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lunes, 14 de mayo de 2012

Nietzsche y Leibniz, sobre moral y ateísmo


El ateo está culturalmente imbuido de religión. Es decir, ha heredado o imitado los escrúpulos de sus padres y sus abuelos, que fueron religiosos. Con todo, halla un grato entretenimiento ganando batallas a la teoría para acto seguido rendirse en la práctica. Nietzsche vio eso: "Por cada paso que los ingleses hacen retroceder a la teología, obligan a la moral a avanzar otro", escribió. Se reía de ello, porque es verdaderamente inconsecuente. 

Leibniz, de sentir muy contrario al anterior, era en esto sin embargo del mismo parecer. Por ello rubricó las siguientes palabras, a propósito de los negadores de Dios y de la inmortalidad del alma, y del tópico del ateo virtuoso:

Sé que personas eminentes y bien intencionadas defienden que esas opiniones teóricas tienen una influencia en la práctica menor de lo que se cree, y sé también que hay personas de natural excelente, a las cuales las opiniones nunca podrán arrastrarles a hacer algo indigno; por otra parte, los que han llegado a tales errores por medio de la especulación, acostumbran a estar naturalmente más apartados de los vicios de lo que puede estarlo el común de los mortales, aparte de que tienen que tener cuidado con la dignidad de la secta de la cual son como jefes; se puede decir, por ejemplo, que Epicuro y Spinoza han llevado una vida absolutamente ejemplar. Pero esas razones dejan de ser válidas de ordinario en sus discípulos e imitadores, los cuales, al sentirse liberados del importuno temor a una providencia vigilante y a un futuro amenazador, dan rienda suelta a sus brutales pasiones, y orientan su espíritu a seducir y a corromper a los demás; y si resultan ser ambiciosos y de natural un tanto duro, pueden llegar a ser capaces, por su placer o medro, de pegar fuego a la tierra por los cuatro costados: yo he conocido algunos de este temperamento, a los cuales la muerte se los llevó. Pienso incluso que opiniones cercanas a éstas que vayan insinuándose poco a poco en el gran mundo, regido por otro tipo de gentes, de las cuales dependen los negocios, dispondrán todo para la revolución general que amenaza a Europa, y acabarán por aniquilar lo que todavía queda en el mundo de los sentimientos generosos de los antiguos griegos y romanos, los cuales preferían el amor a la patria y el bien público, y el interés por la posteridad, a la fortuna e incluso a la vida.

El filósofo previó con casi un siglo de antelación la Revolución francesa, que partió de la corrupción de las ideas de Rousseau, un deista, incubadas por su discípulo el Marqués de Sade, un ateo congruente para el cual la moral y la teología debían retroceder juntas.

domingo, 1 de marzo de 2009

De Maistre contra el libertinismo




Las veladas de San Petersburgo son una Teodicea dramatizada, casi romántica. Aunque no se lo mencione jamás, también son un anti-Sade, quien -no apartándose en esto de los progresistas seculares- hizo de la inmoralidad universal la mejor tabula rasa para la futura emancipación humana. Si el autor de Justine alega que no hay más ley natural que la de la violencia y la opresión, De Maistre se revuelve en contra de la tesis metafísica que sustenta a dicha ley, a saber, la acusación contra la Providencia que comparten deístas y ateos, de Spinoza a Voltaire: que Dios no se ocupa de los hombres.

Al comienzo de las veladas se formula la pregunta por la felicidad de los malos y la infelicidad de los justos. Ante un destino inicuo, donde la fuerza bruta hace valer sus derechos, la moral sería inútil o quimérica. En lo sucesivo y hasta el final de la obra se nos tratará de persuadir de lo capcioso de la asunción que da lugar al problema.

En primer lugar, se responde que no hay nada más probado que el padecimiento de los malos, tan sujetos a la contingencia del devenir como el resto de mortales. Su depravación tampoco es indiferente al fin que sus vidas alcanzan. Éstos sufren tanto penas físicas -por oponerse al orden natural y entregarse a la pasión- como psíquicas -pues atentan contra su propia conciencia- y jurídicas -ya que erosionan a la ciudad bien organizada, que los rechaza. Por otro lado, los bienes de los que disfrutan no siempre se deben a su maldad, sino que más bien existen a pesar de ella.

Se señala no obstante que puede haber excepciones, esto es, criminales que vivan y mueran felices. Pero es mejor que así suceda, lo que no resulta en absoluto injusto. Se esgrimen dos motivos: Porque tal estado de cosas depende de una ley general física (el leibniziano principio de razón suficiente), imparcial por tanto, que de destruirse sumiría al mundo en el caos y en la arbitrariedad; y porque la virtud y el vicio no pueden tener recompensas o castigos inmediatos, si se quiere que la moral sea sincera.

Por añadidura, no conocemos el resultado último de nuestras acciones. Lo que tenemos por un bien, si se ha logrado obrando contra la justicia, redundará en nuestra descomposición moral como individuos, llamando a nuevos males y desórdenes. No se da, además, sociedad corrompida que tolere estos actos y pueda sobrevivir demasiado tiempo.

De la sempiterna lucha entre el bien y el mal De Maistre deriva la necesidad de la guerra, vista más como una purificación divina que como un hado inevitable. Idénticos pecados a los que se predican del hombre pueden predicarse del agregado de ellos que es la nación. Ahora bien, no hay autoridad superior a la suma de las naciones, ni nación con derecho de tutela sobre las otras, por el mismo carácter absoluto e inviolable de la soberanía. Por consiguiente, sólo la moral universal y la obediencia a la majestad de Dios, de la que los gobernantes son vicarios, justifican el ejercicio efectivo de la autoridad humana; de ahí que se atormente a los pueblos impíos y degradados. La sociedad de las naciones, pretendido trasunto de Dios en la búsqueda de la paz perpetua, es imposible por el mismo motivo que lo es una sociedad sin criminales: la sed de sangre.

Si la ola de calamidades de la conflagración mundial envuelve a inocentes, como ha de suceder sin duda, no es menos cierto que los mismos han recibido igualmente las ventajas de la civilización que ha causado aquéllas. Además, nadie es completamente justo como para afirmar que no merece ser castigado, dada la doctrina del pecado original, que es fundamento de la necesidad de la ley (“la espada de la Justicia no tiene vaina, debe siempre amenazar o herir”). Los castigos en este mundo son signo de la bondad de Dios, que, si son aceptados, los descuenta de las penas eternas del purgatorio o el infierno. El hombre justo peca en tanto que hombre y acepta su punición en tanto que justo; Dios, a su vez, acepta esta aceptación y se cierra el círculo de la justicia.

Así, Dios es autor del mal metafísico, que castiga, y el Diablo es autor del mal moral, que tienta. Ni Dios castiga en vano, ya que todos somos culpables en acto o en potencia, ni el Diablo tienta ilegítimamente, pues de este modo revela a los malos confirmados en su culpa. Por ello, algunos castigos son lecciones, donde la parte mala se sacrifica en favor de la buena, reforzándola, y otros son sacrificios, por los que la parte buena se inmola en beneficio de la mala, humillándola. De Maistre concluye: Así que, cuando un culpable nos pregunte por qué sufre la inocencia en este mundo, no nos faltarán respuestas, como habéis visto; pero podemos elegir una directa y más eficaz acaso que todas las demás. Podremos responder: La inocencia sufre por vos, si así lo queréis.