. La protesta es agresiva pero ordenada. Todos en la acera, gritan, insultan, golpean los palos contra el piso, pero se saben organizados, nadie pasa la raya. Uno de ellos, con una boina, se sube a un palo de luz y desde allí arenga a la gente. Observo cuatro patrulleros en cada esquina. Y como si hubieran salido de abajode la tierra alrededor de 20 policías en la puerta de la Comisaría. Rey es amable. Una chica de La Alameda se acerca: Comisario, liberaron la zona. De ninguna manera, dice él., cómo se te ocurre. ¿Y por qué lo dejaron a Vera sólo?. Fue repentino, dice él, ¿de donde querés que saque policías tan rápido?. La Alameda y también el taller denunciado están a dos cuadras de la Comisaría y ahora alrededor nuestro hay cerca de 50 policías que hace 10 minutos no estaban. Mi jefa dice: Gracias a Dios que estamos acá en este momento. Los manifestantes se alejan. Nosotros también.

Buenos Aires, otra vez, está repleta de talleres clandestinos. El problema –se sabe- es económico, la cadena de producción. Ningún eslabón de la cadena está dispuesto a perder un peso, ni las grandes marcas, ni los intermediarios, ni mucho menos, como se vio, los talleristas. Allá abajo, atrapados por esa cadena, están las víctimas, esclavizadas, ultrajadas. La Alameda denuncia, denuncia, denuncia y resiste.


Esto pasa en Buenos Aires mientras Macri arma su Policía represiva, arregla las veredas de la zona norte, le quita los subsidios a los sin techo y le pide audiencia a la presidenta con el Clarín en la mano.


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Manu y Santino Dios

Manu y Santino Dios