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sábado, 9 de noviembre de 2013

Noli altum sapere





Insertis oleae ramis, oleaster aberrat
Enasci fructus si putat inde suos.
Tu cave contemnas, cui nondum gratia Christi
Influxit: subitò nam quod es esse potest.



Injertadas las ramas de olivo, yerra el acebuche
Si piensa que los frutos nacidos son suyos.
Guárdate de despreciar a quien todavía la gracia de Cristo
No ha llenado, pues en un instante puede ser lo que tú.

viernes, 9 de julio de 2010

La tolerancia política no es herejía; la intolerancia religiosa es apolítica




Todo cuanto deseamos honestamente se reduce a estos tres objetos principales, a saber, entender las cosas por sus primeras causas, dominar las pasiones o adquirir el hábito de la virtud y, finalmente, vivir con seguridad y con un cuerpo sano. Los medios que sirven directamente para el primero y el segundo objetivo y que pueden ser considerados como sus causas próximas y eficientes, residen en la misma naturaleza humana; su adquisición depende, pues, principalmente de nuestro propio poder o de las leyes de la naturaleza humana. Por este motivo, hay que afirmar categóricamente que estos dones no son peculiares de ninguna nación, sino que han sido siempre patrimonio de todo el género humano, a menos que queramos soñar que la naturaleza ha engendrado desde antiguo diversos géneros de hombres. En cambio, los medios que sirven para vivir en seguridad y para conservar el cuerpo, residen principalmente en las cosas externas; percisamente por eso, se llaman bienes de fortuna: porque dependen, sobre todo, del gobierno de las cosas externas, que nosostros desconocemos; y en este sentido, el necio es casi tan feliz o infeliz como el sabio.

Por consiguiente, lo único por lo que se distinguen las naciones entre sí, es por la forma de su sociedad y de las leyes bajo las cuales viven y son gobernadas. Y por lo mismo, la nación hebrea no fue elegida por Dios, antes que las demás, a causa de su inteligencia y de su serenidad de ánimo, sino a causa de su organización social y de la fortuna, gracias a la cual logró formar un Estado y conservarlo durante tantos años. La misma Escritura lo hace constar con toda claridad, ya que basta una lectura superficial para ver claramente que los hebreos sólo superaron a las otras naciones en que dirigieron con éxito todo cuanto se refiere a la seguridad de la vida y en que lograron vencer grandes peligros, gracias, sobre todo, al auxilio externo de Dios; en lo demás, fueron iguales a los otros pueblos, y Dios fue igualmente propicio a todos.


Spinoza (1670)

* * *

Otro indicio de lo que decimos es la tolerancia religiosa, llamada por otro nombre teológica, por la cual todas las doctrinas, aun cuando sean contrarias entre sí, son tenidas por igualmente buenas y capaces de conducir a la salvacion, sin que pueda condenarse ninguna por falsa; de donde proviene la máxima de que cada cual puede salvarse en su propia Religión. Ahora bien, ¿cuál es la raíz, el fundamento de tan torpe y asqueroso indiferentismo, sino el desaliento, la fluctuación, la duda acerca de la verdad absoluta de las propias creencias? El que está real e íntimamente convencido de que la fe que profesa es la divina y por consiguiente la única verdadera, por precisión tiene que rechazar con horror toda otra fe que no sea la suya o que la esté opuesta, por falsa; porque la verdad es una e indivisible. Repugna, es absurdo segun los principios de la sana lógica, el que dos o mas Religiones contradictorias puedan a la vez ser verdaderas; y si lo es la una, las otras indispensablemente han de ser falsas. Por esto es precisamente que el católico tiene por completamente falsas cuantas Religiones, cuantas creencias existen diversas de la fe que él venera como divina, esto es, como revelada por Dios y propuesta por una autoridad infalible, cual lo es para él la Iglesia. De aquí es que injustamente se le echa en cara la nota de intolerante; he dicho "injustamente" porque está en la naturaleza de la cosa, que el que por fe cree que sus opiniones religiosas son las verdaderas, debe condenar por falso cuanto se opone a ellas, so pena de ser no solo impío sino también inconsecuente y alógico.

(...)

Por lo demás, siendo esta máxima tan espantosa y terrible: "Fuera dela Iglesia no hay salvación", de la mayor importancia, y entendiéndola mal muchísimos de entre los protestantes y aplicándola otros un sentido odioso que no tiene, para poder de este modo acusar a la Iglesia católica que la profesa y la ha consignado en su símbolo, no será fuera de propósito el declarar su verdadero sentido, para quitar así de en medio la confusión de que quisieran rodearla.

Ante todas cosas es menester distinguir la intolerancia religiosa de la política y civil. La primera es la que profesa la Iglesia católica, por las razones que antes hemos aducido, mas no la segunda; de suerte que si las actuales circunstancias de la sociedad, la paz y la tranquilidad pública exigen la pacífica profesión de un culto diverso del suyo y del cual una nación cualquiera está ya en posesión, la Religión, o sea la Iglesia católica, no se opone a esto; lo que está sucediendo en Francia, en Austria y en aquella parte de la Alemania en que el Catolicismo es la Religion dominante, lo prueba hasta la evidencia. En segundo lugar, es preciso no confundir la intolerancia religiosa con el odio; y así es, que mientras la Iglesia se manifiesta intolerante con el error y con la herejía en abstracto, demuestra el mayor aprecio, amor, caridad y compasión hacia el que anda errado en concreto. Sus amenazas, los castigos mismos y las penas que impone, cuando pueden servir para la corrección y arrepentimiento del descarriado, nacen de su amor. Ella ruega, gime, suspira y cual madre solícita procura por todos los medios tener a raya a los hijos que se desvían y corren a su perdición. Así en Dios como en la Iglesia, que es viva imágen suya en la tierra, la verdad y la caridad se identifican y forman una sola cosa. La Iglesia no sabe castigar al pecador, sino invitándole a que se arrepienta. Si en este particular hubo en los tiempos pasados algun exceso, estuvo este en la Iglesia mas no fue de la Iglesia.

Hechas estas distinciones, adelantemos un paso más y declaremos el verdadero sentido de la máxima que nos ocupa. ¿Preténdese acaso significar con ella, que todo el que muera fuera de la comunión exterior de la Iglesia católica, se condena por este solo hecho? No por cierto; jamás el Catolicismo la ha entendido en tal sentido; antes bien su doctrina en este punto es contraria; pues no sólo enseña que la infidelidad negativa no es pecado ni hace al sujeto culpable delante de Dios, sino que ha anatematizado a los que quisieron defender y propalar la opinion opuesta. Ahora bien, la herejía, según la doctrina católica, es una especie de infidelidad y se reduce a esta como a su género. Si, pues, la infidelidad negativa, o la ignorancia invencible de la verdadera fe no es pecado, no hace culpable delante de Dios, ni por consiguiente es digno de pena o de castigo el que es infiel de esta manera; dedúcese de ahí, que tampoco es culpable el hereje material, esto es, el que de buena fe y por ignorancia invencible forma parte de una secta cualquiera; y que por lo mismo no merece pena ninguna. Afirmar lo contrario es oponerse á la doctrina de la Iglesia. Añádase a esto que es tambien doctrina católica el que todos los que pertenecen al alma de la Iglesia, o sea a su vida interior, aun cuando estén fuera de su cuerpo o comunión exterior, no por esto dejan de ser católicos y de ser contados en el número de ellos y gozar de sus mismas condiciones, en una palabra, no son menos por esto hijos de la Iglesia; y como quiera que los que sin culpa suya se hallan fuera del cuerpo de la Iglesia, a pesar de esto la pertenecen en cuanto al alma, de aquí es que pueden salvarse como lo pueden los que se encuentran en su comunión exterior.

¿A qué viene, pues, a reducirse la formidable máxima: "Fuera de la Iglesia no hay salvación", que excitó y excita aun en muchos la ira y el despecho? En términos los más sencillos, se refunde en esta fórmula: "Todo el que muere en pecado mortal se condena"; o bien en esta otra: "El que vive voluntariamente en estado de pecado mortal y no se arrepiente antes de morir, está fuera del camino de la salvación". ¿Hay algo de reprensible en esta máxima? ¿Cuál es el protestante que no la sigue, no la enseña, no la profesa? No siendo ateo o incrédulo, es preciso admitirla. Pues bien, no es otra la doctrina católica.

Giovanni Perrone (1853)

lunes, 21 de junio de 2010

Incipit tolerantia-II




Si tú, muy ilustre príncipe, hubieras predicho a tus súbditos que regresarías con ellos en un tiempo incierto, y les hubieras encomendado que se aprestaran todos vestiduras blancas y que, así de blanco vestidos, se presentasen ante ti, en el tiempo en que tú vendrías: ¿Qué harías si, después de esto, hallases que no habían tomado cuidado en hacerse con ropas blancas? Mas, en su lugar, que estuvieran discutiendo solamente sobre tu persona, de modo que unos dijeran que estás en Francia, otros que allí en España, otros que vendrás a caballo, otros que en carro, otros que con gran pompa, otros que sin montura o a pie. ¿Tal te agradaría?

Mas aun, ¿qué dirías si disputasen entre ellos no sólo con palabras, sino también a grandes puñetazos, y mandobles, y que unos vinieran a herir o a matar a los otros, al no concordar con ellos? - Vendrá a caballo, dirá uno; en un carro, dirá otro. - Mientes. - Pues, ¡toma!, recibirás un puñetazo. - Y tú esta puñalada en las entrañas. Oh, príncipe, ¿tendrías en estima a unos ciudadanos tales? ¿Qué sucedería si, entre tanto, algunos entre ellos cumpliesen con su deber, siguiendo tu mandato de hacerse con ropas blancas, y los otros por ello vinieran a afligirlos, o a darles muerte? ¿No destruirías con deshonra a estos malvados?


Sébastien Castellion

Incipit tolerantia-I





FEDERICO: Si a los ediles sagrados de los romanos se les dio el encargo de que no se admitiese religión extranjera en la ciudad, ni que los dioses fuesen venerados sino al modo patrio, ¿con cuánta mayor diligencia conviene que tengan esto en cuenta los príncipes cristianos?

SENAMO: Y ni siquiera los romanos pudieron mantener sus propios edictos, cuando recibían en la urbe el culto de Isis, Osiris, Annubis, Apis, Esculapio, Cibeles, la madre de los dioses. Por último, M. Agripa llamó panteón al templo que construyó, porque lo había consagrado a las divinidades de todos los dioses. Vemos que es el único de todos los templos de los antiguos que quedó en Roma, consagrado por Bonifacio III, pontífice, a todos los dioses. Así también los atenienses tuvieron frecuentes aras de los dioses desconocidos, como pudo comprobar Pausanias en los Attica y Pablo mismo en su discurso al pueblo ateniense, para que de cualquier modo dieran culto al verdadero Dios que desconocían. Aquellos antiguos afirmaban que este mundo estaba totalmente abarrotado de dioses, pues en todo lugar observaban númenes admirables de la divinidad, hasta el punto de que no dudaban en exclamar: ¡Todo está lleno de Júpiter! En efecto, están llenos los cielos, llena está la tierra de la majestad de la gloria divina. Al preguntársele a Séneca qué es Dios: "Todo lo que ves -dice- y lo que no ves". Y Plinio llama al mismo mundo universo numen eterno. Por eso creo que aquellos antiguos hombres cuando dedicaban templos a las virtudes, por ejemplo, a la Justicia, a la Fortaleza, a la Paz, a la Esperanza, a la Fe, al Pudor, a la Concordia, a la Salud, a la Piedad, al Honor, a la Verdad, a la Providencia, a la Mente, a la Clemencia, a la Misericordia, a la Felicidad, a la Liberalidad, a la Fama, a la Eternidad, habían propuesto las virtudes del Dios inmortal a todos los mortales para verlas e imitarlas por doquier y para que se apartaran de los vicios.

CURCIO: Agudo es, Senamo. Pero ¿por qué tuvieron los vicios superiores por dioses? ¿Por qué el templo del Dinero, de la Edusa, de la Alimento (Edulia), de la Bebida (Potana), del Placer, del Libertinaje, de Venus, de Priapo, sino para abusar de francachelas, bebida, placer, estupros, licenciosidad, como si los dioses se lo concedieran? Omito la Fiebre, la Furia, la Laverna, la Risa, la Lujuria, el Impudor y la diosa Menfis de Hedor horripilante. Paso por alto los dioses establecidos en las partes y lugares de todos los edificios. Paso por alto también los trescientos Júpiter que obtenían por suerte sus nombres a voluntad de cualquiera y pueblos de innumerables dioses hasta de serpientes. Todos ellos, dioses y diosas, M. Agripa los encerró en un único y mismo edificio.

SALOMON: Hubiera sido más provechoso apartar totalmente al Dios eterno de aquella compañía de dioses inútiles que unirlo a aquéllos. Pues ¿qué es sino enlodar lo más sagrado con lo más profano? Por eso al pueblo de Dios enviado a la posesión de los bienes según las divinas tablas, se le mandó arrasar templos, estatuas, altares, bosques sagrados de dioses manes y ficticios. Y Dios ni siquiera toleró que el arca de la alianza se contaminara con el contagio de la estatua de Dagón; los sacerdotes de Palestina tras colocar el arca cerca, vieron la estatua partida en dos.

CURCIO: Ciertamente, tanto éstos como Agripa violaban los derechos sagrados, pues no era lícito consagrar un mismo templo a dos dioses. Una vez que M. Marcelo había consagrado el templo al Honor y a la Virtud al mismo tiempo, los pontífices de los romanos intercedieron para que no se confundiese el culto de ambos dioses. Por ello, mandaron dividir por medio aquel templo, pero de suerte que no se abriese la puerta al Honor antes de que se abriese la de la Virtud. ¡Cuánto menos hay que tolerar esto en el culto del Dios eterno!

OCTAVIO: Debemos aborrecer la confusión de lo sagrado. Pero los reyes de los turcos y de los persas y también del Asia Superior y de África fueron educados por Homar II, legado de Homar I, pontífice supremo entre los ismaelitas, y por Heltero, teólogo muy notable; educados para que todos los hombres pensaran que serían gratos al Dios inmortal, si cada uno veneraba a su divinidad con mente pura, aunque ignorasen absolutamente qué tipo de Dios conviene tener. Porque cree que conviene poner en el impulso de la voluntad y en la mente misma la fuente de todo lo que hay que hacer, cuya integridad y pureza Dios siempre la mira muy benévolo. De tal parecer veo que fueron los teólogos de los ismaelitas y también los de los cristianos. Así escribe Tomás de Aquino: "Cuando la razón -dice- aun errando establece algo como precepto de Dios, despreciar el dictamen de la razón es como despreciar los mandatos de Dios". Esto lo había afirmado anteriormente San Agustín.

CURCIO: Lo admito, tanta fuerza hay en la voluntad para juzgar las acciones de los hombres, que quien mata a quien no quiere matar, es inocente de la muerte de aquél, y quien no pudo matar al que intentó matar, téngase como sicario. Pero ¿acaso juzgaremos por lo mismo que son rectas todas las acciones que provienen de una voluntad recta y sincera? Ciertamente se seguiría la mayor confusión de piedad e impiedad.

SENAMO: ¿Acaso os parece que Scévola, que, tras intentar matar al rey Porsenna, mató a su legado, se debe tener como si hubiera matado al rey?

CURCIO: Nadie lo duda.

SENAMO: ¿Quién duda, pues, de que Scévola hubiera merecido el mismo premio si hubiera dado los honores regios de buena fe al legado como si fuera el rey y, por cierto, viéndolo el mismo rey, que si los hubiera tributado al rey mismo? Lo mismo sucede si uno actúa con los legados y mensajeros de Dios de la misma manera como debe con el Creador.

(...)

SALOMÓN: Una cosa es dar premio por lo bien hecho, y otra excusar los pecados cometidos por error. Pues quien da culto a Dios, recibe premio, aunque no porque lo merezca. Pero quien adora al sol se deja guiar por un error justo (si es que puede existir éste) y está en situación de no ser excusado, aunque también merezca premio, porque para con Dios basta el haber querido para que consigas premio, aunque no puedas hacer lo que quieres. Así, pues, Dios, todo bondad, remunera la voluntad y el temor divino; no por ello se dice que haya hecho bien quien da culto a una estatua, porque la piedad de los pueblos no es impiedad para con Dios, como escribe con sabiduría Salomón. Y los ismaelitas, que admiten en la ciudad todas las religiones de todos con diversos templos, no por ello dejan la suya, ni nadie sin impiedad puede hacer uso de religiones discrepantes.

SENAMO: Se dice de Alejandro Severo que era un emperador muy fuerte y religioso. Sin embargo, daba culto a Abraham, a Orfeo, a Hércules, a Cristo en el Lar como a dioses penates y, por cierto, de buena fe, pues todos los escritores le tributaron la mayor alabanza por su integridad. Al ver que judíos, paganos y cristianos no estaban de acuerdo sobre la religión, prefirió abrazar todas las religiones de todos antes que repudiar y despreciar una para no provocar a nadie al desprecio de su religión, y por esta razón unió uno a uno y a todos en la república con plena armonía de piedad y caridad.


Juan Bodino

martes, 17 de noviembre de 2009

Compelle exire




El cristianismo, doblegado ante el progreso, capitula y acepta integrarse paulatinamente en un entorno plural de tolerancia. Es ésta una tesis odiosa, la de la maldad intrínseca del poder religioso y la bondad del secular, en virtud de la cual el uno debe subordinarse al otro. Creo justo lo opuesto, a saber, que el poder político tiende a la tiranía y el sacerdotal es su único límite posible. El regalismo se ha mostrado inoperante a lo largo de la historia.

Es falso, para empezar, que la Iglesia fuera tiránica cuando tuvo al Estado completamente de su parte. En el siglo XVIII, estando vigente en Europa la monarquía absoluta, mereció a d'Alembert estas palabras en la Enciclopedia:

La religión, cada día más esclarecida, nos enseña que no hay que odiar a los que no piensan como nosotros; se sabe distinguir hoy el espíritu sublime de la religión de las supersticiones de sus ministros; hemos visto en nuestra época a las potencias protestantes en guerra contra las potencias católicas, y ninguna insistir en el empeño de inspirar a sus pueblos ese odio brutal y feroz, que se tenían en otras épocas, incluso durante la paz, entre pueblos de diferentes sectas.


Esta cita, esta confesión de un enemigo en su obra más importante y monumental tendría que callar muchas bocas.

Pero, por otro lado, es falso también que la Iglesia se fuera deshinchando como un globo en la medida en que perdió apoyo institucional. ¡La verdad es justo la contraria! En época de d'Alembert, narra Tocqueville, la Iglesia apenas contaba con defensores en la intelectualidad. Cedía cada vez más al mísero papel de guardiana de las buenas costumbres, lo que provocó su identificación por mímesis con el orden que vino a caer con el Antiguo Régimen. Fue hasta entonces un cliente más del Estado, una vieja aya de cuyo consejo se acabó prescindiendo. Ahora bien, cuando la Iglesia fue maestra de Europa, se enfrentó a los soberanos; cuando Europa era una bajo la misma fe, la Inquisición moderna en colaboración con el brazo temporal no existía: todas las condenas eran espirituales, y por cierto muy escasas en número. No se hizo la Sede Petrina más molesta al aumentar su autoridad, sino al verse ésta cuestionada y dividida, esto es, tras la Reforma protestante.

Otro tanto sucedió con la Revolución francesa. Por su causa surgió la gran reacción antiliberal de De Maistres, Chateaubriands y Corteses. Lejos de dejarse arrastrar por los acontecimientos, la Iglesia vio, pasada la zozobra, confirmarse su influencia, lo que haría a Marx considerarla a mediados del siglo XIX el opio del pueblo. ¡En plena ebullición liberal!

¿Cómo creer, entonces, que ha sido la erosión causada por las súbitas mudanzas históricas lo que la ha debilitado y paralizado? Es, en cambio, el quietismo de la paz y los privilegios su mayor enemigo.

jueves, 5 de marzo de 2009

Enemigo del comercio




Algunos legisladores han aprovechado el progreso de las luces que desde hace unos cincuenta años se desarrolla rápidamente de un extremo a otro de Europa; han investigado todos los sectores de la administración, los medios para favorecer la población, para promover la industria, para conservar las ventajas de una determinada situación y procurar otras nuevas. Se puede asegurar que los conocimientos conservados por la imprenta no van a extinguirse y que aún aumentarán. Si algún déspota quiere sumir a su nación en las tinieblas siempre habrá naciones libres que la volverán a la luz.

En épocas ilustradas es imposible fundamentar una normativa sobre errores; la propia charlatanería y mala fe de los ministros son apercibidas rápidamente excitando la indignación. Es igualmente difícil volver a un fanatismo destructor como el de los discípulos de Odín o de Mahoma; no se podrían aceptar hoy en ningún pueblo prejuicios contrarios al derecho de gentes y a las leyes de la naturaleza.

(...)

La religión, cada día más esclarecida, nos enseña que no hay que odiar a los que no piensan como nosotros; se sabe distinguir hoy el espíritu sublime de la religión de las supersticiones de sus ministros; hemos visto en nuestra época a las potencias protestantes en guerra contra las potencias católicas, y ninguna insistir en el empeño de inspirar a sus pueblos ese odio brutal y feroz, que se tenían en otras épocas, incluso durante la paz, entre pueblos de diferentes sectas.

(...)

El comercio, como las luces, disminuye la agresividad, pero igual que aquélla limita el entusiasmo de la estima, éste limita quizá el entusiasmo por la virtud: restringe poco a poco el espíritu de altruismo reemplazándolo por el de justicia, suaviza las costumbres civilizadas por la ilustración; pero al inclinar los espíritus más hacia lo útil que hacia lo bello, hacia lo grande más que hacia lo sabio, altera quizá la fuerza, la generosidad y la nobleza de las costumbres.


D'Alembert